Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli aborda la cuestión decisiva de la Tradición en la Iglesia y su relación inseparable con la Escritura, mostrando cómo los excesos de los lefebvrianos y los errores del protestantismo terminan por distorsionar el verdadero sentido católico de la transmisión de la fe. ¿No es acaso un equívoco pretender que la Tradición se detuvo antes del Vaticano II, cuando siempre ha habido desarrollo y profundización? ¿No es igualmente un error reducir la Revelación a la sola Escritura, arrancándola del seno de la Iglesia? ¿Qué significa que la Tradición sea más amplia que la Escritura y que ambas estén íntimamente unidas bajo la interpretación del Magisterio? ¿No es peligroso absolutizar fórmulas pasadas y olvidar que la fidelidad consiste en seguir al Cordero allí donde vaya? Este texto del docto teólogo dominico nos invita a redescubrir la Tradición como Palabra viva de Dios, que no se opone a la Escritura ni al Magisterio, sino que se manifiesta en ellos para conducirnos a la plenitud de la verdad en Cristo. [En la imagen: fotografía de un momento durante el día inaugural de la primera sesión del Concilio Vaticano II, en la Basílica de San Pedro, en Roma, 1962].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
lunes, 13 de julio de 2026
Tradición y Escritura
Tradición y Escritura
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en su propio blog el día 18 de julio de 2019. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/normal-0-14-false-false-false-it-x-none_18.html)
La cuestión de la Tradición
Estamos presenciando hoy, pero no solo hoy, sino desde la misma clausura del Concilio Vaticano II, la presencia muy activa y combativa, a veces una presencia enconada, en la Iglesia, de una tendencia minoritaria, llamada con desprecio por los modernistas, tendencia "tradicionalista" o "conservadora".
Esta tendencia, que a veces bordea el cisma ¹, quisiera tener el monopolio de la Tradición y de la preservación inalterada del depósito de la fe, no solo contra los modernistas, que en realidad carecen de estos valores, sino también contra los católicos normales en comunión con la Iglesia y con el Papa, acusado de herejía y de haber traicionado la tradición o incluso de no ser un verdadero Papa, sino un intruso.
En este artículo, sin dejar en menos lo prometido en el título, pretendo concentrar la atención sobre todo en la cuestión de la Tradición. Tengo la intención de hablar también de la Escritura, pero solo en relación con el problema de la Tradición, porque es imposible definir esta sin definir aquella.
Los ultra-tradicionalistas ², por lo tanto, están tenazmente apegados a un conjunto fijo y convencional de valores católicos, algunos verdaderamente esenciales e inmutables, otros ya no actuales y superados o corregidos por la Iglesia misma de hoy, un conjunto que ellos llaman "Tradición", y que consideran como única fuente de la Revelación y de la doctrina de la fe, excluyendo, por consiguiente, la Escritura y el Magisterio, a menos que se trate de textos presentes en la "Tradición", pero no posteriores al Concilio Vaticano II.
Esto nos hace comprender que esta tendencia no tiene un concepto correcto, es decir católico, de Tradición, aunque ella tiende a considerarse católica, e incluso más católica que los católicos post-conciliares. De hecho, para esta tendencia, la Tradición no ha sido ilustrada y ahondada en profundidad por el Concilio, sino que ha sido traicionada e infectada por el modernismo. Por lo tanto, acepta la Tradición solo como ha sido preservada por el Magisterio hasta el Concilio y no con posterioridad.
Lo extraño es que, en realidad, también la Tradición preconciliar, por ejemplo, la litúrgica, que se remonta a los inicios del cristianismo, siempre ha conocido una profundización o perfeccionamiento y, en tal sentido, un cambio. No se comprende, por lo tanto, por qué motivo, si no fuera por una preocupación antiprotestante fuera de lugar, los tradicionalistas no tienen dificultad en aceptar, por ejemplo, la evolución de la liturgia eucarística que tuvo lugar antes del Concilio y rechazan la renovación o reforma conciliar de la Misa, la cual, en la sustancia, no es más que lo que ellos llaman la "Misa de siempre" ³.
