jueves, 28 de mayo de 2026

La conversión de los herejes

¿Han desaparecido las herejías o más bien se han disfrazado bajo el pluralismo religioso y el falso diálogo? ¿No será que la tibieza contemporánea ha convertido la evangelización en mera conversación, olvidando que instruir al ignorante y corregir al pecador son obras de misericordia? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli recuerda que la conversión de los herejes fue misión originaria de los Dominicos y sigue siendo tarea esencial de la Iglesia, aunque hoy se la juzgue presunción o violencia contra la conciencia. ¿Qué valor tiene un diálogo que nunca comunica la Palabra de Dios? ¿No es acaso la mayor obra de caridad conducir a un hermano desde las tinieblas del error a la luz de la verdad? [En la imagen: fragmento de "La prueba del fuego" o "Santo Domingo y los albigenses", óleo sobre tabla, pintado entra 1493 a 1499, obra de Pedro Berruguete, conservado en el Museo Nacional del Prado, Madrid, España].

La conversión de los herejes

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog Riscossa Cristiana el 11 de octubre de 2012. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/la-conversione-degli-eretici-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)

Una de las más grandes obras de los Santos de la Orden Dominicana, a la que pertenezco, en su dilatada historia desde su fundación ocurrida a principios del siglo XIII por obra de santo Domingo de Guzmán, ha sido la de traer de vuelta al redil a la oveja perdida, es decir convertir a los herejes, impulsarlos a la penitencia e inducirlos a volver a abrazar la recta fe retornando a la comunión con la Iglesia.
La idea misma de fundar una Orden con este fin entre sus principales fines nació en la mente del Fundador después de que por toda una noche, en una hostería regentada por un hereje de la secta cátara, al final esta persona, persuadida por los argumentos que le ofreció el Santo, decidió abrazar la fe católica.
Y desde entonces hasta nuestros días los hijos e hijas del Santo Patriarca han heredado esta pasión del Fundador por la evangelización y por la comunicación de la doctrina católica a aquellos que, habiéndose alejado, pueden estar dispuestos a reconocer sus propios errores, a arrepentirse, a retractarse, a corregirse y retornar a la plena Verdad del Evangelio interpretada y transmitida por el Magisterio de la Iglesia. Muchos Dominicanos y Dominicanas han sido martirizados por los herejes, sobre todo cuando surgió el luteranismo; pero al mismo tiempo muchos hicieron una obra muy fructífera entre los protestantes para inducirlos a retornar al seno de la Iglesia católica.
Hoy en día, a decir verdad, se habla poco de esta obra importantísima, que requiere una preparación especial y a propósito, gran caridad, apertura al diálogo, humildad, prudencia, coraje, paciencia, perseverancia, espíritu de sacrificio, oración, desinterés, además de equilibrio humano y psicológico.
Pero, ¿qué es exactamente herejía? Tratemos de aclarar las ideas, porque sobre este tema de primordial importancia existen muchos prejuicios. La herejía en el sentido propio es una proposición exteriormente expresada, gravemente culpable, que en el Código de Derecho Canónico incluso es considerada un "delito" pasible de sanción penal.
Sin embargo, debe tratarse no solo del simple rechazo de una verdad de fe por parte de una persona cualquiera, sino que este rechazo debe provenir de alguien que es ya católico; además, el hereje debe ser consciente de que se trata de un rechazo de la doctrina católica. Esta es la llamada "herejía formal". Por el contrario, no es estrictamente hereje quien se pone en contraste con la recta doctrina involuntariamente, sin saber que se trata de herejía.
Como es sabido, el beato papa Juan XXIII introdujo el término "hermano separado" para sustituir el término "hereje", pero aquí con buena razón, porque él se refería a cristianos que quizás durante siglos habían abandonado Roma, pensemos, por ejemplo, en los protestantes. En tal caso, cualquiera que nazca en una familia que desde hace generaciones no ha sido católica, no puede ser llamado hereje en el sentido preciso que he definido anteriormente.
En cambio, característica del hereje formal es su obstinación, a menudo dictada por la soberbia o por la vanagloria, por lo cual el hereje difícilmente reconoce estar en el error y, por ende, no se deja corregir. Ciertamente el hereje formal, en cuanto falta a la fe, así también falta a la caridad, ya que la verdadera caridad es la que desea comunicar lo verdadero a los demás -la caritas veritatis, como decía san Agustín de Hipona- y no engañar con falsas ideas, sobre todo si se trata de la salvación.
