Esta primera parte del artículo que el padre Giovanni Cavalcoli ha comenzado a publicar, plantea una denuncia frontal contra la Masonería, mostrando cómo ella se presenta como promotora de libertad y fraternidad, pero en realidad se erige en rival del cristianismo y en instrumento de división y corrupción espiritual. ¿Puede una sociedad secreta sustituir a la Iglesia en su misión de unidad y salvación? ¿No es inquietante que el símbolo del serpiente, para la Masonería, se convierta en dios liberador y benefactor del hombre? ¿Qué consecuencias tiene que se niegue la revelación divina y se reduzca la fe a fórmulas cambiantes según los tiempos? ¿No es grave que, bajo apariencia de racionalidad y progreso, se infiltre en la vida pública y en la misma Iglesia para debilitarla desde dentro? Este texto invita a reflexionar sobre el verdadero rostro de la Masonería y sobre la necesidad de defender la integridad de la fe y de la Iglesia frente a sus ataques.
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
lunes, 22 de junio de 2026
Por un juicio equitativo sobre la masonería (1/4)
Por un juicio equitativo sobre la masonería (1/4)
Primera Parte
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli cuya primera parte fue publicada en su blog el 22 de junio de 2026. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/per-un-giudizio-equo-sulla-massoneria.html)
Vosotros hacéis las obras de vuestro padre
Jn 8,38
Vosotros sois todos hermanos
Mt 23,8
¿Qué es la Masonería?
La Masonería es una asociación internacional o cosmopolita voluntaria organizada sobre la base del libre acuerdo de los adherentes o afiliados en un programa institucional o constitucional que requiere la colaboración disciplinada y recíproca de todos los miembros bajo la dirección de las autoridades con el fin de un progreso o perfeccionamiento o mejoramiento de la conducta humana personal y social mediante el uso de la sola razón práctica y el ejercicio de la buena voluntad, y haciendo referencia a Dios entendido como Gran Arquitecto del universo.
La Masonería fue oficialmente fundada en Londres en 1723 con la elaboración de las Constituciones por obra del sacerdote anglicano James Anderson, y posteriormente modificadas en 1738 ¹. El intento de la Masonería se expresa inmediatamente en los artículos iniciales de 1723, donde se habla de la relación del masón con Dios, con la religión y con el bien de la humanidad. Ellos dicen: «el masón, que entienda correctamente el arte regio, no será nunca ateo o libertino, sino que está obligado a obedecer la ley moral».
Luego explican: «Aunque en los tiempos antiguos a los masones se les hacía obligación en cada país de ser de la religión de aquel país o nación a la cual pertenecía, cualquiera que esta fuese; hoy sin embargo se ha creído más conveniente obligarlos sólo a aquella religión en la cual todos los hombres convienen, dejando a cada uno sus opiniones particulares, es decir de ser hombres buenos y sinceros (true) o bien hombres de honor y de honestidad, cualesquiera que sean las denominaciones o convicciones (persuasions) que los distingan, por lo cual la Masonería se convierte en el centro de unión y el modo de conciliar verdadera amistad entre personas destinadas de otro modo a permanecer siempre divididas» (p.74).
Observemos ante todo que no es cosa digna de una conciencia religiosa libre y sincera asumir acríticamente por pura conveniencia la religión del país o del ambiente social en el cual habita. La verdadera religión es un valor universal, independiente de los lugares y de los tiempos. A lo sumo podrá asumir ciertas modalidades concretas, accidentales o contingentes, pero ella debe ser elegida preferiblemente por su verdad, sin ningún respecto al lugar donde es practicada o no practicada.
En segundo lugar aparece evidente el error o bien la pretensión exorbitante de la Masonería de ponerse, por encima y mejor que el mismo cristianismo, como factor decisivo de unificación, de pacificación y de concordia entre los hombres, superando las conflictividades y los contrastes que serían generados por el enfrentamiento y la competencia entre las religiones, incapaces según ella de coexistir pacíficamente, incluido el cristianismo. Se nota aquí la incapacidad de apreciar la lucha que la Iglesia conduce contra el error y el pecado.
Es evidente además la pretensión insensata de la Masonería de sustituir al cristianismo en la obra de fraternización y de colaboración de los hombres entre sí sobre la base de meros principios y virtudes morales de honestidad natural universal.
