¿Puede un místico católico confundirse hasta borrar la distinción entre el alma y Dios? ¿No es acaso un riesgo de panteísmo cristológico el insistir en una unión que ya no distingue lo humano de lo divino? ¿Por qué santa Catalina de Siena sigue siendo mistagoga eminente sin sombra de heterodoxia, mientras Eckhart suscita sospechas y condenas? ¿No nos advierte la Iglesia que hoy, más que nunca, debemos discernir entre la riqueza del Espíritu, la pobreza de la inteligencia metafísica y las astucias del demonio? La comparación entre ambos nos invita a beber de la claridad de Catalina y a desconfiar de las audacias ambiguas de Eckhart, que pueden seducir pero también extraviar. [En la imagen: fragmento de una ilustración de un manuscrito medieval del siglo XV, representando al papa Juan XXII].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
jueves, 14 de mayo de 2026
Santa Catalina de Siena y Meister Eckhart. La apreciación del ser divino (3/3)
Santa Catalina de Siena y Meister Eckhart
La apreciación del ser divino
Tercera Parte (3/3)
(Traducción al español de la segunda parte del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicada en su blog el 12 de mayo de 2026. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/santa-caterina-da-siena-e-meister_02024479718.html)
El alma y Dios
Tanto Catalina como Eckhart tienen la mirada fija en Dios e insisten en la necesidad de renunciar a todo apego al propio yo para dejarse guiar por Dios y por su gracia. Pero mientras Catalina mantiene una precisa conciencia de la dignidad de su yo y de los dones recibidos de Dios, un yo creado a imagen de Dios, redimido por la sangre de Cristo, Eckhart, que no pretende en absoluto negar la centralidad de Cristo, insiste de manera tan exagerada en este desposeimiento de sí, que parece que la tarea del místico sea anularse a sí mismo para sustituir por Dios al propio yo, una operación en verdad absurda, que convierte la humildad en una divinización del yo.
Tanto para Eckhart como para Catalina el alma es evidentemente consciente de sí. Pero mientras para Catalina el «conocimiento de sí» hace comprender al alma su total dependencia de Dios al haber sido creada por Él e instruida en sus deberes, de modo que en este conocimiento de sí el alma se descubre y se reconoce pecadora y es estimulada a la penitencia y a la conversión, la autoconciencia eckhartiana parece una simple toma de conciencia de la propia unión con Dios.
El alma humana, para Catalina, no tiene en sí nada increado, como cree Eckhart, sino que es enteramente criatura, aunque en su fondo sea misterio para sí misma, hecha para ver a Dios y unirse a Él en la visión beatífica. ¿Cómo puede —son palabras de Eckhart— «el ojo con el cual Dios me ve ser el mismo ojo con el cual yo veo a Dios»? ¿Dónde está la distinción entre mi ojo y el de Dios?
Si hubiera en el alma algo increado, ¿cómo distinguirla de Dios? ¿Cómo podría obrar el mal? ¿Qué sentido tendría la obediencia a Dios? ¿Qué sería de la caridad como conformidad de la voluntad humana con la voluntad divina? ¿Y la libertad no terminaría por fundarse en sí misma, en lugar de en la humildad y la obediencia a Dios? ¿La acción humana no se convertiría en fin en sí misma? Y de hecho, ¿no encontramos en las obras de Eckhart expresiones que nos empujan a responder afirmativamente a estas preguntas? Nos detiene, sin embargo, el considerar su vida virtuosa, que supone más bien una respuesta negativa, la verdadera, a todas esas preguntas.
Añadamos, en todo caso, que tanto Eckhart como Catalina manifiestan con claridad la espiritualidad dominicana ¹ de impronta fuertemente teológica, donde aparece como central el problema de la relación del alma con Dios. En consecuencia, la relación con el prójimo se configura primariamente como predicación y explicación de la palabra de Dios, estimular y guiar las almas a la contemplación divina y a la unión mística con Dios. En el horizonte de esta orientación común, notamos sin embargo entre los dos místicos profundas diferencias. Eckhart siente mucho el valor paulino de la libertad; Catalina, el valor joánico de la caridad.
