domingo, 31 de mayo de 2026

Los males de la Iglesia

¿Está realmente la Iglesia en su mejor momento, como algunos afirman, o más bien atraviesa una crisis profunda que se disimula con apariencias externas de prestigio y poder? ¿No es el modernismo, disfrazado de reforma y progreso, el verdadero causante de la autodemolición, de la pérdida de vocaciones y de la propagación de herejías? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli recuerda que la Iglesia no se corrige desde fuera ni con utopías racionalistas, sino que posee en sí misma, por la presencia de Cristo, los medios para purificarse y progresar. ¿Qué significa la “inmundicia” que debe ser eliminada y cómo distinguir entre pecadores impenitentes y arrepentidos? ¿No es acaso más urgente reconocer los santos ocultos y despreciados, el pequeño rebaño fiel, que dejarse seducir por el falso optimismo de quienes confunden diversidad con contradicción? [En la imagen: fragmento de "Salida del duque de Choiseul desde la Piazza di San Pietro", óleo sobre lienzo, 1754, obra de Giovanni Paolo Panini, conservado en la Gemäldegalerie, Berlin].

Los males de la Iglesia

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog Riscossa Cristiana el 26 de marzo de 2013. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/i-mali-della-chiesa-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)

En uno de sus últimos artículos en Il Corriere della Sera, el cardenal Martini afirmaba que nunca la Iglesia ha estado tan bien como lo está hoy, y entre las pruebas de esta afirmación refería que tenemos grandes teólogos, como por ejemplo Karl Rahner.
Ahora bien, quien conozca verdaderamente a Karl Rahner y lo evalúe en base a las enseñanzas de la Iglesia y de la sana razón, encontrará en este juicio del famoso Cardenal no ciertamente una prueba a su favor, sino una prueba en su contra, considerando que durante cincuenta años el famoso jesuita alemán ha sido de muchas maneras refutado por una multitud de estudiosos perfectamente católicos, comenzando por los alemanes, aunque, como sabemos, la fama de Rahner todavía está muy extendida en muchos ambientes eclesiásticos, ni la autoridad romana ha intervenido hasta el presente de manera significativa y adecuada para condenar sus errores, salvo en su momento una censura de Pío XII que hoy está completamente olvidada ¹.
El padre Cornelio Fabro, uno de los máximos teólogos y filósofos católicos del siglo pasado, denunció a Rahner como uno de los mayores responsables del desastroso derrumbe ("sconquasso" decía él) en el campo teológico, trastorno ruinoso que en efecto siguió al Concilio Vaticano II, aunque el Concilio naturalmente esté completamente exento de la responsabilidad de haber avalado los errores de Rahner y, por lo tanto, sea del todo inmune a su influencia negativa. Y debería ser evidente que una crisis de la teología no deja de tener consecuencias y presupuestos en la vida de la Iglesia y del Pueblo de Dios.
En efecto, el pensamiento teológico en la Iglesia da la medida del común clima cultural y, sobre todo, en su aspecto moral, ejerce una notable influencia sobre los fieles y refleja la conducta misma de los teólogos, incluso si es verdad que el elemento determinante del clima moral-doctrinal de la vida concreta de la Iglesia está dado por cómo los pastores guían la Iglesia. Son los buenos pastores los que forman el buen rebaño, aunque se puede dar que algunos buenos pastores no sean seguidos por el rebaño o que el rebaño no por culpa suya tenga malos pastores.
Por eso, también la influencia de los teólogos sobre los fieles está ligada a la conducta de los pastores, ya que incluso los teólogos, más allá de su cultura teológica, no son en el fondo sino solamente fieles, como los demás, aunque ocurra que algunos pretendan conocer respecto de los datos de fe más que el Magisterio.
Pero también sucede que el Magisterio, aunque siempre sigue siendo depositario de la verdad católica, carece de esa prudencia y fuerza pastorales que le permitan intervenir con prontitud y eficazmente para proteger o liberar al Pueblo de Dios de las insidias de los malos teólogos o para cuidarlos y curarlos de la epidemia del error y de la mentira en materia de fe.
