En este artículo el padre Giovanni Cavalcoli nos invita a reflexionar sobre el relativismo, esa paradoja que pretende erigirse en absoluto y termina sofocando la vida espiritual y social. ¿Qué sucede cuando lo relativo se idolatra y se convierte en dictador? ¿No es acaso inevitable reconocer un absoluto que dé sentido a nuestras relaciones y valores? Frente a la tentación de confundir lo absoluto con lo relativo, o de absolutizar lo contingente, se nos recuerda que existen valores no negociables, sin los cuales la vida se convierte en un infierno. ¿Qué ocurre cuando el hombre olvida que la persona, aunque frágil y temporal, es imagen de Dios y está hecha para la vida eterna? ¿No es el respeto absoluto por la dignidad humana el único camino para escapar de la dictadura del relativismo y reencontrar la verdad que libera? [En la imagen: un retrato de Augusto Comte].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
domingo, 10 de mayo de 2026
¿Qué es el relativismo?
¿Qué es el relativismo?
(Traducción del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado Riscossa Cristiana el 12 de marzo de 2011. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/che-cosa-e-il-relativismo-di-pgiovanni-cavalcoliop/)
Son conocidas en los discursos del Papa las referencias al "relativismo" como un mal hoy generalizado del cual es necesario liberarnos. Este mensaje del Pontífice ha sido recibido por muchos, para quienes incluso se ha referido a la "dictadura del relativismo", como de una especie de capa asfixiante que nos aplasta y empobrece. ¡El relativismo que se hace dictador, que se erige en absoluto! ¡Qué paradoja! Sin embargo, es lo que sucede, por ejemplo, donde falta la libertad religiosa o donde los cristianos son perseguidos o donde existe explotación del hombre por el hombre. En reacción a esta polémica del papa Benedicto XVI contra el relativismo, ha habido en verdad quienes han querido tomar la defensa del relativismo, refugiándose en los sofismas y cayendo en los equívocos.
Sin embargo, el mismo Papa, por cuanto me consta, no se ha detenido a explicarnos en detalle qué quiere decir con esta expresión, y por que motivo el relativismo es una cosa nefasta y condenable. En este artículo quisiera intentar, esperando no ser demasiado pretencioso, interpretar lo que el papa Benedicto XVI pudo querer decir con aquella expresión y por qué rechaza al relativismo con tanta fuerza y tanta insistencia.
La condena del relativismo no es nueva en la filosofía y en la teología católicas. Se habla, por ejemplo, con tono de condena, de "relativismo dogmático" o de "relativismo moral". Se habla también de "relativismo gnoseológico". Lo relativo como tal obviamente no es algo malo o falso. Lo relativo existe y tiene su propia dignidad, que debe ser reconocida; no debe ser exagerada pero tampoco debe ser despreciada.
En cambio, el relativismo es una especie de idolatría de lo relativo y, por lo tanto, una forma de empobrecimiento, en el mejor de los casos, de la vida espiritual, incapaz de elevarse a lo eterno, a lo universal y a lo que trasciende el espacio y el tiempo, en última instancia a Dios. Piénsese en filosofías como el historicismo, o el empirismo, o el positivismo, o el liberalismo, o el materialismo, o el evolucionismo y el nihilismo.
Pero, ¿qué es lo relativo? Es algo que, por su propia esencia, hace referencia a un absoluto. Sin lo absoluto, lo relativo no tendría sentido y no existiría. Vemos de inmediato aquí el error de los relativistas, los cuales, creyendo sostener lo relativo, piensan que lo absoluto no existe o que es una mera abstracción. De ahí el famoso axioma de Auguste Comte, "todo es relativo, y este es el único principio absoluto".
Pero de aquí se ve también cómo el relativismo es una teoría insostenible que se refuta por sí sola. En realidad, como el propio Comte se vio constreñido a admitir, no podemos evitar admitir un absoluto. Entonces, en lugar de admitirlo con los dientes apretados, es mejor que lo admitamos francamente y lealmente. Al fin y al cabo, todo esto nos beneficia, porque admitir un absoluto (sea lo que eso sea) no es solo inevitable en el momento en que pensamos, sino que es también irrenunciable, en el momento en que ejercitamos nuestra voluntad y expresamos nuestras más profundas aspiraciones.
