miércoles, 27 de mayo de 2026

La filosofía orgiástica

¿Es la filosofía hegeliana un camino hacia la verdad o un delirio orgiástico que confunde lo verdadero con lo falso y lo divino con lo diabólico? ¿No será que detrás de su aparente rigor lógico se esconde un furor báquico, una embriaguez pagana que arrastra al espíritu hacia la contradicción y la neurosis? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli confronta la religiosidad ambigua de Hegel con la "sobria ebrietas" de la espiritualidad tomista, mostrando cómo el Doctor Angélico, iluminado por el Espíritu Santo, distingue la luz verdadera de las falsas apariencias. ¿Qué espíritu anima realmente la filosofía: el de Cristo que dice siempre “sí”, o el divisor que mezcla “sí y no”? Ya es hora de volver a la claridad serena de Tomás de Aquino, frente a la fascinación oscura de un sistema gnóstico que todavía seduce a muchos. [En la imagen: fragmento de "El filósofo Georg Wilhelm Friedrich Hegel", óleo sobre lienzo, obra de Jakob Schlesinger, conservado en la Alte Nationalgalerie, Berlín].

La filosofía orgiástica

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado el 24 de abril de 2012 en Riscossa Cristiana. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/la-filosofia-orgiastica-di-pgiovanni-cavalcoliop/)

