¿Es la fe un vaivén entre creer y no creer, como si en cada uno convivieran un creyente y un incrédulo? ¿No contradice esto la enseñanza de Cristo, que exige una fe sólida, firme y robusta, capaz de resistir toda tentación? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli muestra cómo la fe no puede reducirse a un diálogo interior entre duda y certeza, sino que debe ser adhesión plena a la Palabra de Dios, roca que no pasa. ¿Qué sentido tendría cultivar sistemáticamente la oscilación entre fe e incredulidad, como si fuera virtud, cuando en realidad es signo de hipocresía y oportunismo? ¿No es más bien urgente redescubrir la fe de los Apóstoles, de los Mártires y de los Santos, que no se dejaron seducir por el escepticismo, sino que permanecieron firmes en la verdad que salva? [En la imagen: fragmento de "Comunión de los Apóstoles", óleo sobre tabla, 1512, obra de Luca Signorelli, conservado en el Museo Diocesano, Cortona, Italia].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
lunes, 25 de mayo de 2026
La solidez de la fe
La solidez de la fe
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en Riscossa Cristiana el 13 de diciembre de 2012. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/la-saldezza-della-fede-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)
Es bien sabido cómo Cristo nos recomienda a todos tener una fe sólida, firme, fuerte, segura, robusta, una fe a toda prueba, capaz de resistir a la tentación, porque sólo así podemos ser salvos. Por el contrario, desaprueba la duda, la debilidad, la oscilación. Jesús es severo contra las "cañas batidas por el viento". Su recomendación es que nuestro lenguaje sea: sí sí, no no, el resto pertenece al diablo. Los discípulos comprenden este mandato del Maestro y le preguntan cómo aumentar su fe.
En efecto, la fe implica una doble solidez: una solidez, por así decirlo, objetiva, y otra solidez subjetiva. La primera es la solidez y fiabilidad de la misma Palabra de Dios o del misterio revelado que Cristo nos comunica para nuestra salvación. Es como una roca sobre la que podemos construir la casa de nuestra vida. La segunda es la solidez con la que debemos adherirnos y aferrarnos con todas nuestras fuerzas a la divina Palabra de salvación, como un escalador se agarra a la roca del monte para no precipitar al barranco.
Ciertamente en la vida necesitamos ver dónde ponemos los pies, a qué cosa aferrarnos, a quién confiarnos. Pero una vez que hemos encontrado el punto de apoyo sólido que nos garantiza el sentido de la vida y la consecución de la felicidad, el buen sentido común quiere que nos aferremos con perseverancia a estos soportes o a estas guías, a costa de cualquier sacrificio y superando cualquier obstáculo o tentación de abandonarlos.
En base a estas consideraciones, resulta algo sorprendente la afirmación del cardenal Martini reportada en el Corriere della Sera del pasado 5 de diciembre, que dice lo siguiente: "Cada uno de nosotros tiene en sí un creyente y un no creyente que se interrogan entre sí".
Se entiende que el Cardenal se refería a algunos, pocos o muchos casos, en los cuales esto efectivamente puede suceder. Pero imaginar esta situación como universal y normal, casi como hasta aceptarla sin oposición alguna, casi como el método mismo de la vida cristiana, sin ver y por consiguiente combatir su anomalía y su peligrosidad, me parece absurdo y completamente contrario al verdadero estilo de vida del cristiano y a la naturaleza misma de la fe.
En primer lugar, es erróneo que en cada uno de nosotros haya un creyente. Esta parece ser la tesis rahneriana del "cristiano anónimo", según la cual el hombre como tal, cualquier hombre, prescindiendo de sus convicciones "categoriales", que podrían también implicar el "ateísmo", está originariamente y aprioricamente "en gracia" y posee una fe "atemática, preconceptual y trascendental", por la cual está siempre y en cualquier caso en tensión hacia Dios y por lo tanto en todo caso salvado.
Por el contrario, san Pablo nos recuerda que "no de todos es la fe". Desafortunadamente, también existen aquellos que se resisten a la fe con desprecio, con terquedad, con obstinación y con arrogancia. Al respecto, recuerdo un episodio entre cómico y penoso que le ocurrió a una querida amiga mía, piadosa pero víctima de esta tendencia ingenuamente buenista, quien, discutiendo con un ateo, lo quería convencer y le aseguraba que en realidad él era creyente. Pero él no quería saber nada sobre esas "garantías": no le importaban en absoluto. Él era ateo y sanseacabó. Pero esta piadosa mujer insistía, y tanto que en cierto momento el ateo soltó un insulto y cortó la conversación.
Lo que podemos admitir y aprobar en principio y que de hecho, sí, es al fin de cuentas deseable, es el interrogarse recíproco entre un creyente y un no creyente, pero como personas entre sí distintas, no que este diálogo se produzca en el interior de la misma persona. Si un mismo yo se siente a un mismo tiempo creyente y no creyente en contraposición entre sí, eso quiere decir que este yo no tiene una verdadera fe, sino que más bien acaso está en la búsqueda y quizás también con buenos motivos, porque indudablemente, antes de dar el paso de la fe, es necesario sopesar bien los argumentos que nos parecen favorables y los que nos parecen contrarios, es necesario saber quién es Cristo, para tener una razón válida de confiarle a Él toda nuestra vida y nuestro eterno destino.
