Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli denuncia con fuerza el poder de los modernistas dentro de la Iglesia y la perversión del sentido auténtico de la obediencia. ¿Cómo puede ser que quienes desobedecen al Papa y al Evangelio exijan obediencia absoluta a sus abusos? ¿No es escandaloso que se persiga a los fieles de recta fe mientras se favorece a los herejes? ¿Qué significa que la resistencia al tirano pueda ser hoy confundida con desobediencia, cuando en realidad es fidelidad a Dios y a la Iglesia? ¿No es un signo de esperanza que, como enseña santo Tomás de Aquino, sin perseguidores no habría mártires? Este texto invita a discernir con prudencia y valentía, mostrando que la verdadera obediencia es la que se dirige a Dios y a la salvación de las almas, incluso a costa de la propia vida. [En la imagen: fragmento de "Mártires cristianos en el Coliseo", óleo sobre lienzo, terminada en 1862, obra de Konstantin Flavitsky, perteneciente a la colección del Museo Estatal Ruso de San Petersburgo].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
miércoles, 24 de junio de 2026
La cuestión de la obediencia y el poder de los modernistas
La cuestión de la obediencia y el poder de los modernistas
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en Riscossa Cristiana el 21 de enero de 2013. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/la-questione-dellobbedienza-e-il-potere-dei-modernisti-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)
El retorno del modernismo que caracteriza estos cincuenta años desde el final del Concilio Vaticano II se puede dividir en dos períodos que manifiestan la tenacidad, la fuerza y el poder de persuasión que tiene esta conspiración contra la Iglesia que actúa en su mismo interior haciendo, como hubo de decir el papa Paulo VI, que la Iglesia esté llevando a cabo una "obra de auto-demolición".
El primer período está caracterizado por el famoso 1968, vale decir: la época de la protesta alborotada y descarada, y al mismo tiempo la de la difusión salvaje y descontrolada entre seminaristas, jóvenes, sacerdotes, religiosos y teólogos, de doctrinas heréticas en los campos dogmático y moral. Los obispos, desconcertados y para no hacer la figura de esos "profetas de calamidades" o de los conservadores preconciliares, en su mayoría han dejado hacer, a veces con la fórmula ad experimentum ("veamos cómo va"), como si la verdad de una doctrina dependiera del éxito que encontrara.
Así como en muchos casos el éxito se ha producido, aquello que antes era un "probar si funciona" se ha estabilizado, se ha convertido en un hecho descontado e indiscutible. Los que han intentado oponerse, cualquiera que fuera su autoridad o competencia, tal vez en nombre del Magisterio precedente o de la Tradición, fueron puestos en burla pública como "anticonciliares".
La desobediencia al Magisterio y al Papa mismo, abierta o secretamente manifestada, en nombre de un no mejor precisado "espíritu del Concilio", ha comenzado a convertirse en una costumbre generalizada entre los fieles, intelectuales y pueblo, entre el clero, los teólogos y los moralistas. Nació el así llamado "disenso católico", y Paulo VI habló del "magisterio paralelo".
Las ideas heréticas y modernistas, especialmente filo-protestantes, comenzaron a ser libre, tranquila e impunemente enseñadas en las escuelas de la Iglesia y en las publicaciones impresas de muchas así llamadas casas editoriales "católicas". El escándalo y la perturbación de los fieles piadosos y ortodoxos era considerado con irrisión e irónica compasión por los modernistas -los así llamados "progresistas"- cada vez más seguros de sí mismos y con la certeza de ser la nueva Iglesia del futuro y de la modernidad, "en el corazón del mundo", la "Iglesia de los pobres", la "Iglesia de abajo", la "Iglesia del diálogo", guiada directamente por el Espíritu, verdaderamente evangélica y atenta a la "Palabra de Dios" y a los "signos de los tiempos".
En este primer período, ha existido la posibilidad por parte de los modernistas, cada vez más dominantes en los medios, penetrados en las familias, en la escuela, en la cultura, en las universidades, en los ambientes laborales, en las parroquias, en los movimientos, en los ambientes académicos y de la educación católica, en los seminarios y en los institutos religiosos, de formar a toda una generación de nuevos sacerdotes, nuevos religiosos, nuevos líderes, nuevos obispos y hasta nuevos cardenales y todo ello ante una debilísima resistencia por parte de los buenos pastores y de la Santa Sede, ella misma debilitada y contaminada por infiltrados altamente recomendados por prelados ambiciosos y de dudosa ortodoxia.