"Lo verdadero -dice Hegel en un famoso pasaje de la Fenomenología del Espíritu ¹- es el delirio báquico, en el que ningún miembro escapa a la embriaguez". En efecto, para él, como dice un poco antes (p.27), tarea de la filosofía es "realizar y animar espiritualmente lo universal mediante la superación de los pensamientos fijos y determinados", porque "esas determinaciones tienen como sustancia y elemento de su ser allí el yo, la potencia de lo negativo o la pura realidad". Para Hegel, la filosofía no tiene la competencia de respetar un real presupuesto e independiente, sino la de "negarlo" y de destruirlo para reafirmarlo bajo el impulso del "Espíritu". Pero nos preguntaremos cuál "espíritu".
Así, prosigue Hegel, "los pensamientos se hacen fluidos en tanto que el pensamiento puro, esta inmediatez interior, se reconoce como un momento" (de la acción del Espíritu) "o cuando la pura certeza de sí misma hace abstracción de sí"; el yo "debe abandonar lo que hay de fijo en su ponerse a sí mismo: de tal modo las determinaciones" ("los diferentes"), "puestas en el elemento del puro pensar, participan de aquella incondicionalidad del yo. A través de este movimiento, los pensamientos puros devienen conceptos y sólo entonces son lo que son en verdad, automovimientos, círculos; son lo que su sustancia es, esencias espirituales" (Ibid.).
La "circularidad" (véase el antiguo símbolo de la esvástica) -que se hace pasar por "progreso"- es una característica del proceder filosófico hegeliano, para el cual nada se da de definitivo o de conclusivo, nada de último que no sea también primero o inicio, sino que todo es siempre puesto en discusión, mientras que la única estabilidad, la única "quietud", el único "Absoluto", como dice el mismo Hegel, es precisamente la absolutización y la eternidad de este movimiento inquieto, inconcluyente y exasperante. Un movimiento trágico, una lucha a muerte, por la cual el sistema hegeliano también ha sido llamado "pantragismo". Hegel nos pide que estemos tranquilos (o que finjamos estar tranquilos) en esta inquietud de fondo, pero es un ejercicio enervante que a largo andar, como nos dice la experiencia, provoca las neurosis.
"Este movimiento -continúa Hegel- expresa en sí mismo la Esencia absoluta como Espíritu; la Esencia absoluta que no viene captada como este movimiento, es sólo una palabra vacía. Dado que sus momentos vienen tomados en su pureza, ellos son los conceptos inquietos, el ser de los cuales reside sólo en esto, que ellos son en sí mismos su contrario y tienen su reposo en lo Entero" ².
Así los conceptos chocan entre sí, se persiguen y se anulan los unos a otros, en una serie de vórtices, en un concatenamiento "dialéctico", creando una "identidad en la contradicción", que en la intención de Hegel quisiera expresar el dinamismo concreto de la "vida" y el poder irrefrenable del "Espíritu". Con evidente forzatura del significado de las palabras, esta identidad en la contradicción sería para Hegel incluso el "amor", tomando como pretexto la metáfora del ser "una sola cosa de dos personas diferentes".
En efecto, "la vida del Espíritu", según Hegel, reside en la actividad "separadora" y "negadora", de la cual surge, debido al "inmenso poder de lo negativo", la recomposición y la identidad en la simplicidad y en la quietud inicial del Yo. Así, el Espíritu "obtiene su verdad sólo a condición de volver a encontrarse en la más absoluta devastación". "El Espíritu es esta fuerza solo porque sabe mirar lo negativo a la cara y afirmarse tomado de él. Este afirmarse es la fuerza mágica que convierte lo negativo en el ser" (p.26).
El pensar aparece, por lo tanto, como una operación "mágica", una especie de poder divino, un "negar absoluto" de lo cual, por el poder mismo de lo negativo, que se niega a sí mismo, retorna lo positivo, sin que sin embargo lo uno se separe de lo otro, sino más bien identificándose entre ellos, ya que para Hegel lo verdadero y lo falso están necesariamente juntos y constituyen una "circularidad" por la cual ellos dialécticamente se reclaman y se niegan mutuamente: lo positivo no rechaza sic et simpliciter lo negativo, sino que "se afirma tomado de él". Verdadero y falso no son "particulares esencias de las cuales la una está aquí, la otra está allí rígidamente aislada y sin recíproca comunalidad", sino que también lo falso entra en la "verdad" del Todo (p.30). Para Hegel esta sería "la vida del Espíritu".
La Fenomenología del Espíritu concluye con la indicación de la "meta" del Espíritu, por la cual "el Espíritu se conoce como Espíritu" y el "camino" para esta meta es "la historia según el lado de su organización conceptual", que es la Historia identificada con el Absoluto. Ella conlleva el "calvario del Espíritu Absoluto, la efectualidad, la verdad y la certeza de su trono, sin el cual Él sería la inerte soledad; sólo en el cáliz de este reino hace brillar su infinititud" (p.305).
