El rahnerismo es una sombra persistente, que se presenta como una tentación insidiosa en la vida de la Iglesia. Es inquietante que aún hoy se tolere la influencia de un pensamiento que disuelve la verdad objetiva en opiniones subjetivas. ¿Qué significa que algunos Obispos parezcan seducidos por la idea de que todo hombre está ya en gracia y que el pecado carece de importancia? ¿No es acaso un peligro que la misericordia se convierta en buenismo y la fidelidad en rigidez hostil? ¿Podrá la Iglesia superar el relato ilusorio de que Karl Rahner fue un genio superior a Santo Tomás de Aquino y reconocer en sus tesis un renacimiento del modernismo condenado por San Pío X? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli nos invita a discernir con lucidez, a seguir la vía media propuesta por el Papa y a expulsar definitivamente el veneno rahneriano que amenaza la unidad y la verdad de la Iglesia.
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
martes, 14 de julio de 2026
El problema de Rahner: el gran "aprendiz de brujo"
El Sínodo de los Obispos y el problema de Rahner: el gran "aprendiz de brujo"
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en L’Isola de Patmos, el 24 de octubre de 2014. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/il-sinodo-dei-vescovi-ed-il-problema-rahner-il-grande-apprendista-stregone/)
Es notable que al comentar el clima de las discusiones en el Sínodo ¹ en un reciente discurso, el Santo Padre tuvo palabras tranquilizadoras contra el excesivo alarmismo, insinuando al inicio de su relación, como algo normal en estas circunstancias y de hecho con tono de alabanza, ante la expresión de las ideas y ante ciertos legítimos contrastes de puntos de vista, de propuestas y de opiniones.
En la continuación del discurso el tono del Sumo Pontífice ha pasado de la bonhomía inicial a una seriedad admonitoria, mostrando que si ciertos contrastes pueden ser normales y constructivos, otros, más profundos, que afectan a la doctrina y la moral, la paz y la unidad de la Iglesia y la obediencia al Papa, no pueden ser aprobados y deben ser removidos para emprender un camino verdaderamente católico y común, incluso en la diversidad y en la pluralidad de las opiniones y de la legítimas opciones pastorales, pero a la luz de Cristo y en el respeto del magisterio. de la Iglesia. El Papa Francisco primero enumeró los caminos que no se pueden seguir y luego, al final, indicó el camino correcto.
Los caminos equivocados parecen reducirse a dos, cada uno con una multiplicidad de aspectos, que, en un examen más detenido, constituyen una elección unilateral, podríamos decir parcial, ideológica y extremista, de un lado de la verdad contra el otro, en lugar de estar de acuerdo y atemperarlo con el otro en una síntesis sabia y obediente, que capte la totalidad de lo verdadero y lo bueno, de modo que un lado, aislado, absolutizado y opuesto al otro, se vuelva él mismo falso y destructivo, y lo que debe ser equilibrada complementariedad mutua, deviene hostilidad y exclusión recíproca.
No es difícil reconocer en la descripción del Santo Padre dos partidos que, sobre todo desde el período del inmediato postconcilio contienden en modo feroz, presuntuoso y obstinado por un privilegio que en realidad no les pertenece, sino que pertenece únicamente al Sucesor de Pedro, a saber, el de representar suprema y exclusivamente la verdadera fe, el verdadero catolicismo y la verdadera Iglesia.
La oposición entre estos dos partidos se puede representar muy simplemente como contraste entre los demasiado indulgentes y los demasiado exigentes. El Papa usa una imagen evangélica extremadamente eficaz: “La tentación de transformar la piedra en pan para romper un ayuno largo, pesado y doloroso (cf. Lc 4, 1-4), y también de transformar el pan en piedra y tirarla contra los pecadores, los débiles y los enfermos (cf. Jn 8, 7), es decir, transformarlo en «cargas insoportables» (Lc 11, 46)”.
