¿Es la autoconciencia un camino hacia la humildad o una trampa que conduce a la soberbia? ¿No resulta engañoso atribuir al pensamiento humano prerrogativas divinas, como si fuera absoluto e intrascendible? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli desenmascara el falso tomismo que confunde el ser real con el ser pensado, mostrando cómo el idealismo gnóstico y el inmanentismo, condenados por la Iglesia, han penetrado en la teología contemporánea causando graves estragos. ¿No es hora de liberarse de sofismas ingeniosos y de recuperar la claridad del realismo tomista, que distingue entre el pensar humano creado y el Pensamiento divino creador? ¿No se juega aquí la verdadera grandeza del espíritu, que sólo se alcanza en la humildad y en la obediencia a la verdad objetiva? [En la imagen: fragmento de "La caída de Ícaro", óleo sobre lienzo, pintado entre 1635 y 1637, obra de Jacob Peter Gowy sobre bocetos de Peter Paul Rubens, conservado en el Museo del Prado, Madrid].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
martes, 2 de junio de 2026
La apología de la soberbia
La apología de la soberbia
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog Riscossa Cristiana el 4 de enero de 2013. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/lapologia-della-superbia-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)
Todas las tardes, nosotros, los Religiosos, en el rezo de las Vísperas, por antiquísima tradición, cantamos aquel maravilloso himno, el Magnificat, que, según la narración evangélica, pronunció la Santísima Virgen María al término del prodigioso encuentro con Isabel para agradecer y alabar a Dios por las "grandes cosas" que había hecho en ella.
En una serie de versículos María, exultante de alegría, enumera estas grandes obras de Dios, y entre ellas encontramos las conocidas palabras: "Ha dispersado a los soberbios en los pensamientos de su corazón, ha exaltado a los humildes", una de las mayores obras que Dios realiza en el corazón del hombre ensoberbecido por haber sucumbido a la tentación demoníaca en el paraíso terrenal y, por lo cual con eso mismo, había caído de su originaria grandeza. Para salvarlo, Dios inspira al hombre sentimientos de humildad, los cuales solo, sostenidos por la gracia divina, son adecuados para sacar al hombre de su miseria mostrándole la falsa grandeza que cree haber conquistado obedeciendo a la serpiente.
Por eso, la condena de la soberbia y la exaltación de la humildad es un tema que recorre todo el discurso ético de la Biblia, comenzando con el Antiguo Testamento y culminando en el ejemplo supremo del Salvador, de Aquel que, para salvarnos, ha aceptado la humillación de la cruz y nos invita a ser como Él "mansos y humildes de corazón".
Y, como era de esperarse, esta temática sería después desarrollada en mil formas por todos los santos, los Padres y los Doctores de la Iglesia hasta los maestros de nuestros días, bajo la guía del propio Magisterio de la Iglesia. Entre todos baste citar al supremo Agustín, quien, con su estilo lapidario de gran eficacia, delinea la oposición entre la humildad y la soberbia en los siguientes términos: "amor Dei usque ad contemptum sui", la humildad, que hace la "Ciudad de Dios", y "amor sui usque ad contemptum Dei", la soberbia que construye la "ciudad de Satanás".
La alternativa entre estas dos posibles orientaciones del espíritu, entre las cuales estamos llamados a elegir, se basa en una cierta conciencia de nosotros mismos, aquella que en la tradición filosófica es llamada "autoconciencia", acto característico del espíritu, con el cual nos elevamos sobre la vida física y sobre la misma realidad material y podemos contemplar la grandeza y la belleza de nuestro espíritu, ciertamente finito, pero creado a imagen y semejanza de Dios.
El acto de la autoconciencia supone en quien lo realiza una percepción de la dignidad del espíritu y, por consiguiente, de la persona y de la elevación de la persona por encima de la pura corporeidad, por lo cual un ánimo materialista o positivista, maníaco de la ciencia experimental, deslumbrado engañosamente por las ilusiones de los sentidos y esclavo de la sensualidad, el "hombre carnal", para usar el lenguaje paulino, no comprende nada de esta sublimidad al vivir como una bestia.
Sin embargo, no cualquier acto de autoconciencia garantiza la verdadera dignidad de nuestro espíritu, sino sólo aquel acto de autoconciencia que se realiza con humildad, rechazando cualquier tentación a la soberbia. Y tal tentación es fácil que se produzca en aquellos de entre nosotros que mayormente comprendemos la dignidad de nuestro espíritu, las maravillosas facultades del intelecto y de la voluntad, su apertura al Absoluto, los secretos casi impenetrables de su mundo, las estupendas conquistas de su actividad.