Qué es en general una tradición
Hablando en general, una tradición es un evento, una práctica o una doctrina o una costumbre o usanza, que se repiten o se evocan o se representan indefinidamente idénticos a sí mismos, eventualmente a cadencias o plazos fijos, para mantener la memoria de hechos o de personajes importantes, como formación o alimento periódico del espíritu, para conservar valores preciosos o perennes.
Tradición proviene del latín tradere, que quiere decir entregar, sobreentendiéndose algo a alguien. Si lo que viene entregado es algo precioso, que se intenta preservar, mantener íntegro y custodiar, entonces en entregar es un transmitir algo que debe permanecer inalterado, es un confiarlo a persona de confianza o, como se suele decir, a buenas manos. Si en cambio se desea entregar algo que se desprecia y de lo cual no le preocupa si es cambiado o incluso destruido, el entregar, el tradere se convierte en un tradire, como, por ejemplo, entregar a alguien en manos de los enemigos.
Ahora bien, debemos recordar que Cristo ha entregado de voz a sus apóstoles su mensaje de salvación. Tradición, por lo tanto, ha sido el acto de esta entrega o asignación. Sin embargo, por "tradición" también se entiende el contenido de este acto, o sea el conjunto de las verdades salvíficas reveladas por Cristo a los apóstoles y a ellos por Él entregadas para transmitir a su vez inalteradas y con el máximo cuidado a sus sucesores hasta el fin del mundo.
Bien pronto, sin embargo, los apóstoles consideraron oportuno, de hecho necesario, poner por escrito las enseñanzas del Señor, que ellos habían recibido y que contenían todo lo que Jesús les había revelado en nombre del Padre. No había nada más que agregar. Las verdades eran esas: ni una más, ni una menos. Por eso se dice que la Revelación terminó con el último de los apóstoles. La tarea que restaba era un conocimiento cada vez más avanzado o profundizado del depósito revelado y su transmisión y difusión en todo el mundo.
De esta decisión de poner por escrito los dichos y los hechos del Señor, han nacido los Evangelios y el entero Nuevo Testamento siguiendo el modelo de la Escritura del Antiguo Testamento, que precisamente puso por escrito la historia de Israel, los mandamientos y las grandes obras del Señor, los salmos, las sentencias de los sabios de Israel y la predicación de los profetas.
La Sagrada Tradición comprende también las obras de los Santos Padres, al menos en cuanto ilustran las verdades fundamentales de la fe, aún cuando la filosofía platónica, que ellos utilizan, no siempre se presta a una buena interpretación del dato revelado a causa de su tendencia dualística o a su exégesis, por su carencia de información histórica, que le hacía exceder en el alegorismo.
Es necesario distinguir en la Iglesia la Sagrada Tradición de las tradiciones eclesiásticas. La primera es única, expresa la Palabra de Dios, es de institución divina, debe ser aceptado con fe divina, tiene validez universal para toda la Iglesia, y es perenne e inmutable.
Las tradiciones eclesiásticas son múltiples, a menudo de iniciativa privada y representan modos diversos y particulares de rendir honor a Dios y de expresar las verdades de la fe y la bondad de la vida católica. Su recepción puede ser un deber disciplinario en signo de respeto por la autoridad de la Iglesia. A veces la recepción puede ser solo facultativa. Nacen con aprobación eclesiástica, están bajo su tutela, son de variada duración, pueden ser antiguas o recientes y pueden extinguirse.
No todo lo que Cristo ha transmitido de voz ha sido puesto por escrito: por ejemplo las enseñanzas que ha impartido durante cuarenta días después de la resurrección. El mismo Juan dice que "hay además otras muchas otras cosas que hizo Jesús" (Jn 21,25) y "otras muchas señales, que no están escritas en este libro" (Jn 20,30).