Curiosamente, en ambos el Espíritu Santo, que es tan importante en la vida mística, parece ocupar un espacio modesto. Ambos, sin embargo, hablan mucho de la sabiduría, don del Espíritu. Diría que, por el acentuado interiorismo eckhartiano, el Espíritu Santo tiene mayor parte en Eckhart que en Catalina.
Eckhart, para expresar la independencia a la que llega el alma cristiana, llega al punto de decir que es necesario llegar a actuar sin un porqué, y ser libres incluso de Dios. Eckhart subraya de tal modo el dominio divino sobre el mundo, que parece que para él todo está bien tal como está. Así, la ética de Eckhart en algunos lugares se asemeja más a la budista que a la cristiana, aunque también aquí es necesario tratar de entender lo que él quiere decir. Pretende abogar por la perfecta sumisión a la voluntad de Dios, pero las expresiones son tan audaces que corren el riesgo de obtener el efecto contrario al deseado.
Catalina, en cambio, se mantiene alejada de estos extremismos que pueden generar peligrosos equívocos. Así, su palabra encendida se sitúa en la línea del lenguaje tradicional de los santos y de la Escritura. Ella parece además oponerse radicalmente a Eckhart en la cuestión del deseo como expresión de la caridad. Habla al respecto de un «deseo inflamado». Es atraída por Dios en una respuesta apasionada a su amor preveniente crucificado. Para Catalina es necesario además motivar las propias acciones, y obrar siempre por amor de Dios y en nombre de Dios.
El testimonio y la enseñanza moral
Catalina subraya la importancia del dominio de las pasiones, del esfuerzo ascético y de las observancias regulares. Eckhart subraya la espontaneidad del obrar bajo el impulso del Espíritu. En ambos hay plena conciencia de la obra de la gracia que previene, sostiene, corrobora, perfecciona y purifica la obra de la naturaleza.
Recordemos asimismo que el dominico, como todo cristiano, se dedica también a las obras de misericordia, ama la vida litúrgica y de oración, revive en sí mismo la pasión de Cristo, practica las obras de penitencia, da su contribución al bien de la sociedad civil. Es amante de la vida común y de la comunión fraterna y amistosa.
Debemos observar que en todas estas obras Catalina, aunque no fuese religiosa como lo era Eckhart, es un espléndido ejemplo de santidad, mientras que Eckhart, según los testimonios que tenemos de sus contemporáneos, resplandece mucho menos y está lejos de habernos dejado los ejemplos que nos da Catalina.
Ella ciertamente en vida fue combatida también por prelados y teólogos, pero se ha podido comprobar que en su caso se trató de hostilidades ocasionadas por la franqueza con la cual la santa denunciaba las injusticias cometidas por prelados y teólogos. Se ha podido entender, en un examen atento, que las polémicas de Catalina eran también expresión de su caridad y de su amor por la Iglesia y por los mismos pastores, ante todo el Papa.
En cambio, en el caso de Eckhart las oposiciones que recibió, aunque en ellas no faltara la envidia, se revelaron fundadas y justificadas, y tocaron temas tan importantes de la doctrina y de la moral, que indujeron al mismo Papa a intervenir personalmente, cosa muy rara en la historia del Papado, signo evidente de que Eckhart suscitó preocupaciones doctrinales muy serias.
Catalina indica, agustinianamente, en el «amor propio», entendido como repliegue del yo sobre sí mismo, efecto del orgullo, el principio de todo mal del hombre. Y lo remedia con el arrepentimiento, la penitencia, el amor de Dios, el «deseo inflamado» y la «caridad ardentísima». En cambio, para Eckhart parece que la autoconciencia llevada a sus últimas consecuencias es suficiente para garantizar al alma bienaventuranza y libertad, sin que el alma desee nada, puesto que posee a Dios.