Ciertamente, si el pastor primero, como dice el cardenal Martini, siente en su conciencia las objeciones del incrédulo y convive con ellas, le será difícil tener esa fe convencida, clara y sólida que le permita llevar a cabo esta obra de rescate y de misericordia en favor de los fieles perdidos, confundidos o engañados, o incluso tener el coraje de advertir y corregir a los rebeldes. Y además, si la duda, como dice el cardenal Ravasi, entra en el constitutivo mismo del acto de fe, estamos como al principio y el pastor ciertamente no estará a la altura de su tarea de esclarecer y dar certeza. Como ya he dicho en mi reciente artículo sobre este tema, la duda de la fe no es un "perro guardián", sino un perro desdentado.
A simple vista superficial no se diría que hoy a la Iglesia le vaya tan mal. De hecho, está esparcida por todo el mundo; como hacía notar L'Osservatore Romano recientemente, tiene representaciones pontificias en 180 Estados frente a las veintena que tenía a principios del siglo XX, la Santa Sede goza de un considerable prestigio moral entre los órganos representativos políticos a nivel de la comunidad mundial, la Iglesia hace cincuenta años que ha celebrado un Concilio grandioso, con un número de Padres nunca antes sucedido en la historia, posee un número de Cardenales jamás alcanzado, dispone de medios de comunicación que le permiten comunicarse en todo el mundo, es intensa la actividad ecuménica, el diálogo con los no-cristianos y con los no-creyentes, dispone de numerosas instituciones académicas, mantiene sus estructuras organizativas diocesanas, parroquiales, caritativas y misioneras, administra un considerable patrimonio económico (el IOR), y en definitiva, no tenemos particulares o llamativos conflictos intra-eclesiales tan graves como aquellos que hemos tenido en siglos pasados, piénsese por ejemplo en la crisis donatista o arriana de los primeros siglos o en las guerras de religión de los siglos XVI-XVII.
Hechos de por sí gravísimos, que deberían constituir campana de alarma manifestativa de que en realidad las cosas no van bien, como por ejemplo la dimisión del papa Ratzinger, la traición de Paolo Gabriele, con todo lo que esconde y que aún no ha llegado a la luz, la ambición y el carrerismo en los cargos eclesiásticos, la corrupción sexual del clero, la caída espantosa de las vocaciones, la insidia de la masonería, la escasez de conversiones al catolicismo en Occidente, los cristianos cruelmente perseguidos por el Islam y por el comunismo, la impresionante propagación de las herejías incluso entre prelados, la generalizada flagrante indisciplina y la desobediencia en materia de ética cristiana -pensemos por ejemplo en la ética sexual- o en la práctica litúrgica, la nulidad y vacío de contenidos que a menudo se esconde bajo la etiqueta de "católico", estos hechos vienen a ser ignorados o minimizados o interpretados en un sentido engañosamente tranquilizador cuando no se los interpreta en sentido decididamente positivo.
En lo único sobre lo cual se ha insistido, pero con sospecha de morbosa curiosidad y con evidente intención de desacreditar al sacerdocio y a la Iglesia ha sido el fenómeno de la pedofilia, como si esto también no fuera la consecuencia de una crisis de fe y de identidad en los mismos sacerdotes seducidos por las numerosas herejías en circulación, de las cuales en cambio nada se habla en absoluto.
Pero, ¿por qué este falso optimismo? Porque están en el poder los mismos que son la causa de los males de la Iglesia: los modernistas. Y entonces es lógico que para los que mandan todo está bien ²: las cosas deben quedar como están, de lo contrario, ¿cómo podrían conservar el poder y hacer la figura o pretender ser los benefactores y reformadores de la Iglesia? ¿Cómo podrían avanzar directos para seguir ocupando los puestos que con tanta tenacidad, tantas callejuelas o vías transversales y tantos trucos y artificios se han logrado conquistar?
