miércoles, 24 de junio de 2026

Por un juicio equitativo sobre la masonería (3/4)

El padre Giovanni Cavalcoli, en la tercera parte de su artículo sobre la Masonería, desenmascara con crudeza el núcleo doctrinal de esta sociedad secreta. ¿No es escandaloso que el Dios masónico se identifique con la serpiente del Génesis, llamada Lucifer, y que se presente como liberador del hombre contra el Dios creador? ¿Qué significa que la Masonería, bajo apariencia humanitaria y filantrópica, esconda un núcleo esotérico que diviniza al hombre sin Cristo y lo empuja a la rebelión contra Dios? ¿No es inquietante que se promueva una ética que niega el pecado contra Dios y reduce todo a un mero principio regulativo de la razón? ¿No se revela aquí la doblez de un poder que, mientras proclama libertad y fraternidad, conspira contra la Iglesia y contra la verdadera salvación? Este texto invita a abrir los ojos ante el peligro de un falso dios que, bajo el nombre de Gran Arquitecto, no es más que el demonio disfrazado de luz.

Por un juicio equitativo sobre la masonería (3/4)
Tercera Parte

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli cuya tercera parte fue publicada en su blog el 24 de junio de 2026. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/per-un-giudizio-equo-sulla-massoneria_01144548246.html)

