domingo, 24 de mayo de 2026

Difamación y crítica teológica

¿Es la crítica teológica un acto de difamación o más bien un servicio de caridad y justicia? ¿No será que quienes se sienten fuertes en el poder modernista recurren a la violencia y al desprecio porque carecen de argumentos válidos? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli denuncia la confusión doctrinal que ha alcanzado incluso a altas autoridades, y recuerda que las doctrinas del Concilio Vaticano II son infalibles en materia de fe. ¿Qué significa entonces reducir la crítica a un expediente mezquino para acallar a los defensores de la verdad? ¿No es más urgente reconocer que de las herejías se puede sanar, y que la verdadera pastoral, inspirada en el Evangelio y en el Concilio, debe corregir con paciencia y firmeza, siguiendo el ejemplo de Cristo y de los santos? [En la imagen: fragmento de "Tentación de Santo Tomás de Aquino", óleo sobre lienzo, del 1632, obra de Diego Velázquez, conservado en el Museo Diocesano de Arte Sacro de Orihuela, España].

Difamación y crítica teológica

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en Riscossa Cristiana el 26 de junio de 2012. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/diffamazione-e-critica-teologica-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)

Uno de los males del período postconciliar, denunciado muchas veces por estudiosos atentos a los asuntos de la Iglesia, es la debilidad de las autoridades para corregir los errores doctrinales, hoy muy extendidos precisamente a causa de este desistimiento de la autoridad, de acuerdo con el simpático lema popular "cuando el el gato duerme los ratones bailan".
Pero lo grave es que en estos últimos años se ha producido una escalation, si así se puede decir, una escalada, en este incumplimiento de su deber por parte de las autoridades: no solo hoy la autoridad se muestra tolerante de la libre propagación de las herejías, privadas de vigilancia, temerosa e inoperante, sino incluso aquí y allá, asustada por el ruido de los modernistas que a menudo han alcanzado posiciones de poder, y cede a un vergonzoso respeto humano que la lleva no solo a ignorar a los pocos que todavía intentan corregir los errores y difundir y defender la sana doctrina, sino incluso a censurarlos o perseguirlos en nombre de vanos pretextos, privados de todo fundamento jurídico y de buen sentido pastoral.
Es un poco como si el médico jefe de un hospital, atemorizado por la presión de los médicos envidiosos hacia un colega celoso y activo, le prohibiera a éste tratar a los enfermos y dejara a los otros ir tranquilamente adelante con su corrupción en daño a los enfermos.
Los modernistas, habiendo alcanzado posiciones de poder, se han convertido en esclavos de una arrogancia y de una consecuente ceguera que les lleva a ignorar las críticas que les dirigen teólogos fieles a la sana doctrina, al Magisterio y al Papa. Y de hecho, reaccionan a estas críticas, acusan fácilmente al católico fiel de "difamación", mostrando con eso mismo abusar de las palabras e ignorar las prescripciones del derecho, de la justicia y de la verdad. Pero a ellos les importa poco, porque se sienten fuertes y piensan poder vencer no con la lealtad y la fuerza del derecho, sino con la prepotencia y la violencia.
Hábilmente enturbian las aguas llamando "difamación" a lo que puede ser una aguda y oportuna crítica teológica, la cual, por así decir, "descubre sus altares" y denuncia sus estafas. Esto obviamente les da un inmenso fastidio, pero como, naturalmente, estando como están en el lado equivocado, no tienen válidos argumentos para defenderse, cuando no se encierran en un despectivo silencio, o reaccionando con insultos, falsas acusaciones y medidas represivas, ellos precisamente, que de buen grado proclaman el "respeto a la diversidad", la "libertad de la investigación" y el "pluralismo teológico" así como el "ecumenismo" y el "diálogo interreligioso", incluso con los "no creyentes".
Por otra parte, con la excusa de la "complejidad" de las cuestiones, se valen de la lentitud para no decir a veces de la insensibilidad de las supremas autoridades romanas, donde también existen sus infiltrados y elementos a ellos complacientes (el reciente hurto de documentos secretos al Papa es un síntoma). La "limpieza" que el Papa invocó en su famosa homilía del Viernes Santo del 2005 necesitaría comenzar a hacerla la propia Curia Romana. O como dijera aquel tal en el Concilio de Trento, como se recuerda: "Los eminentísimos cardenales tienen necesidad de una eminentísima reforma".
