domingo, 21 de junio de 2026

Prospectivas de antropología teológica

En la cultura actual se pretende reducir la diferencia varón‑mujer a una convención cultural, mientras que la Revelación cristiana la presenta como raíz originaria de toda sociabilidad humana. ¿Qué significa que el sexo sea tratado como accidente intercambiable, fruto de la técnica, y no como propiedad esencial de la persona? ¿No es inquietante que el matrimonio natural y sacramental sea sustituido por uniones artificiales que niegan la complementariedad querida por el Creador? ¿Qué consecuencias tiene olvidar que la unión varón‑mujer es consagración, tanto en la familia como en la misión eclesial? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli muestra cómo la antropología teológica, fiel al Génesis y al Magisterio, defiende la verdad del sexo como diferencia esencial y la reciprocidad varón‑mujer como fundamento de la vida humana y cristiana. [En la imagen: el Papa Francisco, en abril de 2024, con los participantes en el congreso "Hombre-mujer imagen de Dios. Por una antropología de las vocaciones"].

Prospectivas de antropología teológica

[Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli escrito en 2012 (probablemente a finales de año) y publicado en el 2013 (en otras fuentes se indica 2014), formando parte del libro "La verità della fede", a cargo de Gianni Battisti, en la casa editorial Leonardo da Vinci. El 1° de marzo de 2024, el padre Cavalcoli publica el entero artículo en su blog, pero con el título: La complementariedad recíproca entre varón y mujer, haciéndolo preceder de una cita del discurso del papa Francisco. Dice Cavalcoli: Considero que es útil para los lectores volver a proponer este texto de uno de mis artículos, publicado en el libro "La verità della fede", editado por Gianni Battisti, en 2012. Lo propongo como comentario a las palabras del Santo Padre, que pronunció esta mañana al recibir a los participantes del Congreso "Varón-mujer imagen de Dios. Para una antropología de las vocaciones", promovido por el Centro de Investigación y Antropología de las Vocaciones, cuando ha dicho: "Quisiera subrayar una cosa: es muy importante que haya este encuentro, este encuentro entre hombres y mujeres, porque hoy el peligro más feo es la ideología de género, que anula las diferencias. He pedido que se hagan estudios sobre esta fea ideología de nuestro tiempo, que borra las diferencias y hace que todo sea lo mismo; borrar la diferencia es borrar la humanidad. En cambio, el varón y la mujer se encuentran en una fructífera tensión". 

