jueves, 21 de mayo de 2026

Ateísmo: ¿un término "obsoleto"?

¿Acaso es posible que el ateísmo sea simplemente un “humanismo” respetable, o más bien constituye una negación radical del ser que destruye al hombre? ¿No es un engaño peligroso suavizar con eufemismos lo que la Biblia llama necedad y lo que la tradición cristiana denuncia como soberbia? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli muestra cómo el ateísmo moderno, nacido del antropocentrismo renacentista y culminado en el nihilismo contemporáneo, no construye al hombre sino que lo deja indefenso ante la nada. ¿Qué sentido tiene la vida si Dios no existe? Frente a la tentación de abolir la palabra “ateo”, este artículo nos recuerda que la verdadera respuesta está en reconstruir los fundamentos de la razón y de la moral, redescubriendo el ser en su raíz y reconociendo en el Ipsum Esse subsistens el único fundamento capaz de vencer la negación atea.

Ateísmo: ¿un término "obsoleto"?

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog Riscossa Cristiana el 25 de febrero de 2012. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/ateismo-un-termine-desueto-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)

L’Avvenire del pasado 17 da noticia de que el cardenal Gianfranco Ravasi, presidente del programa "Il cortile dei gentili", dedicado a los diálogos entre creyentes y no creyentes, ha declarado que el término "ateo" ha devenido "obsoleto", por lo cual debería ser sustituido por el término "humanista".
Ahora bien, debo decir con toda franqueza y respeto hacia el conocido Purpurado que esta idea suya me parece completamente errónea y contraproducente, prescindiendo de cuál ha podido ser la buena intención de encontrar en los ateos aquellos elementos positivos que pueden permitir un contacto y una discusión constructiva.
Tal idea, en efecto, me parece en línea con una cierta tendencia a disimular el mal o el error bajo términos eufemísticos, sin que por otra parte el mal o el error sean cancelados, así como ha sucedido por ejemplo con los términos "eutanasia", que significa "buena muerte" o "interrupción del embarazo" para ocultar que en realidad, en ambos casos, se trata de un homicidio.
Ciertamente, admito que nuestro lenguaje en cuanto sea posible debe evitar la crudeza o ciertas expresiones polémicas que pueden irritar o incluso provocar el insulto. Pero deber del lenguaje es también la precisión y la franqueza, que también constituyen un servicio y un recordatorio para quien, encontrándose en el error o haciendo el mal, debe ser vuelto consciente con exactitud de su situación, a fin de ayudarlo, si él lo permite, a liberarse de eso.
Ahora bien, el término ateísmo tiene una historia antigua, y fuertemente consolidada ya en la cultura pagana y, como es sabido, por cuanto respecta a la tradición bíblica, hace referencia a los famosos versículos de los Salmos: "el necio piensa: no hay Dios" (14 ,1) y: "el necio piensa: Dios no existe" (53,2).
El ateísmo, por consiguiente, objetivamente es un grave pecado de necedad e insensatez, prescindiendo de las intenciones íntimas del sujeto que es el autor. El Concilio Vaticano II dedica mucho espacio al examen y a la refutación del ateísmo, juzgándolo como "uno de los fenómenos más graves de nuestro tiempo". Pablo VI, después del Concilio, dio a la Compañía de Jesús como tarea principal la de combatir el ateísmo.
Después de todo, en toda la historia del pensamiento humano, nunca como hoy hemos sufrido, sobre todo en Occidente, la difusión del ateísmo. Existe, en mérito y justamente a una riquísima literatura, una infinidad de estudios científicos, cursos académicos, numerosísimas enseñanzas, sobre todo de los últimos Papas incluido el actual. Existen asociaciones ateas internacionales que no tienen la intención en absoluto de renunciar a su profesión de ateísmo, están orgullosas de ello y pretenden convencer a todos del valor del ateísmo.
