Existe un dilema que atraviesa a la Iglesia contemporánea: ¿qué significa realmente celebrar la Misa y quién es el sujeto de esa acción sagrada? ¿Es el sacerdote in persona Christi o la asamblea como colectivo? ¿Cómo evitar las desviaciones gnósticas y pelagianas que convierten la liturgia en un rito de auto-deificación del hombre? ¿Qué sentido tiene hoy la tensión entre el vetus ordo y el novus ordo, y cómo entender la reforma litúrgica como signo de unidad y no como manzana de discordia? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli invita a preguntarnos si hemos comprendido que la liturgia es culto público, acto de Cristo Cabeza con su Cuerpo místico, y si estamos dispuestos a vivirla como verdadera participación en el sacrificio y la resurrección del Señor, más allá de reduccionismos comunitaristas o nostalgias rituales. [En la imagen: una Misa en la Basílica de San Pedro].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
viernes, 26 de junio de 2026
La liturgia como servicio público (2/2)
La liturgia como servicio público
Segunda Parte
(Traducción al español de la segunda parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicada en su propio blog, el 23 de julio de 2022. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/la-liturgia-come-servizio-pubblico_23.html)
El ars celebrandi y las celebraciones irregulares
El Santo Padre habla luego del ars celebrandi. Celebrar proviene del latín celebrare, que conlleva la idea del concurrir de muchos en algún lugar, dar vida a algún lugar, realizando un acto interesante, digno de admiración o que llama la atención, animar una asamblea, hacer públicamente eco a un mensaje, elogiar, alabar, glorificar y exaltar a alguien o algo.
El celebrante es un operador, que hace con el poder de Cristo lo que Cristo le ha encomendado hacer: "haced esto en memoria Mía". En la liturgia el sacerdote es el hombre de lo sacro, sacrum-dans, el que media entre Dios y el hombre, obtiene de Dios la gracia para la comunidad y presenta a Dios en nombre de la comunidad los votos, las súplicas, las peticiones, las plegarias y las invocaciones de la comunidad.
La asamblea litúrgica es ciertamente una comunidad orante y sacerdotal, pero siempre en la distinción entre sacerdocio ministerial y sacerdocio común de los fieles. Cuando el celebrante introduce al ofertorio, dice "mio y vuestro sacrificio". Se equivocan, por lo tanto, aquellos celebrantes que dicen "nuestro sacrificio". No, es el único sacerdote que ofrece el sacrificio; la comunidad concurre. Así también es erróneo hablar de concelebración con referencia al acto del sacerdote y de la asamblea. No. Es el sacerdote el que celebra. La comunidad participa en la celebración. La verdadera concelebración es la que hace un grupo de sacerdotes juntos.
Celebrar es un arte difícil, que se aprende, señala el Santo Padre, con una adecuada formación. La liturgia tiene sustancialmente un carácter operativo y comunicativo, podríamos añadir: anagógico, es decir, debe saber guiar por signos y símbolos sensibles al gusto de las realidades espirituales, sobrenaturales y divinas. La liturgia pertenece, por tanto, a la categoría del hacer: Haced esto en memoria mía. Sin embargo, por medio de este hacer sacramental el sacerdote hace conocer, guía al conocimiento, a la contemplación y a la adoración. Y también estimula a la acción y a la caridad.
El celebrante dispone de importantes medios expresivos: la palabra, el gesto, la mirada y el tono de la voz. Estos medios naturales son hoy reforzados por poderosos instrumentos de la técnica. La homilía, para ser útil, eficaz e incisiva, debe limitarse a tocar uno, dos o tres temas ofrecidos por las lecturas. No debe ser una lección de teología. No debe ser la aburrida repetición de cosas sabidas y resabidas. Pero no debe tampoco chocar o maravillar por su extrañeza. Debe aclarar puntos oscuros interesantes, disipar equívocos, refutar errores insidiosos, presentar ejemplos edificantes, enseñar cómo debemos vivir hoy el Evangelio.
La mirada del celebrante es muy importante. La hábil coordinación de las palabras, de las pausas, del tono de voz, de la mirada y de los gestos de las manos ejercen sobre las personas un poder de persuasión a veces irresistible y suscitan entusiasmo por la belleza de la homilía.