La pareja consagrada

Como es sabido, la Biblia enseña que Dios ha creado al hombre "varón y mujer" (cf. libro del Génesis, 1,27). En la actual cultura influenciada por el ateísmo, donde el hombre se considera creador de sí mismo proveniente de una evolución ascendente de la materia gobernada por el azar, una cierta dirección o corriente de molde exasperadamente liberal, en nombre de la creatividad, considera que el hombre tenga el derecho y el poder de realizar su sexualidad no sólo como diferencia entre varón y mujer, sino también de modo más amplio: así como en la lengua existen tres géneros: el masculino, el femenino y el neutro, así hoy por algunos es considerado que el sexo sea un "género" (gender) más amplio que las dos especies macho y hembra, establecidas por la naturaleza, y que por tanto el hombre esté llamado, por medio de la ciencia y de la técnica, a dominar y transformar la naturaleza para así obtener de ella lo que corresponde a sus deseos o necesidades, esté en definitiva autorizado a recabar del "género" sexual neutro, de por sí indeterminado y a disposición de su poder, otras formas de sexualidad, de las cuales la más conocida sería la homosexualidad, mientras que se prospectan otras formas intermedias o diferentes entre aquellas naturales, formas ideadas por el hombre y creadas artificialmente.
Como se desprende del modo mismo de enfocar la cuestión, la perspectiva constante y de fondo en estos proyectos, que no se debería dudar en calificar de criminales, perspectiva no siempre explícitamente reconocida pero siempre en realidad operante, más allá de las intenciones declaradas de tipo liberal y humanitario, es ciertamente una concepción de la vida de tipo hedonista, en la cual lo que sobre todo cuenta no es la búsqueda del bien honesto, sino del placer.
Ciertamente no es cosa nueva en la historia de la moral, si sólo nos acordamos de Epicuro, de quien Dante enuncia el principio "si agrada, es lícito". Por consiguiente, constante en todas estas perspectivas, digámoslo con franqueza, más allá de cualquier apariencia puritana, es siempre la búsqueda absoluta del placer sexual, del cual se buscan otras formas no previstas por la naturaleza, así como en el ámbito de las comidas el hombre busca crear alimentos agradables, además de aquellos que proporciona de forma espontánea la naturaleza. Hace algunas décadas, algunos dominicos holandeses publicaron un documento inspirado en las ideas de Edward Schillebeeckx, en el cual se decía con todo candor que el principio de la moral es el "placer" (plaizir).
Nadie excluye la bondad del placer en sí mismo en general, creado también él por Dios ciertamente para la felicidad del varón y de la mujer. Por tanto, así como hay que rechazar la visión hedonista, así también hay que rechazar ciertas concepciones rigoristas o dualistas que desde la antigüedad, bajo el pretexto de austeridad o de santidad, han falseado la verdadera visión genesíaca sobre la relación varón-mujer, así como la normas de la ética sexual a seguir en el presente estado de naturaleza caída. La Iglesia ha condenado el rigorismo de Tertuliano, así como las visiones sexofóbicas del encratismo de los primeros siglos y del catarismo del siglo XIII. El mismo dualismo platónico con su desprecio por la mujer, no obstante su alta espiritualidad, ciertamente debe ser desaprobado por su pesimismo en el campo de la ética sexual, aunque también hay una interpretación de la estética platónica que por lo demás llega al hedonismo, como el platonismo florentino del humanismo del siglo XV.
Ciertamente el placer no es un bien absoluto, sino que debe ser regulado y moderado por el bien honesto o sustancial (bonum honestum). Por eso, mientras lo honesto, es decir el respeto a la ley moral natural, es un bien absoluto, "no negociable", el placer puede ser lícito o ilícito, honesto o deshonesto, casto u obsceno, según sea conforme o no conforme a la ley natural. Una de las tareas de la moral, que debe regular la conducta de un viviente como el hombre, compuesto de alma y cuerpo, y por tanto de espíritu y sexo, es la de asegurar, aunque sea mediante la renuncia y la ascesis, la conciliación del deleite espiritual con el placer sexual.
Ciertamente, siempre ha existido, sobre todo en los tiempos modernos, también la ilusión de poder reconstruir perfectamente en esta vida la felicidad genesíaca; el así llamado "milenarismo" repetidamente condenado por la Iglesia, y las visiones utópicas de la "edad de oro", del liberalismo, de la masonería y del marxismo no están exentos de esta idea, que parece ser una forma de secularización del ideal edénico. Por otra parte, la Iglesia hoy nos dice que, al fin de cuentas, la misma redención de Cristo tiene también por finalidad la de reconstruir, al menos inicialmente, ese estado originario feliz del hombre.
Sin embargo, el enfoque hedonista-liberal pierde de vista el hecho de que la diferencia varón-mujer, en el mundo animal y por tanto también en el mundo humano, está ordenada por la naturaleza a la reproducción de la especie, finalidad que en la especie humana es normalmente alcanzada por el matrimonio y por la familia. Lo que significa que la mencionada reproducción, si bien hoy también es posible por medio de la fecundación artificial, no debe entenderse de manera meramente instintiva o material, como ocurre entre las bestias, sino que, dado que el hombre es persona animada por un alma espiritual (animal racional), implica también un elemento que involucra la formación de la persona, formación que no puede realizarse de modo digno de la persona sin que la prole reciba también una educación, en la cual concurran los genitores varón y mujer, salvo en el caso de adopción.
En efecto, los genitores, según el plan de la naturaleza y por tanto del Creador, deben ser varón y mujer, porque, siempre según este plan, varón y mujer son creados para realizar entre ellos una reciprocidad que los completa mutuamente no sólo en el generar, sino también en el ser y en el actuar, en vista de la generación y de la educación de la prole. Pero la institución específica que en línea de principio garantiza esta posibilidad es precisamente el matrimonio natural o, como se da en la religión católico-ortodoxa, sacramento.
La fecundación artificial no es moralmente lícita, porque reduce la generación a una operación tecnológica, confundiendo a la prole con la producción de una máquina y, por tanto, faltando el respeto a la dignidad personal de la prole. En cuanto al así llamado "matrimonio" entre homosexuales, el término es evidentemente impropio, porque el verdadero y propio matrimonio requiere la reciprocidad varón-mujer como causa de la generación de la prole o al menos, en el caso de la adopción, como factor normal de la educación de la prole, excluido el caso legítimo de la viudez o de la separación legal.

¿Qué significa "pareja consagrada"?

Se trata de un recordatorio del valor del bautismo. El Concilio Vaticano II, en su doctrina sobre la esencia del laicado cristiano, insiste en el hecho de que el bautismo es una verdadera consagración a Dios, extendiendo a este sacramento y por tanto a la vocación o condición o misión laical aquel carácter de consagración que en el preconcilio se prefería reservar para la vocación religiosa y para la misión sacerdotal. Se trata, en el fondo, de una evolución de aquella "consecratio mundi" de la cual ya hablaba Pío XII como oficio de la Acción Católica. El laico en la doctrina del Concilio aparece como miembro de ese "pueblo sacerdotal", ya anunciado por los profetas en referencia a Israel.
No viene abolida la distinción entre sagrado y profano, no desaparece la distinción entre laico y sacerdote, entre secular y religioso, pero el vínculo se vuelve más estrecho y el espacio de lo sacro se ensancha hasta el punto de animar lo profano ya en sus raíces. En este clima, lo sagrado sigue siendo siempre trascendente, perteneciente al mundo de lo divino o sobrenatural, pero en el vértice de un proceso de consagración, que inicia ya en las raíces de la existencia humana, precisamente gracias al bautismo, por lo cual la consagración religiosa y sacerdotal en la óptica del Concilio aparecen claramente como un desarrollo de la gracia bautismal. En esta visual, la relación varón-mujer, dentro o fuera del matrimonio, como por ejemplo en la vida religiosa, aparece siempre como cosa sacra, como consagración. De ahí la pareja consagrada.
Por tanto, por "pareja consagrada" entendemos en general la consagración de la unión del varón con la mujer y de su reciprocidad en vista de la transmisión de la vida. Esta consagración se actúa de dos modos fundamentales: tenemos la consagración de la relación conyugal que construye la familia para la reproducción de la especie y el progreso de la humanidad y de la civilización. Y tenemos la consagración de la colaboración entre religioso, sacerdote o no sacerdote, y religiosa, para una común tarea de salvación de las almas y de la edificación del reino de Dios.