Una de las más sublimes tareas de la filosofía y de la misma teología es precisamente la de indagar, ilustrar y explicar los tesoros del espíritu y, por tanto, de la autoconciencia. Pero es en este punto donde se oponen entre sí una verdadera y una falsa filosofía, una verdadera y una falsa sabiduría, la primera, fruto exquisito, exuberante y beatificante de la humildad, la segunda, que podríamos llamar más bien "gnosis" que filosofía, efecto insidioso, seductor y deletéreo de la soberbia. La primera, en las almas santas, está inspirada por el Espíritu Santo; la segunda, en los espíritus rebeldes e impíos, es sugerida por el demonio, y en tal sentido la Sagrada Escritura habla de "doctrinas diabólicas". En ellas sigue susurrando esa misma serpiente que ya hizo caer a nuestros primeros progenitores.
Siendo este el caso y estando así las cosas, es de quedar estupefactos de cómo hoy en día se dan teólogos sedicentes católicos y que se consideran católicos e incluso "tomistas", los cuales, en lugar de ser maestros de humildad, son maestros de soberbia mediante la difusión de doctrinas, como el idealismo panteísta, del cual he hablado varias veces en este sitio.
Un fenómeno de este tipo, que en otros tiempos más felices habría sido bloqueado por la autoridad eclesiástica con la máxima severidad, hoy en día viene a veces llevado incluso en la palma de la mano por ciertos prelados imprudentes, como por ejemplo encontramos en el prefacio de un libro de uno de estos teólogos "católicos", donde, a su juicio uno de estos prelados habla de la "excepcional vocación teórica del autor", por lo cual se espera que el lector "se dé cuenta del empeño no común que le será requerido, si quiere afrontar la formidable empresa de medirse con la densidad y la agudeza de estas páginas".
Veamos, entonces, a modo de ensayo y manteniéndonos en el tema de la auto-conciencia, en qué consiste la proclamada sabiduría de este teólogo y si cuanto dice merece efectivamente las alabanzas tan altisonantes antes citadas, o no las merece, es decir, si más bien debe considerarse un discurso engañoso y peligroso para la razón, para la fe y para las buenas costumbres cristianas. Veamos si existe el elogio de la humildad o si, bajo la apariencia de solemnes términos filosóficos, más bien se está dando incentivo a la soberbia.
Primero que nada digamos qué es la soberbia. San Agustín de Hipona la define amor suae celsitudinis: por supuesto que no es la simple estima por la propia grandeza objetivamente considerada: esto es un preciso deber, tanto más cuanto que funda entonces el otro más alto deber de rendir alabanza a Dios que la ha concedido, utilizándola para el bien del prójimo. Si yo tengo tres grados universitarios, no puedo decir que solo tengo el séptimo grado de la escuela primaria. Pero, sigo siendo todavía un pobre mortal pecador, y si lo soy, no puedo pavonearme como si fuera un semidiós o una "teofanía" del Absoluto.
En cuanto a Agustín, se refiere evidentemente a aquel amor de sí mismo falso y egoísta, a aquella auto-referencialidad, a aquel amor sui del que hablé líneas arriba, a aquella cupiditas o concupiscentia, se refiere a aquella absolutización o divinización del propio yo y de la propia autoconciencia, que hace del hombre un rival de Dios al ponerlo en conflicto con Él, le impide reconocer la trascendencia de Dios y, por consiguiente, someterse humildemente a Él y salvarse.
La humildad obviamente será lo contrario. Ella se basa ante todo en la atención a las cosas tal como son, en la obediencia a la verdad, en la escucha de la autoridad, es decir, en la adaequatio, en la conformidad, como dice santo Tomás, de nuestro intelecto a la res, es decir, al ser, a lo dado, a la realidad que nos rodea y que nosotros mismos somos como criaturas de Dios.
La doctrina gnoseológica que sostiene e ilustra estas cosas es el llamado "realismo". Por el contrario, la gnoseología que rechaza esta adaequatio que supone evidentemente una distinción entre el pensamiento y el ser, es la del idealismo, por el cual el pensamiento, irguiéndose como Absoluto, absorbe en sí mismo el ser, no admite un ser externo, presupuesto e independiente del pensamiento, regla de verdad del pensamiento, sino que el pensamiento deviene "intrascendible": nada antes, fuera y por encima del pensamiento, sino todo en el pensamiento, de hecho todo es pensamiento: el ser coincide con el ser pensado. Objeto del pensamiento no es el ser, sino el mismo pensamiento. El pensamiento se separa del ser y se vuelve sobre sí mismo. Esta doctrina ha sido llamada también "inmanentismo" y como tal ha sido condenada por la Iglesia, sobre todo por san Pío X en la famosa encíclica Pascendi contra el modernismo.
