martes, 23 de junio de 2026

Por un juicio equitativo sobre la masonería (2/4)

La segunda parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli muestra cómo la Masonería, pese a sus aparentes gestos de apertura, sigue sosteniendo principios incompatibles con la fe católica. ¿Puede una ética que niega el pecado original y reduce la religión a mera opinión ofrecer verdadera esperanza al hombre? ¿No es inquietante que la igualdad masónica ignore las diferencias naturales y derive en injusticia? ¿Qué significa que el poder político se funde en la voluntad general y no en Dios? ¿No se advierte que, aun en sus luchas por derechos civiles, la Masonería busca siempre imponer su primado cultural y social? Este texto del docto teólogo dominico nos invita a discernir con rigor los puntos de convergencia y las irreductibles divergencias entre Iglesia y Masonería.

Por un juicio equitativo sobre la masonería (2/4)
Segunda Parte

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli cuya segunda parte fue publicada en su blog el 23 de junio de 2026. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/per-un-giudizio-equo-sulla-massoneria_02064750941.html)

El Concilio Vaticano II ha promovido un papado progresista y socialmente abierto y atento a los grandes problemas de la justicia y de la paz. La Masonería ha quedado descolocada al faltarle un motivo de polémica contra el papado. Parece que ciertos ambientes masónicos, donde está presente la honestidad, han quedado tocados por esta actitud, evidente, como veremos mejor al final del artículo, sobre todo en el Papa Francisco.
Continúa el Papa: «Luego, con abrir las puertas a personas de cualquier religión se obtiene la ventaja de persuadir con el hecho el gran error moderno del indiferentismo religioso y de la paridad de todos los cultos: vía oportunísima para aniquilar todas las religiones y señaladamente la católica, que, única verdadera, no puede, sin una enorme injusticia, ser puesta en un haz con las otras» (p.12).
El Papa León hace notar cómo la Masonería sostiene un falso derecho a la libertad religiosa, basado no en el principio de la conciencia en buena fe, que será puesto en luz por el Concilio Vaticano II, sino en el relativismo dogmático y en la reducción del saber religioso a simple opinión, como si no pudiera existir una verdad religiosa o teológica, natural o revelada, objetiva, absoluta, universal, inmutablemente válida para todos y para siempre.
El Papa argumenta en base a la oposición entre verdadera y falsa religión, para decir que sólo la cristiana es la verdadera. El Concilio Vaticano II dirá que la religión cristiana es la más verdadera, sin con ello negar que también las otras contengan verdades, aunque mezcladas con errores. En cambio la religión cristiana contiene la plenitud de la verdad, libre de cualquier error.
El Papa Francisco habría luego de añadir a esta visión aquella según la cual la pluralidad de las religiones, cada una diversa de la otra, es como la pluralidad de las lenguas, por la cual el mismo concepto puede ser expresado con palabras diversas. En tal sentido todas las religiones derivan de Dios y conducen a Dios. Es necesario, sin embargo, prestar atención a que mientras aquí para la distinción se usa la categoría de la diversidad, que está en el plano de la verdad, en el primer caso el criterio de la confrontación es la oposición verdadero‑falso, usada por León XIII.
Es cosa conocida que en la reunión de logia la Masonería consiente la presencia del «libro sagrado», casi para significar la posibilidad de participar en la reunión también por parte de creyentes en religiones reveladas, como el cristianismo, el judaísmo y el islamismo. Por tanto puede estar presente la Biblia o el Evangelio o el Corán. Pero si el masón niega la posibilidad de una religión revelada y la considera fanatismo o superstición, ¿qué hace el cristiano, el judío o el musulmán en una reunión de logia? ¿Colaborar en los puntos en común? Sí, ¿pero si luego la obediencia requiere un acto contrario a la propia fe, como le sucedió a Calvi?
Continúa el Papa: «las mismas verdades que se conocen por luz natural de razón, cuales son la existencia de Dios, la espiritualidad e inmortalidad del alma humana, no tienen ya para ellos consistencia y certeza. … El hecho está en que la secta deja a los iniciados gran libertad de sostener acerca de Dios la tesis que quieran, afirmando o negando su existencia; y los audaces negadores tienen acceso no menos fácil que aquellos que, a manera de panteístas, admiten a Dios, pero desfiguran su concepto: lo cual en sustancia resulta en tener de la naturaleza divina no sé qué absurdo simulacro, destruyendo su realidad» (p.13).