¿Cuál ha sido el resultado catastrófico? Hoy lo tenemos ante nuestros ojos en medida creciente y se lo hubiera podido imaginar y, de hecho, fue imaginado y previsto por los más clarividentes -los "profetas de calamidades"; deberíamos decir mejor: los ignorados "centinelas"- o, digamos más simplemente, fue previsto por aquellos dotados de buen sentido común: el resultado ha sido que poco a poco por los modernistas, por los falsos maestros dejados libres para esparcir sus errores, habría de surgir como de hecho ha surgido toda una categoría o generación de detentadores del poder eclesiástico a varios niveles, más o menos implacables o convencidos, muchos oscilantes y doblejueguistas, imbuidos de sus ideas y por tanto capaces no sólo de difundir ideas modernistas, sino de hacerlas aplicar, bajo pena de sanciones disciplinarias en nombre de la "obediencia" o incluso la persecución contra quienes han querido o quieren permanecer fieles al Magisterio de la Iglesia; penas aún más severas contra quienes no sólo se mantienen fieles a la sana doctrina, sino que revelan y denuncian, sobre todo si son estudiosos o teólogos, con nombres y hechos, así como con pruebas y precisas acusaciones, los errores y las fechorías de los modernistas, los cuales son muy hábiles en el esconder la insidia bajo las apariencias de lo verdadero, por lo cual se irritan muchísimo hacia quienes advierten a los fieles del peligro oculto y utilizan tonos de reclamo hacia los difusores e inventores del error.
Siempre que pueden, se esfuerzan por ignorarlos, sobre todo si no tienen seguidores, pero cuando se dan cuenta de que los fieles abren los ojos, pasan a las amenazas y a la violencia. Está surgiendo así una especie de inquisición a la inversa: los herejes no sólo son hoy bien vistos, sino que incluso tienen la audacia, como ya ha sucedido en el siglo XVI en los países católicos invadidos por los protestantes, gracias al nefando poder obtenido, para obstaculizar o bloquear a quienes defienden la sana doctrina y quieren defender al pueblo de Dios de la epidemia de las mentiras y de las falsedades, origen de todo desorden moral. A menudo los pastores, a causa de una insuficiente formación teológica, aunque sean buenos y celosos, se limitan a la condena de los errores morales, sin darse cuenta, y de hecho incluso a veces hostigando en buena fe o por temor, a aquellos teólogos que ponen en luz la raíz teorética del error.
Pero lo ridículo o tragicómico, que revela la refinada hipocresía de estos fariseos que son los modernistas, es el "escándalo" -genuino escándalo farisaico- por el cual sus cándidas almas están perturbadas al ver o conocer a católicos valientes que se atreven a resistir u oponerse a prelados, docentes, formadores, superiores u obispos que quisieran hacerlos callar o convencer de errores, dando así órdenes o impartiendo prohibiciones inválidas y, por tanto, inaplicables, y olvidando la orden perentoria de la Escritura: "no poner bozal al buey que trilla" como criminales funcionarios de la sanidad que quisieran impedir a los médicos atender a los enfermos.
Ellos son los primeros en desobedecer la verdad y las directivas del Evangelio y al Sumo Pontífice, y se atreven a dar órdenes en contraste con la sana doctrina o los principios morales y jurídicos de la Iglesia. Son aquellos mismos que en el '68 o en la estela del '68 gritaban contra los "aristócratas" o la "oligarquía" y contra el "autoritarismo", se sentían autorizados a desafiar al Papa y a los obispos, porque, al decir de ellos, eran una expresión del rigorismo dogmático, de la "Iglesia de los ricos", del despotismo y de la teocracia medieval, de la "era constantiniana", del "triunfalismo barroco", del legalismo farisaico, de la inquisición, de la sexofobia, etc. Ahora, en cambio, piden obediencia absoluta y quien los contradice es parangonado a quien desobedeciera un precepto divino, admitiendo que ellos sigan creyendo en el verdadero Dios y no se hayan hecho un dios para sí mismos, según la sublime intuición de un cierto gnosticismo panteísta.
