viernes, 19 de junio de 2026

Idealismo y nihilismo

¿No es revelador que el idealismo, desde Descartes hasta Severino, termine por disolver el ser en la nada y abrir paso al nihilismo? ¿Qué significa que el cogito cartesiano, lejos de ser verdadero pensar, sea en realidad un dudar que bloquea el intelecto y lo priva de su objeto? ¿No es inquietante que la filosofía moderna, pretendiendo rehacer el pensamiento desde cero, haya acabado por oscurecer el sentido del ser y sumir al hombre en la angustia existencial y el solipsismo? ¿Qué consecuencias tiene que esta mentalidad se infiltre en la Iglesia, transformando el Catecismo en un guión teatral y la verdad revelada en materia de manipulación? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli muestra cómo sólo el realismo tomista, atento al ser y a la diferencia abisal entre el ser y la nada, puede preservar la dignidad del hombre y la fidelidad a Dios frente a las seducciones del idealismo y del nihilismo. [En la imagen: Jean Paul Sartre].

Idealismo y nihilismo

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en Riscossa Cristiana el 6 de diciembre de 2012. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/idealismo-e-nichilismo-di-pgiovanni-cavalcoli-op/)

El gran valor del realismo gnoseológico, que brilla particularmente en santo Tomás de Aquino, es la atención a lo real, tanto en su concreción como en su universalidad, el sentido del ser, la estima por el ser y por tanto el empeño del intelecto para adecuarse al ser de las cosas, a captar las cosas como son, a respetarlas en su singularidad, en sus contornos esenciales y en su objetividad, independiente de nosotros pero dependiente sólo del poder creador divino, esas cosas que nos son dadas por la bondad divina a fin de que las usemos para nuestro propio bien y para la gloria de Dios.
Nuestro mismo ser y el de las otras personas es entre esas realidades la más noble y por tanto también con respecto a ese ser nos es impuesto el deber de reconocerlo tal cual es, de respetar sus leyes y sus fines para obtener esa felicidad que todos espontáneamente buscamos.
El realismo impone también reflejar el ser objetivo en nuestro pensamiento, en nuestros juicios y en nuestra palabra, para luego comunicar a los otros, en espíritu de servicio, el conocimiento adquirido y escuchar a los otros en cuanto de verdadero ellos han adquirido gracias siempre al método del realismo, que significa en el fondo ser honestos y leales hacia lo real y hacia la verdad.
El realismo impone tomar siempre como regla del pensar el ser objetivo y externo o también la voz de la conciencia rectamente informada, y no nuestros preconceptos o ideas fijadas apriorísticas arbitrariamente dadas por sentadas y no verificadas sobre lo real. De tal modo estamos siempre dispuestos a corregirnos de los errores y también a ayudar a otros caritativamente a corregirse de sus propios errores.
Atención y estima por el ser quiere decir, en consecuencia, atención y estima por todos los valores, desde los más pequeños hasta los más grandes, reconocidos en su escala jerárquica, en su variedad, en su orden, en su origen y en su finalidad, estima por lo existente, por lo verdadero, por el bien, por la vida, por el amor, por la virtud, por los valores del espíritu, por el placer que viene de la consecución de estos bienes y del recto ejercicio de nuestra actividad según los dictados de la moral.
Sentido del ser quiere decir saber distinguir el propio pensamiento o concepto del ser o de lo real del mismo ser y real -la cosa en sí de la cosa según mi- y por tanto no reducir el ser al ser pensado como hacen los idealistas que terminan por dar cuerpo a las sombras, al cambiar la realidad por su propia fantasía y por no decir con sus propias alucinaciones. "No es la piedra lo que está en el alma -dice el sabio Aristóteles- sino la imagen de la piedra" o como decía aquel personaje de Shakespeare a su amigo: "Hay muchas más cosas en la realidad, querido amigo, de cuantas están en tu mente".
Sentido del ser quiere decir entonces saber distinguir la apariencia de la realidad, el videtur del esse, lo sustancial de lo accidental, lo verdadero de lo falso, lo importante de lo menos importante, lo opinable de lo cierto, lo objetivo de lo subjetivo, lo creíble de lo increíble, lo confiable de lo no confiable, y similares actitudes mentales y morales.
Sentido del ser es, por consiguiente, neta percepción de la diferencia u oposición abisal entre el ser y la nada. También aquí reside el valor del realismo: no confundir el ser con el no-ser. Saber distinguir lo posible de lo imposible o de lo absurdo. Significa percepción de los grados del ser, y por tanto percepción de la diferencia según analogía entre Dios, supremo Ente, Ser absoluto e infinito subsistente, y los innumerables otros entes por Él creados finitos, múltiples, contingentes, devenientes, generables y corruptible, creados por Él de la nada.