Los fastidiosos, los inoportunos, los "profetas de calamidades", los pelmazos, los disidentes, los alborotadores, los que se lamentan siempre por todo, serán sin duda los anti-modernistas, opuestos al "progreso" y al "Concilio", estancados en un pasado que ya se ha acabado o ansiosos por retornar a aquellas antiguallas que la historia ya ha barrido del camino.
También los modernistas sostienen que en la Iglesia existen males e injusticias que hay que eliminar: también ellos hablan de una "reforma de la Curia Romana", sostienen que el Papa aún tiene demasiado poder, que se necesita más Evangelio y menos dogma, dar más espacio a los laicos y a las mujeres, abolir la pompa y sanear la mala administración del Vaticano, abolir la liturgia "sacral" e incrementarla como fiesta popular, liberar a la Iglesia de la connivencia con la derecha, aumentar y fortalecer la colegialidad episcopal, mayor liberalidad en la ética sexual, mayor libertad de pensamiento para los teólogos, oprimidos por la Inquisición romana, en particular se refieren a Ratzinger cuando era jefe de la Congregación para la Doctrina de la Fe.
No estoy diciendo que en esto esté todo equivocado. Haciendo un sabio discernimiento, se podría encontrar algún punto bueno. Pero es evidente que se trata de un enfoque que sustancialmente agravaría los males en lugar de disminuirlos o eliminarlos. El caso es que los modernistas parten de un concepto erróneo de Iglesia, influenciado o por el fideísmo subjetivista protestante o por el naturalismo y racionalismo masónico y por eso, aunque también ellos hablan de reforma y de supresión de los males y escándalos, en la práctica el contenido de sus juicios, de sus críticas y de sus propuestas no coincide en absoluto y de hecho es lo contrario de cuanto piensan los verdaderos católicos, fieles al Papa y al Magisterio, los cuales ciertamente desde hace cincuenta años lamentan una grave crisis en la Iglesia, pero ciertamente no en base a los criterios usados por los modernistas, de hecho los mismos modernistas, aunque no siempre son llamados con este nombre sino con otros ("secularistas", "relativistas", "progresistas", "innovadores", "contestatarios", "subjetivistas", "magisterio paralelo", etc.) son considerados por los buenos católicos y por el mismo Magisterio como los mayores responsables de los males y de los sufrimientos de la Iglesia, de sus conflictos internos, de su "autodemolición", del ecumenismo inconducente y engañoso, de la parálisis de las misiones y de la mismísima disminución de los católicos, que se pasan a otras ideas o religiones aun cuando conserven el nombre de católicos.
Los modernistas no se expresarán como hiciera Pablo VI que hablaba del "humo de Satanás" ingresado en la Iglesia, dado que ellos no creen en el diablo; tal vez aceptarían en cambio la frase igualmente famosa del entonces cardenal Ratzinger: la "sporcizia nella Chiesa". Pero el punto es siempre que los modernistas no entienden la "sporcizia", la "inmundicia", como la entienden los verdaderos católicos, los cuales no parten de un concepto y de un modelo de Iglesia influenciado ni por la masonería ni por el protestantismo, sino desde ese modelo que nos llega ofrecido por Jesucristo en la interpretación de la Iglesia Católica, es decir, una Iglesia que ciertamente tiene intereses humanos pero sobre todo divinos y sobrenaturales, y por lo tanto está regulada por una verdad revelada y divina, verdad de fe, interpretada por la Iglesia y regulada por una consecuente moral que no se agota en la filantropía o en la simple ética natural de los derechos humanos (con todo el respeto debido a estos valores), sino que se eleva a finalidades y propósitos muy superiores: la remisión de los pecados, la vida de gracia de los hijos de Dios, la vida eterna, la comunión de los santos, la práctica de los sacramentos y de la oración, la imitación de Cristo, la vida según el Espíritu en la comunión con los pastores instituidos por Cristo bajo la guía del Sucesor de Pedro.