Ahora bien, puesto que la concordia, la conciliación recíproca, la unidad, la justicia y la paz nacen del conocimiento de la verdad, es evidente que la Masonería se considera a sí misma como única asociación en el mundo, por encima de las religiones y de toda otra formación humana, en posesión de la plenitud de la verdad concerniente al hombre, sus fines, la ley moral y la relación del hombre con Dios.
Una discusión interesante entre los intérpretes católicos de la esencia de la Masonería es aquella entre quienes sostienen que en ella existe un culto mágico del demonio y quienes lo niegan. El Padre Paolo Siano, en sus estudios sobre la Masonería que cito más adelante, demuestra con varias pruebas que este culto existe, sirviéndose de la Kabbala y de la magia renacentista, por ejemplo Giordano Bruno ², contra la tesis de Massimo Introvigne, que en cambio lo niega. El culto de Satanás para algunos existiría en lo que llaman Masonería «caliente» o «de franja», con exclusión de aquella «fría» o «regular», que se limitaría a una actividad puramente racionalista, social y política ³.
Todo está en ver cómo los masones mismos interpretan la serpiente del Génesis del relato del pecado original. Como veremos mejor más adelante, para ellos ella es el símbolo del espíritu liberador del hombre del yugo de Dios creador. Para la ética masónica, como demuestra el Padre Siano, el pecar y el hacer el mal produce el bien. Y por esto ellos adoran como dios a esta serpiente y sacan fuerza de ella.
Ahora bien, como explica la Iglesia, esta serpiente no es otra cosa que el diablo, rebelde a Dios y con ello mismo enemigo del hombre. En cambio, ella es para los masones el verdadero dios, precisamente porque es rebelde a Dios, amigo y benefactor del hombre. Por esto le rinden un culto mágico y al mismo tiempo tienen la posibilidad de decir que ellos no prestan un culto al demonio, tal como la Iglesia entiende la serpiente del Génesis.
En base a todo esto es claro que la Masonería no reconoce la posibilidad de una relación constructiva del hombre con un Dios que, como el Dios cristiano, revele al hombre a Sí mismo y su voluntad de orientar la conducta humana, sostenida por la gracia, en la comunidad eclesial, hacia una vida sobrenatural entendida como participación en la naturaleza divina y por tanto como participación en una vida ultraterrena en la misma bienaventuranza divina mediante la visión inmediata de la esencia divina trinitaria.
Por esto la Masonería juzga irrazonable y nociva para la libertad humana, así como para el bien y el progreso de la humanidad, la pertenencia a una comunidad como la Iglesia, cuya naturaleza es objeto de fe en una supuesta revelación divina.
Por consiguiente la Masonería se esfuerza en impedir que los hombres entren en la Iglesia y trabaja para obtener que salgan de ella. Puesto que para el cristiano la Iglesia es objeto de un conocimiento de fe, la Masonería se esfuerza en hacer perder la fe a quien la tiene y en impedir que la alcance quien no la tiene.
La Masonería se esfuerza en destruir la Iglesia o al menos en debilitarla, someterla, mundanizarla, falsificarla con todo medio: la denigración, la crítica demoledora, la burla, la difamación, la calumnia, las falsificaciones históricas, la negación de los milagros, de las profecías y de lo sobrenatural, el desprecio de sus santos, de las virtudes cristianas, el privarla de sus bienes, el impedirle las actividades, tanto la magisterial como la pastoral, tanto la administración de los sacramentos como las obras educativas, asistenciales, asociativas, humanitarias, caritativas, misioneras, tanto favoreciendo y promoviendo el indiferentismo religioso, el relativismo moral, toda forma de conflicto y de discordia entre cristianos y de extremismos opuestos, de cisma y apostasía y de herejía, favoreciendo y promoviendo todas aquellas doctrinas erróneas y heréticas que corrompen la pureza de la fe y de las costumbres cristianas, con la negación del primado del Romano Pontífice, tanto infiltrándose en la misma Iglesia y hostigándola desde dentro.
Cosa extraña y anacrónica es que la Masonería no admita a las mujeres en su seno. En efecto, su constitución programática y sus procedimientos son de marcada impronta machista, mostrando aquella racionalidad y aquella socialidad compleja y universal, que es típica del varón, pero incapaz, como lo es la Iglesia –pensemos por ejemplo en la espléndida figura de la Virgen María– de acoger las cualidades propias de la mujer, la actitud religiosa y hacia la mística, así como la fervorosidad generosa del amor oblativo.
