Al tratar acerca de la relación entre creación y evolución, es necesario mostrar cómo la ciencia y la metafísica no se excluyen, sino que se complementan en la explicación del origen del hombre. ¿No es un error pensar que la evolución pueda sustituir a la creación, como si el devenir explicara por sí mismo el ser? ¿Qué significa que el alma racional, simple e inmortal, no pueda surgir de la materia ni de un proceso evolutivo? ¿No es acaso un prejuicio creer que ciencia y fe se contradicen, cuando en realidad ambas buscan la verdad desde perspectivas distintas? ¿Cómo conciliar los datos de la paleo-antropología con el relato bíblico del Edén y del pecado original? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli nos invita a redescubrir la armonía entre razón y fe, mostrando que la evolución describe el devenir de los vivientes, mientras que la creación explica el ser mismo, y que sólo en su complementariedad se alcanza una visión plena de la verdad. [En la imagen: fragmento de "La creación de Adán", pintura al fresco, 1511, obra de Miguel Angel, conservado en la Capilla Sixtina, Vaticano].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
miércoles, 15 de julio de 2026
Creación y evolución: el método de la ciencia y de la metafísica
Creación y evolución: el método de la ciencia y de la metafísica
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en L’Isola di Patmos el 15 de noviembre de 2014. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/theologica-creazione-ed-evoluzione-il-metodo-della-scienza-e-della-metafisica/)
El conocimiento humano, partiendo de los sentidos, tiene por objeto el ente real, del cual recoge la inteligibilidad en una representación conceptual, por cuanto lo real aparece comprensible dentro de los límites de las capacidades de la razón, la cual llega naturalmente hasta esos objetos a los cuales puede ser conducida haciendo uso de los sentidos.
Es necesario distinguir el conocimiento en general del saber. Conocimiento en general es la percepción o representación de un objeto, un acto del intelecto que puede ser ocasional, opinativo, teniendo un objeto sensible particular, contingente o casual, aunque ya a este nivel la razón pueda captar la verdad.
Pero el conocimiento puede devenir metódico y entonces tenemos el verdadero saber o ciencia como cognitio certa per causas: el conocimiento demostrativo de la esencia o de las leyes de la realidad o de los fenómenos bien establecido partiendo de la experiencia y de premisas evidentes, para llegar por medio del medium demonstrationis, a una proposición conclusiva, la conclusión científica, implícitamente contenida en las premisas y por lo tanto explicitación de cuanto ya estaba contenido en las premisas.
Pero la razón puede alcanzar, aunque imperfectamente pero siempre con certeza, también objetos que van más allá de la experiencia y que ocupan el espacio ontológico de lo puro inteligible, o sea la sustancia puramente espiritual: aquella finita, el alma humana y el ángel; y aquella infinita, Dios.
El método que entonces aquí es necesario seguir, no es ya el de la abstracción de la esencia universal desde el dato empírico particular, como ocurre en la ciencia experimental, sino que es un método complejo, que se vale de la inducción de la causa desde el efecto, de la negación de lo sensible y de la eminencia de la perfección concebida (via causalitatis, negationis y eminentiae) ¹, así como de la analogía y de la participación del ser ².
El saber de lo real debe estar por tanto sujeto a dos grados ³ fundamentales: el saber o ciencia experimental, que tiene por objeto los entes sensibles mutables o fenómenos sensibles; y el saber o ciencia metafísica, la cual, teniendo por objeto el ente analógico como tal (ens ut ens), se eleva desde el conocimiento del ente sensible e imaginable al ente puramente inmaterial y espiritual, hasta la causa primera, el Ser por sí subsistente (ipsum Esse per se subsistens), Dios.
La ciencia supone existente lo real sensible real o fenómeno viviente o no viviente, comprendido el hombre bajo el aspecto empírico, e indaga sobre su naturaleza, sobre sus leyes, sobre su actividad, sobre sus fines, sobre las influencias que recibe del medio, sobre su generación y sobre su corrupción. Aquí tiene espacio y experiencia la teoría de la evolución.
La ciencia se detiene en el umbral de lo suprasensible, de lo espiritual. Ella afronta a lo sumo la psicología animal y las funciones sensitivo-emotivas del alma humana. Conoce los sentidos externos y los sentidos internos, pero del intelecto no conoce la naturaleza y las funciones propias, si no indirectamente y oscuramente, como la "cosa en sí" kantiana, también porque al menos el científico en su indagaciones y conocimientos usa evidentemente el intelecto y cumple los característicos procesos abstractivos, que le permiten precisamente, mediante el uso de la lógica, la elaboración de las hipótesis y de las teorías científicas.
