El misterio del mal, tan antiguo como la humanidad, vuelve a interpelarnos con fuerza en este artículo del padre Giovanni Cavalcoli. ¿Qué significa que el mal no sea sustancia, sino privación del bien? ¿Cómo entender que Dios lo permita para obtener un bien mayor, hasta el punto de que la liturgia proclame en la Vigilia Pascual la paradoja del "felix culpa"? ¿No es acaso el sufrimiento, cuando se vive en unión con Cristo, una participación en su sacrificio redentor que transforma la pena en salvación? Frente a las filosofías que absolutizan o banalizan el mal, la fe cristiana enseña que el verdadero enemigo es la culpa, y que solo la misericordia divina puede cancelarla y transfigurar la pena en principio de expiación. ¿No revela esto que el mal, aunque permanezca como misterio, puede ser vencido únicamente en Cristo, quien convierte las heridas en gloria y la muerte en vida eterna? [En la imagen: fragmento de "La expulsión de Adán y Eva del Paraíso", óleo sobre lienzo, 1791, obra de Benjamin West, conservada en la National Gallery of Art, Washington, USA].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
lunes, 11 de mayo de 2026
La concepción cristiana del mal
La concepción cristiana del mal
(Traducción del artículo del padre Giovanni Cavalcoli, publicado el 24 de abril de 2011 en el blog Riscossa Cristiana. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/la-concezione-cristiana-del-male-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)
La vasta y animada discusión suscitada en los medios de comunicación por las recientes declaraciones del profesor Roberto de Mattei acerca de la concepción cristiana del mal, ha demostrado en qué gran medida este tema toca siempre la sensibilidad de un grandísimo número de personas creyentes y no creyentes, pero lamentablemente también ha mostrado, como es atestiguado por las intervenciones de cierta prensa católica de amplia circulación, la existencia, entre los intelectuales católicos y ciertamente también en ciertos sectores de la teología, de la incapacidad de abordar una cuestión tan seria y calificativa para el ser católico, con la debida preparación doctrinal y fidelidad al Magisterio de la Iglesia, con el resultado inevitable de prolongar con discursos engañosos inveterados prejuicios, y oscurecer el gravísimo problema en lugar de contribuir a iluminarlo.
La respuesta a la pregunta agustiniana, ¿unde malum? constituye una de los mayores méritos de la milenaria sabiduría cristiana, fundada sobre la Escritura y la Tradición interpretadas por el Magisterio de la Iglesia, expresándose periódicamente en los símbolos de la fe y en los catecismos habitualmente publicados tras importantes Concilios Ecuménicos.
Nosotros, los católicos, tenemos, sin que haya ningún mérito de nuestra parte, una gran responsabilidad en el ayudar también a los hombres de hoy a orientarse acerca de esta cuestión, tenemos de Cristo una luz que ofrecer, un consuelo que dar, somos una sal que debe dar sabor; pero si también la sal se vuelve insípida, ¿con qué se puede salar? O si el lenguaje cristiano repite los mismos errores del mundo, ¿cómo el mundo podrá ser salvado?
La luz que viene de la fe, naturalmente, no pretende explicar el por qué últimamente Dios, en sus inescrutables y sapientísimos designios de amor, de justicia y de misericordia, ha permitido la existencia del pecado, primero en la creatura angélica (el demonio), y luego en la humana (la pareja de nuestros primeros progenitores), con las bien conocidas devastadoras consecuencias en todo el curso de la historia humana de los individuos y de las sociedades, como narra con claridad el primer libro de la Sagrada Escritura y viene explicado ulteriormente por san Pablo (el "pecado original"). De hecho, si Dios hubiera querido, habría podido crear un mundo libre del pecado y del mal, que es su consecuencia y castigo.
Sin embargo, la revelación cristiana nos dice qué es el mal, de dónde ha nacido, a qué conduce, cuál es su significado y sobre todo cómo se puede eliminar.