"Absoluto", que viene del latín ab-solutus, significa literalmente "suelto", libre de vínculos, ataduras, condicionamientos, independiente, sin premisas y sin consecuencias, fin en sí mismo, que se vale por sí mismo, autónomo, independiente, subsistente por sí y en última instancia existente por sí y del cual más bien depende lo otro y por el cual lo otro es finalizado, lo otro que es precisamente lo relativo.
Lo relativo tiene necesidad de lo absoluto, está orientado hacia lo absoluto, pero este último puede valerse por cuenta propia incluso sin lo relativo. Es cierto, Dios, nos dicen los teólogos, ha creado el mundo, pero de por sí no tiene necesidad del mundo: habría podido existir solo sin el mundo. Algo de este carácter absoluto también tenemos nosotros, de una forma ciertamente muy limitada pero real. Nos damos cuenta de esto cuando entramos en el mundo del espíritu, del pensamiento y de la voluntad, tomando conciencia de nuestra necesidad de lo absoluto, de lo eterno, de lo infinito.
Es verdad, constatamos al mismo tiempo el carácter problemático de admitir un absoluto desde todo punto de vista y por tanto la dificultad de conocerlo o alcanzarlo. He aquí el drama del espíritu humano (pensemos en el problema de la metafísica) descrito por Kant en términos también demasiado dramáticos o pesimistas, pero aún así siempre verdaderos. Sin embargo, Kant no fue capaz de liberarse de este impasse, si no acaso con la doctrina moral.
Nosotros, los católicos somos más optimistas: creemos firmemente en las energías del espíritu, aunque estemos heridos por el pecado original, y por eso admitimos la posibilidad de la metafísica y de la trascendencia, y por tanto de la teología con las importantísimas consecuencias que de ella descienden al campo moral con las virtudes cristianas y la vida de la gracia. Sin embargo, ciertamente también nosotros sentimos la tentación del escepticismo, del subjetivismo y del relativismo y debemos luchar contra tales tentaciones corrosivas y desesperantes, que nos conducen al pecado y al crimen.
Pero incluso el relativista más radical no puede prescindir de un absoluto. En todo caso, lo único que le puede ocurrir es más bien absolutizar lo relativo, como hizo Comte. Sin embargo, la tentación de ver nada más que lo relativo, es fuerte. Es difícil pensar que exista algo que no tenga relaciones. Ciertamente, todos admitimos que la relación debe tener un término al cual ella se refiere, pero nos parece obvio que este término a su vez tenga relaciones con otro. En el plano empírico, es efectivamente cierto que todo tiene relación con todo. Yo me pongo en relación con Pedro, pero Pedro a su vez tiene relaciones con Juan y así sucesivamente. Creemos que desde aquí se puede ir al infinito.
Sin embargo, si reflexionamos seriamente sobre qué es lo relativo, nos damos cuenta de que lo relativo, como he dicho, debe ser relativo a algo absoluto, es decir, a algo que a su vez no tiene relación con otro, sino que se rige por sí. Ese algo, al fin de cuentas, es Dios. Pero sin llegar tan rápido a Dios debemos reconocer que existen también valores absolutos que aún así no son Dios, aunque sean de algún modo participaciones de él, imágenes y semejanzas finitas. Son los que el Papa ha llamado "valores no negociables".
Se trata de valores a los cuales no podemos y no debemos renunciar. No podemos venderlos como Esaú, quien cambió la herencia paterna por un plato de lentejas. No podemos traicionarlos, ni siquiera al precio de la vida. Sin ellos, la vida no tiene sentido o es un infierno. Son los valores de la verdad y del bien, de la certeza, de la justicia, de la libertad, los valores espirituales, metafísicos, morales y religiosos, los valores de la persona, la persona misma.
Mientras que lo relativo surge en el plano de lo contingente, de lo cambiante, de lo múltiple, de lo accidental, de lo opinable, de la apariencia, en cambio lo absoluto concierne al mundo del espíritu, de la sustancia, de la certeza, de lo necesario, de lo eterno, de lo infinito, de lo universal, al fin de cuentas, como he dicho, concierne al ámbito de lo divino. Sin embargo, existen absolutos que no son absolutos desde todos los puntos de vista, como lo es el Absoluto divino, sino que lo son solo por ciertos aspectos y no por otros.