El científico, el antropólogo y el filósofo de la naturaleza por tanto indagan fenómenos que pueden inducir a admitir la espiritualidad del alma, como el lenguaje conceptual y el libre albedrío, pero los considera sólo en sus manifestaciones empíricas sin interrogarse sobre su causa espiritual, porque la ciencia experimental no dispone de una conceptualidad y de un método adecuados y proporcionados para demostrar la existencia y la naturaleza del espíritu. La misma autoconciencia y la introspección intelectual trascienden el método de la ciencia y son posibles sólo a la reflexión de la conciencia espiritual.
La psicología y la antropología filosóficas, con su extensión en la filosofía moral, constituyen para la psicología y la antropología experimentales el puente del pasaje hacia la metafísica. Con la metafísica, en efecto, entramos, como se ha dicho, en el horizonte desconfinado o ilimitado del ser puramente inteligible y espiritual. Aquí, por tanto, más allá de la ciencia, surge la pregunta no sólo sobre el origen del devenir y por tanto sobre la evolución, sino sobre el ser o bien sobre la existencia del ente tanto físico como espiritual. Este es el terreno natural en el cual nace la cuestión de la creación.
La causa del ser
La ciencia indaga sobre las causas o bien sobre el origen de las cosas. Lo hace la paleo-antropología, que es una forma de antropología experimental de tipo histórico, y lo hace la metafísica. La primera, retrocediendo en el tiempo con la mirada vuelta a nuestro planeta, se pregunta según cuáles formas el hombre ha evolucionado en el pasado para llegar hasta la forma actual. Ella nota un progreso desde formas primitivas casi animalescas hasta la forma actual, que da lugar a una actividad inmensamente superior a aquella de la cual quedan huellas en los hallazgos arqueológicos.
Esta evolución que constatamos en larguísimos períodos de la historia no se ha producido evidentemente por casualidad, precisamente por su constante y progresivo realizar un modelo cada vez más alto de humanidad, por lo cual ella nos da el testimonio de haber sido guiada por una precisa intención de mejoramiento y de progreso, fundada a su vez sobre un conocimiento cada vez mejor de las más altas necesidades y de las más elevadas aspiraciones del hombre, por lo cual en los tiempos más antiguos advertimos una humanidad que apenas llega a sobrevivir en una naturaleza hostil y peligrosa, mientras, a medida que nos acercamos más al homo sapiens, vemos cómo se perfeccionan gradualmente todas las actividades, desde la satisfacción de las necesidades materiales, al dominio sobre la naturaleza, al cuidado de la salud, a la organización social, a los signos cada vez más claros de la cultura, del respeto por las leyes, por la religión, por el progreso del saber, de la virtud y de la civilización.
Como es sabido, la teoría de la evolución nos ofrece una visión del origen mismo del hombre desde formas vivientes inferiores precedentes. Y también en este pasaje no nos es lícito hablar de "casualidad" o "azar", sino que notamos en la obra, si no ciertamente la intención del hombre, que aún no existe, al menos la ejecución de un plan o proyecto racional e inteligente, que ha pretendido elevar la vida desde el plano de la animalidad al de la humanidad.
El científico, por su parte, constata experimentalmente, a partir de los hallazgos en su poder, este maravilloso pasaje o progreso; pero su propio método científico no le permite individuar la Inteligencia y la Voluntad que han precedido a la ejecución de ese plan, así como la Causa ontológica del ser o de la existencia de este plan y de la evolución que de él es conseguida. Es esto de competencia de la metafísica y de la filosofía de la naturaleza.
El metafísico que se interroga sobre la causa de la existencia de las cosas, comprende que el hombre ha sido y es creado por Dios. Por eso el entero proceso de la evolución que desde el animal ha conducido al hombre y desde el hombre primitivo ha conducido al homo sapiens ha sido creado por Dios. Por lo tanto, la existencia del hombre y la misma evolución no se explican sin la creación, entendida como acto divino con el cual Dios crea el mundo de la nada.
Dios es ciertamente el creador del ser y el motor del devenir, por lo tanto del movimiento ascendente de la evolución desde las formas de vida más bajas hasta las más altas. En última instancia, es Dios quien da al ser y al devenir su dirección progresiva hacia metas cada vez más elevadas de la existencia, hasta el límite de guiar al hombre hacia la consecución de su Fin último y supremo Bien, que es precisamente Dios.
La evolución supone el mundo en evolución. El científico se interroga acerca de qué es la evolución, cómo funciona, qué produce, hacia dónde tiende, cuáles son sus formas más primitivas, qué le da el impulso, cuáles son sus fases. El científico, por tanto, presupone el mundo ya existente y ya constituido como sujeto o agente de la evolución.