El celebrante es el mistagogo, el iniciador en el misterio, aquel que hace percibir el misterio. Desgraciadamente, como denuncia el Papa, existen celebraciones gnósticas, en las cuales el sacerdote se considera el gurú indio que tiene la tarea de abrir los ojos de los discípulos, mostrándoles que su verdadero yo no es el que cae bajo sus sentidos, que es pura ilusión, sino que su yo profundo es Dios mismo. Introduce a la ciencia suprema que es la conciencia de ser Dios. El cristiano, como decía Meister Eckhart, no es imagen de Cristo; el cristiano es Cristo.
El Santo Padre habla luego de la Misa pelagiana, por la cual el celebrante celebra la auto-trascendencia del hombre, cuyo vértice es la gracia, la cual no es un don gratuito que desciende de lo alto, de encima de la naturaleza, añadiéndose a la naturaleza, sino que es la plenitud suprema de la naturaleza. Tanto en la Misa gnóstica como en la Misa pelagiana el celebrante eleva a los fieles al nivel de lo divino: en el primer caso guiando a la conciencia de ser Dios; en el segundo, guiando a la plenitud divina del hombre.
El Papa también menciona a la Misa lefebvriana como Misa superada por el novus ordo. Aquí falta la comunión con la Iglesia no tanto por el vetus ordo como tal, el cual bajo ciertas condiciones, es lícitamente celebrable, sino por el hecho de que los lefebvrianos rechazan las doctrinas del Concilio y la autoridad de los Papas del Concilio y del postconcilio, así como rechazan el novus ordo considerado filo-protestante.
Existe luego una concepción de la celebración eucarística no como acto del sacerdote, sino como acto de la comunidad. El sujeto de la celebración, como dice Matias Augé ¹, no es el sacerdote, sino la asamblea litúrgica. La misma concepción se encuentra en Kiko Argüello: "No hay Eucaristía sin asamblea. Es una asamblea entera la que celebra la fiesta y la Eucaristía, porque la Eucaristía es la exultación de la asamblea humana en comunión: porque el lugar preciso en el cual se manifiesta que Dios ha actuado es en esta Iglesia creada. Es de esta asamblea que brota la Eucaristía" ².
Ahora bien, debemos recordar que la acción es acto de la persona, actiones sunt suppositorum, se dice en filosofía. Existe, ciertamente, la acción colectiva y comunitaria y no hay duda de que la Misa normalmente debe ser un acto colectivo, pero es necesario especificar que este acto colectivo no debe ser confundido con el acto de la celebración de la Misa, que es acto propio, exclusivo e insustituible del sacerdote, acto en el cual los fieles participan, acto que ellos no realizan junto con el sacerdote, acto que no es idéntico sino distinto y a él similar, así como el analogado inferior se asemeja al analogado superior.
Asimismo, de Martimort, en el capítulo de su tratado de liturgia La Iglesia en Oración, vol. I, titulado "Estructura y leyes de la celebración litúrgica", hubiéramos esperado la definición o descripción de los actos, de las normas, de las modalidades y de las ceremonias rituales de la celebración de la Misa por obra del sacerdote in Persona Christi indudablemente como presidente de la asamblea litúrgica, a favor y en nombre de ella, unida a él en el concurrir a la celebración del divino Sacrificio.
En cambio, nada de todo esto. Martimort de la p.109 a la p.132 hace una larga y docta exposición histórico-bíblica-doctrinal de la naturaleza, de la praxis y de los fines de la asamblea litúrgica y se limita a hablar del celebrante en tres páginas (123-125) en un párrafo dedicado a las "diferentes funciones de la asamblea", como si se tratara de una simple función entre las otras, expresándose también mal, ya que no se trata de funciones de la asamblea, sino de funciones en la asamblea y al servicio de la asamblea.
Subyace siempre la falsa idea de la asamblea como sujeto agente, olvidando el hecho de que si se puede hablar de una acción de la asamblea como, por lo demás, de la Iglesia misma, esta acción debe ser entendida como acción colectiva, acción de los fieles que, de común acuerdo y con las mismas intenciones, forman juntos la Iglesia.
Pero la Iglesia no es una super-persona en la cual los individuos no son más que manifestaciones empíricas. No decimos ni siquiera que somos la Iglesia y que la Iglesia es la simple suma o colección de las individuales personas. El bien común no es la simple suma de los bienes privados, sino que es un valor nuevo y superior, que los engloba en sí implícitamente y sobre los cuales se vuelca en su beneficio, así como ellos están al servicio del bien común.
