La misericordia divina, tantas veces repetida en la predicación contemporánea, ¿no corre el riesgo de volverse un eslogan vacío que alimenta el laxismo moral? ¿Qué significa realmente que Dios sea misericordioso, si al mismo tiempo la Escritura habla de justicia y de castigo? ¿No es más profundo reconocer que la misericordia es un acto absolutamente libre de Dios, que pudo haber dejado a la humanidad en su miseria, pero eligió salvarla en Cristo? ¿Qué consecuencias trae olvidar la predestinación y reducir la misericordia a un universalismo fácil que contradice la fe de la Iglesia? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli nos invita a redescubrir la grandeza de la misericordia divina, inseparable de la justicia, y a contemplar cómo en Cristo se cumple la expiación del pecado y se nos concede la gracia de la filiación divina, esa divinización que transforma radicalmente nuestra esperanza. [En la imagen: fragmento de "Alegoría de la Justicia", óleo sobre lienzo, de principios de la década de 1680, obra de Luca Giordano, perteneciente a la Galería Nacional de Londres].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
lunes, 4 de mayo de 2026
El primado de la divina misericordia
El primado de la divina misericordia
(Traducción del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en Riscossa Cristiana el 22 de octubre de 2011. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/il-primato-della-divina-misericordia-di-pgiovanni-cavalcoli-op/)
Desde hace algunas décadas en las homilías de la Santa Misa, en la predicación actual, en los discursos de los obispos y del Papa, en las publicaciones católicas, se habla continuamente de la "divina misericordia". Ciertamente se habla, en ocasiones, con propiedad y de modo útil u oportuno, pero más a menudo este tema de la misericordia, repetido continuamente en toda ocasión, se ha vuelto molesto, empalagoso y casi obsesivo. También porque sucede que este atributo divino, separado o incluso en contraste con los demás atributos, a veces incomprendidos, no se entiende bien y suscita reacciones contraproducentes o favorece el laxismo moral.
Reacciones contraproducentes, en cuanto se nos pregunta: pero si Dios es misericordioso, ¿por qué tantas desgracias, tantos dolores, tantos sufrimientos, tantas injusticias? Laxismo moral, en cuanto que de muchos ámbitos nos viene la idea de que Dios, siendo misericordioso, no castiga nunca sino que perdona siempre, aun cuando no se esté arrepentido, y que salva a todos. De ahí la convicción de muchos de poder seguir pecando libremente, sin darse a las buenas obras, siendo suficiente, según ellos, con "creer" que se alcanzará la salvación. Un Dios que castiga sería un dios cruel y vindicativo, un dios pagano, no cristiano. A lo sumo, podría ser el Dios del Antiguo Testamento, pero no ciertamente el Dios del Nuevo Testamento.
Ahora bien, es inútil, más bien dañoso, hablar continuamente de "misericordia", si se la entiende de ese modo. La misericordia, como enseña santo Tomás de Aquino, es el más grande de los atributos operativos divinos, es el que muestra más que cualquier otro atributo su divinidad. Por eso, para el hombre, el ser misericordioso, es el mejor modo de imitar la santidad de Dios. Por eso el Salmista dice: "Feliz el que se ocupa del débil y del pobre: el Señor lo librará en el momento del peligro. El Señor lo protegerá y le dará larga vida, lo hará dichoso en la tierra y no lo entregará a la avidez de sus enemigos" (Sal 41,2-3).
En efecto, la misericordia divina supone la infinita sabiduría divina que la proyecta, el infinito amor ("Dios es Amor"), y la infinita bondad que dan libre, gratuita y generosamente, un corazón infinitamente compasivo, que comprende profundamente el sufrimiento y la situación de miseria de la criatura, la omnipotencia creadora, que suscita de la nada el remedio, la curación, la liberación, el perdón, la salvación, la felicidad para la amada criatura.
