martes, 2 de junio de 2026

¿Están mirando los obispos?

¿Están mirando los obispos o simplemente registrando lo que sucede? ¿No se han convertido demasiadas veces en notarios pasivos de una fe deformada por el populismo y los medios? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli denuncia cómo el ideal rahneriano del “cristiano anónimo” y la excesiva autonomía de las conferencias episcopales han debilitado la colaboración entre el Papa y los obispos, dejando la doctrina y la disciplina en manos de corrientes ingobernables. ¿No es urgente que los pastores retomen con humildad y valentía su carisma de enseñar y guiar, en lugar de delegar en laicos o movimientos lo que Cristo confió a ellos? ¿No clama hoy el rebaño por pastores que hablen con autoridad y conduzcan a las ovejas hacia Cristo, en vez de perderse en festivales y espectáculos?

¿Están mirando los obispos?

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en L’Isola de Patmos el 21 de octubre de 2014. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/i-vescovi-stanno-a-guardare/)

Según Rahner, la tarea del Obispo es tomar nota de la fe "real" o "efectiva" expresada por el pueblo de Dios, como expresión temática o categorial y "aposteriorica" de la fe atemática trascendental y "apriorica", que es común a todo hombre ("existencial sobrenatural") y, por lo tanto, también a los no católicos explícitos y a los mismos ateos, de ahí el famoso concepto rahneriano del "cristiano anónimo" de todos modos y siempre en gracia, concepto según el cual todos se salvan y no existen condenados en el infierno (buenismo trascendental).
El obispo, según Rahner, debe esforzarse lo mejor que pueda por comprender esta fe e interpretarla rectamente, debe aprobarla y sostenerla, debe por lo tanto seguirla en su evolución y en sus expresiones históricas, dictadas por el Espíritu Santo, debe traducirla en fe doctrinal, oficial e institucional. Pero es claro que el primado pertenece siempre a la fe existencial de los comunes fieles dotados del sacerdocio común bautismal, infalibles en la escucha directa del Espíritu Santo y en la interpretación de la Palabra de Dios, aunque los conceptos dogmáticos con los que se interpreta dicha Palabra están en continua evolución y son relativos a las diversas culturas en las cuales se expresan.
El Concilio Vaticano II, como sabemos, ha valorizado, promovido y estimulado la actividad de los laicos, de los religiosos, de los sacerdotes y de los teólogos y, de hecho, desde cincuenta años a esta parte ha habido y hay numerosas iniciativas de diversa índole, algunas de las cuales son óptimas, mientras que otras, lamentablemente -y quizás son las más numerosas- están influenciados por concepciones anti-jerárquicas y populistas o demagógicas de la Iglesia, una cierta "Iglesia de abajo", una cierta Iglesia popular, o ciertos "grupos espontáneos" o "de base" de la década de 1970, o "movimientos carismáticos" de la década de 1980. Por lo cual estas iniciativas han tomado la mano de los obispos, quienes, o ingenuamente seducidos o bien intimidados frente a tanta intrusiva, poderosa y a veces amenazante efervescencia, no privada por otra parte de sus lados buenos, han terminado por asumir ciertamente no todos voluntariamente el rol delineado arriba por Rahner, cediendo a una excesiva indulgencia o tolerancia hacia los errores y malos comportamientos que se iban extendiendo.
Los obispos, cuando no son "fuertes con los débiles" (Rom 15,1), vienen a convertirse como en notarios que se limitan a registrar y a oficializar o formalizar o como mucho a tolerar la "fe" o mejor sería decir las fábulas que mayormente circulan entre los fieles, sobre todo aquellas mayormente divulgadas por los mass-media y por los institutos educativos y culturales, sólo para tratar luego duramente a aquellos pocos que, fieles a la concepción evangélica del pastor, osan recordarle su responsabilidad.
Al mismo tiempo, el Concilio ha acentuado la autonomía de la Iglesia local con respecto a Roma y ha instituido, como sabemos, las conferencias episcopales y sínodos mundiales de obispos de forma regular.
De hecho, parece que el papa Francisco quiere hacer partícipes a los obispos de su autoridad doctrinal. Esto significará entonces que el sínodo se convertirá en una especie de Concilio periódico con un término fijo y uno se pregunta si esto no es demasiado artificioso y poco práctico. El desarrollo doctrinal no se puede programar, sino que depende de factores imponderables ligados a la divina Providencia.