Por un lado está, pues, "La tentación del buenismo destructivo, que en nombre de una misericordia engañadora venda las heridas sin antes curarlas y medicarlas; que trata los síntomas y no las causas y las raíces. Es la tentación de los 'buenistas', de los temerosos y también de los así llamados 'progresistas y liberales'. La tentación de bajar de la cruz, para contentar a la gente, y no permanecer allí, para cumplir la voluntad del Padre; de ceder al espíritu mundano en lugar de purificarlo y conducirlo al Espíritu de Dios. La tentación de descuidar el 'depositum fidei', considerándose no custodios sino propietarios y dueños". Es clara la alusión a los modernistas y a los rahnerianos.
Por otro lado, "la tentación del endurecimiento hostil, es decir, el querer cerrarse dentro de lo escrito (la letra) y no dejarse sorprender por Dios, por el Dios de las sorpresas (el espíritu); dentro de la ley, dentro de la certeza de lo que conocemos y no de lo que debemos aún aprender y alcanzar. Desde los tiempos de Jesús, es la tentación de los celantes, los escrupulosos, los diligentes y de los así llamados —hoy— 'tradicionalistas', y también de los intelectualistas. (...) ¡La tentación de descuidar la realidad utilizando un lenguaje minucioso y un lenguaje pulido para decir muchas cosas y no decir nada!. Los llamaban 'bizantinismos', creo, a estas cosas...". En cambio, es evidente aquí la referencia a Monseñor Lefèbvre y a sus seguidores.
El Santo Padre propone como camino correcto a seguir una vía media, que sintetiza y une armoniosamente los valores contenidos en las dos facciones, antinaturalmente por ellas separados y contrapuestos, excluyendo los extremismos: Tradición y Escritura, continuidad y progreso, conservación de lo necesario: lo que permanece, y cambio en lo contingente: lo que pasa; misericordia y justicia, firmeza y flexibilidad, unidad y pluralismo, apertura a lo nuevo y fidelidad a la propia identidad, doctrina y pastoral, libertad y obediencia, historicidad del hombre e inmutabilidad del dogma.
Por tanto, se puede decir que la línea que está madurando entre los padres sinodales es, como era de esperar, la confirmación de la doctrina tradicional e inmutable del Evangelio y de la Iglesia, que ciertamente encontrará en su momento confirmación en las palabras del Santo Padre, aún cuando podamos imaginar o esperar que la Iglesia encontrará nuevas aplicaciones de la ley en conformidad con las exigencias, las perspectivas y las necesidades de las familias de nuestro tiempo.
Sin embargo, a partir de las observaciones críticas del Papa, no se puede dejar de reconocer o dejar de advertir la existencia en el sínodo de una oscura sombra de hostilidad hacia las luminosas perspectivas evangélicas emergentes, que son objeto de las anotaciones y de los impulsos del Papa. Se trata, a mi juicio, de la sugestión tenebrosa, fascinadora y siniestra del rahnerismo, que desde hace cincuenta años vaga por la Iglesia, ahora suavizando sutil e insidiosamente el ambiente, una especie de smog que vuelve malsano el aire.
El rahnerismo es un problema todavía sin resolver, a pesar de los reiterados señalamientos de ilustres y sabios pastores y eruditos, incluidos varios cardenales, a lo largo de estos cincuenta años. Las pruebas de las herejías de Rahner, el gran aprendiz de brujo, que surgieron en este largo período de investigaciones, son desde hace mucho tiempo públicamente accesibles para una verificación o mirada objetiva y desapasionada.
Por ello, no está claro por qué motivo deba persistir una fama inmerecida, que hace solo daño a la Iglesia, y que tiene repercusiones desastrosas en el campo de la moral, de la pastoral y de las costumbres católicas. Esta fama tiene todo el aspecto de una fama no auténtica, es decir, basada en una verdadera ciencia, sino construida artificiosamente por fuertes poderes oscuros, que objetivamente trabajan para la destrucción de la Iglesia.
