domingo, 3 de mayo de 2026

Curso de Escatología. Capítulo 8: Prepararse para la vida eterna

Es necesario comprender que la vida cristiana ya participa incoativamente de la eternidad, y que la esperanza no es mera espera sino pregustación del futuro. ¿Qué sentido tiene reducir la escatología a un dualismo que desprecia el presente y exalta un más allá inefable, cuando el Concilio Vaticano II nos recuerda que la gracia ya transforma nuestra historia? ¿No es más razonable reconocer que la perfección cristiana, aunque incoativa y amenazada por el pecado, es ya participación de la vida divina bajo el impulso del Espíritu Santo? ¿Qué consecuencias trae confundir la auténtica tensión ascética hacia la plenitud futura con el buenismo utopista que aplana el futuro sobre el presente y trivializa el pecado? Este último capítulo del breve curso de escatología del padre Giovanni Cavalcoli nos invita a redescubrir la dignidad de la vida terrena iluminada por la esperanza, la continuidad entre la gracia presente y la gloria futura, y la victoria definitiva sobre el pecado en la muerte vivida en Cristo. [En la imagen: fragmento de un ícono griego del siglo XVIII, en madera, yeso y témpera, representando la Parusía de Nuestro Señor Jesucristo, colección privada].

Curso de Escatología
Capítulo 8: Prepararse para la vida eterna

(Traducción en lengua española del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog Riscossa Cristiana el 19 de diciembre de 2011. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/corso-di-escatologia-di-p-giovanni-cavalcoli-op-ottavo-e-ultimo-capitolo-prepararsi-per-la-vita-eterna/)