En base a la humildad, el hombre sabe que ha sido creado por Dios de la nada (ex o de nihilo), pero creado a Su imagen y semejanza y destinado en Cristo a la vida eterna. El conoce además sus propios límites, defectos y pecados. Se atiene a estos límites naturales, sin pretender ir más allá, lo que sería arrogancia, presunción, engreimiento y soberbia, sino aceptando la vida de la gracia, la cual, purificando, curando, liberando y elevando la naturaleza, la enriquece con dones divinos y sobrenaturales, el primero de todos la caridad.
En segundo lugar, la humildad completa su esencia de virtud en la voluntad, por la cual ésta, aplicando y perfeccionando la humildad del intelecto (la obediencia a la verdad, propia del realismo), frena el impulso de la soberbia ¹, pone en práctica la ley divina y obedeciendo a ésta, permite al hombre su verdadera grandeza, que es precisamente lo que Dios quiere, habiendo creado al hombre para hacerlo partícipe, en Cristo, de su misma vida divina.
Cuando por otra parte se habla en general de "auto-conciencia", siempre es necesario precisar de qué auto-conciencia se habla, ya que existen tres grados de autoconciencia: la humana, la angélica y la divina, grados que son diversísimos entre sí y que por lo tanto es necesario distinguir siempre con lealtad y precisión para evitar peligrosas ilusiones y nefastos equívocos. Y es lamentablemente aquí donde caen los idealistas como por ejemplo el antes citado teólogo, no obstante proclamarse "católico" y "tomista".
De hecho, es bien sabido cómo los idealistas, cuando hablan de los valores del espíritu, como la auto-conciencia, el yo, el sujeto, la conciencia, el pensamiento, la razón, etc., juegan siempre sobre el equívoco, presentando, sin querer reconocerlo, estos valores bajo una forma implícitamente divina, para luego atribuirlos al hombre.
O si hablan del modo humano de su realización, lo tratan con escepticismo, desprecio y altivez, actitud típica de los gnósticos, quienes, considerándose los verdaderos filósofos y maestros de la humanidad, en posesión del "Saber absoluto o supremo", miran desde arriba con conmiseración a los realistas, considerados por ellos mentes groseras y vulgares y pobres ilusos detrás de las apariencias, enumerando entre las doctrinas de estos, nótese bien, incluso a la dogmática católica, que para ellos es un conjunto de mitos, imágenes y símbolos ingenuos, superados, clarificados o refutados, según los casos, por su "ciencia o exégesis bíblica", muy superior a cuanto el Magisterio de la Iglesia relata y da a entender a las ovejitas (por no decir a las bestias) del rebaño de Cristo ².
El mismo método es seguido por nuestro teólogo. Demos algunos ejemplos. Ante todo, se equivoca al definir como el objeto de la auto-conciencia el "sí mismo" como "pensamiento pensado". Ya inmediatamente aquí se confunde al sujeto humano con el Sujeto divino. El sujeto humano no es en absoluto "pensamiento" subsistente, sino que esta es prerrogativa sólo del Pensamiento divino. El sujeto humano no es un pensamiento y ni siquiera es, como creía Descartes, una res cogitans, sino que es un sujeto compuesto de alma y cuerpo, que simplemente puede pensar. El sujeto permanece sujeto también si no piensa. Cuando duermo, aunque no pienso, siempre sigo siendo una persona: soy simplemente una persona que duerme. Por el contrario, sólo en Dios el acto de pensar constituye la esencia del Sujeto divino.
En segundo lugar, la auto-conciencia, siempre según nuestro teólogo, se "expresa como apreciación de sí como absoluto originario e intrascendible". Y explica: "La auto-consciencia para ser sí misma no reenvía a otro de sí, se refiere simplemente a sí porque es conciencia de sí y no conciencia de otro. Es por consiguiente absoluta".
