lunes, 4 de mayo de 2026

Reflexión sobre la honestidad moral del lenguaje

El lenguaje de la Iglesia no es un adorno, sino un instrumento vital que compromete la credibilidad de quienes anuncian el Evangelio. Cuando se banaliza o se deja contaminar por expresiones mundanas, ¿no se corre el riesgo de deformar los mismos conceptos de la fe? El Concilio Vaticano II mostró que es posible actualizar el modo de hablar sin traicionar el contenido, uniendo la precisión escolástica con la claridad moderna. ¿Qué sucede, en cambio, cuando se confunde el dato revelado con una experiencia subjetiva y se cambia el concepto junto con las palabras? El padre Giovanni Cavalcoli nos desafía a recuperar la dignidad del lenguaje eclesial, a resistir tanto el escolasticismo estéril como el modernismo ambiguo, y a educar al pueblo en un vocabulario que ilumine sin engañar. [En la imagen: fragmento de "Alegoría de la Primavera", alegoría de la renovación y la claridad, temple sobre tabla, c.1477-1478, obra de Sandro Botticelli, conservado en la Galería Uffizi, Florencia].

Reflexión sobre la honestidad moral del lenguaje
La Iglesia siempre ha tenido una lengua propia, clara y precisa

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado el 11 de noviembre de 2018 en el blog L’Isola di Patmos. Versión original en italiano: https://isoladipatmos.com/riflessione-sullonesta-morale-del-linguaggio-la-chiesa-ha-da-sempre-una-propria-lingua-chiara-e-precisa/)