Hemos llegado a la última lección de nuestro pequeño curso de escatología. Tratamos en esta última puntada del significado escatológico de la vida presente. El Concilio Vaticano II nos ofrece interesantes enseñanzas sobre este punto. Para el Concilio, sobre la base de la enseñanza bíblica, el cristiano vive ya los "últimos tiempos", anunciados por los Profetas. En tal sentido el Concilio habla de una dimensión "escatológica" de la Iglesia, por la cual ella vive incoativamente a partir de ahora aquella vida eterna que alcanzará su plenitud más allá de la muerte.
El cristianismo mismo, en el fondo, es el anuncio de los últimos tiempos, de modo que el cristiano ya desde ahora vive el futuro tanto con una vida de esperanza que aguarda este futuro como en la misma experiencia cristiana, que es ya el inicio del futuro. En este sentido san Pablo afirma: "olvidándome del pasado, me inclino hacia el futuro" (Flp 3,13), por lo cual para Pablo la alegría cristiana no es tanto alegría de lo que sucede ahora, sino que es la alegría que proviene de la esperanza. Sin embargo, aunque la esperanza conserva el significado de esperar el futuro, el cristiano a partir de ahora comienza a pregustar el objeto mismo de su esperanza, en cuanto está ya presente, aunque sólo de manera imperfecta e incompleta.
Los "últimos tiempos" para el cristiano coinciden con la novedad misma del Evangelio, novedad que propiamente no es una ruptura con la Revelación y con los dones recibidos de Dios en el pasado, descritos por el Antiguo Testamento, sino un completamiento obrado por Cristo de aquella misma Revelación y vida de gracia. La ruptura más bien debe consistir en el hecho de que el cristiano rompe con el pecado.
Por esta razón, hubo un tiempo en que los contenidos de la escatología fueron llamados los "novissimi", tanto en el sentido de lo "nuevo" que sustituye a lo viejo como en el sentido de un "nuevo" que está al término de un proceso de crecimiento y de renovación, el cual parte de una condición de miseria y de pecado (aquello que Pablo llama "el hombre viejo") para alcanzar, gracias a la redención de Cristo vivida en el bautismo, la condición del "hombre nuevo".
En tal modo, la vida cristiana en el mundo presente es una continua intersección de lo viejo y de lo nuevo, del pasado y del futuro, en cuanto que, mientras permanecen las huellas del pecado original, que impulsan por toda la vida presente a hacer el mal, el asiduo recurso a la gracia de Cristo, mediante las buenas obras y el uso de los sacramentos, permite un gradual movimiento de liberación de nuestras miserias y de nuestros pecados, un movimiento progresivo que, si es llevado a cabo durante toda la vida, al término de esta vida habrá eliminado toda forma de esclavitud frente al pecado y de esclavitud a Satanás.
La preparación para la vida eterna más allá de la muerte comporta el desarrollo de aquel germen de vida sobrenatural que recibimos con el bautismo y que nos ha hecho imágenes del Hijo, hijos del Padre y movidos por el Espíritu Santo. Esta nueva vida que nos libera de la culpa original y de las posteriores culpas personales es llamada por san Pablo "resurrección", la cual por lo tanto sucede ya en esta vida no en cuanto resurrección del cuerpo, que será don de la vida futura después de la muerte, sino en cuanto resurrección del pecado, que para la Biblia es una "muerte" del alma, muerte evidentemente no en el sentido ontológico porque en tal sentido el alma es inmortal, sino en el sentido moral, en cuanto en esta condición el alma está distanciada de Dios a causa de su voluntad rebelde, en modo similar, para usar un parangón de Cristo mismo, con por lo cual un sarmiento está cortado de la vid.
Esta resurrección interior es aquella que en el capítulo 20 del libro del Apocalipsis, según la interpretación de san Agustín, es llamada "la primera resurrección" asegurada por el bautismo. Esta resurrección del pecado que nos hace conformes a Cristo es la prenda de la futura resurrección gloriosa del paraíso, dado de todos modos el hecho que la pura y simple resurrección corpórea, o sea que el alma recupere su cuerpo, será como ya hemos visto, el evento que se refiere a todos los hombres, incluidos los condenados. En este contexto de la primera resurrección, san Pablo puede, por tanto, hablar de una resurrección en el pasado, o sea como ya sucedida, con las siguientes palabras: "Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está a la diestra del Padre".
La ultimidad, o con otras palabras el aspecto escatológico de la vida cristiana, significa también algo de insuperable y, por lo tanto, de absolutamente perfecto: no existe nada más que desear. Aquí tenemos un aspecto aparentemente paradojal de la vida cristiana, vinculado al problema de la perfección. Hemos dicho que, sobre todo, el reciente Concilio Vaticano II subraya este aspecto ultimativo de la vida cristiana ya en la vida presente. Sin embargo, podríamos preguntarnos ¿cómo se puede hablar de tal aspecto ultimativo que comporta una perfección final en una situación como la presente, que nosotros con la famosa oración de la Salve Regina llamamos valle de lágrimas? San Pablo nos da la clave para resolver este aparente contraste explicándonos qué se debe entender exactamente por "perfección" en la vida presente. De hecho, el Apóstol entiende la perfección cristiana no como algo alcanzable en esta vida, sino exactamente como tensión, siempre sometida a riesgos y a retrocesos, hacia aquella plena perfección que será el legado de la vida futura después de la muerte.