Por esto existe una tradición oral, que desde el tiempo de nuestro Señor Jesucristo llega hasta el Magisterio viviente de la Iglesia de hoy, que es más amplia de cuanto ha sido escrito. Se puede decir entonces que el contenido de la Tradición es más amplio que el de la Escritura, aunque en ésta implícitamente está contenida toda la Revelación. Sin embargo, sin la explicitación que se deriva de la Tradición, la Escritura por sí sola no nos da todo el contenido de la Revelación.
El padre Congar cita una bella definición de la Tradición del cardenal Giovanni Battista Franzelin, teólogo del Concilio Vaticano I. Es "la doctrina de la fe, manifestada oralmente por Cristo o por el Espíritu Santo a los apóstoles, por ellos predicada a viva voz y sin alteración, conservada y transmitida hasta nosotros, por sucesión ininterrumpida, bajo la asistencia del Espíritu Santo" ⁴.
El depósito de la Revelación que se expresa en la Escritura y en la Tradición, es como un cofre que contiene perlas preciosísimas, que el Esposo ha entregado a la Esposa antes de retornar al cielo, con el encargo de extraerlas una por una y admirarlas, en memoria del Esposo, hasta su Retorno.
El Concilio Vaticano II sobre la Tradición
El Concilio Vaticano II en la Dei Verbum explica el origen, el contenido, el por qué y el propósito de la Tradición: “Dispuso Dios benignamente que todo lo que había revelado para la salvación de los hombres permaneciera íntegro para siempre y se fuera transmitiendo a todas las generaciones. Por ello Cristo Señor, en quien se consuma la revelación total del Dios sumo (cf II Cor 1,20 y 3,16-4,6), mandó a los Apóstoles que predicaran a todos los hombres el Evangelio, comunicándoles los dones divinos. Este Evangelio, prometido antes por los Profetas, lo completó El y lo promulgó con su propia boca, como fuente de toda la verdad salvadora y de la ordenación de las costumbres. Lo cual fue realizado fielmente, tanto por los Apóstoles, que en la predicación oral comunicaron con ejemplos e instituciones lo que habían recibido por la palabra, por la convivencia y por las obras de Cristo, o habían aprendido por la inspiración del Espíritu Santo, como por aquellos Apóstoles y varones apostólicos que, bajo la inspiración del mismo Espíritu, escribieron el mensaje de la salvación” (n.7).
El Concilio subraya el hecho de que: "Esta Tradición, que deriva de los Apóstoles, progresa en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo: puesto que va creciendo en la comprensión de las cosas y de las palabras transmitidas, ya por la contemplación y el estudio de los creyentes, que las meditan en su corazón (cf Lc 2,19 y 51) y, ya por la percepción íntima que experimentan de las cosas espirituales, ya por el anuncio de aquellos que con la sucesión del episcopado recibieron el carisma cierto de la verdad. Es decir, la Iglesia, en el decurso de los siglos, tiende constantemente a la plenitud de la verdad divina, hasta que en ella se cumplan las palabras de Dios" (n.8).
El objeto de la Tradición es inmutable -en esto los lefebvrianos tienen razón- porque es esa Palabra de Cristo que "no pasa" (Mt 24,35). Por esto, es justo y necesario recordar, como lo prescribe la Biblia (II Mac 9,26; Is 46,8; Jn 2,17; II Tm 2,8; Gd 17), los beneficios del Señor y repetir siempre y posiblemente a memoria -como la misma Biblia recomienda (Jt 11,10; Pr 4.21; Lc 2.19)- las palabras y las fórmulas de la Tradición, como por ejemplo los artículos del Credo.