En tal sentido se habla del valor absoluto de la persona o de la ley moral o de la verdad. En este sentido Kant hablaba del valor absoluto del deber o del "imperativo categórico": algo objetivo, universal, moralmente necesario, transgrediendo lo cual la persona decae de su dignidad, y se rebaja al nivel de los brutos o en la mezquindad del oportunista o del libertino.
Nadie puede prescindir de algo absoluto. El problema es el de saber cuál es el verdadero absoluto. La tentación frecuente es la de absolutizar lo relativo, lo que corresponde por lo demás a la relativización de lo absoluto. Lo absoluto no puede sino ser uno solo, de lo contrario serían relativos el uno al otro y por lo tanto no serían ya absolutos. No podemos servir a dos amos, como Cristo nos advierte. Si lo absoluto es Dios, lo absoluto no puede ser el mundo. "No se puede servir a Dios y a mammón" dijo Jesucristo. Una cierta malentendida renovación postconciliar lamentablemente se ha puesto en este camino. Una cierta "espiritualidad" de hoy se ha convertido en una fábrica de doblejueguismo.
Sin embargo, ¡cuántas veces caemos en esta miseria y en esta contradicción! Quizás no siempre nos demos cuenta, tan fuerte es en nosotros la tendencia a la incoherencia y a la contradicción. Frecuentemente no sabemos distinguir lo absoluto de lo relativo, los confundimos juntos, o creemos que es posible construir un "absoluto" no en su pureza, sino que tenga al mismo tiempo consigo lo relativo, como ha hecho Hegel con su "Absoluto" inmanente en la historia y en última instancia idéntico a la Historia, con su Dios que es una mezcla de ser y devenir, de finito y de infinito, de eterno y de temporal, un Dios que no es Dios sin el mundo. Con esto él creía interpretar el misterio cristiano de la Encarnación, pero confundía las dos naturalezas de Cristo, olvidando el Concilio de Calcedonia que lo prohíbe.
Un vestigio de lo absoluto está en todas partes, porque donde existe el ser ahí está ese rastro, al menos a los ojos de Dios que lo ha creado. Ciertamente, el ser como tal, el ser de las creaturas no se confunde con el ser divino. Este es el error de los panteístas como Emanuele Severino, para quien sólo existe el "Ser Eterno", por el cual todo es eterno. Sin embargo, es cierto, como reconoce el mismo santo Tomás de Aquino, que todo ente en la esencia divina y a los ojos de Dios es eterno. ¡Pero no los entes fuera de Dios en sí mismos!
El error de Severino es que, rechazando el concepto de creación, ve todo como emanación de Dios, y por lo tanto, en última instancia como Dios, aunque él no usa el término "Dios", sino el equivalente metafísico de Ser uno, eterno y necesario. Todo para él es absoluto, inmutable y eterno. El devenir, lo relativo, el tiempo, lo múltiple, lo contingente no existen. Es el error que está en las antípodas del relativismo. El cual resucita la concepción parmenídea del ser.
La posición correcta, que es la posición católica, es la de distinguir relativo y absoluto como sustancias diversas, aunque estén análogamente ligadas en la existencia, distinguir por consiguiente creatura y creador por aquello que son, sin despreciar o mundanizar al creador y sin idolatrar o supervalorar a la creatura. Lo relativo no es todo, pero tampoco es sombra, vanidad, mero fenómeno o mera opinión o apariencia, como encontramos en la filosofía india.
Lo relativo, especialmente si se trata de un ente sustancial, tiene su propia consistencia, su propia autonomía, su propia dignidad hasta llegar a ser, en la persona, imagen de Dios. La persona humana ciertamente es un ente temporal, frágil, finito y relativo a aquel Dios que lo ha creado; sin embargo, en sí misma, precisamente en cuanto imagen, tiene, bajo muchos aspectos, un valor absoluto y eterno: está hecha, como dice el Evangelio, para la "vida eterna".
La persona humana es un fin, no es un medio, como decía Kant, aunque sea un fin subordinado a Dios, fin último. De aquí el deber, hoy tan inculcado por la Iglesia, del respeto absoluto por la vida humana desde su concepción hasta su fin natural. La persona tiene relaciones, debe tener relaciones, ciertamente, no debe aislarse de los otros ni encerrarse en sí misma en un estéril individualismo o egoísmo; pero no se puede tampoco resolver en la relación o en la "auto-conciencia", de lo contrario ¡cuántas personas quedarían excluidas del estatuto ontológico de personas! Tampoco se puede disolver en la alteridad o devenir esclava de la alteridad (con un malentendido "servicio al prójimo") de lo contrario se disolvería a sí misma.