Sea como fuere, permanece el hecho fundamental ontológico de que la Iglesia está hecha de personas. Lo que subsiste no es la Iglesia, sino que son las personas. Incluso cuando la Iglesia es personalizada por san Pablo como Esposa de Cristo, está claro que se trata de una metáfora. La acción de la Iglesia no es otra cosa que la acción común, tanto litúrgica, como social y moral, de las individuales personas que la componen y, en particular, la acción de la Iglesia docente.
Un error todavía peor en esta línea colectivista de sabor hegeliano-marxista es el de confundir la Misa con una asamblea política, como ocurre en la teología de la liberación. Así ella es descripta en el famoso documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe de 1984 Instrucción sobre algunos aspectos de la teología de la liberación: "La Eucaristía ya no es comprendida en su verdad de presencia sacramental del sacrificio de la reconciliación como don del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. Ella deviene celebración del pueblo en su lucha" (X,16).
Un conflicto de larga data que hay que curar
El papa Francisco rechaza dos desviaciones litúrgicas opuestas, lamentablemente muy difundidas hoy: un modo de practicar la liturgia todavía apegado al preconcilio y un modo de celebrarla sedicente conciliar, pero en realidad infiel a la reforma litúrgica iniciada por el Concilio. ³
Al respecto, el Papa recuerda las razones que llevaron a los Padres a hacerse promotores de la reforma litúrgica, y cuáles son las verdaderas características de la reforma contra los malentendidos modernistas, por lo cual siente la necesidad de reiterar cuanto ha dicho en el reciente Motu proprio Traditionis custodes: "los libros litúrgicos promulgados por los santos Pontífices Paulo VI y Juan Pablo II, en conformidad con los decretos del Concilio Vaticano II, son la única expresión de la lex orandi del Rito Romano".
El Papa deplora que la Misa, que es el signo supremo y factor fundamental de la unidad fraterna y con Dios de la comunidad cristiana, se haya convertido hoy en la manzana de la discordia: es, esto, algo escandalosísimo y lamentable, a lo que hay que poner término recurriendo a todos los medios. Para remediar esta situación, el Papa vuelve a proponer con abundancia de argumentos el novus ordo como principio y signo de unidad.
Retomando una protesta proveniente de los preconciliares a favor del vetus ordo, según los cuales sólo esta Misa sería capaz de darnos el sentido del misterio, el Papa rechaza la crítica con decisión y contundencia, afirmando la adecuación e idoneidad del novus ordo para hacernos gustar la sacralidad del misterio, mientras que más bien son ciertos partidarios del vetus ordo, que con su rechazo a la reforma conciliar y con su consiguiente aislarse de la comunión eclesial, quienes muestran una concepción del Misterio, que sabe más a gnosticismo, a misteriosofía y a esoterismo, que a una verdadera experiencia del misterio de la Iglesia y de Cristo.
Naturalmente el Papa entiende las palabras "única expresión" referidas al hoy, a la actualidad, ya que hasta la reforma la única expresión era la querida por san Pío V, expresión que hoy llamamos vetus ordo, para distinguirla del novus ordo, que es la actual Misa reformada. Con las palabras "única expresión", ¿acaso el Papa intenta decir que el vetus ordo no es ya expresión de la lex orandi o que el vetus ordo está abolido o prohibido? Algunos lo han interpretado de este modo, por el tono drástico del Papa, pero la interpretación es incorrecta.
El Papa entiende simplemente decir que todos los católicos de rito romano tienen hoy la obligación de seguir el novus ordo. Pero ya los católicos de rito bizantino o ambrosiano o malabar o mozárabe o galicano o copto son libres de seguir su rito. Por lo demás, hay que tener presente que el Papa en la Traditionis custodes fija las condiciones para la licitud o legitimidad de la celebración de la Misa según el vetus ordo; lo cual hace evidente que no lo ha abolido.