La Iglesia es una societas que tiene su propio y preciso lenguaje. El lenguaje es cuestión muy delicada que compromete en modo muy serio el prestigio, la honestidad y la credibilidad de los pastores, de los teólogos y de los predicadores del Evangelio. Cuando se trata, en efecto, de Palabra de Dios, de la Escritura, de la Tradición, del dogma, de la doctrina, de la predicación, de la cultura católica, de la formación, de la obra evangelizadora y misionera, de la práctica sacramental y litúrgica, de la exégesis bíblica, de la crítica teológica y de la formación moral y teológica del clero, está en juego la salus animarum, por lo tanto es sagrado deber el usar un lenguaje absolutamente claro, límpido y honesto, como para evitar instrumentalizaciones, equívocos o malentendidos, un lenguaje exento de cualquier tipo de adulación o compromiso frente al lenguaje mundano.
Con todo esto, no se puede ciertamente evitar el problema hermenéutico, si es cierto que este problema se plantea también para interpretar las mismas palabras luminosas y misteriosas de Cristo, Luz del mundo. Pero he aquí que es esencial la obra del Magisterio, con su propio lenguaje. A este respecto, es por lo tanto para deplorar la banalización, por no decir la corrupción de este lenguaje en documentos actuales de la Iglesia a causa de la inserción descriteriada o imprudente en el lenguaje eclesial, en el ámbito de la doctrina y de la pastoral, de palabras a él ajenas, tomadas de la mentalidad mundana, por lo tanto engañosas, o al menos ambiguas e impropias.
Se trata de un mal entendimiento de la renovación del lenguaje eclesial promovida por el Concilio Vaticano II. Esto precisando que el Concilio se fijó acertadamente promover una actualización y modernización del lenguaje eclesial, a fin de hacerlo más comprensible y más atrayente para los hombres de nuestro tiempo, con el fin de vehicular más eficazmente las inmutables verdades de la fe y hacerlas más creíbles, superando y abandonando ciertas expresiones, fórmulas, lenguajes y modos de decir considerados obsoletos y anticuados, o no ya comprensibles o aceptables para el hombre de hoy. El mismo lenguaje del Concilio está inspirado en este principio y se esfuerza por ponerlo en práctica. Así, muchas expresiones nuevas, tomadas del lenguaje corriente moderno, son indudablemente percibidas y han tenido un merecido éxito.
Sin embargo, es necesario tener presente que un lenguaje puede ser más o menos perfecto, más o menos apropiado, más o menos adecuado para expresar lo que se debe comunicar. La Iglesia, con trabajo de siglos, gracias a las obras de la teología escolástica que han profundizado la doctrina de la fe, ha elaborado un vocabulario técnico de la teología y de la doctrina católica, que ha confluido en algunas de las fórmulas dogmáticas. Este vocabulario, por su perfección, perspicacia y precisión, en principio no conviene que sea modificado, salvo con suma prudencia y por graves motivos, evitando con el pretexto de facilitar la comprensión del contenido de fe, reconociendo sin embargo que en definitiva, los modos del lenguaje, no son inmutables, sino que evolucionan por diversos motivos culturales, sociales y psicológicos a lo largo de la historia.
Lamentablemente, en cierto momento se ha verificado un grave equívoco que, con el pretexto de cambiar y actualizar el lenguaje, se ha acabado en muchos casos por cambiar y deformar o abolir ciertos conceptos de la fe, cayendo en aquello que fue ya el error modernista condenado por el papa san Pío X. Caso conocido y ejemplar de este equívoco es la posición de Edward Schillebeeckx ¹, que confunde el concepto de fe con el lenguaje, de modo que, cambiando el lenguaje, se viene a cambiar el concepto.
Edward Schillebeeckx tiene razón al sostener que el dato de fe se puede concebir y expresar en diferentes tipos de lenguaje y de acuerdo a diferentes "modelos interpretativos" y que una determinada fórmula dogmática que se ha vuelto menos expresiva, puede ser de algún modo cambiada, a fin de expresar mejor el mismo dato de fe en ese determinado tiempo y en esa determinada cultura. Pero el problema es que para Schillebeeckx el dato revelado o de fe no está contenido en el concepto dogmático, que para él es mutable y relativo, sino en una llamada "experiencia atemática pre-conceptual", de la cual el concepto dogmático no sería sino una opinable, pasajera y subjetiva interpretación, aunque fuera la doctrina de la Iglesia.
El error de Schillebeeckx es el de creer que el concepto sea una forma de lenguaje, por lo cual, como se puede significar una misma con lenguajes diferentes, él cree que sea posible y obligado significar el mismo dato revelado o misterio de fe con conceptos diferentes. Pero esto es falso, porque cada concepto representa esa determinada cosa y a una cosa corresponde solo su concepto, por lo cual, cambiando el concepto, la cosa no puede ser la misma, sino que cambia.
Pero vengamos a la propuesta del Concilio, que prescribe, sí, un nuevo lenguaje para expresar y explicar las mismas e inmutables verdades de fe, pero no cambia los conceptos de la fe, verdades de fe que pueden seguir siendo expresadas en conceptos escolásticos, como lo habían hecho los Concilios precedentes. El Concilio, por lo tanto, usa un lenguaje moderno; pero está claro que en el trasfondo está el tradicional lenguaje escolástico, que cada tanto emerge, a tal punto que el Concilio llega incluso a recomendar, como es sabido, el pensamiento de santo Tomás de Aquino.
El Concilio propone, por lo tanto, un lenguaje que sintetice el escolástico con el moderno. Recoge las ventajas que provienen del uno y del otro: la autorizada competencia, la dignidad, la formalidad, la exactitud, la precisión, la especificidad y la sutileza del lenguaje escolástico y la actual comprensibilidad, la popularidad, la facilidad, la inmediatez, la ductilidad, la eficacia y la pastoralidad del lenguaje moderno.
La tarea que hoy se impone a la predicación eclesial es la de mantener este método propuesto por el Concilio, sin ceder: por una parte, a la tentación de retornar a un escolasticismo inútilmente sutil y alejado del modo de pensar y de expresarse de nuestro tiempo; por otro lado, sin ceder a la tentación de abandonar la Escolástica, dejándose contagiar por esos modos expresivos modernos que se ven afectados por los errores de la modernidad, o mejor dicho del Modernismo.
El buen pastor se esfuerza por una parte en hacerse comprensible al pueblo con modos expresivos que le son familiares y ejemplos adecuados a los contenidos de fe a transmitir, mientras se preocupa de educar al pueblo para que comprenda y se familiarice con esos términos escolásticos que mayormente la Iglesia usa para la explicación del dogma y de la Palabra de Dios.

