martes, 23 de junio de 2026

Herejía y avaricia

Esta reflexión sobre la herejía y la avaricia desenmascara el mito liberal del “hereje mártir del libre pensamiento” y lo muestra como soberbio, interesado y ligado al poder económico. ¿No es inquietante que la avaricia se convierta en incentivo y ocasión de la herejía, cerrando la mente a la verdad de la fe? ¿Qué responsabilidad tienen las editoriales católicas cuando el vicio se convierte en negocio rentable? ¿No es grave que incluso en ambientes eclesiales la fe se degrade en turbios intereses económicos? ¿Cómo reformar la Iglesia si no se eliminan simultáneamente la herejía y las injusticias en la administración de los bienes? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli nos invita a mirar de frente la raíz común de los males: soberbia y avaricia, que corrompen tanto la doctrina como la vida cristiana. [En la imagen: representación de San Bernardo de Claraval tentado por el diablo. Miniatura tomada de "El Libro de Horas de Etienne Chevalier", por Jean Fouquet, siglo XV].

Herejía y avaricia

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en Riscossa Cristiana el 27 de julio de 2013. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/eresia-ed-avarizia-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)

La ideología del liberalismo y del iluminismo nos tiene habituados ya desde hace tres siglos a un falso cuanto obstinado estereotipo del hereje entendido como genio incomprendido, profeta del progreso, hombre desinteresado y mártir del libre pensamiento, de vida austera y ejemplar, perseguido o reprimida por el oscurantismo, torvo y retrógrado poder excesivo de la Iglesia Romana.
Menos mal -así piensan algunos- que con el Concilio Ecuménico Vaticano II la Iglesia ya no tiene la mirada sombría y aprensiva, ha dejado de hablar de "herejías", de ametrallar por doquier, se ha actualizado y está confiadamente, alegremente y amorosamente abierta al mundo moderno en un diálogo de riqueza inagotable.
En realidad el hereje, al menos en la concepción católica, es un bautizado que reniega voluntariamente, por soberbia, uno o más dogmas de la fe católica, es decir, las interpretaciones de la divina revelación propuestas para creer a los fieles por parte de la Iglesia, y actúa astutamente para hacer valer su idea, sin atender a la honestidad de los medios y de los fines, con grave daño para las almas.
La herejía no es un innocuo "delito de opinión", como creen los legisladores del liberalismo, sino un delito contra la verdad y la conciencia de fe, que no son en absoluto una opinión, sino que son verdad sagrada, objetiva, universal, inmutable, absolutamente cierta y vinculante en conciencia, al menos para el creyente, en cuanto fundada no sobre una autoridad humana o sobre contingentes circunstancias históricas, sino sobre la misma autoridad divina de Cristo, quien se ha revelado a su Iglesia encargándole transmitir a todo el mundo tal verdad a fin de garantizarles el camino de la salvación. La Iglesia, infalible sólo en el anuncio del Evangelio, ha dejado siempre entonces la máxima libertad de opinión, también en teología, en ese campo que no pone en peligro los valores de la fe y de la moral.
La herejía concierne evidentemente al ejercicio de la inteligencia, ya que se trata de una cuestión acerca de la verdad y es el intelecto el que tiene por objeto la verdad. Sin embargo, en la vida humana la voluntad, la práctica y por lo tanto los intereses económicos interactúan con los intereses intelectuales y cognitivos según una recíproca influencia que puede traer beneficios pero también perjuicios tanto para las ideas como para el comportamiento. El modo y los contenidos del pensamiento ciertamente influyen sobre la acción, pero también las inclinaciones, los afectos, las necesidades y los intereses prácticos y materiales influyen sobre las doctrinas, sobre las creencias y sobre el saber.
Y así como la virtud intelectual fácilmente va de acuerdo con la virtud moral, así el vicio del pensamiento fácilmente se desposa con el vicio moral. Por eso, situándose herejía y avaricia en el plano del vicio -vicio del pensamiento y vicio de la acción- es fácil encontrar un nexo, aunque no siempre en todos los casos, entre el hereje y el esclavo de Mamón.
