sábado, 9 de mayo de 2026

El porqué de la Jornada de Asís

¿No es significativo que, quince años después de la Jornada de Asís convocada por Benedicto XVI, el tema del ecumenismo y del diálogo interreligioso siga siendo uno de los puntos más atacados por el lefebvrismo? ¿No revela acaso que la resistencia a la apertura conciliar se ha convertido en bandera de quienes rechazan la autoridad del Papa y la reforma litúrgica? El padre Giovanni Cavalcoli ofrece una lectura teológica de aquella Jornada de oración interreligiosa, defendiendo su sentido auténtico frente a las acusaciones de relativismo. Su reflexión adquiere hoy una renovada actualidad: mientras la cismática Fraternidad San Pío X prepara nuevas consagraciones episcopales sin mandato pontificio, vuelve a resonar la crítica al Vaticano II por haber introducido un ecumenismo que, según ellos, diluye la verdad católica. Este texto invita a releer el gesto de Asís no como concesión al indiferentismo, sino como testimonio de la primacía de la Iglesia en el diálogo con las religiones. En un momento en que los lefebvrianos intensifican sus ataques contra el Concilio y contra el Papado, la voz de Cavalcoli nos recuerda que la fidelidad al Magisterio exige discernir entre la auténtica apertura evangélica y las falsas interpretaciones que buscan sembrar división.

El porqué de la Jornada de Asís

(Traducción del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog Riscossa Cristiana el 16 de enero de 2011. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/il-perche-della-giornata-di-assisi-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)

