¿Es la persona un mero producto de la conciencia o de la relación social, como sostienen los modernos, o subsiste ya desde el primer instante de la concepción como individuo de naturaleza racional? ¿No es acaso un error fatal confundir el ser con el actuar, olvidando que sólo en Dios ambos coinciden? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli recuerda que el cigoto, animado inmediatamente por un alma espiritual creada por Dios, es ya persona en plenitud ontológica, aunque todavía no actúe ni se relacione. ¿Qué significa entonces la dignidad inviolable del concebido inocente e indefenso? ¿No es urgente recuperar la definición clásica de Boecio para resistir las herejías contemporáneas y fundamentar las graves indicaciones morales de la Iglesia frente al aborto, la manipulación genética y la fecundación artificial? [En la imagen: el afiche publicitario de la Marcha Nacional por la Vida, en Italia, el 13 de mayo de 2012].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
lunes, 1 de junio de 2026
La concepción de la persona humana
La concepción de la persona humana
Domingo 13 de mayo todos a Roma, para la Marcha Nacional por la Vida
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en Riscossa Cristiana el 7 de mayo de 2012. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/domenica-13-maggio-tutti-a-roma-per-la-marcia-nazionale-per-la-vita-il-concepimento-della-persona-umana-di-pgiovanni-cavalcoliop/)
En la edad moderna, el progreso de las ciencias experimentales, paradojalmente, ha ido de la mano del retroceso del pensamiento metafísico, hecho que ciertamente no ha servido al progreso teológico y moral, el cual de la metafísica extrae grandes ventajas.
Gracias a Dios, sin embargo, el progreso teológico se ha producido gracias al impulso dado por la doctrina de la Iglesia, la cual en todo caso se ha valido de la metafísica clásica a falta de otra, aunque no ha podido utilizar un pensamiento metafísico sanamente moderno, porque desgraciadamente es casi inexistente, dado que lo que comúnmente hoy viene llamado "filosofía moderna" es prácticamente o bien un retorno con lenguaje un poco más refinado a las toscas tentativas de los filósofos presocráticos o bien se trata de una falsificación de la alta especulación cristiana elaborada en el maltratado Medioevo.
Esta discrepancia entre progreso científico y atraso metafísico es paradojal, porque esto no debería ocurrir en el progreso del saber humano: el progreso de la ciencia debería de por sí dar lugar a una más avanzada metafísica, así como con el refinamiento de la experiencia sensible se ponen las premisas para una más alta intelectualidad, mientras que por otra parte el progreso de la ciencia es signo de que, se lo quiera o no se lo quiera reconocer, al fin de cuentas, no obstante la barbarización de la filosofía y la pérdida del gusto por la sabiduría, una cierta capacidad de razonar ha permanecido en la mente de los hombres, de lo contrario no podría haberse producido el gran progreso científico de los tiempos modernos, dado que ninguna ciencia, aún cuando ella sea del más ínfimo grado, no puede nacer sino de un riguroso ejercicio de la razón. Pero, ¡ay!, ¡qué bajo vuela esta razón, la cual, como diría Cristo, sabe predecir cuándo llueve o cuándo brillará el sol y no puede distinguir la materia del espíritu o al hombre de las bestias!
Uno de los signos particularmente impresionantes de esta innatural y lamentable desconexión, bastante dañina para el bienestar y la misma vida del hombre, la vemos hoy en el campo de la genética y de la bioética, donde, junto a la acumulación de una enorme cantidad de conocimientos extremadamente interesantes del todo ausentes incluso en un reciente pasado, en muchos ambientes de la ciencia y de la cultura el cociente intelectual es de tal manera bajo, que ya no se es capaz de comprender el hecho de la elemental experiencia que se produce cuando un hombre y una mujer se unen, es decir, "conciben un hijo". El verbo hebreo es yallád, que también significa "generar" o "engendrar", lo cual es distinto -cabe señalar- del concepto de "hacer" (bará) ligado a la producción técnica, usado, como se sabe, para significar el crear divino. Según la Biblia, se "genera" o se "engendra" o se "concibe" un hijo. Se "hace" una silla o una mesa; pero no se "hace" un hijo.
Por lo tanto, en el mundo antiguo ya es clara la consciencia de que el "fruto del útero" ya es una persona, si se habla de un "hijo": el hijo evidentemente es un individuo humano de la misma especie del genitor. Los Antiguos, sin necesidad de ser metafísicos del nivel de Aristóteles y de Platón, tenían ya ese sentido ontológico de la persona, por lo cual no estaban como nosotros los modernos en crisis por la evolución del individuo humano, tanto que, como es bien sabido, antiguamente se concebía el espermatozoide como un ser humano enormemente pequeño, mientras que el seno femenino no era más que un simple vaso o recipiente que debía recibir, custodiar y hacer crecer el pequeñísimo homúnculo introducido por el varón.