La herejía, como he dicho, es causada directamente y propiamente por la soberbia, por la cual el sujeto se considera capaz o en el deber de señalar como falsa a la doctrina de la Iglesia, casi como si, gracias a un contacto directo con Dios, estuviera en un conocimiento de la divina revelación mejor que la Iglesia misma o sepa interpretar mejor Biblia y Tradición, y en virtud de este superior conocimiento, se considera capaz de corregir a la Iglesia rechazando su enseñanza ¹.
Pero la soberbia, a su vez, está estrechamente ligada a una desmesurada necesidad de poder, de dominio, de goce y de posesión, a un idolátrico apego al mundo, a una exagerada preocupación por los propios intereses y por la propia imagen, a la tendencia a explotar a los demás para propia ventaja, a una puntillosa, enojosa y vengativa defensa del propio yo, a una profunda inquietud polémica, a una necesidad narcisista e insaciable de emerger, de exhibicionismo y afirmación del yo, el cual explícitamente o implícitamente, considerándose la única y absoluta "autoconciencia", rechaza someterse a Dios ya sea identificándose con Dios (panteísmo) o sustituyéndose a Él (ateísmo).
El hereje, por tanto, en vista de asegurar a su yo el primado sobre el ser, fácilmente está sujeto al vicio de la avaricia, es decir, a esa búsqueda de poder y de posesión económica, ya sea por cuenta propia o por medio de otros, que le permite ejercer concretamente y materialmente sobre los demás ese dominio y esa opresión que son el efecto inmediato de la soberbia en el campo de las relaciones con el prójimo.
Los contenidos mismos de la herejía, más allá de proyectos falsamente espiritualistas o materialistas en modo abierto y explícito, proponen una visión de la vida humana encerrada en prospectivas meramente terrenas, por no decir económicas, y exaltan la posesión y el disfrute de las riquezas como ideal supremo de la vida humana, despreocupadamente del bien común y de las exigencias de la justicia y de la solidaridad sociales. Bajo este perfil, el hereje o bien saca de sus ideas un provecho económico personal o bien actúa al servicio de fuerzas económicas o se sirve de estas fuerzas que se mueven en el sentido de sus ideas heréticas.
La herejía es una mentira en el campo de la fe y es el signo de un enfoque de vida a la cual no interesa la verdad, sino el éxito, el placer y el poder y fácilmente el interés se vuelve al poder económico, por lo tanto, la avaricia. Por eso, la herejía arraiga fácilmente en aquellas clases del gobierno o ambientes políticos a los cuales no interesa la verdad acerca del bien común, los derechos humanos o las necesidades de la gente, sino la conservación de una posición de prestigio y el ejercicio de la explotación económica ².
Dondequiera que un gobierno o una política estén atentos a la verdad sobre el hombre, hallaremos fácilmente la armonía con la doctrina de la fe y la comunión eclesial; donde en cambio apuntan al acaparar, a la prepotencia o a la dictadura, encontramos el desprecio simultáneo de las exigencias de la justicia y de la verdad de fe. La injusticia y la herejía van siempre de la mano.
La preocupación por la justicia y la paz sin una correspectiva adecuada atención al peligro que viene de la herejía, es un defecto generalizado en la pastoral de hoy, y es una mala interpretación de la pastoral promovida por el Concilio. Tal actitud demuestra impreparación teológica, infidelidad al Magisterio, inexcusable credulidad y quizás incluso en algunos casos insinceridad y oculta connivencia con la misma herejía.
Así, se debe decir que la avaricia, que afecta a la honestidad, a la templanza y a la sobriedad en la vida física, camina paralela a la deshonestidad o deslealtad de la mentira sobre el sentido trascendente o teológico de la vida, que caracteriza a la herejía. En la Biblia encontramos siempre juntos el doble aborrecimiento del ansia de las riquezas y de la soberbia herética, en cuanto fuentes radicales de todos los males, del cuerpo y del alma. "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios".