La Masonería se hace promotora del progreso humano hacia siempre mejores condiciones de vida y asegura que para este progreso son suficientes las fuerzas humanas de la razón y de la voluntad, de la ciencia y de la política, por las cuales es posible mediante una adecuada obra educativa quitar los vicios y adquirir las virtudes, pero falta en ella una visión escatológica como en cambio encontramos en el cristianismo con la perspectiva de la vida eterna, de la resurrección de la carne, de la bienaventuranza eterna y de la Jerusalén celestial. El Dios de la Masonería no es un Dios que hace justicia y misericordia, que premia y castiga, sino un dios implicado él mismo en las vicisitudes y en los enredos de la historia, él mismo operador del bien y del mal.
El hecho es que en la ética masónica, siendo el mal una condición para la realización del bien, no se da la perspectiva de una futura humanidad definitivamente liberada del mal, sino que, como la vida vence a la muerte, para la Masonería también la muerte vence a la vida ¹. Por esto cabe preguntarse: ¿qué esperanza puede ofrecer la Masonería a la humanidad? Si lo que se construye viene siempre destruido, ¿vale la pena construir? Si toda certeza es puesta en discusión, ¿vale la pena aprender? Si el progreso es ruptura con el pasado, ¿debemos entonces siempre recomenzar desde cero como Sísifo? ¿No nos será nunca posible poseer un patrimonio de valores que conservar y aumentar?
Indudablemente las Constituciones de 1723 declaran rechazar el ateísmo. Pero cuando se concibe un Dios «Arquitecto del universo» en referencia, como veremos, a la serpiente del Génesis, cabe preguntarse qué valor tenga el rechazo masónico del ateísmo, aunque no debemos dudar que ciertos masones honestos sepan aceptar al Dios de la razón natural y con ello mismo rechazar el ateísmo.
Prosigue el Papa: «Ahora, derribado o socavado este supremo fundamento, fuerza es que vacilen también muchas verdades de orden natural, como la libre creación del mundo, el gobierno universal de la providencia, la inmortalidad del alma, la vida futura y sempiterna. … No hablemos de las virtudes sobrenaturales, que sin especial favor y don de Dios nadie puede ejercitar ni conseguir, y de las cuales no es posible que se encuentre vestigio en quien soberbiamente desconoce la redención del género humano, la gracia celeste, los sacramentos, la eterna bienaventuranza: hablemos de los deberes que proceden de la honestidad natural. … Los cuales principios, si, como hacen los naturalistas y asimismo los francmasones, se quitan de en medio, inmediatamente la ética natural no tiene ya ni dónde apoyarse ni cómo sostenerse. Y ciertamente para la moral, que sólo admiten los francmasones, y que querrían educadora única de la juventud, es aquella que llaman civil independiente, o sea que prescinde del todo de toda idea religiosa» (p.13‑14).
El Papa hace notar que las simples fuerzas de la razón y de la voluntad, a causa de las consecuencias del pecado original, no son suficientes, si no está el auxilio de las virtudes cristianas sobrenaturales, para asegurar al hombre la felicidad y el cumplimiento de los fines de su naturaleza, tanto más si se interpreta la narración bíblica del pecado original, como hace la Masonería, no como caída del hombre en la miseria y en la corrupción, sino como elevación del hombre, como acto de autoliberación inspirado por la serpiente, que por ello se presenta como el verdadero Dios en lugar del Dios creador.
Continúa el Papa: «Los naturalistas y los masones, repudiando toda divina revelación, niegan el pecado original y estiman que no está en absoluto debilitado ni inclinado al mal el libre albedrío. Antes bien, exagerando las fuerzas y la excelencia de la naturaleza y colocando en ella el principio y la norma única de la justicia, no saben siquiera concebir que, para frenar sus movimientos y moderar sus apetitos, se requieren esfuerzos continuos y suma constancia. … Quitan al hombre la esperanza de los bienes celestiales y toda la felicidad la hacen consistir en las cosas caducas, rebajándola hasta la tierra» (pp.14‑15).
