Ciertamente es desconcertante que el relato del pecado original, tan central en la fe, sea reducido a mito o a simple metáfora existencial. ¿Qué significa afirmar que la caída no fue un hecho histórico, sino sólo una condición meta-histórica del hombre? ¿No se pone en riesgo así la doctrina de la transmisión de la culpa original y la necesidad del Bautismo? ¿Qué consecuencias tiene negar la realidad de la pérdida de la gracia y de la miseria heredada, que sólo Cristo y María han sido preservados de padecer? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli muestra cómo la interpretación simbólica del pecado original conduce a un vaciamiento del cristianismo, y cómo sólo la fidelidad al Magisterio y al realismo de la Revelación asegura la verdad de la redención y la necesidad de la gracia. [En la imagen: el cardenal Gianfranco Ravasi].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
sábado, 20 de junio de 2026
El pecado original según el cardenal Ravasi
El pecado original según el cardenal Ravasi
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en Riscossa Cristiana el 18 de diciembre de 2012. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/il-peccato-originale-secondo-il-card-ravasi-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)
El cardenal Gianfranco Ravasi es hoy uno de los miembros más destacados del Sacro Colegio, hombre de vasta cultura, brillante escritor y orador, particularmente comprometido, como sabemos, en el diálogo con los no-católicos, no-cristianos y no-creyentes, sensible a los temas de fondo de la razón y de la fe, temperamento de poeta que sin embargo no olvida las exigencias del rigor científico que corresponde a la teología.
Recientemente ha publicado un libro en la editorial Mondadori, bajo el título Guida ai naviganti. Le risposte della fede (Milano, 2012): una guía, escrita con estilo suelto y convincente, para abordar con seriedad las cuestiones más profundas de la existencia y de la vida. Me viene a la mente la famosa Guía de perplejos del gran filósofo judío medieval Moisés Maimónides, admirado por santo Tomás de Aquino.
No intento aquí hacer una reseña del libro. Sólo quiero detenerme en un punto doctrinal de capital importancia tratado por el ilustre y dinámico Purpurado: la cuestión del relato bíblico de la creación del hombre y del pecado original.
Debo decir con toda franqueza cuán grande ha sido mi sorpresa, digámoslo con todo el debido respeto a un Príncipe de la Iglesia, cuando he leído, a propósito de este famosísimo relato, que "es una aparente narración histórica, con hechos y un trama, que sin embargo tiene un valor simbólico, filosófico-teológico, por lo tanto 'sapiencial' y existencial" (p.45).
Se trataría, como dice también Karl Rahner, de una "etiología metahistórica", es decir, de un género literario antiguo, que por medio del relato de un mito referente al pasado, pretende instruirnos sobre una condición del hombre que concierne al presente, de hecho, una condición "metahistórica", por lo tanto, algo que concierne al hombre como tal, independientemente de los tiempos y del curso de la historia. En definitiva, un modo de hacer filosofía recurriendo a la narración, más que a conceptos especulativos.
El escrito del Cardenal prosigue luego en el mismo tono: "el propósito" [del relato bíblico] "no es tanto el de explicar lo que ha sucedido en los orígenes, sino de identificar quién es el hombre en el contexto de la creación: es, entonces, una 'meta-historia', es decir, es el hilo conductor constante que subyace a los acontecimientos, los tiempos y los sucesos históricos humanos. Se vuelve al arquetipo [...] no para narrar lo que ha sucedido en el proceso de hominización en sentido científico o para descubrir los actos de un singular individuo primordial, sino para identificar en su raíz inicial el estatuto permanente de toda criatura humana" (ibíd.).
He quedado muy sorprendido ante estas afirmaciones, aunque sé que hoy son compartidas por muchos. Pero, como sabemos, la verdad de fe no depende del consenso de la mayoría, sino de la recta interpretación de la Palabra de Dios que nos es garantizada por el Magisterio de la Iglesia.