Ya una sana metafísica nos enseña que el mal no es una sustancia, no es una entidad positiva, sino que es una ausencia del ser, es una privación, una insuficiencia, una privación, un defecto, una carencia del bien debido en un cierto sujeto, que se dice "enfermo" (de modo más expresivo en italiano: "malato"), si se trata de sufrimiento, o "malvado" si se trata de mala voluntad (el pecado).
El mal, nos enseña la Escritura, recaba su origen en un acto consciente y voluntario del libre albedrío de la creatura, es decir, el pecado, como he mencionado anteriormente. El pecado a su vez, según san Pablo, conduce a la muerte. Por lo tanto, todo pecado para la Biblia es siempre contra la "vida".
Sin embargo, quien hace el mal sin saberlo o involuntariamente, permanece inocente. El mal no es absolutamente querido por Dios, bondad infinita. Sin embargo, Él lo ha permitido y lo permite con vistas a dar al hombre ese bien mayor que es Cristo, para así consentir al hombre devenir "hijo de Dios", una condición de vida, que no es otra que la vida cristiana, la cual no hubiera existido -así al menos nos lo dice la Revelación- si no se hubiera dado el pecado.
De ahí la paradoja bien conocida de la liturgia pascual: "¡Oh, feliz culpa, que nos ha merecido tal Redentor!". De hecho, si nosotros podemos devenir en Cristo hijos de Dios, es porque Él ha descendido del cielo propter nostram salutem, para liberarnos del pecado.
El mal es desde el inicio de la historia del hombre consecuencia del pecado original y, a menudo, también de nuestros pecados personales en la vida presente. El mal de pena o punición o "castigo" es, en principio, consecuencia del mal de culpa, es decir, del pecado. No es tanto una pena que Dios nos inflige desde lo externo, como podría hacer un juez humano -aún cuando la Biblia dice que Dios "castiga"- sino que es más bien una consecuencia necesaria, que surge de la intimidad misma del acto pecaminoso, de la necedad que nos ha hecho pecar.
Que al pecado deba seguir una justa pena es un principio de justicia natural aceptado por la Biblia y también por todo hombre que tenga un mínimo de sentido de la justicia. En efecto, si un delincuente no fuera justamente punido, cualquier ciudadano, incluso no creyente, siente que eso no es justo.
Ahora bien, Dios es justísimo y por esto en principio castiga la culpa, salvo que el pecador se haya arrepentido, al menos en ciertos casos, como la historia del hijo pródigo o de la adúltera arrepentida del Evangelio. Pero el derecho cristiano normalmente asume el principio del derecho civil de la punición de los criminales. Las desgracias colectivas pueden ser castigos divinos (véase por ejemplo Sodoma y Gomorra) pero no siempre necesariamente. En cualquier caso, las desgracias colectivas siempre son consecuencias del pecado original. Las desventuras pueden golpear promiscuamente a pecadores y a justos.
La justicia quiere, y la Biblia lo confirma, que haya un castigo merecido para los pecadores. Castigo que será eterno si no se arrepienten en punto de muerte. En cuanto a los justos y a los inocentes -pensamos en los niños inocentes, y aquí tenemos el principio más conmovedor y perturbador de la salvación cristiana- su sufrimiento, como nos recordó recientemente el Papa precisamente a propósito de las catástrofes que tanto han hecho hablar de ello, está involucrado en un misterioso plan y destino de amor salvífico.
Aquí llegamos al Dios misericordioso, Quien es llevado a remitir o perdonar el pecado, a "tener-corazón-por-el-mísero" -¿y qué mayor miseria que la del pecado mortal, merecedora de la condenación eterna?- poder divino del perdón que, como enseña la Biblia, le pertenece solo a Él, porque según la Biblia el hacer resurgir al hombre del pecado es como resucitar un muerto, poder que evidentemente pertenece solo a Dios.
Por tanto, el perdón del pecado en el sacramento de la penitencia supone en el confesor una participación en el poder divino de remitir los pecados, mientras que el perdón que damos a los hermanos es también participación en este divino poder. Recordemos también que al recitar el "acto de contrición" cuando nos confesamos, reconocemos haber merecido los divinos "castigos". Lo que no quita que Dios nos salva gracias a su perdón.
