¿Estamos acaso viviendo los resplandores de un tiempo escatológico? ¿No es la amenaza nuclear el signo más evidente de que la paz verdadera no puede nacer de un ingenuo buenismo, sino de la victoria de Cristo sobre sus enemigos? ¿Por qué se omite hoy el aspecto apocalíptico del Evangelio, cuando es precisamente allí donde se revela la seriedad de la lucha cristiana? La voz del reciente artículo del padre Giovanni Cavalcoli nos recuerda que la paz no es mera conciliación, sino también combate y triunfo, y que la esperanza cristiana se funda en la victoria del Cordero sobre el anticristo.
Trump y el Papa León
Las dos almas de América
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli, publicado en su blog el 14 de mayo de 2026. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/trump-e-papa-leone-le-due-anime.html)
Illi qui iusta bella gerunt, pacem intendunt
San Tomás, Sum. Theol., II-II, q.40, a.1,3m
Un encuentro extremadamente importante
Este paralelo entre dos americanos que dominan la escena del mundo es interesantísimo. Es el signo del prestigio que los Estados Unidos han logrado conquistarse como Nación emergente en toda la humanidad, con una relación con las Naciones Unidas, las cuales tienen a los Estados Unidos en el Consejo de Seguridad y al Estado de la Ciudad del Vaticano como observador.
De la confrontación comparativa entre estos dos hombres, en el horizonte político de las Naciones Unidas y en el respeto de sus instituciones, colaborando con ellas y ayudándolas en su tarea de custodio del bien de la comunidad internacional, depende la paz en el mundo. No existe en el mundo una potencia que pueda competir en universalismo cultural, moral y político con los Estados Unidos y la Iglesia, una potencia que tanto influjo y autoridad tenga sobre la humanidad cuanto los Estados Unidos y la Iglesia católica.
No hay potencia política mundial que esté tan cercana a la Iglesia como los Estados Unidos, que profesan la fe en Dios en su misma Constitución, mientras que la Unión Europea, abandonando el cristianismo, se ha negado vergonzosamente a acoger la invitación de San Juan Pablo II a citar en la Constitución las raíces cristianas de Europa.
Con tal necia decisión, la UE ha mostrado una estrechez de mente, que la ha hecho decaer del seguimiento del alto ideal que se habían propuesto De Gasperi, Adenauer y Schuman al poner las bases jurídicas de la construcción de la unidad política de Europa.
De este modo hoy la UE muestra estar guiada por el racionalismo cartesiano típico de la masonería, incapaz de apreciar el pulmón derecho de Europa, de modo que la UE se encuentra ahora empantanada en la guerra exasperante con Rusia a causa de Ucrania, que dura ya cinco años. Pero no hay duda de que también la Rusia de Putin, Cirilo y Dugin ¹, con su fanático insistir en la Tercera Roma, muestran ser herederos del imperialismo soviético, y muestran al mundo un rostro desfigurado de la santa Rusia.
El ecumenismo promovido por el Concilio entre católicos y ortodoxos es todavía por desgracia letra muerta en Ucrania, de modo que la OTAN y Rusia se aprovechan para disputarse el dominio sobre Ucrania. Ucrania, en cambio, tendría las credenciales para constituir el laboratorio privilegiado de diálogo católico-ortodoxo y con ello mismo para constituir, en lugar de la manzana de la discordia, el país mediador entre Europa Occidental y Europa Oriental, para la formación de la verdadera Europa, que va desde Portugal hasta los Urales.
En cuanto a los Estados Unidos, ellos, a juicio de Maritain ², son el país que entre todos mejor se presta a la realización de aquella nueva cristiandad que él delineó en Humanisme intégral, y que encontramos delineada en la Constitución pastoral Gaudium et spes del Concilio Vaticano II.
Las grandes potencias políticas que se encuentran hoy actuando en la escena internacional son, además de los Estados Unidos, Rusia ³, China ⁴, India, el sionismo internacional, que se expresa en el Estado de Israel ⁵ y en la gran finanza judía, la masonería, que está a la guía de la UE, el mundo islámico, dividido entre el sunnismo razonable egipcio y el chiismo fanático iraní, mientras que las fuerzas espirituales cristianas dispersas en el mundo, es decir, las católicas, normales, modernistas y pasadistas, así como las protestantes, anglicanas y ortodoxas, influyen de diversos modos y medidas en el escenario político tanto occidental como oriental, con exclusión del mundo islámico, de la India y de China, que son mundos en competencia con el cristianismo, en la convicción o de ser superiores a él (el gnosticismo indio, el judaísmo, la masonería y el islamismo) o incluso de conducirlo a la extinción (comunismo) ⁶.