La reciente iniciativa del Santo Padre de convocar para el próximo mes de octubre una nueva "Jornada de Oración" en Asís, invitando a exponentes de religiones no cristianas, siguiendo el modelo de similares encuentros ya deseados e implementados en su momento por el papa Juan Pablo II, debe sin duda insertarse en la práctica sistemática del diálogo interreligioso iniciado por el Concilio Vaticano II, con las perspectivas que abre, pero también con sus dificultades, sus riesgos, y sus fracasos.
La iniciativa del Papa, inesperada, después de que varios partidos intraeclesiales pensaran que aquellos encuentros estaban definitivamente terminados debido a las críticas que se habían verificado, ha encontrado opiniones favorables, pero, como era de esperar, también contrarias.
Por otra parte, se trata de iniciativas de carácter pastoral y no de pronunciamientos doctrinales. En estos últimos, el Papa no puede equivocarse, mientras que en los primeros no le está asegurada la infalibilidad, aunque para el católico siempre existe la presunción de que la decisión del Papa sea correcta o útil u oportuna, salvo graves y prudentes objeciones en contrario.
En cualquier caso, hay quienes ven en la iniciativa del Papa una nueva y oportuna ocasión para encontrarse sobre valores de la oración y de la religión como testimonio humano universal frente a la moderna cultura secularizada, relativista, irreligiosa, agnóstica, por no decir atea; y existen, por el contrario, quienes temen que un encuentro de este tipo favorezca precisamente aquel relativismo, y aquel indiferentismo que se deberían evitar, desacreditando el prestigio de la religión frente a los hombres de hoy y llevando a dudar, entre los propios católicos, del primado del catolicismo sobre las otras religiones.
Pero la cuestión del diálogo religioso ha saltado dramáticamente a escena tras el reciente recrudecimiento de la persecución y del odio anticristiano por parte de movimientos islámicos fundamentalistas y, digamos, en verdad decididamente criminales, incluso desde el mismo punto de vista del derecho islámico y de las prescripciones del Corán, el cual, si indudablemente elogia como mártir al fiel que es asesinado en guerra por el cristiano y exalta como héroe al fiel que, siempre en guerra (la así llamada "guerra santa" o jihád) mata al cristiano, no da ningún espacio al terrorismo homicida, perpetrado a traición, de gente pacífica e inocente, y la calificación de "mártires" dada a los atacantes por ciertos grupos fanáticos es una monstruosa aberración incluso a los ojos de la propia auténtica concepción islámica del martirio.
Por esta razón los cristianos debemos tener cuidado hoy más que nunca de no hacer un manojo de todas las hierbas, como suele decirse, mezclando en una condena común, amarga e indiscriminada, a todo el Islam, sobre todo si -Dios no lo quiera- nos vamos a dejar llevar del rencor y del deseo de venganza o de la ilusión de poder encontrar soluciones rápidas y definitivas.
Nosotros, los cristianos, tenemos armas verdaderamente eficaces para vencer el mal y difundir la verdad, armas que siempre a lo largo de la historia han dado resultados maravillosos convirtiendo el mundo a Cristo. Y si, a partir de la edad moderna, la civilización cristiana parece haber pasado de la expansión al retroceso, y si el mundo moderno parece querer progresivamente rechazar o al menos marginar el cristianismo a lo privado, a lo opinable, por no decir a lo dañino, tal vez debido también al hecho de que la misma cristiandad, tan vivaz y convencida en el Medioevo hasta, podríamos decir, el Concilio de Trento y el inmediato período histórico siguiente, que vio los frutos conspicuos del Concilio -pensemos por ejemplo en los Jesuitas-, subsiguientemente ha disminuido su modo propio de conquistar el corazón de los hombres y de inducirlos a abrazar la religión del Crucificado, para dejarse seducir por fines y métodos temporales y por poderes terrenos, no conformes al modo enseñado por el divino Fundador a los suyos a fin de difundir en el mundo la Palabra de la salvación.
Con la crisis protestante -llamada por los mismos protestantes con el nombre altisonante pero engañoso de "Reforma"- ha surgido en realidad un proceso de decadencia y de corrupción o -para usar una expresión que Pablo VI usó para la crisis del postconcilio- de "auto-demolición" de la Iglesia en su mismo interior: hermanos contra hermanos, católicos martirizados por los protestantes y -es necesario reconocerlo- protestantes hostigados o asesinados por los católicos (pensemos en un episodio entre muchos: la famosa "noche de San Bartolomé" en 1564, que hizo exultar de alegría al papa san Pío V).
El protestantismo, como reconocen ahora los historiadores más serios, por ejemplo De Mattei y Vassallo, no ha fortalecido el cristianismo, sino que lo ha debilitado, no ha aumentado el impulso misionero, sino que lo ha malinterpretado; en tal sentido, como es bien sabido, existen "misiones" protestantes; no ha reforzado la unidad y la concordia en torno a la única fe, sino que ha creado una infinidad de sectas en conflicto entre sí, no ha creado un progreso en la santidad, sino un progresivo alejamiento de las raíces cristianas -la parábola del Iluminismo al panteísmo hegeliano hasta Nietzsche-, que en las extremas consecuencias ha llegado sino al punto de la impiedad y al ateísmo, a lo que hoy se llama el posmodernismo, que es el nihilismo, como ha demostrado claramente el filósofo católico Vittorio Possenti en algunos de sus libros muy recomendables. Con todo esto, no se niegan los aspectos positivos del protestantismo, remanentes de la fe común, que justifica la existencia del ecumenismo.