Es herejía modernista el creer que los dogmas cambian o que son relativos a un tiempo dado o a una cultura determinada, o que las fórmulas oficiales de los dogmas se pueden cambiar sin cambiar su significado. En todo caso, la Iglesia elabora o desarrolla nuevas fórmulas, pero para explicar, aclarar y precisar mejor el significado del misterio de fe, que sigue siendo el mismo que la fórmula precedente, la cual, por lo tanto, no es sustituida por la nueva, sino que permanece, porque es útil para comprenderla.
Así, por ejemplo, la fórmula del dogma cristológico del Concilio de Nicea no ha sido abandonada por el hecho de que el Concilio de Calcedonia explica mejor el misterio de Cristo, sino que permanece para hacernos entenderlo. Así, el Símbolo de los Apóstoles, aunque menos articulado que el Niceno-Constantinopolitano, es útil para hacerlo comprender bien. Así, la adición del Filioque en el siglo XI al Símbolo de la fe no cambia el sentido del dogma trinitario, sino que lo esclarece.
Es cierto que un concepto se puede expresar con un lenguaje o con símbolos diversos; pero se debe prestar atención y tener cuidado de no confundir el concepto y el lenguaje, y terminar pensando, con Schillebeeckx, que sea posible expresar un mismo concepto con conceptos diversos ⁵.
Los Concilios no son monumentos de la Tradición, sino documentos del Magisterio; sin embargo, en cuanto Magisterio de la Iglesia, los interpretan, los hacen explícitos, los desarrollan y los explican y los aplican a la situación histórica presente. Por esta razón, mons. Marcel Lefebvre se equivocó al creer que las doctrinas del Concilio Vaticano II se encontraban en contraste con la Tradición. Por el contrario, cada Concilio ecuménico es testimonio infalible de la tradición.
La voz de la Tradición, aunque en modo limitado pero fiel, porque la Tradición, como Palabra de Dios, está por encima del Magisterio, la escuchamos en el mismo Magisterio vivo y actual de la Iglesia, sobre todo del Papa, en sus palabras y en sus escritos.
El respeto a la Tradición garantiza al teólogo la percepción de la continuidad de la doctrina y al mismo tiempo sienta las bases para promover un verdadero progreso dogmático y teológico. Sin embargo, todo esto puede suceder siempre que el teólogo no transforme la Tradición en un absoluto inmutable como Dios mismo, incluso si de trata de la divina Tradición, sino que debe, por obediencia a la voluntad de Cristo, confirmada por la tradición de la Iglesia, confrontar continuamente los datos actualizados de la Tradición con el progreso de los estudios bíblicos, de la filosofía y de las ciencias humanas, en comunión con la Iglesia y el Magisterio, a fin de profundizar y mejorar el conocimiento del dato revelado y de la Palabra de Dios.
La teología, al indagar el patrimonio de la Tradición y de la Escritura bajo la guía del Magisterio, descubre cosas siempre nuevas y como el escriba sabio del Evangelio (Mt 13,53) extrae de su tesoro cosas antiguas y cosas nuevas.
Cuando Cristo, antes de abandonar este mundo, dice que tiene otras cosas que decir a los suyos, de las cuales por el momento no pueden soportar el peso y que el Espíritu Santo los habría conducido a la plenitud de la verdad (cf. Jn 16,12-13), no intenta referirse a una adición al depósito de la Revelación, proveniente del Espíritu Santo después de su muerte, sino al hecho de que el Espíritu habría de hacer conocer a la Iglesia siempre mejor esas mismas verdades que están contenidas en el depósito revelado.
De las relaciones mutuas entre Escritura y Tradición dice el Concilio: "La Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura están íntimamente unidas y compenetradas. Porque surgiendo ambas de la misma divina fuente, se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin. Ya que la Sagrada Escritura es la palabra de Dios en cuanto se consigna por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo, y la Sagrada Tradición transmite íntegramente a los sucesores de los Apóstoles la palabra de Dios, a ellos confiada por Cristo Señor y por el Espíritu Santo para que, con la luz del Espíritu de la verdad la guarden fielmente, la expongan y la difundan con su predicación; de donde se sigue que la Iglesia no deriva solamente de la Sagrada Escritura su certeza acerca de todas las verdades reveladas" (n.9).
