¿Es la conciencia un principio absoluto de verdad o debe someterse a la norma objetiva que proviene de Dios y de la Iglesia? ¿No fue la apelación de Lutero a la conciencia en Worms más un acto de obstinación que de fidelidad a la verdad? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli muestra cómo el subjetivismo luterano, reforzado por el conciencialismo cartesiano, abrió el camino al racionalismo y al idealismo modernos, debilitando la noción cristiana de conciencia como luz interior regulada por la ley moral objetiva. ¿Qué consecuencias tiene este “connubio” Lutero–Descartes para la cultura contemporánea? ¿No es urgente recuperar la definición clásica de conciencia como guía moral fundada en la verdad universal y vinculante, para resistir las sofísticas apelaciones a una libertad ilusoria? [En la imagen: fragmento de "Retrato de Martín Lutero", óleo sobre lienzo, 1529, obra de Lucas Cranach El Viejo, conservado en la iglesia parroquial evangélica luterana de Santa Ana, en Augsburgo, Alemania].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
lunes, 1 de junio de 2026
Lutero y Descartes
Lutero y Descartes
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado el 10 de mayo de 2012 en Riscossa Cristiana. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/lutero-e-cartesio-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)
Lutero, en la famosa Dieta de Worms, en una amplia sala del episcopio, frente a los miembros de la Dieta convocados al episcopio por el emperador Carlos V, en aquella asamblea presidida por el jurisconsulto Johann Maier von Eck y por el oficial del arzobispo de Tréveris Richard von Greiffenklau, ante la orden perentoria de Eck de retractarse de sus herejías, que ya habían sido condenadas por el Papa desde hacía tiempo, se negó con las famosas palabras "el ir contra la conciencia no es seguro ni bueno" ¹.
Lutero invocó un principio en sí justo tal como suena. Pero el problema es cuál es el concepto que Lutero tenía de la conciencia. La conciencia -ya lo había señalado santo Tomás ²- debe ciertamente ser seguida incluso si yerra en buena fe. Sin embargo, la conciencia está obligada a adherir a la verdad objetiva y, por tanto, está obligada a informarse acerca de ella, porque la conciencia no es principio primero y absoluto de la verdad, sino que es recta y buena sólo si se regula sobre el dictamen de la verdad objetiva. De lo contrario, la conciencia no es excusable, sino que peca y está obligada a retractarse y a corregirse para estar en la verdad.
Ahora bien, Lutero había sido informado más que claramente por la autoridad del Papa, acerca de que sus doctrinas eran falsas, por lo cual él, como teólogo y sacerdote católico, católicamente educado y compos sui, así como miembro de una Orden religiosa como la de San Agustín, era consciente de que sus doctrinas eran falsas, por lo cual su apelación a la "conciencia" en esta circunstancia no podía constituir una excusante, tal como para exonerarlo de retractarse de sus errores, sino que, por el contrario, ponía en luz la malicia, la protervia, la obstinación y desobediencia de su voluntad.
Lutero había desarrollado ese concepto de conciencia que luego en la historia de las herejías habría de ser llamado "subjetivista" y que lamentablemente habría de hacer escuela entre los seguidores de Lutero hasta nuestros días: una "conciencia" que no se regula sobre la verdad objetiva, porque ésta no existe o es inalcanzable, sino que es regla para sí misma, bajo eventual pretexto de estar directamente iluminada por Dios independientemente y en contra de la interpretación de la Palabra de Dios dada por la autoridad de la Iglesia.
Naturalmente, los seguidores de Lutero no se han limitado a excusar a Lutero como si se equivocara en buena fe, sino que lo han hecho un reformador de la Iglesia considerada caída y a la deriva a causa del Papado, han convertido a Lutero en un redescubridor de la verdad evangélica oscurecida por las herejías de Roma, mientras que al mismo tiempo, la idea luterana de la conciencia venía corroborándose y enriqueciéndose con nuevos sofísticos argumentos que podrían cohonestar la rebelión de Lutero dándole una apariencia de "libertad evangélica".
En este punto el católico Descartes vino, no sabemos si conscientemente o sin darse cuenta, a echar una mano al concepto luterano de conciencia, que agravaba la tendencia iluminística teológica agustiniana ("Dios luz inmediata de la mente") con su desconfianza hacia el conocimiento sensible, la "interioridad" de la verdad y el acentuado conciencialismo.
Sin embargo, mientras Agustín, partiendo de la misma enseñanza bíblica, salvaba en su totalidad el realismo del sentido, la objetividad de la comunidad eclesial y el principio de causalidad como vía hacia Dios, Descartes hacía partir el conocimiento desde el cogito, entendía a Dios como una idea innata y aceptaba las cosas externas sólo en cuanto reveladas por Dios. Todo esto, aunque justificado con la "razón", daba un buen apoyo al fideísmo irracionalista luterano, porque al fin de cuentas también Descartes era escéptico frente a la razón sensible y confundía a la misma razón con una divina revelación, cosa que podía conciliarse bien con el iluminismo fideísta luterano.
Así nace el nefasto connubio Descartes-Lutero desarrollado desde el siglo XVII hasta nuestros días en Alemania para producir primero el racionalismo de Leibniz y Wolff y luego el idealismo trascendental de Kant, Fichte, Schelling y Hegel, hasta los epígonos de ayer, Spaventa, Gentile y Croce, y los de nuestros días, Heidegger y Severino.