Al mismo tiempo, al cristiano no le sorprende recibir del mundo -por amor de Cristo- sordera, incomprensión, hostilidad y rechazo. Ya Cristo, que fue el primero en padecer estas cosas, ha advertido a sus discípulos de esto. Por lo tanto, los cristianos a lo largo de los siglos siempre han estado habituados a sufrir persecuciones. Aceptándolas en la paz y orando por los propios enemigos, a menudo han terminado por convertirlos y por ende por promover así la difusión del cristianismo. Ya lo decía Tertuliano, "los mártires son semilla de nuevos cristianos".
Pero si bien debemos hacer una clara distinción entre el Islam en su conjunto y el terrorismo islámico, emanación de pequeñísimas minorías -la famosa secta Al-Qaeda-, la historia de catorce siglos nos dice cuán refractario ha sido y es el mundo islámico al anuncio evangélico, obstinadamente y durísimamente convencido, con una tenacidad digna verdaderamente de mejor causa, de tener en Mahoma, más allá y por encima de Cristo, al verdadero Profeta de la felicidad humana y de la obediencia (islam) del hombre a Dios. Según el Islam, como es sabido, no Cristo, sino Mahoma nos lleva al paraíso.
Añádase a eso el hecho de que el Corán indudablemente enseña -aunque esto no deba ser presentado con colores demasiado fuertes- una manera de difundir el mensaje coránico muy diferente al estilo cristiano, el cual, si bien comporta indudablemente un anunciar la fe sin acomodamientos ni compromisos, y la advertencia de que "quien no crea será condenado", sin embargo a fin de difundir la verdad, el cristiano se apoya en la conciencia del destinatario del mensaje y propone dicho mensaje en un clima de libertad y de amor generoso, tolerante y paciente, renunciando a toda forma de engaño o indignas presiones o sugerencias o promesas o tentaciones o coacciones, a diferencia del método islámico, que recurre fácilmente al chantaje psicológico, político y económico y a la amenaza de las armas, casi como implicando la famosa alternativa: "O comes la sopa o saltas por la ventana" (los italianos dicen: "O mangi la minestra o salti la finestra"). De modo que uno se pregunta cuántos musulmanes lo son por convicción o más bien por conveniencia o por miedo.
De ahí el tradicional escepticismo, que ha perdurado a lo largo de los siglos, por parte de los cristianos, acerca de la posibilidad de que los musulmanes puedan redimensionar la figura de Mahoma, ciertamente gigantesca pero no exenta de defectos, reconociendo que cuanto de verdadero ha sido dicho por el Profeta no tiene nada que enseñar a Cristo, porque Cristo es el divino Salvador, y es Salvador también de Mahoma, quien, por lo demás, no se consideraba en absoluto "Hijo de Dios". Es sólo un cierto mahometismo fanático el que "diviniza" a Mahoma en función anticristiana, casi para convertirlo en un personaje contrapuesto a Cristo que le estuviera a la par e incluso lo superara.
Sin embargo, ¡qué espléndido ejemplo tenemos a lo largo de los siglos de la presencia suave y fuerte de la Orden de San Francisco en Tierra Santa entre los musulmanes! Sin embargo, es bien sabido que el Seráfico no era un dialogante al estilo Hans Küng, sino que, en cambio, deseaba convertir a los musulmanes. San Francisco precedió al Vaticano II por ocho siglos. He aquí por qué se hace la Jornada precisamente en Asís.
El Concilio Vaticano II, de hecho, sobre todo con su decreto sobre la libertad religiosa (Dignitatis humanae) y su declaración sobre el diálogo interreligioso (Nostra Aetate) nos da una gran esperanza a los católicos y a todos los hombres de buena voluntad de que ha llegado el momento de romper este bloqueo maldito que durante catorce siglos ha cerrado el acceso de los musulmanes a Cristo, en una secuela interminable de luchas cruentas entre los cristianos y los musulmanes. ¡Y no olvidemos vincular estos documentos con el de las misiones (Ad Gentes)!
Debemos encuadrar el gesto del papa Benedicto XVI en este clima de esperanza, fundado en la fe. ¿Y cuál fe? En el hecho de que cuanto enseñan esos documentos son verdades de fe, por tanto infalibles, absoluta y perennemente ciertas, dado que el Concilio las funda expresamente sobre la Revelación y el ejemplo de Cristo.
Y se trata de explicitaciones dogmáticas, las cuales, por su novedad, no deben generar en nosotros ninguna duda acerca de su continuidad u homogeneidad con la Tradición, aunque hasta ahora la Iglesia no se hubiera expresado con tanta claridad y autoridad sobre la importancia de esos valores.