Por la forma en que se expresa el Concilio, parece que la Tradición agrega verdades que no están contenidas en la Escritura, como si esta contuviera verdades que no se encuentran en la Tradición. En realidad, Cristo ha comunicado de viva voz todas las verdades salvíficas; por lo cual se puede decir que Revelación contiene todas las verdades de fe, algunas de las cuales se encuentran en la Escritura.
Se nota en el Concilio la voluntad de excluir el sola Scriptura de Lutero. Pero me parece que el intento es un poco impreciso. De hecho, creo que se puede decir que la Escritura contiene efectivamente en modo implícito todas las verdades reveladas. De esta manera podemos salir al encuentro de Lutero; así como, afirmando que la Tradición contiene de viva voz de Cristo todas las verdades reveladas, podemos ir al encuentro del sola Traditio de mons. Lefebvre. Pero nos separamos tanto de Lutero como de mons. Lefebvre y estamos con el Concilio al afirmar que, en cualquier caso, la interpretación de la Tradición y de la Escritura es competencia del Magisterio de la Iglesia.
Por lo tanto, no es exacto decir que algunas verdades se encuentran en la Tradición y no en las Escrituras. Todas están en la Tradición y todas en la Escritura. Todas en la Tradición porque la Escritura es la puesta por escrito de la tradición oral. Todas en la Escritura, porque ella, si no las contiene explícitamente a todas, las contiene a todas implícitamente.
Pero existe también una Tradición puesta por escrito, que no es la Escritura, sino que se manifiesta en los documentos del Magisterio. Ella se expresa ante todo en los Concilios y en las enseñanzas de los Papas, que disfrutan del carisma de la infalibilidad; en formas imperfectas ella se expresa en las obras de los Santos Padres y de los Santos Doctores, las cuales sin embargo pueden contener errores o cosas superadas y obsoletas.
El Magisterio, con sus enseñanzas doctrinales y dogmáticas, nos interpreta infaliblemente la Tradición y la Escritura. Por lo tanto, no es lícito ni posible determinar las verdades de fe por medio del contacto directo ni con la Tradición ni con la Escritura, con la pretensión de prescindir de la mediación del Magisterio. La Escritura y la Tradición están por encima del Magisterio, porque ambas surgen de las palabras de Cristo, mientras que el Magisterio es mediación humana de estas palabras, aunque infalible porque es asistido por el Espíritu Santo.
La Tradición contiene valores perennes y absolutos e indica una meta final -el reino de Dios- fija, insuperable, absoluta e inmutable. Sin embargo, ella estimula e exhorta a los fieles y a los mismos pastores, incluido el Papa, siempre a nuevos descubrimientos, un continuo camino de profundización y de esclarecimiento, donde uno nunca se debe detener y quedar atrás bajo pretexto de permanecer fiel a lo que no cambia. De hecho, la verdadera fidelidad a los valores se actúa precisamente en este "seguir al Cordero donde quiera que vaya" (Ap 14,4). No debemos avanzar por cuenta propia, mas ninguno dejarse enredar.
El error de Lutero con respecto a la Tradición
El error de Lutero con respecto a la Tradición es que no percibió o perdió de vista el valor divino de la Tradición como presencia, gracias a la asistencia del Espíritu Santo, de la enseñanza oral y de la interpretación de la Escritura por parte de los sucesores de los apóstoles, formando el colegio episcopal, junto con el mismo pueblo de Dios, bajo la guía del Sucesor de Pedro.
Se apegó en cambio, de un modo irrazonable y fetichista a la sola Escritura, al solo libro material, como la única fuente de la Revelación, considerando la Tradición como un cúmulo de tradiciones meramente humanas, caducas, discutibles, cuestionables o pretenciosas, ajenas a la Palabra de Dios contenida en la sola Escritura. Pretendió fundar su fe solo en la Escritura, desconfiando de la voz del Papa y de los sucesores de los apóstoles, cuando es precisamente el Evangelio el que funda su autoridad.