Las dos finalidades de la reciprocidad varón/mujer

La Revelación bíblica enseña que Dios al inicio de los tiempos, después de haber creado el universo, creó al varón y a la mujer. Se trata de la pareja originaria, de la cual, según la enseñanza bíblica, ha tomado origen toda la humanidad hasta nuestros días. Pío XII en la encíclica Humani generis excluye el poligenismo porque la culpa original según la Iglesia, tal como se desprende de la doctrina de san Pablo, es transmitida por generación, por lo cual, dice el Papa, no se ve cómo esto podría suceder si la humanidad tuviera origen de múltiples parejas: sería necesario admitir una pluralidad de pecados originales, lo que no aparece en absoluto en el relato bíblico. El pecado original, según el dogma, es una única culpa históricamente ocurrida, que se transmite a toda la humanidad. De multiples principios no puede venir un único efecto; un único efecto viene de una única causa.
La Biblia, por tanto, enseñando la creación de esta pareja originaria, presenta lógicamente con ello mismo la diferencia sexual como algo esencial a la naturaleza del individuo humano, el cual siempre, al menos según la orientación de la naturaleza, que refleja la voluntad del Creador, es y debe ser o varón o mujer. Para la Biblia es inconcebible que una persona humana normal no sea o varón o mujer. Ciertamente se dan y siempre se han dado casos de individuos en los cuales el sexo carece de algún dato esencial o tiene tendencias anormales; pero suponiendo el conocimiento de lo que es normal, es necio, como se hace frecuentemente hoy, confundir lo anormal con lo normal o entenderlos como si fueran simplemente e igualmente libres, diferentes y legítimas actuaciones de la sexualidad.
Por lo demás, una plena salud o normalidad sexual es muy rara, porque también en el sexo están presentes las consecuencias del pecado original, por lo cual se impone para todos, quien más quien menos, el deber de conformar la propia conducta sexual a las normas de una sexualidad sana y honesta.
La Biblia, por otra parte, en muchos de sus pasajes, sobre todo en los libros sapienciales del Antiguo Testamento, según la cultura propia de todos los pueblos antiguos, muestra una superior estima por el varón, al que considera más importante que la mujer. Sin embargo, esto no aparece en absoluto en el relato del libro del Génesis, que presenta el modelo originario de la humanidad querido por Dios; aquí, en cambio, se tiene una perfecta igualdad de naturaleza que resulta del hecho de que Dios crea al hombre, no importa si varón o mujer, "a su imagen y semejanza" (Génesis 1,27), aunque se precisa inmediatamente después que crea al hombre como varón y mujer.
En el Libro del Génesis aparece claro, a una lectura sin prejuicios, que el dominio del varón sobre la mujer, y la mujer peligrosa tentadora del hombre, no corresponden en absoluto a ese plan divino originario, sino que, por el contrario, son el castigo del pecado, cuyo consecuencias se hacen sentir en la historia presente. Por esto, la tarea fundamental y el fin último de la ética sexual no es resignarse a este estado penoso y anormal de cosas, como si fuera irremediable, ni mucho menos considerarlo como querido por la naturaleza, sino hacerlo todo, con la ayuda de la gracia divina, para que la relación varón-mujer pierda su conflictividad y precariedad propias del estado presente y recupere gradualmente esa armonía, esa confianza, esa intimidad, esa fecundidad y esa estabilidad, de las cuales disfrutaba en el estado de inocencia.
La perspectiva ascética de la separación entre varón y mujer, que en la naturaleza caída es un expediente de emergencia para asegurar la castidad de la misma relación, debe gradualmente, en la historia de la salvación, ser sustituida por la práctica de una comunión que ya no sea esclava de la tentación al pecado, sino verdadero, libre, gratificante y espontáneo ejercicio del amor. La tarea esencial de la ética sexual consiste, por tanto, en la reconciliación o nueva pacificación del varón con la mujer según la originaria voluntad divina presentada en el Libro del Génesis. La abolición luterana del voto de castidad fue ciertamente una miserable rendición a la presión de una concupiscentia irresistibilis, aquello que Freud llama libido, pero no se puede negar tampoco la instancia bíblica de una relación varón-mujer que pueda recuperar la intimidad, la ternura, la comunión y la fecundidad del proyecto genesíaco.