La ética masónica pone el principio de la moral no en la legislación divina, sino en la humana. Se entiende entonces cómo ella concibe la vida como un afanarse sólo en asuntos políticos y humanos. El aumento de la ciencia, de la potencia y del prestigio social, que es la mira de los altos grados de la Masonería, más allá de las perspectivas grandilocuentes gnósticas, iluministas y teosóficas, quedan siempre en definitiva en el poder económico y político, el éxito terreno, el prestigio social y cultural, la felicidad terrena, la satisfacción de los sentidos.
Asimilando a los masones a los naturalistas, el Papa trata luego del famoso principio masónico de la igualdad, por el cual «los hombres tienen todos los mismos derechos y son de condición perfectamente igual» (p.16).
El Papa no habla aquí de los derechos naturales, los cuales, siendo propios de la naturaleza humana, son evidentemente los mismos en todos los hombres, con independencia de cualquier condición. Ellos son derechos universales, propios de cada individuo humano, no en cuanto es ese individuo, sino en cuanto perteneciente al género humano o especie humana. El Papa sabe de la existencia de las declaraciones de los derechos del hombre que dieron origen al surgir de los Estados Unidos de América y estuvieron en la base de la Revolución Francesa. Pero no toca este tema. Hoy la Iglesia misma reconoce el valor de aquellas declaraciones, en cuya formulación la Masonería tuvo ciertamente una parte importante.
El Papa polemiza más bien sobre la concepción masónica de la igualdad humana, remitiéndose implícitamente a la distinción entre derecho natural, que es un derecho universal, inmutable e insuprimible, y el derecho positivo, que es particular y mudable, propio sólo de ciertos estamentos o categorías de personas.
El Papa quiere decir que los hombres son todos iguales en la especie humana, pero no como individuos, clases, pueblos o razas, en las necesidades y en los dones propios de cada uno. Aquí tenemos desigualdades naturales, que no deben ser reducidas a igualdad, sino respetadas, de lo contrario tendríamos injusticia. Es este concepto masónico de la igualdad lo que el Papa quiere criticar.
El Papa nos recuerda –y lo hará entender claramente en la famosa Rerum novarum– que existe una justa desigualdad social, que es una igualdad proporcional, efecto de la justicia distributiva, relativa a los diferentes méritos y necesidades de los ciudadanos, propia del buen gobierno, como realización de la justicia social. Desigualdad injusta se tiene en el caso de la acepción de personas, en el privilegio injusto y en el favoritismo.
El Papa continúa notando que para la Masonería «cada hombre es por naturaleza independiente; que ninguno tiene derecho a mandar a los demás; que querer a los hombres sometidos a otra autoridad, fuera de aquella que emana de ellos mismos, es tiranía. Por tanto el pueblo es soberano; quien manda, no tiene la autoridad de mandar sino por mandato y concesión del pueblo; tanto que a voluntad de éste él puede, quiera o no quiera, ser depuesto. El origen de todos los derechos y deberes civiles es el Estado, que se rige además según los nuevos principios de libertad. El Estado además debe ser ateo; entre las varias religiones no debe haber razón de dar preferencia a ninguna; debe hacerse de todas las religiones la misma cuenta» (ibid.).
El Papa nota cómo en la concepción masónica del régimen de la sociedad civil y política la autoridad o soberanía, es decir el poder o derecho fundamental y originario de legislar y mandar lo que se debe hacer para el bien de la sociedad y de los individuos, no corresponde a Dios, que no es concebido como persona real trascendente, sino, como veremos más adelante, solamente como idea racional regulativa, sino que viene a ser asignado a la simple razón y voluntad del hombre y por tanto de la misma comunidad o del mismo pueblo. Se trata de lo que Rousseau llama «voluntad general».
En la práctica sucede entonces que los intérpretes de la voluntad general, que se supone infalible en querer el bien del pueblo, son aquellos que, habiéndose hecho notar entre la gente por el rigor inflexible con el cual reivindicaron los derechos del pueblo oprimido –piénsese por ejemplo en la historia de Robespierre ²–, se presentan como intérpretes de la voluntad popular en cuya mente brilla la luz del Ente supremo, suprema idea de la razón práctica, como encontramos en la ética de Kant.
Si nos preguntamos cuáles son los principios de la Masonería, que hasta hoy la Iglesia juzga incompatibles con la doctrina católica, sin duda debemos referirnos a este importante documento de León XIII, porque desde entonces la Iglesia no ha vuelto a hablarnos de los caracteres de la doctrina masónica y de la conducta de la Masonería.