Sentido del ser implica la percepción, por tanto, del límite (natural y defectivo) de las cosas y de nuestro mismo ser, de sus potencias, de sus facultades: somos algo, más aún, somos creados a imagen de Dios; pero cada uno de nosotros está ligado al no-ser. Yo no soy tú y tú no eres mí. Lo que yo tengo no lo tienes tú y viceversa. En mi actuar no puedo superar ciertos límites. Por tanto el no-ser: no soy a veces lo que quisiera ser; no soy lo que no puedo o no llego a ser; no soy todavía lo que seré y lo que quiero ser o tiendo a ser o deseo ser. No puedo ya ser siempre lo que he sido.
No puedo hacer que no haya sido aquello que he hecho en el pasado. Incluso en el presente no puedo poner en acto simultáneamente todas mis posibilidades. No puedo resistir a ciertas dificultades o tentaciones. No puedo manejar todo yo solo, no puedo arreglármelas por mi mismo en todo. No soy capaz de actuar siempre sin pecar. Todo esto se comprende si sabemos distinguir el ser del no-ser.
El realismo permite también la percepción de lo falso y del mal, entrambos vinculados al no-ser. Lo falso es falta de adecuación del intelecto a lo real o bien es algo que no corresponde a su modelo ideal. El mal es privación de un bien debido. En todo caso no existe lo que debería ser ni en el pensamiento ni en la realidad.
Por el contrario, en el idealismo, hoy desgraciamente infiltrándose también en el pensamiento católico, como he señalado reiteradamente en este sitio, no obstante ciertas apariencias que lo hacen parecer superior al realismo, no existe un verdadero sentido del ser, ni un verdadero respeto por la realidad. En efecto en el idealismo, a partir de Descartes que es su fundador, parece exaltada al máximo la dignidad del pensamiento, pero en realidad, si prestamos atención a cómo Descartes concibe el pensamiento, nos daremos cuenta, sobre todo de las consecuencias extremas que sus seguidores han extraído de sus principios, que el espiritualismo y el racionalismo cartesianos conducen en última instancia a la anulación del pensamiento y, en consecuencia, a la insensibilidad frente al ser, que es el objeto del pensamiento.
En efecto, la famosa conciencia cartesiana de pensar, el cogito, si prestamos atención, no es verdadero pensar, sino que, en cambio, es un dudar. Es decir, Descartes dice: "dudo, luego pienso". ¡Pero eso no es cierto! El dudar no es un pensar, sino que, como sabiamente señala santo Tomás en el Comentario a la Metafísica de Aristóteles, que expresa la misma idea, el dudar es un bloqueo del pensamiento, y si el pensamiento está bloqueado, ¡no alcanza su objeto, que es el ser!
Por consiguiente, ya en el cogito cartesiano está el germen del nihilismo, no obstante toda la aparente certeza que da el cogito cartesiano. Pero entonces, aun suponiendo (y no concediendo) que yo reconozca pensar, Descartes no dice en qué pienso. Sobreentiende, sí, que pienso en mis ideas. Pero así estamos de nuevo como al principio: él mismo dice, al comienzo de su búsqueda acerca de la verdad del saber, que no estoy cierto ni seguro de que a mis ideas correspondan las cosas externas. ¿Y entonces?
¿Y entonces dónde debe terminar la nueva filosofía de Descartes, aquella que sus altivos discípulos llaman con arrogancia "filosofía moderna", como si hubiera sido su maestro quien descubriera la filosofía? Y ni siquiera es cierto, como dice Bontadini, que Descartes "la ha rehecho desde cero": ¡digamos más bien que la ha estropeado desde el fondo!
En suma, al final, llevando la gnoseología idealista a sus extremas consecuencias, como sucede por ejemplo en Nietzsche o en Sartre y en el fondo también en Heidegger, no obstante su desesperado intento por recuperar el ser, el ser, resuelto en la finitud y en la temporalidad, se debilita y desaparece, todo deviene nada, todo se oscurece, todo pierde su sentido, su significado, su inteligibilidad, cualquier cosa vale tanto como otra, nada tiene más valor, nada ya suscita interés, nada permanece evidente, nada permanece cierto, sino que todo es puesto en duda, no hay conexión con nada: todo es relativo y poco fiable, la comunicación deviene imposible, nos sentimos prisioneros de una soledad horrible ("solipsismo") sin ningún apoyo, sin ningún Dios y sin ayuda de nadie.
Surge la angustia existencial de sentirse suspendidos sobre la nada o colgados de la nada. Kant, el gran maestro de la "razón", ya hablaba del "báratro de la razón": la razón del idealismo, que en el fondo está privada de su alimento que es el ser. Todo así parece provenir de la nada y todo parece ir hacia la nada, como dice Leopardi. El ser se confunde con la nada. El ser es nada. ¿Qué es, al fin de cuentas, la concepción hegeliana del devenir como "ser idéntico a la nada", sino una concepción nihilista del devenir, que ha engañado a Bontadini haciéndole creer que "el devenir es contradictorio"?