Pero no se pregunta por qué existe el mundo o cuál es su origen o su causa. No retrocede en las causas, no va más hacia la raíz desde la evolución del mundo al mundo mismo como tal, porque sucede que tiende a identificar la evolución con el mundo mismo, como si la evolución no tuviera su sujeto, sino que fuera una evolución subsistente, lo que evidentemente es una pura abstracción o ficción.
Por el contrario, el método científico correcto es el de abstenerse de pronunciarse acerca del origen de la existencia del mundo, ya que con ello mismo el científico se saldría de sus competencias e invadiría el campo del metafísico, por lo que con la pretensión de dar él una respuesta a una cuestión metafísica, es decir, sobre el ser, acerca de la cual no tiene competencia, su respuesta sería necesariamente errónea. Y así surgen esas cosmologías ateas y materialistas, que absolutizan la evolución y la convierten en un ídolo fin por sí mismo y fundado sobre sí mismo, lo cual es del todo anticientífico y metodológicamente incorrecto.
Por otra parte, es cierto que es impensable también separar el mundo de su evolucionar. Sería otra falsa abstracción, porque el mundo está por su esencia en evolución, y esta no se le añade como una tapa se añade a una olla o se añade el motor al chasis del automóvil.
Sin embargo, el científico debería reflexionar que si hay un devenir tiene que haber un sujeto, un algo, un ser que deviene. Si el devenir es un pasar de la potencia al acto de algo, se debería tener que admitir que el sujeto que deviene es el mismo que está antes en potencia y luego está en acto. Si un bloque de mármol en las manos de un escultor que lo trabaja está deviniendo una estatua, es necesario decir que la materia del mármol y la de la estatua es la misma.
Por eso, por debajo del devenir está el ser que no deviene y el mismo devenir está en función del ser de lo devenido. Y por eso, tratándose de dos cosas diferentes, la causa del devenir no puede ser la misma que la causa del ser.
Si ha habido una evolución del simio al hombre, ¿cuál es la causa de la existencia de ese sujeto viviente que de simio ha devenido hombre? El problema del ser es ineludible. Y este es el problema, que ciertamente no es el del científico, quien se interesa sólo del devenir.
Es en cambio el problema metafísico, que responde con la teoría de la creación, lo que le presta al científico un servicio fundamental, porque si no existiera el sujeto de la evolución, tampoco habría evolución y entonces el científico trabajaría en el vacío. Y una cosa no deviene para devenir sino para devenir algo en acto de ser. El devenir proviene del ser y se funda sobre el ser, así como tiende al ser y se cumple o realiza en el ser.
Ciertamente el ente inerte está incompleto o frustrado; el ente actúa y debe actuar, pero en vista de un fin como recita el principio de finalidad: omne agens agit propter finem et quidem finem ultimum, el cual es inmóvil. Una evolución fin de sí misma no existe y es un caos irracional, que nada tiene que ver con la ciencia, sino más bien con la enfermedad mental.
Por eso Aristóteles pronunció la famosa sentencia contra Heráclito, por la cual, si no existiera lo inmóvil, no tendríamos tampoco el devenir. Quien sostiene el devenir contra el ser, destruye precisamente ese devenir que él quisiera sostener. En el momento en el cual se hace del devenir lo absoluto y lo eterno se mitifica o idolatra el devenir falsificando la realidad del propio devenir.
Confrontando por tanto evolución y creación, podemos decir en síntesis lo siguiente. Evolución dice transformación de un sujeto presupuesto. En nuestro caso, se trata de un sujeto viviente, que con el tiempo cambia asumiendo formas diferentes, como el animal que en un cierto momento de la historia de la tierra, asume una forma humana. Creación implica en cambio ausencia de sujeto presupuesto, porque el acto creador divino produce el mismo sujeto de la nada.
La producción creativa o, como la llama santo Tomás, productio totius entis, conlleva el hacer el entero ente desde la posibilidad a la actualidad, y se diferencia de nosotros, que cuando producimos, nos limitamos a hacer pasar un ente real presupuesto desde la potencia al acto.
La presuposición y la no presuposición del sujeto no deben ser concebidas como simultáneas, porque esto implicaría contradicción y la creación se tornaría imposible. Aquí radica el error de Severino que niega la creación en base al principio de no contradicción. En efecto, Severino, quien no admite la existencia del ente contingente, hace coincidir ilegítimamente el pasaje del no-ser al ser, típico del ser creado o del crear, con una improbable identificación del ser con el no-ser.