Desde un punto de vista económico, parecería encontrarse una condena de la avaricia similar a aquella condena que hace Marx de la injusticia social como principio de alienación de la humanidad, si no fuera porque en el materialismo marxista, amante de los sofismas dialécticos, falta la debida condena de la deshonestidad intelectual, típica de la herejía, como principio igualmente grave de la infelicidad, de la esclavitud y de la perdición del hombre.
Una cierta corriente filo-marxista de la teología de la liberación, condenada en su tiempo por la Congregación para la Doctrina de la Fe, en el momento en que acentúa la exigencia o necesidad de la justicia en una perspectiva meramente terrena, cerrada al futuro ultraterreno y sobrenatural ³, se opone a la avaricia sólo aparentemente, pero en realidad termina por bloquear el verdadero proceso de la liberación evangélica del hombre, cediendo por consiguiente a una visión herética.
Sobre esta línea se encuentra el famoso teólogo ex-franciscano Leonardo Boff, cuyos escritos fueron condenados en su tiempo, quien resurgió recientemente con la esperanza de acapararse al Papa con una maniobra pérfida, contraponiendo al papa Francisco con Benedicto XVI, que lo ha condenado.
Y así parejamente ciertas visiones aparentemente personalistas y espiritualistas como el rahnerismo, que parecerían del todo ajenas a favorecer la avaricia, en realidad con su inmanentismo acaban por exaltar un humanismo cerrado a lo trascendente y por tanto totalmente orientado a la posesión y al dominio de los bienes terrenos, lo cual es herético y al mismo tiempo favorece la avaricia.
La avaricia es ocasión e incentivo para la herejía. En efecto, la avaricia, sumergiendo la mente en los intereses terrenos, le impide elevar la mirada, tener esa limpidez y esa libertad con las cuales podría alcanzar las superiores verdades de la fe, gustarlas y ponerlas en práctica. En tal modo, la avaricia, manteniendo la mente pegada a la tierra, se reproduce a sí misma y se cierra a la verdad de la fe. He aquí por lo tanto la herejía.
La práctica intensiva, organizada y hábil de la avaricia, por su parte, aquello que algunos llaman "sentido para los negocios", es a menudo la fuente de ingresos lujosos e ilícitos para el hereje y para sus seguidores y patrocinadores. En efecto, existe un vasto público que prefiere la dulce mentira a la dura verdad, por lo cual ese público de buena gana adquiere los productos de los herejes.
¡Qué responsabilidad tienen aquí las empresas editoriales católicas! El vicio promueve la falsedad y la falsedad es causa del vicio. Y todos sabemos cuánto dinero está ligado al vicio, aunque con el dinero se pueden realizar maravillosas y utilísimas obras religiosas y sociales, como demuestra la vida de los santos y de los honestos emprendedores y directores de empresas en el campo de la industria y del desarrollo económico. El capitalismo, como explica la reciente doctrina de la Iglesia, no es un mal en sí, si viene empleado al servicio del bien común.
Sin embargo, en general, los males se incrementan mutuamente en el plano del pensamiento y de la acción, aunque luego suceda que esto se verifica, gracias a Dios, también para los bienes. Así como la avaricia y la herejía se reclaman entre sí, también son hermanas la fe ortodoxa y la justicia social.
En cuanto a la avaricia, la gravedad de este vicio es bien conocida y ya denunciada por los sabios paganos. Recordemos la famosa detestación del auri sacra fames de virgiliana memoria. En efecto, para comprender lo odioso de este vicio no se necesitan especiales revelaciones celestiales ni agudeza especulativa, sino que es suficiente una mínima dosis de buen corazón y de sentido de humanidad, que sin embargo, por desgracia, no siempre habitan de hecho en todos.
La figura conmovedora y noble del buen samaritano está siempre para enseñarnos que el sentido natural y honesto de la solidaridad humana, incluso en sujetos de buena fe no instruidos desde el punto de vista de la doctrina, puede vencer a una cultura religiosa refinada e hipócrita que sin embargo acaba en realidad, a causa del egoísmo y de la dureza de corazón, por ocultar la vergüenza de la herejía.
