martes, 26 de mayo de 2026

La Misa más allá del novus ordo y del vetus ordo. La Misa es más importante que sus diversas modalidades rituales

¿Es la Misa un campo de batalla entre lefebvrianos y modernistas, o el corazón vivo de la Iglesia que exige unidad y misericordia? ¿No será que la verdadera cuestión está más allá del novus ordo y del vetus ordo, en la esencia misma del sacrificio de Cristo actualizado en cada altar? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli denuncia las profanaciones y las herejías que acechan a la liturgia, recuerda que no existe Pascua sin Cruz y que la Misa es el alma de la Iglesia, fuente de gracia y comunión. ¿Qué cristianismo puede subsistir sin Misa? ¿Quién falta más hacia la verdad: los que se obstinan en rubricismos o los que vacían la Misa de su sentido sacrificial? Frente a la tentación de la división y del desprecio, se plantea la urgencia de una palabra clara del Papa que recuerde que la Misa es única, absoluta, y que sus formas rituales son relativas y contingentes. ¿Podrá la Iglesia superar las discordias y mostrar al mundo, desde la Misa, la fraternidad que la hace creíble en su misión?

La Misa más allá del novus ordo y del vetus ordo
La Misa es más importante que sus diversas modalidades rituales ¹

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli, publicado en su propio blog en dos partes, los días 2 de septiembre: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/la-messa-al-di-la-del-novus-ordo-e-del.html, y 3 de septiembre de 2021: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/la-messa-al-di-la-del-novus-ordo-e-del_3.html)

La abominación de la desolación en el lugar santo (Mt 24,16)
   