Así, en lo que respecta al campo de la moral, en la concepción eckhartiana del «desapego» (Abegeschegenheit) de la criatura respecto de todo lo creado y de sí misma, para que Dios esté en ella, la criatura según Eckhart debe negar incluso su propio ser, considerándolo no como algo, sino como nada, con el resultado de que Dios se sustituye a su nada. ¿Pero entonces se convierte en Dios?
El desapego del que habla San Pablo —el gozar como si no gozáramos (1 Cor 7,31)— no es una visión ontológica por la cual el yo se considera nada porque solo Dios existe, salvo luego sustituirse a Dios, sino que es un acto de la voluntad y precisamente un acto de humildad y de caridad, por el cual el hombre no hace de este mundo y de sí mismo un ídolo, sino que goza de ellos con moderación, dominio de sí, dispuesto a las necesarias renuncias, con espíritu de servicio al prójimo, en honor de Dios supremamente amado.
Una humildad exagerada entendida como autodestrucción o aniquilamiento de sí, como culto masoquista del dolor en la idea de que Dios mismo sufre, no es el reniego cristiano del propio yo, sino un horrible suicidio, que ciertamente no corresponde a la voluntad de Dios, que quiere en Cristo, como hijos de Dios, nuestra felicidad, la liberación del dolor y la glorificación eterna, aunque por medio de la cruz. Las proposiciones eckhartianas condenadas por el Papa dejan entender objetivamente esta falsa humildad y una oculta soberbia. ¿Pero eran estas las intenciones de Eckhart?
¿Meister Eckhart Beato?
El trabajo que hoy se está realizando para poner de relieve las virtudes de Eckhart es ciertamente loable, pero la idea que se ha difundido según la cual el Papa se habría equivocado al condenar aquellas proposiciones, las habría malinterpretado y, por tanto, las habría condenado injustamente, no es defendible, porque el Papa, al juzgar en materia de fe o próxima a la fe, tanto para enseñar como para condenar, dispone por voluntad de Cristo y con la autoridad de Cristo, como Sucesor de Pedro, de un especial carisma de juicio y de discernimiento, por el cual nos muestra siempre lo que es verdadero y lo que es falso.
Como es sabido, también es de su competencia declarar la santidad ejemplar de aquellos fieles difuntos cuya santidad ha sido debidamente comprobada, proponiéndolos como intercesores, modelos de comportamiento y maestros de verdad. Sobre la cuestión de Eckhart, por tanto, no se puede excluir que un día pueda ser elevado al honor de los altares. Lo que en cambio se debe excluir absolutamente es que en el futuro el Papa pueda declarar verdaderas las proposiciones eckhartianas que Juan XXII condenó como falsas.
Juan Taulero, gran místico discípulo de Eckhart, dijo que el maestro no había sido comprendido porque se situaba en el punto de vista divino de la eternidad, mientras que se había querido juzgar su pensamiento desde el punto de vista del tiempo. Ahora bien, es cierto que la mirada de la fe nos permite asumir y hacer nuestro el mismo pensamiento divino, colocarnos en el punto de vista de Dios y juzgar el mundo y a Dios desde este punto de vista. Pero con ello no estamos autorizados a confundir el ser con el pensamiento por el hecho de que en Dios el ser coincide con el pensamiento.
El padre Giuseppe Barzaghi, docente dominico en la Facultad Teológica de Bolonia, cita una obra ² que recoge los resultados de la investigación histórica encargada por la Orden Dominicana para postular la abrogación de la condena de su insigne hijo ³. Según Barzaghi, las proposiciones condenadas por Juan XXII (Denz. 951‑978) habrían sido «extrapoladas de sus obras y de sus predicaciones de manera torpe» ⁴.