Un signo inquietante de ello lo dan las ideas que están surgiendo entre los padres sinodales, ideas justamente reprobadas por el Papa, y que ya habían sido criticadas por el ahora célebre grupo de cardenales, que recientemente han publicado un libro: Permanecer en la verdad de Cristo, en el cual, profesando su fidelidad al Magisterio de la Iglesia, han recordado los valores fundamentales e irrenunciables de la familia, manifestando la convicción de que la Iglesia, aplicando justicia y misericordia, debe mantener la actual disciplina concerniente al tratamiento de las situaciones irregulares.
El obstáculo todavía persistente para resolver el problema de Rahner son el prejuicio y la grave ilusión, dura de morir, de que Rahner era un genio teológico muy superior a santo Tomás de Aquino, un audaz explorador de las profundidades del misterio cristiano y, por tanto, el descubridor de una teología mucho más avanzada, conforme al espíritu del Concilio Vaticano II, una teología que habría elaborado una nueva visión de la fe, del catolicismo y de la Iglesia, adaptada a la cultura moderna, utilizando los recursos de la filosofía moderna desde Descartes hasta Heidegger. Sin embargo, en honor a la verdad, no es demasiado difícil, para quienes conocen la historia de la teología, reconocer en los inmensos proyectos y emprendimientos rahnerianos, capaces de impresionar a los ingenuos con una producción publicista prodigiosa, que toca todos los aspectos de la vida cristiana, tanto un gigantesco como astuto e insolente renacimiento del modernismo ya condenado por San Pío X en su tiempo.
Cabe advertir también que para reconocer las herejías de Rahner, es evidentemente necesario, en primer lugar, partir de un cuadro o marco de evaluación que a su vez esté libre del rahnerismo, lo que lamentablemente hoy día es raro, dado que Rahner ha adquirido casi en todas partes la fama del grande, si no el único e indiscutido maestro de nuestro tiempo. Criticar a Rahner les parece a muchos la expresión de una mente estrecha, envidiosa, cerrada y superada, que casi ni siquiera debe tomarse en consideración. A otros les parece algo escandaloso, intolerable y casi sacrílego, digno de desprecio o de severas medidas.
Los críticos de Rahner son acusados de ignorancia, mientras que los verdaderos ignorantes son los rahnerianos, que no se han molestado en afrontar personalmente sus difíciles textos, y tal vez hablan de Rahner de oídas o han leído algo de su piadosa elevación mística en alguna antología de espiritualidad o una de esas presentaciones populares divulgadoras de la teología moderna, tan superficiales como ingenuamente bondadosas. Quienes, como yo, han leído todas las obras de Rahner a lo largo de 30 años de estudios y consultas con expertos, conocen bien la astucia de este hombre que siempre mezcla hábilmente lo verdadero con lo falso y entrega el dulce veneno no todo de una vez en una sola obra -¡lo descubrirías de inmediato!-, sino en pequeñas dosis esparcidas en varios libros, por lo cual solo conectándolos entre sí es que se tiene el cuadro verdadero y completo de la impostura, un poco como en las investigaciones judiciales el diligente detective o inspector toma posesión de las pruebas solo poniéndolas juntas, y reuniendo cuidadosa y ordenadamente los detalles dispersos, que, tomados individualmente, parecerían insignificantes.
Entonces, para entender a Rahner, está claro pues que no basta el hecho material de haberlo leído durante treinta años, si luego se procede con parcialidad, fanática sumisión o teniendo jamón en los ojos ². Muchos de sus seguidores también han pasado toda su vida alrededor de su numen tutelar. Para entender quién es Rahner se requieren las siguientes condiciones morales y teóricas: amor exclusivo y desinteresado por la verdad, rectitud de intención, modestia en la formulación de hipótesis interpretativas, aceptación de los aspectos positivos, honestidad, prudencia y humildad intelectuales, interés por la salvación de las almas, posesión de una buena filosofía y teología (Santo Tomás de Aquino y su escuela) y respeto absoluto por el Magisterio de la Iglesia.
