¿Es la fe certeza firme o mera opinión cambiante? ¿No se corre el riesgo, en nombre del diálogo y del pluralismo, de confundir lo diverso con lo contrario y de dejar al enfermo sin cura? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli recuerda que la verdadera certeza de fe no es arrogancia ni fundamentalismo, sino don sobrenatural de Dios que ilumina al intelecto y sostiene al creyente hasta el martirio. ¿Qué valor tiene una fe que se reduce a duda institucionalizada o a escepticismo liberal? ¿No es más dogmático y feroz el relativismo modernista que, bajo apariencia de apertura, desprecia la verdad divina transmitida por la Iglesia? [En la imagen: el cardenal Carlo Maria Martini, arzobispo de Milán, 1927-2012].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
sábado, 30 de mayo de 2026
Certeza de la fe y arrogancia fundamentalista
Certeza de la fe y arrogancia fundamentalista
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog Riscossa Cristiana el 23 de septiembre de 2012. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/certezza-della-fede-e-arroganza-fondamentalista-di-pgiovanni-cavalcoliop/)
Las reflexiones de Gnocchi y Palmaro, recientemente publicadas en este sitio ¹, sobre el modo con el cual el cardenal Martini concebía la fe y el diálogo con los no creyentes son muy justas, correctas, profundas y centradas, aunque ciertamente duele el corazón al tener que hacer ciertas amargas constataciones en un Príncipe de la Iglesia recientemente fallecido, a quien encomendamos a la misericordia de Dios.
Los dos conocidos e inteligentes intelectuales católicos, siempre en primera línea en la batalla por la justicia y por la verdad, ponen en luz con franqueza, citando declaraciones del propio cardenal, confrontadas con la inmortal sabiduría de santo Tomás de Aquino, la incapacidad de Martini para conjugar la certeza de la fe con la gran apertura que el pastor, el apóstol, el evangelizador, el teólogo, el misionero, debe tener hacia aquellos que no comparten por variados motivos la verdad católica.
En efecto, el cardenal Martini, demasiado preocupado por hacerse aceptar, por hacerse comprender, y por acoger la situación de los no-creyentes, carece del necesario equilibrio que el buen pastor debe mantener entre sus propias convicciones de fe, que deben ser claras y solidísimas, y la atención y la misericordia que debe tener por aquellos, para decirlo en palabras del Benedictus, que "yacen en las tinieblas y en las sombras de la muerte".
En cambio Martini, para expresar esta preocupación suya por compartir la situación de los no-creyentes, acaba por hacer suyas sus propias dudas, no para resolverlas e iluminar a estas personas con persuasivos argumentos (que es la tarea de la apologética y del predicador), sino para hacer de esas dudas un sistema o método de vida, como si la duda fuera una cualidad de la fe, mientras que sabemos muy bien cuánta certeza en el creer correcta y justamente nos pide Nuestro Señor, ya que ¿cómo es posible dudar cuando Dios mismo nos habla en su Hijo divino? ¿Cómo se puede dudar de los dogmas que la Iglesia, maternalmente, amorosamente, premurosamente e infaliblemente, nos enseña desde hace dos mil años en nombre de Cristo?
Indudablemente, todos nosotros, católicos, advertimos o sentimos a veces tentaciones contra la fe, pero tenemos cuidado de no institucionalizar estas dudas o estas dificultades como si fueran una expresión de la "fe": al contrario, tratamos de serenarnos leyendo la Palabra de Dios o pidiendo luz a un buen teólogo o rezando pidiéndole a Dios que nos libere, o aclarando las cosas por nuestra cuenta. Cristo no prescribe la duplicidad o la duda, sino la linealidad y la coherencia: "sí, sí, no, no; el resto -Él añade- pertenece al diablo".
Martini retoma el famoso dicho paulino "me he hecho todo para todos", olvidando aquello que Pablo dice inmediatamente después: "para salvar al menos a alguno". Ciertamente, también Cristo cenaba con publicanos y pecadores, pero, como Él luego explica, lo hacía al modo como el médico toma cuidado de los enfermos. ¿Qué diríamos de un médico que, sensibilísimo y atentísimo por nuestra enfermedad, él también se la contagiara sin procurarnos la cura, o incluso nos dijera: no te curo porque te respeto en tu diversidad respecto a mí? ¿O nos quisiera convencer de que no estamos enfermos? ¿No nos sentiríamos engañados o tomados a broma?
