¿No es estremecedor que el idealismo, infiltrado incluso en la Iglesia, se presente como teofanía del Absoluto y no soporte corrección ni crítica, ni siquiera del Papa o del Magisterio? ¿Qué significa que quienes se consideran pequeños dioses terminen persiguiendo a los buenos católicos mientras favorecen a los herejes y modernistas? ¿No es inquietante que su ética se reduzca a egocentrismo, arribismo y arrogancia, disfrazados de progreso, libertad y diálogo, pero en realidad marcados por hipocresía y doblez? ¿Qué consecuencias tiene que el sufrimiento sea interpretado como parte de una dialéctica divina, donde el mal se vuelve necesario y hasta motivo de gozo? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli muestra cómo el idealismo, bajo apariencia de genialidad y espiritualidad, desemboca en impiedad y gnosticismo, y recuerda que la Iglesia, sostenida por el Espíritu Santo, posee siempre los medios para purificarse y renovarse frente a tales peligros. [En la imagen: fragmento de un retrato de Karl Marx en 1875].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
jueves, 18 de junio de 2026
Las consecuencias éticas del idealismo
Las consecuencias éticas del idealismo
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en Riscossa Cristiana el 30 de noviembre de 2012. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/le-conseguenze-etiche-dellidealismo-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)
Como he tenido modo de señalar varias veces en este sitio, uno de los aspectos principales del actual modernismo radica en el intento de concebir un nuevo catolicismo que interprete la Revelación divina ya no utilizando, como todavía prescribe la Iglesia, la filosofía de santo Tomás de Aquino, sino el idealismo que va de Descartes a Hegel.
Algunos, los más astutos, a fin de no llamar la atención acerca de esta deshonesta operación, se esfuerzan, haciendo saltos mortales, por demostrar que en el fondo hasta santo Tomás era un idealista. Esta es la línea iniciada hace alrededor de ochenta años en la Universidad Católica de Milán por Gustavo Bontadini, discípulo de Gentile, el principal de los hegelianos de Italia del siglo pasado. Ya he hablado recientemente de estos dos filósofos en este sitio.
Otros, en cambio, conscientes de la incompatibilidad del idealismo trascendental con el realismo tomista, fundado sobre el realismo bíblico, y aprovechándose de la ingenuidad o de la connivencia o de la falta de vigilancia de la autoridad eclesiástica, tranquilamente han abandonado a santo Tomás, para construir un "Curso fundamental sobre fe" ¹, donde, aunque con la pretensión de interpretar la Escritura y la Tradición, el realismo bíblico es descaradamente sustituído por la así llamada "experiencia trascendental atemática preconceptual" de Karl Rahner, de claro origen hegeliano y heideggeriano, aunque maliciosamente y con picardía en este libro Rahner nunca nombre a estos autores.
Como es bien sabido, el dogma fundamental del idealismo es la identificación de lo real con lo ideal ², al contrario del realismo que, en cambio, distingue lo ideal de lo real y plantea lo ideal (ens rationis) como representación o modelo mental de lo real (ens reale), el cual es creado por Dios y es externo a la idea humana, distinto de esta idea, la cual es producto de la razón humana.
En cambio, para el idealista no existe un real externo a mí -esto es "ingenuo realismo" dicen ellos- sino que el ser coincide con mi pensamiento o con mi "idea". No hay una idea de lo real distinta de lo real, sino que la idea de lo real es el mismo real. Por eso al final, dado que lo real está absorbido en mi pensamiento, ya no es necesario un Dios que justifique la existencia de lo real, y se acaba así en el ateísmo.
De ahí el nombre de "idealismo". La experiencia externa es sólo apariencia. La única verdad está dada por la "autoconciencia", inicio a la vez del pensamiento y del ser (el cogito de Descartes). La verdad, por tanto, no se obtiene de los sentidos, aunque sea con la intervención del intelecto, según la gnoseología tomista, sino sólo del cogito.
El idealista, por lo tanto, no afirma la existencia de esa cosa, porque haya contactado con los sentidos esa cosa, existente fuera de sí antes de que la pensara e independientemente del hecho de que el idealista la pensara, sino que esa cosa existe y es lo que es en cuanto la piensa y es pensada por el idealista. No se plantea la necesidad de distinguir un "afuera" (extra animam) y un "adentro" (in anima) respecto al pensamiento. Así como no hay nada fuera del pensamiento, no es ni siquiera necesario decir que todo está en el pensamiento, sino que simplemente se debe decir que el ser coincide con el pensamiento.
