¿Puede el hombre moderno seguir comprendiendo quién es, atrapado entre el idealismo que lo diviniza y el materialismo que lo reduce a pura carne? ¿No ha perdido la conciencia de su unidad sustancial, de ser alma y cuerpo en una sola persona creada a imagen de Dios? ¿Qué consecuencias morales brotan de estas dos antropologías enfrentadas, cuando una engendra soberbia y dominio y la otra egoísmo y sensualidad? ¿No es acaso urgente recuperar la visión católica del hombre, que reconcilia espíritu y materia bajo el primado de lo espiritual? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli examina con lucidez las raíces filosóficas de la crisis antropológica contemporánea y propone, frente a las seducciones del pensamiento moderno, el camino del discernimiento cristiano, la fidelidad a la Iglesia y la firmeza de la fe que hace del hombre luz del mundo y sal de la tierra. [En la imagen: detalle de "La creación de Adán", fresco de 1509, obra de Michelangelo, conservado en la Capilla Sixtina, Vaticano].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
jueves, 7 de mayo de 2026
Las dos antropologías
Las dos antropologías
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog Riscossa Cristiana el 14 de febrero de 2011. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/le-due-antropologie-di-pgiovanni-cavalcoliop/)
La concepción católica de la antropología está hoy, por así decirlo, atrapada entre dos fuegos. Para expresarnos con categorías políticas, aunque aquí, tratándose de filosofía, no es del todo apropiado, podríamos hablar, por un lado, de una antropología de "derecha" pagano-panteísta, de tendencia liberal, hoy representada por Martin Heidegger, Emanuele Severino y la fenomenología husserliana, y, por otro lado, de una antropología de "izquierda", de tendencia materialista-libertaria, representada ayer por Siegmund Freud y por Herbert Marcuse, y hoy por Gianni Vattimo y por Vito Mancuso. Ambas tienen su origen en la "derecha" y la "izquierda" hegelianas respectivamente.
La primera tendencia exagera y falsifica el aspecto espiritual; la segunda agiganta fuera de toda medida el aspecto material. La concepción católica, en cambio, concilia estos dos aspectos, dando el primado a lo espiritual y concibiendo al hombre, siguiendo la enseñanza bíblica interpretada por la Iglesia, como única sustancia o sujeto -la persona creada "a imagen y semejanza de Dios"- compuesta de alma espiritual y cuerpo.
El alma espiritual, según la definición del Concilio de Vienne de 1312, es la "forma sustancial" del cuerpo, mientras que la distinción entre alma y cuerpo fue enseñada por el Concilio Lateranense IV. Cuerpo y alma son dos co-principios de aquella única y misma sustancia que es el individuo o persona humana.
Por el contrario, ¿qué ha podido suceder entonces en la historia de la antropología? Ha sucedido que por un lado en Inglaterra, con John Locke, en el siglo XVII, se perdió de vista el concepto ontológico de sustancia, por lo cual sucesivamente, en el siglo XVIII, con David Hume, se ha terminado por concebir la persona como un simple acto de conciencia con el cual yo conecto un conjunto de sensaciones y de experiencias sensibles en el espacio y en el tiempo, pero sin que tales hechos se apoyen o emanen de un verdadero y propio sujeto espiritual siempre idéntico a sí mismo en el tiempo ("el alma").
Por otro lado, siempre en el siglo XVII, René Descartes, como es bien sabido, concibió al hombre como una autoconciencia (el famoso cogito), como res cogitans unida no se sabe cómo a otra sustancia, el "cuerpo" como res extensa. Por consiguiente, mientras Locke anulaba la sustancia, Descartes concebía al hombre como compuesto incluso por dos sustancias, de modo que, mientras en el caso de Locke se perdía de vista la primacía del espíritu y se preparaba el materialismo del siglo XVIII, así como el de Marx y de otros filósofos, en el caso de Descartes dicha primacía saltaba de tal modo al primer plano en una ilusoria evidencia, tanto como para sustituir la certeza del sentido y transformar la autoconciencia humana en una autoconciencia angélica o casi divina, en la cual el ser se reduce al ser pensado y por lo tanto la voluntad al ser querido.
Era el nacimiento de esa concepción idealista del hombre que habría de alcanzar su cúspide con Hegel hasta llegar a Nietzsche, Gentile, Husserl y Heidegger. La persona como autoconciencia y libertad, doctrina que los herederos actuales de Descartes quisieran hacer pasar como la insuperable conquista de la modernidad, en la cual, al parecer, ya no habría lugar para la concepción católica, que la Iglesia ha tomado de Boecio, Individua substantia rationalis naturae.