Pero cultivar sistemáticamente y voluntariamente, casi con gusto, casi como si se sintiera un deber y una cosa encomiable o normal, en el interior de uno mismo este tira y afloja entre creer y no creer es signo de un ánimo, digámoslo francamente, abyecto, en cuanto doble, hipócrita y oportunista, un alma que ora cree estar con Cristo, ora piensa en rechazarlo, según como le conviene.
Está claro que es razonable y apropiado aferrarse con fuerza sólo a un verdadero y sólido valor, porque quien se aferra a algo que no sostiene o que es caduco o no soporta el peso de quien tiene sed de Absoluto, es un necio. Existe, por lo tanto solidez y solidez en el aferrarse a algo. Existe una solidez inteligente y sabia y hay una "solidez" que es ingenuidad, vana credulidad, fideísmo, obstinación, terquedad, fanatismo, fundamentalismo, que no le deseo a nadie y que no conduce a la salvación sino a la perdición. Sí, cualquiera se puede engañar a sí mismo ingenuamente creyendo que un dios sea el verdadero Dios y aferrarse a esto; pero si se está en buena fe, el verdadero Dios no tarda en revelarse.
Pero para evitar el dogmatismo no es necesario caer en el escepticismo. El conservar la propia fe, el estar sólidos, firmes e inquebrantables en ella no es el empecinarse del asno que no quiere seguir adelante a pesar de los tirones del patrón, no es el conservadurismo temeroso y mezquino de los que se apegan a las cosas que pasan y no se abren al futuro de Dios.
Esta obstinación en el permanecer apegado a las propias ideas puede ser, en todo caso, más bien el signo del hereje, situación que evidentemente no conduce a la salvación. El apego a la fe, en cambio, es el aferrarse a una Palabra que es Palabra de Dios, Palabra que no pasa, fuente de luz, de fuerza y de felicidad eternas.
No puedo imaginarme la fe de una Santísima Virgen María, de un san José, de un san Pedro, san Pablo, san Ambrosio, san Agustín, san Atanasio, san Gregorio Magno, san Francisco, santo Domingo, santo Tomás de Aquino, santa Catalina de Siena, san Pío V, san Francisco Javier, san Pío X, san Maximiliano Kolbe, san Pío de Pietrelcina, Jacques Maritain, Edith Stein, Tomas Tyn, la fe de los Apóstoles, de los Mártires, de las Santos Padres y Doctores, la fe de todos los Santos canonizados según el modelo de "fe" propuesto por el cardenal Martini.
El verdadero creyente no tiene nada que preguntar al no creyente que cada tanto aparece en su conciencia, sino que sólo tiene que responder a las dudas que le propone, sólo tiene que rechazar sus tentaciones tendientes a hacerle abandonar o traicionar la fe. El escuchar o dar importancia a las insidias y trampas del no creyente que puede aparecer en nosotros, quiere decir solo poner en peligro la fe con el riesgo real de perderla. ¿Y de qué sirve eso?
O bien, si el creyente tiene preguntas que hacerle al no creyente, presente en su conciencia o como interlocutor del diálogo, serán preguntas encaminadas a su vez a inquirirle el motivo de su incredulidad, para ver qué cosa le obstaculiza en el creer, a fin de estimularlo a abrazar la fe; podrían ser preguntas de dulce y cortés reproche, a fin de suscitar en él el sentido de la responsabilidad y la voz de su conciencia, donde ciertamente Cristo "llama" para poder entrar y "comer" con él.
En cambio, quienes no creen hacen bien en hacerle preguntas al creyente. Es admisible también que estas preguntas vengan puestas por un no creyente que está en nosotros. Pero el creyente que está en nosotros debe saber responder, debe esforzarse todo lo posible para asegurarse de que esta voz, esta tentación a la incredulidad se extinga, se aleje y desaparezca. El no creyente no tiene ninguna objeción razonable que hacerle al creyente, mientras que es verdad lo contrario. En el debate interior entre el creer y no creer, cosa que efectivamente puede motivada y justificadamente verificarse, si, como dice el Concilio Vaticano I, en su ánimo hay como debería haber un pius credulitatis affectus, es decir, la benévola disposición a creer en la verdad, este es un don que Dios da a todos y sirve para prepararnos inmediatamente para acoger la verdad de fe.
Por lo tanto, como siempre en afirmaciones que contienen errores, incluso en las mencionadas palabras del cardenal Martini hay una parte de verdad, que consiste en el reconocer que en nuestra situación humana de oscuridad y de incerteza los problemas de la fe no son fáciles, por lo cual efectivamente puede suceder que incluso a una persona firme en la fe le surjan dudas, incluso sinceras, que por tanto deben ser tomadas en seria consideración.