Después de leer estos relámpagos retóricos, habría que preguntarse cuál es la naturaleza precisa de este "Espíritu", tan perturbado y perturbador, si finito o infinito, si humano o divino, si bueno o malo, si pacífico o belicoso. La cosa no está en absoluto clara. Hegel coliga de modo indisoluble en este "Espíritu" el ser con el no-ser, lo verdadero con lo falso, el bien con el mal. Por lo demás, él nunca habla del Espíritu Santo, aunque él, según sus propias declaraciones, pretende dar una interpretación del cristianismo según su fe luterana.
Sin embargo, en Hegel, al menos en el maduro ³, no aparece nunca explícitamente ni el nombre de Cristo ni el nombre de Jesús: el misterio de la Encarnación y de la Redención son alusivamente descritos según las categorías panteístas de "la unificación y de la compenetración de dos naturalezas" ⁴. Hegel no trata nunca de los dogmas cristianos explícitamente, porque para él son sólo figuras míticas o "representaciones" (Vorstellung) del "puro Pensamiento" (denken).
En la Encarnación, para Hegel (p.262), "la naturaleza divina es lo mismo que la naturaleza humana". En tal modo "el Yo del Espíritu existente en el elemento de ser allí tiene con ello la forma de la completa inmediatez" (p.260). "Este hacerse hombre de la Esencia divina, o bien que la Esencia divina tenga esencialmente e inmediatamente la figura de la Autoconciencia, es el contenido simple de la religión absoluta" (p.261), o sea de la religión cristiana. A la inversa, el "concepto" de la Autoconciencia, es decir, de Dios mismo, es la conquista de la filosofía.
Por cuanto respecta a la Redención, ella, dice Hegel (p.276), "viene presentada" (desde el dogma de la fe) "como un obrar voluntario, pero" (en el saber filosófico) "la necesidad de su alienación radica en el concepto que el En Sí Existente" (es decir, el Verbo), "que es determinado así sólo por la oposición, precisamente porque no tiene subsistencia verdadera" (para Hegel es sólo un Dios "abstracto"), "ese término, por lo tanto, el cual vale como esencia no es el ser para sí, sino lo Simple, es aquello que se enajena a sí mismo, va a la muerte y por lo tanto reconcilia consigo mismo la Esencia absoluta".
"Porque en tal movimiento se presenta como Espíritu; la Esencia abstracta está extrañada de Sí misma; tiene ser natural y efectualidad por sí misma; este su ser-otro o su presencia sensible" (la humanidad terrena de Cristo) "viene retomada mediante el segundo hacerse-otro" (la resurrección de Cristo), "y viene puesta como quitada, como universal; así la Esencia en esta presencia sensible se ha hecho a sí misma; el ser inmediato de la efectualidad ha dejado de ser extraño o exterior a la Esencia porque es quitado, es universal" (la universalidad de la salvación obrada por Cristo); "esta muerte, por lo tanto, es su surgir como Espíritu" (p.276). Cristo, resurgiendo, según Hegel, deviene Espíritu.
"La muerte del mediador captada por el Yo es la superación de su objetividad y de su ser-para-sí particular: el cual se ha hecho Autoconciencia universal" (Salvador del mundo). "Precisamente porque, por otro lado, lo universal es Autoconciencia y el Espíritu puro o inefactual del mero pensar" (= el Verbo) "se ha hecho efectual" (= el hombre) (p.282).
Recurrir a estos retorcidos pensamientos para elaborar la cristología o la ética cristiana, como muchos hacen hoy, no conduce a nada bueno, sino que aleja de la verdad evangélica y conduce a construir sistemas gnósticos que constituyen las drogas del espíritu y fuente de mala conducta moral.
Para Hegel, en efecto, como hemos visto, lo falso no debe ser rechazado en nombre de lo verdadero, sino que, como "positivo" (verdadero) y "negativo" (falso), concurren juntos en la constitución de la "sustancia", es decir, del "Absoluto": "lo falso -dice Hegel (p.31)- es lo otro, lo negativo de la sustancia, la cual, en cuanto contenido del saber, es lo verdadero. Pero la sustancia misma es esencialmente lo negativo, ya sea como distinción y determinación del contenido, ya sea como simple distinguir, es decir, como Yo y saber en general". Hegel confunde alteridad y la determinación con la contradicción. En el plano moral, Hegel es así un creador de almas belicosas e hipócritas, desgraciadamente muy numerosas hoy. O bien, por el contrario, es el iniciador de ese buenismo cualunquista, para el cual todo viene justificado y permitido.