La persona no puede ser instrumentalizada por ningún poder humano en una simple relación con otro, ya fuera el amante, la sociedad, el Estado o la Iglesia, o fuera Dios mismo, porque Dios mismo no lo quiere, tanto es el respeto que Dios tiene para con su creatura. En efecto, en la creatura humana la relación con Dios se suma al sujeto personal que por consiguiente no se agota en esa relación, aunque Dios mediante aquella relación quiera comunicar al hombre su propia vida absoluta.
P. Giovanni Cavalcoli,
Bologna, 10 de marzo de 2011
_________________________
Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum relativismus possit sustineri ut vera doctrina vel potius se ipsum destruere
et ad negationem Absoluti perducere
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod relativismus possit sustineri ut vera doctrina.
1. Quia omne quod existit invenitur in relatione ad aliud, nec videtur subsistere sine respectu ad alterum. Si omnia sunt relativa, tunc absolutum esset vacua abstractio sine realitate efficaci.
2. Praeterea experientia humana ostendit culturas, ideas et religiones tempore mutari; ergo non essent veritates universales, sed solum veritates condicionibus historiae subiectae.
3. Item, admittere absolutum impossibile videtur, quia cogitatio humana limitata est nec potest attingere infinitum. Ideo relativismus esset sola positio congruens cum hominis finitudine.
4. Denique relativismus foveret tolerantiam et libertatem, vitando impositionem veritatum absolutarum quae ad fanatismum vel persecutionem ducere possent.
Sed contra est quod cogitatio catholica docet relativum non posse existere sine respectu ad absolutum, quia relativum ex sua essentia refertur ad terminum qui illud fundat et sustentat. Apostolus dicit quod in Deo vivimus, movemur et sumus. Et ipse philosophus agnoscit quod etiam relativista radicalis non potest carere absoluto, sed tandem relativum absolutizat.
Respondeo dicendum quod relativismus non potest sustineri ut vera doctrina, quia sibi ipsi contradicit et fundamentum cogitationis ac moralis destruit. Relativum indiget absoluto, cum absolutum possit existere sine relativo. Negare absolutum idem est ac negare sensum relativi. Homo in spiritu, cogitatione et voluntate necessitatem aeterni et infiniti experitur. Quamvis cognitio absoluti difficilis sit, non tamen impossibilis, quia spiritus humanus, peccato vulneratus sed gratia illuminatus, facultatem transcendendi et veritatem attingendi servat.
Relativismus est idololatria relativi, forma paupertatis spiritualis quae impedit ne ad aeternum et ad Deum elevetur. Contingens absolutizat et divinum relativizat. Inde Pontifex loquitur de valoribus non negotiabilibus: veritate, bono, iustitia, libertate, persona. Haec sunt participationes absoluti divini nec vendi nec prodere possunt.
Error relativismi consistit in confundendo absolutum cum relativo, vel in miscendo utrumque sicut fecit Hegel, Deum cum historia identificando. Recta positio est distinguere creatorem et creaturam, absolutum et relativum, agnoscendo dignitatem entis creati sine idololatria. Persona humana, quamvis finita et temporalis, participat absolutum et ad vitam aeternam facta est. Ideo valorem absolutum habet et ab initio conceptionis usque ad finem naturalem reverenda est.
Conclusio: relativismus, absoluto negato, se ipsum destruit et ad nihilismum ducit. Solum agnitio absoluti, Dei et valorum ex Ipso provenientium, permittit veritatem, libertatem et dignitatem personae servari.
Ad primum dicendum quod, quamvis omnia relationem habeant, illa relatio terminum absolutum requirit qui eam fundet; sine eo nihil existeret.
Ad secundum dicendum quod variabilitas historica veritatem universalem non tollit, sed eam diversis modis manifestat.
Ad tertium dicendum quod hominis finitus status non impedit cognitionem absoluti, quia spiritus aeterni particeps est et ratione ac gratia se elevare potest.
Ad quartum dicendum quod vera libertas non consistit in veritatem negare, sed in eam libere amplecti; relativismus, veritatem destruens, libertatem quoque destruit.
JG
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