La Misa vetus ordo es una verdadera Misa; en cuanto tal, ella es siempre actual. Es sólo el ordo Missae el que ha sido superado y esto por decreto del Papa, quien tiene todo el poder para decidir en este campo. Por otro lado, también hay que tener presente que la Iglesia no abole, sino que conserva lo que supera. Abole o suprime sólo lo que revela ser injusto, falso o erróneo o contrario al Evangelio. Pero el vetus ordo no contiene nada de tal género, por el contrario posee cualidades que el novus ordo no posee. Por esto, la celebración de este rito está todavía permitida bajo las debidas condiciones.
La vetus ordo podría ser llamada la Misa de Jesús Crucificado: todos, sacerdotes y fieles, se vuelven hacia el Crucifijo, que sobresale en lo alto, así como san Juan, la Virgen y las piadosas mujeres miraban a Jesús en la cruz levantado sobre la tierra (cf. Jn 8,28).
La Misa novus ordo podría ser llamada la Misa de la mesa o, como dicen los Focolares, de "Jesús en medio": Jesús no está allá arriba en la cruz, sino que está con nosotros, entre nosotros, en medio de nosotros. En efecto, la novus ordo también podría ser llamada la Misa pascual o de la Resurrección, porque es aquella Misa que Jesús resucitado celebró con los discípulos de Emaús.
¿Cuál es mejor? Depende de los puntos de vista desde los cuales queramos partir. Lo esencial es que la Misa reactualiza la muerte y la resurrección del Señor. La Misa latina mira más al Crucificado, la Misa greco-bizantina a Jesús resucitado, el Pantokrator. La obligación del novus ordo es, por tanto, una obligación pastoral, fundada en el hecho de que la Iglesia hoy la juzga más adecuada para hoy, pero nada más que eso; no se trata de una confrontación de méritos entre las dos Misas.
¿En qué ha consistido el cambio introducido por la reforma litúrgica?
La reforma litúrgica ha introducido en la Misa cinco elementos: un elemento pascual-escatológico, un elemento conmemorativo, uno eclesiológico, uno ecuménico y un elemento evangelizador.
El elemento pascual-escatológico hace de contrapeso al sacrificial -el sacrificio expiatorio y satisfactorio de Cristo- que sigue siendo esencial contra la negación luterana, por lo cual la celebración eucarística no es sólo participación en la cruz de Cristo, sino también pregustación de la Pascua de Resurrección. La liturgia adquiere un rostro gozoso, casi entusiasta, que no aparece en la austera liturgia tridentina, todo ella bajo la sombra de la cruz y del sacrificio.
El elemento conmemorativo se detiene más en la memoria de la Última Cena, de modo que, salvada siempre la referencia a la crucifixión, el acento es puesto en el elemento convivial, y por tanto en el fruto del sacrificio de Cristo, que es la comunidad de los fieles que se reúne en la caridad para nutrirse del cuerpo y de la sangre del Señor.
Lo cual, naturalmente, no impide la perenne validez de la participación del fiel en la Misa haciendo solo la comunión espiritual y permanece la validez de la Comunión también solo bajo las especies del pan. La Comunión en la mano, en cambio, representa mejor la memoria de la Cena ("tomad y comed").
Es necesario recordar, por otra parte, que la Comunión eucarística, como dice la palabra misma, es la expresión sacramental de la comunión de caridad que en la Misa se realiza con Cristo y entre los fieles entre sí. No existe mayor experiencia y manifestación más alta de esta comunión fuera de la Misa.
Por esto debería ser evidente que todos aquellos católicos o sedicentes católicos que son mafiosos, modernistas, comunistas, masones, abortistas, divorciados vueltos a casar, sodomitas, pedófilos, podrían también estar en gracia de Dios, pero los graves defectos morales que presenta su conducta externa, "contradice objetivamente", como dice san Juan Pablo II en la Familiaris consortio (n.84) a propósito de los divorciados vueltos a casar, "a aquella unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actuada por la Eucaristía". El papa Francisco, como sabemos, ha mencionado esta cuestión en la nota 351 de la Amoris laetitia, pero presenta la Comunión a los divorciados vueltos a casar sólo como una eventualidad y no como algo formalmente lícito o permitido a los divorciados a casar sólo como una eventualidad y no como algo formalmente lícito o permitido. ⁴
También la Comunión fuera de la Misa, salvo que se tratara de fieles que por diversas razones impeditivas no puedan participar en la Misa, no es algo que respete el significado de la Comunión eucarística. Ella en efecto, no es el capuchino que vas a buscar al bar en un momento de descanso, sino que es la culminación mística del encuentro con Cristo y con los hermanos que se realiza en la Misa.