El paradigma fundamental de la conducta humana

La doctrina de la Masonería presenta una singular y privilegiada referencia al episodio genesíaco del pecado original, en el cual el pecado contra el Dios creador sugerido por la serpiente, la Masonería lo interpreta como efecto de la benéfica intervención del Dios Arquitecto del universo, Dios que sería el verdadero liberador del hombre y promotor de su grandeza divina.
Notemos ante todo que el comportamiento narrado en el Génesis de la primera pareja humana respecto de Dios y del demonio, simbolizado por la serpiente, ha sido siempre objeto de indagación, interpretaciones y reflexiones tanto por parte de la Iglesia como de la Masonería.
A este respecto, es importante señalar que existe una oposición de fondo entre la interpretación dada por la Iglesia y la de la Masonería. La Iglesia ve en la desobediencia a Dios y en la obediencia a la serpiente la causa de la ruina del hombre, que se convierte en esclavo de Satanás y rebelde contra Dios. Al contrario, la Masonería ve en Satanás al Liberador y en el Dios creador al opresor, del cual la Iglesia sería instrumento y promotora en el mundo.
Si, pues, la Masonería admite la existencia de Dios, este Dios no es el verdadero Dios de la razón natural y de la revelación bíblica, sino que es Satanás, aquel que San Pablo llama el dios de este mundo, mientras Cristo lo llama príncipe del mundo.
La revelación bíblica nos enseña que todo hombre, al decidir sobre su propio destino, acerca de las necesidades de su naturaleza, los fines o las normas o las exigencias de su obrar y sobre lo que debe hacerse en las diversas circunstancias, se encuentra siempre, explícita o implícitamente, consciente o inconscientemente, delante de Dios o del diablo; ciertamente decide él, pero teniendo en cuenta lo que dice Dios o el diablo, o consultando a Dios o al diablo. Y esto vale también para aquellos que niegan la existencia de Dios y del diablo: o tienen como Señor al verdadero Dios, su creador, o tienen como señor y dios al diablo. El justo no es otro que el que cumple la voluntad de Dios. El pecador es el que hace la voluntad del diablo.
Según la enseñanza de la Revelación cristiana, cada uno de nosotros, lo quiera o no reconocer, incluso en las concepciones panteístas en las cuales el yo es el Absoluto, consciente de sus propias necesidades, de su limitación y fragilidad, regula su conducta no en total autonomía y tiene siempre una relación personal o con Dios o con el diablo, en los cuales ve un referente, un apoyo, un sostén, una guía, sea esta relación directa o indirecta, mediada por alguna criatura, sobre todo el prójimo.
En esta relación pueden jugar dos factores: o la humildad, y entonces el hombre se somete a la voluntad de Dios; o el orgullo y la soberbia, y entonces el hombre encuentra su gusto perverso en desobedecer a Dios, en hacer no la voluntad de Dios sino la propia, seducido por la instigación del diablo, que se le presenta como ángel de la luz (II Cor 11,14), es decir, Lucifer ¹, portador de luz y liberador de la tiranía divina, como ya se presenta a la pareja primitiva en el relato genesíaco.
Como refiere el padre Siano en su citado estudio, la Masonería ha asumido el término Lucifer para significar que la serpiente genesíaca según ellos es fuente de luz que deshace el supuesto engaño del Dios creador. Y en efecto Hegel sostiene que la serpiente dijo la verdad persuadiendo al hombre de que desobedeciendo al Dios creador el hombre se volvería como Él. Y cuando Yahvé, después del pecado de Adán, dice: he aquí que el hombre se ha vuelto como uno de nosotros (Gen 3,22), cae en la ingenuidad de creer que Dios habla seriamente y en cambio hace sólo ironía, pues pecando el hombre no se ha vuelto en absoluto Dios, sino que ha caído en la más penosa y amarga miseria.
