domingo, 17 de mayo de 2026

El Dios de Lutero

¿Quién era realmente el Dios de Lutero: el Padre misericordioso de la Biblia o un ídolo deformado por la angustia y la presunción? ¿No es inquietante que la fe fiducial, desligada de las obras, haya terminado en una visión de la misericordia que des-responsabiliza y pone en riesgo la salvación eterna? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli muestra cómo la confusión de Lutero entre concupiscencia y pecado lo llevó de la desesperación a la arrogancia, negando la ley moral y la autoridad de la Iglesia. ¿No es acaso un eco peligroso de aquella falsa misericordia el que hoy se difunde entre católicos que, sin angustia por la culpa, buscan una religión cómoda y sin exigencias? Frente a la tentación de un cristianismo sin ascesis ni virtud, este texto nos recuerda que la verdadera misericordia divina es inseparable de la justicia y de la llamada a la santidad. [En la imagen: fragmento de "Retrato de Martín Lutero", óleo sobre lienzo, 1529, obra de Lucas Cranach El Viejo, conservado en la iglesia parroquial evangélica luterana de Santa Ana, en Augsburgo, Alemania].

El Dios de Lutero

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog de Riscossa Cristiana el 8 de octubre de 2011. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/il-dio-di-lutero-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)

En su reciente visita a Alemania, el Papa, al detenerse en el ex-convento de los Agustinos de Erfurt, donde vivía Lutero, ha elogiado su religiosidad, como ya lo había hecho Juan Pablo II al hablar de "profunda religiosidad". De hecho, ha recordado la necesidad del joven Lutero de "encontrar un Dios misericordioso", lo que, ha señalado el Papa, estaba evidentemente ligado al sentimiento de pecado que lo afligía. A partir de aquí, el Pontífice ha tomado impulso para notar que hoy, lamentablemente, muy pocos están afligidos por sus propias culpas y muy pocos se vuelven a Dios para obtener su misericordia.
En esta ocasión el Papa, como es ahora el estilo de los Pontífices del postconcilio, nos ha dado un enésimo ejemplo del modo de practicar la obra del ecumenismo: evidenciar y reconocer francamente aquellos puntos de doctrina o de moral cristiana que nosotros los católicos tenemos en común con los hermanos separados. En efecto, este es el modo de favorecer la unión y sentar las bases para la esperada reunificación.
Este esfuerzo por buscar lo que nos une, sin embargo, no puede dejar totalmente en la sombra lo que nos divide, porque al fin de cuentas el mismo documento Unitatis redintegratio del Concilio Vaticano II dedicado al ecumenismo, espera que algún día los hermanos separados entren en laIglesia católica, lo que supone evidentemente que ellos abandonen sus errores, en el caso presente, los errores de los protestantes en su tiempo denunciados por el Concilio de Trento.
Esto quiere decir que una correcta concepción del ecumenismo no puede no inserirse en el cuadro o marco de aquella exégesis de la "continuidad en la reforma", la regla de oro que el Papa nos ha indicado para interpretar correctamente las enseñanzas doctrinales y pastorales del Concilio Vaticano II. Esta clave hermenéutica nos lleva entonces a ver la relación con los protestantes promovida por el último Concilio, no en ruptura, sino precisamente en continuidad con ese Concilio que fue convocado específicamente para afrontar el problema de Lutero, es decir, el Concilio de Trento, aunque en un principio la línea de este Concilio pueda parecer muy diferente, por no decir contraria, a la del Concilio Vaticano II.