Un eco de esta instancia lo encontramos en Hegel, cuando en sus Lecciones sobre la Historia de la Filosofía trata de la reforma luterana. Por lo tanto, suscita hoy un enorme estupor, con los progresos que se han producido en la exégesis bíblica y en las costumbres sexuales cristianas, el hecho de que durante siglos y milenios la mentalidad general de los creyentes se haya equivocado sobre este punto, tomando por voluntad de Dios ese dominio del varón y esa maldad de la mujer que eran simplemente la triste, por no decir horrible, consecuencia del pecado. Y naturalmente, dado que el hagiógrafo siempre fue un varón, si cualquier mujer hubiera podido desarrollar la tarea del hagiógrafo, ciertamente no habría dejado de acusar de maldad al varón.
Pero está claro que estas miserias humanas no afectan para nada la Palabra de Dios transmitida por la Escritura por medio del mismo hagiógrafo, el cual, como dice León XIII, ha dicho todo y sólo aquello que Dios quería que dijera, ciertamente, pero sólo en relación a la Revelación divina, en el sentido de que el hagiógrafo no ha quitado nada divino ni ha añadido nada presentándolo como divino. Pero esto no quita que el hagiógrafo en cuanto hombre falible haya añadido de lo suyo propio, que es necesario diligentemente identificar y descartar, si no queremos hacernos objeto de risa o escandalizar por parte de quienes hoy conocen la Biblia mejor que en el pasado o en todo caso conocen ciertas verdades que en el pasado no se conocían.
Ciertamente, en la vida presente esta conflictividad entre varón y mujer nunca podrá remediarse del todo, aunque podamos disfrutar de la presencia sacramental de Aquel que ha "reconciliado en sí todas las cosas". De ahí el permanente valor ascético e incluso místico de la abstinencia sexual, que sin embargo en un estado originario de la naturaleza no estaba en absoluto previsto ni era necesario.
Desde el punto de vista del Génesis, sin embargo, aparece una perfecta reciprocidad entre varón y mujer, que constituye, como dirá el Concilio Vaticano II, la raíz originaria de toda sociabilidad y comunión humanas. De hecho, Dios no quiere que Adán esté solo, por lo cual crea para él una "ayuda", una persona similar a él (Libro del Génesis 2,18), para que esta deliciosa creatura le parezca "por fin como hueso de sus huesos y carne de su carne"! (Libro del Génesis 2,23). Y esta es la mujer.
La mujer es creada para dos fines: a fin de que la pareja pueda engendrar (Libro del Génesis 1,28) y para colmar la soledad del hombre. Como hace notar Juan Pablo II, Dios no se limita a decir que no es bueno que el hombre genere solo, sino que dice precisamente que no es bueno que el hombre esté solo: la mujer se encuentra con el hombre en una reciprocidad de existencia, que concierne al sentido mismo de la existencia y de la vida de la pareja.
Además, no se trata, como algunos traducen, de la "esposa" (baalá), sino simplemente de la "mujer" (ishshá), para significar que la visual va más allá del matrimonio para abrazar la relación varón/mujer como tal. En el capítulo 2 del Génesis el fin es simplemente la unión, el amor: "el hombre se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne" (Libro del Génesis 2,24). No se habla de reproducción de la especie, aunque naturalmente ella no se excluye. Ciertamente no se teoriza la unión sexual independientemente de la finalidad procreativa, según los cánones hedonistas del freudismo o del epicureísmo. Aquí la Bonino y Pannella no tienen nada que ver.
Sin embargo, es indudable que en este capítulo está prospectada una unión varón-mujer que no se plantea como fin el aumento numérico de los individuos humanos: entonces podemos y debemos pensar, a este respecto, en dos prospectivas donde no se da generación: la de la colaboración entre religiosos y religiosas para la edificación de la Iglesia terrena y la pareja escatológica de la Iglesia del cielo, de la cual hablaré más adelante.
Es necesario entonces notar a este respecto que la práctica de la abstinencia sexual propia del voto de castidad no está prevista en el estado edénico, sino en el de la naturaleza caída, consecuente al pecado original; y esto por dos motivos: primero, el conflicto entre la carne y el espíritu, consecuente precisamente al pecado original, por lo cual es necesario o conveniente que, para obtener una más amplia libertad espiritual, y esta es la vocación a la vida religiosa, el sujeto sepa renunciar al ejercicio de la sexualidad; segundo, siempre en esta línea, una superior dedicación a Dios y al prójimo según una regla de perfección evangélica, siempre en la vida religiosa, que requiere la renuncia al matrimonio y a la familia.