Si luego añadimos a esta obstinación la capacidad del hereje, incluso por sus dones personales, de atraer seguidores, por lo cual él se convierte en un peligro no solo para sí mismo sino también para los otros, entonces puede haber motivo o por parte de la autoridad o por parte de cualquier fiel preocupado por el bien de la Iglesia, para informarlo a la Congregación para la Doctrina de la Fe, la cual tiene la competencia de obrar para limitar y en lo posible detener la difusión de la herejía siguiendo el camino más oportuno o sirviéndose de los medios más adecuados y convenientes para el caso, que pueden ser diferentes, como la simple amonestación del infractor, la interdicción de sus cargos, la publicación de sus errores con el fin de evitarlos, la limitación de su libertad siempre en el respeto hacia la persona, proponiendo precisamente los aspectos positivos.
Esta intención rehabilitadora o redentora es una novedad de las funciones de la Congregación para la Doctrina de la Fe tras la reforma obrada por el Concilio Vaticano II, en el contexto de la famosa directiva de Juan XXIII de "preferir la misericordia a la severidad". Anteriormente, el Santo Oficio era famoso por la severidad de sus intervenciones. Hoy, en cambio, se prefiere pensar que si el hereje falta en la caridad, deberá ser la caridad la que le ayude a arrepentirse. Si él desprecia a quienes no piensan como él, será el respeto por cuanto de bueno hay en su pensamiento lo que lo hará reflexionar. Si él peca por soberbia, deberá ser la mansedumbre lo que toque su conciencia. Si, sin embargo, por su arrogancia no teme a Dios, podría ser un severo castigo el que lo haga volver sobre sí mismo.
En el pasado, los Dominicos, como se sabe, han desarrollado una función de primer plano en el antes mencionado dicasterio de la Iglesia, que se llamaba "Santo Oficio", tanto es así que incluso durante siglos residió una comunidad de frailes adscritos a esa delicadísima tarea. Y todavía la sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe se encuentra en el antiguo Palazzo del Santo Uffizio.
Sabemos que en el pasado, lamentablemente, desde el punto de vista jurídico, esta tarea no siempre se ha realizado con la debida caridad y justicia, aunque debemos saber situarnos en la mentalidad de la época ¹. Sin embargo, las sentencias de la Congregación para la Doctrina de la Fe en materia de herejía deben considerarse irreformables. En efecto, es impensable que la Iglesia pueda equivocarse al discernir la verdad del error en el campo de la doctrina de la fe, porque fallaría en la tarea institucional que le ha confiado Cristo de ser, como dice el Concilio, Lumen gentium y, para retomar el título de una famosa encíclica del beato papa Juan XXIII, Mater et Magistra.
Lamentablemente, hoy en día existen prejuicios y malentendidos que impiden que muchos comprendan y aprecien en el modo debido esta obra que es sustancialmente una obra de caridad, de justicia y de misericordia. La idea misma de "convertir" a los infieles o no-creyentes es juzgada una presunción y casi una violencia hecha a la conciencia de los otros, una transgresión a la libertad religiosa. O si se habla de "conversión", no se la refiere a un cambio o a una corrección de las ideas religiosas o teológicas de los otros, sino más bien a un cambio de hábitos prácticos o de conducta moral que, además, debe afectarnos ante todo a nosotros mismos.
Hoy los Dominicos ya no tienen en ese dicasterio aquel rol protagónico que alguna vez tuvieron. Su presencia se ve disminuida y están acompañados por otros válidos elementos de la estructura eclesial. En cambio, continúan dedicándose a la igualmente delicada tarea de la conversión de los herejes, al menos de aquellos que de buena fe, caídos en el error, están humildemente dispuestos a dejarse corregir y volver al sendero de la verdad.
Un ejemplo actual de este celo por las almas es hoy la figura del Siervo de Dios padre Tomás Tyn (1950-1990), que obró numerosas conversiones y ahora intercede desde el cielo por la conversión de los corazones y de las mentes a Cristo. Recémosle de modo particular en este Año de la Fe por el retorno de los hermanos extraviados.
Hoy, en cambio, a menudo muchos piensan que no es necesario, o de hecho que es perjudicial tratar de convertir a alguien a la propia fe, porque esto perturbaría el pluralismo y la diversidad, como se dice hoy, de las "fes", como que no se diera una fe universalmente verdadera y única, la católica, así como única es la verdad, sino que las creencias de las diversas religiones, comprendida la católica, no serían más que opiniones inciertas, subjetivas y contingentes de individuos o de grupos, opiniones que cada uno tiene derecho a conservar o cambiar por su propia voluntad sin ser invitado u obligado por otros a cambiarlas, como si estuviera en un error o incluso en una herejía.
Incluso el término "herejía" es hoy poco usado. Existe la tendencia a creer que las herejías ya no existen o que se trata de un concepto ligado o bien a una mentalidad "fundamentalista" o bien a una sociedad teocrática o integrista, que hoy ya no existe. Se piensa que no existen verdades universales y que no es correcto pretender que los otros acepten aquellas convicciones que nosotros erróneamente consideramos que son universales y por lo tanto obligatorias o salvíficas para todos.
