¿Es el “buenismo” una nueva forma de caridad o más bien una falsificación de la verdad cristiana? ¿No será que detrás de las sonrisas y del falso diálogo se esconde la negación del infierno, de la justicia divina y del combate espiritual contra el demonio? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli muestra cómo el buenismo, nacido de la hipocresía de Lutero y alimentado por interpretaciones desviadas del Concilio, convierte la Iglesia en un simple escenario sociopolítico y desprecia a los católicos fieles a Roma. ¿No es urgente resistir con oración, con la ayuda de Roma y de los buenos pastores, para impedir que esta plaga siga causando escándalo y daño en la Iglesia? [En la imagen: fragmento de "Pinocho y el juego de los dados", 2017, de Gérard Garouste].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
domingo, 24 de mayo de 2026
La plaga del buenismo
La plaga del buenismo
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en Riscossa Cristiana el 14 de noviembre de 2012. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/la-piaga-del-buonismo-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)
Uno de los aspectos principales, no doctrinales sino comportamentales, del actual modernismo es aquello que desde hace algunos años los católicos fieles a la Iglesia llaman "buenismo". ¿De qué se trata? Indudablemente está en juego la palabra "bondad" y, por lo tanto, podríamos decir, "caridad", "justicia", "misericordia" y similares. Excepto que aquí lo que hay es una perfecta falsificación de estos supremos valores según los mecanismos, los métodos y las modalidades que ahora trataré de explicar para quienes aún no tuvieran plena conciencia de este peligroso fenómeno que está causando un grave daño a la Iglesia y en consecuencia a la sociedad.
El buenismo tiene orígenes lejanos, pero también pretexto reciente. Los orígenes lejanos son la actitud de Lutero ante Dios. Como saben todos los que conocen su vida, él, oprimido por sus malas inclinaciones, anhelaba "sentir un Dios misericordioso", y albergaba angustia, terror y odio por la perspectiva o la eventualidad de ser alcanzado por la justicia divina, que él, con una mirada distorsionada, consideraba como crueldad y, por tanto, una injusticia hacia él. De ahí el odio que sentía por el Dios justo que le recordaba sus pecados y lo amenazaba con el castigo.
El Dios del buenismo está ya aquí: un Dios puramente "misericordioso", que perdona y salva a todos no obstante sus pecados y que no castiga a nadie, porque esto sería hacerles violencia, sería injusticia y negación de la "bondad" divina. Salvo por el hecho de aquí está la perfecta hipocresía: el Dios de Lutero es "misericordioso" con el pobre Lutero, pero ciertamente no con el Papa y los Cardenales, no con los teólogos escolásticos, tomistas y aristotélicos, a los cuales Lutero augura, con un odio implacable que lo ha acompañado durante toda la vida, el ser atormentados eternamente por todos los demonios en lo más profundo del infierno.
En cambio, el buenismo de la actualidad, originado de esta hipocresía de Lutero, se remite directamente, como es sabido, malinterpretándolo, al famoso discurso introductorio del Concilio pronunciado por el papa Juan XXIII, el papa "bueno", como si incluso un san Pío X o un san Pío V no hubieran sido Papas buenos. En tal discurso, como todos saben, el Papa Juan prospectaba un nuevo estilo de Iglesia, una Iglesia más evangélica, la cual, en su relación con el mundo moderno y en su propio interior, "prefiriera el ejercicio de la misericordia al de la severidad", cosa que, por lo demás, ha estado siempre en las costumbres de los santos pastores, incluso cuando estaban obligados, siempre por el bien de la Iglesia y de las almas, a ejercitar la máxima severidad.
Excepto que los buenistas entendieron estas palabras del Santo Pontífice como la pura y simple abolición de toda justicia divina, de toda severidad o coerción jurídica, de toda sanción penal, incluida la misma condenación infernal, sosteniendo que en el infierno no existe nadie, porque si hubiera alguno, Dios no sería bueno y sería negada la voluntad divina universal de salvación. En suma, se tendría o bien un Dios bueno pero impotente o bien un Dios omnipotente pero no bueno. No es el caso aquí de refutar estas falsedades, cosa que también ha sido hecha recientemente por los teólogos que conocen su oficio.