Esta concepción de la Comunión-capuchino muestra hasta qué extremos lleva una concepción descontrolada de la Misa como banquete. Aquí se pierde de vista que al banquete eucarístico es necesario acudir con el traje nupcial de la parábola evangélica, para no ser echados fuera (Mt 22,11).
¿Qué es este vestido nupcial? La cruz que prepara para la resurrección. La Misa es el banquete mesiánico de los resucitados, al cual acceden quienes han pasado a través de la gran tribulación (Ap 7,14), es decir, han subido a la cruz con Cristo. Por lo tanto, es necesario participar en toda la Misa precedente para ser considerados dignos y ser admitidos dignamente a la Comunión. Es necesario haberse ofrecido en sacrificio junto con el celebrante a su vez unido al sacrificio de Cristo. ¡Demasiado fácil y cómodo querer disfrutar del fruto de la cruz sin haber estado en la cruz! No es éste el camino a la salvación. Dios no sabe qué hacer con los gorrones y avivados, sino que quiere gente que corresponda sinceramente y generosamente al amor de su Hijo.
También es necesario recordar, como nos advierte el cardenal Giacomo Lercaro, que la última Cena no es en absoluto una cena cualquiera, un simple encuentro entre amigos, sino que "es un banquete auténticamente sacrificial, no sólo ritual en cualquier modo, sino auténticamente sacrificial, porque el alimento que se consume, al menos el alimento principal, el alimento obligatorio que se consume en esta cena, es una víctima que ha sido inmolada en el templo por los sacerdotes, cuyas carnes han sido restituidas al oferente, y que viene consumida con determinados ritos y el banquete viene iniciado y cerrado con plegarias, con cantos y viene también desarrollado a través de ritos de bendición" ⁵.
La mencionada voluntad conmemorativa de la última Cena ha conducido también a la reforma a colocar en un lugar especial y digno aparte y ya no sobre el altar el tabernáculo con el Santísimo Sacramento, lo que sin embargo no debe entenderse en absoluto como una disminución de la estima por la adoración eucarística, que sigue siendo siempre recomendable.
La voluntad de recuperar la conmemoración de la Cena del Señor en su peculiaridad y pureza, ha conducido a la reforma a quitar elementos accidentales sobreañadidos a lo largo de los siglos, como la lectura del Prólogo del Evangelio de san Juan y la oración a san Miguel Arcángel al final de la Misa.
El elemento eclesiológico está dado por la fuerza con la cual el Concilio subraya el concurso y la participación de los fieles en la ofrenda del sacrificio, salvada siempre la distinción esencial y no sólo de grado entre sacerdocio ministerial y sacerdocio común de los fieles; la participación de los laicos, incluidas las mujeres, en la liturgia de la Palabra presenta aspectos de absoluta novedad; el uso de la lengua vernácula favorece la comprensibilidad del rito; las plegarias de los fieles antes del inicio del ofertorio son un signo de la comunidad se une a las oraciones del sacerdote.
El elemento ecuménico está dado por aquellos aspectos del rito que, sin derogar en nada a la forma católica, sin embargo representan la apertura a las instancias aceptables de la Cena luterana: el mencionado aspecto convivial; el altar que permanece tal, pero al mismo tiempo asume el aspecto de una mesa; no está del todo separado del pueblo, sino que le está en inmediato contacto; la concelebración reproduce la escena de los apóstoles en torno al Señor en la Última Cena; la mayor presencia de textos bíblicos es una respuesta al culto protestante por la Escritura.
El elemento evangelizador ha sido puesto en relieve con la calurosa recomendación hecha al sacerdote de hacer la homilía basada en las lecturas de la Misa y útil a los fieles para aclarar puntos oscuros, proponer aplicaciones prácticas, responder a preguntas difundidas, refutar errores, disipar malentendidos, exhortar a la virtud y a la santidad. El modo de celebrar la Misa debe ser ya de por sí una prédica: de ello se ve si el celebrante cree verdaderamente en lo que dice y en lo que hace. No se trata tanto de ser buenos actores; se trata ante todo de saber ofrecer la Palabra de Dios en modo tal que la fe del celebrante resplandezca en su propio modo de hablar. Si el sacerdote la pronuncia del modo conveniente, persuasivo, con el correcto tono de voz, los correctos acentos, las correctas pausas, los gestos correctos de las manos y de la mirada, quiere decir que cree en ello. No puede fingir como si estuviera representando el papel de Hamlet o del rey Lear.