En cambio, causaríamos un grave daño al ecumenismo si lo configuramos olvidando las indicaciones del Concilio Tridentino, las cuales por el contrario deben ser entendidas como complementarias a las del Vaticano II. Por otra parte, tampoco se puede permanecer detenidos en el Tridentino, olvidándose de cinco siglos de historia de la Iglesia. En efecto, mientras el Vaticano II evidencia los puntos de convergencia, el Tridentino subraya los errores. Ahora bien, así como el uno y el otro no se mueven en el mismo terreno, está claro que entre los dos Concilios no existe ninguna contradicción, sino que, a fin de asumir hoy la actitud correcta hacia los luteranos, es necesario combinar sabiamente y con suma prudencia, teniendo en cuenta las circunstancias, las condenas del Tridentino con las aperturas del Vaticano II.
Hablo de sabiduría y prudencia, porque el ecumenismo, si tiene un trasfondo teorético y dogmático, sin embargo, en sí mismo es una cuestión exquisitamente pastoral, para la cual la verdad ciertamente no debe ser silenciada, sino que debe ser propuesta en el momento y en el lugar y con la debida caridad y justicia. Estaría equivocado un cierto ecumenismo que callara sistemáticamente acerca de los errores protestantes, pero tampoco sería en absoluto ecumenismo una cierta actitud agresiva, que era la característica del período preconciliar, la cual partiera sistemáticamente arremetiendo contra los errores protestantes, ya sea verdaderos o presuntos, con la tendencia también a identificar el error con quien comete el error, algo que el Concilio Vaticano II ha ordenado evitar con cuidado, dado que si el error ciertamente debe ser condenado, en cambio, el que comete el error sigue siendo siempre una persona digna de respeto, la cual también en su errar incluso puede estar en buena fe, y por tanto ser inocente ante Dios y sujeto del derecho a la libertad religiosa.
Dado que algunos han digerido mal las palabras del Papa en Erfurt, casi como que el Santo Padre haya estado cediendo hacia el protestantismo o al menos hubiera sido ambiguo, quisiera agregar aquí lo que el Papa, en principio, muy bien hubiera podido decir, en cuanto tomado del Concilio de Trento, pero que no ha dicho por caridad cristiana y oportunidad pastoral.
Vengamos, pues, a este gran tema de la divina misericordia. Es cierto que el Lutero joven, angustiado por sus propios pecados y aterrado por el riesgo de dañarse a sí mismo, buscó afanosamente cómo encontrar un Dios misericordioso. Sin embargo, Lutero vio aumentar sus aprensiones, desde que, esperando en un primer momento hacerse de los méritos y poderse corregir con un extraordinario empeño en las buenas obras y en las observancias regulares de su propia vida religiosa, se dio cuenta del hecho de que de cualquier modo su carne seguía siendo muy frágil frente a las tentaciones y a las pasiones, tanto que se convenció de que no poderse liberar de la culpa, que él confundió con la misma tendencia al pecado, ignorando o no comprendiendo el hecho de que, en buena doctrina católica, mientras la tendencia al pecado (concupiscentia o fomes peccati) es inextinguible incluso en los santos aquí abajo, el pecado, aunque siempre sea recurrente, es sin embargo cancelable en virtud de la gracia divina y del arrepentimiento.
En cambio, a Lutero se le metió en la cabeza que Dios lo reprendería, fuera lo que fuera que hiciese, y esta convicción patológica se convirtió en él en una carga tan insoportable, que para liberarse de este peso y encontrar un Dios misericordioso, terminó renunciando a la lucha contra el pecado, haciéndose la convicción de que cualquier cosa que él hiciera o no hiciera, en todo caso Dios lo perdonaba, por lo cual debía estar cierto, seguro, "por fe", de su predestinación a la salvación. Pasó de la desesperación a la presunción, evidente carencia de equilibrio.
Entonces, lo único que podía hacer Lutero era creer por "fe" ("fe fiducial") de ser salvo, incluso si seguía sintiéndose en culpa y quedaba la impresión de un Dios airado, "dios" que, sin embargo, de ahora en adelante, Lutero atribuyó a un truco del demonio disfrazado de divinidad. Al mismo tiempo, Dios, que seguía apareciendo airado, se disfrazaba según él bajo el aspecto del demonio y Cristo aparecía como maldito y condenado al infierno por amor nuestro (sub contraria specie).
