martes, 30 de junio de 2026

La pastoral inadecuada

Este nuevo artículo del padre Giovanni Cavalcoli, que con mucho agrado ofrecemos a los lectores de habla española, examina con rigor la crisis de la pastoral posterior al Concilio Vaticano II, mostrando cómo la falta de correcciones ha permitido el resurgir de viejos errores y la difusión de nuevas herejías bajo apariencia de modernidad. ¿No es acaso un engaño pensar que el Concilio anuló las condenas doctrinales de siglos pasados? ¿Cómo puede sostenerse la fe si se la confunde con mera experiencia subjetiva o con filantropía sin verdad? ¿No es relativismo afirmar que todos están ya en la verdad, aunque sus doctrinas se contradigan? ¿No es secularismo reducir el cristianismo a política y evolución cósmica, negando la trascendencia de Dios? El texto del docto y sabio dominico concluye con una llamada urgente a los Obispos: recuperar la estima auténtica por la virtud teologal de la fe, sostener la verdad objetiva y universal, y resistir con firmeza el modernismo que amenaza con vaciar la Iglesia de su misión sobrenatural.

La pastoral inadecuada

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en Riscossa Cristiana el 23 de abril de 2013: https://www.ricognizioni.it/la-pastorale-inadeguata-di-p-giovanni-cavalcoli-op/ y que también volvió a ser publicado el 27 de agosto de 2015, en L’Isola di Patmos: https://isoladipatmos.com/la-pastorale-inadeguata/)

Las intenciones del Concilio Vaticano II

El beato Juan XXIII en el famoso discurso de apertura Gaudet Mater Ecclesia del Concilio Vaticano II, destacó como propósito del Concilio no que fuera tanto aquel de condenar específicos errores del presente, cuanto ante todo aquel de proponer el mensaje cristiano en un estilo y en un lenguaje modernos, adaptados al hombre de nuestro tiempo.
Él Papa precisaba como existieron ya las condenas; ellas estaban presupuestas y no debían ser olvidadas; se trataba, en cambio, de dar la prevalencia al tono propositivo, sin por esto excluir totalmente -lo que no habría tenido sentido precisamente por el carácter pastoral del Concilio- la condena de los errores, y esta condena efectivamente existió, aunque el Concilio se limitara a denuncias genéricas sin entrar en detalles y sin citar los nombres de los autores. Por otra parte, el Concilio decidió abandonar la fórmula tradicional del canon y del anathema sit, lo que de ninguna manera significó que las condenas conciliares pudieran ser tomadas a la ligera.
Así, en el Concilio encontramos la condena del ateísmo, del materialismo, del individualismo, del secularismo, del antropocentrismo, del liberalismo, del relativismo dogmático y moral, de la explotación de los trabajadores, del desprecio por los pobres y los débiles, del delito político, de la carrera armamentista, de la guerra de agresión, del aborto, de las dictaduras, del totalitarismo estatal, del racismo, de la explotación de la mujer y de los menores, de la injusticia social, de las desigualdades económicas.
Por lo demás, el Concilio se preocupó mucho, en la reforma de la Curia Romana, de abolir el Dicasterio encargado de la vigilancia doctrinal y de la defensa de la fe, que hasta entonces había sido llamado "Santo Oficio". En cambio, este oficio, con el nuevo nombre más claro de "Congregación para la Doctrina de la Fe", fue adaptado al espíritu de la renovación conciliar perdiendo aquel carácter de exclusiva y excesiva intervención represiva y sancionadora y adquiriendo un enfoque y un estilo más humanos y evangélicos, por los cuales la refutación razonada y motivada del error tuvo como objetivo la valoración de los aspectos positivos de las doctrinas erróneas y de las cualidades humanas y culturales del equivocado, mediante el uso de procedimientos interpretativos y correctivos más actualizados y el darle seguridad al equivocado de una mayor posibilidad de defenderse y de explicar sus posiciones. Las sanciones, después, se mitigaron. Al mismo tiempo, se abolió el Índice de los libros prohibidos.
Este sabio enfoque del Concilio debería haberse asumido con aquel equilibrio que el Concilio sugería; y en cambio, lamentablemente a menudo en los ambientes del episcopado y de las instituciones académicas, bajo el empuje de los así llamados "progresistas", que en realidad eran cripto-modernistas, comenzó la costumbre, agravándose en estas últimas décadas, de tolerar el reflorecer de viejos errores y el surgir de nuevos, por temor a ser tratados como Pastores pre-conciliares y en la convicción de reconocer así el pluralismo y la libertad de expresión.