Pero el empirismo humiano y el idealismo cartesiano, más allá de su oposición, están conectados entre sí más de cuanto pueda parecer a primera vista. Esto ha aparecido sobre todo en la antropología contemporánea, la cual, como reacción al dualismo cartesiano, ha terminado por caer en un crudo monismo, que ya no distingue el alma del cuerpo, y esto tanto en los herederos materialistas de Hume como en los sobrinos idealistas de Descartes.
La única diferencia es que mientras para los primeros la materia se auto-supera por evolución, elevándose a la dignidad del espíritu, de modo que el espíritu proviene de la materia, en los post-cartesianos la corporeidad es una simple emanación, manifestación o expresión del espíritu, un "fenómeno" (Erscheinung, dirá Kant, del espíritu o de la mente), con esa consecuencia o, si queremos, con esa premisa, que los idealistas denominan "identidad del ser" (materia) "con el pensamiento" (espíritu). De tal modo los idealistas, sin dejar de ser tales, tienen modo de unirse a los materialistas.
Para los materialistas, la materia, por su energía intrínseca, se eleva de abajo hacia arriba, contradiciendo así el principio fundamental de la ciencia, que es el principio de causalidad eficiente, por el cual lo que es superior (el espíritu) no puede provenir de lo inferior (el cuerpo), sino que es verdad lo contrario, ya que la causa no sería explicativa e informativa si no contuviera mayor ser y mayor inteligibilidad que el efecto.
Pero también la antropología idealista contraviene el principio de causalidad de otras formas. De hecho, el principio de causalidad también dice que la causa causando no desciende al nivel del efecto, ni el efecto se eleva al nivel de la causa. Ahora bien, la antropología idealista implica como consecuencia o la de materializar el espíritu o la de absorber la materia en el espíritu: en el primer caso tenemos la primera contravención al principio, en el segundo, tenemos la segunda.
Las últimas consecuencias de estas dos antropologías en el campo de la acción moral son nefastas. Naturalmente se las puede evitar o se las puede parar antes, en cuyo caso puede existir una cierta compatibilidad con la ética católica, pero se trata de una situación inestable, se podría decir una vida "al día", un poco como el Dasein atemático de Heidegger, en el cual el sujeto, si quiere sobrevivir (también psíquicamente), se ve obligado a silenciar su conciencia, a continuos y extenuantes malabarismos, compromisos, mezquindades, duplicidades, incoherencias.
Si uno es hombre de conciencia, será para él un continuo tormento. Sólo los que carecen de principios sólidos salen adelante, podríamos decir los inconscientes o los veletas, y lamentablemente hoy, quizás incluso sin culpa, son muchos, convencidos de que son hombres de diálogo, de mente abierta, pacifistas, democráticos, progresistas, predestinados a la salvación.
En efecto, la concepción humiana conduce al relativismo moral, negando la objetividad, la universalidad y la inmutabilidad de la ley moral natural, degrada la conducta humana al nivel de la animalidad, convirtiéndola en esclava del sentido y de las pasiones, genera egoísmo, debilidad de carácter, ineptitud para el sacrificio, infidelidad a los compromisos asumidos, injusticia, utilitarismo, explotación del prójimo, codicia insaciable de riquezas y de placeres, hasta el punto de caer en el crimen y en el delito.
Esta moral materialista ama eventualmente disfrazarse bajo la égida de la liberación del hombre de la pobreza y de la lucha por la justicia social y se presenta como fautor de paz ("haz el amor, no hagas la guerra"), pero en realidad, a causa de su impiedad y de su ateísmo, genera al fin de cuentas sólo sistemas políticos tiránicos, liberticidas y degradantes, como se ha visto en los regímenes comunistas del siglo pasado.
La concepción cartesiana, por su parte, llevada a sus extremas consecuencias en el idealismo panteísta, que dio sus más amargos frutos con el fascismo y el nazismo, genera una concepción elitista y superomista de la persona, falso heroísmo, arrogancia y prepotencia, un espíritu sofístico confundido con genialidad, una soberbia gnóstica, una libertad sin ley, un tradicionalismo ácido y esotérico, crueldad, sed de poder, de éxito y de dominio, desprecio por la pobre gente, una feroz competitividad que tiende a eliminar adversarios que bloquean el camino y que quizás Dios nos manda para corregirnos.
Hoy el mundo católico está sujeto al llamado de estas sirenas que aman presentarse de maneras seductoras o refinadas, politically correct, tal vez bajo un disfraz cristiano o como aggiornamienti conciliares y ecuménicos, e indudablemente no privadas, como ocurre incluso en los errores más graves, de instancias positivas y de elementos válidos, para recuperar los cuales, sin embargo, es necesario mucho discernimiento, una buena formación católica, unas firmes convicciones, ejercicio de las virtudes humanas y cristianas, práctica de la oración y de la vida sacramental, fidelidad a la Iglesia, aceptación de la cruz, apertura de corazón, pero también gran vigilancia: "sencillos como las palomas, prudentes como las serpientes".