Creo que el líder espiritual sobre el cual hoy en toda la humanidad están más fijados los ojos, que aparece como el más fiable, el más desinteresado y que goza del mayor prestigio y credibilidad, es el Papa. El Papa Francisco ha contribuido a crear esta figura. Lo que de su enseñanza ha impresionado más al mundo ha sido el mensaje de la fraternidad universal y del deber de la misericordia.
En las demás potencias, incluidos los Estados Unidos, aflora la sospecha, por no decir la certeza, de que de diversos modos, manifiestos o implícitos, en el fondo de su actitud hacia la comunidad internacional haya una voluntad o deseo de dominio sobre el mundo, considerada la parcialidad de su propuesta y la incapacidad de ser verdaderamente universal y atenta al verdadero y pleno bien común.
Notamos en cambio que la Organización de las Naciones Unidas es la única institución internacional legítimamente habilitada para dirigir la comunidad internacional en el seguimiento del bien de la misma comunidad, aunque por desgracia no dispone de fuerzas de orden adecuadas para hacer respetar las resoluciones tomadas por el Consejo de Seguridad.
Los Estados Unidos son la potencia política que ofrece la mayor fiabilidad
El ejemplo de ordenamiento político que ofrecen los Estados Unidos al mundo es el de un régimen democrático nacido en virtud de un pacto social, ejemplarmente funcionante, de excepcional estabilidad, estando todavía en vigor desde la famosa declaración de independencia de Inglaterra en 1776. Ningún Estado democrático en el mundo puede vanagloriarse desde aquella fecha de una serie tan numerosa de presidentes democráticamente elegidos y de una sucesión tan regular, siempre sobre base constitucional, de eventos políticos.
El pueblo americano tiene un origen del todo único, muy interesante y muy apreciable. No resulta de una base natural étnica unitaria nacida y residente en un territorio dado, sino que tiene origen en una decisión de la voluntad, en un deseo de felicidad y en una necesidad de libertad, que a su vez puso en marcha un fenómeno migratorio de gentes resultantes de colonos ingleses y de otras razas añadidas posteriormente, atraídas por el programa de convivencia civil ideado por estos colonos con el fin de organizar en el nuevo territorio de residencia una nueva sociedad, independiente de la inglesa, de la cual habían padecido injusticia, y basada en principios de libertad, fraternidad e igualdad y de respeto de los derechos universales del hombre, aunque existe un núcleo originario inglés, que sin embargo posteriormente se enriqueció con el aporte de otros grupos étnicos provenientes de Europa y posteriormente de todas partes del mundo, deseosos de compartir el programa de vida americano, en el respeto de las leyes que se había dado, constatando los buenos resultados de la puesta en práctica de su programa de convivencia humana y civil.
Hay algunas cosas interesantes en esta iniciativa colectiva y concorde de fundar una nueva sociedad en una nueva organización estatal. Lo que aparece ante todo, sorprendente en el mundo de hoy tan impregnado de ateísmo o de agnosticismo, fue la voluntad de todos de fundar una sociedad política y estatal cuya constitución declarara públicamente su confianza en Dios – in God we trust.
En segundo lugar, se debe notar la orientación pluralista y liberal de la nueva organización estatal, sin favorecer el individualismo y la anarquía: no un único Estado sino una federación de Estados bajo una única dirección federal; no una religión de Estado sino la libertad religiosa, con la obligación de todos de respetar la religión natural; no el primado del bien común sobre la persona, sino el primado de la persona sobre el bien común.
Este sistema político respeta la concepción aristotélica basada en el principio de analogía: e pluribus unum, como leemos en el mismo escudo de los Estados Unidos. Mientras la univocidad del ser conduce al monismo, al absolutismo y al totalitarismo, el sistema basado en el concepto analógico del ser une lo uno con lo múltiple, asegura la unidad del bien privado y del bien público, y por tanto garantiza la justicia social en la libertad de los individuos, une la jerarquía con la paridad, la opinión con el saber, la libre elección con la obligación moral, la coerción con la persuasión, la dulzura con la fuerza, la misericordia con la justicia.