¿Qué ha sucedido entonces? 

Ha sucedido que han resurgido numerosos errores ya condenados en el pasado y, al no ser condenados, han provocado en muchos la convicción o la impresión de que la precedente condena había sido superada o anulada por el nuevo clima doctrinal y pastoral iniciado por el Concilio. Esto fue acompañado por el resurgimiento de aquellas ideas modernistas que sostenían la mutabilidad de los conceptos dogmáticos, sin que este lamentable fenómeno hubiera sido adecuadamente reprimido, lo que ha generado en muchos una mentalidad historicista, relativista y evolucionista, que ha favorecido el desprecio de las antiguas condenas y la tranquila asunción de los errores modernos, reconocidos por otra parte como tales sólo por los expertos en la historia de las ideas y de las herejías, ya que en realidad muchas doctrinas presentadas como nuevas y avanzadas, a los ojos de los historiadores serios del pensamiento, son casi siempre el retorno, quizás con diferentes términos o matices, de errores de tiempos inmediatamente anteriores al Concilio o incluso tiempos antiguos o antiquísimos, que se remontan incluso a los filósofos pre-socráticos, como por ejemplo los aforismos de Heráclito, Anaxágoras, Pitágoras, Epicuro, Demócrito, Parménides o Protágoras o las mitologías de la antigua India o de la China.
Podríamos dar muchos ejemplos de estos errores condenados por la Iglesia antes del Vaticano II, que se remontan a lo largo de los siglos hasta el comienzo del cristianismo, errores que siguen siendo tales y que, por tanto, el Concilio no ha negado en absoluto, sino que de hecho el Concilio presupone, al menos implícitamente: la negación de la demostrabilidad racional de la existencia de Dios; la negación de la trascendencia, de la inmutabilidad y de la impasibilidad divinas; la negación de la divinidad de Cristo; la negación de los milagros y de las profecías; la idea de que en Cristo Dios se transforma en hombre; la negación de la Redención y por tanto de la Misa como sacrificio expiatorio y reparador; la negación de la corporeidad sensible de Cristo resucitado; la negación de la jerarquía eclesiástica; la idea de que todos están siempre en gracia; la posibilidad de salvación también para los ateos y para los que están fuera de la Iglesia; la identificación de la Iglesia con el mundo; la idea de que toda religión sea salvífica; la negación de la pareja primitiva y de la transmisión de la culpa original por generación; la idea de que Dios no castiga sino que brinda solo misericordia; Dios perdona incluso a los que no se arrepienten; la negación de la existencia de los condenados en el infierno; la negación de la existencia del diablo; la concepción del hombre como ser sobrenatural o divino; la negación de la inmutabilidad del dogma; la concepción de la fe no como verdad sino como experiencia o como praxis, o bien la fe como esencialmente ligada a la duda o a la incredulidad; la negación de la ley moral natural; la exaltación de la homosexualidad; la licitud de la fecundación artificial, de las relaciones sexuales extramatrimoniales y del uso de los anti-conceptivos; el aborto y la eutanasia entendidos como derechos; el sacerdocio de la mujer, etc.
Así, similarmente, se cree que la doctrina de las dos naturalezas en el Concilio de Calcedonia ya no sea actual, se rechaza el dogma del alma humana como forma sustancial del cuerpo, enseñado por el Concilio de Viennes en 1312; se rechaza la condena de Eckhart hecha por Clemente V en 1329; se niega el dogma de la inmortalidad del alma proclamado por el V Concilio de Letrán en 1513; se piensa que la condena de Lutero hecha por el Concilio de Trento es incorrecta; se cree que la condena al liberalismo hecha por el beato Pío IX esté ya superada; no se tiene en cuenta la condena al panteísmo hecha por el Concilio Vaticano I y por san Pío X; se desprecia la encíclica Pascendi Dominici Gregis de san Pío X; ya no se tienen en cuenta los errores de Rosmini condenados por el Santo Oficio en 1887; ya no se tiene en cuenta la condena de la masonería hecha por León XIII, la condena del comunismo hecha por Pío XI, así como la excomunión de los comunistas hecha por Pío XII en 1949; ya no se tiene en cuenta la condena del espiritismo hecha por el Santo Oficio en 1918; no se presta atención a los peligros de un cierto ecumenismo señalado por Pío XI en la encíclica Mortalium animos; se han olvidado los errores señalados por Pío XII en la encíclica Humani Generis; se rechaza la advertencia sobre el teilhardismo hecha por el Santo Oficio en 1959.
No hablando entonces de las contaminaciones del catolicismo que surgen del hecho de mezclarlo con el pensamiento del Renacimiento italiano, de Descartes, de Lutero, del iluminismo, del empirismo, de Kant, de Fichte, de Schelling, de Hegel, de Marx, de Freud, de Husserl, de Heidegger, del existencialismo, de Severino, del historicismo de Bonhöffer, del pensamiento indio, del budismo y de otros.