Nosotros, los católicos, hemos recibido de Cristo el sublime mandato de ser "luz del mundo y sal de la tierra". Para ejercer este precioso servicio con la debida modestia pero también con el necesario coraje, en orden a la salvación del prójimo, sin fundamentalismos pero también sin oportunismos, con toda la caridad posible, es ciertamente necesario vivir nuestro tiempo, amar la modernidad, pero también, a la luz del Evangelio y de las enseñanzas de la Iglesia, para hacer en la modernidad una obra de discernimiento, que nos permita asumir cuanto en ella es conforme a Cristo y rechazar cuanto en cambio no se concilia con Cristo.
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 14 de febrero de 2011
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Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum crisis anthropologica contemporanea consistat
in duabus conceptionibus erroneis hominis
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod crisis hodierna anthropologiae non consistat in duabus conceptionibus erroneis, sed in difficultate applicandi anthropologiam catholicam ad modernitatem.
1. Quia empirismus Humianus hominem ad congeriem perceptionum sensibilium reducit, substantiam spiritualem negando. Si hoc verum esset, persona identitate permanenti careret et moralitas ad gradum animalitatis deprimeretur.
2. Praeterea idealismus Cartesianus autocognitionem et libertatem absolutizat, hominem quasi divinam rem cogitantem concipiens. Si hoc verum esset, persona in angelicum vel gnosticum ens transformaretur, cum libertate sine lege et contemptu humilitatis.
3. Item ambae viae, quamvis oppositae, in monismum conveniunt qui distinctionem inter animam et corpus negat. Si hoc verum esset, violaretur principium causalitatis, cum superior ex inferiori oriri non possit, et homo ad phaenomenon sine subiecto spirituali reduceretur.
4. Denique consequentiae morales harum anthropologiarum sunt nefastae: materialismus relativismum, egoismum et tyrannidem generat; idealismus superbiam, violentiam et systemata totalitaria producit. Si hae conceptiones validae essent, ethica catholica annullaretur et missio Ecclesiae impossibilis fieret.
Sed contra est quod Concilium Viennense animam spiritualem ut formam substantialem corporis definivit. Concilium Lateranense IV distinctionem inter animam et corpus docuit. Apostolus Paulus hortatur ut secundum spiritum vivamus et non secundum carnem. Sanctus Augustinus affirmat hominem esse unam personam ex anima et corpore compositam, ad imaginem Dei creatam.
Respondeo dicendum quod crisis consistit proprie in duabus anthropologiis erroneis, materialistica et idealistica, quae veram unitatem substantialem hominis negant. Anthropologia catholica autem hominem concipit ut unam substantiam ex anima spirituali et corpore compositam, cum primatu spiritus. Materialismus Humianus ad relativismum moralem, servitutem passionum et systemata politica tyrannica ducit. Idealismus Cartesianus in elitismum, gnosim et regimina totalitaria desinit. Ambae viae, quamvis oppositae, in negatione causalitatis et dissolutione identitatis personalis conveniunt. Contra eas anthropologia catholica visionem integralem praebet, quae veram ethicam sustinere et missionem Ecclesiae dirigere valet. Remedium est recuperare conscientiam dignitatis spiritualis hominis, virtutes exercere, vitam orationis et sacramentalem colere, Ecclesiae fideles esse et crucem accipere, ut mandatum Christi impleamus: esse lucem mundi et sal terrae.
Conclusio: Crisis non est de anthropologia catholica, sed de duabus anthropologiis erroneis quae eam impugnant; sola anthropologia catholica, Magisterio fidelis, veritatem de homine et rectitudinem vitae moralis assecurat.
Ad primum dicendum quod empirismus Humianus substantiam spiritualem negat, sed anthropologia catholica identitatem permanentem animae et obiectivitatem legis moralis naturalis affirmat.
Ad secundum dicendum quod idealismus Cartesianus autocognitionem absolutizat, sed anthropologia catholica libertatem ut participationem legis divinae agnoscit, non ut autonomiam absolutam.
Ad tertium dicendum quod monismus distinctionem animae et corporis negat, sed anthropologia catholica eorum unionem substantialem affirmat, secundum principium causalitatis.
Ad quartum dicendum quod consequentiae morales harum anthropologiarum destructivae sunt, sed anthropologia catholica viam discernendi, fidelitatis et virtutis praebet, quae modernitatem ad lucem Christi transformare potest.
JG
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