Este sistema, como ya indicó Aristóteles, une la monarquía (la unidad), con la aristocracia (el mérito, la virtud, la pluralidad) y con la democracia (la igualdad, la libertad, la totalidad). Por el respeto de estos ideales la Constitución americana debe considerarse un modelo para todos aquellos Estados que quieran vivir largo tiempo, en la justicia, en la libertad y en la paz. Y lo que se debe notar es que esta estabilidad no depende de ningún conservadurismo, porque, al contrario, la sociedad americana es extremadamente dinámica y siempre en movimiento, siempre en búsqueda del progreso, de la renovación, de la mejora.
Al mismo tiempo la famosa declaración de los derechos del hombre es un punto firme y actúa como coagulante sagrado, indiscutible e irrenunciable para toda la sociedad. Espontánea en el ciudadano americano es la percepción de los valores prácticos de fondo esenciales, que no deben y no pueden cambiar, sin que desaparezcan las bases de la convivencia civil.
Todos, por otra parte, conocemos los defectos de la sociedad americana: la búsqueda del éxito personal y de la posesión personal de las riquezas, descuidando las necesidades de los pobres; la difundida licenciosidad sexual; las armas de fuego en manos de privados; la debilidad de la asistencia pública y de la institución familiar; un excesivo apego a las ciencias experimentales y escasa actitud hacia la sabiduría metafísica; la libertad prescindiendo de la verdad.
Es claro, por otra parte, que los Estados Unidos, apoyados por la ONU y apoyando a la ONU, tienen la posibilidad u oportunidad de advertir o detener con la amenaza del uso de la fuerza aquellas potencias que quisieran perturbar el bien común de la comunidad internacional, sin dejar de lado al mismo tiempo todo esfuerzo diplomático para encontrar vías pacíficas a la solución de las controversias y de los problemas de la justicia.
¿Cuáles son los términos de la cuestión?
El reciente choque verbal entre el Papa y Trump es extremadamente significativo y tiene un valor histórico. La inmediata reacción de indignación de muchos, incluso no católicos, contra Trump y el apoyo dado a las palabras del Papa no es solo comprensible, sino también justa. Sin embargo, es necesario saber encontrar el aspecto de verdad en las palabras de Trump, así como no podemos dejar de tener alguna perplejidad acerca de algunas palabras del Papa.
La cuestión que ellos han tocado es muy seria y nos involucra a todos desde el punto de vista de nuestra misma supervivencia física. El Papa insiste en condenar toda guerra. Es claro que él con este término entiende «odio recíproco» o «violencia homicida». Por fuerza entonces hay que condenar toda guerra y no podemos hablar de «guerra justa», porque sería como decir un pecado justo.
Pero queda siempre el problema del uso justo de las fuerzas militares. A mi modesto parecer, el Papa debería tocar este argumento, tan importante y tan discutido, porque es también con el justo empleo de las fuerzas armadas que se alcanza la paz, cuando las tratativas se revelan imposibles.
Una condena indiscriminada de las operaciones militares desalienta a los mismos militares del cumplimiento de su deber, desmotiva su elección y los hace casi sentirse culpables ⁷. Además puede tener el efecto de disuadir a los jóvenes de prestar el servicio militar o de desmotivar a las fuerzas armadas. El antiguo lema romano Si vis pacem, para bellum, por más que pueda parecer paradójico, tiene un aspecto de verdad. Sabemos de hecho cómo también en medicina, cuando los fármacos no bastan, se necesita la intervención quirúrgica.
Si se debiera poner en práctica al pie de la letra la condena de toda guerra, habría que disolver todas las fuerzas armadas y abolir todas las armas. ¿Pero tiene sentido todo esto? No estamos todavía en la tierra de los resucitados, donde habrá el amor universal. Por ahora sentimos las consecuencias del pecado original, por las cuales es imposible que todos logren con la simple razón detener todos los impulsos al odio y a la violencia. Y por esto, en estos casos, el único modo de detenerlos requiere el uso moderado de la fuerza. La renuncia a este medio, cuando se tiene la posibilidad de usarlo, no resuelve las injusticias ni lleva a la paz, porque los prepotentes se aprovechan para continuar sus abusos.