Ciertamente en nosotros la misericordia implica un estado emotivo, una capacidad de conmovernos y, como dice san Pablo, de "sufrir con el que sufre", lo que supone un sujeto dotado de una sensibilidad física como somos nosotros, y que en Dios, como hace notar santo Tomás, purísimo Espíritu, es impensable, si no queremos convertirlo en un dios pagano a la manera de un Dioniso. Esto no quiere decir que Dios, sin necesidad de sufrir Él mismo, no sepa muy bien e infinitamente mejor que nosotros, con su intelecto, lo que es el sufrimiento, y esto basta para que Dios sepa lo que debe hacer para aliviar o quitar nuestro sufrimiento o quitar la culpa del pecado.
Pensar que Dios deba sufrir para poder comprender y quitar el sufrimiento sería un poco como si pensáramos que un médico, para poder curar de una determinada enfermedad, debiera estar a su vez afectado por esa determinada enfermedad. Sé bien que ya los Padres de la Iglesia hablan del sufrimiento de Dios, pero esto no debe ser entendido en referencia a la naturaleza divina, sino sólo a la humanidad de Cristo según las modalidades expresivas de la "comunicación de los idiomas" (communicatio idiomatum).
La misericordia, desde un punto de vista humano, es el sentimiento de cualquiera que tenga un mínimo de buen corazón, aun cuando no sea cristiano o no creyente. Pensemos en la famosa parábola del buen samaritano. Pero la misericordia divina tiene, por así decirlo, una "divina inventiva", es un poder de curación y de salvación infinitamente superior a las simples fuerzas de la más heroica misericordia humana.
Es una misericordia que salva de la miseria humanamente irreparable del pecado original y de nuestros propios pecados personales. En efecto, para la Biblia, el pecado (mortal) es un daño de tal modo grave que nos hacemos a nosotros mismos, que por nosotros mismos no podemos repararlo o remediarlo. Es en cierto sentido, en cuanto ofensa a Dios infinito, un mal infinito (aunque, propiamente hablando, un mal infinito no existe), aunque el acto con el cual cometemos el pecado, en cuanto acto de nosotros, que somos finitos, es asimismo un acto finito. Pero las consecuencias penales son en cierto modo infinitas, en cuanto el castigo del pecado mortal es la pena eterna del infierno.
Por esto, para la Biblia, solo la misericordia divina puede perdonar el pecado, porque, siempre según la Escritura, el pecado comporta una "muerte" del alma y nosotros no podemos evidentemente resurgir de la muerte por nosotros solos, una vez que estamos muertos. Sólo Dios creador y omnipotente, Dios de la vida, puede por consiguiente hacernos resurgir de la muerte y devolvernos esa vida de gracia que habíamos perdido con el pecado. Pero a condición de que estemos arrepentidos, al menos por cuanto respecta a los adultos. Los niños que no tienen culpas personales están evidentemente dispensados de esta conditio sine qua non, y no por esto no pueden ser también ellos objeto de la divina misericordia ¹.
Y por lo demás, siempre depende de su misericordia suscitar en nuestro corazón el arrepentimiento y el deseo de retornar a ese Padre bueno a quien hemos ofendido. Sin embargo, nosotros debemos corresponder libre y voluntariamente a estas inspiraciones y a estos impulsos divinos, porque si no lo hiciéramos, frustraríamos la misericordia divina y ella sería sustituida por la severidad de su justicia hacia nosotros, que puede llegar, si es que no nos convertimos, a la pena eterna del infierno o, al menos, si morimos en gracia pero no purificados, a la pena temporal del purgatorio.
Y así llegamos a un concepto teológico importantísimo, hoy lamentablemente olvidado, incomprendido o despreciado, que es el de la justicia divina, la cual, en la medida en que puede parecer en contraste con la misericordia, en realidad, bien entendida, debe ser indisolublemente asociada al atributo de la misericordia, precisamente a fin de saber verdaderamente qué cosa es la misericordia y qué cosa es la justicia. La Biblia afirma esta conjunción en clarísimas letras, por ejemplo, con estas palabras: "porque en él está la misericordia, pero también la ira, y su indignación recae sobre los pecadores" (Sir 5,6).