Asistimos ya desde hace décadas, desde el inmediato postconcilio, a una continua disminución de los asistentes a la Misa, acompañada de decenas de miles de sacerdotes que, sobre todo en los años '70, abandonaron el ministerio. ¿Era esto lo que quería el Concilio? Todo lo contrario. El Concilio se propuso, entre otras cosas, con el objetivo de aumentar el número de los fieles y de las vocaciones sacerdotales.
Pero entonces, ¿por qué las cosas han resultado así? ¿De quién es la culpa? Tenemos dos respuestas a esta pregunta, ambas equivocadas: la de los lefebvrianos, que culpan a las doctrinas del Concilio y a la consiguiente reforma de la Misa de san Paulo VI de 1969, reforma que, según ellos, desacralizando la Misa a la manera protestante, habría provocado desamor en los tibios, frialdad en los incrédulos, repugnancia en los fervientes, escándalo en los fieles a la Tradición, equívoco en las almas engañadas por los modernistas.
La otra respuesta es la de los modernistas, los cuales, falsos intérpretes de la reforma conciliar, no se han preocupado en absoluto por esta sangría, y al mismo tiempo propagadores de herejías referidas a la Misa y de modos abusivos e irregulares por no decir sacrílegas de celebrar con el novus ordo, hacen creer a muchos con picardía que este desastre no fue más que el proceso normal de rejuvenecimiento promovido por el Concilio y el amanecer de un "giro epocal".
Equivocada la primera respuesta, porque la culpa no es del Concilio, sino de los modernistas, los cuales, con la difusión de sus herejías, han hecho perder la fe a muchos católicos para transformarlos en criptoprotestantes, agnósticos, materialistas, panteístas, masones, etc.
Equivocada es la segunda respuesta, digna de irresponsables y de hipócritas, en el fondo felices de que las cosas hayan ido así, llorando lágrimas de cocodrilo por un desastre que ellos mismos provocaron.
A estas décadas de tristísimas sangrías, a este angustioso estilicidio se ha sumado la disminución de fieles a la Misa, disminución ora razonablemente motivada como profilaxis contra el contagio de la pandemia, ora pretexto para quienes eran ya vacilantes y inciertos. Lo penosísimo es que algunos analistas católicos de este fenómeno, los cuales no brillan por perspicacia, lo reconducen solamente a la prueba que estamos sufriendo por la pandemia, dando muestras de una increíble superficialidad, que no puede o no quiere ver las causas profundas, espirituales, del fenómeno, que es una generalizada crisis de fe en la Misa, provocada por las mentiras de los modernistas y por el conservadurismo de los lefebvrianos, los cuales creen estar todavía en los tiempos de san Pío V.
Faltan teólogos y liturgistas sabios, equilibrados e imparciales, los cuales, a la luz de las verdaderas intenciones del Concilio y de los Papas del postconcilio, sepan poner de acuerdo las exigencias de la tradición con las del progreso, las de la conservación con las de la renovación, haciendo comprender que existe y debe existir un progreso en el sucederse de los diversos modos de celebrar a lo largo de los siglos, de modo que con el sucederse de estos diversos ordo Missae, la Iglesia en el curso de la historia, activada por el soplo del Espíritu, celebra cada vez mejor esa misma Misa que Cristo ha instituido en la Última Cena.
Sucede, en cambio, que asistimos hoy a una polarización absolutamente inaceptable entre partidarios de la Misa novus ordo y partidarios del Misa vetus ordo, de modo que el momento místico que debería marcar la experiencia de la máxima unidad y comunión fraterna, el factor supremo de esta unidad y comunión, es horriblemente profanado por una contraposición y un conflicto irrazonables y odiosos, que solo pueden ser inspirados por el diablo.
En lugar de lo sagrado está el sacrilegio; en lugar de lo sublime lo banal; en lugar de la comunión fraterna, el desprecio mutuo; en lugar de la obediencia, la anarquía y la rebelión. En lugar de un concepto ortodoxo de Misa, un concepto herético. Tradición y progreso vienen a ser contrapuestos, cuando deberían integrarse recíprocamente. Misa tridentina y Misa reformada la una contra la otra, cuando ellas son fundamentalmente la misma Misa de siempre, instituida por Nuestro Señor en la Última Cena. ¿Se puede seguir adelante de este modo?
El Papa se esfuerza por encontrar una solución, por poner paz en las almas, por estimular y responsabilizar a los obispos como moderadores de las celebraciones litúrgicas, por promover la unidad en peligro, por recordarnos la sacralidad suprema y la altísima dignidad de la Misa, de la lex orandi como lex credendi, por repristinar la comunión socavada, por disciplinar y reglamentar la práctica del novus ordo y del vetus ordo, para que ellos puedan coexistir pacíficamente y complementarse entre sí, en la libertad de los fieles para acceder al uno y al otro rito.
El Papa hace el intento de volver a llamar a los extremistas y a los cismáticos, de consolar a los afligidos, de orientar a los desorientados, de calmar a los febriles, de certificar a los inciertos, de quitar las amarguras, de suprimir los abusos de ambas partes, de hacer dialogar las dos facciones de los lefebvrianos y de los modernistas, de recomponer un contraste entre ellos que se prolonga desde hace sesenta años. ¿Quiénes son los cismáticos que el Papa pretende reconducir a la plena comunión eclesial?

La posición de la Comunidad Sacerdotal San Pío X

Son aquellos que 1) rechazan el novus ordo como filo-protestante; 2) rechazan las doctrinas del Concilio como modernistas; 3) rechazan como modernista el magisterio de los Papas del postconcilio.
Entre estos cismáticos se encuentra evidentemente la Comunidad Sacerdotal San Pío X, como se desprende con claridad de las recientes declaraciones del Superior mons. Fellay.
En carta oficial del 15 de abril de 2013, Monseñor Fellay declaró a todos los fieles de la fraternidad: "sobre la aceptación total del Concilio Vaticano II y la misa de Pablo VI, por lo tanto, en el plano doctrinal seguimos estando en el punto de partida, tal como ha estado puesto en los años '70 por monseñor Lefebvre".
El 27 de junio de 2013, tenemos la declaración definitiva en el vigésimo quinto aniversario de las consagraciones episcopales por parte de Lefebvre. En ella se recuerda el "acto heroico" de la ordenación de los cuatro obispos, y después se reitera que: "la causa de los graves errores que están demoliendo la Iglesia no reside en una mala interpretación de los textos conciliares... ¡sino en los textos mismos!... Este Concilio tiene un magisterio empeñado en conciliar la doctrina católica con las ideas liberales, un magisterio imbuido de los principios modernistas del subjetivismo... la Iglesia está prisionera de este espíritu liberal que se manifiesta evidente en la afirmación de la libertad religiosa, en el ecumenismo, en la colegialidad episcopal y en el nuevo rito de la misa".
El hecho de que el papa Francisco durante el Año Santo de la Misericordia del 2016 haya concedido benévolamente a los sacerdotes de la Comunidad lefebvriana la jurisdicción necesaria para confesar, no quita esta situación objetiva cismática. En efecto, un sacerdote válidamente ordenado, como es el caso de los sacerdotes lefebvrianos, es verdadero sacerdote, aunque sea sacerdote cismático, porque tienen un concepto ortodoxo del sacerdocio, a diferencia de ciertos sacerdotes modernistas, aunque se hallen oficialmente en comunión con la Iglesia, los cuales, por su concepción rahneriana del sacerdocio, pueden ejercer el ministerio aunque su estado sacerdotal sea nulo.
Igualmente, el hecho de que el papa Benedicto XVI haya levantado en 2009 la excomunión de los cuatro obispos lefebvrianos, no sana esta situación de fractura de la comunión eclesial. En efecto, para esa ocasión el papa Ratzinger hubo de decir que hasta que la Comunidad no hubiera aceptado las doctrinas del Concilio, no podía ser considerada en plena comunión con la Iglesia.
Los lefebvrianos no están excomulgados oficial y formalmente; pero esto no quita su estado de cismáticos. Están fuera de la comunión de facto, incluso si el Papa no ha irrogado una excomunión en sentido canónico. Pero la Comunidad no está canónicamente reconocida por esta actitud cismática.