No hay ninguna duda de que el relato genesíaco hace referencia a una condición del hombre que abarca todo el curso de la historia, así como tampoco cabe duda de que algunos elementos son evidentemente ingenuamente mitológicos, como es de esperarse de una cultura primitiva como la del hagiógrafo. Pero la Iglesia siempre ha enseñado que en este cúmulo de hechos, de imágenes, de cuadros y de elementos, es necesario saber discernir con máxima sabiduría, bajo la guía del mismo Magisterio, lo que es mítico de lo que es histórico, lo que es inventado de lo que realmente ha sucedido, lo que es simbólico de lo que debe tomarse literalmente.
Ahora bien, no es difícil llegar a saber, para quien quiera informarse, que el citado relato, en su sustancia, no es en modo alguno un mito inventado para explicar una situación actual, aunque de hecho el relato explique óptimamente tal situación; sino que, como dice el propio Catecismo de la Iglesia Católica, heredero de una milenaria tradición dogmática, "el relato de la caída (Gn 3) [...] afirma un acontecimiento primordial, un hecho que tuvo lugar al inicio de la historia del hombre" (n.390) (lo señalado en negrita está en cursiva en el propio texto del Catecismo, como para subrayar la importancia de la afirmación), es decir, un hecho que es objeto de la divina Revelación, por lo tanto, como tal, verdad de fe indispensable para la salvación.
Además, el Catecismo, en varias ocasiones, en los párrafos 6 y 7 del capítulo 1, en perfecta línea con la Tradición y la Escritura, retoma fuentes de la Revelación que nos es mediada por la Iglesia, sobre todo a partir del Concilio de Trento hasta el mismo Concilio Vaticano II, recuerda cómo la humanidad ha tenido inicio de una pareja, -Pío XII en la Humani Generis rechaza el poligenismo- la cual, habiendo caído en el pecado por instigación del demonio, ha transmitido esta culpa -la culpa original- a toda la humanidad por vía de generación, culpa de la cual somos liberados por la gracia del Bautismo.
Por lo tanto, se hace neta distinción entre el pecado personal -el "pecado" en el sentido corriente de la palabra-, cuya culpa queda en el culpable, y el pecado original, cuya culpa es transmitida a los descendientes. El pecado de los progenitores ha sido un pecado personal, pero al mismo tiempo ha tenido el carácter de una culpa que se ha transmitido a los descendientes: pecado original (originante).
Indudablemente la Biblia no es un tratado de paleoantropología, por lo cual de ella no podemos esperarnos ninguna información sobre cuál ha sido la evolución del hombre desde los orígenes hasta hoy, y no hay ni siquiera la sombra de una derivación del hombre desde los simios. En efecto, el cuadro de la pareja edénica, nobilísima, sapientísima, bellísima, sanísima, inmortal, perfecta en la virtud, señora de la creación, feliz, en comunión con Dios, nos hace pensar que haya sido dotada por Dios de un cuerpo nobilísimo, muy superior al de los simios, aunque Pío XII en la misma Humani Generis no excluye la hipótesis de que en cuanto al cuerpo los progenitores pueden haber provenido de un viviente precedente inferior (ex iam exsistenti ac viventi materia, Denz.3896), manteniéndose a salvo la verdad de fe de que, de cualquier modo, el alma espiritual debe ser considerada como inmediatamente creada por Dios, con buena paz de Vito Mancuso.
En cambio, en la interpretación del cardenal Ravasi, el pecado parece ser explicado simplemente con el libre albedrío del hombre capaz de obrar tanto el bien como el mal, pero parece totalmente ausente la verdadera condición de miseria en la cual todos y cada uno vienen al mundo, es decir, ese estado de culpa, que se llama culpa original o pecado original originado, derivado por generación de nuestros progenitores.