En vano, Lutero distorsiona el significado de los pasajes evangélicos que tocan el argumento, porque de tal modo se opone a la interpretación tradicional de la Iglesia, la cual en esto no puede estar equivocada, ya que es la comunidad de salvación que nos conduce a Cristo, como dijo san Agustín: "Si no hubiera creído en la Iglesia, no habría podido creer en Cristo".
Lutero, en cambio, pretende ser él directa y soberanamente iluminado por el Espíritu Santo, a fin de tener la posibilidad y el derecho de acusar a la Iglesia, su madre, de error o de engaño, precisamente esa madre que lo había engendrado e iniciado en la fe. Es triste notar que Rahner, quien acusa aquí a san Agustín de cometer un error, muestra haber caído en la trampa de Lutero.
En esta actitud estrecha y pedante, Lutero, que exaltaba tanto el "espíritu" contra la "letra", mostró una mentalidad burocrática o de notario, mostró, tal vez sin darse cuenta, que él era así contrario al legalismo romano, haberse dejado atrapar precisamente de una de las expresiones menos felices de la sabiduría romana: "scripta manent, verba volant", ese principio que hizo decir a Poncio Pilato el famoso "quod scripsi, scripsi".
Lutero, sin embargo, estaba convencido de que al fin de cuentas no era tanto la letra de la Escritura, sino ante todo era su propia palabra como intérprete de la Escritura, lo que debía constituir el contenido del anuncio evangélico. Así, expulsada la Tradición de su lugar legítimo -la Iglesia- tuvo casi la pretensión de ponerse en su lugar. Y así nació la tradición protestante. ¿Pero con qué garantías de sobrenaturalidad?
Es cierto que lo escrito tiene sus ventajas: no en vano en los tiempos de Cristo ya existía la Escritura, la cual informa en muchos pasajes cómo Dios mismo había ordenado al hagiógrafo, al profeta o al sacerdote escribir o registrar las palabras oídas de Dios o las obras por Él realizadas (cf. por ejemplo Nm 5,23; 17,17; Dt 6,9; 27.3; Tb 12,20). "Moisés escribió todas las palabras del Señor" (Ex 24,4).
La referencia a "como está escrito" (Mt 4,4; 11,10; Mc 14,27; Lc 24,46, etc.) en la Escritura es fundamental y resuelve las cuestiones, como resulta de las mismas palabras del Señor en el Evangelio. Pero se requieren referencias claras. De lo contrario, surge el problema de la interpretación. ¿Y quién está autorizado para interpretar? Evidentemente el Autor de lo escrito o quien ha sido encargado por él. He aquí la eventual utilidad de interpelar a Dios mismo o a sus apóstoles, aunque -y en esto Lutero no se equivocaba- cada cristiano, en cuanto está en posesión del Espíritu Santo, está habilitado para interpretar la Escritura.
Su error, en cambio, fue el de rechazar a los intérpretes oficiales encargados por Cristo, quienes también de hecho fueron primariamente asistidos por el Espíritu Santo. La tesis de Lutero de que la Escritura en las verdades esenciales es clara y comprensible para todos, no responde a la verdad, como lo demuestra la experiencia, porque de lo contrario Lutero no se habría encargado él mismo de explicarla y no existirían entre sus seguidores tantas interpretaciones contrastantes.
La Tradición, mediada por el Magisterio, es una ayuda necesaria al cristiano para interpretar correctamente la Escritura, porque ella contiene lo mismo que ha sido puesto por escrito en la Escritura. Y esta contiene implícitamente lo que es explícito en la Tradición, como por ejemplo la Inmaculada Concepción de María o su Asunción al cielo.
