viernes, 22 de mayo de 2026

Mons. Bux y Mons. Fellay

¿Quién custodia verdaderamente la Tradición: Roma o la Fraternidad San Pío X? ¿Es posible que el Concilio Vaticano II haya traicionado la fe, o más bien la haya explicitado y confirmado en continuidad con el dogma? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli muestra cómo la negativa lefebvriana a reconciliarse con la Iglesia no es solo un cisma, sino una acusación de herejía contra el Concilio mismo y, en consecuencia, el docto teólogo dominico afirma claramente, con sobrada razón y rotundidad argumentativa, que en la cuestión lefebvriana lo más grave no es el cisma sino la herejía en la que han caído estos hermanos cristianos separados. ¿Debe Roma retractarse de sus doctrinas, o son los seguidores de Lefebvre quienes deben corregirse en obediencia al Papa? Frente a las tensiones doctrinales y las devociones privadas, se nos recuerda que la verdadera paz y reconciliación solo pueden realizarse en la fidelidad a la enseñanza viva de la Iglesia, que hoy se expresa en la Tradición actualizada y en las doctrinas del Concilio Vaticano II. [En la imagen: fragmento de "Vista de la Basílica de San Pedro en Roma", óleo sobre lienzo, obra de Gaspar van Wittel, conservado en el Musee des Beaux-Arts, Rouen, Francia].

Mons. Bux y Mons. Fellay

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog Riscossa Cristiana el 26 de marzo de 2012. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/mons-bux-e-mons-fallay-di-p-giovanni-cavalcoli-op/  Sobre la delicada e importante cuestión de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, Riscossa Cristiana había publicado antes la carta abierta de Mons. Nicola Bux al superior de la Fraternidad San Pío X y la respuesta de Mons. Williamson. El debate había sido abierto por un artículo de Alessandro Gnocchi y Mario Palmaro, "Es mejor que los lefebvrianos acepten el acuerdo con Roma, para salvar a Roma")