En la visión del Cardenal, por lo tanto, queda sin explicar la existencia de las penas de la vida presente en sus múltiples y trágicas formas, y la innata, a veces irresistible, tendencia al pecado existente en cada uno de nosotros, incluso en los más buenos, tendencia de la cual, como enseña nuestra fe, sólo han sido exentos Jesucristo y la Santísima Virgen María, el primero en cuanto Hijo de Dios, la segunda en cuanto preservada, como es bien sabido, por especialísimo privilegio, de la mancha de la culpa original. Si todos nacemos buenos, ¿dónde va a parar el privilegio de Cristo y de Nuestra Señora? Si todos estamos originariamente, necesariamente, siempre e inevitablemente en gracia, ¿dónde va a parar el privilegio de María? ¿Y qué pasa con el pecado como ausencia o pérdida de la gracia?
En cambio la Escritura es clarísima al relatar cómo el pecado de los progenitores los ha excluido del paraíso terrenal privándolos de aquellos preciosos bienes que poseían en el estado de inocencia, y también es clarísima en el hacernos comprender cómo la serie infinita de penas que desde entonces aflige a la humanidad sea causada, en su primera raíz, por el cumplimiento de ese castigo que Dios había amenazado a los progenitores y a su progenie en caso de que hubieran desobedecido al mandato divino de no "comer del árbol del bien y del mal".
Está claro que muchísimos males son luego causados por los pecados personales de los individuos, eventualmente aún bajo la instigación de Satanás, pero incluso estos pecados siguen siendo posibles por el hecho histórico del pecado original de nuestros primeros progenitores en el origen de la historia del hombre. "La muerte -como dice el apóstol san Pablo- ha entrado en el mundo a causa del pecado".
En la concepción de Ravasi parece en cambio que cada uno de nosotros sea creado naturalmente bueno e inocente, como en la concepción de Jean-Jacques Rousseau, y que pueda corromperse solamente por su voluntaria malicia o por el influjo negativo de la sociedad. Pero, entonces, en este punto, nos preguntamos: ¿de qué sirve la gracia cristiana de la remisión de los pecados, para qué sirve el Bautismo, si cada uno de nosotros tiene en sí la fuerza y la posibilidad de observar la ley divina y de conseguir la virtud, siempre que lo quiera?
¿O tal vez que cada uno tiene la gracia desde el nacimiento sin perderla nunca, como cree Rahner? ¿O tal vez la gracia es Dios, de modo que el hombre en gracia al fin de cuentas es Dios? ¿O bien el hombre, al ser sustancialmente divino, como enseña la filosofía de la India, toma consciencia de tal divinidad suya al término de un apropiado camino sapiencial de auto-purificación (yoga)? Entonces, ¿en qué se diferencia todo hombre de Jesucristo? ¿Acaso todo hombre deviene idéntico a Cristo, como precisamente pensaba Meister Eckhart, que concebía así la vida de la gracia?
Es necesario decir con toda franqueza que esta concepción está en contraste con la visión cristiana y coincide en cambio con las concepciones racionalistas o naturalistas o gnósticas, como por ejemplo la masonería, el laicismo, el liberalismo, el idealismo, el esoterismo, el marxismo o el positivismo, donde el problema del mal no es resuelto mediante una intervención curativa de la gracia de un Dios trascendente, sino por el hecho de que el hombre es un ser originariamente divino o por el simple movimiento dialéctico de la razón o por la fuerza de la voluntad o los recursos de la ciencia, de la técnica y de la política.
Pero si el hombre nace ya bueno y vuelto hacia Dios, y el pecado es un simple accidente de camino o es siempre y en todo caso perdonado o puede convivir muy bien con la gracia o es el polo dialéctico de la dinámica de la historia, ¿para qué sirve la predicación del Evangelio? ¿Para qué la exhortación a la penitencia y a la conversión? ¿Qué sentido tiene la redención de Cristo? ¿Y la oración? ¿Y la Iglesia? ¿Y los sacramentos? ¿Y cómo y por qué alcanzar la resurrección y la vida eterna? ¿En qué se convierte la santidad? ¿No es suficiente para cualquier eventualidad el "diálogo" y la buena voluntad?