Las condenas de la Iglesia
Estando así las cosas, no sorprende que la Iglesia, desde la aparición en Europa y en la misma Italia de las actividades masónicas en los primeros decenios del siglo XVIII, haya impuesto la excomunión a aquellos católicos que hubieran dado su nombre a la Masonería. Hoy la Iglesia en el Código de Derecho Canónico no habla más de Masonería, ni por tanto de excomuniones. Y sin embargo amenaza con «punición» (can.1374) a quien «da el nombre a una asociación que complota contra la Iglesia». ¿Cómo no reconocer, entre otras posibles asociaciones semejantes ⁴, a la Masonería?
Podríamos preguntarnos en qué podría consistir esta «punición». Se podría pensar todavía en la excomunión o bien en la prohibición de acceder a la Santa Comunión, de la cual habla la Declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe del 26 de noviembre de 1983. O bien se podría pensar en otros procedimientos, como traslados, o limitaciones de oficios o suspensiones de oficios según cómo pueda aparecer más útil o conveniente al arrepentimiento del reo.
León XIII en la encíclica Humanum genus sobre la Masonería del 20 de abril de 1884 hace remontar su inspiración radical a la «envidia de Lucifer, que se rebeló desgraciadamente contra Dios creador y dador de los dones sobrenaturales» (p.3), por lo cual «el género humano se dividió como en dos campos adversos y enemigos entre sí; uno de los cuales combate sin cesar por el triunfo de la verdad y del bien, el otro por el triunfo del mal y del error. El primero es el reino de Dios sobre la tierra, es decir la verdadera Iglesia de Jesucristo: y quien quiere pertenecer con sincero afecto y como conviene a la salvación, debe servir con toda la mente y con todo el corazón a Dios y a su Unigénito Hijo. El segundo es el reino de Satanás y súbditos son cuantos, siguiendo los funestos ejemplos de su jefe y de los comunes progenitores, rehúsan obedecer a la ley eterna y divina y emprenden muchas cosas sin cuidarse de Dios, muchas contra Dios. Estos reinos, semejantes a dos ciudades que con leyes opuestas van a fines opuestos, con gran agudeza de mente vio y describió San Agustín y remontó al principio generador de ambas con estas breves y profundas palabras: “dos ciudades nacieron de dos amores: la terrena, del amor de sí hasta el desprecio de Dios, la celestial, del amor de Dios hasta el desprecio de sí”» ⁵.
«En toda la larga serie de siglos estas dos ciudades combatieron una contra la otra con armas y luchas diversas, aunque no siempre con el mismo ardor e ímpetu. Pero en nuestros tiempos los partidarios de la ciudad malvada, inspirados y ayudados por aquella sociedad, que ampliamente difundida y fuertemente organizada toma el nombre de sociedad Masónica, parece que todos conspiran juntos e intentan las últimas pruebas. Pues, sin disimular sus designios, se levantan con extrema audacia contra la soberanía de Dios; trabajan públicamente y a cara descubierta en la ruina de la Santa Iglesia con el propósito de despojar del todo, si fuese posible, a los pueblos cristianos de los beneficios traídos al mundo por Jesucristo Nuestro Salvador» ⁶.
Naturalmente el Papa no quiere decir que todos los siervos de Satanás se encuentren en la Masonería y no excluye que algunos, bajo falsas apariencias, se encuentren dentro de los confines de la Iglesia terrena. De todos modos es muy importante que el Papa denuncie la presencia de un alma satánica de la Masonería, lo cual naturalmente no significa que en ella no haya también personas de buena fe y por tanto honestas.
Como resulta de las denuncias hechas por León XIII, lo que suscita mayor preocupación en la Masonería es su concepción de la relación del hombre con Dios, un Dios que no es el verdadero Dios creador y providente, que hace posible el cristianismo con sus misterios de la Encarnación y de la Redención y por tanto de la Iglesia, sino un dios por una parte funcional al hombre y al mundo y por otra parte un hombre que se convierte en Dios. En particular, como veremos, la Masonería propone un Dios que pone y propone simultáneamente el ser y el no‑ser, el sí y el no, el bien y el mal, la vida y la muerte ⁷.