A costa de pasar por un papalista, me atrevo a afirmar que la última condición es la decisiva y que resume todas las demás. De hecho, es aquí donde cae el burro rahneriano (casca l’asino), aunque los rahnerianos quieren dar a entender, subiéndose por los espejos, que su favorito refleja las enseñanzas de la Iglesia y del Concilio Vaticano II.
Por otra parte, no debemos fiarnos de la crítica a Rahner hecha por los lefebvrianos, tanto porque no saben reconocer los lados buenos del teólogo como porque, si logran identificar algunas de sus herejías, después acusan al Concilio de herejía, dando así prueba de haberlo gravemente malinterpretado, ya que según ellos el Concilio se vería afectado por las herejías de Rahner.
El hecho es que los rahnerianos más francos y atrevidos, que saben que es insostenible la tesis de la fidelidad de Rahner al magisterio, no tienen, por tanto, escrúpulo en seguir el estilo de su maestro que con descarada impudicia y tono amenazante, similar a los de Lutero, acusan a la Iglesia, incluso a la Iglesia conciliar, de estar atrasada y la intiman a actualizarse y acogerse cuanto antes a su teología, si no quiere quedarse al margen de la evolución histórica del progreso humano.
De las relaciones oficiales y de los comentarios autorizados, que nos llegan sobre cuanto se está diciendo en el sínodo y de las mismas palabras del Papa antes mencionadas, se desprende evidentemente que la siniestra sombra de Rahner asoma entre los padres sinodales, con su característica visión del hombre y de la moral: todo hombre está en gracia de Dios, tiende a Dios, está en comunión con Dios, por lo tanto es bueno y se salva. Dios hace misericordia a todos y no castiga a nadie. El pecado, como individual acto categorial y particular, no tiene importancia, porque en todo caso es anulado por la inevitable presencia de la gracia -simul iustus et peccator- y en todos existe la opción fundamental por Dios al menos atemática y trascendental. Los actos humanos particulares o los conceptos dogmáticos son cosas inciertas, cambiantes y relativas, que no tienen importancia. Lo importante es la experiencia preconceptual de la fe -el "encuentro con Cristo"- que todos tienen, incluso los no católicos y los ateos.
Por consiguiente, no se trata de condenar errores o pecados, sino simplemente de promover lo positivo que existe en todos ("principio de gradualidad"). La distinción entre uniones de pareja lícitas o ilícitas, regulares o irregulares, no tiene importancia. El hecho es que todos estamos igualmente en camino hacia Dios, lo sepamos o no lo sepamos ("cristianismo anónimo"). No existe lo contrario o lo prohibido, sino solo lo diferente, que por tanto debe ser respetado; no se debe por lo tanto condenar como malo o falso lo que es simplemente diferente.
No debemos dudar que el Papa sigue este movimiento de ideas y en el momento oportuno las corregirá, como ya ha comenzado a hacer. Pero el problema de fondo siempre permanece que, hasta que se resuelva, el mal y el malestar siempre volverán a surgir para toda la Iglesia, como comida no digerida que queda en el estómago. Hasta que sea expulsado, el tormento permanece.
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 22 de octubre de 2014
Notas
¹ Se trata del Sínodo de Obispos de 2014, durante el pontificado del papa Francisco. J.G.
² La expresión original de Cavalcoli en italiano es: "con gli occhi foderati di prosciutto". J.G.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum theologia Rahneriana sit legitimus progressus doctrinae catholicae
vel deviatio modernistica contra Magisterium
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod theologia Rahneriana sit legitimus progressus doctrinae catholicae.