En cambio, la no-existencia del sujeto en el hecho creativo precede a su existencia, por lo cual la creación implica la realización de un posible, cosa perfectamente compatible con el principio de no-contradicción. Está claro que en una metafísica como la de Severino, donde todo está en acto y no hay lugar para la potencia ni para lo posible, este realizar no es concebible.
Pero entonces es la propia visión de Severino la que está fuera de la realidad. Y por otra parte es necesario admitir que lo contingente ha sido creado, porque de lo contrario se lo debería concebir como necesario. Y entonces, sí, habría una contradicción, por lo cual la creación, lejos de implicar contradicción, debe ser admitida precisamente para evitar la contradicción, como señaló en su momento Gustavo Bontadini.
Un conflicto que no existe
No obstante cuanto he observado más arriba, es un prejuicio frecuente el de quien cree que a propósito del origen del hombre se deba elegir entre creación y evolución, y que por tanto éstas se excluyen mutuamente. De ahí el otro prejuicio aún más nefasto, por ser más radical y presupuesto, según el cual la ciencia excluye la fe y viceversa. Si la ciencia es verdad, la fe es mentira o a lo máximo fábula para niños y si la fe es verdad, la ciencia es expresión de la soberbia humana.
Nada más falso. Sin embargo, sin ampliar el discurso a las relaciones generales entre ciencia y fe, decimos en cambio entrando en nuestro tema que la suposición es falsa, porque una cosa es el ente -en este caso específico el hombre- y otra cosa distinta es la evolución del ente -la evolución de los vivientes. La creación explica el origen del hombre; la evolución explica los cambios de los vivientes y del hombre en la historia.
La teoría evolucionista podría sustituir a la creacionista sólo en el caso de que se imaginara que el hombre deriva su origen, como precisamente sostiene el evolucionismo materialista, de una forma animal similar e inferior, sin solución de continuidad entre la naturaleza animal y la naturaleza o especie humana, de tal manera de negar la creación inmediata del alma humana por parte de Dios.
En cambio es necesario decir que la existencia de un viviente intermedio entre el animal y el hombre es imposible, porque la naturaleza humana, como ya sabía Aristóteles, añade a la simple naturaleza animal la razón, la cual es expresión y potencia de una forma o alma superior, no compuesta, sino inmaterial y por lo tanto simple, inmortal y espiritual, la cual, en cuanto tal, no puede ser el vértice o el término de una formación o evolución precedente, sino que es perfecta y completa desde el inicio. De ahí la necesidad de admitir que sea creada inmediatamente por Dios.
La evolución puede, por lo tanto, concordar con la doctrina de la creación, si, como advertía en su momento Pío XII en la encíclica Humani generis del 1950, se admite precisamente que Dios crea inmediatamente el alma humana, aunque se admita o hipotetice que ella venga infundida en un viviente infrahumano precedente (ex iam exsistente ac vivente materia).
El nudo fundamental
El nudo fundamental a resolver con respecto a nuestro tema, más aún que el que existe entre ciencia y metafísica, es el que existe entre ciencia y fe, es decir, entre los datos de la ciencia y los de la Biblia, y cuando decimos Biblia se entiende de la Revelación divina en la interpretación de la Iglesia católica.
El grave problema entonces, para ser precisos, es cómo conciliar los datos de la paleo-antropología, que atestiguan una evolución mejorativa o perfeccionadora desde lo bajo, con los datos de la fe, que hablan en cambio de un episodio de decadencia desde lo alto, es decir, la experiencia del Edén y del pecado original.
Según la evolución, en un determinado momento de la historia de la tierra, desde lo animal ha tenido origen el hombre, mientras que para la Biblia el hombre, aunque haya sido creado por Dios después de la creación de los animales, es originariamente nobilísimo, inocente, perfecto, impasible e inmortal, incluso en gracia de Dios, en un ambiente paradisíaco (el Edén), señor del universo.
En la Biblia, por lo tanto, aparece claro y neto el salto ontológico desde los animales al hombre. Él es creado "a imagen y semejanza de Dios" (Gén 1,27), cosa que la Escritura no dice de los animales y que atestigua una espiritualidad que ellos no poseen, aunque también ellos hayan sido creados por Dios.
Pero esta dignidad tiene un precio: el libre albedrío. En el paraíso terrenal donde ha sido ubicado, el hombre, tentado por la "serpiente", claro símbolo de un sujeto perverso, él también personal, a diferencia de los animales que, estando privados de libre arbitrio, no pecan, ha pecado.