Hago la observación que las censuras pontificias en materia de fe son una expresión de la autoridad doctrinal del Papa, que no pueden ser erradas ni reformables. Y de hecho nunca ha sucedido que sentencias pontificias de condena que tocan su servicio de verdad en el campo de la doctrina de la fe sean abrogadas o revisadas.
El trabajo que se puede hacer, más bien, puede ser semejante al que se hizo en el caso del Beato Rosmini: sin desmentir la condena de las 40 proposiciones, la Iglesia salvó sus intenciones. De modo análogo, para Eckhart la Iglesia podrá declarar que el contenido de las proposiciones eckhartianas, permaneciendo en sí mismo condenado, no refleja las intenciones doctrinales profundas del Autor, es decir, lo que realmente quería decir, en sí mismo válido y útil para la teología y la vida cristiana.
Como se hizo con Rosmini, igualmente se puede hacer con Eckhart: seleccionar entre sus escritos aquellos que pueden ser de edificación para la teología y la vida cristiana. Por lo demás, ¿creemos acaso que los escritos de un Santo Tomás o de un San Agustín estén exentos de cualquier error? Si iniquitates observaveris, Domine, Domine, quis sustinebit?
Así, en lugar de defender a Eckhart allí donde no es defendible o incluso aprobar las tesis de sabor idealista, masoquista, maniqueo o panteísta, sin contribuir en nada a su honor, más bien ofendiendo su memoria, el trabajo útil que se podrá hacer será exponer lo que verdaderamente hay de válido en su pensamiento, conforme a la doctrina de la Iglesia y a la enseñanza tradicional de los santos.
Que el pensamiento de Eckhart favorezca el idealismo panteísta está comprobado por el favor que encontró entre los idealistas alemanes, como Franz von Baader, Fichte, Schelling, Schopenhauer, Hegel y Heidegger, como lo indican un historiador de la mística alemana, Ernst Benz ⁵, y Alain de Libera ⁶.
Giuseppe Faggin, en su ya citado libro sobre Eckhart, ha notado que continuadores de Eckhart y precursores del idealismo alemán pueden ser considerados el Cusano, Spinoza y el mismo Lutero ⁷. No sería difícil notar en el maniqueísmo cabalístico de Jakob Böhme un continuador del dualismo de bien y mal divinos de Eckhart, mientras que es sabido que Hegel, a su vez, ve en el dualismo teológico de Böhme un precursor de su visión dialéctica del Dios que se niega a sí mismo para volver en sí desde la negación.
Viceversa, ninguno de los místicos católicos posteriores a Eckhart, aprobados por la Iglesia, salvo quizá Susón y Taulero, se remite a Eckhart, mientras que Catalina ha permanecido como mistagoga eminente hasta nuestros días, sin que su enseñanza despierte sospecha alguna de heterodoxia.
La ventaja de la mística cateriniana sobre la eckhartiana está en el hecho de que Catalina, aun sin carecer de expresiones audaces, típicas de la mística, sabe expresarse de modo que nos hace comprender con claridad, sin generar equívocos, la distinción entre la criatura y el Creador, entre el alma y Dios, entre los atributos de la criatura limitada y pecadora y los atributos divinos, inmensos e incomprensibles, sublimes e inefables.
En cambio, Meister Eckhart insiste demasiado en el hecho de la unión mística, hasta el punto de que ya no se logra distinguir el alma de Dios, lo que hace el alma y lo que hace Dios, el ser humano del ser divino. Por esto surge en el creyente un movimiento de repulsión, porque le nace la impresión de que se le quiere proponer un proyecto impío de hacerse igual a Dios.
Hoy la situación intelectual presenta tres aspectos: primero, la Iglesia nunca ha estado tan rica de verdad y de sabiduría. El Espíritu Santo sopla abundantemente. Segundo, el nivel de inteligencia metafísica está en sus mínimos históricos: nunca ha estado tan bajo. Para usar un lenguaje bíblico, «ya no sabemos distinguir la derecha de la izquierda» (Gn 4,11). Tercero, el demonio nunca ha sido tan astuto y seductor como hoy en idear engaños eficaces y peligrosos para la fe y la salvación.