La situación actual

Como ya he dicho, la falta de intervenciones correctivas o críticas por parte de obispos o institutos académicos u hombres de cultura católicos lleva a muchos a creer que todas estas teorías y estas ideas, después de todo, se han vuelto admitidas y aceptables: la Iglesia, se piensa, ha cambiado de opinión o se ha corregido siguiendo estudios más críticos y más documentados. Si queremos ser modernos, estar actualizados y ser seguidores del Concilio -tal es el pensamiento de muchos- debemos seguir a estos publicistas, periodistas, filósofos, teólogos, moralistas, exegetas, obispos y cardenales que hoy han asumido posiciones contrarias a aquellas tradicionales presentadas aquí líneas arriba. Se cree que el hecho de que Roma u otras autoridades eclesiásticas no intervengan es una señal de que Roma reconoce tácitamente haberse equivocado.
Esta crisis de fe al interior de la propia Iglesia y entre los mismos pastores, excluyendo, se entiende, al Papa, así como al mismo Magisterio, que gozan del carisma de la infalibilidad, puede ser caracterizada con cinco atributos, que son los siguientes: subjetivismo, buenismo, relativismo, modernismo, y secularismo.
Subjetivismo. La fe no viene concebida ya como escucha de una doctrina enseñada por Jesús Maestro, por el trámite de la Iglesia, sino como encuentro inmediato, existencial, afectivo y experiencial con Cristo, incluso sin pasar a través del Magisterio de la Iglesia: un concepto típicamente protestante de la fe, la cual aparece conjuntamente no como la adecuación de nuestro intelecto a una verdad objetiva -lo que san Pablo llama "obediencia a la fe"-, sino como libre expresión de la conciencia subjetiva, que se considera directamente iluminada por Dios, eventualmente por medio de la Escritura, pero en el sentido de sola Scriptura.
Buenismo. La fe, por lo tanto, no es virtud del intelecto, a la cual sigue la caridad como efecto de la voluntad, sino que la fe se resuelve en la caridad y con ella se confunde. La fe no es acto del conocer, sino que es implicación práctica de toda la persona, lo que en realidad pertenece a la caridad y no a la fe. La caridad de algún modo se sustituye a la verdad. No se funda sobre la verdad, no presupone la verdad, sino que aparece ella misma como fundamento de la verdad.
En la base de esta visión hay una disfunción y un desorden en la relación entre intelecto y voluntad. Es necesario decir que en el pasado se faltaba a la caridad en nombre de la verdad (véase por ejemplo el proceso a Giordano Bruno); hoy en cambio se falta a la verdad en nombre de la caridad (piénsese por ejemplo en el rahnerismo hoy a rienda suelta).
Relativismo. Dado que todo hombre tiene necesidad de verdad, se cree que de hecho todos están en la verdad entendida como caridad. Por consiguiente todos son buenos y están en buena fe, aunque cada uno de modo propio. En efecto, el respeto de la diversidad, de la libertad y del pluralismo exige que la verdad no sea un dato objetivo, universal, vinculante, uno para todos, sino que sea una cosa relativa a la conciencia subjetiva y creativa de cada uno, ya que cada uno es diverso de los demás.
De ahí un falso concepto de la libertad religiosa, que prácticamente es la absolutización de la conciencia individual, es el liberalismo e indiferentismo religiosos: ¿para qué molestarse en anunciar el Evangelio? En tanto todos ya conocen la verdad, todos se salvan, todos están en gracia, todos están perdonados, todos tienen buena intención y buena voluntad. Nadie hace el mal voluntariamente.
Según ellos todos están en la verdad incluso si mi verdad contradice la tuya. Sin embargo, Dios está en todos y salva a todos. No existe una oposición neta, absoluta, inmutable, universal y objetiva entre lo verdadero y lo falso: una misma cosa puede ser verdadera para mí y falsa para ti. Todos tenemos razón. Depende del punto de vista. Por consiguiente, no se deben condenar los errores y las herejías. Como máximo se puede expresar el propio parecer pero se deben respetar también las ideas de los demás, por más que sean contrarias a las nuestras.
Sería bueno, por lo tanto, que alguno cerrara la Congregación para la Doctrina de la Fe, organismo que todavía refleja una obsoleta mentalidad preconciliar, inquisitorial. La fe no es una certeza, sino una simple opinión entre otras, por su naturaleza es diálogo, encuentro, convive con la duda y con la misma incredulidad. Sólo así se es abierto y tolerante; de lo contrario, uno se convierte a los integristas y talibanes.
Secularismo. La observación que debe hacerse es que la fe ha perdido su orientación especulativa, contemplativa, espiritual, trascendente, sobrenatural, escatológica, aun cuando se continúen usando estos términos, como lo hace Rahner, pero falsificándolos y secularizándolos. En realidad Rahner -y lo dice explícitamente- no cree en absoluto en la inmortalidad del alma y en una vida después de la muerte, sino que para él, la salvación está solo aquí.
Dios no está por encima ni más allá de la historia, sino solo en la historia. No existe otro mundo más allá de éste y superior a éste, sino que el cristianismo es solo para este mundo que es el único mundo. No hay nada sagrado además de lo profano, sino que lo mismo profano es sagrado (Rahner). El sacerdocio no está fundado por Cristo, sino que emana del Pueblo de Dios ("Iglesia desde abajo"), por lo cual no existen jerarquías ("estructura piramidal"), sino que todos somos hermanos igualmente sacerdotes (Schillebeeckx). La acción de la Iglesia es una acción política y no sobrenatural (teología de la liberación).
Cristo no trasciende al mundo sino que es el vértice evolutivo del mundo -"Punto Omega"-: cristología "cósmica" (Teilhard de Chardin). De hecho, no es el espíritu (divino) el que crea la materia, sino que es la materia que se transforma en espíritu y se convierte en Dios (nuevamente Teilhard, con referencia a Darwin, Schelling y Bruno).
Modernismo. Todas estas ideas y prospectivas son elaboradas en la convicción de ser modernas y de impulsar un diálogo y un encuentro con la modernidad, sobre la huella del enfoque innovador del Concilio. La idea en sí misma es buena, pero el problema y peligro es que aquí la "modernidad", en lugar de ser vista como un complejo de datos para ser tamizados a la luz del Evangelio, a través de lo cual mantener lo positivo y rechazar lo negativo, es considerada en sí misma un absoluto, a la luz del cual tomar del Evangelio sólo aquello que se concilia con la modernidad. Es el gravísimo error del modernismo de ayer y de hoy.

