domingo, 17 de mayo de 2026

Materia y espíritu

¿Es la materia enemiga del espíritu o ambos están llamados a coexistir en armonía? ¿No será que los errores modernos, desde el materialismo hasta el panteísmo idealista, han oscurecido la verdad sobre el hombre compuesto de alma y cuerpo? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli muestra cómo la Iglesia, a lo largo de los siglos, ha defendido la primacía del espíritu sin despreciar la bondad de la materia, y cómo los santos han encarnado la síntesis perfecta entre ascética y esperanza. ¿No es acaso la confusión entre cuerpo y alma la raíz de tantas antropologías contemporáneas que reducen al hombre a pura biología o a puro pensamiento? Frente a los extremos que conducen al ateísmo o al cripto‑ateísmo, este texto se propone recuperar la visión católica que asegura la verdadera grandeza del hombre y su destino eterno en Dios. [En la imagen: fragmento de "San Agustín en su gabinete", temple sobre lienzo, pintura elaborada entre 1490 y 1495, obra de Sandro Botticelli, conservada y expuesta en la Galería Uffizi, Florencia, Italia].

Materia y espíritu

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado el 14 de septiembre de 2011 en el blog Riscossa Cristiana. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/materia-e-spirito-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)

Uno de los grandes temas que desde siempre han interesado al pensamiento filosófico en Occidente y en Oriente es la cuestión sobre la esencia del espíritu y de la materia y las relaciones que entre si existen. El tema se muestra difícil pero extremadamente importante no solo para tener una visión general de la realidad, sino también para comprender la relación del mundo con Dios, así como la esencia y el destino del hombre, ente compuesto de alma y cuerpo.
Algunos filósofos modernos, quizás cansados y desanimados por las infinitas discusiones y los continuos disensos que desde siempre y en todas partes han afectado a este tema, consideran que el problema ya no sea de actualidad, también porque en la filosofía moderna y en particular en la filosofía contemporánea, se juzga que son temas de un género demasiado abstracto y se prefieren asuntos más concretos. Para usar un lenguaje bíblico, estos temas se consideran un "insípido maná" y se prefieren las "cebollas de Egipto". Pero con esto se traiciona la vocación misma del filósofo, cuya mente debe ser capaz de expandirse, extenderse y elevarse hacia los valores más ricos, universales y duraderos, para poder iluminar y confortar a su luz el difícil camino del hombre en la historia, impidiéndole el encogerse, empobrecerse y perderse en mezquinos intereses con la excusa de lo concreto y de la practicidad.
Sobre esta materia la fe católica nos da luces maravillosas, aunque se trata de horizontes que de por sí son proporcionados a las fuerzas de la sola razón y, por lo tanto, de la sola filosofía. Pero como esta temática está estrechamente ligada al problema de la salvación y de la finalidad del cristianismo, he aquí que la divina revelación, a través de la doctrina de la Iglesia, socorre al hombre para guiarlo en estas cosas hacia la verdad y, por consiguiente, hacia la virtud.
Una primera verdad que nos viene de la Biblia es que Dios, purísimo espíritu, es el creador del "cielo" y de la "tierra", es decir, del espíritu finito y de la materia cósmica, y del hombre mismo, compuesto del "barro de la tierra" (cuerpo) y del "soplo divino" (alma), mientras que todo el resto del mundo es material, sin poderse elevar a la altura de la dignidad del hombre animado por el aliento divino (espíritu).
Esta verdad muestra inmediatamente, por una parte, la conveniencia del espíritu con la materia, en cuanto creada por el divino Espíritu y, por lo tanto, reflejo de su sabiduría y de su poder, así como en la materialidad de una estatua está el reflejo del espíritu del escultor. Pero, por otra parte, aparece la inmensa diferencia entre el espíritu y la materia: el Espíritu, en cuanto es Espíritu divino, es increado y eterno; la materia, en cambio, es creada.
Desde un punto de vista general, el espíritu es en varios modos infinito, mientras que la materia es finita; aquel, inmutable, incorruptible, ésta, mutable, corruptible y contingente; aquel, universal, esta particular; aquél, ente simple; esta, ente compuesto; aquel, por encima del tiempo y del espacio; esta, inmersa en el tiempo y en el espacio; aquel, dotado de acción inmanente e interior (el intelecto, la conciencia y la voluntad); esta, capaz sólo de una acción física, transitiva, proyectada hacia lo externo; aquel, capaz de penetrarlo todo ("intus-legere") y hacerlo íntima e inmaterialmente propio; esta, sí, ciertamente, en contacto con lo otro, pero solo exteriormente y superficialmente; aquel, puramente inteligible, ésta, también objeto del sentido; aquel, ente viviente; esta, eventualmente también privada de la vida. Mientras que un rastro del espíritu puede estar presente en la materia, el espíritu puede existir por cuenta suya sin materia. La materia dice determinismo, el espíritu dice libertad.
