¿La homosexualidad puede transformarse en un derecho, o sigue siendo un desorden moral que exige misericordia y discernimiento? ¿No es acaso el buenismo secularista una forma de hipocresía que confunde tolerancia con legitimación? El funeral de Lucio Dalla en el año 2012 puso en evidencia la tensión entre la discreción cristiana y el orgullo militante, entre la misericordia hacia el pecador arrepentido y la pretensión de convertir el pecado en norma. Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, escrito también en 2012, nos recuerda que los pecados carnales, aunque graves, son fruto de fragilidad y más fácilmente conducen al arrepentimiento, mientras que los pecados espirituales, nacidos de la soberbia y la malicia, cierran el corazón a la gracia. ¿No será que, como dijo nuestro Señor Jesucristo, los publicanos y las prostitutas precederán a los soberbios en el Reino de los cielos?
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
jueves, 28 de mayo de 2026
Lucio Dalla y el problema de la homosexualidad
Lucio Dalla y el problema de la homosexualidad
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado el 7 de marzo de 2012 en Riscossa Cristiana. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/lucio-dalla-e-il-problema-dellomosessualita-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)
El funeral de Lucio Dalla ha dado ocasión a los medios de comunicación de reproponer de modo acalorado la cuestión moral de la homosexualidad y hemos podido asistir a un renovado enfrentamiento entre exponentes de la Iglesia y representantes del enfoque secularista.
En este enfrentamiento, han reaparecido las dos posiciones bien conocidas hacia esta grave cuestión: los católicos, aunque no solo ellos, sino más bien los que poseen una autorizada competencia, también aunque no sean católicos, en la guía de la conducta humana, educadores, padres, docentes, juristas, políticos, psicólogos, sostienen que la homosexualidad en sí misma es un desorden o defecto de la conducta sexual y, por tanto, en sí misma ilícita, y sin embargo precisan que en la orientación concreta de las personas homosexuales es necesario practicar una cierta tolerancia.
Los laicistas, en cambio, por su parte, especialmente si son de enfoque ateo o materialista, consideran, como sabemos, que la homosexualidad es legítima y digna expresión de la persona, la cual tendría facultad y derecho de determinar la propia conducta sexual en base a una elección subjetiva, independientemente de la aceptación de principios deontológicos que deberían preceder y regular la mencionada elección, fundados en una naturaleza humana y una ley natural objetivas y universales, creadas por Dios, a las cuales no se reconoce en absoluto ningún poder vinculante en conciencia, siendo ésta, desde el punto de vista de ellos, el principio primero, originario y absoluto de la verdad y de la bondad morales, y por lo tanto del derecho y del deber, independientemente de cualquier norma absoluta o trascendente al individuo, de carácter antropológico, religioso o teológico.
Lucio Dalla, como ha surgido claramente de las declaraciones autorizadas de quienes lo han conocido, cosa que por otra parte ya se sabía, era católico y como tal no hacía alarde de su tendencia homosexual a la manera como casi se jactan de ella los laicistas ateos o agnósticos, predicadores del así llamado "orgullo homosexual". Por esto él se había negado a asociarse con ellos y era muy reservado al hablar de su condición sexual.
Estas cosas he podido profundizarlas hablando directamente con su confesor, mi compañero de mesa en el refectorio del Convento boloñés de Santo Domingo, mi ex-profesor de Sagrada Escritura, el padre Dominico, mi amigo de larga data, Bernardo Luigi Boschi, ilustre biblista del Antiguo Testamento, docente de la Facultad de Teología de Bolonia y de la Facultad Dominicana de Roma (el "Angelicum").
Aquí deseo sólo recordar lo que el eminente Co-hermano ya ha declarado a los medios de comunicación después de su centradísima homilía en el rito fúnebre para Dalla, aplaudido por una inmensa multitud emocionada, rito a lo largo del cual el padre Bernardo ha dado prueba particularmente feliz de su sabiduría evangélica y consumado conocimiento de la Escritura, así como de su corazón paterno y fraterno como sacerdote.