Este falso dios, que en el Génesis se presenta a los progenitores como alternativa al verdadero Dios, para la Masonería es el verdadero Dios, que cuida verdaderamente de los intereses del hombre. Esto significa entonces que la serpiente del Génesis es el Dios de la Masonería, la cual por tanto no tiene escrúpulo en llamarlo Satanás y en rendirle culto con la liturgia y el ritual masónicos del llamado «Arco Real», con el fin de obtener fuerza y éxito en sus empresas en perjuicio de la Iglesia y contra el reino de Dios. Este dios, por tanto, no es otra cosa que el demonio, que la Masonería llama Gran Arquitecto del universo o también Lucifer. Lo llama también «Satanás» (véase Carducci), y es efectivamente el Satanás de la Escritura, pero el masón, que lo considera su iluminador y liberador, lo honra y lo adora en vez de combatirlo.
Por esto la Masonería, que en los grados bajos se presenta como simple asociación sobre base racional, en los grados altos es un verdadero culto mágico y esotérico del demonio, aunque los masones se defienden indignadamente de esta acusación, diciendo que ellos no creen en la existencia del demonio de la fe cristiana y que para ellos Satanás es simplemente el símbolo de la libertad.
Es interesante notar cuan importante es en la Escritura la figura y el símbolo de la serpiente. Ella se presta muy bien a representar la conducta del enemigo oculto o del falso amigo, que actúa en la sombra –he aquí la «sociedad secreta»–, enemigo de cuyas tramas no estamos informados o no somos conscientes y por tanto del cual no nos damos cuenta, y hacia el cual por tanto no tenemos modo de tomar defensas, un enemigo pérfido que nos golpea cobardemente, de improviso e inesperadamente por la espalda, quizá sin mostrar su rostro, el enemigo que nos envenena insinuándose con dulzura, sin estrépito ni ruido.
La serpiente desempeña un papel de protagonista en el episodio del pecado original, pero luego en la Escritura aparece como el símbolo de la persona malvada, pérfida, vil, falsa, cruel, traidora e hipócrita. ¿Puede haber una conducta más odiosa que la de la serpiente? Por esto Cristo es severísimo contra los hipócritas.
Sin embargo en la Escritura la serpiente desempeña también una función ambivalente: por una parte es el símbolo de la mentira, del engaño, de la perfidia y de la doblez ⁸. Pero por otra parte es símbolo de la prudencia, de la cautela, de la sagacidad ⁹. Particularmente interesante es el episodio de la serpiente de bronce narrado en el c.21 del libro de los Números, luego retomado por Cristo (Jn 3,14), que se compara a Sí mismo con aquella serpiente de bronce, mirando la cual, quien había sido mordido por una serpiente, era curado ¹⁰. El relato tiene un alto significado simbólico: Cristo es aquella serpiente benéfica, de la cual nos viene la medicina contra el veneno instilado por la serpiente del Génesis, es decir el diablo. Jesús nos muerde saludablemente con la cruz para curarnos de la mordedura mortal del demonio.
En el curso de la historia surgen continuamente desde fuera o desde dentro de la misma Iglesia –pensemos en las herejías– potencias y asociaciones o falsas religiones, que se proponen destruir la Iglesia o prevalecer sobre ella, pero ellas, después de un momento o un período más o menos largo en los cuales parecerían triunfar, atrayendo quizá un grandísimo número de seguidores, se derrumban o por sus contradicciones internas o son derrotadas por la potencia del Espíritu Santo operante en la Iglesia o se disuelven mostrando la vanidad o inhumanidad de sus perspectivas. Sólo los judíos, según la profecía de San Pablo (Rm 11,27), se convertirán a Cristo el día de su Venida.
Así fueron derrotados los antiguos gnósticos, así fueron derrotadas las herejías, así se derrumbaron aquellos regímenes como el imperio romano, el fascismo y el nazismo, que intentaron someter la Iglesia a sus programas totalitarios. Las religiones no‑cristianas, liberadas de sus errores, confluirán hacia la Iglesia, la Jerusalén celestial, ofreciendo cuanto de bueno ellas contienen.
El comunismo y el islamismo, que pretenden construir una humanidad contra Cristo, serán derrotados por Cristo mismo, que, como Él mismo dice de Sí mismo, es aquella «piedra, que, desechada por los hombres, ha venido a ser piedra angular» (Lc 20,17). Y comenta: «Quienquiera que caiga sobre aquella piedra se destrozará y a quien ella caiga encima, lo triturará» (v.18). Los enemigos de Cristo terminan mal. Vendrá el día en el cual también la Masonería, que desde hace tres siglos se jacta de estar a la guía de la humanidad hacia la libertad y la felicidad, se disolverá y cuanto de bueno hay en ella será asumido por la Iglesia.