Pero lo trágico de hoy no es solo la necesidad de una reforma moral sino de corregir errores doctrinales presentes en el mismo colegio cardenalicio, cosa trágica, acaso jamás sucedida en toda la historia de la Iglesia, ya que, si en el pasado hemos conocido gravísimos cismas con antipapas y enemigos internos de variado género, nunca hasta ahora el error doctrinal -el "humo de Satanás", como decía Pablo VI- había penetrado tan profundamente sin una aparente saludable reacción donde debería brillar esa luz de verdad que ilumina al mundo entero, aún cuando naturalmente esté bien entendido que el supremo Pastor, circundado de buenos obispos, siempre seguirá siendo el infalible guía de los hermanos en el nombre de Cristo. Parece haber llegado el fatal momento de la "abominación de la desolación en el lugar santo" (Mt 24,15), predicho por Cristo como señal del fin del mundo. Sin embargo, creo -es mi simple opinión- que antes de este fin, deberá ser realizada en plenitud la renovación promovida por el Concilio Vaticano II, según el deseo de todos los Papas a partir del Beato Juan XXIII.
En tal sentido se debe decir, y a claras letras, contra incautos y acaso inconscientes defensores de la "Tradición", que también las doctrinas (no hablo de las disposiciones pastorales-disciplinarias) del Concilio Vaticano II son infalibles, según aquello que recentísimamente ha dicho el papa Benedicto XVI a los lefebvrianos: "no debéis decir que en las doctrinas del Vaticano II existan errores".
En tal modo las cuestiones se prolongan durante años e incluso por décadas en medio de tergiversaciones, políticas de avestruz, reprobables demoras, subestimación del peligro, hipócritas tolerancias, respetos humanos, falta de discernimiento y de energía pastoral. Y en tanto el pueblo de Dios permanece confundido, escandalizado, dividido, engañado, desconcertado y tentado de seguir a los impostores con gravísimo daño de falsificar o perder la fe. Los astutos y los hipócritas se aprovechan de ello como esas mismas autoridades que deberían intervenir y no hacen nada, pero esto naturalmente con daño de todos, de los que están arriba y de los que están abajo.
Además, obviamente, de la consecuente falta de credibilidad de esa Iglesia que hoy se quisiera animada por un nuevo impulso misionero. Pero si no se pone remedio a estos males, el hablar de "nueva evangelización" y "recuperación de las raíces cristianas de Europa" se convierten en frases de pura retórica o que suenan a burla.
Reducir la crítica teológica a difamación es el expediente mezquino, deshonesto, desleal y jurídicamente inconsistente de los modernistas, para hacer callar a sus críticos y hacerles pasar por personas incompetentes que no saben lo que dicen o que están animados por la envidia y el rencor por las legítimas autoridades y los probati auctores del establishment modernista, que se considera la punta avanzada de la Iglesia de hoy, después de las prolongadas tinieblas (la "era Constantiniana" o la "era Piana" -de Pío V a Pío XII- como dice Rahner), que han precedido al Concilio Vaticano II, interpretado por ellos ad usum delphini como respaldo a sus errores.
Si de difamación se puede hablar, en todo caso, es aquella perpetrada contra esos pocos valientes que se levantan en defensa de la verdad, de la sana doctrina y del Magisterio de la Iglesia, renunciando a cualquier ambición humana y a posiciones de prestigio. Si yo hubiera querido hacer carrera o tener éxito, ciertamente no habría seguido a Santo Tomás durante 50 años, sino que me habría unido al aquelarre rahneriano. Esto ciertamente no quiere decir que aún hoy no existan todavía en la cima de la Iglesia y en el campo teológico dignísimas autoridades. Serán precisamente ellos, apoyados por el pueblo, quienes harán esa "limpieza" a la que ha llamado y espera el Papa, una limpieza mucho más empeñosa, exigente, delicada e importante que la que se requiere para la eliminación de los residuos y basura en Nápoles.