El autor, tal como se expresa en el contexto, pretende hablar de nuestra autoconciencia, la auto-conciencia humana; pero de hecho le atribuye los caracteres divinos, bajo apariencia de hablar de autoconciencia en general. De hecho, nuestra autoconciencia no es en modo alguno un "absoluto originario e intrascendible". Nuestra autoconciencia es un acto de nuestro intelecto que inicialmente recibe su contenido de los sentidos, por lo cual este acto no es en modo alguno absoluto y originario, sino relativo a cuanto el intelecto ya ha recabado de la experiencia sensible, por lo cual es derivado y condicionado por este precedente contacto con la realidad sensible externa. Si, por ende, no hemos completado esta operación elemental del conocer, buena reflexión tendríamos sobre nosotros mismos: ¡no tendríamos nada más que vacío! ¡No confundamos! De hecho, nuestra autoconciencia implica la reflexión sobre nuestro yo pensante, en cuanto ya en posesión de contenidos intencionales recabados de la experiencia.
Este condicionamiento y esta relación con el previo y presupuesto conocimiento sensible están obviamente ausentes sólo en la Autoconciencia divina, solamente la cual es puro Espíritu infinito, Pensamiento subsistente originario y originador, creador del mismo pensamiento y de la autoconciencia humanos: solo Dios es Pensamiento intrascendible, porque es comprensivo de todo el ser, del Ser que es Él mismo y del ser del mundo, que Él ha creado. Y si el mundo, como opus ad extra, es externo a Dios, la Mente divina, en cuanto proyectadora o ideadora del mundo, tiene en sí inmanente en modo ideal también el ser del mundo y como Causa primera lo contiene virtualmente en sí, como enseña santo Tomás.
Por el contrario, nuestro pensamiento no es en modo alguno intrascendible, sino que es trascendido de infinitos modos por el ser y por los seres del mundo, por nuestro mismo ser, porque nosotros somos misterio para nosotros mismos y sobre todo por el infinito Ser divino. Solo Dios es omnisciente. Y también cuando pensamos en Dios, en el Absoluto, en el Infinito, en la Totalidad, nuestro pensar, por amplio y sublime que sea, permanece finito, por lo cual, aunque podamos conocer estos valores, nada podemos comprender de lo que en ellos supera nuestra limitada capacidad de comprensión.
No es cierto que nuestra auto-conciencia "no reenvía a otro de sí": como acto intencional de nuestro intelecto, ella reenvía al ser, a nuestro mismo ser y al ser de las cosas que se suponen, como he dicho arriba, que hemos contactado. Un ser humano que desgraciadamente debiera nacer sin el ejercicio de los sentidos, no podría tener ninguna autoconciencia.
El citado teólogo continúa explicando qué cosa quiere decir al llamar "originaria" a la autoconciencia. Es un atributo que acompaña la "intrascendibilidad". De hecho, dice: "Tratemos de pensar que este pensamiento pensante o pensar pensante" (= la autoconciencia) "no sea originario sino que tenga un origen. Pues bien, el pensamiento pensante piensa también el origen: ¡de un bocado ya lo ha comido, ya lo ha englobado! Si piensas que el pensamiento tiene un origen, tienes ya pensado el origen. Por tanto, el origen no es extraño al contenido del pensamiento; es el acto del pensar que se lo come... La autoconciencia se aprecia a sí misma como absoluto originario, porque si debiera pensar un propio origen distinto de sí, lo pensaría - ¡precisamente! Entonces ya no es diferente de sí. No solo se aprecia a sí como absoluto originario, sino también como intrascendible. Si busco trascender la conciencia, estoy siempre en la conciencia: si pienso que existe algo que está fuera del pensamiento, lo estoy pensando: por lo tanto, no está fuera. Nada cae fuera del pensamiento".
Siempre estamos ahí: la identificación del pensar humano con el pensar divino. Debería ser claro para un teólogo que se dice tomista, pero, que digo! católico, que el pensar humano no es en modo alguno absoluto, originario e intrascendible, sino que estas son cualidades exclusivas del pensar divino. El pensar humano es relativo al sujeto y al objeto, es creado por Dios, trasciende del ser.
En el acto del conocer debería ser obvio que trasciendo mi pensamiento para llegar a las cosas fuera de mí, de lo contrario, ¿cómo enriquecería mis conocimientos? No puedo contentarme con lo que ya existe en mí, es decir, con lo que no me trasciende. Como dice Agustín, ¿cuando nos invita a buscar a Dios? ¡Transcende et teipsum! ³. ¡Ciertamente esto no quiere decir que el pensar salga de sí mismo para viajar en el espacio! El pensamiento captura lo real externo a lo interno del pensamiento: es lo que los Escolásticos llaman "acción inmanente"; pensamos, pero los sentidos se encargan de alcanzar al objeto puesto en el espacio.