Expulsado por Dios del Edén, el hombre ha caído en un estado de miseria y de embrutecimiento, ha devenido similar a una bestia, pasible y mortal, inclinado al pecado, sometido a la prepotencia y a las insidias de la naturaleza. Comienza a vivir infelizmente y pecaminosamente sobre esta tierra, en la cual nosotros también vivimos hoy.
Sin embargo, siempre según la revelación bíblica, el hombre, no destruido sino sólo herido, ha tenido de Dios una posibilidad de rescate y de salir o ascender de este estado miserable. Es así iniciada, desde el trágico momento de la caída, aunque siempre en un estado de naturaleza decaída y de mortalidad, una actividad de recuperación de los bienes morales y físicos perdidos, una evolución progresiva y ennoblecedora del cuerpo y del alma, una recuperación de la habitabilidad del ambiente, del dominio del hombre sobre sí mismo, y sobre la naturaleza mediante el trabajo y la técnica, documentados por la historia de la civilización y por la misma paleoantropología, que destaca sobre todo la evolución corpórea, en un prolongadísimo tiempo, a partir de un aspecto simiesco, evolucionando y progresando hacia un aspecto cada vez más noble, hasta llegar al hombre de hoy. El hombre parece recordar ese estado originario de felicidad y desea retornar allí con todas sus fuerzas.
Naturalmente, la ciencia no está en grado de probar la veracidad de estos datos del relato bíblico relativo a la mencionada perfección física y moral originaria del hombre, así como la perfecta habitabilidad del Edén. Por otra parte la ciencia no tiene la posibilidad de establecer dónde y cuándo ha sucedido lo que relata la Biblia. El estado actual de miseria y la existencia del progreso humano pueden en cambio ser también para la ciencia el indicio de una catástrofe acontecida en el pasado, de cuyas consecuencias penosas la humanidad desea liberarse.
La teoría de la evolución, en cambio, no sugiere para nada este deseo de un retorno a un pasado feliz, que ella no constata en absoluto, sino que ve en el pasado sólo una condición de vida animalesca y extremadamente atrasada, mucho menos decente que la presente, que está en contínuo progreso hacia mejores condiciones de vida. De esta manera, sin embargo, ciencia y fe se encuentran al menos en la intención común de mejorar continuamente las condiciones de vida del hombre.
Algunas cuestiones secundarias
a. ¿Un mito etiológico?
Algunos problemas se refieren a la interpretación de la Biblia. Suponiendo en primer lugar que el relato de la creación del Génesis haya sido puesto por escrito alrededor del siglo V a.C., cabría preguntarse en base a qué datos el hagiógrafo ha podido elaborar dicho relato, dado que evidentemente no estuvo presente en los hechos. Una respuesta podría ser que haya recogido una prolongadísima tradición precedente referida a la creación de la pareja primitiva.
La interpretación de algunos, de que se trate de un "mito etiológico" para explicar la existencia actual del mal en el mundo, no se sostiene y es contraria a la constante enseñanza de la Iglesia, la cual sostiene que el relato tiene un valor histórico, es decir, se trata de hechos realmente acontecidos, liberados, se entiende por supuesto, de algunos aspectos poéticos, simbólicos o inventados, que son de fácil reconocimiento para un ojo habituado a distinguir la teología de la poesía, el mythos del logos.
Por otra parte, si efectivamente ciertos aspectos sirven suficientemente para explicar la existencia de la maldad y del sufrimiento humanos, como el hecho de la desobediencia a Dios, una simple reflexión sobre la presente situación del hombre deja en el aire la cuestión de la actual hostilidad de la naturaleza hacia el hombre, y además aparece superflua o en todo caso innecesaria, como factor concurrente a nuestra actual situación, la intervención del demonio, explicación que por otra parte está ausente en las antropologías racionalistas sobre los orígenes del mal.
Por eso, la presencia de estos ulteriores elementos hace comprender que el hagiógrafo estaba en posesión de información sobre el origen del pecado del hombre, que iba más allá de lo que la simple razón y la experiencia podían sugerir como causa lejana de los males presentes.
De ahí la conclusión que podemos sacar de que el hagiógrafo haya creído en una tradición sagrada precedente de origen divino, en sustancia, que haya hecho un acto de fe en una revelación divina que le llegó ulteriormente desde un lejanísimo pasado, ni más ni menos que como sucede con nosotros, los creyentes de hoy, sobre todo en referencia a la noción del Edén, que podría eventualmente ser imaginado también como un lugar ideal, como en Platón o en los antiguos mitos gnósticos, dada su belleza, pero de cuya efectiva existencia el hagiógrafo no tenía ninguna prueba ni racional ni experimental.