El famoso «bofetón en la mejilla», de evangélica memoria, estúpidamente ridiculizado por Nietzsche, nada tiene que ver con la justificación del violento o con la prohibición de la guerra justa, sino que significa simplemente el deber de la mansedumbre, de la disponibilidad, de la paciencia y de la tolerancia, apreciando los aspectos buenos presentes incluso en los enemigos.
Considero que cuanto Santo Tomás, retomando el pensamiento de San Agustín ⁸, enseña sobre la cuestión de la guerra justa (bellum iustum) ⁹, punto que ha sido objeto en el pasado de muchos doctos comentarios, conserva intacto su valor, de modo que precisamente con el fin de preparar la venida de la paz, sería necesario a mi modesto parecer que el Papa retomara esta sabia doctrina del Aquinate. Ciertamente el Aquinate no conocía las armas atómicas, pero justamente su enseñanza es todavía válida en referencia a las armas tradicionales.
En la visión cristiana, que es aquí profundamente humana, guerra y paz no se oponen tan netamente como a primera vista podría parecer. Existe de hecho una guerra justa que lleva a la paz y una falsa paz que lleva a la guerra. Ciertamente, paz y guerra no pueden coexistir simultáneamente, como no puede existir el simultáneo uso y el no uso de las armas. El simple no uso de las armas en clima de injusticia es ya una guerra, y el uso de las armas para obtener justicia es ya una paz. La guerra desaparecerá del todo en el paraíso, donde toda justicia será cumplida, mientras permanecerá en el infierno como tormento de los condenados fautores de injusticia.
Es claro que se debe absolutamente abolir de inmediato las armas atómicas; pero no tendría sentido abolir las de fuego. Trump ha acusado al Papa de debilidad y de equivocarse en política exterior, dejando que Irán construya la atómica y de causar daño a los católicos. El Papa lo ha replicado acusándolo veladamente de ser un prepotente belicista, mientras él no hace más que predicar el Evangelio. Ahora bien, es claro que no se puede excluir en Trump una tendencia en este sentido, por lo cual el Papa le hace un justo llamado. Pero por otra parte, ¿no nos es acaso lícito preguntarnos con franqueza cómo es que el Papa no cita aquellas palabras del Evangelio donde Cristo dice haber venido a traer una espada?
Según mi parecer, Trump ha querido decir, aunque con un tono arrogante del todo inconveniente, que si el Papa no aprueba la política militar americana de intimidación hacia Irán, dirigida a disuadirlo de construir la atómica, Irán realizará su proyecto con grave peligro para todos, incluidos los católicos.
Si realmente Trump ha querido decir esto, tales palabras deben ser tomadas en consideración. De hecho, si es justo y obligatorio abolir los armamentos atómicos, no es justo y es dañino para la paz renunciar al empleo de las fuerzas armadas. Trump está fuertemente preocupado por el odio del Irán chiita hacia Israel, también porque probablemente es solicitado por la potente componente judía americana.
Efectivamente, el Irán chiita, heredero del antiguo dualismo maniqueo, parece orientado a hacer funcionar junto con la India, China y Rusia aquel Partido euroasiático que ha sido proyectado por el filósofo ruso Alexandr Dugin como fuerza apocalíptica destinada a derrotar al Occidente corrupto y herético.
El trasfondo teológico de la geopolítica totalitaria y belicista de hoy está dado por las dos grandes corrientes de la teología modernista de hoy, que son el monismo parmenídeo de origen indio y el dualismo dialéctico hegeliano, de origen maniqueo persa. Cristo nos enseña que debemos evitar tanto el monismo panteísta del buenismo escatológico a la manera de Orígenes, como la doblez y la hipócrita paridad y reciprocidad del bien y del mal a la manera del Dios dialéctico de Hegel.
Como sabemos, la antigua religión iránica revive en el Zarathustra de Nietzsche. El mal es divino tanto como el bien. Este dualismo reaparece en la dialéctica hegeliana. Heidegger en su Nietzsche ¹⁰ interpreta la voluntad de potencia nietzscheana como la concepción nietzscheana del ser. Gustave Thibon ¹¹ ve en cambio en Nietzsche un enemigo del espíritu y un apologeta del materialismo ateo. La actualidad de Nietzsche aparece en su delirio de omnipotencia ¹² y en su odio feroz contra el cristianismo. Nietzsche, a su pesar, nos disuade del buenismo origenista y nos recuerda que el destino del hombre está en la lucha entre Cristo y el anticristo ¹³.