P. Giovanni Cavalcoli
Varazze, 11 de noviembre de 2018

Notas

¹ Cf. mi artículo Il criterio di verità in Schillebeeckx, en Sacra Doctrina, 2, 1984, pp.188-205; voz Edward Schillebeeckx, en el Dizionario Elementare del pensiero pericoloso, Istituto di Apologetica, Milano, 2016; Edward Schillebeeckx. Un confratello accusa, Edizioni Chorabooks, de Aurelio Porfiri, Hong Kong 2016.

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum renovatio sermonis ecclesialis fieri possit sine mutatione conceptuum fidei

Ad hoc sic procediturVidetur quod renovatio sermonis ecclesialis non possit fieri sine mutatione conceptuum fidei.
1. Quia sermo inseparabilis est a conceptu: si verba mutantur, mutatur etiam res significata. Hoc ostendit experientia quorundam theologorum modernorum, qui, modum loquendi mutantes, doctrinam denique corruperunt.
2. Praeterea vocabularium scholasticum per saecula elaboratum tam est accuratum et technicum, ut quaelibet substitutio per locutiones modernas magis populares periculum habeat amittendi exactitudinem et rigorem, debilitando transmissionem dogmatis.
3. Item mens hodierna imbuta est categoriis saecularibus et ambiguas; eas introducere in sermonem ecclesialem aequivalet contaminare puritatem fidei, quia veritatem revelatam obscurant.
4. Denique casus Edwardi Schillebeeckx ostendit quod, confundendo fidem et sermonem, ad hoc pervenitur ut dogma mutabile et relativum habeatur; quod confirmat renovationem sermonis ducere ad corruptionem doctrinalem.

Sed contra est quod Concilium Vaticanum II docet sermonem ecclesialem esse renovandum, ut fiat magis intellegibilis et attrahens, sed sine mutatione conceptuum fidei. Apostolus Paulus hortatur ut Verbum clare tradatur, et traditio scholastica ostendit conceptum manere stabilem, etiamsi variis formulis exprimatur. Sanctus Pius X damnavit modernismum, qui sermonem et doctrinam confundebat, confirmans conceptum fidei esse immutabilem.

Respondeo dicendum quod renovatio sermonis ecclesialis potest et debet fieri sine deformatione conceptuum fidei. Sermo est instrumentum communicationis et variari potest secundum culturas et tempora, sed conceptus dogmaticus respondet ipsi rei revelatae et mutari non potest. Ecclesia, per saecula laborans, elaboravit vocabularium technicum accuratum, quod cum prudentia servandum est, licet locutionibus modernis magis accessibilibus suppleatur. Concilium proponit synthesis inter sermonem scholasticum et modernum: dignitatem, exactitudinem et subtilitatem primi, cum intellegibilitate et efficacia pastorali secundi. Bonus pastor nititur se populo reddere intellegibilem per exempla familiaria, sed etiam curat fideles erudire, ut terminos scholasticos intellegant, quibus Ecclesia utitur ad dogma et Verbum Dei explicandum. Sic vitatur et scholasticismus sterilis et modernismus ambiguus, servata fidelitate ad veritates immutabiles fidei.
Conclusio: Renovatio sermonis ecclesialis fieri potest sine deformatione conceptuum fidei, si servetur exactitudo scholastica et cum claritate moderna a Concilio proposita coniungatur.  

Ad primum dicendum quod sermo mutari potest sine mutatione conceptus, quia conceptus respondet ipsi rei; verba mutare non implicat mutare rem significatam.
Ad secundum dicendum quod vocabularium scholasticum suum valorem retinet, sed locutionibus modernis comitari potest, ut doctrina fiat magis intellegibilis, sine amissione rigoris.
Ad tertium dicendum quod periculum contaminationis saecularis exstat, sed vitatur per discretionem et fidelitatem Magisterio, quod puritatem fidei tuetur.
Ad quartum dicendum quod error Schillebeeckx consistit in confusione sermonis et conceptus; Concilium autem docet conceptus manere immutabiles, etiamsi variis sermonibus exprimantur.
   
JG

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