El padre Bernardo, en referencia a Dalla y también para explicar su línea pastoral hacia el cantante fallecido, ha recordado oportunamente la conducta misericordiosa, perdonadora y tolerante de Nuestro Señor Jesucristo a favor de los pecadores arrepentidos, palabras que han vuelto a encontrarse aunque comprensiblemente de un modo más genérico, pero prudente y oportuno también en las declaraciones de monseñor Giovanni Silvagni, vicario del arzobispo cardenal Caffarra.
Por ello, la denuncia y la protesta de los laicistas por el hecho de que durante la ceremonia fúnebre en San Petronio no se haya hecho mención explícita de la condición sexual de Dalla, sino que, en referencia a su compañero, se hayan usado términos discretos y adecuados a la circunstancia, no significa ninguna hipocresía o falta de sinceridad, sino que ha sido auténtico respeto por las convicciones mismas del Difunto, así como ha sido testimonio de la permanente desaprobación por parte de la Iglesia, en línea de principio, del pecado de homosexualidad, pecado que en el pecador arrepentido puede y debe ser perdonado, pero que nunca jamás podrá ser transformado en comportamiento en sí mismo lícito y en un verdadero y propio derecho de la persona, tanto en la legislación canónica como en la civil.
El gran y conmovedor evento de los últimos días en Bologna nos brinda, por tanto, la ocasión de recordar y confirmar los principios y la pastoral de la Iglesia en este campo delicado y difícil de la homosexualidad y en general de los pecados en el campo sexual. En ellos la materia también puede ser grave, en cuanto toca el debido respeto a la dignidad de la vida humana naciente, nacida o que pueda nacer. Y por lo tanto, en tal sentido, si existe la plena advertencia y el deliberado consentimiento, estos actos se configuran como pecados mortales, cancelables solo por medio del sacramento de la penitencia.
Sin embargo, es necesario también recordar que los pecados sexuales, como en general todos los pecados pasionales (los así llamados "pecados carnales"), a causa de precedentes tendencias innatas o adquiridas, sobre todo si son fuertes o incluso patológicas, como ya observa santo Tomás de Aquino, no son tanto pecados de malicia, en los cuales solo a causa de la mala voluntad emerge claramente la gravedad de la culpa, sino que son pecados de fragilidad, aunque obviamente, en el estado de vigilia o en el sujeto psíquicamente normal, la culpa no desaparece del todo.
Sin embargo, en este tipo de pecados la voluntad no es del todo libre y por lo tanto responsable, precisamente porque no actúa en modo autónomo, sino bajo la presión de un impulso o una pasión o una inclinación que a veces es casi irresistible.
Más graves, sin embargo, como también observa santo Tomás de Aquino, son los pecados "espirituales", es decir, aquellos cometidos con la mente lúcida, plena conciencia, premeditada deliberación y frío cálculo, como por ejemplo la impiedad o la rebelión a Dios en la soberbia, la hipocresía o bien la falsa santidad, la blasfemia y el sacrilegio como ofensas a Dios, la falsificación de la Palabra de Dios, la herejía, que implica la desobediencia al Magisterio de la Iglesia, la apostasía que implica la pérdida de la fe, el pecado contra la caridad que puede implicar o el cisma o el odio cultivado, prolongado y obstinado o la voluntad de venganza, la injusticia que se expresa en la opresión calculada y sistemática del prójimo, la sed de poder que implica una astucia y una violencia ordenada para dominar sobre los otros.
Y sin embargo, incluso aquí, si el sujeto está arrepentido, interviene la misericordia de Dios. Pero aquí el arrepentimiento es más raro a causa de la naturaleza misma de estos pecados, que pueden ser asimilados a la malicia del demonio, por la fría determinación de la voluntad, su arrogancia y temeraria oposición a la verdad, su lúcida crueldad y la obstinación inconmovible con la cual vienen cometidos.