A diferencia de Lutero que creía en el infierno, en los demonios y en la existencia de los condenados, amenazando el infierno para aquel que no aceptaba sus herejías, los buenistas de hoy, considerándose incluso más buenos que Lutero, niegan todo esto, pero no por eso su alma está libre del desprecio, del odio, de la envidia, de la prepotencia y del más estrecho e intolerante espíritu inquisitorial hacia aquellos católicos (incluso si fuera el Papa), los cuales, en fidelidad a la Iglesia y al dogma, con respeto y caridad, les recuerdan esas verdades que ellos niegan, como he señalado en un artículo que apareció recientemente en este sitio (La inquisición modernista).
Ellos enseñan que "todos se salvan" en base a una fe "atemática", en la cual puede haber todo y lo contrario de todo, en virtud de la "autotrascendencia hacia Dios" que constituye la esencia del hombre y a causa de la posesión ineliminable de la gracia, incluidos los ateos, los impíos y los incrédulos de todo tipo.
El Evangelio, para ellos, es puro y exclusivo anuncio de "misericordia" para todos sin condiciones, todos son perdonados y salvos porque todos en el fondo son buenos, en buena fe, de recta intención y de buena voluntad, nadie hace el mal voluntariamente, sino que todos son excusados y son proyectados hacia Dios, aunque sea inconscientemente o "atemáticamente".
De la justicia divina los buenistas no hablan o, como Lutero, la consideran cosa repugnante y ofensiva de la misericordia divina. Se consideran "hombres del diálogo", abiertos a todos, respetuosos de lo "diferente", tolerantes, comprensivos. Los más impulsados o extremistas, influenciados por el panteísmo alemán y por el panteísmo hindú, llegan a decir que todos en el fondo son Dios, por lo cual no tienen nada que temer, no obstante sus pecados, a los cuales por tanto no se les debe dar ninguna importancia, porque hay que considerarlos como un simple polo dialéctico del eterno contraste entre bien y mal, contraste presente también en Dios.
El vicio de fondo del buenismo, como ha sido señalado varias veces por agudos estudiosos, como por ejemplo Romano Amerio o Antonio Livi, está dado por la pretensión de ejercitar la caridad despreciando la naturaleza y las exigencias de la verdad. Para los buenistas la verdad no es adaequatio intellectus ad rem, y por lo tanto, para el creyente, humilde obediencia a la Palabra de Dios mediada por el Magisterio de la Iglesia, sino que es la subordinación de los otros a sus intereses, lo que conlleva por tanto el respeto humano, la adaptación supina a las modas del momento, la estima de los ídolos del momento o la búsqueda espasmódica del éxito, pensando así ser "modernos" y agradar al prójimo.
Los buenistas son "buenos" con todos, tienen sonrisas para todos, para ellos todos son amigos, a los cuales comunicar su afecto y sus confidencias: ortodoxos, protestantes, anglicanos, judíos, musulmanes, agnósticos, escépticos, ateos, panteístas, budistas, masones, libertinos, materialistas, excepto para aquellos católicos normales fieles a Roma, que se permiten criticar su falso ecumenismo confusionario y el espíritu de diálogo oportunista e inconcluyente.
Los superiores y los prelados buenistas, docentes, obispos, párrocos, etc. exigen obediencia absoluta a su línea, mientras que ellos mismos son los primeros en desobedecer al Magisterio y al Papa, quizás con el pretexto de la "implementación del Concilio" o de la exigencia de ser "modernos". Para ellos la "Iglesia" no es una comunión sobrenatural para vivir en el respeto de la Palabra de Dios interpretada por el Magisterio de la Iglesia en vista de una vida eterna ultraterrena, sino sólo un ambiente sociopolítico, de este mundo (ya que, como dice Gutiérrez, no hay otros mundos), con sus luchas de poder, ambiente en el cual hacerse valer o hacer valer el propio partido y ejercer sobre los demás (los "hermanos") el propio poder y satisfacer las propias ambiciones.