Así para Hegel, contrariamente a cuanto dice san Pablo (2 Cor 6,15), hay acuerdo entre Cristo y Beliar, y el hablar no debe ser, como enseña Cristo, "sí, sí, no, no" (Mt 5,37), sino exactamente lo que san Pablo prohíbe, es decir, "sí y no" (2 Cor 1,18), lo cual, diría Cristo, "es del diablo" (Mt 5,37). Sin embargo, Hegel se atreve a afirmar que "falso y malo no son tan pérfidos como el diablo", sino que son "sólo los universales aunque teniendo el uno respecto del otro su propia naturaleza" (p.31). Entonces nos preguntamos ¿cuál es el "Espíritu" que anima la filosofía de Hegel, si ella se funda en la negación y en la oposición? ¿De cuál espíritu procede esta doblez sino de ese espíritu de división que la Biblia llama diàbolos, precisamente el "divisor"?
En Hegel se nota por una parte una instancia de racionalidad demasiado pretenciosa, por lo cual todo debe ser encerrado en el "Concepto", también porque el ser se resuelve en el concepto, por lo cual el "Yo", como ya había teorizado Fichte, es la extremización del Yo cartesiano que postula el ser como ser pensado ("Idea"). De ahí el "panlogismo" hegeliano. La "razón" revela los "misterios" de la religión y rechaza la "mística" como irracional; pero por otra parte el vórtice de la negación dialéctica arrastra al espíritu en un movimiento vertiginoso donde falta esa sobriedad que por sí sola garantiza la calma de la verdadera racionalidad, a tal punto que Kroner, gran conocedor de Hegel, ha definido el sistema de Hegel como uno de los más irracionales de la historia.
El aparente rigor lógico de la "especulación" hegeliana da en realidad la impresión de la máscara seria y falsa de un oscuro impulso espiritual subterráneo, atemático, magmático y arrastrador, incluso diría abrumador, que no está en absoluto dominado e iluminado por el proceder de los conceptos y de los razonamientos, sino que por el contrario guía y domina el curso racional, el cual por tanto pierde su propio orden y su propia claridad -tan evidente por ejemplo en la doctrina de un santo Tomás de Aquino-, no obedece a las reglas habituales de la lógica y de la estructura del lenguaje, sino que las trastorna en cumplimiento de las exigencias tenebrosas, perturbadoras y fascinantes a la vez, como lo "Sagrado" de Rudolf Otto, de un oscuro fuego interior o "preconsciente", que arrastra y entusiasma al filósofo en una tendencia convulsa que hace recordar precisamente el furor báquico o las orgías de los misterios paganos.
La filosofía orgiástica, por tanto, no recaba lo verdadero de una lúcida adaequatio, de una obediencia y de una atención inteligentes a lo real, sino que postula lo verdadero en una operación de la mente -la "idea", el "concepto"- que en lugar de asentir a lo real, lo niega, hace como aquel Israel reprochado por el profeta Jeremías, quien sale con esta acusación: "Has roto tu yugo, has despedazado tus ataduras y has dicho: no te serviré" (Jer 2,20). Y de hecho en la visión del idealismo hegeliano la sumisión realista del intelecto a la res es una ofensa a la "libertad", sin darse cuenta de que, como dice Cristo, es precisamente esta obediencia a lo real la que nos da la verdad y es sólo la verdad la que nos hace libres.
En cambio el idealista, aún sabiendo que lo real no es creado por él, se engaña de poderlo sustituir con sus propias ideas en conformidad no con las exigencias del objeto, sino con las "libres" decisiones del sujeto o del "espíritu", el cual así se postula en antítesis con el Creador negándole la obediencia de la mente antes que la de la voluntad. En antítesis a esta actitud mental improntada por la soberbia y por la falsedad, típica de Satanás, tenemos la de Cristo, en quien, aunque Hijo de Dios, como dice san Pablo, no ha habido "sí y no", sino solo el "sí" (2 Cor 1,19).
Hegel es el gran maestro, el héroe prometeico, el mítico vate y el mago refinado de esta filosofía que llamaría "orgiástica", no tanto en el sentido corriente de desorden erótico (que sin embargo no está excluido), sino en cuanto ante todo a su sentido originario, ligado precisamente al culto de Baco, dios del frenesí orgiástico y de la divinización furiosa, rebelde a la disciplina de lo verdadero objetivo, y transportado por el torrente fangoso que emerge de lo íntimo de un corazón impuro.
En Hegel estalla el furor del antiguo paganismo, que ya desde hacía tiempo había resurgido con el Renacimiento en alianza con la mitología germánica, manifestación báquica, donde el desfogue contra la naturaleza, la contorsión, el tormento y la irracionalidad, ocultados por una falsa "quietud" del "concepto", pero dispuesta a estallar en la violencia brutal, tocan el límite de la locura, esa falsa manía poética, de la cual ya habla con antipatía también Platón, excitación emotiva en la cual no queda claro hasta dónde llega la exaltación del vidente y dónde comienza la escandescencia del sujeto poseído por el numen.