Naturalmente, esta concepción ha sido desmentida por la ciencia moderna, pero esta idea de los Antiguos es una imagen perfectamente conforme, por más ingenua que sea, a esa concepción ontológica de la persona que hoy hemos perdido para desposar con un evolucionismo necio que no logra ver la permanencia del mismo sujeto más allá de sus cambios y aumentos accidentales, espantosamente impresionados como estamos por la categoría de la cantidad -mentalidad típicamente materialista- en detrimento de la cualidad, categoría ligada a la verdadera filosofía y a la inteligencia metafísica de la sustancia humana.
Para confundir las cosas, como si los antes mencionados equívocos no fueran suficientes, llegó en el siglo XVII, y todavía está floreciente, la concepción cartesiana de la persona como res cogitans y precisamente como "autoconciencia", poniendo en ello la esencia de la persona, con la consecuencia idealista expresamente afirmada por Descartes, según la cual, si el ser de la persona depende de la conciencia que ella tiene de sí, es decir, del "yo", "cuando duermo, no existo". De tal modo, quien no es consciente de sí no es persona.
A esta concepción de la persona seguirá luego la de Fichte y la de Hegel, para quienes la persona es "relación al no-yo", o la concepción de Marx, para la cual el individuo es el "ser social". Quien no socializa (con el partido comunista) no cuenta para nada. En este caso, quien no se relaciona con los otros por medio del pensamiento y de la voluntad, sea la sociedad o sea Dios mismo, no es persona.
Con estas concepciones de la persona es muy fácil entender cuál podrá ser la suerte que lícitamente se puede reservar al embrión o al feto: ellos no tienen conciencia espiritual de sí, no se relacionan con otros por medio del entender y del querer. Por tanto, no son personas. Y por tanto pueden ser suprimidos al surgir cualquier motivo considerado válido o en nombre de la "ciencia".
Como se sabe, la moderna ciencia genética, con el famoso descubrimiento del ADN, viene en ayuda de la visión tradicional que está convencida de la existencia de la persona desde el primer instante de la concepción, o desde el momento -diríamos hoy- de la formación del cigoto, individuo completo en sí, como resultado de la fusión de los dos gametos masculino y femenino.
En efecto, es ese mismo cigoto el que, por medio de multiplicación y de división celular, permaneciendo en sí mismo cualitativamente aunque no cuantitativamente el mismo individuo, sucesivamente formará y diferenciará aquellas que son las diversas estructuras neurológicas y los diversos órganos biológicos y sensitivos, estructuras y órganos que constituirán la base física que hará posible el ejercicio de las actividades psíquicas y espirituales de la persona adulta.
Esta convicción de que la persona exista, como "hijo", desde el primer instante de la concepción, está confirmada por la misma doctrina de fe, enseñada por la Iglesia desde los primeros siglos, según la cual Dios crea directamente el alma en el mismo momento en el cual se forma lo concebido, es decir, como decimos hoy, en el momento de la formación del cigoto. Por eso, sostener, como Vito Mancuso, que el alma del hijo es generada por los padres como ocurre en los animales, no es sólo un error filosófico sino también una herejía.
Desde un punto de vista filosófico, en efecto, hay que decir que una forma espiritual subsistente como el alma humana no puede ser el resultado de una precedente evolución biológica como es aquella dada por la formación y por la conjunción de los dos gametos, cuya vida pertenece al simple plano físico, mientras que el alma humana se sitúa en un nivel ontológico, el espiritual, que es inmensamente superior, por lo cual el hipotetizar que ella pueda ser el efecto de una actividad vital inferior, ofende el principio de causalidad que dice que lo menos no puede causar lo más.
Para usar un parangón simplicísimo: si yo levanto 100 kilos, significa que tengo la fuerza para levantar 100 kilos; un niño que puede levantar acaso 10 kilos no puede levantar 100 kilos. Si eventualmente lo hiciera, habría que decir que ha intervenido una fuerza externa a él. Así de modo similar, siempre para respetar el principio de causalidad, se debe decir que los genitores o padres no tienen en sí la fuerza generativa suficiente para hacer que el cigoto sea animado por un alma espiritual.
Alguien podría preguntar: ¿por qué se requiere una intervención inmediata de Dios? De hecho, también Mancuso dice que el alma humana es creada por Dios, sin embargo, según él, es a través de los genitores por los cuales sería engendrada. ¿Por qué, en cambio, la Iglesia y la sana filosofía dicen que los padres no pueden engendrar el alma de su hijo? Porque el alma humana, siendo una forma espiritual, es decir, ontológicamente simple, o sea no compuesta de partes, no puede ser la culminación ni el completamiento ni el término ni el vértice de una precedente evolución, como en cambio ocurre para la formación del cigoto.
En cambio, el alma humana es una forma simple en cuanto que, a diferencia del cigoto, no constituye el estadio o la etapa final de una precedente evolución que implica la adición de partes a partes, típica de las sustancias vivientes compuestas, que solo pueden ser generadas en cuanto el generar implica precisamente el hacer surgir explícitamente en el viviente las partes del sujeto precedentemente existentes en él sólo potencialmente o virtualmente. Pero precisamente porque el alma es una forma simple, por eso su existencia sólo puede surgir por creación y no por generación.