En el nihilismo nada nos impulsa a la acción: faltan finalidades e ideales, triunfo de la nada, de la destrucción, de la disolución, del azar, del caos, del mal, de la muerte. Surge, para usar las palabras de Cristo, el "reino de las tinieblas" o, si queremos parafrasear las palabras de Heidegger, "el desierto omnipresente". Surge el freudiano "instinto de muerte". Surge la desesperación, el aburrimiento, el disgusto por la vida y por cualquier cosa, el disgusto por sí mismo. Este estado de ánimo puede conducir fácilmente al suicidio. Y si el sujeto sobrevive, se construye un personaje ficticio, recogido al azar de cualquiera, quizás de una película o de la televisión, mientras que dentro tiene el vacío.
Severino acusa al cristianismo de nihilismo por el mero hecho de que admite una creación divina de la nada (por tanto, un pasaje del no-ser al ser) y la existencia de entes contingentes. Pero está totalmente equivocado. El nihilista es él, con su negación de la existencia del devenir, del espacio-tiempo, de la historia, de lo contingente, de la multiplicidad, de la diversidad, del surgir y del perecer, de la creatividad del hombre.
Contradictoria es la simultaneidad del ser con el no-ser; pero el acto creador no implica en absoluto esta simultaneidad, sino más bien un antes (plano de la posibilidad) de la creación y un después de la creación (plano de la actuación o de la realidad), como la misma Biblia se expresa, aunque por supuesto este "antes" y este "después" no deben ser necesariamente entendidos en sentido temporal sino sólo trascendental.
¿Qué queda en la visión de Severino? Este Ser único, eterno y necesario y nada más. Ningún mundo distinto de este Ser absoluto, que podría dar la impresión de ser Dios, sólo que retira algunos de sus atributos. Sin embargo, no es un Dios creador y trascendente, sino un Dios solitario y voraz que absorbe todo en sí mismo y por lo tanto anula todo en sí mismo.
También la idea de Severino de que todo sea eterno, da la ilusión de un respeto por el ser, pero en realidad es una droga del espíritu que crea estados mentales de autoexaltación, por la cual -característica del idealismo- el sujeto, que se considera "aparición del Ser", resuelve todo lo real en sus ideas, como si él fuera el diseñador y el creador de la realidad y del universo.
En Severino, el ser parece fuerte, porque es denominado "eterno" y "necesario". Pero en realidad, ya que luego para Severino el mundo mismo, que es nada, se identifica con este Ser, he aquí que este Ser, consumido por la nada en su interior, implosiona sobre sí mismo, se desinfla como un globo perforado, y se anula a su vez.
El idealismo, como reconoce el mismo Hegel, surge de un estado de ánimo de "total devastación". Algo similar debió haberles ocurrido también a Lutero y a Descartes. Famoso es el drama de Lutero, que se sentía irremediablemente en culpa y condenado por un Dios irracionalmente arbitrario e inexorable. Igualmente famosa es la duda cartesiana, irracionalmente escéptica acerca de la verdad del sentido y por tanto de la existencia de un ente extramental, a cuya verdad el intelecto no puede adecuarse con sus ideas. El ser permanece extraño al pensamiento, inalcanzable.
Estamos delante de gente que se lanza al báratro con la pretensión luego de salir por si solos, más aún con la presunción, en la cual desgraciadamente muchos creen, de que han salido por sí solos. Por eso sus seguidores, a menudo personas psíquicamente inseguras, reproduciendo en sí mismos la experiencia del maestro, pasan de un estado de total autodestrucción o autonegación a un estado eufórico de absoluta autoafirmación y de arrogante seguridad, de total autocertificación y autorreferencialidad y ay de quien los contradiga, los critique o intente corregirlos. Toman el lugar de Cristo al querer "atraer a todos hacia sí mismos" y se vuelven feroces contra todo adversario.
Naturalmente, a todos les sucede encontrar la angustia, la insensatez, el sentirse que todo se derrumba sobre uno mismo, el estar privados de fundamento, aplastados por sentimientos de culpa, roídos por una duda radical, abatidos por la desgracia o por el duelo o por la enfermedad; pero no por esto la persona humilde y de buen sentido común disfruta de un gusto morboso y voluntario en tales situaciones desesperante s, sino que recurre a las energías que le quedan, invoca a Dios y vuelve al camino.