Como ha sido difundido por los medios de comunicación y también ha sido publicado en este sitio, mons. Nicola Bux, eminente liturgista y docente de teología en el Instituto Ecuménico de Bari, recientemente ha dirigido a la Fraternidad San Pio X en la persona de su prelado, el obispo mons. Fellay un llamamiento noble y sincero, en nombre de la concordia, la obediencia y la paz, para que cese la separación de Roma y vuelva a la plena comunión con la Iglesia católica.
Una respuesta en nombre de la Fraternidad en la persona del obispo Williamson no se hizo esperar. En tal respuesta, con tono gentil y también con expresiones de estima hacia el Sumo Pontífice, se reafirma sin embargo la imposibilidad por parte de la Fraternidad de restablecer relaciones regulares con Roma, porque una vez más se insiste en la tesis según la cual las doctrinas del Concilio estarían en contraste con la verdad de fe. La Fraternidad intentaría conservar la recta fe, corrompida por las "tinieblas" del Concilio. De ahí la negativa a reconciliarse con Roma, que es la que en cambio se habría desviado de la verdad a raíz de las innovaciones conciliares.
Con similar respuesta, el prelado lefebvriano no hace sino recordarles a todos y al mismo mons. Bux que la cuestión de fondo con Roma no es de carácter disciplinario, moral, canónico o pastoral, ni es la famosa cuestión de la Misa tridentina, actualmente liberalizada, como se sabe, por el propio Pontífice.
La cuestión de fondo es de carácter doctrinal, como a su tiempo el mismo Papa declaró, advirtiendo a la Fraternidad que si quería estar en plena comunión con la Iglesia, tendría que aceptar las doctrinas del Concilio, evidentemente las doctrinas nuevas, es decir, los desarrollos de la doctrina tradicional y de los dogmas precedentes, ya que en lo que respecta a la presencia en el Concilio de enseñanzas dogmáticas ya definidas por el Magisterio precedente, los lefebvrianos no tienen ninguna dificultad en aceptarlas, dado el sentido que ellos tienen de la Tradición y de la inmutabilidad del dogma.
Mons. Williamson hace una enunciación de principios sobre la cual no podemos no estar todos de acuerdo: la unidad y la concordia presuponen la común aceptación de la verdad. No podemos aceptar la invitación para unirnos a aquellos que desean fundamentar la unidad sobre la falsedad. El problema surge en cambio del modo como mons. Williamson aplica este principio. De hecho, lo remite a la cuestión de la reconciliación con Roma y, suponiendo que Roma a causa del Concilio Vaticano II ha dejado el camino de la verdad, advierte a Roma sobre la base del mencionado principio mal aplicado, que la Fraternidad no considera unirse a Roma a menos que la Iglesia del Concilio y del postconcilio no se retracten de las doctrinas del Concilio Vaticano II en cuanto contrastan con las de la Tradición.
Roma ha cambiado donde no debía cambiar; no ha conservado lo que debía conservar. En el Concilio Vaticano II, los fieles a la Tradición fueron derrotados por los modernistas (los así llamados "progresistas"). Esta es sustancialmente la acusación de la Fraternidad de San Pío X. Por el contrario, la Fraternidad, según mons. Williamson, ha preservado por una especial asistencia del Espíritu Santo, la pureza y la integridad de la fe de siempre (cf. el slogan de la "Misa de siempre"). Por lo tanto, según él, si puede tener lugar una reconciliación, ella debe fundarse sobre el hecho de que Roma recupera, a la luz de la Tradición, esa misma Tradición inmutable y divina que la Fraternidad ha conservado para salvar a la Iglesia de las tinieblas del Vaticano II y devolverla a la luz de la verdad de la Tradición.
La observación que hago, por otra parte, es que el apego excesivo y unilateral de los lefebvrianos a la Misa Tridentina depende de su incapacidad para apreciar la reforma conciliar, viendo en ella una profanación de la liturgia, mientras que esto ciertamente se da en la interpretación rahneriana de la liturgia, y además depende de una visión anticuada de la doctrina católica, una visión incapaz de reconocer en las doctrinas del Concilio una profundización y una explicitación de la misma doctrina católica.
Y en sustancia, mutatis mutandis, es la misma actitud que asumió Martín Lutero, aunque los lefebvrianos se declaran adversarios de Lutero en nombre del Concilio de Trento. También Lutero, considerándose iluminado por el Espíritu mejor que el Papa, no hacía tanto una cuestión de comunión eclesial o de praxis cristiana o liturgia, sino más bien de la verdad del Evangelio o, como él decía, de la Palabra de Dios. Los lefebvrianos hablan de "Tradición" y de dogma en lugar de "Escritura", pero el método y la actitud hacia Roma son iguales.
Por lo tanto, quisiera señalar cortésmente a mons. Bux que no importa cuán importante y esperamos que útil sea su llamamiento, la cuestión de fondo para nosotros los católicos y para la misma Santa Sede, en sus tratativas con los lefebvrianos, no puede limitarse a una genérica aunque ferviente y sincera invitación a la unidad, a la obediencia y al retorno, sino que conlleva la capacidad de la Comisión pontificia encargada de las tratativas para convencerlos de que con el Concilio la Iglesia no ha abandonado el camino de la verdad, no ha caído en la herejía, no ha traicionado la Tradición, sino que por el contrario ha confirmado el dogma y la Tradición y de hecho los ha ilustrado mejor y los ha explicitado en un lenguaje moderno, asumiendo cuanto de válido existe en el pensamiento moderno (y al mismo tiempo condenando sus errores) y yendo al encuentro de las necesidades de nuestro tiempo, precisamente en vista de una nueva expansión del cristianismo en el mundo.