¿Cómo es que la Masonería llama Lucifer a la serpiente genesiaca, y por tanto a Satanás? Porque los Padres de la Iglesia llamaron Lucifer al demonio tentador del Génesis, al cual compararon con el rey de Babilonia precipitado de su poder real según las palabras de Isaías:
«¡Cómo has caído del cielo, Lucifer, hijo de la aurora! Y sin embargo tú pensabas: subiré al cielo, sobre las estrellas de Dios levantaré el trono, moraré en el monte de la asamblea, en las partes más remotas del septentrión. Subiré sobre las regiones superiores de las nubes, me haré igual al Altísimo. Y en cambio has sido precipitado en los infiernos, en las profundidades del abismo!» (Is 14,12‑13).
En la ética masónica se ignora la virtud de la humildad, por la cual el hombre, reconociendo su dependencia de Dios, sus propios límites y sus pecados, se somete y se convierte a Dios implorando gracia y misericordia. Si la virtud de la humildad es ignorada, es porque su opuesto, la soberbia, es considerada virtud, es decir, como voluntad de autoafirmación y de potencia. ¿Qué es en efecto la soberbia?
El masón reconoce la existencia de injusticias que deben ser quitadas y reparadas, reconoce que el hombre puede equivocarse y delinquir, y la necesidad del castigo o de una reeducación. Aunque sostenga la tolerancia, admite la necesidad en ciertos casos del uso de la fuerza. Pero el pecado para él no es desobediencia a un mandato divino, sino sólo un acto contrario a la sana razón.
No existen para él pecados contra Dios, sino sólo contra el prójimo, porque Dios no es una persona sino sólo un ideal regulativo. La ética masónica está así bien expresada en la ética de Kant:
«En la ética, entendida como filosofía pura fundada sobre la legislación interna, las relaciones morales del hombre con el hombre son las únicas que pueden ser comprensibles para nosotros; mientras todo lo que concierne a las relaciones de Dios con el hombre sobrepasa completamente los límites de nuestra naturaleza y nos es absolutamente incomprensible» ².
Y Fichte dice las mismas cosas en la Filosofía de la Masonería, precisamente al momento de definir el «fin de la Masonería»:
«Se puede preguntar cuál sea el fin de la Iglesia: la propagación de la religión. ¿Y cuál es el fin de la religión? Sin duda, ella misma, pues es simplemente el resultado, la exigencia del espíritu y del corazón en su armonía, el fruto de nuestra sabiduría, la más alta flor de nuestra razón, la dignidad de nuestra naturaleza. ¿A qué debe todavía valer o servir como medio, qué otro debe proponerse como fin último? Así el Orden de los Francmasones existe para mantener, para conservar la Masonería, ella tampoco es buena para otra cosa, sino buena en sí y por sí, no ya medio para cualquier fin. ¿A qué otro debe jamás aspirar? Lo que ella obra y puede obrar, lo que ella ha generado en ella y también en otros debe generar, esto debe conocer el verdadero masón: y esto es masonería» (p.31).
Para el masón, como para Kant, no existe, como en la Biblia, un Dios que habla al hombre, escucha sus peticiones, le habla de Sí, le revela sus secretos, sus planes, su voluntad acerca de sus deberes morales, le da órdenes, prohíbe y permite, reprende, amonesta, exhorta, amenaza y promete exactamente como hace una persona que se relaciona con otra.
Pero si la serpiente genesiaca es un espíritu liberador, que quiere la grandeza del hombre, es luz de verdad, es lucifer, portadora de luz, ¿no será que también el masón mediante oportunos ritos, al menos en los grados más altos, esotéricos y secretos, podrá comunicarse con este espíritu, tan exaltado por Carducci? ¿Y con qué operaciones, si no con la magia? ¿No es este el sentido de la utilización de la Cábala? ¿No está aquí el motivo de la admiración por Giordano Bruno?
Para el masón el hombre se corrige por sí mismo o por el auxilio de otros hombres. No se reconoce un auxilio divino y mucho menos la remisión divina de los pecados gracias a la redención de Cristo. La ética masónica se refleja ciertamente en la ética kantiana.