Por ello, la concepción martiniana de la fe parece tener un carácter relativista, que no toma en serio cuanto Cristo enseña ni se toma en serio las necesidades de las almas: una simple fe-opinión, por lo cual, con el pretexto del pluralismo o del ecumenismo o del diálogo inter-religioso o del diálogo con los ateos, se considera la propia "fe" no verdad divina, absoluta, intangible, universal, obligatoria para la salvación de todos, sino una opinión como cualquier otra, simplemente "diversa", "diferente" de otras "fes" o "creencias", por ejemplo, de la enseñanza de Lutero o de Calvino o de Mahoma o de Buda o de Marx o Giuseppe Mazzini. Evidente confusión entre lo diverso y lo contrario. Ciertamente diremos que la persona sana es diferente de la enferma, pero ¿qué persona de buen sentido común elegiría estar enferma en lugar de estar sana en nombre de la "diversidad"?
Un católico y un protestante no son simplemente "diversos" como pueden serlo un dominico y un franciscano. ¿Por qué lo hemos olvidado? El católico tiene la recta fe, mientras que el protestante, con todo el respeto por su persona, es un hereje, aunque tal vez no se dé cuenta o no tenga culpa. Bienvenido el ecumenismo, pero no olvidemos este hecho.
Quizás el temor de Martini, típico de cierta cultura modernista y relativista, ha sido el de caer en la excesiva certeza, en la arrogancia o, como se dice con diversos adjetivos, en el "fundamentalismo" o en el "integrismo" y por lo tanto en el peligro de violentar la conciencia de los otros y de no respetar la libertad religiosa.
Pero entonces me viene la sospecha de que Martini no supiera qué es la verdadera certeza de fe y de qué nace o en qué se funda. Ciertamente, existe una falsa certeza o un modo incorrecto de proponer las propias certezas. Sin embargo, esta no es verdadera certeza, sino que más propiamente se puede llamar presuntuosa seguridad subjetiva o fanatismo o fideísmo, que es acto de arrogancia, efecto del orgullo y de la voluntad de imponerse a los otros o de la ambición de atraerse discípulos.
Pero para evitar la arrogancia y por el deseo de no violentar la conciencia ajena al estilo de los musulmanes, el remedio no es en absoluto ese escepticismo falsamente liberal que socava la cultura occidental, llevándola a olvidar esos valores tradicionales, humanos y cristianos, que son su orgullo y están al servicio de toda la humanidad. El problema es el de saber qué es y en qué se funda, como dije, la verdadera certeza de fe, esa fe divina que el católico llama "fe teologal".
Como nos recuerda santo Tomás de Aquino, oportunamente citado por los Autores, se funda humanamente en la percepción de los signos de credibilidad ofrecidos por Cristo -por ejemplo los milagros-, pero sobre todo y en última instancia es un don de Dios, con el cual Dios en Cristo y por medio de la Iglesia se nos muestra en su divina autoridad, por lo cual el creyente cree no por motivos simplemente humanos, sino porque es iluminado por Dios, porque se confía en la autoridad misma de Dios que no engaña ni puede engañar.
Esta es la verdadera certeza de fe, una certeza, como se dice, "sobrenatural", por la cual el creyente está firmísimo en sus convicciones, incluso, si es necesario, para renunciar a su propia vida, no gracias a la simple fuerza de su voluntad, sino en virtud del don divino recibido.
El creyente, solidísimo y, siempre con el socorro del Espíritu Santo y en comunión con la Iglesia, sabe transmitir a los otros la Palabra de vida, liberándolos de los errores y de los vicios en los cuales se hubieran enredado: aquello que en otros tiempos y también hoy se debe llamar "conversión".
¿Cuál es el fundamento de la certeza de fe para que ella no sea arrogancia? Precisamente es esta conciencia de que lo que decimos no es, y espero se me excuse la expresión popular, "harina de nuestro costal", sino verdad divina que Cristo nos ha entregado a través de la Iglesia. ¿Y cómo logramos esta conciencia? Con humildad, es decir, con un sincero amor por la verdad y esa "obediencia" del intelecto, de la cual habla san Pablo precisamente como órgano de la fe.