Y la gente lo nota y permanece edificada. Si, por el contrario, está agitado, apresurado, insípido, balbuceante, frío, apesadumbrado, vacilante, aburrido, monótono, quiere decir -salvo excepciones de caracteres independientes de la voluntad o relacionados con defectos físicos- que la fe es escasa y actúa no por convicción sino por profesión.
El enfoque tridentino subraya, en función anti-luterana, la acción litúrgica como acción personal del sacerdote, y por tanto la Misa como ofrenda del sacrificio de Cristo. El Concilio de Trento, para no favorecer la concepción populista de Lutero, al describir el rito de la Misa, habla sólo del sacerdote y no hace mención al pueblo. Pero sobre todo con el surgimiento del movimiento litúrgico del siglo XIX, los estudios históricos y bíblicos han puesto en luz el hecho de que Lutero, al enfatizar la liturgia como experiencia comunitaria, no se había equivocado del todo.
Por otra parte, no se podía tampoco cancelar la función del sacerdote y reducirlo a representante y presidente de la comunidad entendida como pueblo sacerdotal. Se trataba, más bien, de definir mejor cuál debe ser en la liturgia la relación del sacerdote con el pueblo.
Después de discusiones que duraron hasta la época de Pío XII, he aquí al Papa tomar cartas en la cuestión y darle una solución: la liturgia no es oficio del solo sacerdote, sino que incluso ella es el culto que Cristo mismo sacerdote rinde al Padre en unidad con su Cuerpo místico que es la Iglesia.
He aquí, por tanto, la gran idea del Papa: por una parte, confirmaba en la encíclica Mediator Dei de 1947 la grandeza del sacerdocio cristiano, contra los reduccionismos o la profanación luteranos, retomando la teología del sacerdocio que se había desarrollado en Francia en el siglo XVII, sobre todo por el Olier, por de Bérulle y por De Condren, pero por otra parte dando espacio también al pueblo, al papel desempeñado por la Iglesia con la sublime doctrina paulina del Cuerpo Místico de Cristo, a la cual ya le había dedicado otra encíclica, la Mystici Corporis de 1943.
De tal modo Pío XII llegaba a una nueva y mejor definición de la liturgia, que asocia sacerdote y pueblo, de modo que la liturgia no es acción del solo sacerdote que actúa por cuenta propia, aún cuando sea obvio que sólo él puede decir Misa, sino que es acto del sacerdote y junto con el pueblo, el cual ciertamente queda sujeto al sacerdote, pero participa y concurre a la ofrenda del Sacrificio. El sacerdote puede celebrar también solo, pero se entiende que también en este caso está espiritualmente unido a toda la Iglesia, terrena y celestial.
La definición de la liturgia, que habría de dar la Sacrosanctum Concilium ya estaba esbozada. El Concilio no habría hecho más que explicitar la definición de Pío XII en la Mediator Dei y entrar en los detalles de sus consecuencias. Dice el Papa: "La liturgia es el culto integral del Cuerpo místico de Jesucristo, es decir, de la Cabeza y de sus miembros"; "es el culto público que nuestro Redentor rinde al Padre como Cabeza de la Iglesia y es el culto que la sociedad de los fieles rinde a la Cabeza y, por medio de Él, al eterno Padre".
El Concilio Vaticano II la ha retomado modificándola ligeramente: "La liturgia es considerada como el ejercicio del oficio sacerdotal de Jesucristo; en ella, con signos sensibles, viene significada y, en modo propio a cada uno, realizada la santificación del hombre, y viene ejercitado por el Cuerpo místico de Jesucristo, es decir, por la Cabeza y por sus miembros, el culto público integral" (n.7).
Pío XII tiene el equilibrio y la sabiduría para determinar con exactitud los límites del significado de la liturgia: ella es un acto público de culto divino. Es, por tanto, acto de la virtud de religión, que por semejanza es reconducida a la justicia hacia Dios, por la cual en Cristo y gracias a Cristo nosotros damos satisfacción al Padre por la ofensa recibida del pecado. Esta es la definición dogmática tridentina de la Misa.