Sin embargo, espíritu y materia pueden coexistir armoniosamente y pacíficamente; ambos son inteligibles, sabiamente organizados y capaces de una acción sensata; ambos tienen su propia bondad, producen el bien y tienen un fin bueno. En cuanto originados por el mismo Dios, están finalizados ambos en Él. El placer corporal bien puede representar o ser un símbolo de los gozos del espíritu, aun cuando estos son muy superiores. La acción de la materia se asemeja a la del espíritu, aunque mucho menos poderosa, tanto que para poder entenderla nos es útil usar como comparación esta, pero este hecho denota también la superioridad del espíritu sobre la materia y cómo aquel tiene el deber y la responsabilidad de guiar y regular ésta, sobre todo en nuestra vida humana, resultante de una naturaleza compuesta de alma y de cuerpo. Acerca de esta relación materia-espíritu, como he dicho, la doctrina católica nos proporciona luces muy importantes, que se pueden resumir en los siguientes puntos:
1) La existencia de Dios, purísimo espíritu, creador y ordenador de la materia, por lo tanto primado del espíritu sobre la materia (cf. el libro del Génesis); el cuerpo masculino y el cuerpo femenino son creados por Dios y están hechos para coexistir, y por lo tanto no son malvados ni consecuencia del pecado (contra Orígenes).
2) Dios creador de las sustancias espirituales (ángeles) y del hombre compuesto de espíritu y cuerpo (dogma del Concilio Lateranente IV); en el Credo tenemos la dualidad visibilia et invisibilia; por lo tanto, deber del hombre anteponer los valores espirituales a los materiales; y, al fin de cuentas, Dios, purísimo espíritu como fin último del hombre; la materia, por lo tanto, está en armonía con el espíritu: condena del dualismo maniqueo que enseña la enemistad del espíritu con la materia; si, como dice Pablo, la "carne" se opone al "espíritu", aquí Pablo no se refiere a la distinción alma-cuerpo, sino que usa términos bíblicos para significar la rebelión de las pasiones a la razón en el hombre pecador.
3) El alma humana, espiritual, es una forma sustancial del cuerpo (Concilio de Viennnes de 1312); lo que quiere decir que el alma no da una ulterior forma a una materia ya formada por una presupuesta forma corporis, como pensaban algunos teólogos franciscanos del siglo XIII, sino que da forma sustancial a la sola, nuda y pura materia del cuerpo humano, la así llamada "materia prima", la cual es sujeto primero y fundamental de las transformaciones sustanciales, pero que no existe sola, sino siempre y solo informada por una forma o sustancial o accidental.
4) El alma humana, junto con el cuerpo, forma un único y mismo individuo humano; pero ella es inmortal, mientras el cuerpo, después del pecado original, es corruptible (muerte) (Concilio Lateranense V, de 1513). Por eso, el alma, en la ultratumba, puede existir o subsistir por sí separadamente del cuerpo, pero en vista de la resurrección del cuerpo al fin del mundo (dogma de Benedicto XII, de 1336); por tanto, la salvación final no es el alma que se libera del cuerpo (Platón, gnosticismo, India), sino el alma que reasume su propio cuerpo; cada alma tiene su propio cuerpo (masculino o femenino), por lo que la doctrina de la reencarnación es falsa.
5) Consecuencias morales. El hombre, con el socorro de la gracia y purificándose de los pecados, debe sabiamente gobernar su propio cuerpo, luchar contra el demonio y contra la concupiscencia resultante del pecado original, saber renunciar a aquellos bienes materiales que se oponen a los bienes espirituales, dominar razonablemente las pasiones, aspirar a la perfección de la vida espiritual, dejarse guiar por el Espíritu Santo, aspirar a la vida eterna (Concilio de Trento).
6) El cristiano vive ya desde ahora, como miembro de la Iglesia, sobre todo interiormente, el inicio de la futura resurrección en el Reino de Dios. Sin embargo, aspirando siempre a los bienes del espíritu, debe animar evangélicamente los valores materiales, temporales y terrenos (economía, familia, sociedad, cultura, progreso), colaborando junto con todos los hombres de buena voluntad en la salvación del mundo operada por Cristo. El esfuerzo ascético es siempre necesario, considerando las consecuencias del pecado, pero la gracia de Cristo permite ya desde ahora pregustar un anticipo, en cuerpo y alma, de los primeros frutos, las primicias, de la cruz del Salvador (Concilio Vaticano II). Hombre y mujer estarán presentes en la resurrección, porque en ella habrá una cierta recuperación del plan originario de la creación (Gén 2), que prevé la relación hombre-mujer (explicitación del Beato Juan Pablo II).