Sugerencias finales a los Obispos

Surgen espontáneas y filiales sugerencias a los Obispos: el Colegio de los Obispos en unión con el Papa continúa y continuará constituyendo siempre la guía infalible de la fe católica, sea cual sea el modo con el cual el Magisterio se exprese, simple o solemne, ordinario o extraordinario. Puede equivocarse sólo el individual obispo o un grupo de obispos (por ejemplo, una conferencia nacional) si no están en comunión con el Papa.
Por lo tanto, corresponde a los obispos, fraternalmente unidos en la colegialidad, remediar esta grave crisis de fe. No en vano Benedicto XVI anunció el Año de la Fe y había planeado la publicación de una encíclica sobre la fe, si los modernistas, evidentemente alarmados, no lo hubieran detenido. Sin embargo, creo que es bueno que el nuevo Papa implemente el proyecto del papa Benedicto, sin temor a los modernistas. Ellos son los que deben ceder, no ciertamente Roma.
Es necesario volver a tener una estima auténtica por la virtud teologal de la fe, que es el inicio de la salvación. Si la fe es sana y fuerte, entonces pueden ejercitarse todas las otras virtudes, ante todo la caridad. Pero si la fe es aguada o confusa con otras cosas por importantes que sean, todo se derrumba y nada se puede construir. La fe puede existir sin la caridad aunque con dificultad: pero la caridad no puede existir en absoluto sin la fe, si no quiere decaer a la mera filantropía, a la emoción o, peor aún, al desfogue de los instintos subjetivos.
Pero la fe es verdad, por lo cual es necesario volver a tener respeto por la verdad, ciertamente en la caridad. Pero no existe caridad sin la verdad. El justo respeto por la conciencia subjetiva y por la libertad religiosa no debe ser excusa para despreciar la verdad objetiva, universal e inmutable. La autoridad eclesiástica debe saber conciliar sabiamente el respeto por la conciencia subjetiva con el cuidado del bien común en materia de doctrina de la fe, promoviendo la sana doctrina y apoyando a sus divulgadores y apóstoles, y refutando con buenas razones y de modo persuasivo los errores continuamente resurgentes, oponiendo oportunos remedios y corrigiendo amorosamente con justicia a los que se equivocan y a los rebeldes.
Esta función de los Obispos, por más que hoy sufra una grave crisis, es una función vital de esa Iglesia que ha fundado Cristo, garantizándole que no sería vencida por las fuerzas del infierno. Por eso, aunque hoy la situación sea angustiosa y escandalosa, como católicos estamos absolutamente seguros de que esta crisis será superada con la fuerza del Espíritu Santo por una Iglesia más santa y más fuerte que antes, verdadera luz de los pueblos y sacramento universal de salvación.