Toda la historia de la Masonería está marcada por esta lucha contra la Iglesia ³. Se nota continuamente una política orientada a obstaculizar la actividad de la Iglesia, a limitar sus derechos, a privarla de sus bienes, a marginarla de la sociedad, en la concomitante promoción de sus intereses de poder, en el querer continuo de sobresalir e imponer su cultura, de maniobrar y traficar para obtener posiciones de poder ⁴.
Ciertamente no han faltado y no faltan en la Masonería batallas por la afirmación de los derechos civiles, a la instrucción, a la asistencia pública, al bienestar económico para todos, a la libertad de pensamiento y de religión, por el pluralismo cultural, por la justicia social, pero se nota que todo este fervoroso obrar, a menudo en vasta escala y bien organizado, es luego funcional a la afirmación de su propio poder y posiblemente de su primado en la sociedad.
El cambio histórico que desde entonces ha sucedido en la relación de la Iglesia con la Masonería no concierne a las respectivas bases doctrinales, que han permanecido las mismas, sino al comportamiento de los hombres, tanto por parte de la Masonería como de la Iglesia.
Hoy Masonería e Iglesia, bajo el impulso del programa del Concilio Vaticano II, han entrado en diálogo y han iniciado parciales colaboraciones en la realización del bien común, han encontrado puntos de convergencia y de acuerdo sobre algunas exigencias vitales de la humanidad de hoy: la de asegurar la paz entre las naciones, los derechos humanos fundamentales, la organización financiera internacional, la custodia de la naturaleza, el sostén a la democracia, la colaboración con la ONU, la satisfacción de las necesidades económicas básicas de la humanidad. En esta obra se ha distinguido de modo particular el Papa Francisco, como diremos brevemente al final del artículo.
No es imposible poner en luz, como estoy haciendo en este artículo, algunos puntos de convergencia entre la doctrina católica y la doctrina masónica. La empresa, después del Concilio, ha sido intentada por algunos teólogos católicos, como por ejemplo Don Rosario Esposito. Pero no ha tenido éxito. En efecto, Esposito, habiendo cedido delante de la Masonería, fue desaprobado por la Iglesia.
Importante ha sido y es desde hace cincuenta años el diálogo mantenido por algunos Obispos y Cardenales. Hay sin embargo que temer, si no precisamente deplorar, que algunos de ellos hayan carecido de prudencia iniciando vínculos demasiado estrechos, tanto que sus nombres como de afiliados aparecieron en la famosa lista del periodista ex‑masón Mino Pecorelli, asesinado en 1979 pocos meses después de la publicación.
La Masonería mantiene su propósito de sustituir a la Iglesia en guiar a la humanidad hacia la felicidad y la libertad –en tal sentido el católico no puede formar parte de ella– pero hoy ella, a consecuencia de la nueva y más evangélica actitud hacia ella promovida en la Iglesia por el Concilio, ha mitigado la dureza, a menudo calumniosa, de la polémica y está más atenta y dispuesta a reconocer los testimonios que hoy la Iglesia da en el campo de la justicia social, de la tolerancia, de la igualdad y de la fraternidad humanas.
Es necesario prestar atención a un equívoco que puede surgir al interpretar la Humanum genus. A primera vista podría parecer que León XIII identifica sic et simpliciter la ciudad agustiniana de Dios con la Iglesia y la ciudad de Satanás con la Masonería. Pero no es así. Entender las cosas de este modo sería malinterpretar gravemente el verdadero pensamiento del Papa. Él en efecto sabe muy bien que el demonio trabaja también dentro de la Iglesia, por ejemplo suscitando conflictos, cismas y herejías, así como el Espíritu Santo ⁵ trabaja ocultamente en las conciencias de los masones honestos y de buena fe.

Fin de la Segunda Parte (2/4)

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 11 de junio de 2026

Notas

¹ Todo esto lo explica el Padre Siano en sus estudios sobre la masonería, que cité en la nota 21.
² Véase la nota 9.
³ Cf. Gaetano Masciullo, La tiara e la loggia. La lotta della Massoneria contro la Chiesa, Edizioni Fede&Cultura, Verona, 2023.
 Véase, por ejemplo, Aldo Mola, Storia della Massoneria italiana. Dalle origini ai nostri giorni, Edizioni Bompiani, Milán, 1994.
 Recordemos que el gran Pontífice es también autor de una hermosa encíclica sobre el Espíritu Santo, Divinum illud munus.

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