Ocurre así que el mandato divino del amor al prójimo ("amaos los unos a los otros como yo os he amado"), fundamental verdad de fe del cristianismo, al elevar la natural solidaridad humana a la dignidad sobrenatural de la fraternidad en Cristo, tiene como opuesto esa avaricia que se presenta no sólo como injusticia en el plano de las virtudes morales y del derecho natural, sino también y sobre todo como verdadera y propia herejía, pecado contra la fe y contra el Evangelio.
Jesús, en su polémica contra los fariseos, los acusa simultáneamente de hipocresía por su incredulidad y falsa fe en Yahvé, así como de avaricia por su explotar una aparente profesión de vida religiosa con fines egoístas o de poder económico. Por el contrario, el Evangelio es anunciado a los pobres tanto en el sentido de los económicamente necesitados como en el sentido de los necesitados de la verdad, humildemente abiertos a la Palabra del Evangelio.
Desgraciadamente, todavía hoy la polémica de Jesús sigue siendo actual para todos aquellos ambientes religiosos y clericales en los cuales la profesión de fe viene falseada o desvirtuada para ser considerada no como el vértice de los intereses -fons et culmen- ¡sino como fuente de turbios negocios y ganancias ilícitas!
Cuán frecuentemente en los discursos, en los capítulos y en las reuniones de eclesiásticos o de religiosos que deben ser luz de la Iglesia y ejemplo de vida sobria, las cuestiones tratadas con mayor seriedad, calor y sutileza de argumentos dignos de mejor causa, no son las doctrinales o pastorales, sino las relativas a ventas, adquisiciones, negocios, ganancias, contratos, beneficios y cosas por el estilo!
De tal modo sucede que la Iglesia, que de por sí es una comunión espiritual, teniendo ella también un aspecto terreno y estando compuesta de hombres falibles y pecadores, cae a veces en el estilo de cualquier sociedad humana con sus egoísmos y discutibles intereses por no decir lo peor, por lo cual está siempre necesitada de ser corregida, reformada y reconducida sobre las vías del Evangelio.
Todos los Concilios ecuménicos de la historia han tenido siempre esta función de reclamo y llamado a la verdad contra los herejes y simultáneamente de restauración de la justicia contra los delitos administrativos –pensemos en el "jubileo" judío– o contra los falsos pastores que, en lugar de apacentar el rebaño, se engordan a sí mismos o escapan cuando llega el lobo.
También el papa Francisco está a punto de reformar la Curia romana cincuenta años después de la reforma promovida por Paulo VI a la luz del Concilio Vaticano II. ¿Qué es lo que ha sucedido? ¿Acaso la reforma promovida por el Concilio era defectuosa? ¿O tal vez no ha sido bien aplicada? Difícil decirlo.
Esta reforma de fide et moribus deberá transitar, como siempre, por dos vías: eliminación de la herejía y de las injusticias en la administración de los bienes de la Santa Sede. El imaginario colectivo está particularmente afectado por el caso del IOR, mientras que los modernistas intentan desviar la atención de la Congregación para la Doctrina de la Fe, dado que son parte en la causa, pero no olvidemos el problema más grave que es el de la crisis de fe, de la cual hablaba el papa Benedicto XVI en su declaración de dimisión.
También la Congregación para la Doctrina de la Fe tiene necesidad de hombres de fe purísima e integérrima, considerando su rol delicadísimo de ayudantes del Papa en la tutela de la recta fe, así como por lo demás también el IOR necesita personas totalmente desinteresadas, de excelente competencia y de ejemplar honestidad. Pero el IOR y la CDF deben proceder en plena reciprocidad bajo la guía del Papa, así como alma y cuerpo deben proceder en armonía bajo la guía de la misma alma.
Las Obras de Religión no pueden ser bien conducidas y administradas sino a la luz de la fe, no para otros intereses que no sean los de la fe y de la difusión del Evangelio. Y he aquí, por tanto, que reaparece el problema de la herejía, que no es necesariamente negación de un dogma especulativo, sino también de ese dogma fundamental que es la práctica de la justicia evangélica.
Oremos por el Santo Padre para que el Espíritu Santo y la intercesión de María Santísima le den la fuerza para llevar a cabo esta empresa gigantesca y arriesgada, rodeado de colaboradores fiables y capaces. Y en todo caso la Iglesia seguirá adelante de victoria en victoria, ya que según la promesa del divino Fundador, portae inferi non praevalebunt.