Es necesario convencer a la Fraternidad (¡debería saberlo!) que el custodio supremo de la Tradición no es la misma Fraternidad, sino el Sumo Pontífice en su enseñanza como pastor universal de la Iglesia y a través de las enseñanzas de los Concilios, incluido el Vaticano II. A Pedro y solo a Pedro, Cristo le ha confiado la custodia y la interpretación definitiva del dato revelado, cuyas fuentes son la Tradición y la Escritura. Esta debería ser convicción elemental de fe de todo buen católico, por lo que la pretensión de pillar a Roma en este punto no tiene sentido o simplemente significa que no hemos entendido lo que Roma nos enseña.
No debería por lo tanto ser Roma la que debe corregirse, sino que este deber, que debe cumplirse con humildad y confianza, corresponde solo a los seguidores de monseñor Lefebvre, quienes deben convencerse que las doctrinas del Concilio (por más que quizás así pueda parecer aquí y allá) en realidad no rompen con la Tradición sino que están en continuidad, y de hecho, como he dicho, son una explicación y una explicitación de ella, tanto que estarían fuera de la verdad católica precisamente aquellos que se opusiesen a esas doctrinas.
Desafortunadamente, todo esto quiere decir que en la cuestión lefebvriana no está en juego tanto el cisma, como a menudo se cree, sino que la cuestión es aún más grave y radical: estos hermanos han caído en la herejía desde el momento en que acusan a las doctrinas del Concilio Vaticano II de ser heréticas. Es cierto que el Concilio no define nuevos dogmas y es verdad que herético es solo quien se opone a un dogma definido. Pero herejía puede ser también acusar de herejía las doctrinas de un Concilio, las cuales, aún cuando no estén definidas, sin embargo tratan materia de fe en cuanto desarrollan datos de la Revelación precedentemente definidos por la Iglesia o contenidos en la Tradición.
El Papa y mons. Williamson (en esto ellos ciertamente están de acuerdo) plantean la cuestión con claridad y franqueza en su impresionante radicalidad: la cuestión es sustancialmente doctrinal, está en juego la verdad de la fe. ¿Quién está de hecho equivocado en la fe? ¿La Iglesia del Concilio Vaticano II o la Fraternidad San Pío X? ¿Es esta la que tiene que corregir a Roma o le corresponde a Roma corregir a los lefebvrianos? ¿Quién es el supremo custodio e intérprete de la Tradición? Roma o mons. Lefebvre?
En cuanto a la cuestión planteada por mons. Williamson acerca del famoso mensaje de Fátima relativo a la conversión de Rusia, no parece ser ya de actualidad, ya que desde hace años el régimen soviético, gracias a Dios, ha dejado de existir. Esto ciertamente no quiere decir que el problema comunista no continúe existiendo. Basta pensar en China y en otros países del mundo, incluida nuestra propia Italia. Y esto no significa absolutamente que la situación internacional de la Iglesia y del mundo pueda dejarnos tranquilos, como creen algunos ingenuos buenistas irresponsables y privados de discernimiento, numerosos en las filas de los modernistas.
No se puede dejar de apreciar la devoción mariana del obispo lefebvriano. Sin embargo, debemos recordar que el mensaje de Fátima, aunque reconocido por la Iglesia y capaz de atraer multitudes desde hace casi un siglo con inmensos frutos de bien, sigue siendo siempre una "revelación privada", acerca de la cual la Iglesia siempre tiene la facultad y el derecho a juzgar y modificar. Solo la "revelación pública", es decir, el Evangelio, es un dato que la Iglesia no puede absolutamente cambiar o relativizar.
Por lo tanto, si los Romanos Pontífices no se han atenido exactamente a cuanto era requerido en el mensaje de sor Lucía para obtener la conversión de Rusia, no debemos turbarnos ni escandalizarnos, como si los Papas (como dicen algunos demasiado apegados a Fátima) hayan "desobedecido a Nuestra Señora". De hecho, María Santísima, Madre de Cristo, de Quien el Papa es Vicario en la tierra, Ella la primera, en cuanto mensajera celestial, somete sus mensajes al discernimiento del Sumo Pontífice al cual Ella misma está en cierto modo sometida como la primera hija del Iglesia.
Por esta razón, debe decirse que María ciertamente es Reina de la Paz y Madre de la Reconciliación, como parece por ejemplo en modo evidente en Medjugorje; pero estos vitales valores solo pueden realizarse en la plena obediencia a la sana doctrina -no importa si antigua o moderna- que nos viene enseñada por la Santa Madre Iglesia de todos los tiempos, incluso hoy, de hecho, podría decirse sobre todo hoy, porque es en el hoy de la Tradición que la sagrada Tradición se presenta con su máxima actual explicitación.
Por lo tanto, mons. Williamson tiene razón al recordar la situación de grave peligro -¿una "tercera guerra mundial"?- en la que vivimos y los graves problemas que existen en el seno de la Iglesia. Pero la cuestión es siempre la misma: ¿cómo protegernos? ¿Como remediar esto? ¿Retornando a la situación doctrinal anterior al Concilio Vaticano II, como si hubiéramos salido del camino correcto? ¿Cancelando como herejías los progresos doctrinales del Concilio infectados con el modernismo (de iluminismo, liberalismo, antropocentrismo, secularismo, indiferentismo, etc., etc.)? ¿O no más bien interpretando correctamente y con buenos teólogos las doctrinas del Concilio en fidelidad a las indicaciones de Roma? ¿No será este el camino hacia la salvación de la Iglesia y del mundo de hoy?