Es necesario darse cuenta tanto de la cualidad de la "sporcizia" a eliminar, como de su cantidad. Está claro que la Iglesia aquí abajo, por permisión de Dios, también mantiene una cierta cantidad de "sporcizia" en los santos, un poco como nuestro organismo fisiológicamente produce materiales que periódicamente son expulsados. Es evidente que en todas las ciudades existe un servicio urbano de eliminación de inmundicia. Pero una cosa es la situación de una ciudad en Suiza, por ejemplo, y otra es la situación de Nápoles. Existen situaciones límite que son tan graves que se vuelven verdaderamente intolerables, y que deben y pueden absolutamente ser remediadas.
Es esta ciertamente la "inmundicia" a la cual aludía Ratzinger en el famoso Vía Crucis del 2005. Está claro que una Iglesia absolutamente pura no es de esta tierra, sino que es sólo la Iglesia celestial. Incluso los santos, dice la moral católica, cometen a menudo e inevitablemente al menos pecados veniales y todos, por virtuosos que sean, tienen defectos permanentes, consecuencia del pecado original, que llevamos con nosotros toda la vida, alcanzando incluso los más altos grados de santidad. Y por tanto hay una acumulación continua de "sporcizia" que debe ser eliminada periódicamente.
El pecador, por tanto, no es simplemente y solo el que se encuentra en esta inmundicia, sino el que no se preocupa por mantenerse limpio y no la elimina. Y el santo no es la persona impecable y perennemente limpia, sino el que, en la medida en que puede, evita ensuciarse y se limpia cuando está sucio. La diferencia aquí abajo no es tanto entre "justos" e "impíos" -esto concierne sobre todo al más allá-, sino entre pecadores impenitentes y pecadores arrepentidos.
Los modernistas, en cambio, son perfeccionistas, son los eternos utopistas ilusos, son hijos de Rousseau que no creía en el pecado original o, peor aún, son herederos de Mazzini o de Cavour o de Lincoln o de Washington, masónicamente convencidos de que el hombre puede alcanzar el máximo progreso con las solas fuerzas de la razón y de la voluntad, sin necesidad de la gracia. O bien son tan sobrenaturalistas que, herederos del idealismo alemán o del panteísmo de la India, como los rahnerianos, creen que el hombre, siendo implícitamente Dios, no tiene más que explicitar su esencia divina y con eso todo está hecho.
Es muy importante, para evaluar los verdaderos males de la Iglesia y reconocer su importancia, su cuantía y cualidad, partir de un correcto modelo de Iglesia. Nos viene ofrecido de manera importante y autorizada por los documentos del Concilio Vaticano II, así como por las grandes enseñanzas del Beato Pío IX o de Pío XII. Grandes eclesiólogos que yo recomiendo son también los cardenales Charles Journet e Yves Congar, además de los clásicos del siglo XX, como Beni-Cipriani o De Groot y Schultes. Y, por supuesto, no debemos olvidar el Catecismo de la Iglesia Católica.
El propio Maritain tiene un excelente libro, De l'Église du Christ. La personne de l'église et son personnel (París 1970). Recomendable es también el famoso Informe sobre la fe ³ del cardenal Ratzinger, que contiene un análisis lucidísimo y valiente, que retoma los de Pablo VI y sigue vigente en la actualidad. Aquí tenemos los criterios correctos para juzgar y valorar.
La Iglesia es santa y si está presente la inmundicia, esta no la afecta en su esencia, en sus fundamentos, en su doctrina, en su moral, en sus medios de salvación, en sus fines escatológicos. La Iglesia no debe corregirse desde fuera ni desde arriba con la presuntuosa actitud gnóstica de quienes pretenden poseer una superior ciencia divina, sino que ella tiene por sí misma, a través de la presencia de su Señor, todos los medios necesarios y suficientes para purificarse y progresar.
Ciertamente, solo la Iglesia del cielo es totalmente santa; la terrenal, sufriente y luchando contra el Dragón, contiene al menos visiblemente y a menos que nos engañemos pocos santos, está todavía en camino y en medio de los peligros de esta vida. Sin embargo, nos toca a nosotros saber reconocer a estos santos y asociarnos a ellos, aunque fueran escasos en número, marginados y despreciados por los poderosos de este mundo, no importa. A esos buenos discípulos se han dirigido las palabras del Señor: "no temáis, pequeño rebaño, porque al Padre se ha complacido daros su Reino".