Pero Cristo, por otra parte, como ya aconteciera con otros grandes maestros de la humanidad, como Sócrates o el Buda, no escribió y no dijo a sus apóstoles "escribid", sino "predicad". Jesús nos enseña que, después de todo, la palabra es más importante que lo escrito, es más significativa y más comunicativa, porque puede acompañarse con el gesto o con la expresión de la cara o con el tono de la voz. Por lo demás, confiar en la palabra implica la certeza o la confianza de que el discípulo interioriza el mensaje y no se limita a transmitirlo pasivamente o mecánicamente.
En cambio, existe el problema de la memorización o del recuerdo, para el cual la escritura es útil. Y no está equivocada la advertencia romana de que la palabra puede escapar o ser falsamente interpretada. Pero incluso lo escrito tiene necesidad de ser interpretado. ¿Y a quién debemos dirigirnos para obtener explicaciones, si no al Autor o al que habla en nombre del Autor?
Otro error de Lutero ha sido el de arrancar la Biblia del seno materno de la Iglesia, solo en la cual ella vive y tiene sentido, a la cual ella ante todo pertenece, por la cual ha sido escrita, a la cual por Cristo ha sido confiada, pretendiendo usarla por cuenta suya contra la Iglesia.
Operación completamente insensata, pues solo bastaba que Lutero se hubiese preguntado cómo la Biblia había llegado a sus manos, quién se la había dado, quién le había instruido en ella desde la infancia hasta que obtuvo su doctorado en Sagrada Escritura, quien le había conferido el mandato de enseñar la Biblia, bajo qué condiciones y con qué propósito.
Hoy la Iglesia está dividida entre los sostenedores o partidarios de una "Tradición" que sirve para rechazar las doctrinas del Vaticano II, hasta el punto de negar la validez del pontificado del papa Francisco y un evangelismo hazlo-tú-mismo, desprovisto de fundamentos racionales y tradicionales, que se enfoca solo en la Escritura y solo en algunos de sus pasajes, a menudo mal interpretados, que sirven para complacer al mundo instrumentalizando el Papa. Se necesita un trabajo de acercamiento entre la sola Scriptura y la sola Traditio en la común escucha de la palabra del Papa, quien, asistido por el Espíritu Santo, nos hace llegar a la misma Palabra de Cristo a través de la Escritura y de la Tradición.
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 13 de julio de 2019
Notas
¹ Es curioso que el padre Cavalcoli diga aquí que la tendencia conservadora "a veces bordea el cisma", cuando al momento de escribir este artículo ya habían pasado tres décadas de producido el cisma formal de Lefebvre en 1988. JG
² Para indicar a los que aquí llama "ultra-tradicionalistas", en publicaciones posteriores el padre Cavalcoli usará la expresión "pasadistas", y luego, el papa Francisco los llamará "indietristas". En definitiva, todos estos términos hacen referencia no al sano tradicionalismo (necesario en la Iglesia, tanto como el sano progresismo), sino al tradicionalismo enfermo o filo-lefebvrismo que comparte muchas ideas erróneas (herejías o errores próximos a la herejía) del lefebvrismo. JG
³ El Novus Ordo Missae, vigente desde 1970, es también la "Misa de siempre", pero los pasadistas lo niegan. El caso es que estos pseudo-tradicionalistas se valen de eslóganes para su proselitismo. Ademeás del eslogan de "la Misa de siempre", tienen otros, como los de "Misa tradicional", "liturgia tradicional", "magisterio tradicional", con lo cual no hacen más que expresar solapadamente que tanto la Misa, como la liturgia en general, como el magisterio, posteriores al Concilio Vaticano II, no son "tradicionales" según ellos. JG
⁴ Cf. La tradizione e le tradizioni, Edizioni Paoline, Roma 1965, p.132.