La idea de la misericordia divina puede ser alcanzada por una simple teología natural o, en todo caso, no cristiana. De hecho, también el Dios del Antiguo Testamento y el del Corán, incluso Brahman, es un Dios clemente, piadoso y misericordioso, que concede gracia y perdona. En cambio, la idea cristiana y ya bíblica de la divina misericordia, como he dicho, revela recursos en Dios, que serían absolutamente impensables para una simple teología racional.
Por el contrario, el atributo de la justicia no debería ser difícil de entender por la simple razón, si hoy no fuera tan escaso el sentido religioso, incluso en ambientes católicos infectados de protestantismo, que no se llega ya a concebir un Dios justo que no sea malo y cruel, por lo cual, en nombre del Dios "bueno" y "misericordioso", se rechaza el Dios justo que castiga.
Tratemos entonces de definir qué cosa es verdaderamente la "justicia divina castigadora". Ella, a diferencia de la misericordia, que es un poder proveniente de Dios y, en su infinitud, propia sólo de Dios y característica, como he dicho, de su infinita bondad, es una virtud divina que no se define en relación a Dios sino en relación a la conducta del hombre. Tratemos de aclarar este enunciado, del cual hoy no se dice palabra, motivo por el cual surgen los equívocos y los malentendidos que llevan a rechazar como anticristiana la idea de la justicia castigadora.
Ante todo, está fuera de duda que la Escritura se expresa de manera antropomórfica -para hacernos entender, pero lamentablemente son a veces precisamente los antropomorfismos los que nos desvían- como si Dios fuera un juez o un padre "ofendido" y "airado" por el pecado, por lo cual "manda los castigos" contra los pecadores rebeldes e impenitentes, un poco como Júpiter que manda desde el cielo relámpagos y centellas.
Pero la misma Biblia en otros pasajes aclara que en realidad el así llamado castigo es una justa pena, hasta la misma muerte, que el pecador se carga necesariamente sobre sí mismo con su culpa, sin que Dios, por así decir, "mueva un solo dedo", por lo cual Dios no es responsable en absoluto no solo por el pecado -cosa blasfema- sino tampoco por el mal de pena, cosa que apenas se puede concebir de manera metafórica, quizás para hacer entender a los niños del catecismo inicial aunque sea algo al menos de la justicia divina comparando a Dios con el papá indignado por la travesura del hijo.
Otro dato importante respecto de la misericordia divina es su gratuidad y el hecho de que ella es fruto de un libérrimo acto del arbitrio divino, de ahí el dicho bíblico que hoy escandaliza a muchos no bien formados en teología: "Haré misericordia a quien yo quiera hacer misericordia" (Ex 33,19). Esto quiere decir que, aunque la misericordia divina potencialmente sea infinita, de hecho, considerando el destino de los hombres individuales, ella, por grande que sea, siempre tiene una medida o, en virtud de la justicia divina, también puede faltar por completo.
En otras palabras (y aquí sé que toco una especie de tabú en la teología y en la pastoral actual) el funcionamiento concreto de la divina misericordia está conectado con aquello que tradicionalmente, retomando el lenguaje del apóstol san Pablo y del Concilio de Trento, se llama el misterio de la predestinación ² o de la elección divina ³ de quienes llegan, precisamente por misericordia, a la salvación. Este tema ha sido dejado de lado en concomitancia (y esto es comprensible) a la falsa convicción hoy difundida por los rahnerianos (véase la teoría del "cristianismo anónimo"), según la cual todos somos salvados. Si este fuera el caso, es evidente que la tesis de la predestinación, la cual prevé que no todos se salvan, pierde su sentido. En cambio, según la fe de la Iglesia, sabemos que no todos se salvan, por lo cual la doctrina de la predestinación, que durante muchos siglos de todos modos ha sido fe en el pueblo de Dios, debería ser de nuevo enseñada, para que podamos tener una idea ortodoxa de la conjunción de la misericordia con la justicia.