El Papa llama a todos a la unidad en la legítima diversidad

Por otra parte, el Papa hace bien en convocar a todos los católicos, por consiguiente también a los lefebvrianos, en torno a la Misa novus ordo, dejando al mismo tiempo a los devotos del vetus ordo una justa libertad de frecuentarla. Es del todo comprensible y, de hecho, es su deber, dar la preferencia al novus ordo, en cuanto se trata de aquella modalidad de la Misa que ha surgido de la reforma querida por el Concilio en sustitución de la Misa de san Pío V reformada por san Juan XXIII en 1962.
Sin embargo, si se nos permite una opinión, nos gustaría decir que comprendemos muy bien el dolor del Papa por los hijos rebeldes de ambos lados. Sin embargo, tenemos la impresión de que el Papa pone demasiado el acento sobre la cuestión de la elección entre novus ordo y vetus ordo, y demasiado poco sobre la mayor importancia y atención para que todos acudan a la Misa como tal, más allá de su forma novus ordo o vetus ordo, así como una cosa debe ser evaluada por lo que en ella es sustancial en ella más que por lo que es accidental.
Lo accidental pasa; la cosa permanece. Quien tiene una cosa está satisfecho con poseerla sustancialmente. Que la cosa posea accidentalmente este o aquel accidente, poco interesa, incluso si es cierto que tenemos todo el derecho a preferir una cosa con ese determinado accidente o con esa determinada modalidad, en lugar de con otro accidente u otra modalidad.
Nos parece en particular que encontramos en el Motu proprio del Papa una injusta disparidad de tratamiento entre los devotos de la Misa vetus ordo y los de la Misa novus ordo. De hecho, el Papa habla de "cismáticos" sólo en referencia a los primeros y no a los segundos. En efecto, si por desgracia es cierto que entre los devotos del vetus ordo hay quienes rechazan el novus ordo como filoprotestante y rechazan las doctrinas del Concilio Vaticano II y de los Papas postconciliares por ellos considerados modernistas, es sin embargo igualmente cierto que entre los devotos del novus ordo existen modernistas, los cuales exteriormente quizás celebran la Misa de manera correcta, pero tienen un concepto herético de la Misa, del sacerdocio, de la Eucaristía y de la redención de Cristo o en otros campos.
Los modernistas, cuando no cometen abusos o profanaciones o deficiencias en el modo de celebrar, se basan sobre esas concepciones heréticas mencionadas anteriormente. Ahora bien, quien celebra una Misa infectada por un concepto herético de Misa, claramente celebra una Misa inválida y nula. Se trata solo de una puesta en escena. Es el típico culto "con los labios y no con el corazón", contra el cual ya se lamentaban los profetas del Antiguo Testamento y el mismo Jesucristo. Aparte del hecho de que no es raro el caso de que los modernistas inserten herejías en sus homilías.
Ciertamente, si exteriormente el modernista ejecuta con precisión y corrección todas las rúbricas y las reglas litúrgicas, los fieles, que sólo ven el exterior, cumplen el precepto festivo y hacen válidamente la Comunión, porque en tal caso la gracia de la Iglesia suple la invalidez de la celebración.
Sin embargo, no podemos dejar de constatar que circulan respecto a las cosas antes mencionadas, herejías, que en mi opinión, es necesario señalar y refutar, porque difunden entre los fieles ideas falsas que los alejan de una recta concepción de la Misa.
Por ejemplo, ¿qué Misa es aquella concebida por un Schillebeeckx, que no cree en la divinidad de Cristo, niega el primado del cristianismo sobre las otras religiones, niega la inmutabilidad del dogma, admite que cualquier bautizado puede decir Misa, y niega el doctrina de la transubstanciación?
¿Qué Misa es aquella celebrada por el rahneriano, que niega la función expiatoria del sacrificio de Cristo, niega que el poder de consagrar caracterice la esencia del sacerdocio, defiende el sacerdocio de la mujer, concibe la gracia como vértice de la naturaleza, niega la universalidad del la ley natural y la inmortalidad del alma, dice que todos están en gracia, concibe el mundo destino de Dios, confunde el pensamiento humano con el pensamiento divino?