Y aquí llegamos a la respuesta más característicamente cristiana, aunque también más paradójicamente cristiana, sobre el por qué del mal y, sobre todo, acerca de la liberación del mal, mal del pecado y mal del sufrimiento. Aquí entra en juego el sufrimiento redentor y expiatorio del inocente en Cristo, el inocente por excelencia que salva al mundo con su sacrificio, actualizado en la gracia de los sacramentos, sobre todo el Bautismo, la Penitencia y la Eucaristía, momento supremo, este último, de la victoria sobre el mal, momento, como dice el Concilio Vaticano II, en el cual se actúa nuestra Redención, la remisión de los pecados.
Pero, ¿qué tiene que ver el amor con el mal? ¿La idea del mal no evoca acaso más bien la de la injusticia, del odio, del sufrimiento y de la muerte? Ciertamente. Pero aquí radica la maravilla del plan cristiano de la salvación: utilizar por amor ese mal de pena que es consecuencia del pecado para transformarlo, en Cristo, con Cristo y gracias a Cristo, en expiación y reparación del pecado, de modo que seamos reconciliados con el Padre, que así, por amor, perdona nuestros pecados, nos salva de la muerte eterna y nos da la vida eterna.
El cristiano, por lo tanto, en el sufrimiento que lo golpea ve un gesto de amor del Padre hacia él, ve la invitación del Padre a una respuesta de amor, que satisface la justicia del Padre reparando el pecado, y que expresa aún más el amor de Dios del hijo de Dios por el Padre, retornando arrepentido al Padre.
El aspecto satisfactorio del sufrir cristiano no puede ser silenciado con el detenerse únicamente, como se hace a veces hoy, en el gesto de nuestro verdadero amor al Padre y del Padre hacia nosotros. En efecto, si no tuviéramos en cuenta el hecho de que la cruz es sacrificio cultual, el hecho que Dios permita el sufrimiento parecería una burla de Dios hacia nosotros. De hecho, el amor no envía las penas, sino que las quita.
Por tanto, el hecho de que Dios permita el sufrimiento no debe explicarse simplistamente con el "amor", sino también con la exigencia de la divina justicia. Sin embargo, el cristiano, ante la llegada del sufrimiento, no ve solo la ocasión para expiar, sino más bien la venida del amor misericordioso del Padre, el cual por misericordia nos ha dado a Cristo en quien podemos pagar el pecado y expresar en nuestros límites el infinito amor de Cristo por el Padre.
Los sujetos humanos, como es el caso de los niños sufrientes incluso no bautizados, que no pueden hacer estas consideraciones, debemos pensar que están involucrados, sin que sean conscientes de ello, en este plan de amor y de justicia, por el cual ellos también en Cristo, se salvan a sí mismos y al mundo.
El cristianismo no aparta la mirada de la fealdad del mal, buscando paliativos o falsas justificaciones o exagerando su alcance, como ha sucedido en las filosofías paganas, dualistas (maniqueísmo) o panteístas (India), o idolátricas (satanismo), descargándose sobre la acción del demonio, con el cual es necesario pactar (superstición), considerándolo efecto de un dios maligno (marcionismo), o considerándolo querido por Dios (Ockham, Calvino), o un enemigo invencible y eterno (pesimismo), o poniendo su origen en la materia (gnosticismo), poniendo el mal en Dios (Böhme), o considerándolo benéfico, normal y natural, expresión del orden cósmico (estoicismo), o necesario, coercitivo e inevitable (fatalismo), o considerándolo en cualquier caso perdonado y coexistente con la gracia (Lutero), o "lógico" o "racional" (Hegel), o repetitivo, o cíclico y eterno (Nietzsche) o atenuando su existencia hasta convertirlo en una apariencia ilusoria (Spinoza). Pero el mal no es ni siquiera del todo absurdo o privado de sentido (existencialismo). Todas estas concepciones no resuelven sino que agravan el problema del mal.
El mal en sí mismo es un hecho negativo, a lo sumo, como mal de pena, es justo castigo; pero como mal de culpa es injusticia y suscita indignación, horror e irrefrenable repugnancia en una sana conciencia moral.