El Concilio, en cambio, tal vez llevado por el entusiasmo por la apertura de una asamblea tan extraordinaria, se remite ciertamente a las palabras de Pío XII, pero luego va más allá de los límites de aquella definición con la famosa frase que califica la liturgia como "fons et culmen totius vitae christianae" ⁶.
Propiamente hablando, la fons et culmen totius vitae christianae es el ejercicio de la caridad, virtud sobrenatural formada por la gracia santificante. O en otras palabras, la fuente y la cumbre de la vida cristiana no es la liturgia, sino la santidad de la gracia como principio y alma de la caridad.
Es cierto, sin embargo, que la liturgia es el canal ordinario de la gracia y, por tanto, la suma suscitadora de la caridad y de la santidad, por medio de los sacramentos. Pero también es cierto que la gracia no está ligada a los sacramentos, es decir, a la liturgia, porque Dios puede salvar en modo extraordinario incluso sin los sacramentos. Puede donar la gracia incluso sin la liturgia, en base a la simple religión natural.
En esta luz de la liturgia como culto divino oficial y por tanto servicio público sacerdotal, aparece la gran oportunidad de que el papa Francisco haya titulado su documento con las conmovedoras palabras del Señor: Desiderio desideravi: "He deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros, antes de mi pasión, porque os digo: no la volveré a comer hasta que ella se cumpla en el reino de Dios" (Lc 22,15-16).
La práctica litúrgica tiene su primera fuente y motivación en el corazón de Cristo, ardiente de amor por nosotros, deseoso de darse todo a nosotros, como subraya y explica bien el padre Réginald Garrigou-Lagrange en su hermoso libro El Salvador y su amor por nosotros ⁷. En efecto, en la Eucaristía en la cual Cristo se dona como comida y como bebida, está contenido Cristo en persona, de modo que nosotros, alimentándonos del alimento eucarístico, somos de algún modo cristificados, un alimento, como dice san Agustín, que no se asimila a nosotros, sino que somos nosotros los que nos asimilamos a Él.
Al mismo tiempo, el Señor, que con su ascensión al cielo se ha sustraído nuestra mirada, permanece siempre con nosotros bajo las especies eucarísticas en todos los tabernáculos del mundo hasta el fin del mundo, para hablarnos, inspirarnos, instruirnos. aconsejarnos, llamarnos, animarnos, consolarnos, expresar su amor, recibir el nuestro, nuestros cálidos afectos, el "ardiente deseo" del cual habla santa Catalina de Siena, nuestras sinceras efusiones, nuestras lágrimas de arrepentimiento, los buenos propósitos, la obediencia a sus mandatos, nuestros votos, la adoración, la glorificación, la alabanza, la súplica, la invocación, la plegaria.
Pero la liturgia terrena, alimento de los peregrinos, medicina para los enfermos, resurrección para quien está muerto, invocación a Dios, conversión de está pervertido, conciliación donde existe el conflicto, alivio en el sufrimiento, apología de la fraternidad, consuelo de los afligidos, esperanza para quien muere, sacrificio expiatorio, pregustación del paraíso del cielo, está hecha para perpetuarse en la liturgia celestial, donde ya ahora Cristo a la diestra del Padre junto con todos los Santos del cielo comenzando por su Santísima Madre, intercede a nuestro favor, permitiéndonos dirigirnos directamente al Padre en su nombre en la certeza de ser escuchados.
Fin de la Segunda Parte (2/2)
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 11 de julio de 2022
Notas
¹ Cf. Liturgia. Storia celebrazione teologia spiritualità, Edizioni Paoline, 1992. Versión española: Matías Augé, Liturgia. Historia, celebración, teología, espiritualidad, Biblioteca Litúrgica, Centro de Pastoral Litúrgica, Barcelona 1995.
² Cit. por Ariel Levi di Gualdo, La setta neocatecumenale. L’eresiasi fece Kiko e venne ad abitare in mezzo a noi, Edizioni L’Isola di Patmos, Roma 2019, p.84.