¿Qué Misa es aquella de los seguidores de Kiko Arguello ², que concibe la Misa solo como evento creativo y carismático, desvinculado de su relación con el carisma jerárquico, de modo tal que la Misa ya no está regulada por las directivas de la Jerarquía, sino por la fantasía, por la emoción y la sensualidad ocasionales del sujeto, hecha pasar por inspiración e impulso del Espíritu Santo?
Esta desviación libertina y psicoemotiva fue desgraciadamente favorecida por el cardenal Suenens, en quien en un primer momento san Paulo VI había depositado mucha confianza, pero de quien recibió una amarga desilusión, cuando Suenens le dejó intuir su falsa piedad.
Kiko Arguello cambia el concepto de Misa afirmando que no radica en ser un sacrificio, sino en ser la "celebración del Misterio de la Pascua" ³ y aprueba a Lutero por haber rechazado la doctrina de la transubstanciación ⁴.
Argüello sostiene que en el Concilio "no se ha hablado ya del dogma de la Redención" ⁵; el pecado no es una ofensa a Dios, sino solo al prójimo o para uno mismo ⁶. Por lo tanto, no hay necesidad de una expiación, de una reparación o de satisfacción por los pecados. El Concilio de Trento se equivoca cuando dice que Cristo "satisfecit Deo Patri pro nobis" ⁷. Según Argüello, "las ideas sacrificiales y sacerdotales" son propias del paganismo; "la idea del sacrificio" hace "retroceder al Antiguo Testamento" ⁸. Pero, ¿Cristo en la Misa no se ofrece para la remisión de los pecados?
Para Argüello el hombre es pecador y por consiguiente "no puede hacer otra cosa. Y no tiene culpa" ⁹. Por lo tanto, es inútil "esforzarse" por cumplir la ley y "arrepentirse del pasado"; "nuestros pecados han sido perdonados" ¹⁰. No es necesario ningún esfuerzo de la voluntad, no se necesita ningún mérito, porque "la vida eterna nos viene regalada gratuitamente", aunque seamos los peores pecadores ¹¹. El cristiano, en cuanto agraciado, por Cristo, es Cristo mismo ¹². Se nota aquí un eco del panteísmo cristológico de Eckhart.
Pero entonces, si nuestras obras no sirven para salvarnos, ¿para qué celebrar la Misa? ¡Todos estamos salvados por pura gracia y misericordia de Dios! Sigamos por lo tanto tranquilamente nuestros instintos, nuestras emociones y nuestras pasiones, con la certeza de que, si tenemos fe de estar salvados, nosotros estamos efectivamente salvados ¹³. Es suficiente tener la "absoluta confianza en que Dios nos ama" ¹⁴, cualquier cosa hagamos o no hagamos.
¿Entonces Dios no reprueba y no castiga a nadie? A nadie, sino que todos son beneficiarios de su misericordia incondicionada. ¿Pero entonces, de qué sirve ofrecer un sacrificio por los pecados? Según Argüello quiere decir que no tenemos confianza en la divina misericordia.
Según Argüello, por otra parte, la Misa no es imploración de la divina misericordia, porque estamos ya misericordiados, no supone el arrepentimiento por nuestros pecados y el propósito de no cometerlos más y de hacer penitencia, todas cosas inútiles y de hipócritas, no es la aceptación serena de los merecidos divinos castigos en espíritu de reparación y con la voluntad de arrepentirnos, no debemos reparar nada, no es esperanza de salvación y de resurrección, no es agradecimiento (eucaristía) por habernos hecho gracia. No. Para él, la Misa es simplemente la fiesta para ser salvados y resucitados desde ahora ¹⁵.
¿Una Misa novus ordo de este tipo es preferible al vetus ordo de los lefebvrianos? ¿Quién falta más hacia la Misa? ¿Los lefebvrianos, las ovejas negras de la Iglesia, o los seguidores de Schillebeeckx, de Rahner y de Kiko Argüello, admirados y tratados con todos los honores en vastos ambientes de la Iglesia?
¿Comete pecado más grave el sacerdote que se obstina en querer la balaustrada y el manípulo, que no quiere a la monja en el presbiterio, que se niega a dar la Comunión en la mano, que da la espalda al pueblo, que, en definitiva, celebra la Misa vetus ordo, o el sacerdote -admitiendo que sea verdadero sacerdote- que celebra el novus ordo en modo "creativo" con la cabeza llena de inmundicia, de hipocresía, de blasfemias y de impiedad?