Hemos entrado de este modo en el segundo período, en el cual asistimos cada vez con mayor frecuencia a hechos desconcertantes y escandalosos, en los cuales sobre todo están envueltos obispos y superiores: algunos prohíben la celebración de la Misa tridentina ¹, otros gestionan seminarios en los cuales a santo Tomás de Aquino se lo ha sustituido por Rahner, algunos impiden el ingreso al seminario a los jóvenes bien intencionados o los obligan a adaptarse si quieren avanzar en la carrera, mientras allanan el camino a los aspirantes modernistas incentivándolos en su ambición, algunos son abiertos sostenedores de herejías y promueven a quien las comparte, otros persiguen en variados modos a los católicos que no quieren más que ser católicos, algunos protegen a los docentes modernistas y reprimen a los ortodoxos. Se ha llegado al punto de favorecer causas de beatificación con perspectivas absolutamente improbables, como la de monseñor Tonino Bello, sólo porque refleja un modelo de modernista, y de obstaculizar vergonzosamente otras causas sólo porque causan fastidio a los modernistas.
¿Qué ocurre con la obediencia en estas situaciones? ¿Acaso no se ha pervertido su significado? ¿De qué vale obedecer a los superiores que, a su vez, desobedecen a la Iglesia y al Papa? ¿Es posible que al desobedecer al Papa no suceda nada, mientras que el desobedecer a un superior modernista sea una cosa terrible? Por otra parte, sucede que siendo extendido y prestigioso el modernismo, el seminarista o el sacerdote o el teólogo, los cuales resisten a los abusos del superior modernista, hagan la figura del desobediente.
El poder de los modernistas es hoy tan fuerte y la seducción que ejercen es tan insidiosa, que se hace necesaria una gran dosis de coraje para resistir a su prepotencia y un muy fino discernimiento para reconocer los peligros.
En todo caso, antes de decidir si continuar o no en el cumplimiento del propio deber en fidelidad a la Iglesia contra la voluntad o el abuso de poder de algún superior, es necesario ante todo evaluar con prudencia y seguridad la entidad y la cualidad de dicho abuso y calcular de antemano, con un margen de probabilidad, si la resistencia a la injusta disposición les ocasiona daños mayores o menores respecto a aquellos que puedan sufrir los fieles.
La resistencia al tirano está justificada por la perspectiva de proteger o salvaguardar el bien común incluso a un alto costo personal. Un santo Tomás Moro o un santo Tomás Beckett han aceptado la muerte cuando se han dado cuenta de que su obediencia al rey habría procurado a la Iglesia inglesa un daño superior del que habrían ellos de sufrir al renunciar a su propia vida.
La salvación de las almas, sobre todo si se trata de muchas almas, es un bien superior a los propios intereses personales, incluso si estuviera en juego la vida misma. Sin embargo, no se puede establecer una regla para todos los casos. En principio, por ejemplo, un estimado y conocido teólogo víctima de abuso de poder por parte de sus superiores puede dar buen ejemplo tanto adaptándose como negándose a someterse; depende de las circunstancias, las cuales deben siempre ser bien calculadas.
Tenemos ejemplos en los santos ya sea en uno como en el otro caso. Algunos soportan pacientemente, aceptan todas las humillaciones o continúan hasta el martirio; otros, valiéndose de su buen derecho, conscientes de su inocencia y seguros de estar al servicio de la Iglesia, rechazan decididamente el injusto tratamiento. Tenemos aquí, por ejemplo, el caso de san Juan de la Cruz, quien huyó de la cárcel buscado por sus superiores, rebeldes al Papa.
Y si se trata sólo de penas menores, como el destierro o la difamación o la pérdida de los propios bienes, el aislamiento o el encarcelamiento o cosas similares, podría ser conveniente aceptar estas cosas con la esperanza, que a veces se tendrá, de poder ser rehabilitados y reanudar libremente la propia misión. Tenemos de esto muchos ejemplos en la vida de santos y de heroicos pastores y testigos de Cristo.
En efecto, pueden darse situaciones no tan dramáticas, ya sea porque obedecer no causa un gran daño a los fieles o porque no causa gran daño al testimonio de la fe. En ciertos casos es prudente y no de cobardes resignarse a la violencia, si ésta no causa demasiado escándalo a los buenos y no causa demasiado perjuicio al perseguido.
En efecto, podría verificarse, en el caso de la resistencia, que el perseguido venga a encontrarse por cuanto respecta a un eficaz ejercicio de su apostolado, en condiciones peores respecto a aquellas que podría mantener obedeciendo al superior. Por eso vemos cómo, en la historia, santos teólogos u obispos o predicadores se han adaptado sin rebelarse ni resistirse a diversas medidas injustas, no en nombre de la obediencia, sino por motivos de conveniencia a fin de no sufrir maltratos mayores.