Amar el mal es o perversión o inconsciencia o demencia. Incluso el pecador que hace el mal, lo juzga siempre, aunque arbitrariamente, un bien. El mal como tal, en cuanto carencia de ser, no puede ni siquiera ser objeto del querer, el cual tiene necesidad siempre de orientarse hacia un bien. También quien se suicida, piensa que para él sea bueno así. Incluso el nihilismo más radical tiene necesidad de aferrarse a algún objeto. Ciertamente, esto no justifica el estúpido y cómodo buenismo de hoy por el cual todos están en buena fe, nadie tiene malas intenciones y nadie tiene mala voluntad. Sin embargo, sigue siendo cierto que el mal no podría engañarnos y no podría engañar si no se presentara bajo las apariencias del bien.
El bien puede existir sin el mal (piénsese en el Absoluto divino), pero el mal tiene necesidad siempre de parasitar un bien al que corroe y corrompe. El mal del pecado no es más que un falso bien o un bien aparente. Aquí abajo existe el mal, pero en el paraíso celestial seremos libres de todo mal.
El cristianismo cancela el mal de culpa y transfigura el mal de pena en principio de expiación y de salvación, incluso lo inserta en el torrente del amor y de la misericordia. El cristianismo nos enseña que el mal del que realmente debemos preocuparnos no es tanto el mal de pena, como el de culpa, el pecado: una vez quitado este, incluso el mal de pena tiene fijado su fin, si no en la vida presente, ciertamente en la futura.
Ciertamente, el mal en sí mismo no es razonable, no tiene derecho a la existencia, no es ni lógico ni necesario; ni siquiera es un simple incidente de tráfico, es una cosa seria, muy seria; sin embargo, el mal puede ser vencido; en el fondo, nos lo dice ya la filosofía, es sólo accidental, contingente y puede pasar.
Tomar a la ligera el problema del mal o tener una idea equivocada del mismo puede conducir a la tragedia y a la condenación en lugar de conducir a la redención y a la salvación. Aquí es fundamental saber con certeza lo que está mal y lo que está bien, conocer los divinos mandamientos y ponerlos en práctica.
El cristianismo nos enseña cómo evitar el mal y cómo dejarlo pasar. El mal de pena no termina de inmediato, sino solo gradualmente, y es necesario utilizar el mismo mal de pena, como nos ha enseñado Cristo. En cambio, el pecado, es decir el mal moral, que es el mal más serio, puede ser eliminado de inmediato con la penitencia, la conversión y el perdón divino.
El mal existe por un cierto motivo, por una cierta "razón": porque, como he dicho, el pecado ha entrado en el mundo. Pero el cristianismo da un nuevo "porqué" al mal, le da sentido nuevo, no ciertamente que lo apruebe (pues el mal siempre sigue siendo el mal), sino en cuanto deviene en Cristo, en el modo que he dicho, camino de salvación.
Y de hecho la vida cristiana pone fin al mal en el modo antes mencionado, dándole un significado y ordenándolo a un bien superior gracias a la omnipotencia y a la bondad divina. En esta visión, Léon Bloy decía: "Sufrir pasa, haber sufrido no pasa". Cristo resucitado todavía posee las heridas de la crucifixión no como signo de sufrimiento y de humillación, sino como título de gloria.
Por lo tanto, si Dios permite el mal, no es porque Él sea impotente o maligno, sino porque precisamente permitiendo el mal muestra su omnipotencia, obteniendo un mayor bien del mal, y su bondad, dándonos con Cristo un bien superior (la vida cristiana) que es lo que hubiéramos tenido si el mal no hubiera estado allí.
Indudablemente, incluso después de las explicaciones que nos da el cristianismo, el misterio del mal permanece (mysterium iniquitatis, como dice el apóstol san Pablo). La razón humana da alguna explicación del mal, como he indicado anteriormente, sin que esto quiera decir que el mal tenga una buena razón para existir. Sin embargo, como es demostrado por la historia y confirmado por la fe, el hombre con sus solas fuerzas es incapaz de vencer el mal. Una luz decisiva sobre la cuestión del mal no nos viene de la razón, sino de la fe, y la historia del cristianismo, sobre todo de los santos, lo atestigua. La razón nos puede decir que el mal puede ser vencido gracias a la omnipotencia y a la bondad divinas. Pero saber cómo puede ser vencido solo nos lo dice el cristianismo.