El conocimiento de sí mismo ciertamente es una instancia antiquísima del filosofar, testimoniada entre otras cosas por el famoso "conócete a ti mismo" del oráculo de Delfos, incluso citado en la encíclica Fides et ratio del beato Juan Pablo II. Platón era bien consciente de los logoi interiores como modelos del pensar y del actuar. Aristóteles conocía bien la doctrina del pensamiento, a tal punto de elaborar en base a ello la ciencia de la lógica. San Pablo nos habla con la autoridad del palabra de Dios de la conciencia moral de la ley natural, presente también en los paganos. San Agustín de Hipona tiene el famoso "si fallor, sum". Tomás de Aquino tiene espléndidas y profundas reflexiones sobre el conocimiento-experiencia habitual que el alma tiene de sí misma (De veritate, q.10, a.8), Catalina de Siena, siguiendo las huellas de Agustín, habla como maestra del "conocimiento de sí".
Pero todos estos autores ni siquiera sueñan con hacer de lo que Kant llamará el "yo pienso" (Ich denke überhaupt) el punto de partida y el absoluto ser del cual partir para el desarrollo del saber, como claramente aparecerá en Fichte.
Para todos estos autores, en cambio, la autoconciencia no constituye en absoluto un principio fundante del ser y del saber, sino que, por más preciosa y preciosísima que sea, no es más que una luz interior creada por Dios y cultivada por la buena voluntad, un criterio moral, que guía en el cumplimiento del bien y juzga las obras cumplidas sobre la base de una ley moral objetiva, emanada por Dios y por la comunidad, por tanto por una norma externa a la conciencia, norma que la conciencia está obligada a conocer, sin que por ello le sea prohibido, en base a esa norma, pero sólo en base a ella, elaborar directivas más concretas como aplicación de la norma moral a los casos de la vida.
El concepto verdaderamente sabio y cristiano de conciencia implica, por tanto, la conciencia de la universalidad y de la objetividad de lo verdadero, precedente, superior e independiente de la conciencia, proveniente de Dios quizás a través de la autoridad civil o eclesial, y norma segura y vinculante para toda honesta y leal. conciencia que quiera guiar las costumbres a la verdadera felicidad.
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 10 de mayo de 2012
Notas
¹ Hartmann Grisar, Lutero, la sua vita e le sue opere, Società Editrice Internazionale, Torino 1944, p.175.
² Summa Theologiae, I-II, q.19.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum conscientia sit principium absolutum veritatis vel debeat subici normae obiectivae
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod conscientia sit principium absolutum veritatis.
1. Nam Lutherus, in conventu Vormatiensi, affirmavit non esse tutum nec bonum agere contra conscientiam. Hoc videtur indicare quod conscientia est regula sufficiens veritatis, etiam contra auctoritatem Ecclesiae. Si conscientia sequenda est etiam cum errat, tunc ipsa esset principium primum et independens ab omni norma externa.
2. Praeterea, Descartes, cognitionem in cogito et autoconscientia fundans, ostendit certitudinem scientiae pendere a cogitante ego. Si esse hominis fundatur in cogitatione sui ipsius, tunc conscientia esset principium absolutum essendi et sciendi, nec indigeret veritate obiectiva superiore.
3. Item philosophi moderni, ut Fichte, Hegel et Marx, personam definierunt per relationem ad ego, ad non-ego vel ad societatem. Sic sine conscientia sui vel sine relatione sociali non esset persona. Ergo conscientia esset ultimus criterium veritatis et dignitatis humanae.
Sed contra est quod Scriptura sacra docet conscientiam obedire legi naturali a Deo inscriptae in corde hominis, et Paulus apostolus affirmat etiam gentes conscientiam legis habere. Augustinus agnoscit interioritatem veritatis, sed semper subiectam obiectivitati sensus et communitati ecclesiali. Philosophia classica definit conscientiam ut lumen interius a Deo creatum, quod dirigit ad bonum secundum normam obiectivam.
Respondeo dicendum quod conscientia non est principium absolutum veritatis, sed regulanda est per veritatem obiectivam a Deo et communitate ecclesiali provenientem. Conscientia recta et bona est solum si de veritate informatur et ei conformatur; aliter peccat et corrigenda est. Lutherus, a Papa admonitus de falsitate doctrinarum suarum, non potuit conscientiam excusationem adducere, cum eius appellatio ostenderet obstinationem et inoboedientiam. Ipse evolvit conceptum conscientiae subiectivisticum, quae sibi ipsi regulam imponit, sub praetextu illuminationis divinae immediate, contra interpretationem verbi Dei ab Ecclesia traditam.
Descartes, sensibili cognitione diffisus et scientiam in cogito fundans, hunc subiectivismum corroboravit, aggravans inclinationem illuministicam agustinianam conciencialismo, qui rationem cum revelatione divina confundebat. Sic ortus est connubium Lutherus–Descartes, quod in rationalismum et idealismum modernum desiit, nocens verae notioni christianae conscientiae ut luminis interioris lege morali obiectiva moderati. Verus autem conceptus conscientiae, secundum traditionem christianam, implicat agnitionem universalitatis et obiectivitatis veri, praecedentis et superioris conscientiae, a Deo provenientis, fortasse per auctoritatem civilem vel ecclesialem, et normam certam atque obligantem pro omni conscientia honesta.
Ad primum dicendum quod conscientia non est regula sufficiens veritatis, sed normae obiectivae oboedire debet; ergo appellatio Lutheri invalida fuit.
Ad secundum dicendum quod cogito Cartesianum non est principium absolutum essendi et sciendi, sed autoconscientia est lumen interius a Deo creatum, veritati obiectivae subiectum.
Ad tertium dicendum quod dignitas personae non pendet a conscientia nec a relatione sociali, sed a eius esse ut subsistentia individualis naturae rationalis; unde etiam qui caret conscientia actuali persona manet.
JG
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