El sexo no es un accidente del individuo,
sino una propiedad diferencial de la naturaleza humana

El accidente en sentido ontológico es alguna cosa que se añade a la sustancia ya constituida, le es inherente o la circunda extrínsecamente sin entrar a constituir su esencia. Normalmente la perfecciona, pero, considerando todo, esté o no esté ahí, la sustancia sigue siendo la misma; no pierde mucho. Por ejemplo, si yo soy delgado o gordo, si he nacido en Rávena y no en Bologna, si tengo 5 años o ya he tenido 50, si me encuentro aquí o me encuentro allá, que yo tenga este hábito o que tenga otro, que tenga o no tenga un pañuelo en el bolsillo, yo soy siempre yo.
Pero el hecho de que yo sea varón, y varón en una cierta modalidad individual que sólo me pertenece a mí, no es en absoluto extraño a la esencia individual de mi persona, sino que entra como parte o componente esencial de mi ser personal compuesto de materia y espíritu.
Ciertamente, en la definición de la naturaleza humana en general, no entra el hecho de ser varón o mujer, ya que tanto el varón como la mujer son idénticamente animal racional y precisamente en esto radica el fundamento de la conciencia moderna de la igualdad varón-mujer. La diferencia de sexo aquí es accidental. Pero no es en absoluto accidental para este individuo humano ser varón o mujer, sino que es esencial.
Por el contrario, la visión pasada de la superioridad del varón sobre la mujer se basaba en la idea de que el varón realice la naturaleza humana mejor que la mujer. Es decir, se concebía tal superioridad en analogía con el hecho de que el adulto es más hombre que el menor o el cuerdo o sano de mente es más hombre que el demente. Se tendía a dar a la naturaleza humana caracteres masculinos, por lo cual en consecuencia la mujer era concebida como un varón defectuoso, no del todo realizado o exitoso, mas occasionatus, varón causado por una causa no suficiente, por la cual nació algo menor, precisamente, la mujer. De tal modo no se advertía la diferencia específica, sino que la diversidad era concebida sólo según el modelo de más varón y menos varón.
Esta era la teoría de Aristóteles que, aceptada por Tomás, ha sido común entre los teólogos prácticamente hasta Pío XII, el primer Papa que, entrando en la materia, durante todo su Pontificado, ha enseñado la igualdad de naturaleza y de personalidad entre varón y mujer en la mutua complementariedad y todo esto por ley de naturaleza, como si se dijera por voluntad inmutable del Creador. En Italia, fue publicado en los años Sesenta un volumen que recogía los discursos de Pío XII sobre la mujer. Desde entonces los Papas hasta Benedicto XVI ¹ no han dejado de entrar en este tema de diversos modos, precisando también aquellas que son las cualidades propias de la mujer. A este respecto sigue siendo famosa la encíclica del beato Juan Pablo II Mulieris dignitatem.
Desde este punto de vista de la esencia del hombre, indudablemente el ser varón o mujer es del todo accidental. Pero aquí estamos en el plano de la esencia abstracta. Ciertamente la esencia como tal es real, está presente en todos los individuos, unum in multis et de multis, es universal, no somos ockhamistas; sin embargo, es cierto, como dice Ockham, que no existe ni subsiste la "naturaleza humana" en sí a la manera platónica, sino que existen concretamente varones y mujeres.
Ahora bien, el individuo humano en concreto es siempre varón o mujer. Pero no es en absoluto accidental, como he dicho, que María sea mujer y José sea varón. Son propiedades esenciales, necesarias de su naturaleza individual, de su personalidad. José no es accidentalmente, sino esencialmente varón, y María no es accidentalmente, sino esencialmente mujer.
El individuo humano no puede tratar a su propio sexo como podría tratar con un vestido: confeccionárselo, poniéndoselo, quitándoselo o cambiándoselo. Es ésta una gravísima y horrible ilusión de una cierta concepción moderna del sexo, del todo irrespetuosa de su dignidad y de su esencial e insuprimible integrarse en la sustancia de la persona humana individual.
Los así llamados "cambios de sexo" son en realidad o se supone que sean, para no ser monstruosidades, el complemento artificial de un determinado sexo patológicamente incompleto, En cuanto a una cierta moderna concepción tecnológica del sexo, ella es cuanto de más horrible e inhumano se pueda imaginar respecto a la condición humana. Ciertamente la tecnología o la cirugía médica tienen preciosos servicios que prestar en el campo de las disfunciones, de las deformaciones o de las enfermedades sexuales, pero a condición de que operen al servicio de la naturaleza y para curarla o favorecer la naturaleza y no para sustituirla o construirla o cambiarla o mejorarla, como si el hombre fuera una máquina ideada y construida por el hombre y no un ente ya constituido en su esencia y en sus leyes, preexistente a la conciencia que el yo tiene de ella, y por tanto a las posibilidades que el yo tiene de operar sobre sí mismo y sobre los otros yo.
El arte médico no debe ser confundido con la magia, que cree poder operar divinamente sobre el hombre o como si fuera la materia de un artista, sino que supone humildemente la existencia del médico y del paciente; debe por lo tanto operar en la consciencia de sus propios límites, con los instrumentos adecuados y en el respeto de las leyes de la naturaleza y no tiene en absoluto como propósito determinar o cambiar la naturaleza a voluntad, si no quiere confundir el progreso humano con la eventual creación de monstruos destructivos de la humanidad.