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 23 de abril de 2011, Sábado Santo
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Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum malum maneat ut insuperabilis realitas
vel potius in Christo vincatur et transfiguretur in viam salutis
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod malum maneat ut insuperabilis realitas.
1. Quia malum, inquantum iniustitia, odium, passio et mors, videtur esse inconciliabile cum amore divino. Si Deus est infinita bonitas, permittere malum esset contradictio.
2. Praeterea, passio innocentium, etiam puerorum, absurda et scandalosa videtur. Si Deus est iustus, quomodo potest consentire ut iusti simul cum peccatoribus calamitates patiantur?
3. Item, multae philosophiae tenent malum esse necessarium, aeternum, logicum vel naturale: manichaei illud ponunt principium aeternum; stoici partem ordinis cosmici; fatalistae inevitabile; hegeliani rationalizant; nihilistae absolutizant. Cum tot traditiones illud insuperabile iudicaverint, videtur quod malum vincere non possit.
4. Denique experientia historica ostendit malum semper vitam humanam comitari. Bella, iniustitiae, morbi et mortes sine intermissione succedunt. Ergo videtur quod malum inevitabile sit et sensu careat.
Sed contra est quod Scriptura docet malum non esse substantiam, sed privationem boni. Apostolus dicit peccatum ducere ad mortem, sed etiam mysterium iniquitatis a Christo victum esse proclamat. Sanctus Augustinus respondet quaestioni unde malum affirmans malum ex libero arbitrio creaturae provenire. Liturgia paschalis proclamat: O felix culpa, quae talem meruit Redemptorem. Magisterium commemorat passionem innocentis in Christo esse principium expiationis et salutis.
Respondeo dicendum quod malum non potest sustineri ut insuperabilis realitas, quia in Christo vincitur et transfiguratur. Malum culpae, quod est peccatum, misericordia divina tollitur; malum poenae fit occasio expiationis et reconciliationis. Passio, Christo coniuncta, in participationem sacrificii redemptoris convertitur et in viam salutis.
Christianismus docet verum malum esse peccatum: hoc sublato, etiam malum poenae finem habet, si non in vita praesenti, certe in futura. Passio innocentium mysteriose participat consilium amoris et iustitiae Dei. Malum non est logicum nec necessarium, sed contingens et accidentale, et transire potest. Vita christiana novum sensum ei tribuit, ordinando ad bonum superius per omnipotentiam et bonitatem divinam.
Christianismus malum culpae delet et malum poenae transfigurat in principium expiationis et salutis, illud inserendo in flumen amoris et misericordiae. Passio christiana est sacrificium cultuale, non ludibrium Dei, et exprimit iustitiam atque amorem divinum. Christus resuscitatus vulnera crucis servat non ut signum humiliationis, sed ut titulum gloriae. Sic Deus malum permittit non propter impotentiam vel malitiam, sed ut ostendat omnipotentiam et bonitatem suam, maius bonum ex malo obtinens et vitam aeternam nobis donans.
Conclusio: malum, quamvis maneat ut mysterium, non est insuperabile nec necessarium; in Christo vincitur, deletur et transfiguratur in viam salutis. Solum fides christiana lucem decisivam praebet ad illud intellegendum et superandum.
Ad primum dicendum quod amor divinus malum non approbat, sed illud in expiationem et reconciliationem transformat, misericordiam suam ostendens.
Ad secundum dicendum quod passio innocentium mysteriose participat consilium salutis, nec est absurda coram Deo, quia in Christo fit via vitae aeternae.
Ad tertium dicendum quod philosophiae quae malum absolutizant quaestionem aggravant, dum fides ostendit illud privationem esse et vincibile.
Ad quartum dicendum quod permanentia historica mali non implicat eius inevitabilitatem, quia in Christo aperitur via victoriae et vitae aeternae.
JG
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