Para hacer frente a esta situación la Iglesia nos indica tres líneas de conducta correspondientes a los tres puntos mencionados: respecto al primero, estamos calurosamente invitados a beber abundantemente de esta inmensa riqueza, en la escucha del Espíritu, tanto más cuanto que los enemigos de la verdad nunca han sido tan fuertes y astutos como hoy.
Respecto al segundo punto, es necesario recoger incluso las migajas de verdad que se encuentran esparcidas por doquier, a menudo en medio de la inmundicia del error, por tanto «no quebrar la caña cascada y no apagar el pábilo humeante» (Mt 12,20).
Los medievales, que navegaban en la verdad del Catecismo, podían permitirse ajusticiar a un hereje por una sola herejía. Hoy, que nos encontramos en el desierto ⁸, debemos considerar un tesoro incluso una mínima poza de agua. Si debemos estar dispuestos a encontrar lo bueno en los discursos de Lenin, de Nietzsche, de Mussolini, de Hitler o de Hamas, con mayor razón debemos excusar y apreciar a los teólogos que tropiezan en algún paso.
En cuanto al tercer punto, es necesario estar muy vigilantes en descubrir los engaños del demonio, que es hábil sobre todo en proponernos un falso concepto de Dios y, por tanto, de la mística. Por esto, el Papa Francisco, como ningún otro Papa antes de él, nos ha dejado preciosas enseñanzas sobre cómo desenmascarar las insidias del demonio y cómo defendernos de sus seducciones y de sus amenazas.
Fin de la Tercera Parte (3/3)
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 6 de mayo de 2026
Notas
¹ Cf. Pietro Lippini, La spiritualità domenicana, Edizioni Studio Domenicano, Bolonia 1987; cf. también Domenico Agostino Turcotte, L’ideale domenicano, Tamari Editori, Bolonia 1961.
² H. Stirnimann & R. Imbach, Eckardus theutonicus, homo doctus et sanctus. Nachweise und Berichte zum Prozess gegen Meister Eckhart, Universitätsverlag, Friburgo (CH) 1992.
³ Maestro Eckhart. Invito alla lettura, a cargo de Giuseppe Barzaghi, Edizioni San Paolo, Turín 2002, p. 17.
⁴ Ibid.
⁵ Véase Les sources mystiques de la philosophie romantique allemande, París 1964. Existe una traducción italiana a cargo de la Casa Editrice Spano de Milán, sin fecha.
⁶ Meister Eckhart e la mistica renana, Jaca Book, Milán 1988.
⁷ Meister Eckhart e la mistica tedesca preprotestante, Fratelli Bocca Editore, Milán 1946, c. VIII.
⁸ Heidegger expresa a su modo esta desconcertante situación diciendo que «los dioses han huido». Falta la palabra y en su lugar está la «charla». Sin embargo, exagera cuando dice que hoy es mejor callar sobre Dios. Faltan los predicadores, faltan los dominicos.
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto (vale decir, las tres partes que componen el artículo), he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum doctrina mystica Eckhart sit conformis veritati fidei
comparata cum doctrina Catharinae Senensis
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod doctrina mystica Eckhart sit conformis veritati fidei.
1. Quia Eckhart fuit dominicanus vitae irreprehensibilis, veritatis et contemplationis amator, et voluit magnitudinem Dei ac nihilitatem creaturae exaltare. Si anima seipsam annihilat, Deus potest locum eius occupare, et sic unio cum Deo esset perfectior.
2. Praeterea, Eckhart affirmat cogitationem esse superiorem esse, quia cogitatio est quae nobis permittit veritatem cognoscere et ad Deum elevari. Si esse non cogitatur, non potest esse verum; ergo cogitatio haberet primatum.
3. Item, Eckhart instat de unione cum Christo usque ad identitatem. Si christianus non est similis Christo, sed ipse Christus, tunc unio est plena et perfecta, nec est distinctio quae communionem limitet.