Naturalidad y convencionalidad del sexo

La idea del sexo como accidente contingente, artificial e intercambiable, está ligada a la generalizada convicción de que la distinción entre varón y mujer no sea natural sino convencional o, como se dice, "cultural". Sobre esta materia la literatura es inmensa. Ella, confrontando diferentes épocas, lugares y civilizaciones, nos pone hoy a disposición una cantidad interminable de datos positivos. Los partidarios de esta teoría dicen estar convencidos de que las diferencias varón-mujer, que el sostener que son naturales, que deben existir y deben ser respetadas, que el hablar de una identidad de la mujer diferente a la del varón, sería sólo discursos ideológicos dirigidos precisamente a mantener a la mujer en un estado de sujeción al confinarla a roles estereotipados, limitados y modestos, prohibiéndole sobrepasar esos roles para acceder a roles más altos y de mayor prestigio, que el varón explotador y prepotente quiere mantener sólo para sí.
A esta teoría, actualmente ya vieja, de casi un siglo de antigüedad, la respuesta le ha llegado y es muy clarificadora: a la mujer, desde hace mucho tiempo, en los países más civilizados, le son accesibles de derecho y a menudo de hecho, todas las oportunidades en el campo de las sociedades, del trabajo, de la industria, de las profesiones, del poder judicial o magistratura, de la cultura, de la ciencia, del arte, de la economía, de la política, de la dirección del Estado. En muchos casos, por no decir todos los casos, al menos en los países más avanzados, a la mujer le son concedidos los mismos puntos de partida, los mismos medios y las mismas chances o posibilidades que al varón. Sin embargo, se mantiene el hecho de que poquísimas son las mujeres, que llegan allí donde los varones tradicionalmente se imponen, excepto en algunas tareas importantes en las que hoy ellas triunfan notablemente, por ejemplo en medicina, en la magistratura, en la industria, en la economía, en la política, en la misma dirección del Estado.
Evidentemente esto es señal no de un persistente y prepotente machismo, sino simplemente del hecho de que en ciertos campos la mujer no puede hacerlo. Debería reconocerlo humildemente, tanto más porque ella posee bellísimos recursos en el campo de la sensibilidad, del gusto, del corazón, de la afectividad, de la praxis, del pensamiento, de la inteligencia, de la intuición y de las virtudes, incluso las más sublimes, que el varón no tiene. De ahí la mutua complementariedad.
El hecho de que el varón tenga sus propios campos en los que la mujer sólo tiene éxito limitadamente, no debería por tanto perturbar ni preocupar a nadie, si no fuera para esos grupos feministas que continúan obstinadamente e inapropiadamente lamentándose y protestando.
Cuestión aparte es la del sacerdocio femenino, que aquí ahora no tocaremos porque atañe a la doctrina de la fe, mientras que aquí nos detenemos en la cuestión de los derechos humanos y de las diferencias naturales o convencionales entre varones y mujeres. La mujer, para superar al varón, no debe imitarlo allí donde no puede, sino que debe ser simplemente ella misma en sus propios campos, con los dones preciosos que Dios le ha dado, donde el varón no puede hacerlo. ¡Oh mujer, si no quieres sentirte frustrada y quieres estar orgullosa de ti misma, descúbrete a tí misma a la luz de Dios!
La moderna psicología de los sexos ha aclarado hoy, en los estudios más serios y documentados, la existencia de cualidades psicológicas diferentes entre varón y mujer, por lo demás en consonancia con la visión tradicional, más abierta e igualitaria, que siempre en el fondo ha existido en la historia de las civilizaciones más avanzadas. Varón y mujer se diferencian no sólo físicamente, lo que es evidente desde siempre, sino también psicológicamente. Y es muy importante captar estas características diferenciales, que permiten realizar en la práctica la igualdad en la mutua complementariedad.
En este punto podríamos mencionar la cuestión del sacerdocio de la mujer. Como es sabido, en un importante documento de 1994, Juan Pablo II, como doctor de la fe, ha declarado que el sacerdocio ministerial está reservado al varón. Esta enseñanza del Papa puede servirnos para hacernos comprender mejor la importancia de las diferentes cualidades psicológicas propias del varón y de la mujer.
A la mujer no le es accesible el sacerdocio no porque, como se pensaba antiguamente, ella sea inferior al hombre, sino porque ella tiene cualidades suyas peculiares, que el varón y, por tanto, el sacerdote, no posee y no puede poseer, así como es verdad que sólo el varón puede ser sacerdote porque el sacerdocio concuerda de modo especial con cualidades psicológicas que son propias del varón.
Pero también aquí vale el discurso de la pareja consagrada: así como varón y mujer son necesarios en su reciprocidad para la creación de la familia y la edificación de la sociedad, así de modo similar la reciprocidad entre el sacerdote y la mujer, de modo especial la religiosa, son necesarios para la edificación de la Iglesia.
Ciertamente, estos argumentos no pretenden dar una explicación racional a la enseñanza del Papa, que afecta a la fe; sin embargo, son útiles argumentos de conveniencia que facilitan la adhesión de fe a la doctrina del Santo Padre, que es doctrina de fe o revelada (la "voluntad de Cristo"), que él presenta con notas que se acercan a una verdadera y propia definición dogmática.
Por cuanto respecta a los roles convencionales, obviamente ellos tienen su importancia y su interés. Ciertamente, como tales, pueden cambiar y de hecho varían según las civilizaciones y las épocas. En este campo puede manifestarse un cierto machismo y desde este punto de vista son necesarias correcciones y ajustes. Pero hoy existe también un cierto feminismo irracional que tiene necesidad de ser corregido recordando a la mujer su naturaleza, y todo esto en interés de la originalidad y de la insustituible preciosidad de la vocación que Dios les ha dado.
Sin embargo, vigen en este campo, sujeto a las más diversas determinaciones, una libertad y una creatividad que tienen por objetivo no el sustituir a la naturaleza, sino el completarla con el genio y la inventiva del varón y de la mujer. Las condiciones de actuación de estas cualidades son justas y legítimas, cuando varón y mujer se sienten a su gusto según la naturaleza propia de su sexo, lo que los lleva a dar, según éstas sus capacidades, lo mejor de sí mismos.