⁵ Véase mi artículo Il criterio della Verita' secondo Schillebeeckx, en Sacra Doctrina, 2, 1984, pp.188-205.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum Traditio sit intelligenda ut unica fons Revelationis
vel ut inseparabilis a Scriptura sub interpretatione Magisterii
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod Traditio sit unica fons Revelationis.
1. Quia Lefebvriani et filo‑lefebvriani tenent solam Traditionem servare inalteratum depositum fidei, excludentes Scripturam et Magisterium post Concilium Vaticanum II. Si Traditio est viva vox Christi ore tradita, sufficeret per se.
2. Praeterea, Traditio oralis latior est quam Scriptura, quia continet doctrinas non scripto consignatas, sicut verba Christi post resurrectionem. Si Revelatio finita est cum Apostolis, quod non est scriptum manet tantum in Traditione.
3. Item, Scriptura indiget interpretatione et potest male intelligi, dum Traditio viva et fideliter sub assistentia Spiritus Sancti transmittitur. Ergo Scriptura esset secundaria respectu Traditionis.
4. Denique, Traditio est immutabilis et absoluta, dum Scriptura semper novas explicationes requirit et potest variis expositionibus subiacere, sicut multiplicitas lectionum protestantium ostendit.
Sed contra est quod Scriptura dicit: Caelum et terra transibunt, verba autem mea non transibunt (Mt 24,35). Sanctus Augustinus docet: nisi credidissem Ecclesiae, non credidissem Christo. Concilium Vaticanum II affirmat Sacram Traditionem et Sacram Scripturam intime coniunctas et compenetratas esse, ex eadem fonte divina profluentes et Ecclesiae commissas ad fideliter transmittendum.
Respondeo dicendum quod Traditio non est unica fons Revelationis, sed cum Scriptura constituit integrum depositum verbi Dei sub interpretatione Magisterii. Traditio latior est quam Scriptura, sed haec implicite omnes veritates revelatas continet. Scriptura est consignatio scripta traditionis oralis, et Traditio ore tradit idem quod Scriptura consignat. Utraque ad idem finem ordinatur: veritatem salutarem Christi communicare.
Error Lefebvri et sequacium eius est absolutizare Traditionem quasi esset immutabilis sicut Deus ipse, obliviscendo quod ipsa in Ecclesia progreditur sub assistentia Spiritus Sancti. Error Lutheri est Revelationem ad solam Scripturam reducere, eam e sinu Ecclesiae avellere et diffidere voce Papae et successorum Apostolorum. Vera doctrina docet interpretationem Traditionis et Scripturae ad Magisterium pertinere, quod infallibilitatis charismate gaudet.
Magisterium doctrinalibus et dogmaticis enunciationibus infallibiliter nobis interpretatur Traditionem et Scripturam. Non licet veritates fidei determinare praetermissa hac mediatione. Traditio continet valores perennes et absolutos, sed semper ad novos inventus et profundationes impellit. Fidelitas Traditioni non consistit in immobilitate sub praetextu conservandi, sed in sequendo Agnum quocumque ierit, in communione Ecclesiae et sub ductu Papae.
Ergo Traditio et Scriptura sunt inseparabiles, ambae Revelationem integre continent, et solum sub Magisterio fideliter transmittuntur atque vitantur errores eorum qui unam fontem absolutizant.
Ad primum dicendum quod Traditio non excludit Scripturam nec Magisterium, sed cum eis in eodem deposito revelato coniungitur.
Ad secundum dicendum quod Traditio oralis latior est, sed Scriptura implicite omnes veritates revelatas continet, et utraque se complet.
Ad tertium dicendum quod Scriptura non est littera mortua, sed verbum Spiritu Sancto inspiratum, cuius interpretatio Magisterio assistente pertinet.
Ad quartum dicendum quod Traditio immutabilis est in contento, sed progreditur in Ecclesia sub assistentia Spiritus Sancti, et Scriptura manet testimonium scriptum eiusdem Traditionis, arbitraris expositionibus obvians.
JG
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