Esta es la perturbadora ambigüedad típica de la antigua religión pagana: no se comprende o no está claro de qué espíritu o genius o daimon está movido el vate, si se trata de profecía poética, o de oráculo sibilino o de inspiración diabólica o de poder hipnótico o de extremismo emotivo. ¿Es el fervor de la presencia divina o es el furor del espíritu de las tinieblas? Esta ambigüedad es posible porque en el antiguo paganismo el mismo concepto de la divinidad es ambiguo y contradictorio. Se ha necesitado el Dios de Israel y de Cristo para poder hacer luz en estas tinieblas que desde siempre atormentan y engañan a los hombres. Pero lamentablemente no podemos esperar de Hegel esta luz, no obstante ciertas declaraciones aparentemente cristianas.
La religiosidad hegeliana tiene sólo una pátina de cristianismo, pero si la estudiamos a fondo ⁵, nos mostrará una sustancial dimensión de irracional y morbosa exaltación fantástica, que muy poco tiene que ver con el verdadero fuego del entusiasmo cristiano, como lo constatamos en los santos y en los místicos aprobados por la Iglesia, vale decir, con esa disciplina emotiva y con las oscuridad luminosa, razonable y sobrenatural, que están conectadas con el misterio y con el lenguaje del cristianismo auténtico. Es interesante a este respecto que el "protestante" Hegel, en sus obras de la madurez, nunca jamás cita la Biblia, salvo para oscuras alusiones al servicio de su sistema gnóstico. En este arbitrario uso de la Biblia él se revela verdaderamente "protestante".
Pero los protestantes ortodoxos y más serios, a la aparición del pensamiento hegeliano en el siglo XIX, inmediatamente se dieron cuenta de su falsedad, y se necesita precisamente la necedad y locura de los tiempos de hoy para ver no sólo a los protestantes sino también a los católicos supinamente esclavizados a la impostura hegeliana ⁶, sólo por algún destello de genialidad, por lo demás muy superada por la genialidad de un santo Tomás de Aquino o de un san Agustín o de cualquiera de los Padres y de los Doctores de la Iglesia.
Hegel es ciertamente irrepetible, es un verdadero artista, en este estilo suyo, nadie ha tenido más éxito que él en la docilidad a este "Espíritu" abrumador, encantador y fascinante que lo había poseído ⁷, aun cuando muchos, muchísimos han sido y son todavía sus discípulos e imitadores. Todos conocemos el mensaje que se desprende de esta prosa impresionante, audaz y disruptiva: es el idealismo panteísta historicista de Hegel.
Muy diferente es el espíritu que anima una filosofía como la de un santo Tomás de Aquino, profundamente arraigada no sólo y no tanto en los grandes griegos Platón y Aristóteles, debidamente corregidos y depurados, sino ante todo en la sabiduría bíblica desde sus raíces veterotestamentarias, como los libros proféticos y sapienciales, y nutrida de la riquísima literatura cristiana occidental y oriental. Esta sublime y límpida sabiduría del "Sol de Aquino" obedece a la norma de san Pedro: "Hermanos, sed sobrios y vigilantes. Vuestro enemigo, el diablo, anda como león rugiente, buscando a quien devorar. Resistidle fuertes en la fe" (1 Pe 5,8-9).
La embriaguez de la espiritualidad tomista no es aquella de Baco, de Dionisos o de las Sibilas, desordenada y descompuesta, desenfrenada y violenta, sino que es aquella que san Gregorio de Nissa, con eficaz oxímoron en el cual, como experto místico, es maestro, llama sobria ebrietas, donde el impulso del Espíritu Santo, actuando fortiter et suaviter, genera en lo íntimo del alma y de la conciencia un impulso, un gozo y un fervor que transportan y guían sin violentar, promoviendo la misma libertad del querer, donde la propiedad y la claridad del lenguaje y de la expresión, aun cuando sean simbólicas, elevan ordenadamente el espíritu a la altura del Misterio divino que eleva el alma a la percepción velada de la verdad sobrenatural y al amor apasionado -el pati divina de Dionisio el Areopagita- de las realidades celestiales, de donde se sigue el ejercicio ejemplar de todas las virtudes.
En Tomás la lucidez, la claridad y la potencia extraordinaria de la razón nunca fallan aun cuando ésta, sin excederse en impías presunciones, sino confortada, gracias a su humildad, por el soplo del Espíritu Santo, vuela poderosa y libre en el cielo de los valores incomprensibles e inefables de la Palabra de Dios y de la vida de la gracia.
Como sabemos por la tradición, también Tomás fue movido por un espíritu, pero este era un poder benéfico y celestial, era su ángel custodio o quizás el mismo Espíritu Santo, al que frecuentemente él invocaba y que lo iluminaba haciéndole distinguir las verdaderas de las falsas luces, el ser del pensamiento, el bien del mal, lo verdadero de la falsa apariencia, en una maravillosa síntesis de razón y de fe. Por eso, uno de los títulos del Doctor Común de la Iglesia es también el de Doctor Angelicus, patrón de todos aquellos que quieren adentrarse pie et sobrie, como prescribe el Concilio Vaticano I, en el sublime secreto del pensar cristiano.