La diferencia específica en el único género animal racional

Los estudios modernos acerca de las características psicológicas del ser varón o mujer nos han conducido a comprender que existe una diferencia específica entre masculinidad y feminidad científicamente definibles como diferencias específicas del género animal racional ². La masculinidad se define como el ser humano de la racionalidad abstracta y de la deliberación deductiva, mientras que la feminidad es el ser humano de la intuitividad afectiva.
En el pasado, cuando todavía no estaba clara esta diferencia específica, pero, como ya se ha dicho, la esencia humana era reconducida a la masculinidad, mientras que la feminidad era vista como su realización imperfecta, se consideraba a la diferencia sexual, para usar una expresión de Tomás de Aquino, como "accidente del individuo", por lo cual la diferencia entre varón y mujer no era formal o específica, sino puramente accidental y cuantitativa, como la diversidad entre el mismo individuo en edad menor y en edad adulta. La mujer tenía menos de los caracteres esenciales del animal racional que se actuaban en plenitud en el varón.
Con la toma de conciencia de la esencia universal de la masculinidad en cuanto distinta de la animalidad racional por una parte y por la otra, con la puesta en luz en la mujer de características propias de la humanidad que sobresalían sobre las masculinas, nos hemos dado cuenta de que el animal racional no es una pura y simple especie o diferencia específica del género animal, sino que es género inferior al género animal, bajo el cual se ubican inmediatamente el individuo varón y el individuo mujer.
Por consiguiente, se ha entendido que entre varón y mujer, desde el punto de vista psicológico, no es sólo una diferencia material, numérica o individual, carente de interés científico y por tanto no universalizable o no definible con caracteres esenciales e inmutables, como se creía en el pasado, sino que el individuo verdadero está bajo el animal racional sólo mediante el género inferior mas y foemina, que así devienen dos especies del género animal racional, el cual respecto al género superior animal siempre sigue siendo una diferencia específica, pero aparece como género inmediato de la diferencia mas y foemina. Estas dos especies, por tanto, tienen inmediatamente bajo de sí a los individuos, de modo que se puede decir: Paola y María son mujeres; Francisco y José son varones, predicando masculinidad y feminidad de modo científico, no sólo en relación a las características físicas, como siempre se ha hecho, sino también en relación a las psicológicas, que es lo que sólo recientemente ha surgido como fundamento personalista de la igualdad-reciprocidad entre varón y mujer, que pone finalmente término para siempre al antiquísimo prejuicio de la superioridad del varón sobre la mujer.

La futura resurrección comprende también la existencia del varón y de la mujer

La consagración de la pareja tiene su culminación en la resurrección. En efecto, como ha sido afirmado con fuerza por el Beato Juan Pablo II ³ y ya había sido sostenido por santo Tomás ⁴ siguiendo la sugerencia de san Agustín ⁵, la resurrección del cuerpo conllevará también la resurrección del sexo, dado que el cuerpo humano por su naturaleza es sexuado.
En particular, el Papa enseña que estará presente la feminidad y esto evidentemente confirma la doctrina de la Iglesia ahora adquirida a partir de Pío XII, según la cual el ser mujer ya no es considerado una masculinidad imperfecta o no alcanzada, sino una cualidad peculiar de la naturaleza humana, recíprocamente complementaria a la masculinidad.
Juan Pablo II también ha explicado que las palabras de Cristo "serán como ángeles" (cf. Evangelio según Mateo 22,30) en relación con la condición de la humanidad futura, no deben ser entendidas como si la feminidad estuviera ausente, sino en relación al hecho de que ya no habrá reproducción de la especie.
Por tanto, debemos pensar que la unión del varón con la mujer conducirá a perfección la prospectiva de Génesis 2 que hemos visto, y considerando que el Concilio Vaticano II presenta la vida religiosa como prefiguración de la condición de los resucitados, podemos pensar que la pareja consagrada entendida como colaboración entre religiosos y religiosas debe ser vista como un signo precursor de esa unión entre varón y mujer que existirá en la resurrección y que desde ahora constituye un punto de referencia escatológico también para los desposados.