He dicho que la justicia divina se define en relación a nosotros. ¿Qué quiere decir esto? No ciertamente que nosotros debamos enseñarle a Dios lo que es justo. Aquí me refiero no a la justicia divina en general que, al límite, como había entendido bien Lutero en el pasaje de Rom 3,21, coincide con la misma misericordia. Esta "justicia" es en efecto la misericordia que justifica al pecador, perdonando su pecado y concediéndole la gracia.
Me refiero en cambio a aquello que la tradición teológica llama justicia punitiva, la cual, como he dicho, no consiste en un acto positivo fuente de pena (castigo) proveniente de Dios, por lo cual el mismo concepto de "ira divina" claramente es metafórico, así como el concepto de "compasión", en cuanto es evidente que tanto una cosa como la otra -como enseña santo Tomás de Aquino- suponen un mundo de pasiones, que como he dicho, en Dios, purísimo Espíritu, es absolutamente impensable. Por lo cual, incluso la así llamada ira divina no significa otra cosa que el castigo que el propio hombre se arroja sobre sí mismo con sus manos al cometer el pecado. Un poco como si dijéramos que la cirrosis hepática es el "castigo" de una persona que, por propia voluntad no se modera en el beber vino.
Una última consideración muy importante, vinculada a lo que acabo de decir. Y aquí podemos alargar el discurso también a nivel de teología natural. En efecto, tomemos en consideración ahora no solo la obra de la redención sino también la de la creación. Debemos recordar a este respecto, como enseña nuestra fe, que una y otra obra son efecto de la más libérrima voluntad divina, como para decir que Dios, si hubiera querido, hubiera podido también no crear el mundo, y con mayor razón la obra misma de la redención, y no por esto a Él le hubiera faltado nada de su divinidad, dado que la esencia divina es la totalidad de todas las perfecciones.
Esta consideración nos hace comprender qué es exactamente la divina misericordia, o sea, como he dicho, ella es el efecto de un acto totalmente libre por parte de Dios. Es como decir que, en rigor de justicia, como observa santo Tomás, Dios, después del pecado original, hubiera podido dejar a los primeros progenitores y a la entera humanidad en el estado de miseria que se habían merecido. Pero ha sido sumamente conveniente que Dios haya tenido piedad de nosotros, en virtud de su infinita bondad, donándonos el divino Redentor.
De lo cual nosotros comprendemos cuán errónea es cierta doctrina de la creación y de la redención que presenta estos actos divinos no como efecto de una libre elección divina, sino como propiedad de la misma naturaleza divina y, por lo tanto, como algo en cierto modo necesario para que Dios sea Dios. La expresión extrema de esta visión monista y panteísta, como se sabe, es el pensamiento de Hegel. Pero, lamentablemente, algo de este género parece estar presente, o al menos presupuesto, también en el famoso axioma (Grundaxiom) rahneriano según el cual "la Trinidad inmanente" (= o sea la Trinidad en Sí Misma) "es la Trinidad económica" (= o sea la Trinidad que pone en acto la obra de la salvación).
Ahora bien, es necesario observar que si Rahner intenta decir que la Trinidad en Sí Misma es aquella misma que ha obrado la salvación, el discurso está bien; pero lamentablemente parece poder encontrarse en este axioma una punta o insinuación de hegelianismo debido a que el axioma también parece identificar la Trinidad en Sí misma con la Trinidad salvadora, lo que evidentemente vendría a negar la libertad de la obra divina de la salvación y vendríamos a concebir la creación y la redención como un elemento intrínseco a la misma divinidad.
Lamentablemente, una confirmación preocupante de este enfoque hegeliano está dada por la bien conocida doctrina rahneriana según la cual todos se salvan, una doctrina que bien se puede relacionar precisamente con esta concepción de un dios que no es Dios sino en la medida en que obra la salvación.