³ Respecto al tema de este título, vale decir, el conflicto entre vetus ordo y novus ordo, tenga en cuenta el lector que aquí la exposición del padre Giovanni Cavalcoli se resiente de una equivocada comprensión de la posibilidad de coexistencia entre la Misa actual y la preconciliar, porque a la fecha de publicar este artículo el docto teólogo dominico aún no había advertido con plena certeza la existencia de doctrinas nuevas en la constitución Sacrosanctum Concilium, lo cual tiene por consecuencia que el Novus Ordo Missae debe ser celebrado en la actualidad por motivo no sólo de obediencia, sino sobre todo por motivo de fe. Véase al respecto los varios artículos dedicados en este blog a ese tema (JG).
⁴ Recuerdo al lector que esta cuestión ya ha sido aclarada por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe (JG).
⁵ L’Eucaristia nelle nostre mani. Liturgia e catechesi, Edizioni Dehoniane, Bologna 1968, pp.267-268.
⁶ Constitución Sacrosanctum Concilium, n.10.
⁷ Società Editrice Internazionale, Torino 1948, pp.239-335.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum subiectum celebrationis Missae sit communitas, vel potius sacerdos in persona Christi
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod subiectum celebrationis sit communitas.
1. Quia quidam auctores tenent non esse Eucharistiam sine congregatione, et totam congregationem ipsam celebrare festum et Eucharistiam. Si actio est collectiva, sacerdos non esset nisi praeses functionalis.
2. Praeterea, videtur quod communitas sit subiectum celebrationis, quia celebrans introducit ad offertorium dicens: “meum et vestrum sacrificium”, quod indicare videtur sacrificium simul a sacerdote et fidelibus offerri.
3. Item, videtur quod communitas sit subiectum celebrationis, quia Concilium Vaticanum II sublineat participationem activam fidelium in liturgia, etiam cum functionibus in liturgia verbi, cum precibus et cum lingua vernacula. Si active participant, ergo etiam agentes celebrationis essent.
Sed contra est quod dicit sanctus Paulus, quod Christus est Caput Ecclesiae et liturgia est cultus Corporis mystici eius. Docet Pius XII in Mediator Dei liturgiam esse cultum publicum quem Christus sacerdos Patri reddit in unitate cum Ecclesia, et sacerdotem agere in persona Christi.
Respondeo dicendum quod subiectum celebrationis Missae est sacerdos in persona Christi, in unitate cum Ecclesia. Communitas quidem participat, sed non est subiectum agens celebrationis. Actio semper est actus personae, et sacerdos est minister insubstituibilis sacrificii. Conceptio collectivistica quae facit ex congregatione subiectum Missae obliviscitur Ecclesiam ex personis constare et bonum commune non esse meram summam bonorum privatorum, sed valorem superiorem qui in communione cum Christo perficitur.
Deviationes gnosticae et pelagianae liturgiam convertunt in ritum auto‑deificationis, negantes gratiam esse donum gratuitum Dei. Missa lefebvriana, recusando Concilium et novum ordinem, communionem ecclesialem frangit. Papa commemorat libros liturgicos post Concilium promulgatos esse unicam hodiernam expressionem legis orandi ritus Romani, et novum ordinem esse principium et signum unitatis. Reformata liturgia introduxit elementa paschalia, commemorativa, ecclesiologica, oecumenica et evangelizatoria, quae celebrationem ditant et aptiorem reddunt pro tempore nostro. Missa reactualizat mortem et resurrectionem Domini, et tam vetus ordo quam novus ordo sunt verae Missae, quamvis Ecclesia pastoraliter opportuniorem iudicet novum ordinem.
Ad primum dicendum quod congregatio participat celebrationem, sed non ipsam perficit; subiectum agens est sacerdos in persona Christi. Actio communitatis est participatio, non identitas cum actione ministri.
Ad secundum dicendum quod formula “meum et vestrum sacrificium” cooperationem fidelium indicat, non substitutionem sacerdotis. Sacrificium offertur a sacerdote, et fideles spiritualiter ei uniuntur.
Ad tertium dicendum quod participatio activa fidelium vera est et necessaria, sed eos non facit subiectos agentes celebrationis. Sacerdotium ministeriale essentialiter differt a sacerdotio communi, et solum illud confert potestatem celebrandi.
JG
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Los comentarios que carezcan del debido respeto hacia la Iglesia y las personas, no serán publicados.