En esta compleja y difícil materia la Iglesia a lo largo de los siglos se ha preocupado de ponernos en guardia contra errores recurrentes de diversa índole, que enumeramos brevemente y que siempre son de actualidad. Las condenas más importantes son del siglo XIX y sobre todo del Concilio Vaticano I, porque nunca como en aquel período el pensamiento filosófico se ha equivocado en esta materia con errores que retomaban el antiguo paganismo, como si toda la enseñanza cristiana de los siglos precedentes hubiera pasado en vano.
Son los siguientes:
1) Materialismo: el espíritu, si existe, tiene origen a partir de la materia en evolución y es producido a partir de la materia eterna, por lo cual es ésta la que guía al espíritu y no al revés. El espíritu es material. En el hombre no existe nada inmortal, ni siquiera el alma. Al momento de la muerte, el individuo se disuelve totalmente y para siempre (condenado por el Vaticano I).
2) Panteísmo idealista: todo es Dios, todo es espíritu, todo es pensamiento, por lo cual la materia es absorbida por el espíritu. Al momento de la muerte el individuo humano se disuelve en Dios. La materia es espiritual (condenado por el Vaticano I, por el beato Pío IX, por san Pío X).
Hoy está de moda una antropología que se hace pasar por "bíblica", de origen protestante, que considera la distinción alma-cuerpo como falsa e inficionada por el "dualismo griego" (Von Harnack, Bultmann) o "cartesiano". Con el pretexto de que la visión bíblica comporta la unidad del individuo humano, ha surgido un monismo que confunde cuerpo y alma, quizás con el pretexto de la doctrina paulina del "cuerpo espiritual". Se ve al cuerpo como aparecer del alma (Rahner) y se ve el alma como resultado de la evolución del cuerpo (Teilhard, Mancuso). Pero esta tesis confusionaria es prácticamente la mezcolanza de los dos errores anteriores. Aquellos que reducen el espíritu al cuerpo, hacen fácilmente la operación inversa de reducir el cuerpo al espíritu.
Las consecuencias morales de estos errores son:
1) Por cuanto respecta a la visión materialista, la prevalencia de los intereses materiales sobre los espirituales, con la consecuencia de un empobrecimiento de la vida espiritual y el surgimiento de tendencias egoístas. El sujeto, rechazando el primado del espíritu, renuncia al esfuerzo ascético, desprecia el espíritu de sacrificio y se deja dominar por las pasiones y por los impulsos. Faltando el discernimiento espiritual, asume una actitud conformista dejándose llevar por la corriente de sujetos similares a él. No se preocupa de su propia alma, sino que sólo atiende a fines terrenales y seculares, quizás ilusorios y contrarios a las normas de la justicia y de la caridad. Todo ello conduce al ateísmo.
2) Por cuanto respecta en cambio al enfoque idealista-panteísta, el sujeto, sobreestimando el poder de su espíritu, se siente autorizado a emerger sobre los demás oponiéndose de modo implacable a quienes lo obstaculizan o se interponen en su camino y se vuelve sediento de gloria y de consenso, cosas que por otra parte no le faltarán, ya que estos sujetos a menudo son efectivamente inteligentes, capaces y astutos. Sobrevalorando el poder del espíritu sobre la materia, estará a favor de pautas morales, que, quizás en nombre de la ciencia o de la libertad, favorezcan determinadas prácticas en las que la corporeidad viene manipulada al arbitrio del hombre o instrumentalizada por puro placer subjetivo. Tales sujetos también pueden fingir cierto rigor ascético, pero siempre en vista de su propia autoafirmación y para conquistarse un nombre entre las masas. Despreciando la materia, evita ocuparse de las necesidades materiales de los demás; sin embargo, hace una excepción para con su propio yo, tomándose mucho cuidado de sus propios intereses materiales, pero sólo porque los considera manifestaciones y sostén de su yo, que es momento del Espíritu absoluto. El nombre de "Dios" en la boca de estos sujetos no vale nada. En realidad, son cripto-ateos. Su dios es su propio yo.
Si, por el contrario, consideramos las sabias indicaciones que nos vienen de una sana filosofía, confirmada por la doctrina de la Iglesia, nos daremos cuenta de que ellas son la base del pensamiento y de la vida de las personas verdaderamente virtuosas y sobre todo de la vida de los santos, que son aquellos que indican el camino de la verdadera grandeza del hombre y sobre todo, para nosotros los católicos, el mejor modo para acceder al Reino de Dios.