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 26 de marzo de 2013

Notas

¹ En la época de Pío XII, Rahner escribió de manera inoportuna acerca de la virginidad de Nuestra Señora y recibió la prohibición de escribir sobre este tema. La encíclica del Beato Juan Pablo II Veritatis Splendor contiene más bien la condena de la distinción entre "categorial" y "trascendental" que se encuentra en Rahner pero no solo en él, y tampoco se menciona explícitamente al autor. Ha llegado el momento, nos parece, de una crítica más amplia y radical mencionando expresamente el nombre del autor. Solo así los fieles recibirán una clara indicación y los rahnerianos no encontrarán escapatorias.
² Famoso es el dicho que circulaba quizás con una cierta ironía, poco antes del estallido de la Revolución Francesa: "Tout va très-bien, Madame la Marquise!". Poco después..., ya sabemos lo que sucedió.
³ Edizioni Paoline, 1983.

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum mala Ecclesiae proveniant ex eius essentia vel ex infiltratione modernistica

Ad hoc sic procediturVidetur quod mala Ecclesiae proveniant ex eius essentia.
1. Nam Ecclesia terrena semper notatur peccatis, defectibus et scandalis, etiam inter ministros suos, quod videtur indicare corruptionem esse constitutivam ipsius et impossibilem ad tollendum.
2. Praeterea, quidam tenent Ecclesiam reformandam esse ab extra, secundum rationes progressus humani, rationalismi vel subjectivismi, quia structurae eius traditae videntur caducae et oppressivae. Unde mala ipsius deberentur ipsi formae regiminis et doctrinae, quae mutandae essent in exemplaria magis democratica et liberalia.
3. Item asseritur Ecclesiam, dum praetendit possidere veritatem absolutam, fieri intolerantem et clausam, et mala eius oriri ex eo quod pluralismum et diversitatem opinionum religiosarum ac moralium non admittit. Inde proponitur minuere potestatem Papae, liberalizare ethicam sexualem et dare maiorem libertatem theologis contra Magisterium.

Sed contra est quod Christus promisit portas inferi non praevalituras adversus Ecclesiam (Mt 16,18). Paulus VI locutus est de fumo Satanae ingressu in Ecclesiam, clare distinguens inter sanctitatem Ecclesiae et insidias externas. Catechismus docet Ecclesiam sanctam esse, licet membra eius peccatores sint. Ergo mala non proveniunt ex essentia, sed ex causis externis et humanis.

Respondeo dicendum quod Ecclesia sancta est in sua essentia, in doctrina, in sacramentis et in finibus escatologicis. Mala quae in ea conspiciuntur non oriuntur ex natura divina, sed ex infiltratione errorum modernisticorum, ex protestantismo subjectivistico, rationalismo masonico vel idealismo pantheistico. Hi errores, sub specie reformae, aggravant crises et confundunt fideles, debilitant vocationes, missiones paralysant et ecumenismum fallacem fovent. Vera purificatio Ecclesiae non provenit ex consiliis externis nec ex superiori scientia gnostica, sed ex mediis quae Christus ipse dedit: gratia, sacramenta, communio sanctorum, obedientia Magisterio et ductus Successoris Petri. Ecclesia terrena, divina permissione, semper habebit quandam immunditiam quae periodicis temporibus expellenda est, sicut corpus humanum excrementa expellit. Sanctus non est impeccabilis, sed qui se purgat et paenitet; peccator impoenitens est qui in sordibus manet. Ideo mala Ecclesiae proveniunt a modernistis qui negant peccatum originale et credunt in progressum humanum autonomum, vel in hominem sibi ipsi divinum. Contra hos, veri catholici agnoscunt Ecclesiam habere in se ipsa omnia media ad se purificandam et proficiendam, et sanctitatem eius essentialem manere intactam.

Ad primum dicendum quod corruptio visibilis in Ecclesia non provenit ex essentia, sed ex peccatis membrorum, quae per gratiam purificanda sunt.
Ad secundum dicendum quod Ecclesia non indiget reformationibus externis secundum rationes mundanas, quia Christus dedit omnia media interna ad renovationem.
Ad tertium dicendum quod veritas Ecclesiae non est intolerantia, sed caritas quae liberat ab errore; pluralismus modernisticus est fallax quia confundit diversitatem cum contradictione, dum Ecclesia offert unicam veritatem salutarem.
   
JG

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