En efecto, para arrepentirse es necesario ser humildes. Ahora bien, estos pecados se fundan, en cambio, sobre la soberbia. A la inversa, quien peca en la carne, no se siente plenamente responsable de lo que ha hecho porque ha prevalecido en él la pasión, por lo cual él está más en condiciones de ejercitar la humildad y de arrepentirse. Por eso también desde un punto de vista histórico podemos notar que, mientras es muy raro que las personas soberbias se arrepientan, no es difícil constatar conversiones y arrepentimientos en quien se ha dejado seducir por pasiones o debilidades. Por eso Cristo, dirigiéndose a los fariseos, a los sumos sacerdotes y a los doctores de la ley, endurecidos en su presunción, sale con aquella famosa frase: "Los publicanos y las prostitutas os precederán en el reino de los cielos".
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 7 de marzo de 2012
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Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum homosexualitas possit censeri ius legitimum,
vel potius sit inordinatio moralis quae misericordiam et paenitentiam requirit
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod homosexualitas possit censeri ius legitimum.
1. Quidam enim tenent conscientiam esse principium primum et absolutum veritatis et bonitatis moralis; unde persona facultatem haberet libere determinandi suam agendi rationem sexualem sine relatione ad normam transcendentalem.
2. Praeterea, dicitur homosexualitas esse legitima expressio identitatis personalis; et negare eam videretur discriminatio contra dignitatem humanam, cum libertas individui ponatur supremum criterium moralitatis.
3. Item, obiicitur contra Ecclesiam quod in exequiis Lucii Dalla non facta est mentio explicita de eius condicione sexuali; quod videretur hypocrisis et defectus sinceritatis, atque iniustitia erga memoriam defuncti.
Sed contra est quod Christus ait: Publicani et meretrices praecedent vos in regno caelorum (Mt 21,31), ostendens peccata carnalia, quamvis gravia, non posse fieri norma, sed indigere paenitentia et misericordia. Et Apostolus docet quod in Christo non fuit “sic et non”, sed solum “sic” (II Cor 1,19), et admonet non posse esse consensum inter Christum et Belial (II Cor 6,15). Non ergo potest esse verum systema quod miscet verum cum falso et bonum cum malo.
Respondeo dicendum quod homosexualitas secundum se est inordinatio agendi sexualis et numquam potest transformari in mores licitos nec in ius personae, neque in lege canonica neque in civili. Attamen in peccatore paenitente potest et debet remitti, quia peccata carnalia sunt peccata fragilitatis, sub impulsu passionum vel inclinationum fere irresistibilium commissa, et ideo facilius ad humilitatem et paenitentiam ducunt. Contra vero peccata spiritualia, cum plena conscientia et deliberatione perpetrata, sicut superbia, hypocrisis, blasphemia, haeresis vel apostasia, sunt graviora, quia assimilantur malitiae daemonis et cor ad gratiam claudunt. Pastoralis Ecclesiae, secundum misericordiam Christi, distinguit inter fragilitatem carnis et obstinationem spiritus, remissionem praebens paenitenti, sed recusans praetensionem peccatum legitimandi ut ius. Sic discretio ostensa in exequiis Lucii Dalla non fuit hypocrisis, sed reverentia erga eius convictiones et testimonium perpetuae reprobationis Ecclesiae circa peccatum, simul cum misericordia erga peccatorem paenitentem.
Ad primum dicendum quod conscientia non est principium absolutum, sed obedire debet legi naturali et veritati obiectivae a Deo creatae.
Ad secundum dicendum quod dignitas humana non fundatur in electione subiectiva, sed in natura a Deo creata; unde homosexualitas non potest esse legitima expressio personae.
Ad tertium dicendum quod discretio in exequiis Lucii Dalla non fuit defectus sinceritatis, sed reverentia erga defunctum et confirmatio quod Ecclesia numquam peccatum legitimat, quamvis semper misericordiam praebeat paenitenti.
JG
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