Se comprende entonces cómo un camino hacia la perfección, aunque sea ya llamado "perfección" por san Pablo, sea compatible con aquella inmensidad de sufrimiento, de miseria y de pecados que constelan la historia de la humanidad y de los individuos en la vida terrena. Por otra parte, es necesario considerar que esta perfección en la vida presente siempre puede fallar en el caso del pecado mortal. Sin embargo en sí misma esta perfección es por su naturaleza una vida divina, es la vida de la gracia, es la vida en Cristo, bajo el impulso del Espíritu Santo, y por lo tanto ella, aunque en esta vida nos sea dada sólo en un estado incoativo, por su naturaleza es ya perfección absoluta y divina, al menos así como puede ser participada por nosotros, que somos limitadas criaturas.
Entonces, para prepararnos para la vida eterna después de la muerte, debemos ante todo tener consciencia de esta naturaleza escatológica de la vida y de la ética cristianas. Lo que hemos dicho nos hace comprender mejor la continuidad entre la vida de gracia en este mundo y la plenitud de la gracia de la cual disfrutaremos en la vida futura. También en este punto, el Concilio remedia un cierto dualismo o una cierta fractura que se encontraba en la concepción de la relación entre vida presente y vida futura en algunas tendencias ascéticas del preconcilio, las cuales por una parte subrayaban en manera también exagerada las miserias, los peligros y las maldades del estado presente, mientras que por otra parte se exaltaban de manera exagerada el misterio y la inefabilidad de la vida futura, como si eso no ofreciera sino una muy pobre inteligibilidad para nosotros que aún vivimos en este mundo, con la consecuencia de degradar de manera ofensiva el valor de lo que Cristo nos ha revelado sobre el más allá.
Indudablemente cuanto Jesús nos dice sobre el más allá no quita del todo el misterio, de lo contrario no nos sería necesaria la fe y se caería en las visiones racionalistas que han florecido sobre todo en el siglo XIX, como por ejemplo en el socialismo, en el marxismo, en el idealismo y en el positivismo y sabemos cuáles han sido los resultados de estas arrogantes utopías. Al mismo tiempo, el Concilio nos recuerda que la vida presente tiene su propia dignidad en cuanto creada por Dios, por lo cual el mundo futuro no debe entenderse como total destrucción del mundo presente, sino ante todo como su salvación, purificación del pecado y liberación de la muerte.
La exagerada exaltación del misterio de la vida futura antes del Concilio tenía como efecto el de producir un escaso interés por la vida futura, que, por su ininteligibilidad, difícilmente podría convertirse en un objetivo intencional del camino de esta vida, mientras que al mismo tiempo difícilmente se podía advertir cómo ya la vida cristiana presente sea una incoación o una pregustación de la vida futura. En ese momento el riesgo era, precisamente por este exagerado misticismo, el de acabar replegándose a los valores de la vida presente por otra parte no iluminada por el futuro escatológico.
El Concilio ha remediado esta fractura mostrando, por un lado, que la vida cristiana es ya un vivir los "últimos tiempos", sin por esto negar la trascendencia del futuro sobre el presente y, por tanto, sin negar el valor de la esperanza, mientras que por otro, sobre la base de este sano optimismo, ha arrojado más luz sobre los valores de la vida terrena sin caer en la ingenuidad o en la utopía de ignorar las consecuencias del pecado original y, por tanto, de renunciar a la necesidad del sacrificio y del ejercicio ascético de las virtudes.
Por tanto, la actual tendencia utopista-buenista constituye un grave desconocimiento del aspecto escatológico de la vida cristiana, por lo cual, con la excusa de que ya hemos resucitado con Cristo y Dios es "misericordioso", ha venido a menos la tensión ascética hacia una vida futura que trascienda las alegrías de la vida presente, para la cual el futuro, que entonces ya no es un verdadero futuro escatológico, ha terminado aplanándose no solo sobre el presente (de ahí la bien conocida tendencia horizontalista-secularista, por ejemplo de la teología de la liberación), sino incluso sobre el "pasado" en el sentido paulino de la situación del pecado, el cual por lo tanto no se quita realmente, sino como sucede de hecho en la concepción luterana, el pecado permanece contradictoriamente junto con la gracia y se considera que el pecado es perdonado aunque uno no se arrepienta.
Por otro lado, en la auténtica concepción escatológica de la vida cristiana que nos es enseñada por el Concilio Vaticano II, la condición del pecador está ciertamente acompañada con la nueva vida de la gracia, sin embargo, en la medida en que avanza la vida nueva, retrocede realmente la vieja vida del pecado hasta llegar a desaparecer por completo en la victoria final al momento de la muerte vivida en Cristo.