Algunos, como Bontadini, que van aún más lejos que Gentile, que habla de "autoctisi" o "autoconcepto" como pensar que pone o "crea" el ser o sea se pone a sí mismo como ser, también rechazan esta posición, en cuanto que -dicen ellos- mantiene todavía un residuo de realismo, es decir, de distinción entre pensamiento y ser. Pero en el momento en el cual pienso, dicen ellos, este pensar es ya ser como ser pensado. Y por otra parte, el ser no es otra cosa que mi pensamiento.
El ser, en definitiva, para los idealistas, no es externo al pensamiento o presupuesto al pensamiento. No trasciende tampoco al pensamiento, ni es regla de verdad del pensamiento ³, sino que la verdad radica sólo en la "autoconciencia", es decir, en el hecho de que, según el cogito cartesiano, el pensamiento es consciente de sí mismo. La primera verdad no está en el ser, sino en el pensamiento. Del pensamiento se deduce el ser y no a la inversa. El primum cognitum no es, como en santo Tomás, el ente, sino el pensamiento (idea).
Por lo tanto, el pensamiento sustituye al ser o lo absorbe totalmente en sí mismo o, como dicen los idealistas, el ser "se resuelve en el pensamiento". El pensamiento no es relativo al Absoluto como ser, no es relativo al ser, sino que es él mismo el Absoluto; es intrascendible. No hay un ser más allá y por encima del pensamiento, sino que el ser está sólo en el pensamiento, inmanente al pensamiento. El ser es el ser pensado. No existe un ser no pensado, en cuanto que el idealista considera que en el momento en el cual lo piensa, deviene pensado. Por lo tanto, no existe nada en lo cual el idealista no piense. ¡Qué inteligencia!
Todo al final es pensamiento, como dice Gentile, también la materia. Todo piensa y todo es pensado. De lo cual se puede ver bien cómo el idealismo se puede revertir en materialismo y su fingido teísmo esconde el ateísmo, como resulta históricamente con claridad del hecho de que Marx deriva de Hegel: si la materia se resuelve en el pensamiento, entonces será posible el proceso inverso: resolver el pensamiento en la materia y el juego está hecho.
No hay nada para el idealista que sea otra cosa que su pensamiento, ni siquiera Dios. También el otro, en efecto, según él, en cuanto pensado por él, se identifica con su pensamiento, con su idea. Por consiguiente, no existe para él un Dios real y trascendente, sino que Dios para él existe en cuanto pensado por él. El Dios del idealista no ha creado al idealista, sino que es un Dios puesto por el pensamiento mismo del idealista, es una idea del idealista, el cual por tanto, en el momento en el cual piensa a Dios, es él mismo Dios. De aquí el desenlace o salida panteísta del idealismo.
No existe para el idealista un pensamiento como simple facultad de pensar o pensar en potencia, por tanto inicialmente vacío de contenidos ("tabula rasa"). Por el contrario, el pensamiento humano es concebido como originariamente ("a priori") pensante (res cogitans), el pensamiento es siempre "acto del pensamiento", como si fuera el mismo pensamiento divino, proyectador de las cosas o idea creadora de las cosas, incluso antes de hacer la experiencia de las cosas o -digámoslo lisa y llanamente- incluso antes de la existencia de las cosas, visto que el existir coincide con el ser pensado.
En suma, el idealista se considera un pequeño dios creador del mundo y de sí mismo, dotado por lo tanto de una libertad absoluta e ilimitada, visto que, modestia aparte, él mismo en el fondo (muy en el fondo) es Dios. En efecto, como ya decía Fichte, el Yo, que es el Absoluto, se pone a sí mismo. Y por lo tanto es ley para sí mismo. No debe rendir cuentas a ningún Dios trascendente, que no existe, porque nada está fuera del yo y de su pensamiento. Y si se debe admitir un "yo empírico", éste, como dirá más tarde Hegel, no es más que un "momento" pasajero del Absoluto o, como dirá Severino, es el "aparecer" de lo "Eterno".