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 24 de marzo de 2012

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum Roma debeat se corrigere in doctrinis conciliaribus
vel potius Fraternitas Sancti Pii X se corrigere in recusatione Concilii

Ad hoc sic procediturVidetur quod Roma debeat se corrigere.
1. Quia in Concilio Vaticano II fideles Traditioni victi sunt a modernistis, et Roma viam veritatis deseruisse videtur, dum Fraternitas puritatem fidei servaverit per specialem assistentiam Spiritus Sancti. Unde reconciliatio fieri posset solum si Roma doctrinas concilii retractaret.
2. Praeterea, reformatio liturgica conciliaris liturgiam profanasse videtur, ita ut adhaesio Missae Tridentinae signum sit fidelitatis ad veram Traditionem. Insistentia in conservanda “Missa semper” proponitur tamquam defensio integritatis fidei contra innovationes.
3. Item, unitas et concordia solum in veritate fundari possunt, et si Roma in errorem cecidit, non potest peti ut Fraternitas ei se coniungat nisi retractando. Unitas super falsitatem apparens esset et nociva.
4. Denique, nuntius Fatimae et devotio Mariana videntur confirmare Ecclesiam hodiernam aberrasse, et solum reditus ad statum doctrinalem ante Concilium eam servare posset a periculis praesentibus, etiam a possibilitate belli mundani tertii.

Sed contra, Christus Petro et soli Petro commisit custodiam et interpretationem definitivam Revelationis, cuius fontes sunt Scriptura et Traditio. Concilium Vaticanum II, secundum Magisterium, fidem non prodidit, sed eam explicuit et confirmavit in continuatione dogmatis. Papa est supremus custos Traditionis, non fraternitas particularis.

Respondeo dicendum quod non Roma se corrigere debet, sed Fraternitas Sancti Pii X. Accusatio quod doctrinae Concilii sint haereticae ipsa est haeresis, quia negatur continuatio Traditionis et ignoratur auctoritas Papae tamquam supremi custodi fidei. Adhaesio unilateralis Missae Tridentinae ostendit visionem incapacem agnoscendi in Concilio profundationem doctrinae catholicae. Attitudo lefebvriana similis est Luthero, qui etiam volebat Romam corrigere nomine veritatis superioris.
Concilium Vaticanum II veritatem non deseruit, sed dogma et Traditionem confirmavit, explicans ea sermone moderno et assumens quod validum est in cogitatione hodierna. Vera pax et reconciliatio non obtinentur recusando Concilium, sed recte interpretando eius doctrinas in fidelitate ad Romam. Revelationes privatae, sicut Fatima, subiciuntur iudicio Papae et non possunt constitui criterium supremum fidei. Maria Sanctissima, tamquam prima filia Ecclesiae, sua nuntia subicit iudicio Vicarii Christi. Ergo solutio non est reditus ad statum doctrinalem ante Concilium, sed humiliter et fiducialiter recipere doctrinam viventem Ecclesiae, quae hodie exprimitur in Traditione renovata et in doctrinis conciliaribus.
Itaque, in definitiva, non Roma se corrigere debet, sed Fraternitas Sancti Pii X, quia auctoritas suprema Traditionis residet in Papa et in Conciliis, et accusare Concilium Vaticanum II de haeresi est a veritate catholica recedere.

Ad primum dicendum quod praetensa victoria modernistarum in Concilio falsa est, quia Concilium fidem confirmavit et explicuit in continuatione dogmatis, errores cogitationis modernae damnando.
Ad secundum dicendum quod reformatio liturgica non est profanatio, sed legitima renovatio liturgiae in fidelitate ad Traditionem, et adhaesio exclusiva Missae Tridentinae est unilateralis et reductiva.
Ad tertium dicendum quod unitas in veritate fundata requirit agnoscere auctoritatem Papae et Concilii, non Fraternitatem tamquam iudicem Romae. Unitas super falsitatem non est vera unitas, sed accusatio falsitatis contra Romam caret fundamento.
Ad quartum dicendum quod revelationes privatae non obligant Ecclesiam sicut Evangelium, et devotio Mariana subicienda est iudicio Papae. Salus Ecclesiae et mundi non est in recusando Concilium, sed in recta interpretatione eius doctrinarum cum bonis theologis in fidelitate ad Romam.
   
JG

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