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 17 de diciembre de 2011

_________________________


Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum vita praesentis christiani sit praeparatio incoativa ad vitam aeternam

Ad hoc sic procediturVidetur quod vita praesentis christiani non sit praeparatio incoativa ad vitam aeternam.
1. Quia vita terrena dicitur vallis lacrimarum, plena miseriarum, peccatorum et dolorum, nec aliquam perfectionem continere potest. Hoc argumentum videtur validum, quia innititur universali experientiae fragilitatis humanae et traditioni asceticae quae miseriae status praesentis extulit.
2. Praeterea quidam ascetae praeteriti nimis exaggerabant mysterium ineffabile vitae futurae, ostendentes nullam esse inter utramque continuationem. Hoc videtur fundatum, quia innititur opinioni quod futura sit radicaliter diversa et ideo cum praesenti communicari non possit.
3. Item perfectio christiana in hac vita attingi non potest, quia semper peccato mortali minatur, et ideo praeparatio ad perfectionem futuram dici non potest. Hoc videtur convincens, quia innititur doctrinae de fragilitate gratiae et de necessitate continuae conversionis.
4. Denique tendentia utopistica‑benigna tenet nos iam cum Christo resurrexisse et Deum esse misericordem, ita ut nulla sit ascetica tensio ad vitam futuram. Hoc videtur solidum, quia innititur opinioni quod sola misericordia divina sufficiat sine pugna aut sacrificio.

Sed contra est quod Concilium Vaticanum II docet christianum iam vivere tempora novissima, et Ecclesiam habere dimensionem escatologicam per quam incoative vitam aeternam vivere incipit. Apostolus dicit: obliviscens quae retro sunt, ad ea quae ante sunt extendens me, ostendens gaudium christianum ex spe provenire et vitam praesentem iam esse praegustationem rei speratae. Augustinus interpretatur primam resurrectionem Apocalypsis ut liberationem a peccato per baptismum, pignus futurae resurrectionis gloriosae.

Respondeo dicendum quod vita praesentis christiani est praeparatio incoativa ad vitam aeternam. Vita christiana est continua intersecatio veteris et novi, praeteriti et futuri, quia dum manent vestigia peccati originalis, recursus ad gratiam Christi per opera et sacramenta motum progressivum liberationis efficit. Haec liberatio vocatur resurrectio, quae iam in hac vita fit ut resurrectio a peccato, et est pignus futurae resurrectionis gloriosae. Perfectio christiana in hac vita non est plenitudo adepta, sed tensio ad plenitudinem futuram, compatibilis cum doloribus et miseriis, sed iam participatio incoativa vitae divinae sub impulsu Spiritus Sancti. Concilium dualismum praeconciliarium correxit ostendens continuationem inter gratiam praesentem et gloriam futuram, et docuit mundum futurum non esse destructionem praesentis, sed eius salutem et purificationem. Vera conceptio escatologica agnoscit condicionem peccatoris comitari novam vitam gratiae, et quod in quantum vita nova procedit, vita vetus peccati re vera recedit usque ad plenam evanitionem in victoria finali tempore mortis in Christo. Ergo vita praesens, quamvis imperfecta, est praeparatio realis ad vitam aeternam.
Conclusio: Vita christiana in hoc mundo est praeparatio incoativa ad vitam aeternam, quia iam participat gratiam quae consummabitur in gloria futura.  

Ad primum dicendum quod, quamvis vita praesens sit vallis lacrimarum, gratia Christi iam nos a peccato liberat et vitam aeternam praegustare facit.
Ad secundum dicendum quod dualismus asceticus a Concilio correctus est, ostendens vitam praesentem dignitatem habere et continuationem cum vita futura.
Ad tertium dicendum quod perfectio christiana in hac vita est incoativa et tensio ad plenitudinem, et ideo est praeparatio ad perfectionem futuram.
Ad quartum dicendum quod utopismus‑benignus aspectum escatologicum authenticum ignorat; re vera vita praesens est pugna ascetica in gratia, quae vitam peccati recedere facit usque ad evanitionem in victoria finali. 
   
JG

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Los comentarios que carezcan del debido respeto hacia la Iglesia y las personas, no serán publicados.