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 27 de julio de 2013

Notas

¹ Nótese que al hacer esta afirmación acerca de la relación de la herejía con la soberbia, el padre Cavalcoli está pensando ante todo en los herejes neomodernistas actuales (y a ellos se refiere, de modo general, en todo este artículo), pero la afirmación es también completamente aplicable a los pasadistas, en concreto a los lefebvrianos, sospechosos también de herejías, que se creen en contacto directo con la Tradición, con lo cual, negando la autoridad del Magisterio vivo de la Iglesia, se construyen para sí una pseudo tradición, que ya no tiene nada que ver con la divina Revelación (JG).
² Insisto al lector que todos estos vicios derivados de la herejía son aplicables tanto a los herejes modernistas como a los herejes pasadistas, tanto lefebvrianos como filolefebvrianos (JG).
³ Véase el rechazo a la doctrina de los "dos mundos" (este mundo y el futuro mundo celestial ultraterreno) por parte del fundador de la teología de la liberación Gustavo Gutiérrez.
 Sabemos que el papa Francisco reformó la Curia romana mediante la Constitución Apostólica Praedicate Evangelium, promulgada el 19 de marzo de 2022, que sustituyó a la anterior Pastor Bonus de san Juan Pablo II. Este documento reorganiza los dicasterios, introduce nuevos criterios de servicio y pone la evangelización en el centro de la misión de la Curia. (JG)

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum avaritia sit causa et comes haeresis

Ad hoc sic procediturVidetur quod avaritia non sit causa et comes haeresis.
1. Haeresis est error intellectus circa veritatem revelatam, avaritia autem est vitium voluntatis circa bona materialia; ergo videntur ad diversa pertinere et non necessario coniungi.
2. Praeterea, nonnulli haeretici vitam austeram et pauperem egerunt, sine quaerendis divitiis; videtur igitur quod avaritia non semper comitetur haeresim.  
3. Item, avaritia a philosophis gentilium et a legislatoribus civilibus damnata est, nulla facta mentione fidei; ergo non videtur esse vitium theologicum quod cum haeresi coniungatur.
4. Denique, iustitia socialis invenitur etiam apud infideles, fides autem orthodoxa est propria Ecclesiae; ergo non videtur quod avaritia et haeresis necessario iungantur.

Sed contra est quod dicitur: Non in solo pane vivit homo, sed in omni verbo quod procedit de ore Dei. Et memoria est detestationis auri sacrae famis. Scriptura et sapientes simul avaritiam et superbiam haereticam denuntiant tamquam fontes radicales omnium malorum corporis et animae.

Respondeo dicendum quod avaritia et haeresis sunt vitia sibi invicem connexa. Haeresis ex superbia oritur, per quam subiectus se putat posse corrigere Ecclesiam et doctrinam eius respuere. Superbia autem coniungitur cum cupiditate potestatis, dominationis et possessionis, cum idolatrico amore mundi et cum exploitatione proximi. Unde haereticus, ut sibi primatum super esse asserat, facile labitur in avaritiam, quae ei praebet facultatem exercendi in aliis illam dominationem quam superbia requirit. Avaritia, mentem in terrenis implicans, impedit ne oculos ad superiores veritates fidei erigat, claudens eam veritati et haeresim iterum generans. Sic avaritia est occasio et incentiva haeresis, et haeresis, veritatem despiciens, ad potentiam oeconomicam se convertit. Vitium falsitatem promovet et falsitas est causa vitii. Ita avaritia et haeresis simul in corruptionem vitae christianae et in degradationem Ecclesiae concurrunt, cum professio fidei fit fons turpium negotiorum et lucrorum illicitorum.

Ad primum dicendum quod, licet haeresis ad intellectum pertineat, voluntas et materialia commoda influunt in cogitationem, et sic avaritia cum mendacio fidei coniungitur.
Ad secundum dicendum quod etiam haeretici pauperes possunt appetere potestatem et dominationem; avaritia enim non solum est exterior divitiarum possessio, sed interior adhaesio et desiderium habendi.
Ad tertium dicendum quod damnatio gentilium ostendit gravitatem naturalem avaritiae, sed fides ostendit eius nexum cum mendacio haeretico, quod est peccatum contra Evangelium.
Ad quartum dicendum quod iustitia socialis sine fide potest apparere, sed ubi est avaritia et contemptus veritatis, ibi etiam haeresis invenitur.
   
JG

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