Tal institución ciertamente en sí muy importante estaba destinada a reforzar la iniciativa y la responsabilidad pastoral de los obispos tomados individual o colectivamente, pero lamentablemente en muchos casos ha terminado por crear una figura de obispo conformista y oportunista, privada de una visión universal de la Iglesia, encerrado en su diócesis o en su nación, dispuesto a volverse independiente del Papa, para no disgustar a sus propios cohermanos más influyentes o más estimados o a su propia conferencia episcopal nacional.
El sínodo mundial, por su parte, ha adquirido un tono doctrinal que en realidad no le compete, ya que no se trata ni siquiera de una asamblea conciliar, y los Papas han comenzado poco dignamente ha hacer de faros traseros de los sínodos, limitándose a convalidar y sancionar sus conclusiones, aunque no digan nada nuevo desde el punto de vista doctrinal, ni podrían decirlo. Esto no es digno para el Papa, el cual debe recuperar en su mano el propio poder de guía sobre los obispos.
El inconveniente más grave que ha seguido a todo esto, dejando aparte los aspectos positivos, es que ha venido a menos o fracasado la colaboración entre el Papa y los obispos en la enseñanza y en la defensa de la doctrina de la fe. Naturalmente, esta función no se ha extinguido en absoluto y debemos reconocer el gran celo con el cual, por ejemplo, un hombre como el entonces cardenal Joseph Ratzinger desempeñó su oficio en la Congregación para la Doctrina de la Fe durante un período de veinte años, y mucho menos podemos ignorar las numerosas intervenciones de los Papas y de los buenos obispos, sin excluir las conferencias episcopales y los sínodos mundiales.
Sin embargo, como los observadores atentos han señalado desde hace muchos años, la autoridad eclesiástica en todos los niveles, desde el Papa hasta los obispos individuales, no es en absoluto capaz de controlar una compleja situación doctrinal y en consecuencia, moral, disciplinaria y litúrgica, que a ellos se les escapa de las manos y ahora se ha vuelto ingobernable, con gravísimo daño para los fieles. A menudo y espontáneamente determinado teólogo o determinado obispo o determinado profeta o vidente toman el lugar del Magisterio, el cual viene a ser ignorado o despreciado. ¿Qué hacen los obispos? Sí, claro, están mirando, pero ¿con qué ánimo? ¿Pueden estar contentos y felices? No ciertamente. No se trata de mirar un espectáculo agradable, sino de contemplar, aunque en medio de hechos positivos, un proceso de disolución y de desintegración de la Iglesia, proceso que ciertamente se detendrá, porque la Iglesia es inquebrantable. Sin embargo, Dios no le perdona las pruebas y le da los medios para superarlas.
Los medios están ahí: es necesario que los obispos, con un humilde y valiente impulso de fe en su propio carisma, retomen en mano la situación. Después de todo, el rebaño de Cristo, desconcertado por los intrigantes y por los rebeldes, no espera otra cosa. El pastor ha sido golpeado y las ovejas se han desorientado. Pero, ¿acaso alguna vez hará Dios que falten los buenos pastores? ¡De ninguna manera!
El mundo católico dispone todavía, gracias a Dios, al menos en los países democráticos, de numerosos medios de comunicación, de enseñanza, de acción pastoral, de predicación: desde púlpitos hasta congresos de todo tipo, desde parroquias a escuelas, desde la prensa a internet, desde editoriales hasta sitios web, desde contactos con movimientos y asociaciones hasta aquellos con particulares, desde salas para conferencias hasta plazas.
Y los temas de posibles y deseables intervenciones de específica y exclusiva competencia del obispo son numerosísimos y urgentes. No intento ni siquiera enumerarlos.
Que un obispo asista al festival del kiwi, o al espectáculo de fuegos artificiales, o al encuentro con los budistas o al concierto benéfico, sin duda puede ser simpático y acercar al obispo a la gente. Sin embargo, queda todavía por acercar a la gente a Cristo. ¿Por qué razón hoy los obispos se sienten o parecen sentirse tan poca cosa cuando solo ellos serían los más cualificados para hablar? No basta con “estar entre la gente”; es necesario ver qué se hace entre la gente. ¿Por qué entonces dejar a los laicos, por más competentes y de buena voluntad que sean, la discusión o más aún las decisiones o la sentencia sobre cuestiones de fe y de moral donde en cambio tan importante e insustituible, por mandato del mismo Cristo, es la palabra del pastor?