De hecho, la perspectiva escatológica que nos ofrece el Apocalipsis no prevé la desaparición de los enemigos ni tampoco la conversión de los enemigos en amigos, sino la victoria de los justos sobre sus enemigos, los impíos. Por tanto, es evidente el aspecto agonístico de la vida cristiana. Por esto la Iglesia ha condenado el buenismo origenista como herejía.
Si debemos, como debemos, predicar el Evangelio en su integridad, debemos recuperar el aspecto apocalíptico, que siempre ha sido objeto de la predicación cristiana y no se entiende por qué motivo hoy se omite, con el riesgo de que se lo apropien ciertas sectas de exaltados, con grave daño para la serenidad y seriedad de la vida cristiana. De la humanidad futura desaparecerá entonces todo mal de culpa, todo pecado, pero no el mal de pena, al cual estarán sujetos aquellos que no han querido acoger el reino de Dios.
La perspectiva final de la humanidad
No se necesita mucho para entender que estamos viviendo tiempos que desprenden siniestros resplandores escatológicos, en cuanto la eventualidad de un conflicto nuclear nos presenta la amenaza de un escenario aterrador: el final desconcertante de este mundo. Y efectivamente San Pedro (II Pe 3, 1-13) presenta este final en términos que hacen pensar en un conflicto nuclear, aunque obviamente el Apóstol no podía imaginar nada semejante.
Pero una cosa que debemos notar es que la verdadera perspectiva escatológica no es, como muchos hoy creen, aquella buenista de sello origenista de la reconciliación final de todos los hombres entre sí, de la salvación universal y de la desaparición de todo mal. No es esta la verdadera visión cristiana.
La perspectiva final de los justos es la victoria con Cristo contra sus enemigos. La conciliación es posible solo entre los hombres de buena voluntad, los fieles de Cristo. Pero existen enemigos de Cristo, los seguidores del anticristo, enemigos implacables, con los cuales la conciliación es imposible, por lo cual ellos deberán someterse a Cristo no por amor sino por fuerza.
Una predicación integral del Evangelio no puede ocultar este aspecto, que hace comprender exactamente cuál es la perspectiva de paz por la cual el cristiano trabaja, sufre y combate. Es una paz que no nace solo de una conciliación, sino también de una victoria. Es sí unificación de los justos entre sí, pero es también separación de los malvados. Es sí conquista de la libertad entre los libres, pero es también liberación de los tiranos. Es fruto ciertamente del diálogo y de la persuasión, pero también del sacrificio del soldado del Caballero apocalíptico, que «combate con justicia» (Ap 19,11) y que muere combatiendo por la conquista del Reino (Mt 11,12).
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 9 de mayo de 2026
Notas
¹ La Quarta teoria politica, Edizioni ASPIS, Milano 2022.
² Réflexions l’Amérique, Librairie Arthème Fayard, Paris 1958.
³ Giovanni Codevilla, Da Lenin a Putin. Politica e religione, Jaca Book, Milano 2024.
⁴ Una breve storia della Repubblica Popolare Cinese, a cargo de Zhang Xingxing, Anteo Edizioni, Cavriago (RE) 2024.
⁵ Claudio Vercelli, Israele. Storia dello Stato, Editrice Giuntina, Firenze 2023.
⁶ Sin embargo, hay consuelo en el hecho de que en China hay teólogos católicos tomistas. El teólogo dominico de Bolonia, Antonio Olmi, está en contacto con ellos.
⁷ De hecho, como se sabe, en los inicios del cristianismo algunos militares que se consideraban cristianos se sentían en el deber de abandonar el ejército, pagando también con la vida su elección.
⁸ El Papa, que es un Agustino, podría reflexionar sobre las palabras del gran Maestro.
⁹ Sum. Theol., II-II, q.40.
¹⁰ Adelphi Edizioni, Milano 2013.
¹¹ Nietzsche o il declino dello spirito, Edizioni Paoline, Alba 194.
¹² Que ha sido el principio inspirador del nazismo.