¿Cuáles son las consecuencias morales de esta visión? ¿Cuál ética deriva del idealismo? No es difícil imaginarlo, aun cuando los idealistas hablan poco de temas éticos o sociales, todos fijos como están en la temática del "yo" y del "Absoluto" y conscientes de que esos temas los obligarían a moderar las florituras del pensamiento y a descender a pactos con ese realismo que ellos aborrecen y que les obligaría a reconocer los límites, los condicionamientos y las miserias de la naturaleza humana, que ellos en cambio quieren resolver con mera retórica en el "espíritu que se autotrasciende hacia Dios como horizonte de la trascendencia humana", para usar una definición de Karl Rahner.
El mismo comportamiento de los idealistas muestra en los hechos cuál es su ética. Describámosla con una serie de comportamientos que la caracteriza.
Egocentrismo, egoísmo, absolutismo. Hemos visto que para el idealista, todo es su pensamiento, todo se resuelve en su pensamiento, todo es pensado por él, todo origina de él y todo es por él, todo debe girar en torno a él. En sustancia existe sólo él, así como el Absoluto es uno solo. Todo el resto debe estar ordenado a él. Y solo él puede dar el permiso para existir. Lo que él no piensa no existe. Por fortuna, sin embargo, como hemos visto, no hay nada en lo cual él no piense.
La alteridad es algo puesto por él y en él, en el horizonte de su pensamiento y de sus intereses. ¿Pero cuál es su interés de fondo? Evidentemente afirmarse a sí mismo, ya que él es el Absoluto. De ahí su extremo egoísmo, un egoísmo voraz e insaciable y también quisiera decir desesperado, triste y melancólico, por el hecho de que en el fondo sabe bien que se engaña a sí mismo y que no posee lo que cree poseer, pero su orgullo le impide reconocer su error, en virtud de su misma visión de fondo que lo pone en la jaula de su propio yo, tremendamente solo y aislado de todo, en una especie de "autismo" espiritual, sin compañías ni humanas ni divinas, sin poder comunicarse realmente con otros sujetos reales que no son más que fantasmas de su pensamiento, sin poder por tanto enriquecerse con los tesoros de los otros.
Ilusionándose de ser la fuente del ser gracias al hermoso cogito de Descartes revisado y corregido por Fichte, se siente, como Heidegger, fundado al fin de cuentas sobre la nada. Es lo que correctamente se ha llamado "solipsismo". ¿Cómo solucionar esta situación desesperante? No queda más que aferrarse furiosamente a esta vida en una búsqueda espasmódica del consenso y del éxito, porque él está convencido de existir sólo si es pensado y estimado por los otros. Para Hegel la dignidad del individuo está dada por el hecho de "ser reconocido por los demás", así como para el comunista el sentido de su existencia es el de ser miembro del Partido.
Arribismo, arrogancia, prepotencia
El idealista, que considera su propio yo como el Absoluto, debería considerar, si fuera coherente, también a los otros como Absolutos. Sin embargo, consciente del hecho de que el Absoluto es uno solo, se advierte solo a sí mismo como el verdadero y único Absoluto. A los otros, en su opinión, los cree egocéntricos como él (y no siempre está del todo equivocado). ¿Pero cuál es la consecuencia que él saca de esta convicción? Que él, para poder afirmarse a sí mismo como el verdadero y único Absoluto, no puede más que combatirlos en la medida en que le hacen sombra, o no se ponen a su servicio y no reconocen su divinidad. Homo homini lupus.
Por lo general, el idealista tiene grandes capacidades de vendedor, es culto y dispone de una oratoria fascinante. Propone ideales audaces pero falsos, capaces de atraer a los tontos y a los ambiciosos. Convence a los otros de ser apariciones del Absoluto. A veces entre los idealistas existen tipos geniales. Pero también la herejía, como ha observado recientemente el cardenal Biffi ⁴, puede tener la apariencia de la genialidad. Por lo tanto, es necesario tener cuidado de los idealistas con la máxima circunspección.
Los idealistas normalmente hacen camarilla entre ellos, para impresionar a los realistas, pero en realidad se socavan entre sí considerando el deseo de cada uno de sobresalir sobre los demás. Así se ve el disenso de Kant hacia Descartes, el desprecio de Kant por Fichte, la ruptura de Schelling con Fichte, el rencor de Schelling por Hegel, etc.