Para ellos, la Iglesia no está en lucha a vida o muerte contra potencias malignas de carácter espiritual (el demonio), sino simplemente contra obstáculos terrenos a sus propias ambiciones o contra gente atrasada y obstinada, como por ejemplo los "lefebvrianos", que según los modernistas son todos aquellos que no son de los suyos, gente insoportable y de la cual no se sabe cómo hacer para liberarse, porque desgraciadamente está amparada por Roma, ella también anclada en el preconcilio.
El ángulo desde el cual los buenistas miran al prójimo, que ellos llaman hipócritamente los "pobres", no es la atención a las necesidades, a los sufrimientos, a las exigencias o a las aspiraciones interiores de sus almas, no es la preocupación por liberarlos del pecado, de los vicios, de la mentira y de Satanás, sino simplemente la posibilidad de desarrollar hacia ellos servicios que tengan un retorno, tratar con ellos a veces con dureza o astucia de asuntos sobre todo económicos o acuerdos políticos, que sean ventajosos, bajo el color de tratar del bien común, especialmente económicamente, para el propio instituto o para la propia comunidad o para la parroquia o para la diócesis o para la facultad teológica a la que se pertenece.
Los buenistas y en general los modernistas corresponden a los fariseos, escribas y sumos sacerdotes de la época de Cristo. Su método es sustancialmente el mismo: agradar al mundo en lugar de a Dios, fingir ser santos sin serlo. Como ellos, los buenistas trastocan la escala de valores: ponen en el primer puesto lo que vale menos, sacrifican lo más por lo menos para aparecer lo que no son.
Desde aquel entonces sólo han cambiado los contenidos: mientras que en la época de Cristo se apreciaba el tradicionalismo, el ritualismo, el rigor y el legalismo, hoy en día generalmente se admira el progreso, la libertad, el espontaneismo, la tolerancia, el pluralismo, el "diálogo". Al igual que entonces, a estos hipócritas lo que les interesa es el éxito, la carrera, la fama y el honor, y no poner a Dios en el primer puesto, los hipócritas de los tiempos de Cristo se mostraban ejemplares en los valores antes mencionados apreciados entonces, mientras que los hipócritas de hoy se muestran ejemplares en los valores hoy apreciados. Pero a los unos como a los otros no les interesa para nada todos esos valores, excepto en cuanto sirven para obtener un éxito mundano y la afirmación de su ego, que para algunos se asemeja al "Yo Absoluto" de Fichte o de Giovanni Gentile, que es Dios mismo.
Jesús pagó con su vida, como se sabe, su controversia con estos hipócritas, sin ahorrarles sus acusaciones, amenazas e invectivas, no ciertamente por odio hacia ellos, sino más bien, siguiendo el ejemplo de los antiguos profetas, en la tentativa, lamentablemente infructuosa, por sacudir su conciencia y ablandar su "corazón endurecido".
Algunos hoy con modales dulces y tono amigable me dicen: "¡Limítate a enunciar la verdad, mira lo positivo y deja estar lo negativo, no hagas críticas al tal o a tal otro!". Parecen consejos sabios y, a veces, los adopto con convicción. Pero sería un poco como si alguien aconsejara al médico a limitarse a hacer prescripciones para mantenerse en buena salud evitando curar las enfermedades. ¿Qué diríamos de ese médico?
Ciertamente, los males del físico no tienen en nuestro ánimo el mismo efecto que los males del espíritu. Si un médico de confianza nos dice que tenemos determinada enfermedad, sabiendo que se puede curar, recibimos la noticia con alegría y con un sentido de liberación y de esperanza. Pero si un sacerdote o un obispo o un teólogo hace una observación en materia de fe o de moral a algún otro teólogo o párroco orgulloso, lo que ocurre es que se encabritan y quizás se lamentan de haber sido "difamados". Existen superiores modernistas que llegan al punto de prohibir al teólogo normalmente católico de criticar al equivocado, que puede caer incluso en la herejía, mientras lo dejan libremente difundir sus errores entre la gente.