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 1 de abril de 2014

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum episcopo conveniat solum fidem populi registrare
vel auctoritate officium magistri et pastoris exercere

Ad hoc sic procediturVidetur quod episcopo conveniat solum fidem populi registrare.
1. Nam secundum quosdam theólogos, fides existentialis fidelium, immo etiam infidelium et atheorum, semper est gratia et salus, et episcopus eam approbare et sustinere debet, in doctrinam officialem traducens. Sic primatus pertineret ad fidem existentialem populi, infallibilem in auditu Spiritus.
2. Praeterea, Concilium Vaticanum II promovit autonomiam Ecclesiarum localium et activitatem laicorum, religiosorum et theológorum, unde videtur quod episcopus debeat eis relinquere disputationem et decisionem de rebus fidei et morum, se limitando ad comitatum et formalitatem.
3. Item synodi et conferentiae episcopales doctrinalem sonum acceperunt, et Romani Pontifices eorum conclusiones convalidaverunt, ita ut episcopus videatur reductus ad munus conformisticum et opportunisticum, clausus in sua dioecesi, sine necessitate exercendi auctoritatem universalem vel defendendi doctrinam.

Sed contra est quod Scriptura sacra docet pastorem debere esse fortem cum infirmis et oves perplexas dirigere. Apostolus Paulus hortatur ad custodiam doctrinae et correctionem errorum. Augustinus commemorat quod amor Dei usque ad contemptum sui aedificat Civitatem Dei, amor autem sui usque ad contemptum Dei aedificat civitatem diaboli. Magisterium Ecclesiae affirmat episcopum mandato Christi esse magistrum authenticum et insubstituibilem in rebus fidei et morum.

Respondeo dicendum quod episcopo non convenit passive sequi fidem existentialem populi, sed auctoritate exercere officium magistri et pastoris in fidelitate erga Papam et Magisterium. Conceptio quae episcopum ad notarium opinionum popularium reducit missionem eius debilitare facit et ad tolerantiam errorum ac fabularum ducit. Episcopus qui se limitat ad registrandum quae inter fideles circumferuntur, suam responsabilitatem pastoralem relinquit et gregem doctrinis fallacibus exponit. Vera missio episcopi est doctrinam fidei docere, eam contra deviationes defendere et populum ad Christum ducere.
Ergo episcopi humilitate et fortitudine carisma suum recuperare debent, doctrinalem et pastoralem condicionem resumere, et auctoritate loqui in rebus fidei et morum. Grex Christi, a rebellibus perturbatus, verbum pastoris exspectat. Non sufficit inter populum esse; necesse est populum ad Christum adducere. Ecclesia adhuc multis mediis communicationis et actionis pastoralis abundat, quibus episcopi uti debent ad missionem insubstituibilem implendam.

Ad primum dicendum quod fides existentialis populi non est regula sufficiens doctrinae, sed illuminanda et corrigenda per Magisterium episcopale.
Ad secundum dicendum quod autonomia Ecclesiarum localium et activitas laicorum non tollunt auctoritatem episcopi, sed eam requirunt ut recte ordinetur.
Ad tertium dicendum quod synodi et conferentiae missionem episcopi non supplent, sed ei inservire debent; episcopus non potest ad conformismum reduci, sed officium suum universale in communione cum Papa exercere debet.
   
JG

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