Ellos, a fin de satisfacer su ambición de sobresalir por encima de todos y quisiera decir también sobre Dios mismo, -alguno de ellos habló de "oltre Dio"- usan hacia el prójimo una doble línea: a quien cae en su red, lo colman de atenciones y de favores, haciéndoles partícipes de su divinidad, pero con el propósito de crearse un grupo de fieles servidores, dispuestos a defender al Numen, tal vez con medidas policiales, en el caso de que se osara de algún modo oscurecer su fama o profanar su Nombre.
Por el contrario, frente a aquellos que se atreven a hacerles alguna crítica, incluso por bien fundada que sea, sean quienes sean, fuera incluso el Papa o el Magisterio de la Iglesia, asumen una actitud de desprecio que puede llegar también a la venganza y a un odio implacable. Como se consideran "teofanía del Absoluto", no soportan recibir ninguna observación, así como para el hombre piadoso no tendría sentido criticar a Dios o intentar corregirlo.
Estos idealistas, infiltrados en la Iglesia, aspiran a los primeros puestos y a ascender los grados de la Jerarquía, tal vez afectando doctrinas como las de la "Iglesia desde abajo" o de los "grupos de base" o de la "Iglesia popular" contra la visión "piramidal", "monárquica" y "autoritaria" del Papa y de la Jerarquía. Arribados luego a estos puestos ya sea con la astucia o con la adulación (¿incluso con algún soborno?), haciéndose pasar por continuadores del Concilio Vaticano II, y exponentes de una Iglesia "moderna", se convierten en una verdadera y propia desgracia para los buenos católicos, a quienes comienzan a perseguir, no importa si son teólogos u obispos, mientras favorecen y defienden a los herejes y a los modernistas, en abierta o encubierta desobediencia al Papa y al Magisterio de la Iglesia.
Euforia arrogante, alegría desbocada
La visión inmanentista y panteísta lleva al idealista a creer que la plenitud de la alegría no debe posponerse a un mundo futuro en el más allá de la muerte, sino que ya se encuentra ahora y aquí en esta tierra. Por eso uno de ellos dice: "todo está bien como está". Excepto que, sin embargo, no puede ignorar la existencia del mal y del sufrimiento, aunque, mientras todo le vaya bien a él, él disfruta al máximo de los placeres de la vida presente sin preocuparse de nada más.
Pero también llega para el idealista el momento de la desgracia y de la desventura, aparte del continuo remordimiento de la conciencia por su soberbia y su impiedad: el "gusano que no muere" (Mc 9,48). Él, para no reconocer haberse equivocado, aparenta un comportamiento desafiante, seguro de sí, una especie de actitud de provocación, para no dejar aflorar su tormento interior, que sería la única dignidad que le queda, la verdadera voz de Dios, regocijándose en cambio inmoderadamente en las banalidades y en las tonterías de lo cotidiano. Así da a los demás la impresión de la bondad de sus ideas, que en realidad trata de dejar de lado precisamente lanzándose a los placeres del día. En particular, disfruta haciendo esto frente a sus enemigos, con la esperanza de perturbarlos.
Sin embargo, en el momento del sufrimiento que Dios le envía, el idealista no lo aprovecha en absoluto para arrepentirse y expiar, dado que para él el sacrificio de Cristo es un "mito", sino que ya tiene preparada la explicación de lo que le sucede: su visión dialéctica de la vida y de la divinidad, donde el bien está necesariamente y eternamente conectado con el mal. El sufrimiento no se puede quitar: se debe gozar con él y casi también por él. Y no porque se piense en el sacrificio de Cristo, sino porque es válido en sí mismo. Como dice Nietzsche: "Danzar en el infierno".
Se trata, como ya decía Hegel sobre las huellas de Giordano Bruno, del "mágico poder de lo negativo", que hace desencadenar el resorte del "progreso" y vuelve posible la actuación de la divina potencia del hombre. En efecto, como es bien sabido, en la dialéctica hegeliana la identidad no disuelve la contradicción, sino que existe al lado de la contradicción. Así entonces, para un idealista de hoy, Dios no anula el sufrimiento, sino que existe "al lado" del sufrimiento.