Sorprende mucho, por lo tanto, cómo repentinamente aparece un cardenal Ravasi, por más competente que sea en la materia, a declarar la oportunidad de sustituir el término "ateo" por "humanista". Nace de aquí un gravísimo equívoco, que va en contra exactamente de la impostura propia del ateísmo, el cual surge precisamente, como es bien sabido, de la soberbia y de la necedad del hombre que pretende sustituir a Dios por él mismo, como ya decía Marx: "el hombre es Dios para el hombre".
Como bien saben los historiadores de la filosofía, el ateísmo moderno no es más que el fruto extremo del antropocentrismo renacentista, de la exaltación exagerada de la dignidad humana, partiendo falazmente (con pretextos), como ya lo hiciera Pico della Mirandola a finales del siglo XV, del hecho de que la misma Biblia dice que el hombre es creado "a imagen y semejanza de Dios". Pero luego, gradualmente, de la semejanza se ha pasado a la identidad y a la igualación (panteísmo), y finalmente a la sustitución, con todas las trágicas consecuencias nihilistas y criminales del siglo pasado, conocidas por todos, y que nunca querríamos que se repitieran. Pero si volvemos a poner las premisas, no nos maravillemos si después surgen las consecuencias.
El problema es que estamos subestimando la gravedad del fenómeno del ateísmo. Existe también la tendencia en campo católico a considerar el ateísmo como una simple opinión dotada de cierta razonabilidad. O bien se cree, con Rahner, que en el fondo los ateos no existen, porque todos aprioricamente y necesariamente, aunque inconscientemente e implícitamente, tienden a Dios y están en gracia, incluso aquellos que niegan a Dios de palabra, los así llamados "ateos".
Nos cuesta ver dónde radica la "necedad" del ateísmo y por los tanto nos cuesta considerar al ateo como un necio, un tonto, o una persona que no sabe razonar en la materia, por temor, en principio fundado pero no en este caso, de estar lanzándoles un insulto. Si el médico, a razón vista, le dice al paciente que tiene un cáncer, no se puede decir que lo insulta, sino que simplemente le dice las cosas como son.
El problema, por consiguiente, no es el de disminuir la gravedad del mal por un malentendido respeto hacia la persona o hacia su susceptibilidad, sino decir la cosa en modo o en la forma o en el tiempo debidos, precisamente para evitar en lo posible reacciones contraproducentes. Ciertamente en algunos casos será mejor callar y renunciar al diálogo, como reconoce el propio Ravasi, frente a ciertos ateos arrogantes, temerarios y atrevidos que recurren a la burla o al insulto.
Pero si nosotros llamamos "humanista" al ateo, hemos ya cedido desde el principio las armas al enemigo, estamos ya derrotados concediéndole exactamente aquello que él quiere: ser él el verdadero sostenedor y defensor del hombre contra la beatería y la estupidez de nosotros los creyentes. Pero, entonces, ¿qué ganamos, que sacamos, de eso? ¿Queremos volvernos ateos también nosotros para sostener la dignidad y la libertad humanas? ¿Sería este el testimonio cristiano? ¿Sería esta la "nueva evangelización"? ¿Podría ser esto el diálogo con los no creyentes?
El punto central del problema del ateísmo radica precisamente aquí: ¿el ateísmo construye o no construye al hombre? ¿Es racional o es irracional? Si la razón demuestra, como lo demuestra, la existencia de Dios en modo irrefutable, ¿cómo puede luego ser igualmente racional, razonable o "científico" el ateísmo? Por eso, si nos fijamos bien el caso, aquellos que no saben defenderse contra el ateísmo o que lo consideran una forma de "humanismo", son los mismos que no son capaces de demostrar racionalmente la existencia de Dios o la declaran imposible o inútil porque, según ellos, esa convicción nace de la "fe" y no de la razón.
Pero esta actitud es precisamente la que socava las bases racionales de la fe, transformándola de "obsequio racional", para decirlo en palabras de san Pablo, en verdadera y propia beatería, superstición, fanatismo, fundamentalismo, fideísmo, y así sucesivamente, que nada tienen que ver con la verdadera fe católica.