¹³ L’Anticristo di Nietzsche e l’Anticristo della Bibbia, en Sacra Doctrina, 2, 1998, pp.77-134.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum omnis bellum sine distinctione sit damnandum,
vel possit admitti iustus et moderatus usus virium ad pacem obtinendam
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod omne bellum sit damnandum.
1. Quia Papa instat quod bellum significat odium reciprocam vel violentiam homicidam, et ex necessitate tunc omne bellum est damnandum, nec possumus loqui de bello iusto, quia hoc esset sicut dicere peccatum iustum.
2. Praeterea, Evangelium docet alapae in maxillam, quod videtur prohibere omnem resistentiam armorum, et per consequens omne bellum.
3. Item, prospectus escatologicus reconciliationis universalis videtur exigere evanescere omnem violentiam et omnem armorum usum, ita ut pax solummodo per reconciliationem attingatur et numquam per victoriam.
4. Denique, indiscriminata damnatio omnis belli videtur magis conformis nuntio misericordiae et fraternitatis universalis, quem Papa praedicavit, et per consequens esset magis fidelis Evangelio quam doctrina belli iusti.
Sed contra dicit Sanctus Thomas, resumens sententiam Sancti Augustini, quod est bellum iustum, et quod illi qui bella iusta gerunt pacem intendunt. Dicit etiam Sanctus Paulus quod illi qui bella iusta gerunt pacem quaerunt. Apocalypsis docet quod Equus apocalypticus cum iustitia pugnat et moritur pugnando pro regni acquisitione.
Respondeo dicendum quod doctrina quae indiscriminatim damnat omne bellum non est conformis veritati fidei, quia milites a debito suo exsecutione deterrit, electionem eorum demotivat et eos quasi culpabiles facit, et potest habere effectum dissuadendi iuvenes a servitio militari. Antiquum dictum Romanum *Si vis pacem, para bellum*, quamvis paradoxum videatur, veritatem aliquam continet. Simplex non usus armorum in iniustitiae statu iam est bellum, et usus armorum ad iustitiam obtinendam iam est pax.
Pax christiana non solum ex reconciliatione nascitur, sed etiam ex victoria. Est unificatio iustorum inter se, sed etiam separatio malorum; est acquisitio libertatis inter liberos, sed etiam liberatio a tyrannis. Est quidem fructus dialogi et persuasionis, sed etiam sacrificium militis Equitis apocalyptici, qui cum iustitia pugnat et moritur pugnando pro regni acquisitione.
Prospectus escatologicus finalis non est reconciliatio universalis omnium hominum, sicut putant origenistae, sed victoria cum Christo contra inimicos eius. Exstant inimici implacabiles, sequaces antichristi, cum quibus reconciliatio impossibilis est, et qui subiciendi sunt Christo non per amorem sed per vim. Propter hoc Ecclesia damnavit buenismum origenisticum ut haeresim.
Praeterea, fundamentum theologicum hodiernae geographiae politicae totalitariae et bellicosae datur ex monismo parmenideo originis indianae et dualismo dialectico hegeliano originis manichaeae persicae. Christus nos docet vitare tam monismum pantheisticum buenismi escatologici more Origenis, quam duplicem et hypocritam paritatem et reciprocitatem boni et mali more Dei dialectici Hegelii. Vera prospectus escatologica est victoria iustorum cum Christo contra inimicos eius, et non evanescere omne malum.
Ad primum dicendum quod Papa, intelligens in sensu restrictivo vocabulum bellum ut odium reciprocam vel violentiam homicidam, recte dixit quod dixit, et in hoc sensu damnatio eius vera et necessaria est. Sed non sequitur inde quod omnis usus virium sit iniustus, quia est usus iustus et moderatus armorum qui non est odium nec violentia homicida, sed servitium pacis et iustitiae.
Ad secundum dicendum quod alapa in maxillam significat mansuetudinem et patientiam, sed non prohibitionem belli iusti.
Ad tertium dicendum quod reconciliatio universalis non est vera visio christiana, quia prospectus finalis iustorum est victoria cum Christo contra inimicos eius, et non evanescere omne malum.
Ad quartum dicendum quod nuntius misericordiae et fraternitatis universalis Papae verus est, sed complendus est doctrina belli iusti, quia pax etiam per victoriam contra inimicos Christi obtinetur. JG

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