En todo caso, el idealista católico practica con circunspección una especie de esoterismo, un poco como en las sociedades secretas, es decir, en el plano de las relaciones públicas, con una conducta externamente normal, pretende atraer a su red a los incautos o a los ambiciosos (pocos elegidos), que aspiran a su "anagogía", y que, impresionados por su genialidad, desean ponerse bajo su guía de maestro de mística y mistagogo, y escalar hacia las cumbres inefables de la Sabiduría suprema, del "Puro Pensamiento", desde lo alto del cual -he aquí el gnosticismo- los mismos dogmas del catolicismo aparecen como cuentos de hadas para niños.
Sin embargo, el idealista debe regularse con mucha prudencia en su proceder, pues debe saber dosificar el momento en el cual puede instilar el veneno y aquel en el cual debe aparecer como un católico normal, para no despertar sospechas por una parte, pero por otra, para llevar a cabo su diabólico plan.
Hipocresía, impiedad, doblez
Los idealistas infiltrados en la Iglesia tienen así un estilo similar al esoterismo de la masonería. Trabajan en sus relaciones sociales sobre un doble plano: un plano externo, a la vista de todos, que en el lenguaje iniciático se llama, con antiguo término que se remonta a la filosofía griega, "exotérico". Sobre este plano, a fin de procurarse la estima de las personas honestas y de los buenos católicos, se muestran ortodoxos y moralmente irreprensibles.
Pero en particular, dado que a ellos al fin de cuentas no les interesan los valores verdaderamente honestos, sino simplemente lo que está de moda, donde atraer consensos, fingen creer en aquellos que son los valores de nuestro tiempo que mayormente atraen, por ejemplo, los ideales del progreso, de la libertad, del diálogo, del pluralismo, de la tolerancia. Luego de lo cual tratan de parecer modelos perfectos en la actuación de tales ideales, aunque íntimamente no crean en ellos o los alteren según los gustos de la gente. He aquí la hipocresía.
Entonces saben desenvolverse muy bien, sobre todo si son Superiores, entre los católicos normales y los modernistas, sin dar a entender de qué parte están, en la convicción de que actuando de tal modo están por encima de los partidos, favorecen la paz y dejan contentos a todos, mientras que en realidad no agradan a nadie, dejan que los prepotentes opriman a los débiles, que venga insultado el Evangelio, que venga blasfemado Cristo, mientras no corrigen los errores ni quitan las injusticias. He aquí la duplicidad, compañera de la cobardía. No son "ni fríos ni calientes" (Ap 3,15).
En fin -lo peor de todo- la impiedad. El Dios del idealista no es el verdadero Dios trascendente del cristianismo, sino que es un Dios falso, que al final coincide con ellos mismos o bien, siendo inmanente al mundo, sin los verdaderos atributos divinos (por ejemplo, el "devenir" de Dios o la coexistencia en él del bien y del mal), recuerda de cerca al "Dios de este mundo", del cual habla Cristo y que no es otro que el demonio.
Conclusión
Cristo ha fundado su Iglesia previendo en ella la existencia de pecadores y de escándalos, pero también dándole a ella, en su santidad, los ejemplos santos a seguir, los medios válidos para purificarla. Ella no tiene necesidad como otras sociedades, de sacar de fuera de sí misma los medios y los objetivos de sus reformas, sino que, gracias a la presencia en ella del Espíritu Santo, tiene siempre la fuerza para recuperarse de cualquier decadencia y para resguardarse de cualquier peligro. No nos desanimemos y como buenos católicos no dejemos que los modernistas nos distraigan de nuestros objetivos y hagamos uso de estos medios, que son numerosos y que en la historia de la Iglesia siempre se han mostrado eficaces y precursores de nuevo y luminoso progreso.
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 30 de noviembre de 2012
Notas
¹ Tal es el título de un famoso libro de K.Rahner, publicado por las Ediciones Paulinas en 1978, en clara oposición a lo que habría luego de ser publicado por la Editrice Vaticana como Catecismo de la Iglesia Católica.
² Véase el famoso dicho de Hegel: "Lo que es real es racional, lo que es racional es real".
³ Por lo tanto, viene negado el concepto tomista de verdad como adaequatio intellectus ad rem. La verdad, como dirá Kant, no es más que "adecuación del pensamiento con sí mismo".
⁴ Cf. Cardenal Giacomo Biffi, Il culto della verita, en Il Timone, Año XIV, Noviembre 2012, n.117, pp.48-49: http://www.arpato.org/testi/religione/2012_CardBiffi_Timone.pdf
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum idealismus possit admitti tamquam fundamentum validum ethicae christianae
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod possit admitti.