Es cierto que existe un nexo estrecho entre el problema del hombre y el problema de Dios. Según si Dios exista o no exista, el destino del hombre cambia completamente: si Dios existe, el hombre ciertamente le debe obediencia, debe aceptar por amor sus sacrificios y renuncias, pero sabe que tiene en el cielo su Señor bueno y omnipotente que lo protege, lo salva, lo consuela y le dona una vida eterna después de la muerte. Pero si Dios no existe, el hombre ciertamente puede establecer el bien y el mal como le parezca y le plazca, sin embargo, tiene que valerse por sí mismo en todas las circunstancias de la vida y permanece completamente indefenso en las tragedias de la existencia, con la perspectiva de la nada después de la muerte.
Sin embargo, la cuestión del ateísmo debe ser planteada en términos más radicales. El ateísmo es un enemigo tan fuerte de la inteligencia y de la moral, que solo puede superarse con una actitud radical y con una fuerte energía de la razón y de la voluntad. En particular, es necesario reconstruir hoy, como también lo ha dicho Benedicto XVI, los fundamentos mismos de la razón, del conocimiento y de la moral: es necesario recuperar la actitud realista del conocimiento contra las visiones relativistas y subjetivistas, es necesario redescubrir el sentido de los valores "no negociables", recuperar el amor por lo verdadero y el odio por lo falso, el amor por el bien y el odio por el mal, y en fin volver a encontrar el auténtico sentido del ser, es decir, una buena metafísica que encuentra en santo Tomás de Aquino a su gran maestro, superando otras propuestas metafísicas contemporáneas, como por ejemplo la ontología de la "relación", la ontología del "amor", o la así llamada "ontología trinitaria", las cuales si pueden contener valores no están en absoluto a la altura de poder contrastar eficazmente la tendencia ateísta, que depende de una metafísica que contamina el ser con el no-ser.
En efecto, el ateísmo plantea el problema radical, que es precisamente el del ser negando el ser divino, por lo cual responder con valores secundarios, aunque sean elevados, no es una respuesta decisiva y, por lo tanto, no conduce a una segura afirmación de la existencia de Dios.
En cambio, es necesario entonces ordenar totalmente todos estos valores secundarios, que son las propiedades trascendentales del ser, en torno a aquello que santo Tomás llama el Ipsum Esse per Se subsistens, que es ese Nombre de Dios que el Aquinate recaba de la Revelación que Dios hace de Sí a Moisés (Ex 3,14). Sólo así el Ser divino, o bien la existencia de Dios, puede contrastar irrefutablemente su negación que proviene del ateísmo o de ciertas posiciones compromisorias, como la hegeliana que combina el ser con el no-ser y que de algún modo reaparece en la visión del ser que Romeo Castellucci nos ha recientemente vuelto a proponer en sus declaraciones relativas a su ya bien conocido espectáculo teatral.
Por lo tanto, si me es permitido hacer una sugerencia al Eminentísimo cardenal Ravasi, diría que la solución al problema del ateísmo no radica en abolir la palabra para sustituirla por el término "humanismo", sino que radica en tomar de frente la cuestión remitiéndonos a los poderosos estudios sobre el tema, de los cuales ya estamos en disposición, como por ejemplo la obra magistral del padre Cornelio Fabro, Historia del ateísmo moderno, o las sugerencias que nos llegan del teólogo dominico, el Siervo de Dios padre Tomás Tyn OP, quien en el siglo pasado experimentó en su propia carne, en su patria checoslovaca, los efectos terribles del ateísmo traducido en los hechos.
Es justo y necesario estar de acuerdo con los ateos acerca de aquellas instancias humanistas que los creyentes tenemos en común con ellos, pero luego es tarea sacrosanta para nosotros los creyentes proponerles a ellos la verdadera solución con espíritu de caridad en la verdadera sabiduría cristiana que abreva en las fuentes perennes de la Palabra de Dios y de la Tradición eclesial.