1. Quia multi tenent Rahner fuisse ingenium theologicum Thomae Aquinatis superius, novam visionem fidei et Ecclesiae elaborantem, culturae modernae accommodatam, utens philosophia a Descartes usque ad Heidegger. Cum theologia debeat colloqui cum mundo, videtur quod Rahner hanc provinciam audacter et profunde expleverit.
2. Praeterea, eius doctrina ostendit omnem hominem esse in gratia Dei et tendere ad salutem, etiam non credentes et atheos, quod videtur melius exprimere misericordiam universalem Dei et aperturam pastoralem Concilii Vaticani II.
3. Item, eius visio christianismi anonymi et optionis fundamentalis pro Deo permittit superare damnationes et iudicia negativa, promovendo positivum in omnibus secundum principium gradualitatis. Hoc videtur magis congruum pastorali hodiernae, quae intendit integrare et comitari.
4. Denique, eius influxus tam late patet in theologia hodierna et in ambitus ecclesiales, ut reprehendere eum videatur signum angustiae mentis vel oppositionis Concilio. Cum tot eum secuti sint, videtur quod eius doctrina veritatem et progressum contineat.
Sed contra est quod Scriptura dicit: Qui non est mecum, contra me est (Mt 12,30). Sanctus Pius X damnavit modernismum tamquam synopsim omnium haeresum. Thomas Aquinas docet veritatem esse adaequationem intellectus ad rem. Concilium Vaticanum II affirmat Ecclesiam custodire debere depositum fidei et doctrinam esse immutabilem, licet novas applicationes recipere possit. Papa Franciscus monet contra bonismum destructivum et contra duritiam hostiliter rigidam, proponens viam mediam fidelitatis et renovationis.
Respondeo dicendum quod theologia Rahneriana non est legitimus progressus, sed deviatio modernistica quae, sub specie profunditatis, doctrinam gratiae et salutis corrumpit. Systema eius, innixum conversioni ad subiectum et phenomenologiae, substituit obiectivitatem veritatis revelatae per experientiam subiectivam credentis. Sic peccatum amittit pondus, gratia universaliter diffunditur sine mediatione sacramentali, et fides ad interioris experientiam redigitur.
Error principalis consistit in confundendo aperturam pastoralem cum negatione veritatis dogmaticae. Misericordia sine iustitia fit indulgentia vacua, et libertas sine obedientia fit relativismus. Ecclesia debet discernere et expellere venenum rahnerianum quod, velut fumus pestifer, aerem spiritualem obscurat et claritatem doctrinae debilit. Vera renovatio conciliaris non consistit in substituendo theologiam thomisticam systematibus modernis, sed in profundando depositum fidei sub ductu Magisterii.
Manifestum est Rahner verum cum falso callide miscere, distribuendo errorem in parvas portiones per plures libros, ita ut sola lectio integra et critica imposturam detegat. Praeterea multi sectatores eius textus non serio perlegerunt, sed eum quasi magistrum indiscussum venerantur. Conditio decisiva ad intellegendum est absolutus respectus erga Magisterium, sine quo caditur in illusionem quod Rahner doctrinam Ecclesiae repraesentet.
Ergo theologia Rahneriana non est progressus, sed regressus ad modernismum damnatum, et eius influxus superandus est per reditum ad doctrinam tutam Thomae et ad obedientiam Papae.
Ad primum dicendum quod magnitudo intellectualis non est garantia veritatis theologicae, et ingenium sine fidelitate potest fieri instrumentum erroris.
Ad secundum dicendum quod philosophia moderna utilis esse potest si subicitur fidei, sed si ut fundamentum autonomum adhibetur, ducit ad confusionem inter naturam et gratiam.
Ad tertium dicendum quod pastoralis vera non tollit distinctionem inter bonum et malum, sed misericordiam applicat in fidelitate veritati.
Ad quartum dicendum quod auctoritas Magisterii non pendet a fama theologorum, sed a Spiritus Sancti assistentia, et ideo critica Rahneriana est legitima et necessaria ad salutem Ecclesiae.
JG
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