Ahora bien, está claro que el ambiente edénico, tal como lo presenta la Biblia, no existe ya en esta tierra, en la cual la naturaleza nos es hostil y en muchos casos inhabitable, aunque sabemos cuánto, a lo largo de los milenios, el hombre ha logrado hacer para convertirla en habitable. Por lo demás, como narra siempre la Escritura, el hombre ha sido expulsado por Dios del jardín terrenal, y no tiene por ahora la posibilidad de retornar a él, sino que sólo puede mejorar en el curso del tiempo el ambiente físico y humano, por lo cual eso se acerca continuamente a esas condiciones originarias, sin embargo sin alcanzarlas nunca.
b. La creación de los animales prehistóricos
Hay otra consideración para hacer. Según el relato del Génesis, Dios, incluso antes de crear al hombre, había preparado para él en el Edén un mundo inferior puesto a disposición del hombre, un mundo maravilloso, sobre el cual el hombre podía tener pleno dominio. Todo este mundo precedente al hombre, subsecuentemente al pecado, se ha vuelto hostil al hombre. Pensemos solamente en la presencia de los gigantescos animales prehistóricos: ¿cómo habría podido el hombre primitivo convivir con ellos?
Por lo tanto, se podría pensar que la Providencia haya extinguido estos animales para permitir al hombre vivir felizmente en esta tierra. Por otro lado, sabemos por la Escritura que la muerte ha sido introducida en el mundo a consecuencia del pecado; por lo cual se podría pensar que Dios haya extinguido a estos animales en previsión del pecado del hombre, pero al mismo tiempo para permitirle una vida tranquila en el Edén, sin peligros.
O bien se podría pensar que la pareja edénica fuera lo suficientemente poderosa como para dominar incluso a estos monstruos.
Otra hipótesis para explicar la extinción de estos animales es el ver su muerte como hecho natural, independiente del pecado original, pero como una fase entre las otras del proceso evolutivo.
Otra cosa a tener presente es que debemos situar el Edén en el período en el cual ha aparecido el hombre sobre la tierra. Tal período últimamente se ha tendido a hacerlo retroceder hasta dos millones de años. Pero se mantiene el problema de saber si ciertos hallazgos pertenecen a simios o bien al hombre. Hipotetizar, como hacen los materialistas, la existencia de un viviente intermedio entre el animal y el hombre, es una absurdidad, como ya hemos visto. Por más que un simio hubiera evolucionado hasta el umbral de la humanidad, se mantiene siempre siendo un animal irracional. Y a la inversa, por más que un hombre sea primitivo, sigue siendo siempre un animal racional.
Además, nosotros no sabemos cuáles son los límites de los rasgos corpóreos por debajo de los cuales no existe el hombre sino el animal, ni por tanto cuáles son los límites por encima de los cuales ya no existe el animal sino el hombre. No sabemos hasta qué punto un hombre puede asemejarse a un simio permaneciendo hombre. Tampoco sabemos cuánto puede un simio asemejarse a un hombre permaneciendo simio. Sin embargo, las diferencias actuales entre hombre y simio son notabilísimas.
Indudablemente, podemos estar ayudados en el discernimiento por el eventual hallazgo, en las inmediatas cercanías de los hallazgos óseos, de objetos manufacturados de variada índole. Pero no siempre podemos estar seguros de que ellos hayan pertenecido o hayan sido utilizados o producidos por el sujeto vecino del cual son los huesos que han quedado.
c. ¿Adán y Eva engendrados por dos simios?
Ahora bien, como hemos visto y lo repetimos, dada la importancia del tema, entre la ausencia y la posesión de la razón no puede haber una evolución o un desarrollo, como por ejemplo puede darse desde la edad infantil a la edad adulta o entre dos especies animales o entre dos seres humanos que han vivido en diferentes tiempos, porque la razón es una facultad espiritual, como tal no susceptible de grados cuantitativos, que son propios y exclusivos de la materia. No es imposible, si Dios quiere, que un animal genere un hombre; pero entonces deberá ser Dios mismo quien crea de la nada el alma de ese hombre, sustituyendo a la precedente alma sensitiva.
Sin embargo, parece inconveniente que nuestros primeros progenitores del Edén, nacidos de simios, tuvieran verosímilmente un aspecto simiesco, lo cual en cambio parece más conveniente para el hombre después del pecado. Por eso, aunque Pío XII admita la hipótesis de la descendencia desde el simio, en las mencionadas condiciones, recordemos que se trata sólo de una hipótesis hoy también para muchos científicos, y no una certeza apodícticamente demostrada.