Ciertamente, el pensar divino no tiene ningún origen externo como el nuestro, que es creado por Dios. Pero por otra parte, si Dios -y aquí nuestro pensar es como el suyo- piensa el mundo que está fuera de Él, no por eso el mundo desaparece para reducirse a simple pensamiento divino! Indudablemente el mundo, como observa agudamente santo Tomás de Aquino (esta es la verdadera agudeza) tiene virtualmente en la esencia divina un ser infinitamente superior al ser que posee fuera de Dios, porque se identifica con el mismo ser divino -y esta es la parte de verdad del panteísmo.
Pero el mundo sigue siendo mundo con su ser externo a Dios también si es pensado por Dios. De hecho, el mismo ser mundano se funda originariamente sobre la idea divina del mundo realizada por la divina voluntad creadora. Pero se diría que este "tomista" también tenga una idea falsa de la creación, lo que hace pensar en la concepción de Emanuele Severino, precisamente por el hecho de que no aparece la distinción real entre pensamiento divino creador y pensamiento humano creado.
Quizás que si yo pienso en el origen de mi pensamiento, en mi facultad intelectual, en Dios que ha creado mi intelecto y crea mi propio acto de pensar, con lo que yo estoy autorizado a negar que estos orígenes -Dios y mi intelecto- pierdan su existir objetivo frente a mi pensamiento por el solo hecho que, pensándolos, los inmanentizo en mi pensamiento y en mi conciencia?
Aquí el teólogo "tomista" confunde evidentemente, a la manera idealista, el ser real extra-mental (extra animam) con el ser intencional-representativo (esse cognitum). La realidad permanece fuera de mí también cuando la pienso. ¿Por qué motivo debería desaparecer o "ser comido"? "No es la piedra que está en el alma -decía Aristóteles con su buen sentido común- sino que es la imagen de la piedra": ¡la piedra sigue estando fuera! Si yo pienso en la ciudad de Bologna, ciertamente ella entra intencionalmente o representativamente en mi conciencia.
¿O acaso es que entra en mi mente con su materialidad? ¿Y las dos torres en qué parte de mi cerebro las pongo? Pero, ¿por qué motivo debería desaparecer Bologna en sí misma, en la realidad externa? ¿Mediante qué operación mágica yo tendría el poder de transformar su ser real en mi concepto de "ciudad de Bologna"? ¿Pero entonces cuál es el punto? Aparte de la tontísima falsedad de tal idea.
Última perla de estos refinados desatinos: el citado teólogo "tomista" dedica diez páginas de su libro, en una larguísima nota, a la crítica de dos de mis artículos aparecidos hace años en la revista teológica internacional Divinitas dirigida por Mons. Brunero Gherardini ⁴, donde refuto ya anticipadamente, siguiendo el pensamiento de santo Tomás y otros autores tomistas, las opiniones del teólogo expuestas líneas arriba.
No lo mencioné, pero él se ha dado cuenta de que estaba criticando ideas similares a las suyas, y me ha arremetido en contra furiosamente por lo cual critica mis posiciones, en verdad no sin algunas buenas ideas, pero en sustancia llenas de enrevesados sofismas llegando incluso a acusarme de ponerme contra la fe.
Por mi parte, considero que sus puntos de vista no son contrarios a la fe, aunque indirectamente lo sean: sería hacerles demasiado honor. Son simplemente tonterías ingeniosas, herederas de un idealismo mohoso, refutado mil veces por los tomistas ⁵, aunque por desgracia todavía seductores, de los cuales ya sería hora de desembarazarse para siempre porque, habiendo penetrado en la teología católica en las últimas décadas, piénsese también en el fenómeno del rahnerismo, está creando, sin negar ciertos aspectos positivos, enormes desastres en el recto pensar y consecuentemente en el comportamiento de los fieles.
Es correcto comparar el pensamiento del Aquinate con el idealismo para buscar algún punto de contacto; pero pretender construir, como lo hace nuestro teólogo, un tomismo a la Severino, a la Bontadini y a la Gentile es una especie de esquizofrenia, es un intento tan sensato como cavar un hoyo con una mano y taparlo con la otra. Al final, bien va eso, y supuesto que muchos no quedan envenenados, podemos preguntarnos: ¿quién te obliga a hacerlo? ¿No te deja exasperado este ir y venir entre dos polos opuestos al final? ¿Quieres cojear con ambos pies? ¿Y luego te gustaría presentarte como campeón del principio de no contradicción?