De este breve examen del buenismo vemos cómo se trata de una verdadera desgracia para la Iglesia. Es necesario oponer resistencia con todas las fuerzas, recurriendo a la oración, a la ayuda de Roma y de los buenos pastores, para impedir que esta su obra escandalosa avance, y para defender a la Iglesia de los daños que ellos le causan.
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 14 de noviembre de 2012
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Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum bonismus sit reputandus vera caritas
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod bonismus sit reputandus vera caritas.
1. Quia se exhibet ut misericordia universalis, affirmans omnes salvari, etiam atheos et incredulos, virtute fidei athematicae et gratiae ineliminabilis. Sic videtur quod bonismus impleat voluntatem divinam salutis universalis.
2. Praeterea, ostenditur ut habitus dialogi, aperturae et tolerantiae erga omnes, reverens diversitatem et pacem promovens. Ergo videtur quod bonismus sit forma maxime evangelica caritatis.
3. Item, bonismus innititur sermoni Ioannis XXIII, qui hortabatur praeferre misericordiam severitati. Ergo videtur quod bonismus sit obedientia Magisterio et continuatio Concilii Vaticani II.
4. Denique, bonismus se ostendit ut attentio ad pauperes et servitium boni communis, quod est proprium caritatis christianae.
Sed contra est quod Apostolus dicit: Caritas congaudet veritati (1 Cor 13,6). Et idem hortatur Timotheum: Praedica verbum, insta opportune, importune, argue, increpa, exhortare in omni patientia et doctrina (2 Tim 4,2). Sanctus Augustinus docet misericordiam sine veritate esse deceptionem. Magisterium commemorat caritatem non posse exerceri contempta iustitia divina nec negata existentia inferni.
Respondeo dicendum quod bonismus non est vera caritas, sed eius falsificatio. Caritas vera innititur veritati et iustitiae divinae, dum bonismus veritatem contemnit et iustitiam negat. Bonismus docet omnes salvari, Evangelium redigens ad purum nuntium misericordiae sine condicionibus, infernum et sanctiones divinas negans. Se ostendit ut dialogus et apertura, sed revera est respectus humanus, admodum admodum modis mundanis accommodatus et successum saecularem quaerens. Se ostendit amicum omnibus, nisi catholicis fidelibus Romae, quos despicit et marginalizat. Superiores bonistici exigunt obedientiam absolutam suae lineae, dum ipsi Magisterio et Papae non obediunt, Ecclesiam redigentes ad ambitum sociopoliticum pugnarum potestatis. Angulus ex quo proximum spectant non est sollicitudo de liberatione a peccato et a Satana, sed occasio lucrorum oeconomicorum aut politicorum. Sic bonistici respondent Pharisaeis et scribis temporis Christi, qui sanctos se fingebant sine esse, honorem et gloriam mundanam quaerentes. Crisis hodierna protrahitur per moras, hypocrisim tolerantiae et defectum energiae pastoralis, et populus Dei confunditur ac tentatur sequi impostores. Ipse Iesus vitam dedit in controversia cum hypocritis, conatus concutere conscientiam et emollire cor induratum. Ergo bonismus est vera calamitas Ecclesiae, et necesse est ei resistere precibus, auxilio Romae et bonorum pastorum, ad Ecclesiam defendendam a damnis quae infert.
Conclusio: bonismus, innixus falsificationi caritatis et contemptui veritatis, non est vera caritas, sed pestis combatienda; caritas autem vera innititur veritati et iustitiae divinae et est servitium salutare et necessarium Ecclesiae.
Ad primum dicendum quod salus universalis non potest affirmari sine condicionibus, quia misericordia divina iustitiam et necessitatem conversionis non excludit.
Ad secundum dicendum quod dialogus et apertura veri sunt solum si veritati innituntur; bonismus, veritatem contemnens, non est caritas sed deceptio.
Ad tertium dicendum quod sermo Ioannis XXIII hortabatur praeferre misericordiam severitati, non autem abolere iustitiam divinam nec infernum; bonismus verba eius pervertit.
Ad quartum dicendum quod attentio ad pauperes vera est caritas solum si eos liberare a peccato et ad Deum ducere intendit; bonismus, eos ad instrumentum lucrorum mundanorum redigens, non est caritas sed hypocrisis.
JG
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