¿Cuál es el Dios de la Masonería?

Ahora bien, el Dios del cual hablan las Constituciones masónicas de 1723, aunque opuesto al ateísmo, juzgado una necedad, como la misma Biblia se expresa, no aparece como el verdadero Dios, creador del cielo y de la tierra, entidad personal trascendente con la cual el hombre dialoga y a cuya voluntad siente la necesidad y el deber de obedecer; un Dios al cual debe responder de su obrar para recibir o premio o castigo; un Dios misericordioso del cual el hombre espera perdón y salvación. No es el Dios de Jesucristo salvador y redentor del hombre, fundador y cabeza de la Iglesia como comunidad de salvación eterna guiada por su Vicario, el Papa.
En suma, no es el verdadero Dios como se presenta en el catolicismo, sino que es simplemente el Dios de «aquella religión en la cual todos los hombres convienen» (Art.1). Parecería ser aquel Dios cuya existencia es demostrada por la razón partiendo de las criaturas y aplicando el principio de causalidad.
De este Dios habla el masón Giuliano Di Bernardo en su libro Filosofía de la Masonería ³. Él es llamado también «Ente supremo» ⁴. Hasta aquí todo bien. Los problemas nacen cuando la Masonería define este Dios como «Gran Arquitecto del universo» ⁵. La expresión en sí es muy bella y muy verdadera. Dios es efectivamente el gran ideador, ordenador y proyectador del universo.
Dios, como dice Di Bernardo, es efectivamente «Inteligencia suprema y supremo Intelecto» (p.20). «Dios se puede expresar a través de los atributos de omnipotencia, omnisciencia y semejantes» (ibid.). «Se puede hablar de Él como “fin último” hacia el cual tiende el masón en su perfeccionamiento iniciático» (ibid.). «Al Ser supremo debe reconocerse la posibilidad de desempeñar la función de fin último y la de justificar la moral» (p.21). Hay que evitar el peligro de reducir al Ser supremo «a pura inmanencia» (p.22). «El Ser supremo es un principio capaz de dar sentido (y validez) a la tensión moral del hombre, principio, por tanto representativo de la perfección a la cual el hombre, en la actividad moral, necesariamente tiende» (p.81).
Pero por desgracia estas afirmaciones muy válidas están acompañadas de otras que les quitan valor, como estas: «Dios como suprema Inteligencia o supremo Intelecto no debe ser pensado como realidad efectiva o como algo realmente existente, es decir en sentido ontológico» (p.20). «El Ser supremo de la Masonería no puede crear, porque esto transformaría a la Masonería en una religión» (p.21).
Di Bernardo repite muchas veces que el Gran Arquitecto, como el Dios kantiano, es simplemente un «principio regulativo» ideal o racional (pp.20, 22, 80, 81, 82, 83). «Este ideal regulativo encuentra fundamento en las condiciones intrínsecas del hombre y no en la intervención salvífica de Cristo» (p.23). «La verdad» (se entiende sobre Dios) «es un caso límite al cual el masón puede acercarse gradualmente sin embargo sin alcanzarlo nunca. Ningún masón, por tanto, puede declarar poseer la verdad» (ibid.).
Aquí tenemos un reflejo de la filosofía de Fichte, famoso teórico de la Masonería ⁶. Sin embargo, el Vizconde Léon de Poncins ⁷ señala también la presencia en la Masonería de una tendencia gnóstica, atinente a los grados altos, esotéricos, que puede ser aproximada a la ciencia absoluta de Hegel. «El Gran Arquitecto no puede ser un Dios providente y personal» (p.80). ¿Cómo no quedar al menos perplejos ante estas tesis contradictorias? ¿Cómo se explican?
Según mi parecer se explican por el hecho de que el Dios de la Masonería es un Dios que se presenta dotado de una universalidad superior al Dios de las religiones, incluida la católica, de modo que el masón aparenta tener respeto tanto por el Dios del catolicismo como por el de cualquier otra religión, porque según él cada religión, incluida la católica, propone una concepción particular de Dios, que encuentra espacio en el Dios masónico, el Gran Arquitecto del universo.
Pero el hecho es que este Dios no es un Dios al cual el hombre está ordenado, sino que es un Dios funcional al hombre, es un Dios que el hombre pone para fundar la autonomía de la razón, un Dios ordenado a la divinización del hombre, es un Dios que expresa la libertad del hombre. Es, por tanto, un Dios que no puede ser sin el mundo, un Dios esencialmente relativo al mundo. No es un Dios creador del mundo, sino simplemente señor del mundo o, como lo llama Cristo, «Príncipe del mundo» (Jn 12,31; 14,30; 16,11).
¿Cuál es el principio de la libertad humana? Para la Masonería no es el Dios creador del hombre que ordena al hombre qué debe hacer para ser feliz y en comunión con Él, sino que es la serpiente, que persuade al hombre a desobedecer a Dios, presentándolo como un tirano envidioso. El pecado original, que para el católico es la causa de la esclavitud del hombre y de su caída bajo el dominio de Satanás, es para el masón el acto con el cual el hombre, inspirado por la serpiente, se libera de la sujeción a Dios y asume al demonio como su Dios.
Este es el sentido del famoso Himno a Satanás de Carducci. Él capta muy bien la figura de Satanás en la interpretación masónica, en línea con Hegel, como espíritu que libera al hombre de la sujeción a Dios y enseña al hombre un concepto de libertad no en la obediencia sino en la desobediencia a Dios.
La desobediencia a Dios y la obediencia a la serpiente para el masón es precisamente lo que hace al hombre libre de decidir qué es el bien y qué es el mal independientemente de Dios. Este Dios masónico, es decir la serpiente, está lúcidamente descrito por Hegel en la interpretación del pecado original:
«Nosotros encontramos en la Biblia una representación bien conocida, abstractamente llamada el pecado original. … El hombre, siendo en sí esta armonía, sale fuera de la naturalidad por medio de la razón que es espíritu y por ello debe llegar a la diferenciación, al juicio de sí y de lo natural. Sólo así él conoce a Dios y el bien. … Habría sido la serpiente la que habría dicho: “vosotros seréis como Dios”. La soberbia de la libertad es la posición que no debe permanecer. El otro lado, es decir que la escisión debe permanecer, en cuanto contiene la fuente de la curación, está expresado con la palabra de Dios: “mira, Adán se ha vuelto como uno de nosotros”. Por tanto no sólo no había en las palabras de la serpiente ninguna mentira, sino que Dios mismo lo ha confirmado» ⁸.
Vemos, pues, que el Dios masónico no es el Dios creador, sino que es la serpiente genesíaca, que toma el nombre de Lucifer. El diablo y Satanás, por tanto, para el masón, véase el ejemplo de Carducci, no es en absoluto enemigo del hombre, sino al contrario su apologeta y potenciador contra el Dios creador, déspota y engañador, el Dios de la Iglesia y de Cristo. Es un Dios que no es pura bondad y verdad, sino que asocia el sí con el no, el bien con el mal, lo verdadero con lo falso, la vida y la muerte ⁹. Es, podríamos decir, el Dios de la doblez, del servicio a dos señores, bien descrito por la dialéctica hegeliana. Es el Dios que separa al hombre del verdadero Dios, el creador, y lo vuelve hacia sí mismo, ilusionándolo de ser él Dios en lugar del Dios creador.
Un estudio atento de los principios morales y de la conducta histórica de la Masonería nos lleva a rastrear la práctica de una doblez de fondo, semejante al grupo de los fariseos de la época de Cristo. Ella, en efecto, se presenta de primer golpe con un rostro humanitario, acogedor, tolerante, como promotora, es más, la mejor promotora de unidad y concordia del género humano sobre un plano de igualdad, libertad y fraternidad, y de hecho ella en la historia no está privada de méritos en este campo, habiendo por ejemplo en el siglo XVIII elaborado algunas famosas declaraciones de derechos del hombre que han servido para fundar las constituciones de Estados todavía prósperos y poderosos, hasta contribuir a la fundación de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y de varios organismos internacionales.
Sin embargo, la Masonería tiene el vicio de fondo de considerarse presuntuosamente como la asociación humana cosmopolita, que, con medios puramente humanos, mejor y contra la Iglesia, que en cambio es la verdadera comunidad de salvación eterna sostenida por Dios, sería capaz de garantizar a la humanidad la justicia, la libertad, el progreso y la paz.
Para perseguir este fin la Masonería organiza su acción sobre dos planos o niveles de comunicación con el mundo: ella toma los primeros contactos a gran escala sobre un plano exotérico, es decir público, dando pruebas de honestidad y lealtad en el obrar y en el hablar, en el apoyo de actividades humanitarias y filantrópicas, dando ejemplo de capacidades administrativas, de virtudes sociales y políticas.
El aspecto exotérico, con el cual ella contacta al mundo, participa en la vida pública, influye sobre la sociedad, instaura los contactos que le permiten crecer y hacer nuevos adeptos. Aquí ella presenta un rostro humanístico, promotora de los valores humanos y de los derechos del hombre que le permite hacerse estimar y obrar por el bien público y por el progreso humano.
Existe luego en la Masonería un aspecto interno, secreto, esotérico, que constituye su alma profunda, el principio y el centro propulsor, reservado a los iniciados y objeto del secreto masónico.
El peligro que ella representa para la Iglesia y para la sociedad, como señaló León XIII en la encíclica Humanum genus de 1884, está dado por el hecho de que ese Dios que ella proclama por desgracia no es el verdadero Dios, sino que siendo un dios que diviniza al hombre sin y contra Cristo, no es el verdadero Dios, sino que no puede ser más que el demonio. No es el Padre creador providente del Génesis, sino que es la serpiente que empuja a la rebelión contra Dios bajo pretexto de la libertad y empuja al hombre a hacerse dios de sí mismo.
La Masonería, por tanto, conspira contra la Iglesia por el hecho de que ella, si por una parte admite la razón y la religión natural que consienten un acuerdo sobre el plano de los derechos humanos, de la justicia social, del progreso, de la salvaguardia de los valores morales, de la promoción de la libertad y del pluralismo, por otra parte, negando la posibilidad de una revelación divina considerada como superstición y fanatismo, se esfuerza por destruir la Iglesia que con sus dogmas, sus instituciones y sus costumbres morales trabaja según ella para el despotismo y la superstición en perjuicio de la libertad y del progreso.

Fin de la Tercera Parte (3/4)

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 11 de junio de 2026

Notas

¹ Véanse los estudios profundos del padre Paolo Siano sobre la función de Lucifer en la doctrina masónica: Introduzione allo studio del luciferismo massonico, en Fides Catholica, 2, 2006, pp.13‑80; Iniziazione, esoterismo e luciferismo nella Massoneria del Grande Oriente d’Italia (GOI), 1ª parte, en Fides Catholica, 1, 2007, pp.15‑82; Iniziazione, esoterismo e luciferismo nella Massoneria del Grande Oriente d’Italia, en Fides Catholica, 1, 2008, pp.35‑102.
² La metafisica dei costumi, Ediciones Laterza, Bari 1973, p.373. 
³ Marsilio Editore, Venecia 1992.
 Véase Di Bernardo, op. cit., pp.72‑75.
 Véase Di Bernardo, op. cit., pp.20‑22; 41; 80‑83.
Véase Filosofia della Massoneria, Ediciones Bastogi, Roma 2023.
 Véase Free Masonry and the Vatican. A struggle for recognition, Britons Publishing Company, Londres 1968, c.7.
Lezioni sulla filosofia della religione, Zanichelli Editore, Bolonia 1973, p.364.
Véase nota 4.

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