4. Denique, Eckhart tenet quod abdicatio debet pervenire usque ad hoc ut ipsum esse proprium tamquam nihil consideretur, ut Deus se substituat illi vacuitati. Hoc videtur esse conforme doctrinae Pauli de fruendo quasi non frueremur, et ita esset vera humilitas.
Sed contra dicit Apostolus quod homo debet frui hoc mundo quasi non frueretur, non quia esse suum sit nihil, sed ne de seipso idolum faciat, sed ut moderate et caritative vivat. Praeterea, Papa, successor Petri, habet speciale charisma iudicii et discretionis in rebus fidei, et proposita Eckhart falsa damnavit. Ergo non possunt esse vera.
Respondeo dicendum quod doctrina Catharinae conformis se ostendit veritati fidei, quia servat clarissimam distinctionem inter creaturam et Creatorem, inter animam et Deum, inter attributa creaturae limitatae et peccatricis et attributa divina immensa et incomprehensibilia. Ipsa affirmat quod cognitio sui facit animam suam totalem dependentiam a Deo intelligere, peccatricem se invenire et ad poenitentiam ac conversionem stimulatur. Indicat in amore proprio, intellecto ut reditus ego super seipsum, principium omnis mali hominis, et remedium ponit in paenitentia, in poenitentia, in amore Dei, in desiderio inflammato et in caritate ardentissima.
E contra, doctrina Eckhart, quamvis intentione animata magnitudinem Dei et dignitatem christiani exaltandi, gravibus implicatur aequivocis: confundit esse cum cogitatione, unionem cum Christo cum identitate quae distinctionem tollit, et abiectionem cum negatione ontologica ipsius esse. Ponere cogitationem supra esse denotat perceptionem esse insufficientem et includit realitatem in cogitatione, ita ut Deus conceptus ut cogitatio et non ut esse non possit esse Deus realis, sed solum idolum mentis. Resolvi esse divinum in cogitatione significat Deum reducere ad actum intentionalem spiritus creati, et sic creaturam loco Dei ponere.
Praeterea, instare de unione mystica usque ad deletionem distinctionis inter animam et Deum, inter humanum et divinum, suscitat in credente impressionem impii propositi se aequare Deo. Humilitas nimia intellecta ut autodestructio vel annihilatio sui, ut cultus doloris masochistici sub opinione quod Deus ipse patiatur, non est renuntiatio christiana proprii ego, sed horrendum suicidium, quod non respondet voluntati Dei, qui vult in Christo felicitatem et glorificationem aeternam filiorum suorum.
Propterea propositiones eius a Papa damnatae sunt, qui in rebus fidei speciale charisma iudicii et discretionis habet. Opus utile quod fieri potest est exponere quid vere validum sit in eius cogitatione, conforme doctrinae Ecclesiae et traditionali sanctorum magisterio, sicut factum est cum Rosmini.
Ad primum dicendum quod vita sancta Eckhart non excusat ambiguitatem expressionum eius, quae obiective suspicionem superbiae et panteismi christologici excitant.
Ad secundum dicendum quod cogitatio non est superior esse, quia pertinet ad ordinem esse intentionalis vel mentalis, ordinati ad esse reale. Centum taleros cogitatos non valent centum taleros reales. Solum in Deo cogitatio cum esse coincidet, quia Ipse est ipsum Esse subsistens.
Ad tertium dicendum quod unio cum Christo non est identitas, sed unio in distinctione, sicut docet dogma Chalcedonense cum quattuor adverbiis: adiairétos, acorístos, asynchítos, atreptos.
Ad quartum dicendum quod vera abdicatio non est negatio ontologica proprii esse, sed actus humilitatis et caritatis, per quem homo non facit de hoc mundo et de seipso idolum, sed moderate fruitur et cum spiritu servitii proximo, ad honorem Dei supremo amore dilecti.
JG
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