1. Idealismus, affirmans autonomiam cogitationis et libertatem absolutam ego, videtur exaltare dignitatem hominis, eius creativitatem et responsabilitatem moralem, quod videtur convenire cum imagine hominis ad similitudinem Dei creati. Si cogitatio est principium entis, homo fit causa sui ipsius et sui mundi, atque ita videtur plenius participare divinitatem.
2. Praeterea, idealismus, ponens cogitationem tamquam originem entis, videtur praebere visionem spiritualem et elevatam, quae liberat hominem a materialismo et dirigit eum ad divinum. Si omnia sunt cogitatio, etiam materia ipsa spiritualizatur, et homo potest concipere realitatem ut expressionem sui spiritus.
3. Item, quidam idealistae, sicut Rahner, conantur conciliare experientiam transcendentalem cum fide christiana, ostendentes hominem in sua autoconscientia aperiri mysterio Dei. Sic autoconscientia esset punctum congressus inter rationem et revelationem.
4. Denique, idealismus videtur fovere libertatem et progressum, valores quos Ecclesia legitimos agnoscit cum ad bonum commune ordinantur. Si cogitatio humana est creatrix, homo potest transformare mundum et efficere Regnum Dei in historia.
Sed contra est quod dicit sanctus Thomas, quod ens divinum infinitum transcendit cogitationem humanam, et quod intellectus creatus cognoscit ens per participationem, non per identitatem. Papa sanctus Pius X in encyclica Pascendi damnat inmanentismum qui confundit Deum cum conscientia humana. Sanctus Augustinus docet Deum esse praesentem in anima, sed ut Creatorem distinctum ab ea. Scriptura dicit: “Non sunt cogitationes meae cogitationes vestrae” (Is 55,8). Ergo non potest admitti ethica fundata super identificationem entis cum cogitatione.
Respondeo dicendum quod idealismus, identificans ens cum cogitatione, destruit distinctionem inter Creatorem et creaturam, et per consequens ipsam fundamentum ethicae christianae. Cogitatio humana non est fons entis, sed participatio entis divini. Cum homo se considerat principium absolutum realitatis, fit sibi ipse deus, et libertas eius desinit esse obedientia legi divinae, transformata in autonomiam sine limitibus. Inde nascuntur egocentrismus, ambitio et arrogantia, quia idealista, se putans Absolutum, non agnoscit aliud bonum nisi suum proprium. Moralis eius fit solipsistica: non est proximus realis, sed tantum reflexio cogitationis suae. Religio eius vertitur in pantheismum, ubi Deus non est transcendens, sed idea ego. In praxi hoc ducit ad impietatem et hypocrisim: idealista, etiam in Ecclesia infiltratus, ostendit se orthodoxum et dialogicum, sed revera quaerit dominari, seducere et fidem destruere ab intus. Gaudium eius est arrogantia euforica, passio non purificat eum, quia eam interpretatur ut partem dialecticae divinae ubi malum est necessarium. Sic idealismus, sub specie spiritualitatis, terminatur in atheismo practico et corruptione morali. Vera ethica christiana, fundata in realismo tomistico, agnoscit transcendens Dei, dependentiam hominis et analogiam entis, ubi libertas ordinatur ad bonum et ratio subicitur veritati.
Ad primum dicendum quod dignitas hominis non consistit in autonomia absoluta, sed in participatione entis divini et in obedientia legi aeternae; homo non fit similis Deo quia se credit creatorem, sed quia eius bonitatem reflectit.
Ad secundum dicendum quod spiritualismus idealismi non est verus, quia negando realitatem externam et transcendens Dei, cadit in materialismum vel pantheismum; materia non spiritualizatur, sed dissolvitur in cogitatione.
Ad tertium dicendum quod experientia transcendentalis Rahner non est apertio ad mysterium, sed substitutio mysterii per conscientiam humanam; homo non aperitur Deo cogitando se ipsum, sed agnoscendo suum terminum et dependentiam.
Ad quartum dicendum quod libertas et progressus tantum sunt authentici cum fundantur in veritate entis et in lege divina; extra hoc vertuntur in superbiam et inordinem, et Regnum Dei non efficitur per autosufficientiam hominis, sed per gratiam quae eum elevat.
JG
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