Así fue como Lutero se negó a admitir la objetividad y, por lo tanto, la obligatoriedad de la ley moral natural y de los mismos mandamientos divinos. Quedaban, con fuertes reservas, aquellos enseñados por la Escritura (sola Scriptura), pero no aquellos enseñados por la Iglesia y por la Tradición, como por ejemplo el sacramento de la penitencia, el deber de las buenas obras o el ministerio sacerdotal o el sacrificio de la Misa o el deber de obedecer el Magisterio de la Iglesia o el valor de los votos religiosos. De ahí la bien conocida negativa a aceptar la interpretación de la Escritura proporcionada por la Iglesia (libre examen).
El respeto de estos valores no le parecía ya necesario a Lutero en orden a la consecución de la salvación, sino que le parecía suficiente saber (sola fides) que Cristo, del cual ciertamente aceptaba la divinidad, había muerto por él y había pagado por sus pecados. Cristo se convirtió en su "justicia" sin que fuera ya necesario que se la procurase él mismo, después de haber sido justificado, una justicia mediante las buenas obras (pecca fortiter et crede firmius).
Lutero continuó creyendo en la gracia, pero comenzó a concebirla no ya como una propiedad o cualidad sobrenatural intrínsecamente adherida al alma, que así deviene realmente purificada, sino sólo como un simple favor divino externo (supra nos), una imputación forense y extrínseca de salvación por obra del Padre que mira sólo los méritos del Hijo crucificado, mientras Martín seguía siendo pecador no sólo tendencialmente sino en acto. "Cada uno de nuestros actos -decía- es un pecado mortal". Sin embargo, para él estamos igualmente en gracia, siempre que creamos (simul iustus et peccator).
El resultado de estas operaciones fue que Lutero creyó ver, como él mismo supo decir, "el cielo abierto", pero al mismo tiempo, como atestiguan sus biógrafos, no cesaron los tormentos interiores y los remordimientos de conciencia, que él por tanto se esforzaba en atribuir a la acción del demonio. El caso es que esta "fe" en el hecho de ser objeto de la misericordia divina prescindiendo de las buenas obras no favoreció ciertamente en Lutero la práctica de la ascesis, el crecimiento en las virtudes y la corrección de sus defectos, sino que aumentaron en él su arrogancia y la presunción de poderse salvar sin mérito.
Por lo demás, su colaboración a la gracia fue bloqueada por su malsana convicción de que con el pecado original la razón estuviera cegada ("razón ramera del diablo") y el libre arbitrio extinguido ("servo arbitrio"), por lo cual la salvación era obra de un Dios arbitrario e irracional, que recordaba la concepción, como el mismo Lutero hubo de reconocer, no del auténtico Dios bíblico, misericordioso sí pero también justo, sino más bien del Dios de Guillermo de Ockham (Ego sum occamisticae factionis), quien en su absoluta "libertad" podía querer y justificar no sólo el bien sino también el mal. La fe era tanto más auténtica cuanto más contrastaba con la razón.
En conclusión, debemos señalar que esta falsa concepción de la divina misericordia, de un Dios que deja correr todo y no castiga nunca (recuérdese la reciente polémica sobre el caso De Mattei), o bien que no obliga nunca (véase el disparate propalado recientemente por el libro "Io e Dio" de Mancuso) lamentablemente se ha extendido peligrosamente incluso entre nosotros, los católicos, con el agravante del hecho, en comparación con Lutero, de que si al menos en él había verdaderamente la auténtica y sincera angustia de sentirse en culpa, en estos liberales nietecitos del Reformador, solo tenemos una posición de cómodos y el deseo de salirse con la suya de cualquier modo. Pero esto no es verdadero cristianismo, esta es una droga des-responsabilizadora que no nos hace devenir santos, sino que pone en serio peligro -con la excusa de la divina misericordia- nuestra propia eterna salvación.