Todos están en buena fe, se dice, todos tienen buena voluntad, todos buscan la verdad a su modo, todas las religiones son caminos de salvación, todos de todos modos se salvan: por lo tanto se deben respetar las diferentes formas por las cuales cada uno busca o concibe la verdad. Lo que es verdadero para nosotros puede ser falso para los otros y viceversa. Lo esencial es que cada uno el mundo sea libre de creer lo que él subjetivamente piensa que es la verdad. Y se cree que esto es "libertad religiosa".
Pero esta manera de pensar, incluso antes de ser contraria a la fe católica y al deber del católico de difundir la fe, es contraria a una sana concepción de la verdad y de la libertad de opinión, de pensamiento y de conciencia. Y nada tiene que ver con el verdadero concepto de libertad religiosa promovido por el Concilio Vaticano II, concepto que, lejos de verse afectado de liberalismo o de subjetivismo o de relativismo o de indiferentismo, supone la objetividad y la universalidad de lo verdadero extraído de cada uno según su conciencia, mientras es disculpado a quien se equivoca en buena fe.
En efecto, si miramos el ejemplo de Jesucristo y de los Santos, que siempre debemos tener ante nuestros ojos, podemos ver cómo de estos ejemplos emerge claro el supuesto de la objetividad y de la universalidad de la doctrina católica y por lo tanto el deber de hacer todo lo posible por enseñarla a todos a fin de conducirlos a la salvación.
De esos ejemplos también aprendemos los métodos de la evangelización y de cómo tratar con herejes, infieles, apóstatas, cismáticos y no creyentes. Hoy se subraya y se enfatiza la importancia del diálogo y esto ciertamente es correcto. Pero no nos podemos detener en el diálogo, que es una simple confrontación de ideas y un intercambio recíproco, donde el creyente aún no comunica la Palabra de Dios al no-creyente o a quien la ha abandonado.
El católico debe ver en el diálogo sólo un presupuesto o requisito previo para la obra del anuncio, de la enseñanza, de la educación, de la catequesis, de la verdadera y propia evangelización o transmisión del mensaje evangélico, es decir, persuadir al otro, mediante un creíble testimonio, de las verdades salvíficas que todavía él no conoce o que ha abandonado o traicionado porque ha caído en la herejía.
Creer que la relación con los no-creyentes o creyentes de otras religiones deba agotarse en el diálogo sin ir más allá, es decir, sin proceder al anuncio de la verdad y a la corrección de los errores, es una de esas falsas interpretaciones del mensaje del Concilio que los modernistas han logrado difundir y casi que se trata ahora de un cliché o lugar común.
Aún haciendo uso del diálogo, el creyente, en cambio, con toda la delicadeza posible, tiene el deber de corregir al no-creyente, de colmar las lagunas de su formación, y de conducirlo gradualmente, fortiter et suaviter, con humildad, paciencia y caridad, rezando y sufriendo por él, hasta la plenitud de la verdad.
Para este objetivo no basta el diálogo, que es un simple intercambio recíproco, sino que es necesario aquello que en el Catecismo de san Pío X, es esa obra de misericordia que se llama "instruir al ignorante" y que también puede llegar a esa otra: "amonestar a los pecadores", los pecadores, se entiende, contra la fe. Cristo ha sido severo contra los que no quieren creer. Y los profetas no han sido menos severos.
También es necesario saber reprochar, en la ocasión oportuna, y tal vez incluso amenazar, si esto puede servir para sacudir la conciencia e inducir al arrepentimiento. En cualquier caso, santo Tomás de Aquino decía que la mayor de las obras de la misericordia es conducir a un hermano desde las tinieblas del error a la luz de la verdad.
El Año de la Fe no podría ignorar este aspecto esencial de la vida y del testimonio de la fe. No podemos decir que hoy la comunidad cristiana brille por la unidad y la concordia en términos de fe, sino que frecuentemente fieles, teólogos y pastores se construyen una "fe" por cuenta propia con la excusa del pluralismo o la convicción de ser "modernos".
No faltan los "lobos disfrazados de corderos", y ni siquiera los pastores mercenarios, que huyen a la llegada del lobo, pero otros ni siquiera ven al lobo. Así que hay trabajo para todos en este Año de la Fe. El Sínodo de los Obispos nos habla oportunamente de evangelización.
Pero para poder evangelizar eficazmente, es necesario que primero entre nosotros haya unidad y concordia en la fe en torno al Vicario de Cristo: si uno presenta como verdad de fe A y el otro presenta no-A, ¿qué tendrá que pensar el evangelizando? Él nos dirá con razón: primero pónganse de acuerdo entre ustedes y luego te escucharé. Hacer la figura de la Armada Brancaleone no solo no conduce a nada, sino que incluso es contraproducente.