Desde aquí vemos que la negación o la deformación o la reducción de la doctrina católica de la creación de la pareja primitiva y la doctrina del pecado original, crea un proceso en cadena de negaciones, para las cuales al final del cristianismo no queda ya nada más que una ilusoria auto-divinización del hombre o un vago humanismo, utópico, relativista e incapaz de conducir a los hombres a la justicia y a la felicidad.
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 18 de diciembre de 2012
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum peccatum originale sit factum historicum ad totam humanitatem transmissum
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod non sit.
1. Relatio biblica Genesis, plena imaginibus et symbolis, videtur esse mythus sapientialis describens conditionem universalem hominis magis quam eventum historicum. Multi theologi moderni hoc interpretantur tamquam etiologiam metahistoricam ad statum praesentem explicandum.
2. Praeterea, si peccatum originale esset factum historicum commissum a prima coniugum par, difficile videretur conciliari cum scientiae datis de evolutione et de origine multiplici humani generis. Ergo videtur rationabilius intelligi ut symbolum liberi arbitrii hominis bonum et malum operari valentis.
3. Item, si quisque homo nasceretur iam in statu culpae, dubitaretur de bonitate originaria creationis et de dignitate hominis ut imago Dei. Ergo videtur magis conveniens fidei affirmare quod quisque nascitur bonus et quod peccatum est solum fructus voluntatis personalis vel influxus socialis.
4. Denique, si peccatum originale esset historicum et generatione transmissum, iniustum videretur quod posteri portare deberent culpam progenitorum. Ergo videtur magis conveniens iustitiae divinae quod quisque respondeat solum de propriis actibus.
Sed contra est quod Catechismus Ecclesiae Catholicae docet narrationem lapsus affirmare eventum primordialem, factum quod initio historiae hominis accidit. Concilium Tridentinum definivit peccatum originale generatione, non imitatione, transferri. Apostolus dicit: “Per unum hominem peccatum intravit in mundum, et per peccatum mors” (Rom 5,12). Pius XII in Humani Generis poligenismum reicit et affirmat transmissionem culpae originalis ex una coniugum par.
Respondeo dicendum quod peccatum originale non est mythus neque mera conditio existentialis, sed eventus historicus primordialiter a Deo revelatus. Primi progenitores, donis praeternaturalibus ornati et cum Deo in communione constituti, praeceptum divinum transgressi sunt et bona status innocentiae amiserunt. Haec culpa, personalis in eis, generatione ad totam humanitatem transmissa est, ita ut quisque homo nascatur gratia privatus et natura vulneratus. Ideo dicitur peccatum originale originans et originatum. Interpretatio quae narrationem ad mythum reducit non explicat universalitatem miseriae humanae, inclinationem innatam ad peccatum, nec necessitatem Baptismi et redemptionis Christi. Si omnes nascerentur boni et sine culpa, tolleretur privilegium Christi et Mariae, et inutilia fierent gratia, sacramenta et missio Ecclesiae. Contra, doctrina catholica, fidelis Scripturae et Magisterio, affirmat peccatum originale esse reale et solum gratiam Christi nos ab eo liberare. Negatio huius veritatis ducit ad inanitionem christianismi et ad humanismum vanum incapacem hominem salvare.
Ad primum dicendum quod relatio biblica imaginibus utitur, sed in substantia affirmat factum historicum revelatum, sicut Catechismus docet.
Ad secundum dicendum quod scientia corpus humanum investigare potest, sed anima spiritualis immediate a Deo creata est, et fides docet humanitatem ex una coniugum par provenire.
Ad tertium dicendum quod homo quidem bonus creatus est, sed dona per peccatum originale amisit, et ideo nascitur in statu culpae.
Ad quartum dicendum quod transmissio peccati originalis iniusta non est, quia non est culpa personalis, sed conditio hereditata naturam afficiens, a qua Christus nos per gratiam liberat.
JG
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