La denuncia de León XIII
León XIII en su famosa encíclica Humanum genus de 1884 denuncia los errores y los falsos principios de la Masonería, presentándola como asociación que expresa en la historia el odio de Satanás contra el reino de Dios, encarnado en la Iglesia.
Él la acusa de ser «contra todo derecho humano y divino, no menos funesta al cristianismo que al Estado» (p.5). Aquí el Papa parecería ser demasiado severo, porque en realidad la Masonería ha contribuido a la afirmación de los derechos en la fundación y constitución de los Estados. Sin embargo, ella a menudo se equivoca en determinar el contenido de estos derechos, como cuando por ejemplo habla de derecho al aborto o a la eutanasia o cuando sostiene con Rousseau ¹¹ que la autoridad política no proviene de Dios sino del pueblo, de modo que la democracia no comportaría el simple autogobierno popular y la función del gobernante de ser vicario del pueblo, sino que supondría que el hombre no debe obedecer a Dios, sino sólo a sí mismo. El masón Robespierre ¹² sin embargo sostenía que la constitución del Estado debe admitir la existencia del «Ente supremo», conforme por lo demás a las Constituciones de la Masonería. Pero volvemos al punto: ¿quién es este Ente supremo?
¿Qué daño causa la Masonería al Estado? Ella se concibe a sí misma como sociedad universalista fundadora del mismo Estado. Y en efecto fundaciones, instituciones y constituciones de Estados como los Estados Unidos de América, la República francesa y la unidad de Italia han surgido por un decisivo aporte de la Masonería. El daño puede venir y viene del hecho de que la Masonería, incluso cuando presta servicios públicos y trabaja por los derechos humanos o por la democracia o por la justicia social o por la libertad religiosa o por el respeto de la constitución del Estado, no lo hace por una atención desinteresada al bien común, sino siempre con el fin de aumentar su propio poder en la sociedad y satisfacer sus propios intereses e imponer su propia visión del hombre, de la sociedad y de Dios.
Si ella encuentra en el Estado el rechazo de hacerse su siervo, como sobre todo cuando el Estado está influenciado por los católicos, no duda en boicotear e impedir su actividad normal, como sucedió por ejemplo con la famosa operación «mani pulite», la cual, si no careció de hacer justicia en el campo administrativo, judicial, financiero y parlamentario, fue para la Masonería una óptima ocasión para destruir la Democracia Cristiana y tratar de excluir a los católicos de la vida política del País privando a las instituciones del Estado del aporte precioso proveniente de la Iglesia.
El Papa acusa además a la Masonería de «destruir de arriba abajo todo el orden religioso y social tal como fue creado por el cristianismo y tomando fundamentos y normas del naturalismo, rehacerlo a su arbitrio desde la raíz» (p.9).
En la visión masónica no hay un Dios creador del varón y de la mujer que haya establecido la regla o la ley de la conducta social y familiar, sino el mismo varón‑mujer, en connivencia con la serpiente liberadora (el Gran Arquitecto del universo), establecen por propio arbitrio, en base a la sola razón –el «naturalismo»–, las normas y las leyes de la conducta moral y civil. De ello resulta que el masón, si quiere y le conviene, no tiene dificultad en respetar las normas de la ética natural; pero si no le conviene o encuentra ventajoso para el éxito de la Masonería actuar según otros principios o principios contrarios, no tiene ningún escrúpulo en seguirlos.
Es así, por ejemplo, que en el campo sexual o familiar o matrimonial y en general en la relación varón‑mujer, el masón practica indiferentemente, según cómo le conviene, el más estricto respeto de la ética sexual, al menos públicamente, y el más disoluto libertinaje, sin excluir ninguna forma de aberración, incluso aquellas más gravemente contrarias a la naturaleza. Así no hay duda de que entre las fuerzas que inspiran más o menos ocultamente el orgullo gay y la práctica del genderismo encontramos a la Masonería. Todo va bien, con tal que sirva para contrarrestar a la Iglesia y al cristianismo. Pero el masón no se da cuenta de cuánto, obrando así, destruye aquella dignidad humana de la cual aparenta ser el supremo garante, mientras la rebaja al nivel de la bestia o la envilece a semejanza del demonio.