La Iglesia, como sabemos, se esfuerza en muchas ocasiones por denunciar crímenes o pecados contra la persona en el campo de las operaciones o manipulaciones genéticas o en la fecundación artificial o respecto a la práctica del aborto o de la matanza de embriones o otras acciones similares. Lo que sigue siendo siempre necesario hoy es proporcionar los motivos de fondo de estas graves indicaciones morales de la Iglesia, y tales motivos residen precisamente en la debida recuperación de una concepción ontológica y sustancialista de la persona, según la clásica definición de Boecio: "subsistencia individual de una naturaleza racional" (individua substantia rationalis naturae).
Es sólo esta concepción la que reconoce en plenitud la dignidad inviolable de la persona, sobre todo si es inocente e indefensa. La concepción moderna, que subraya o enfatiza el valor de la conciencia, de la libertad y la actitud relacional, indudablemente ha hecho aportes significativos para clarificar esta dignidad desde el punto de vista del actuar propio de la persona. El error ha sido el de resolver el ser en el actuar, pero sólo en Dios el ser se identifica con el actuar. En la creatura, el actuar presupone el ser y el ser puede existir también sin el actuar. ¿Qué acción espiritual se pretende que pueda hacer el embrión en el vientre de la mamá? Pero no por eso él no continúa siendo persona.
Entonces se mantiene siempre el hecho de que la persona debe en cualquier caso ser respetada como tal, actúe o no actúe, se relacione o no se relacione, y esto es posible si ponemos la esencia de la persona no en el plano del accidente o de la propiedad o del actuar de la persona, sino en el plano de la sustancia o, dicho en otras palabras, si concebimos la persona como sustancia de una naturaleza compuesta de cuerpo y de alma espiritual, sustancia que se constituye ya en su completitud esencial en el momento de la concepción, antes incluso de que sea capaz de expresarse como persona, ese momento de la concepción que hace decir a la mamá feliz: "¡He concebido un hijo!".
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 6 de mayo de 2012
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Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum persona humana existat ab ipso conceptionis momento
vel solum cum conscientiam et relationem acquirat
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod persona humana non existat ab ipso conceptionis momento.
1. Nam embryonem caret conscientia sui et relatione ad alios, unde non potest haberi pro persona, cum essentia personae consistat in autoconscientia et facultate relationis. Si esse personae pendet a cognitione sui ipsius, qui non est conscius sui non existit ut persona.
2. Praeterea, anima humana, cum sit forma spiritualis, videretur posse oriri ut culmen evolutionis biologicae, sicut formae inferiores oriuntur ex coniunctione gametorum. Non ergo requireretur immediata Dei interventio, sed anima posset generari a parentibus sicut in animalibus.
3. Item scientia moderna tenet individuum humanum gradatim constitui, et personam non existere ab initio, sed solum cum organismus pervenerit ad certum gradum progressionis neurologicae et sensitivae, quo fieri possit exercitium activitatum psychicorum et spiritualium.
Sed contra est quod doctrina Ecclesiae constans docet Deum immediate creare animam eo ipso momento quo conceptus formatur. Philosophia classica definit personam ut subsistentiam individualem naturae rationalis, quod implicat personam existere per suum esse, non per suum agere. Scriptura quoque sacra distinguit inter generare et facere: filius generatur, non fit, quia filius est persona, non obiectum artis technicae.
Respondeo dicendum quod persona humana existit ab ipso conceptionis momento, quia zygotes, ex coniunctione gametorum masculini et feminini proveniens, est iam individuum completum in se, qualitative idem ac futurus adultus, licet non quantitative. Eo momento Deus creat animam spiritualem, formam simplicem et subsistentem, quae non potest esse effectus evolutionis biologicae nec actionis parentum, cum minus non possit causare maius. Generatio corporalis materiam praeparat, sed infusio animae est opus immediatum Creatoris. Anima humana, cum sit ontologice simplex, non potest esse terminus evolutionis quae implicat additionem partium; eius existentia solum per creationem oriri potest, non per generationem.
Ergo filius conceptus est persona ab ipso primo momento, etiamsi nondum agat nec se referat. Dignitas personae non pendet a conscientia nec ab actione, sed a ipso esse, quod in creatura praecedit agere. Solus Deus est cuius esse cum agere identificatur; in homine agere praesupponit esse. Quapropter embryonem, etiamsi nondum manifestet activitatem spiritualem, plenitudinem ontologicam personae iam possidet. Haec conceptio ontologica et substantialistica personae, secundum definitionem Boethii, est sola quae plenarie agnoscit dignitatem inviolabilem concepti innocenti et indefensi.
Ad primum dicendum quod conscientia et relatio sunt proprietates accidentales esse personalis, non essentia; unde earum absentia conditionem personae non tollit.
Ad secundum dicendum quod anima humana, cum sit forma spiritualis simplex, non potest ex causis materialibus nec ex evolutione biologica procedere, sed solum ex immediata creatione divina.
Ad tertium dicendum quod progressio corporalis identitatem substantialem subiecti non mutat, quae ab initio conceptionis manet eadem; scientia moderna, per inventionem ADN, hanc permanentiam confirmat.
JG
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