Sucede así que el verdadero obediente, es decir, quien obedece ante todo a Dios y a la Iglesia, haga hoy, como he dicho, la figura del desobediente en este clima de tal confusión que ya no distingue quién es el que pertenece y quién no pertenece a la Iglesia, porque los modernistas han difundido un falso concepto de Iglesia en base al cual han logrado, o con el engaño, o con la astucia, o con la fuerza, imponer su poder haciendo la figura de los renovadores del cristianismo y de las vanguardias de la Iglesia.
Su actual arrogante bravuconería y la impía audacia que los guía en el desprecio de la verdadera obediencia a la Iglesia y en la ilusión de ser los vencedores serán en cambio los factores del debilitamiento de su poder, porque la Providencia divina soporta, claro que sí, a los malvados, pero no más allá de un cierto límite. Ella los tolera porque engendran a los santos: "si no hubiera perseguidores, dice santo Tomás, no existirían los mártires".
Pero como Dios quiere salvar a todos, mientras los modernistas ponen a muchos en riesgo de ser dañados, ciertamente Dios no permitirá ya que se prolongue este estado de cosas y con su poder de justicia y de misericordia hará en modo de que la suerte de la Iglesia pueda serenarse, para que ella, sin que por eso esté exenta de la cruz, pueda sin embargo caminar menos afligida por el sendero de la historia.
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 21 de enero de 2013
Notas
¹ Tenga el lector presente que el padre Giovanni Cavalcoli menciona que hay superiores que "prohíben la celebración de la Misa tridentina" porque está escribiendo en el año 2013, cuando todavía estaba vigente el motu proprio Summorum Pontificum, extremadamente liberal respecto a los indultos para celebrar tal rito abrogado. Hoy es correcto que los superiores prohíban la celebración de tal rito, que precisamente el Concilio Vaticano II ha querido que sea reformado, y providencialmente se ha retornado a una práctica más prudente y sensata de los permisos para celebrar el rito tridentino. (JG).
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum obedientia erga modernistas sit vera obedientia
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod sic.
1. Obedientia est virtus fundamentalis vitae christianae, et qui superioribus non obedit videtur unitatem Ecclesiae frangere et contra humilitatem peccare.
2. Praeterea, superiores repraesentant auctoritatem legitimam in Ecclesia, et resistere eis potest videri rebellio contra ordinem a Deo institutum.
3. Item, inobedientia potest scandalum inter fideles generare, fiduciam in pastoribus debilitare et divisionem in communitate creare.
4. Denique, resistere superioribus modernistis potest videri reiectio Concilii Vaticani II et renovationis ecclesialis, quod videtur esse contra bonum commune.
Sed contra est quod dicitur: Oportet obedire Deo magis quam hominibus (Act 5,29). Et sanctus Thomas docet quod sine persecutoribus non essent martyres.
Respondeo dicendum quod vera obedientia consistit in obsequio Deo et Ecclesiae, non autem in abusibus potestatis modernistarum. Hi enim sensum obedientiae perverterunt, cum ipsi Papae et Evangelio non obediant, et tamen ab aliis exigant absolutam submissionem erroribus suis. Sic diffusus est falsus conceptus Ecclesiae, imponens magisterium parallelum et fideles orthodoxos persequens. Resistendi tyranno iustificatur ex consideratione boni communis et salutis animarum, etiam cum vitae propriae iactura, sicut ostenderunt Thomas Morus et Thomas Beckett. Aliqui sancti patienter humilitationes sustinuerunt, alii iniustum tractatum constanter reiecerunt, sicut Ioannes a Cruce contra superiores rebelles Papae. Verus obediens, qui Deo et Ecclesiae obedit, hodie sub specie inobedientis apparet in confuso statu, sed revera solus fidelis manet. Providentia divina permittit modernistas ad tempus, non ultra certum terminum, quia ex eorum persecutionibus oriuntur sancti et martyres qui Ecclesiam corroborant.
Ad primum dicendum quod obedientia est virtus cum ad Deum ordinatur, non autem cum contra veritatem et fidem exigitur.
Ad secundum dicendum quod auctoritas legitima a Deo et Magisterio derivatur, non ab his qui contradicunt; ideo resistere iniustis mandatis non est rebellio, sed fidelitas.
Ad tertium dicendum quod scandalum verum modernistae faciunt errores imponendo, non qui in fidelitate Ecclesiae resistunt.
Ad quartum dicendum quod resistentia non est reiectio Concilii, sed defensio doctrinae contra manipulationem modernistarum.
JG
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