La difamación -deberíamos saberlo bien- se funda sobre la mentira y está impulsada por el odio o por la envidia. Por esto está justamente castigada por el derecho. La crítica teológica es "difamación" sólo para los teólogos que tienen la cola de paja, primeras estrellas de cartel en el teatro que no soportan ninguna crítica, espíritus que están hinchados de sí mismos, resentidos y susceptibles, incapaces de oponer válidos argumentos porque no los tienen, sofistas que seducen o encantan a la gente con su show de bufones o de falsos profetas o de falsos genios de un frívolo romanticismo, hoy pasado de moda.
La crítica teológica se distingue esencialmente de la difamación porque está basada en la verdad y está animada por el desinterés, la caridad y la justicia. Ciertamente ella luego detecta con prudencia, valentía y rigor científico, defectos y errores comprobados y puede inicialmente herir el orgullo o comprometer la fama del que se equivoca, también puede suscitar una cierta indignación o escándalo en los seguidores del equivocado, ya sea que lo sigan en buena o mala fe.
Pero en el fondo la intervención de la crítica, por dolorosa y perturbadora que pueda llegar a ser inicialmente, a diferencia de la difamación que sólo es destructiva, es saludable, como la intervención de un médico bueno y experimentado que denuncia con franqueza un mal oculto, pero con la intención y la posibilidad de curarlo, si tan solo el enfermo se deje curar.
Lamentablemente, los médicos saben muy bien que existen enfermos que no reconocen sus enfermedades y, por tanto, no quieren ser curados. Desgraciadamente, esto también sucede en el campo del espíritu, con la diferencia de que aquí los males, por graves que sean, como por ejemplo la herejía, si el enfermo es humilde, dócil, arrepentido y quiere sanar, siempre se pueden curar, a diferencia del campo de la vida física, donde, como bien se sabe, si surge una enfermedad grave, no se cura ni siquiera con los mejores médicos ni con toda la buena voluntad de curar.
Es necesario meterse en la cabeza de una vez por todas, contra una cierta mentalidad catastrófica, intrigante y sombría del pasado, que de las herejías se puede curar. Y es con esta mentalidad que es necesario afrontarlas (en este sentido, quisiera señalar un libro mío dedicado a este grave y urgente problema: La questione dell’eresia oggi, Edizioni Vivere In, Monopoli, 2008). De otro modo, ¿qué es la conversión? ¿Qué cosa es la metanoia de la que habla san Pablo? ¿Es abandonar las propias certezas para seguir las modas, como algunos estúpidamente han sostenido, es renunciar a conservar la verdad para abrazar las fábulas, con el pretexto de lo "nuevo" y de lo "avanzado" o no es ante todo reconocer humildemente haberse equivocado o haber quizás caído inconscientemente en la herejía, prontos para corregirse y para abrazar la verdad?
Así como existen progresos en la medicina, por los cuales hoy se curan enfermedades en otro tiempo incurables, otro tanto sucede hoy con una pastoral más evangélica que en el pasado, inspirada en el Concilio Vaticano II, que permite curar aquellas enfermedades del espíritu, hacia las cuales en otro tiempo se era demasiado intolerante y por que con dureza y demasiada prisa se adoptaban métodos represivos en lugar de iniciar una paciente y caritativa obra pastoral de recuperación y corrección, siguiendo el ejemplo de los grandes santos del pasado, comenzando por el ejemplo supremo de Jesucristo, con la enorme paciencia pero también firmeza que tuvo en la obra educativa y correctiva de sus apóstoles, que luego se convirtieron en luz del mundo y sal de la tierra.
Se habla mucho de diálogo, pero a menudo los grandes maestros del "diálogo", víctimas de gruesos errores filosóficos y teológicos, no toleran la más mínima observación hecha por otra parte por teólogos doctos, caritativos y plenamente fieles a la buena doctrina y al Magisterio de la Iglesia. Ellos "dialogan" sólo con quienes comparten sus errores, así como con los exponentes de las doctrinas más estrafalarias y anticristianas, rechazando desdeñosamente las advertencias, los reclamos o las críticas de cualquier tipo hecho por sus hermanos de fe.
Esperamos que el próximo Año de la Fe sea ocasión para todos -porque nadie es infalible- para una sincera revisión de nuestras ideas, para ver si son verdaderamente conformes a la sana razón, a la verdad del Evangelio y a la doctrina de la Iglesia, en un renovado empeño de profundización de la verdad y de comunicación de la misma a toda la humanidad.