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, diciembre de 2012

Notas

¹ Y por supuesto luego también con el papa Francisco.
² Véase  http://www.arpato.org/studi.htm: L'influsso della sessualita' sui piani psicologico e sprituale della persona, http://www.arpato.org/testi/studi/Cavalcoli_tesi_1976-77.pdf Sobre la diferencia entre el alma del varón y la de la mujer, http://www.arpato.org/testi/studi/sulladifferenza_cavalcoli.pdf
³ Cf. mi estudio "La condizione della sessualità umana nella resurrezione secondo S. Tommaso", en Sacra Doctrina, 92, 1980, pp. 21-146.
 Cf. San Agustín, De Civitate Dei, XXII, c.17 (PL 41,778).

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum differentia inter virum et mulierem sit essentialis naturae humanae

Ad hoc sic procediturVidetur quod non sit.
1. Quidam enim dicunt sexum esse accidens contingens et mutabile sicut vestimentum, culturam potius quam naturam sequens. Sic identitas sexualis videretur conventionalis et non essentialis, unde homo posset se libere definire sine condicionibus naturalibus.
2. Praeterea scientia et ars technica videntur dare homini potestatem sexualitatem suam mutandi, novas formas generis creando ultra virum et mulierem. Hoc proponitur tamquam legitima libertatis et creativitatis expressio atque progressus contra traditiones oppressivas.
3. Item aequalitas inter virum et mulierem videretur postulare ut differentiae sexuales non sint essentiales, ne perpetuetur subiectio mulieris viro et serventur munera stereotypata. Ergo iustius esset affirmare differentiam sexualem culturalem esse et non naturalem.
4. Denique, si differentia sexualis esset essentialis, videretur restringere autonomiam individui, qui se secundum proprios appetitus definire deberet, nec teneretur conditioni naturali quam non elegit.

Sed contra est quod Scriptura docet: Deus creavit hominem ad imaginem et similitudinem suam, masculum et feminam creavit eos (Gn 1,27). Concilium Vaticanum II affirmat reciprocitatem viri et mulieris esse radicem originariam omnis societatis humanae. Pius XII in Humani generis docet humanitatem ex una coniugum par provenire. Ioannes Paulus II in Mulieris dignitatem declarat aequalitatem naturae et complementaritatem inter virum et mulierem voluntatem Creatoris esse.

Respondeo dicendum quod differentia inter virum et mulierem non est accidens mutabile, sed proprietas essentialis personae singularis. Esse virum vel mulierem intrat constitutionem ipsius identitatis personalis et non potest tractari ut res externa quae voluntate mutatur. Visio quae sexum ad conventionem culturalem vel ad accidens reducit destruit dignitatem personae et ducit ad aberrationes technicas quae confundunt medicinam cum magia. Individuum humanum in concreto semper est vir vel mulier, nec est omnino accidentale quod Maria sit mulier et Ioseph sit vir: sunt proprietates essentiales naturae personalis. Revelatio ostendit par originarium fundamentum esse humanitatis et reciprocitatem viri et mulieris a Deo volitam esse tamquam radicem communionis et familiae. Matrimonium, tamquam institutio naturalis et sacramentum, hanc complementaritatem tuetur ad generationem et educationem prolis. Consecratio baptismalis extendit hunc characterem sacrum ad omnem relationem viri et mulieris, etiam in vita religiosa, ubi cooperatio inter sacerdotem et religiosam Ecclesiam aedificat. Negare hanc veritatem ducit ad hedonismum qui sexualitatem ad voluptatem reducit et ad feminismus qui complementaritatem ignorat, cum doctrina catholica aequalitatem in differentia et mutuam adiutorium tamquam viam sanctitatis affirmet.

Ad primum dicendum quod sexus non est accidens, sed proprietas essentialis personae, sicut ostendit impossibilitas concipiendi individuum humanum normale qui non sit vir vel mulier.
Ad secundum dicendum quod ars technica potest adiuvare ad curandas disfunctiones, sed naturam creare vel substituere non potest; hoc esset monstruosum et contra dignitatem humanam.
Ad tertium dicendum quod aequalitas non opponitur differentiae, sed in complementaritate perficitur, sicut Revelatio et Magisterium docent.
Ad quartum dicendum quod autonomia individui non consistit in negatione naturae, sed in libera conformitate vitae ad veritatem esse a Deo recepti.
   
JG

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