El diálogo interreligioso y el derecho a la libertad religiosa están inescindiblemente vinculados, en cuanto ambos se fundan en el hecho, siempre enseñado por la Iglesia y por la misma Sagrada Escritura, de que la mente humana como tal, y por tanto todo hombre honesto y razonable, puede saber que Dios, Principio del universo, existe, partiendo de la consideración de las cosas creadas (cf. Rm 1,20; Sab 13,5) y que, por lo tanto, el hombre debe rendir cuentas a Él, justo y misericordioso, de lo obrado.
Esto es lo que la escuela de santo Tomás de Aquino llama "religión natural", que es naturalmente monoteísta, aunque a menudo esta imagen de Dios puede ser yuxtapuesta con errores o con lagunas. Pero esto sucede hoy, por desgracia, incluso entre teólogos "católicos": figurémonos si no sucede también entre los animistas, los idólatras, los budistas o los chamanes.
Las grandes dificultades surgen cuando se trata de ver o saber si, cuándo, dónde y cómo Dios se ha revelado positivamente al hombre o a algún gurú, profeta o vidente. Es aquí, sobre este terreno que se eleva sobre la razón, donde existen los más complicados interrogantes y los contrastes profundos y la cosa es comprensible.
Este es el campo de aquellas religiones que se presentan como históricamente "reveladas", sobre todo el brahmanismo, el espiritismo, el sintoísmo, el taoísmo, el budismo, el judaísmo, el cristianismo, el islamismo, requiriendo una "fe" no solo en Dios, sino una fe también en estos mediadores o en la comunidad religiosa fundada por ellos. Estas religiones tienen que ver más con la mística -a veces con el ocultismo o la gnosis- que con la racionalidad, y su riesgo -excluyendo al cristianismo- es el de la irracionalidad, de la magia, del fanatismo o del fundamentalismo.
La decisión del Papa -esto sea dicho para tranquilizar a algunos católicos- no debe ser interpretada en absoluto como renuncia a la doctrina de fe del primado del catolicismo sobre todas las demás religiones, comprendido el protestantismo y la ortodoxia oriental, precisamente porque esta decisión hace referencia, como ya lo he dicho, a la religión natural, fundada sobre la razón y no sobre especiales revelaciones divinas ni sobre textos sagrados que contengan tales revelaciones. Nótese que incluso la masonería admite una religión natural como elemento de coagulación y de convivencia civil entre las varias religiones positivas, ¡figurémonos si no deberíamos hacerlo los católicos!
El papa Benedicto intenta apoyarse sobre la conciencia religiosa de la humanidad como tal, (recordemos el título de la famosa obra kantiana "La religión dentro de los límites de la razón pura") a fin de que todo hombre religioso de buena voluntad, cualquiera sea la religión a la cual pertenezca, de unitariamente testimonio de religiosidad frente al vasto mundo secularizado, materialista, irreligioso, agnóstico, supersticioso, relativista o ateo de nuestros días.
Por ello, mientras los Estados modernos están obligados y se comprometen, sobre todo a partir de las "declaraciones de los derechos" del siglo XVIII, a reconocer el derecho a la libertad religiosa como derecho natural (fundado precisamente sobre la religión natural), no pueden imponer al ciudadano, sin violentar la conciencia, como lo hacen ciertos Estados islámicos, una religión positiva revelada o que se presente como revelada.
Debe notarse que la religión natural, como enseña el Concilio Vaticano II (en la Lumen Gentium, n.16), puede implicar también solo un conocimiento "implícito" e inconsciente de Dios, escondido detrás del respeto absoluto (cf. Kant) por la dignidad del hombre y el valor sagrado de la solidaridad humana (cf. Mateo capítulo 25).
El temor de que la iniciativa del Papa pueda favorecer el indiferentismo, el sincretismo y el relativismo, podemos disiparlo recordando la doctrina de fe antes mencionada. Reunirse junto con exponentes de otras religiones en torno a ciertos valores universales, como son la oración, no implica en absoluto por parte de nadie, empezando por el Papa -y el solo hecho de sospecharlo sería escandaloso- la renuncia a esa convicción básica de fe acerca del primado del catolicismo, y ciertamente los exponentes de las otras religiones saben cuáles son las ideas del Papa al respecto.
Viceversa, no se puede excluir que los participantes en la reunión de Asís, tocados por la gracia divina, sientan el dulce y exigente llamado de aquel Logos, que, como dice san Juan, está presente en el corazón de todo hombre.
Por otra parte, el Papa quiere implícitamente recordar que a Cristo, es decir, a la divina Revelación, se llega sobre la base de Dios demostrado por la razón natural. Si no se cree ni siquiera en esto, es imposible llegar a Cristo. El fideísmo irracionalista, según el cual la fe sería construida "a priori" sin o contra una religión natural, es una herejía de origen protestante condenada por la Iglesia desde el siglo XIX.
También la nefasta contraposición protestante entre "fe" -que sería verdad y gracia- y "religión" -que sería presunción humana, magia o superstición- no nos permitiría comprender el fundamento bíblico y conciliar de la iniciativa del Papa.
El encontrarnos, en cambio, todos juntos en el reconocimiento del Dios de la razón y de la conciencia moral natural (cf. Kant) es un paso indispensable para reconocer al Dios de la fe, o sea el Dios de Cristo y construir juntos la paz y la justicia.