Nadie estuvo presente en el parto. Y la Biblia no nos dice nada. A menos que hipoteticemos en el pasaje del simio al hombre un salto ontológico y cualitativo no solo espiritual sino también físico. ¿Entonces Adán y Eva habrían tenido simios como genitores? Quizás se podría pensar que Dios haya infundido un alma humana masculina y femenina en cuerpos adultos de otra especie. Y esta podría ser una interpretación de las palabras de Pío XII.
Por otra parte hay que señalar que nuestros primeros progenitores, como de hecho es narrado por la Escritura, deben ser imaginados como ya adultos, iluminados por Dios, porque sería absurdo pensar que hayan sido educados por simios. Y esto por lo demás está confirmado por las actuales ciencias de la educación.
d. El alma humana es creada inmediatamente por Dios
Volviendo al discurso sobre el alma humana, ella no es una forma que surja de la potencialidad o virtualidad de la materia como surgen de la materia por transformación las actividades materiales, como una piedra expuesta al sol comienza a calentarse o un perro que duerme se despierta o una semilla de roble se convierte en un roble. En estos casos el sujeto tiene en sí la potencia activa o pasiva o la energía potencial o latente para hacer aquello que hace o para devenir aquello que llega a ser.
El alma racional, en cambio, es una forma inteligible, simple, inextensa, inmutable, no empírica e inmaterial, independiente del espacio-tiempo y por tanto del devenir. Por eso, no debe estar sujeta a ninguna evolución o cambio esenciales: o está toda y completa en su esencia, siempre desde el inicio de su existir, o no existe. No está hecha de partes o de grados de desarrollo, de modo que los unos puedan agregarse a los otros.
El alma humana no tiene niveles de intensidad o de grandeza o de cualidad, no tiene dimensiones espaciales, por lo cual pueda extenderse en el espacio como el fuego o dilatarse como un gas o aumentar como el calor o cambiar de forma como la materia que se transforma en energía. Por lo tanto el alma no puede ser el punto de llegada de una evolución precedente, como el adulto es el punto de llegada del crecimiento del niño. El alma está toda desde cuando comienza a existir y toda permanece para siempre, idéntica a sí misma e incorruptible en su esencia.
La forma exterior del sujeto material cambia en virtud de una energía o movimiento o impulso que proviene de su interior, correspondiente a lo que el sujeto puede hacer o ser. El acto no puede superar la potencia, si ella no se actúa en virtud de otro acto más potente, superior al primero.
El efecto no puede superar las fuerzas de la causa. Debería crear aquello que le falta, lo cual es absurdo, porque sólo Dios es creador. Si un viviente superior es generado por un viviente inferior, este hecho no depende del genitor, sino de la causa primera. La causa debe ser proporcionada al efecto. Uno no puede dar lo que no tiene, sino que puede dar solo lo que tiene. La causalidad de la creatura es limitada.
Sólo Dios creador omnipotente puede causar en un agente efectos superiores a aquellos de los cuales el agente es naturalmente capaz. En cambio, el mundo consecuente al pecado es el mundo de la naturaleza humana caída, aunque luego sea redimida por Cristo.
La ciencia considera el mundo que precede a la aparición del hombre en el Edén, por ejemplo el de los animales prehistóricos y el consecuente al pecado, que llega hasta nuestros días. Característica exclusiva de la fe es en cambio la de considerar la naturaleza humana edénica; pero ella sabe también del mundo precedente y del consecuente.
La ciencia no está en grado de percibir el Edén, por lo cual los datos que nos aporta nos muestran una evolución que pasa de los primates al hombre. Pero ciertos hallazgos paleo-antropológicos podrían referirse no a los simios, sino al hombre embrutecido por las consecuencias del pecado original.
El Edén es uno de los signos de la presencia de Dios en el mundo, como lo han sido la vida terrena de Cristo, sus milagros, su resurrección, las apariciones de Jesús resucitado, su ascensión al cielo, como lo son todos los milagros cumplidos por los santos en el curso de la historia, como será la parusía de Cristo en el fin del mundo.
Ha sido debatida la cuestión del "lugar" del Edén. Lo que podemos hipotetizar es que el Edén en realidad haya sido nuestro propio universo, antes del pecado, en cuanto que era enteramente cognoscible, conquistable, gobernable, fruíble, habitable y disfrutable por la humanidad en el estado de inocencia.
En base a esto, podemos considerar como posible la habitabilidad de otros planetas, que un día el hombre podrá alcanzar expandiendo sus poderes sobre el universo y por tanto recuperando así ese dominio que le fue concedido en el Edén. Esto, por lo demás, estaría en consonancia con el advenimiento de esa "nueva creación" que nos es prometida por Cristo.