Pero sobre todo aquello que es importante, según las frecuentes exhortaciones de la Iglesia hoy, es que los creyentes, como dice el Concilio Vaticano II, se esfuercen por comprender con la máxima atención cuáles son los motivos que frenan a tantos en el encuentro con Cristo, a fin de eliminar estos obstáculos, para "rellenar los valles y abajar los montes", para que en muchos corazones se abran los caminos que conducen a Cristo.
Por otra parte, de las palabras del cardenal Martini, resulta que los no creyentes son oportunamente invitados, si buscan realmente la verdad, a interpelar a los creyentes confiables, para descubrir con alegría las razones de su fe. Este es el verdadero diálogo constructivo entre creyentes y no creyentes que es hoy una de las máximas urgencias de la evangelización, a fin de que se amplíen los confines del Reino de Dios.
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 13 de diciembre de 2012
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Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum oscillatio interior inter credere et non credere sit reputanda vera fides
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod oscillatio interior inter credere et non credere sit reputanda vera fides.
1. Quia Cardinalis Martini affirmat quod in unoquoque nostrum est credens et non credens inter se dialogantes, quod videretur esse modus vitae christianae validus, cum repraesentet condicionem humanam incertitudinis et quaestionis.
2. Praeterea, haec tensio interior videri potest ut exercitium sinceritatis et prudentiae, quia antequam gradum fidei quis faciat, necesse est expendere rationes pro et contra; sic dubitatio esset pars constitutiva fidei, vitans periculum fideismi caeci.
3. Item, dialogus interior inter fidem et incredulitatem posset vitare dogmatismum et aperire credentem futuro Dei, servans eum a conservatismo pusillo et ab obstinatione irrationali.
4. Denique, admittere praesentiam non credentis in conscientia credentis posset excitare verum dialogum cum incredulis, fovens evangelizationem et intelligentiam impedimentorum quae obstant occursui cum Christo.
Sed contra est quod Apostolus dicit: Non omnium est fides (2 Thess 3,2). Christus ipse increpat arundines vento agitatas et praecipit ut sermo noster sit est est, non non; quod amplius est, a malo est (Mt 5,37). Apostolus Paulus hortatur Timotheum: Praedica verbum, insta opportune, importune, argue, increpa, exhortare in omni patientia et doctrina (2 Tim 4,2). Sanctus Augustinus docet misericordiam sine veritate esse deceptionem. Concilium Vaticanum I commemorat fidem esse pius credulitatis affectus, benivolam dispositionem ad credendum veritati, non autem oscillationem systematicam inter credere et non credere.
Respondeo dicendum quod fides christiana non consistit in dialogo interiori permanenti inter credere et non credere, sed in adhaesione firma et solida ad Verbum Dei. Fides habet soliditatem obiectivam, quae est firmitas Verbi revelati, petra super quam vita aedificatur, et soliditatem subiectivam, quae est adhaesio credentis, sicut ascensor qui rupem apprehendit ne in praecipitium cadat. Qui systematicam oscillationem inter fidem et incredulitatem colit ostendit animum duplicem, hypocritam et opportunistam, qui nunc se credit cum Christo, nunc eum reicit prout sibi expedit. Haec dispositio non est fides, sed quaestio incompleta vel etiam abiecta. Vera fides non est caeca obstinatio nec fanaticus impetus, sed adhaesio intelligens et sapiens ad Verbum quod non transit, fons lucis, virtutis et felicitatis aeternae. Non potest imaginari fides Virginis, Apostolorum, Martyrum et Sanctorum secundum exemplar fidei propositum a Cardinali Martini, quia illi non alebant dialogum interiorem cum incredulitate, sed stabant firmi in veritate. Crisis hodierna protrahitur per moras, hypocrisim tolerantiae et defectum energiae pastoralis, et populus Dei confunditur ac tentatur sequi impostores. Ipse Iesus vitam dedit in controversia cum hypocritis, conatus concutere conscientiam et emollire cor induratum. Ergo fides solida est necessaria ad salutem, dum oscillatio systematica inter credere et non credere est signum perditionis.
Unde, in definitiva, fides christiana, innixa Verbo Dei, debet esse solida et firma; oscillatio interior inter fidem et incredulitatem non est vera fides, sed periculum quod minatur eam destruere.
Ad primum dicendum quod non omnium est fides; affirmare quod in unoquoque est credens est falsum, quia multi resistunt cum contemptu et obstinatione.
Ad secundum dicendum quod quaestio praevia ad fidem est legitima, sed semel recepta fides, eam colere ut dubitationem permanentem est signum hypocrisis et opportunismi.
Ad tertium dicendum quod vitare dogmatismum non requirit cadere in scepticismum; firmitas in fide non est asini pertinacia, sed adhaesio ad Verbum aeternum.
Ad quartum dicendum quod verus dialogus cum incredulis fit inter personas distinctas, non in interiori divisione eiusdem ego; credens debet respondere dubiis et tentationibus, non eas colere quasi virtutem.
JG
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