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 22 de junio de 2012

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum critica theologica sit reputanda diffamatio

Ad hoc sic procediturVidetur quod critica theologica sit reputanda diffamatio.
1. Quia laedit superbiam et minuit famam eorum qui reprehenduntur, et potest excitare scandalum atque indignationem in sectatoribus eorum, quod est proprium diffamationis. Videtur enim quod, cum tangat existimationem personarum auctoritate praeditorum, critica convertatur in impetum personalem magis quam in servitium veritatis.
2. Praeterea, modernistae affirmant criticam esse diffamationem, quia dehonestat legitimas auctoritates et probatos auctores, faciens eos videri incompetes aut invidos et rancorosos. Sic videretur quod critica fidem populi in suis pastoribus et in theologis praeclari nominis minuat.
3. Item, critica theologica potest videri destructiva, quia defectus et errores denuntiat, et ideo assimilatur diffamationi quae famam hominum destruit. Dicitur enim quod, cum defectus doctrinales ostendat, critica non aedificat unitatem sed potius dividit et confundit.
4. Denique, si Ecclesia quaerit unitatem et pacem, critica quae dividit et opponit videretur esse contraria caritati, et ideo diffamatoria. Videtur enim quod insistentia in erroribus ostendendis plus discordiae quam concordiae generet, debilitans missionem evangelizatoriam.

Sed contra est quod Apostolus dicit: Omnia probate, quod bonum est tenete (1 Thess 5,21). Et idem hortatur Timotheum: Praedica verbum, insta opportune, importune, argue, increpa, exhortare in omni patientia et doctrina (2 Tim 4,2). Sanctus Augustinus docet correctionem fraternam esse opus caritatis. Magisterium commemorat defensionem veritatis esse officium cuiuslibet fidelis et criticam in doctrina fundatam esse legitimam.

Respondeo dicendum quod critica theologica essentialiter diffamatione distinguitur. Diffamatio innititur mendacio et impellitur odio vel invidia, et ideo iure merito punitur. Critica theologica vero innititur veritati et movetur ab animi puritate, caritate et iustitia. Prudenter, fortiter et rigore scientifico defectus et errores comprobatos detegit, intentione corrigendi et sanandi. Potest quidem primo laedere superbiam aut famam errantis, sed est salutaris, sicut interventus medici qui malum occultum denuntiat ad curandum. Mala spiritus, etiam haeresis, sanari possunt si infirmus humilis et docilis est. Reducere criticam ad diffamationem est artificium turpe et inhonestum modernistarum ad silendos adversarios, qui validis rationibus carent. Crisis hodierna protrahitur per moras, hypocrisim tolerantiae et defectum energiae pastoralis, et populus Dei confunditur ac tentatur sequi impostores. Vera pastoralis, Evangelio et Concilio Vaticano II inspirata, debet corrigere cum patientia et firmitate, exemplo Christi et sanctorum. Ergo critica theologica est necessaria ad salutem Ecclesiae et non potest cum diffamatione confundi.
Conclusio: critica theologica, innixa veritati et caritati, est servitium salutare et necessarium Ecclesiae; diffamatio autem, innixa mendacio et odio, est destructiva et repudianda.  

Ad primum dicendum quod laedere superbiam aut famam non est diffamatio si fit in veritate et intentione corrigendi; immo est medicina dolorosa sed salutaris.
Ad secundum dicendum quod modernistae vocant diffamationem criticam quia validis rationibus carent; sed critica legitima non iniuste dehonestat, sed veritatem defendit et populum a confusione protegit.
Ad tertium dicendum quod critica non est destructiva sed correctiva; diffamatio sine remedio destruit, critica autem sanare et fidem corroborare intendit.
Ad quartum dicendum quod unitas et pax Ecclesiae fundantur in veritate; ergo critica quae errorem corrigit est opus caritatis et non diffamationis, et sine ea unitas esset apparens et fallax.
   
JG

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