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 4 de enero de 2013
Notas
¹ Santo Tomás considera la humildad como una forma de templanza: visión correcta, pero un poco limitada y poco profunda: cosa extraña en un pensador profundo como él. Parece no darse cuenta de que su famosa definición de la verdad como adaequatio intellectus et rei es la forma más profunda de la humildad. En cambio, santa Catalina de Siena, más atenta aquí a la lección agustiniana, comprende muy bien el vínculo de la obediencia y, por lo tanto, de la adaequatio con la humildad.
² Frase no del todo traducible del italiano: “alle pecorelle per non dire ai pecoroni del gregge di Cristo”.
³ De vera religione, c. XXXIX.
⁴ Pensare il pensiero (I), en Divinitas, 2 (2000), pp.281-300 y Pensare il pensiero (II) en Divinitas II, 1 (2001), pp.43-72.
⁵ Basta ver los estudios de Gonzalez, Mattiussi, Gredt, Sertillanges, Chiocchetti, Roland-Gosselin, Gardeil, Maritain, Vanni Rovighi, Garrigou-Lagrange, De Tonquédec, Fabro, Gilson, Y. Simon, Toccafondi, Zacchi, Cordovani, A. Galli, G. Bertuzzi, etc.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum autoconscientia humana sit principium absolutum
vel debeat subici veritati obiectivae in humilitate
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod autoconscientia humana sit principium absolutum.
1. Nam homo, dignitatem sui spiritus et facultates intellectuales ac voluntarias detegens, potest se ipsum aestimare ut absolutum originarium et intranscendibile. Sic conscientia esset regula sufficiens veritatis, nulla externa norma indigente.
2. Praeterea, idealistae tenent cogitationem ad nihil extra se remittere, sed omnia cogitata absorberi in ipso cogitatu. Sic ens coincideret cum ente cogitato, et cogitatio humana identificaretur cum divina.
3. Item quidam theologi hodierni, sub specie thomismi, affirmant autoconscientiam humanam esse cogitationem subsistentem, confundentes subiectum humanum cum Subiecto divino, et statuunt creationem ipsam ad cogitationem reduci. Hoc videtur dare fundamentum thomismo idealistico, qui se exhibet ut sapientia superior contra realismus et dogmaticam catholicam.
Sed contra est quod Scriptura sacra docet Deum dispergere superbos et exaltare humiles, et Paulus apostolus hortatur ut homo se transcendat ad Deum quaerendum. Augustinus definit superbiam ut amorem propriae celsitudinis usque ad contemptum Dei, humilitatem vero ut amorem Dei usque ad contemptum sui. Thomas docet intellectum conformari debere rei exteriori, et cogitationem humanam esse actum inmanentem a sensibus et experientia dependentem. Magisterium Ecclesiae damnavit inmanentismum et idealismum tamquam doctrinas perniciosas fidei et moribus.
Respondeo dicendum quod autoconscientia humana non est principium absolutum nec divinum, sed est actus intellectus creati, relativus et condicionatus experientia sensibili, qui subiciendus est veritati obiectivae et humilitati. Vera philosophia et theologia, Spiritu Sancto inspiratae, thesauros spiritus illustrant in oboedientia veritati, dum falsa gnosis, a daemone suggeritur, divinizat ego et convertit autoconscientiam in superbiam. Cogitatio humana non est subsistens nec originaria, sed suum esse a Deo recipit et se extendit ad ens externum et ad Ipsum Ens divinum. Solus Deus est Cogitatio subsistens, absoluta et intranscendibilis, mundi et hominis creator.
Ergo autoconscientia humana veram magnitudinem attingit solum cum in humilitate vivitur, agnoscens limites creaturae et gratiam accipiens quae naturam elevat. Superbia autem facit autoconscientiam adversariam Dei, confundit ens reale cum ente cogitato et destruit veram dignitatem spiritus. Sic explicatur quod idealismus gnosticus et falsus thomismus graves clades intulerint theologiae hodiernae et vitae fidelium.
Ad primum dicendum quod dignitas spiritus non facit autoconscientiam absolutam, sed requirit humilitatem et oboedientiam veritati obiectivae.
Ad secundum dicendum quod cogitatio humana non absorbet ens, sed illud repraesentat intentionaliter; res manet extra mentem, ut Aristoteles et scholastici docent.
Ad tertium dicendum quod subiectum humanum non est cogitatio subsistens, sed compositum ex anima et corpore; solus Deus est cuius cogitare constituit essentiam Subiecti divini.
JG
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