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 23 de abril de 2013

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum pastoralis post Concilium Vaticanum II fidem doctrinalem foverit
vel potius errores disseminaverit

Ad hoc sic procediturVidetur quod pastoralis post Concilium fidem doctrinalem foverit.
1. Quia Concilium Vaticanum II condemnationes priores non negavit, sed voluit se exprimere stilo humano et evangelico, vitando formulas repressivas. Ergo non videtur esse causa crisis.
2. Praeterea, videtur quod pastoralis errores non admiserit, quia Concilium explicite damnavit atheismum, materialismum, relativismum et alia mala, atque Curiam reformavit ad maiorem transparentiam et iustitiam. Hoc ostendit pastoralem firmam mansisse in defensione fidei.
3. Item, videtur quod pastoralis fidem non debilitaverit, quia Concilium promovit dialogum cum modernitate et libertatem conscientiae, quod videtur esse ditio et non amissio. Si Ecclesia mundo se aperit, missionem evangelizandi roborat.

Sed contra est quod dicitur in Sacra Scriptura: Fides est substantia sperandarum rerum, argumentum non apparentium. Apostolus docet obedientiam fidei esse adaequationem intellectus ad veritatem revelatam. Sanctus Pius X damnavit modernismum tamquam synopsim omnium haereseon. Magisterium affirmat pastoralem non gaudere assistentia infallibili, et ideo posse deflectere atque doctrinam impedire.

Respondeo dicendum quod pastoralis post Concilium, etsi renovationis proposito inspirata, graves tamen deviationes passa est ob defectum correctionum doctrinalium. Sub impulsu ambituum progressistarum et crypto-modernistarum, toleratum est reflorere veteres errores et oriri novos, unde multi impressionem acceperunt condemnationes priores abrogatas esse. Sic diffusa est mens historicistica, relativistica et evolutionistica, quae contemptus veterum condemnationum et tranquilla assumptio errorum modernorum fovit.
Crisis hodierna fidei quinque notis describitur: subiectivismus, qui fidem concipit tamquam experientiam immediatam et non tamquam obedientiam veritati; benevolentismus, qui fidem confundit cum caritate et veritatem affectui substituit; relativismus, qui obiectivitatem veritatis negat et conscientiam individualem absolutizat; saecularismus, qui fidem ad actionem politicam reducit et transcendenciam negat; modernismus, qui modernitatem absolutizat et Evangelium criteriis eius subicit.
Ex hoc fit ut multi fideles credant Ecclesiam sententiam mutasse aut se correxisse, studiis criticis et documentatis innixam. Putatur Romam, non interveniendo, tacite agnoscere se errasse. Attamen Magisterium, Spiritu Sancto assistitum, infallibile manet et sola norma certa est. Unde episcopis, cum Papa unitis, incumbit hanc crisis fidei sanare, recuperando veram aestimationem virtutis theologalis fidei, quae initium salutis est. Fides est veritas, nec caritas sine veritate exsistit. Sic tantum Ecclesia, Spiritu Sancto adiuta, superabit crisis et sanctior ac fortior quam antea apparebit.  

Ad primum dicendum quod stilus pastoralis Concilii condemnationes non abrogavit, sed defectus applicationis concretae errores reflorere permisit, unde fidelitas in praxi non servata est.
Ad secundum dicendum quod condemnationes Concilii genericae fuerunt nec suffecerunt ad doctrinas erroneas reprimendas, quae tamquam novae et modernae se praebuerunt.
Ad tertium dicendum quod dialogus cum modernitate bonus est si ad lumen Evangelii probetur, sed fit error cum modernitas absolutizatur et fides criteriis eius subicitur, quod est modernismus.
   
JG

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