Ciertamente el creyente puede hacer la figura, es decir, dar la apariencia, entre los no-creyentes, de ser un arrogante y un presuntuoso. Esta figura o apariencia también ha sido hecha por Cristo, por lo cual no nos engañemos o ilusionemos pensando que siempre podemos evitarlo. En este punto necesitamos el otro aspecto de nuestra fe: la actitud que debemos tener hacia los no-creyentes. Aquí el cardenal Martini ciertamente nos ha dado un ejemplo de cercanía y de comprensión, pero donde se ha equivocado ha sido en la actitud del extraño médico del cual he hablado anteriormente: gran cercanía, gran comprensión, análisis detallados, pero para dejar al enfermo en su condición, quizás dándole la ilusión de no estar enfermo, sino de ser simplemente un "diferente" o "diverso".
El próximo Año de la Fe es una ocasión para todos nosotros de construir verdaderamente el equilibrio al que me he referido: y va en ello nuestra salvación y la de los otros. Evitemos los extremos opuestos del fundamentalismo inexorable y agresivo, y el del relativismo modernista, que cree ser abierto y liberal, y en cambio es más dogmático y feroz que nunca en el momento en el cual se le hace notar, incluso con cortesía y amabilidad, el terrible equívoco del cual es víctima.
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 22 de septiembre de 2012
Notas
¹ El padre Cavalcoli se está refiriendo al blog Riscossa Cristiana. (JG)
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Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum certitudo fidei sit arrogantia fundamentalistica vel donum supernaturale Dei
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod certitudo fidei sit arrogantia fundamentalistica.
1. Timetur enim quod fides nimis firma conscientiam alienam violet, sicut fit in religionibus quae credulitatem vi imponunt. Unde quidam putant magis esse reverens dubitationem retinere tamquam modum vivendi, communicando incerta infidelium ne videantur intransigentes.
2. Praeterea, asseritur quod nomine pluralismi et oecumenismi fides aestimanda est tamquam opinio inter alias, diversa sed non superior, ita ut catholicus non habeat ius affirmandi suam fidem esse veritatem absolutam et universalem. Sic vitaretur arrogantia imponendi proprias convictiones.
3. Item dicitur certitudo fidei esse praesumptuosa securitas subiectiva, fanatismus vel fideismus, ex superbia et voluntate se aliis imponendi orta. Ideo vitanda est, et praeferendus est dialogus apertus et liberalis, qui omnes credulitates tamquam aequaliter validas respiciat.
Sed contra est quod Genesis docet: Creavit Deus hominem ad imaginem et similitudinem suam (Gn 1,27). Apostolus Paulus loquitur de obedientia intellectus tamquam organo fidei (Rom 1,5). Sanctus Thomas docet fidem fundari in signis credibilitatis, sicut miraculis, sed maxime in auctoritate ipsius Dei qui nec fallit nec fallere potest. Ergo certitudo fidei non est arrogantia, sed virtus theologalis in Deo fundata.
Respondeo dicendum quod vera certitudo fidei est donum supernaturale Dei, per quod fidelis credit non propter causas humanas, sed quia innititur ipsi auctoritati divinae. Haec certitudo firma est usque ad martyrium, non ex vi voluntatis, sed ex gratia recepta. Non est fanatismus nec fideismus, quia non est securitas subiectiva, sed humilis adhaesio veritati divinae per Ecclesiam traditae. Fidelis, Spiritu Sancto illustratus et in communione Ecclesiae, verbum vitae aliis tradit, eos liberans ab erroribus et vitiis, quod vocatur conversio. Contra timorem fundamentalismi meminisse oportet Christum ipsum inter infideles speciem arrogantiae praebuisse, cum revera veritatem caritate communicaret. Error hodiernus est confundere diversitatem cum contradictione, quasi fides catholica esset una opinio inter Lutherum, Mahometum vel Marx. Fides autem non est farina de nostro sacculo, sed veritas divina. Ideo aequilibrium quaerendum est, ut vitetur et fundamentalismus aggressivus et relativismus liberalis, certitudine humilis et firma fidei theologalis servata.
Ad primum dicendum quod certitudo fidei conscientiam non violat, quia est donum Dei libere oblatum, non coactio externa.
Ad secundum dicendum quod fides non est mera opinio diversa, sed veritas universalis et ad salutem omnium necessaria, licet excusetur errans bona fide.
Ad tertium dicendum quod certitudo fidei non est fanatismus, quia non oritur ex superbia, sed ex humilitate et obedientia intellectus veritati divinae.
JG
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