El Papa acusa además a la Masonería de enseñar «la soberanía y el magisterio absoluto de la naturaleza humana y de la razón humana» (p.10). El origen del racionalismo masónico es el concepto cartesiano de razón, por el cual la razón no acoge ninguna verdad que no sea o evidente o demostrada o demostrable por la misma razón. Si por tanto se admite una fe humana, en cuanto aquí el objeto de la fe puede ser mostrado en su racionalidad, ya no es posible la fe en una revelación divina, cuyo contenido por definición sobrepasa la capacidad finita de nuestra razón.
Sin embargo con la introducción de los grados altos y esotéricos, llamados «escoceses», la Masonería a partir del siglo XIX añade la perspectiva de un conocimiento absoluto y supremo, la Gnosis o el «Arte regia» ¹³, el secreto iniciático, que eleva la razón al nivel de la razón divina, acogiendo influjos provenientes de la Kabbala, de los antiguos gnósticos, de las doctrinas de los Maniqueos, de los Cátaros, de los Templarios, de los Rosacruces, de Giordano Bruno, del hermetismo, del shivaísmo, de la teosofía de Elena Blavatsky ¹⁴, de la antroposofía de Rudolf Steiner, del panteísmo de los grados del ser de René Guénon. Esta perspectiva encuentra una formulación filosófica en el panteísmo idealista de Hegel, que era masón.
El Papa León nota además que los masones «niegan del todo la divina revelación; no admiten dogmas, ni verdades superiores a la inteligencia humana, ni maestro alguno, al cual se deba por la autoridad del oficio creer en conciencia». La hostilidad de la Masonería contra la dogmática católica no se expresa sólo en la negación de la posibilidad de que Dios pueda hablar al hombre haciendo uso de conceptos humanos, sino que se expresa más sutilmente entendiendo los dogmas como fórmulas, cuyo sentido varía con el cambiar de los tiempos y de los lugares.
La Masonería ha encontrado por tanto en el modernismo pre y postconciliar un óptimo auxilio en su lucha contra la Iglesia dentro de la misma Iglesia. Pero ella encuentra aliados, quizá inconscientes, también en la corriente pasadista y falsamente tradicionalista, la cual, sostenedora de una dogmática rigidizada en el preconcilio, termina también ella, contra sus mismas intenciones, por corromper el sentido de los dogmas, prestando igualmente un precioso servicio a la Masonería.
Prosigue el Papa: «Y puesto que es privilegio singular y únicamente propio de la Iglesia católica el poseer en su plenitud y conservar en su integridad el depósito de las doctrinas divinamente reveladas, la autoridad del magisterio y los medios sobrenaturales de la eterna salvación, suma contra ella es la rabia y el encarnizamiento de los enemigos» (p.10).
La Masonería hace suyo el odio luterano contra la constitución apostólica y jerárquica de la Iglesia, como ministra de los sacramentos y sobre todo de la eucaristía. De aquí el desprecio en modo especial por el sacrificio eucarístico y su celebrante, el sacerdote ordenado, y por tanto el favor dado a la profanación de las cosas sagradas y a las Misas sacrílegas –las llamadas «Misas negras»–, celebradas por sacerdotes indignos y siervos del demonio ¹⁵.
Prosigue el Papa: «Con largo y obstinado propósito se procura que en la sociedad no tenga ninguna influencia ni el magisterio ni la autoridad de la Iglesia y por eso se predica por todas partes y se sostiene la plena separación de la Iglesia del Estado. Así se sustraen leyes y gobierno a la virtud divinamente saludable de la religión católica y por consecuencia se quiere a toda costa ordenar en todo y por todo los Estados independientemente de las instituciones y de las doctrinas de la Iglesia, que sin embargo es guía tan segura, pero se añaden persecuciones y ofensas» (pp.10‑11).