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 7 de octubre de 2011

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum conceptio lutherana misericordiae divinae ad veram salutem ducat
vel ad periculosam deformationem fidei christianae

Ad hoc sic procediturVidetur quod conceptio lutherana misericordiae ad veram salutem ducat.
1. Quia Lutherus, peccatis suis anxius et Deum misericordem quaerens, videtur legitimum iter ad gratiam secutus esse, cum Scriptura doceat eum qui misericordiam Dei quaerit non reprobari.
2. Praeterea, affirmando Christum pro se mortuum esse et pro peccatis suis solvisse, videtur agnoscere redemptionis centrum et divinitatem Christi, quod est fundamentum fidei christianae.
3. Item, asserendo fidem sufficere ad salutem, videtur praebere primatum fiduciae in Deo supra opera humana, quae semper fragilia et limitata sunt, et sic vitatur periculum fiduciae in propriis meritis.
4. Denique, diffidendo ratione et libero arbitrio, videtur fidem contra superbiam rationalisticam tueri et affirmare absolutam Dei libertatem, quae humanis categoriis non subicitur.

Sed contra est quod Scriptura sacra docet fidem sine operibus mortuam esse. Concilium Tridentinum definivit iustificationem non esse meram imputationem extrinsecam, sed interioris transformationem per gratiam. Sanctus Augustinus docuit misericordiam divinam numquam a iustitia separari. Sanctus Thomas affirmavit gratiam naturam perficere et non destruere.

Respondeo dicendum quod conceptio lutherana misericordiae non ad veram salutem ducit, sed ad periculosam deformationem fidei christianae. Lutherus, concupiscentiam cum peccato confundens, a desperatione ad praesumptionem transivit, negans necessitatem legis moralis naturalis et mandatorum ab Ecclesia et Traditione transmissorum. Gratiam ad favorem extrinsecum redegit, hominem simul iustum et peccatorem relinquens, sine vera interiori purificatione.
Hoc modo cooperationem cum gratia impedivit, ratione caecata et libero arbitrio extincto existimatis, et salutem concepit ut opus Dei arbitrarii et irrationalis, similis Deo Ockham, qui etiam malum iustificare posset. Fides fiducialis a operibus separata nec asceticam nec virtutum incrementum fovit, sed arrogantiam et praesumptionem auxit.
Doctrina catholica docet misericordiam divinam inseparabilem esse a iustitia, gratiam vere animam transformare, fidem operibus perfici, libertatem humanam, quamvis peccato vulneratam, cum gratia cooperari. Vera misericordia non est excusatio peccati, sed vis ad vincendum et iter ad sanctitatem. Sic ostenditur falsa conceptio Dei qui numquam punit nec obligat, etiam inter catholicos hodiernos divulgata, esse potionem des‑responsabilizantem quae salutem aeternam in discrimen ponit.
Conclusio: conceptio lutherana misericordiae non ad veram salutem ducit, sed ad periculosam deformationem fidei christianae; doctrina catholica affirmat inseparabilitatem misericordiae et iustitiae, fidei et operum, gratiae et libertatis.

Ad primum dicendum quod quaerere Deum misericordem est legitimum, sed doctrina catholica illuminari debet, quae concupiscentiam a peccato distinguit et docet peccatum per gratiam et paenitentiam aboleri.
Ad secundum dicendum quod Christus quidem pro peccatis nostris mortuus est, sed cooperationem nostram in operibus virtutis et in sacramentis ab Ipso institutis requirit.
Ad tertium dicendum quod sola fides non sufficit, sed viva esse debet et per caritatem operari; aliter in praesumptionem convertitur.
Ad quartum dicendum quod ratio et liberum arbitrium, quamvis peccato originali debilitata, non sunt extincta, sed per gratiam perficiuntur; Deus arbitrarius qui malum iustificat non est Deus biblicus, sed periculosa deformitas.
   
JG

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