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 14 de septiembre de 2011

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum relatio inter materiam et spiritum sit oppositio vel harmonia sub primatu spiritus

Ad hoc sic procediturVidetur quod relatio inter materiam et spiritum sit oppositio.
1. Quia quidam tenent spiritum ex materia evolvente procedere, ita ut materia spiritum regat et non e converso. Secundum hanc sententiam spiritus esset materialis et mortalis, et homine moriente totaliter dissolveretur.
2. Praeterea, alii affirmant omnia esse Deum, omnia esse spiritum, omnia esse cogitationem, ita ut materia in spiritum resolvatur et individuum humanum in absoluto amittatur. Sic materia esset spiritualis et mors aequivaleret absorptioni in Deo.
3. Item, quaedam anthropologiae hodiernae distinctionem animae et corporis falsam reputant, eam dualismo graeco vel cartesiano imputantes, et proponunt monismum confundentem corpus et animam. Secundum hanc doctrinam corpus esset manifestatio animae vel anima ex evolutione corporis proveniret.
4. Denique, asseritur visionem biblicam de corpore spirituali iustificare confusionem animae et corporis, et unitatem hominis exigere negationem distinctionis traditae.

Sed contra est quod Sacra Scriptura docet Deum, purissimum spiritum, creasse caelum et terram, atque hominem ex corpore et anima compositum. Concilium Lateranense IV definivit creationem angelorum et hominis ex spiritu et corpore compositi. Concilium Viennense docuit animam esse formam substantialem corporis. Concilium Tridentinum monuit hominem corpus suum gratia gubernare debere. Concilium Vaticanum II affirmavit christianum iam anticipare resurrectionem in corpore et anima. Sanctus Augustinus admonuit amorem sui usque ad contemptum Dei esse radicem deviationis.

Respondeo dicendum quod relatio inter materiam et spiritum non est oppositio, sed harmonia sub primatu spiritus. Deus, purissimus spiritus, est creator et ordinator materiae, et ideo spiritus praeeminet. Anima humana est forma substantialis corporis, et cum eo unum individuum constituit. Corpus est corruptibile propter peccatum, anima vero immortalis et destinata resurrectioni corporis in fine mundi.
Materialismus, qui spiritum ad materiam reducit, ducit ad praevalentiam bonorum materialium super spiritualia, ad contemptum conatus ascetici et tandem ad atheismum. Panteismus idealisticus, qui materiam ad spiritum reducit, ducit ad divinizationem sui, ad manipulationem corporeitatis et ad crypto‑atheismum. Monismus hodiernus, qui corpus et animam confundit, est mixtura utriusque erroris et dignitatem hominis destruit.
Doctrina catholica affirmat harmoniam materiae et spiritus, damnat dualismum manichaeum et docet hominem corpus suum gratia gubernare, passiones moderari, ad vitam spiritualem et aeternam aspirare. Christianus iam anticipat resurrectionem in vita Ecclesiae, valores materiales et temporales evangelice animando. Sic ostenditur vera magnitudo hominis consistere in unione animae et corporis sub ductu spiritus, ad salutem aeternam ordinata.
Conclusio: relatio inter materiam et spiritum non est oppositio nec confusio, sed harmonia sub primatu spiritus, secundum doctrinam catholicam.  

Ad primum dicendum quod spiritus non ex materia procedit, sed a Deo creatus est; anima immortalis est et cum corpore non dissolvitur.
Ad secundum dicendum quod materia non in spiritum resolvitur, sed ambo a Deo creati sunt et distincti; individuum humanum non amittitur in absoluto, sed in sua identitate personaliter subsistit.
Ad tertium dicendum quod distinctio animae et corporis non est dualismus graecus, sed veritas revelata et ab Ecclesia definita; monismus confundit et dignitatem hominis destruit.
Ad quartum dicendum quod corpus spirituale de quo Paulus loquitur refertur ad resurrectionem gloriosam, non ad confusionem animae et corporis; anima non est ex evolutione corporis, nec corpus mera manifestatio animae. 
   
JG

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