En base a estas consideraciones, debería aparecer claro el primado de la misericordia divina sobre la justicia, por el hecho de que Dios no deja al hombre en la miseria justamente consecuente al pecado, sino que precisamente, por su piedad y su misericordia, le dona a Jesucristo Redentor, quien con su sacrificio cumple esa obra de justicia que consiste en la expiación del pecado y, por tanto, obtiene del Padre misericordia para los pecadores. Además, con Cristo, a la obra de la misericordia que quita el pecado, se añade esa gratuita, imprevisible, estupenda e infinita benignidad divina, la cual concede al hombre siempre en Cristo la gracia, es decir, la condición de la filiación divina, aquella que los Padres griegos han llamado la "divinización".
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 21 de octubre de 2011
Notas
¹ Véase, por ejemplo, lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica (n.1261) a propósito de los niños muertos sin el Bautismo.
² Este tema complejo, delicado pero importantísimo, que ha sido olvidado durante demasiado tiempo, es recordado con gran riqueza de argumentos y persuasión de exposición por parte del teólogo dominico Siervo de Dios padre Tomas Tyn (1950-1990) en muchas de sus obras y cursos escolásticos. Consulte en los sitios web: www.studiodomenicano.com y www.arpato.org
³ Notemos, por ejemplo, que en el canon romano en cierto punto el celebrante pide a Dios por sí mismo y por los fieles presentes el poder ser contados entre los "elegidos".
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum misericordia divina habeat primatum supra iustitiam
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod misericordia divina non habeat primatum supra iustitiam.
1. Quia iustitia est necessaria ut Deus vere sit Deus; sine iustitia Deus esset indifferens ad bonum et malum, quod est impossibile.
2. Praeterea Scriptura saepius loquitur de ira et de poena divina, quod ostendit iustitiam punitivam esse essentialem et non posse subordinari.
3. Item, si misericordia haberet primatum, immineret periculum laxismi moralis, cum homines putarent Deum semper ignoscere sine paenitentia, et sic iustitia tolleretur.
4. Denique doctrina praedestinationis docet non omnes salvari; ergo iustitia divina imponitur tamquam ultimus criterium humanae sortis.
Sed contra est quod Psalmista proclamat: beatus qui intelligit super egenum et pauperem, Dominus liberabit eum in die mala. Apostolus Paulus docet iustitiam Dei manifestari in misericordia quae peccatorem iustificat. Concilium Vaticanum II hortatur ut misericordia annuntietur tamquam suprema expressio amoris divini.
Respondeo dicendum quod misericordia divina habet primatum supra iustitiam, quia est fructus actus omnino liberi Dei, qui potuit humanitatem relinquere in miseria, sed elegit eam salvare in Christo. Misericordia est maximum inter attributa operativa divina et maxime ostendit divinitatem. Ipsa supponit sapientiam infinitam, amorem infinitum et omnipotentiam creatricem, quae ex nihilo suscitant remedium, sanationem et salutem. Iustitia punitiva autem definitur respectu hominis et eius morum, et consistit in poena quam peccator sibi ipsi infert. Unde ira divina est modus metaphoricus loquendi, ut docet sanctus Thomas, et non passio in Deo. Misericordia vero non tollit iustitiam, sed eam implet in Christo, cuius expiatio peccati obtinet a Patre misericordiam peccatoribus et concedit gratiam filiationis divinae, divinizationem. Sic ostenditur misericordiam esse superiorem, quia non relinquit hominem in miseria peccati, sed eum gratuite elevat ad vitam gratiae.
Conclusio: Misericordia divina habet primatum supra iustitiam, quia iustitia impletur in expiatione Christi, dum misericordia gratuite donat salutem et divinizationem.
Ad primum dicendum quod iustitia est necessaria, sed impletur in misericordia quae ignoscit et iustificat; ergo misericordia est superior.
Ad secundum dicendum quod Scriptura loquitur de ira divina metaphorice, et poena est consequentia peccati ipsius, non actus positivus Dei.
Ad tertium dicendum quod misericordia requirit paenitentiam et conversionem; sine his substituitur iustitia punitiva.
Ad quartum dicendum quod praedestinatio ostendit misericordiam esse liberam et non universalem, sed in hac libertate manifestatur eius primatus supra iustitiam. JG
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