La Masonería promueve una organización del Estado que ordena a sí la totalidad de la persona, y que a su vez depende sólo de las fuerzas de la razón. Por tanto el Estado no tiene un fundamento teológico, sino sólo antropológico. Recordemos que el Gran Arquitecto del Universo no es –como refiere Di Bernardo ¹⁶– un Dios personal, sino un ideal regulativo, como el Dios de Kant. Y el Ente supremo de Robespierre es la misma cosa. A su vez luego, como hemos visto, el Dios como idea de la razón es sólo el aspecto exotérico del Dios de la Masonería, el Dios de los grados bajos. Él representa la fachada inocua de la Masonería así como ella se presenta al público para hacerse aceptar y no escandalizar a los bienpensantes. Pero apenas entramos un poco en lo íntimo de su pensamiento, no dejaremos de descubrir, como veremos mejor, que su Dios no es otra cosa que la serpiente del relato bíblico del pecado original. Quien se detiene en las Constituciones no sospecha nada de esto. Es necesario tomar conocimiento de los autores masónicos, como los presentan por ejemplo De Poncins o el Padre Siano o Giarrizzo ¹⁷.
Sigue diciendo León XIII: «Pero contra la Sede Apostólica y el romano Pontífice arde más encendida la guerra. … Se ha llegado a este extremo que los sectarios dicen abiertamente lo que secretamente y largamente habían maquinado entre ellos, que debe quitarse de en medio el mismo poder espiritual de los Pontífices y hacer desaparecer del mundo la divina institución del pontificado» (p.11).
Sobre este punto la Masonería ha cambiado de táctica desde los tiempos de León XIII. Ella ha cesado de promover la abolición del papado, dándose cuenta de la imposibilidad de la empresa o de prever su próxima extinción, consciente ya de la vanidad de este sueño, y en cambio hoy ella reconoce y acepta el papado considerándolo como simple institución humana y política, respecto de la cual es necesario conducir una obra continua de vigilancia y de crítica, oponiéndose a la firmeza de su magisterio doctrinal considerado por ella despótico y superado por la historia.
Fin de la Primera Parte (1/4)
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 11 de junio de 2026
Notas
¹ Noticias tomadas de Giuseppe Giarrizzo, Massoneria e illuminismo nell’Europa del Settecento, Marsilio Editore, Venezia 1994, pp.73‑74.
² Véase Frances A. Yates, Giordano Bruno e la tradizione ermetica, Editori Laterza, Bari 1992.
³ La separación de la logia de Piazza del Gesù de la de Palazzo Giustiniani ocurrida en Roma en 1908 es el signo tangible de estas dos almas de la masonería. Véase el hecho narrado por Aldo Mola en Storia della Massoneria italiana, Edizioni Bompiani, Milano 1994, p.328.
⁴ Podemos pensar en las varias formas de cristianismo anticatólico. Ciertamente, hoy el diálogo ecuménico y el interreligioso son motivo de serenidad y de esperanza; sin embargo, permanece siempre el hecho de que los no‑católicos en cuanto tales siguen siendo enemigos de la Iglesia católica y por tanto continúan sin querer entrar en ella, sino que más bien se jactan de realizar un cristianismo mejor, en cuanto cristianos «evangélicos», «reformados» y «ortodoxos», como si la Iglesia no conociera el Evangelio, no enseñara la verdad y no supiera reformarse a sí misma. Pensemos además en otras grandes potencias mundanas enemigas de la Iglesia, como por ejemplo el partido comunista, el islamismo o el judaísmo anticristiano.
⁵ La ciudad de Dios, libro XIV, c.17.
⁶ Gregoriana Editrice, Padova, s.d., pp.3‑4.
⁷ Véase Free Masonry and the Vatican. A struggle for recognition, Britons Publishing Company, London 1968, c.7.
⁸ Véase por ejemplo Sal 58,5; 140,4; Sap 16,5; Sir 12,13; 25,14; Jer 8,17; 46,22; Am 9,3; I Cor 10,9; Ap 9,19; Mt 23,33.
⁹ Mt 10,16.
¹⁰ Nm 21,8‑9; Jn 3,14.
¹¹ Véase la figura de Rousseau en Maritain, Tre riformatori, Editrice Morcelliana, Brescia 1964.
¹² A. Savine & F. Bournand, Robespierre, il padre di tutti i rivoluzionari, Edizioni Rusconi, Ariccia (RM), 2018.
¹³ Véase cuanto refiere de Poncins en su libro en la nota 19.
¹⁴ Véase Introduzione alla teosofia, Fratelli Bocca Editore, Torino 1911.
¹⁵ Véase cuanto refiere el Padre Siano en sus estudios citados en la nota 21.
¹⁶ Véase la nota 18.
¹⁷ Véase la nota 25.
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