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 22 de abril de 2012

Notas

¹ Vol. I, p.38, Edizioni La Nuova Italia, Firenze 1988.
² Fenomenologia dello Spirito, vol. II, p.269.
³ El nombre de Cristo aparece en obras juveniles después de que Hegel hubiera estudiado en el seminario teológico protestante de Tübingen. Pero ya en estas obras juveniles se nota un enfoque iluminista que preanuncia aquello que será el racionalismo absoluto del Hegel maduro. Por lo cual, también es para preguntarse cómo Hegel haya podido considerarse "luterano", cuando es bien conocido el pesimismo de Lutero hacia la razón.
Fenomenologia dello Spirito, vol. II, p.254.
Por ejemplo, en sus Lezioni sulla filosofia della religione.
 Con toda la vergonzosa mitología del Dios que "se contradice", que "sufre", "deviene" y "muere" y cosas por el estilo.
Cabe señalar que este tono oracular y orgiástico aparece evidente en la Fenomenología del espíritu, mientras que las demás obras lo ocultan bajo un manto de razonamientos, aunque tampoco en ellas es difícil rastrearlo en transparencia.

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum philosophia hegeliana constituat verum iter ad veritatem, vel potius sit
ebrietas orgiastica confundens verum cum falso et sit repudianda coram claritate tomistica

Ad hoc sic procediturVidetur quod philosophia hegeliana sit iter ad veritatem.
1. Dicitur enim ab ipso Hegel quod verum est deliquium bacchicum, ubi Spiritus suam veritatem obtinet in devastatione; et sic videtur quod contradictio et negatio sint profundissimus modus capiendi realitatem.
2. Praeterea, in expositione Incarnationis et Redemptionis ponit naturam divinam idem esse quod humanam, et mortem Christi esse eius exsurgentiam ut Spiritus; quod videtur praebere rationem universalem et rationalem dogmatum christianorum.
3. Item, cum falsum integrat in substantia Absoluti, ostendit etiam errorem habere partem in constitutione veritatis; et hoc videtur exprimere complexitatem vitae et historiae.

Sed contra est quod Apostolus docet, in Christo non fuisse “sic et non”, sed solum “sic” (II Cor 1,19). Et idem Apostolus admonet non posse esse consensum inter Christum et Belial (II Cor 6,15). Non ergo potest esse verum systema quod miscet verum cum falso et bonum cum malo.

Respondeo dicendum quod philosophia hegeliana dicitur orgiastica quia non procedit ex lucida obedientia intellectus ad rem, sed ex impulsu irrationali simili furori bacchico mysteriorum paganorum. Ipsa absolutizat negationem et contradictionem, confundit alteritatem cum oppositione, et dogmata christiana reducit ad solas repraesentationes cogitationis. Sic fit gnosis fallax, fons hypocrisis et permissivi bonismi, ubi omnia videntur iustificata et concessa. Apparens rigor logicus est revera larva impulsus subterranei et magmatici, qui spiritum trahit in motum convulsivum similem orgiis paganorum, et qui in neurosim et confusionem desinit. Religiositas quam exhibet habet solam patinam christianam, sed in fundo est irrationalis et phantastica, sine vera luce biblica. Contra vero philosophia tomistica, Spiritu Sancto illustrata, distinguitur sobria ebrietas, ubi ratio humilis et clara ordinate elevatur ad mysterium divinum, discernens veras a falsis lucibus et praebens mirabilem coniunctionem fidei et rationis. In Thoma luciditas et claritas numquam deficiunt, quia eius cogitatio confortatur afflatu Spiritus Sancti, qui eum illuminat ad discernendum esse a cogitato, bonum a malo, verum a falsa apparentia.

Ad primum dicendum quod id quod Hegel vocat deliquium bacchicum non pertinet ad vitam Spiritus Sancti, sed ad spiritum divisionis, diabolum, qui miscet verum et falsum.
Ad secundum dicendum quod expositio hegeliana Incarnationis et Redemptionis est reductio panteistica, quae negat singularitatem Christi et gratuitatem salutis.
Ad tertium dicendum quod integratio falsi in veritatem non est agnitio complexitatis, sed confusio gnostica destruens distinctionem necessariam inter bonum et malum, et contradicit doctrinae apostolicae quod sermo sit “sic, sic, non, non”.
   
JG

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