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 11 de octubre de 2012

Notas

¹ Incluso en la época de san Pío X todavía existía la figura del excommunicatus vitandus, es decir, del excomulgado que no solo estaba aislado de la estructura eclesial, sino que no podía contactar con otras personas. Así fue como el padre Marella, santo varón cuya causa de beatificación está en curso, fue suspendido a divinis por haber dado hospitalidad al famoso sacerdote modernista Romolo Murri.

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum conversio haereticorum adhuc sit necessaria,
vel sufficiat dialogus pluralisticus ad reverendam diversitatem religiosam

Ad hoc sic procediturVidetur quod sufficiat dialogus pluralisticus.
1. Dicitur enim haereses iam non existere, et ipsum conceptum pertinere ad mentem fundamentalisticam vel integristicam iam superatam. Sic loqui de conversione videtur anachronismus qui ignorat progressionem culturalem et religiosam humani generis.
2. Praeterea, asseritur omnes religiones esse vias salutis, omnes veritatem suo modo quaerere et omnes salvari. Unde conari aliquem convertere ad fidem catholicam videretur praesumptio et violentia contra conscientiam, laedens libertatem religiosam et reverentiam diversitatis.
3. Item dicitur Concilium Vaticanum II promovisse libertatem religiosam, intellectam ut ius cuiusque credendi quod subiective putat esse verum, sine invitamento vel coactione ad mutandas suas convictiones. Ideo evangelizatio deberet limitari ad dialogum civilem, sine correctione errorum nec annuntiatione veritatum universalium.

Sed contra est quod Christus praecepit Apostolis: Euntes in mundum universum praedicate Evangelium omni creaturae (Mc 16,15). Et sanctus Thomas docet maximam misericordiae operam esse reducere fratrem de tenebris erroris ad lucem veritatis. Sanctus Augustinus commemorat veram caritatem esse caritatem veritatis, communicare veritatem et non fallere falsis opinionibus. Non ergo sufficit dialogus sine annuntiatione, nec omitti potest conversio.

Respondeo dicendum quod conversio haereticorum adhuc est necessaria, quia veritas revelata est obiectiva et universalis, et Ecclesia officium habet eam tradendi ad salutem omnium. Dialogus utilis est et necessarius ut praeambulum, sed non potest exhauriri in commutatione opinionum, cum catholicus debeat annuntiare Verbum Dei, instruere ignorantem et monere peccatorem contra fidem. Putare omnes religiones esse vias salutis est relativismus contrarius doctrinae catholicae et sanae conceptioni veritatis. Pastoralis Ecclesiae, exemplo Christi et Sanctorum, exercenda est fortiter et suaviter, cum humilitate, patientia et caritate, sed etiam cum firmitate, etiam increpando vel minando si opus est ad concutiendam conscientiam et inducendum ad paenitentiam. Discretio et misericordia non excludunt claritatem doctrinalem nec correctionem fraternam. Ideo, in Anno Fidei, Ecclesia commemorat non posse esse veram evangelizationem sine unitate fidei et sine explicito annuntio veritatis revelatae.

Ad primum dicendum quod haereses non evanuerunt, sed sub specie pluralismi et subiectivismi hodierni latent, qui negant existentiam veritatum universalium.
Ad secundum dicendum quod non omnes religiones sunt viae salutis, quia sola fides catholica plenitudinem veritatis et mediorum gratiae tradit, nec error umquam potest censeri via legitima ad Deum.
Ad tertium dicendum quod libertas religiosa, secundum Concilium Vaticanum II, non est relativismus, sed reverentia conscientiae, semper sub praesuppositione obiectivitatis et universalitatis veritatis. Ideo dialogus non potest in se ipso consistere, sed debet adducere ad annuntium et conversionem.
   
JG

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