P. Giovanni Cavalcoli,
Bologna, 16 de enero de 2011

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum Conventus Orationis Assisiensis foveat indifferentismum religiosum vel constituat testimonium legitimum et spei plenum fidei catholicae in continuatione Traditionis

Ad hoc sic procediturVidetur quod Conventus Assisiensis foveat indifferentismum.
1. Quia congregare Papam cum exponentibus aliarum religionum videri posset quasi omnes aequales essent. Si Papa orat cum Mahumetanis, Buddhistis vel animistis, multi catholici concludere possent catholicismum non habere primatum super alias religiones.
2. Praeterea historia ostendit protestantismum christianismum debilitasse, sectas creasse et ad nihilismum postmodernum perduxisse. Islam vero per quattuordecim saecula refractarius Evangelio fuit, pertinaciter credens Mahumetum supra Christum esse. Si isti vocantur Assisium, periculum est ut errores eorum legitimentur potius quam corrigantur.
3. Item modus islamicus diffundendi fidem minis et pressionibus utitur, cum christianismus libertate et caritate nitatur. Conventus communis impressionem dare posset Ecclesiam modos indignos acceptare vel tolerare.
4. Denique dialogus interreligiosus defectus et pericula habuit. Crisis moderna, saecularismo et relativismo signata, conventum uti posset ad religionem dehonestandam, omnes confessiones quasi aequales exhibendo et identitatem catholicam debilitando.

Sed contra est quod Concilium Vaticanum II docet in Dignitatis humanae et Nostra aetate libertatem religiosam et dialogum interreligiosum in Revelatione et exemplo Christi fundari. Apostolus Paulus affirmat Deum per creaturas cognosci posse (Rm 1,20). Sanctus Franciscus, octo saeculis ante Concilium, testimonium inter Mahumetanos in Terra Sancta dedit, conversionem quaerens. Tertullianus commemorat martyres semen esse novorum christianorum.

Respondeo dicendum quod Conventus Assisiensis non fovet indifferentismum, sed constituit testimonium legitimum et spei plenum fidei catholicae in continuatione Traditionis. Papa primatum catholicismi non relinquit, sed innititur religioni naturali, ratione agnita, ut omnes homines bonae voluntatis religiosos convocet contra mundum saecularizatum et atheum. Conventus innititur documentis conciliaribus quae sunt veritates fidei, infallibiles et perpetuae, et quae missionis Ecclesiae continuationem exprimunt. Religio naturalis, ut docet schola sancti Thomae, naturaliter monotheistica est et permittit Deum tamquam principium universi cognosci. Ex hac basi Papa admonet ad Christum perveniri ex Deo ratione naturali demonstrato. Fideismus irrationalis, qui religionem naturalem contemnit, haeresis est ab Ecclesia damnata. Conventus Assisiensis non implicat errores acceptari, sed testimonium commune orationis et religiositatis dari, cum spe ut participes, gratia tacti, ad Logos in omni corde humano praesentem accedant. Sic impletur missio Ecclesiae ut sit lux mundi et sal terrae, pacem et iustitiam aedificans.
Conclusio: Conventus Assisiensis est signum spei et fidelitatis missioni Ecclesiae, religione naturali et libertate religiosa fundatum, quod fidem contra mundum saecularizatum testatur, sine relativismo vel syncretismo, et vias ad Christum aperit.  

Ad primum dicendum quod conventus religiones non aequat, sed in religione naturali fundatur, dum primatus catholicismi manet intactus.
Ad secundum dicendum quod protestantismus et islam resistentiam ostenderunt, sed gratia corda eorum tangere potest in contextu dialogi, sicut spes conciliaris demonstrat.
Ad tertium dicendum quod modus islamicus diffundendi fidem diversus est, sed Papa proponit stilum christianum libertatis et caritatis, sine legitimatione pressionum vel minarum.
Ad quartum dicendum quod pericula dialogi exstant, sed fundamentum biblicum, patristicum et conciliare eius legitimatem et continuationem cum Traditione confirmat, et Conventus fit occasio testimonii et apertionis ad gratiam.
   
JG

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