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 22 de febrero de 2012

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum atheismus possit censeri legitimus humanismus vel potius sit negatio destructiva Dei et entis

Ad hoc sic procediturVidetur quod atheismus possit censeri legitimus humanismus.
1. Quia, substituendo vocabulum “atheus” per “humanista”, videtur agnosci in eo defensio dignitatis et libertatis humanae contra superstitionem et stultitiam, quod dialogum cum non credentibus fovere posset.
2. Praeterea, atheismus modernus, ex anthropocentrismo renascentiali ortus, videtur esse exaltatio magnitudinis hominis ad imaginem et similitudinem Dei creati, atque ideo affirmatio positiva valoris eius.
3. Item, quidam theologi tenent quod in re atheistae non existunt, quia omnes implicite ad Deum tendunt, etiam qui verbo negant; ergo atheismus esset tantum imperfecta forma humanismi.
4. Denique, dialogus cum non credentibus videtur postulare sermonem minus asperum et magis conciliantem, vitando vocabula quae offensiva sonare possent; ideo melius esset loqui de “humanismo” quam de “atheismo”.

Sed contra est quod Scriptura dicit: dixit insipiens in corde suo: non est Deus (Ps 14,1). Concilium Vaticanum II affirmat atheismum esse unum ex gravissimis huius temporis phaenomenis. Paulus VI Societati Iesu praecipuam missionem commisit ut atheismum oppugnaret. Sanctus Thomas docet veram magnitudinem rationis consistere in hoc quod a sensibilibus ad intelligibilia se elevet, Deum tamquam causam primam agnoscens.

Respondeo dicendum quod atheismus non potest censeri legitimus humanismus, sed est negatio destructiva Dei et entis. Oritur ex superbia hominis qui vult Deum se ipso substituere, sicut dixit Marx: homo est Deus homini. Reducere quaestionem ad mutationem vocabuli est aequivocum quod gravitatem phaenomeni dissimulat. Atheismus modernus, ex anthropocentrismo renascentiali ortus, transivit a similitudine ad identitatem, ad aequationem pantheisticam et tandem ad substitutionem, cum consequentiis nihilisticis et criminalibus.
Quaestio non est de sermone, sed de veritate: si Deus existit, homo habet spem, tutelam et vitam aeternam; si Deus non existit, homo manet inermis coram tragicis vitae et ad nihilum damnatus. Atheismus igitur non construit hominem, sed eum destruit. Vera solutio non est in molliendo vocabula, sed in fundamentis rationis et moralis restituendis, in amore veri et odio falsi recuperandis, et in omnibus valoribus ordinandis circa Ipsum Esse per se subsistens, unicum fundamentum quod negationem atheisticam vincere potest. Solum metaphysica realistica, quae ens divinum tamquam fundamentum omnium agnoscit, efficaciter tendentiam atheisticam opponere valet.

Ad primum dicendum quod vocare atheismum “humanismum” non est dignitatem humanam agnoscere, sed errori titulum concedere quem desiderat, veritatem debilitando et imposturam fovendo.
Ad secundum dicendum quod exaltatio hominis ad imaginem Dei creati non confundenda est cum substitutione Dei per hominem, quae est superbia et insipientia.
Ad tertium dicendum quod inclinatio implicita ad Deum non tollit possibilitatem eum explicite negandi, et qui verbo et facto negat insipientiam incurrit et a gratia recedit.
Ad quartum dicendum quod dialogus caritatem et prudentiam requirit, sed non falsificationem terminorum: vera evangelizatio non consistit in occultando gravitatem atheismi, sed in veritatem ostendendo cum firmitate et amore.
   
JG

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