En conclusión, la ciencia nos muestra los aspectos sensibles y empíricamente verificables de aquello que la fe nos hace conocer más profundamente y en última instancia en su origen de Dios y en su orientación a Dios.
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 9 de agosto de 2014
Notas
¹ Cf. S.Tomás de Aquino, Comm. al De Trinitate di Boezio, q.II, a.2, Ed.Marietti, Torino, 1954.
² Cf. T.Tyn, Metafisica della sostanza. Partecipazione ed analoga entis, Ed.Fede&Cultura, Verona 2008.
³ Cf. Jacques Maritain, Les degrés du savoir, Desclée de Brouwer, Paris 1932.
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Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum creatio et evolutio se mutuo excludant vel se compleant in explicatione originis hominis
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod creatio et evolutio se mutuo excludant.
1. Quia multi tenent quod, si evolutio vera est, creatio est mythus, cum scientia fidem excludat et e converso. Scientia, aiunt, nititur in datis empiricis verificabilibus, creatio autem innititur revelationi, unde ad ordines irreconciliabiles pertinere videntur.
2. Praeterea, videtur quod sic, quia theoria evolutionistica affirmat hominem provenire ex formis animalibus inferioribus, quod videtur negare immediatam creationem animae rationalis a Deo. Si homo ex simio derivatur, concluditur nullum esse saltum ontologicum, sed solam continuationem biologicam.
3. Item, videtur quod sic, quia evolutio describit progressum continuum a deorsum ad sursum, dum Biblia loquitur de lapsu ab alto, in Paradiso, ad imum, per peccatum originale. Si scientia ostendit ascensum et fides ruinam, videntur contrariae.
4. Denique, videtur quod sic, quia inventa paleoanthropologica videntur ostendere continuationem inter animal et hominem, quod creationem inutilem redderet. Si fossilia gradualitatem ostendunt, non esset locus actui creatori immediato.
Sed contra est quod Scriptura dicit: Creavit Deus hominem ad imaginem et similitudinem suam (Gn 1,27). Thomas Aquinas docet animam rationalem esse formam spiritualem immediate a Deo creatam. Pius XII in Humani generis affirmat posse admitti hypothesim evolutionis corporalis, sed animam humanam immediate a Deo creari. Aristoteles commemorat quod fieri praesupponit immobile, et sine esse non esset fieri.
Respondeo dicendum quod creatio et evolutio non se excludunt, sed se complent. Evolutio describit fieri viventium, transformationes et progressus in historia, creatio autem explicat ipsum esse, originem radicalem entis. Scientia experimentalis investigat phaenomena sensibilia et leges eorum, sed non potest explicare cur mundus existat nec quae sit causa eius. Metaphysica respondet mundum et hominem a Deo creatos esse.
Error consistit in absolutizando evolutionem quasi per se subsistentem et sufficientem, obliviscendo quod praesupponit subiectum quod fit. Fieri fundatur in esse, et ipsum esse requirit causam primam, quae est Deus. Ideo evolutio creationem supplere non potest, sed ab ea pendet. Creatio est productio totius entis ex nihilo, evolutio autem est transformatio subiecti iam existentis.
Scientista, dum constat progressum a formis primitivis usque ad hominem sapientem, non potest suo methodo cognoscere Intelligentiam et Voluntatem quae praecesserunt illum ordinem. Metaphysicus autem intellegit hominem a Deo creatum esse et totum processum evolutionis ab Ipso directum. Existentia hominis et ipsa evolutio non explicantur sine creatione, quae est actus divinus quo Deus mundum ex nihilo producit. Deus est creator essendi et motor fiendi, qui dat esse et fieri directionem progressivam ad metas semper altiores, donec hominem ad Finem ultimum ducat.
Ergo creatio et evolutio se complent: evolutio explicat fieri historicum hominis, creatio explicat eius esse et animam spiritualem.
Ad primum dicendum quod scientia et fides non se excludunt, quia una studet fieri et altera esse.
Ad secundum dicendum quod evolutio corporalis non negat immediatam creationem animae, quae est spiritualis et ex materia provenire non potest.
Ad tertium dicendum quod lapsus Paradisi et peccatum originale evolutioni non contradicunt, sed explicant miseriam actualem hominis et desiderium perfectionis amissae recuperandae.
Ad quartum dicendum quod inventa paleoanthropologica ostendunt continuationem corporalem, sed non explicant spiritualitatem hominis, quae immediate a Deo creationem requirit.
JG
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