Pero no sucede así para estos personajes que se consideran los grandes héroes y salvadores de la humanidad. Les encanta describir este drama interior suyo recargando las tintas para resaltar mejor la fuerza y la genialidad de la solución por ellos propuesta, la cual no aparece en absoluto como efecto de una humilde y sincera adhesión a lo real o a la Palabra de Dios, sino como titánica empresa que rehace de nuevo el pensamiento, el ser y el mundo a perenne memoria de las posteridades, que de ahora en adelante con eterna gratitud aprenderán sólo de ellos la verdad, repudiando todo el pasado que, para decirlo con Heidegger, es "historia del error" y para iniciar la nueva era fundada por ellos.
Excepto que, sin embargo, dado que la idea de esta nueva era no tiene ningún fundamento real, sino que es solo el fruto de sus sueños y sus ambiciones, he aquí que todos sus discursos sobre el Pensamiento puro, sobre el Infinito, sobre el Absoluto, sobre el Eterno, sobre la Autoconciencia, sobre lo Trascendental y así sucesivamente, se desvanecen en una pompa de jabón -cuando las cosas van bien-, por lo cual, faltando la verdadera relación realista con el ser, he aquí que asoma y se perfila imparable en el horizonte el espectro lúgubre y tenebroso de la nada.
Y no se trata ciertamente de la "Nada" de la cual hablan los místicos alemanes de los siglos XIII-XIV, expresión también usada por santo Tomás para significar que el Misterio divino es tan trascendente, incomprensible e inefable, que Él es "nada", no ciertamente en sentido absoluto, lo que no sería mística sino ateísmo, sino que es nada de todo lo que nosotros comprendemos con la limitación de nuestra razón, aun iluminada por la fe. Pero en sí, es claro que Dios es Ser infinito.
Algo parecido parece encontrarse también en el Budismo, pero dado que esta doctrina relativiza la conceptualidad, el Nirvana budista, por más beatificador y pacificador que sea, parece ser más un cautivador y dulce estado de confusión mental, que una verdadera iluminación del intelecto acerca de una Verdad absoluta y trascendente, aquel intelecto que no puede pensar en Dios sino mediante conceptos trascendentales, por lo tanto absolutos e inmutables, como sucede en la verdadera mística católica.
También santo Tomás en el Comentario a la Metafísica de Aristóteles, habla de "universalis dubitatio de veritate", pero está muy lejos de cargar de lo inverosímil a este estado de desazón de la mente, como hacen los citados personajes, cuyo drama huele mucho al forzamiento y a la puesta en escena para aparecer a los ojos de los ingenuos como los grandes salvadores de la humanidad que han vencido monstruos horribles y aterradores, imitando la obra redentora de Cristo que vence a Satanás y libera al hombre del pecado. Excepto que Cristo, Hijo de Dios, tenía los títulos para semejante empresa; pero por cuanto respecta a estos personajes, no se ve en base a qué título se presentan como la Verdad finalmente venida al mundo para salvar a la humanidad de las tinieblas del Error.
Desgraciadamente esta mentalidad que caracteriza al idealismo sobre todo en sus desarrollos hegelianos, retomada en el siglo pasado por Giovanni Gentile y en nuestro siglo por Emanuele Severino, también se ha infiltrado en alguna medida entre nosotros los católicos, como he señalado en artículos anteriores.
De ahí la actitud modernista de laicos, sacerdotes, religiosos, teólogos, moralistas, obispos y hasta de algunos cardenales, de situarse ante el Catecismo de la Iglesia Católica no con la veneración que se debe a un sagrado e intangible patrimonio de verdad salido de los labios de Dios, aunque sea a través de la Iglesia, sino como un guion que el director de teatro se reserva el derecho de utilizar y modificar libremente para dar espacio y cabida a la originalidad de su estro artístico, complaciendo los gustos del público.
Es decir, aquí falta totalmente esa actitud mental realista, por la cual el intelecto a la luz de la fe acoge humildemente la realidad tal cual es, tanto la verdad humana como la verdad divina. En cambio, este método idealista, que hace depender el ser del pensamiento, se cree autorizado a modificar los planes y las ideas del Creador en base a sus propios planes e ideas, porque en el fondo se piensa ser "momentos del Absoluto" o "teofanías del Ser", mientras que se es y se sigue siendo más que nunca miserables mortales, llenos sólo de sí mismos.
Desterremos ya, por tanto, toda soberbia, y toda vana ostentación y presunción, reconozcamos nuestra verdadera dignidad de personas e hijos de Dios sometiendo nuestro intelecto y nuestro corazón al dulce imperio de Cristo y obtendremos verdaderamente aquella grandeza y aquella felicidad que vanamente promete el idealismo a los que no soportan el yugo de la verdad, sino que pretenden ser ellos mismos el primer origen de la verdad para imponerse a los demás con un método que no puede ser más que el de la seducción o de la prepotencia.

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 6 de diciembre de 2012

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum idealismus necessario ducat ad nihilismum
et ideo non possit admitti in philosophia christiana

Ad hoc sic procediturVidetur quod non ducat necessario ad nihilismum.
1. Idealismus, exaltans dignitatem cogitationis, videtur praebere fundamentum solidum certitudinis et libertatis hominis. Si cogito cartesianum affirmat conscientiam cogitandi, tunc saltem videtur dare firmum fundamentum contra scepticismum.
2. Praeterea, idealismus, identificans ens cum cogitatione, videtur maiorem valorem tribuere spiritui respectu materiae, liberans hominem a dependentia sensibili et dirigens eum ad absolutum.
3. Item, quidam idealistae affirmant suum systema non destruere ens, sed potius elevare ad planum aeternitatis et necessitatis, sicut in visione Severini, ubi omnia sunt aeterna et nihil perit. Hoc videtur praestare profundius respectum pro ente.
4. Denique, idealismus, concipiens hominem tamquam theophaniam Absoluti, videtur ei conferre dignitatem superiorem, quae eum reddit participem divini et impellit ad mundum recreandum cum creativitate et ingenio.

Sed contra est quod dicit sanctus Thomas, quod cogitatio humana non est principium entis, sed se accommodat enti ut suo obiecto. Aristoteles docet non esse lapidem in anima, sed imaginem lapidis. Scriptura dicit: “Dixit insipiens in corde suo: non est Deus” (Ps 14,1), ostendens quod negatio transcendentis ducit ad impietatem. Magisterium, in encyclica Pascendi, damnat inmanentismum qui confundit Deum cum conscientia humana.

Respondeo dicendum quod idealismus, licet intendat exaltare cogitationem, re vera eam impedit et privat de suo obiecto, quod est ens. Cogito cartesianum non est verum cogitare, sed dubitare, et dubitatio est intermissio cogitationis. Sic iam introducitur germen nihilismi, quia cogitatio, privata de suo obiecto, resolvitur in nihil. Idealismus, identificans ens cum ente cogitato, confundit realitatem cum phantasia et tandem corporat umbras. Inde fit ut in suis extremis evolutionibus, sicut apud Nietzsche vel Sartre, ens debilitatur et evanescit, omnia obscurantur, omnia sensum amittunt, et homo se sentit suspensum supra nihil, captivum solipsismi desperantis. Severinus, accusans christianismum de nihilismo quia admittit creationem ex nihilo, ostendit in re sua contradictionem, quia suum Ens unicum et aeternum, omnia in se absorbens, implodit et seipsum destruit. Idealismus, ortus ex statu interioris devastationis, sicut apud Lutherum vel Descartes, se praebet tamquam heroica reconstructio cogitationis, sed revera est superbia et praesumptio, quae mundum reficit secundum somnia et ambitiones, sine fundamento reali. Ideo in horizonte idealismi semper apparet spectrum nihili. Vera philosophia christiana, fundata in realismo tomistico, distinguit ens a non-ente, agnoscit analogiam entis et transcendentiam Dei, et sic servat dignitatem hominis et veritatem fidei.

Ad primum dicendum quod cogito cartesianum non praestat certitudinem, quia dubitatio non est cogitatio, sed intermissio cogitationis; ergo non praebet firmum fundamentum, sed germen nihilismi.
Ad secundum dicendum quod idealismus non liberat hominem a materia, sed dissolvit realitatem in cogitatione, amittens respectum pro reali et cadens in phantasiam.
Ad tertium dicendum quod aeternitas omnium apud Severinum non est respectus pro ente, sed illusio quae annihilat contingentiam et multiplicitatem, et tandem implodit in nihil.
Ad quartum dicendum quod dignitas hominis non consistit in esse theophaniam Absoluti, sed in esse creaturam Dei; sibi attribuere locum Dei est superbia quae ducit ad impietatem et desperationem.
   
JG

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