Se trata de un asunto serio

Está en juego la esencia de la Misa. Los modernistas y los protestantes, con el pretexto del ecumenismo e instrumentalizando la apertura ecuménica de la Misa novus ordo, trabajan por una profanación y una secularización de la Misa. De sagrada convocación del pueblo de Dios en torno al altar en el cual el sacerdote ofrece incruentamente el sacrificio de Cristo, la quieren reducir a asamblea de condominio (Schillebeeckx, Radcliffe), a reunión misteriosófica (Rahner, Lotz), a mitin político (Gutiérrez, Boff), a bailanta (Argüello), a lección de teología (Barzaghi).
El Misa vetus ordo constituye un baluarte contra este diabólico intento. Pero al mismo tiempo el Misa vetus ordo no tiene esa legítima capacidad de agradar a los protestantes, mientras que la Misa novus ordo, en cambio, acercándose a los protestantes, los acerca a la Misa.
La Misa es el alma de la Iglesia, de la unidad y de la comunión eclesial, la fuente y la cumbre de toda la vida cristiana, la fuente inagotable del "agua viva, que brota para la vida eterna" (cf. Jn 4,14).); en la Eucaristía está el origen divino de todas las gracias del cuerpo y de la sangre de Cristo para la remisión de los pecados; la convocación y la reunión del pueblo santo que se ofrece a sí mismo por las manos del sacerdote y junto a la ofrenda del sacerdote, que ofreciéndose a sí mismo por el pueblo, ofrece al Padre en la fuerza del Espíritu Santo, el sacrificio del Hijo, rationabile obsequium, un sacrificio de expiación y de redención, de amor, de reconciliación y de paz, de honor, alabanza y gloria al Padre.
En torno a la Misa se están desencadenando los poderes del inframundo, conscientes de que en torno a la Misa se juega el destino de la Iglesia y de la humanidad. Ha surgido la discordia precisamente donde los corazones deberían estar mayormente unidos. El "inicuo", del cual habla san Pablo (2 Ts 2,3) quiere instalarse en el templo de Dios. Se acumulan en torno a la Misa, faro de la verdad, las peores herejías. Donde debería triunfar el amor, he aquí el odio desenfrenado. Aquella que es escuela de virtud está insidiada por los vicios. Es necesario entonces, ahora también, que el Señor expulse a los mercaderes del templo.
El Papa es el sumo pontífice y sumo sacerdote, sumo custodio y moderador de la liturgia, de la disciplina y de la administración de los sacramentos, de la plegaria eclesial, de la adoración eucarística, del culto divino. A él le compete la tarea suprema de reunir al pueblo de Dios en torno al altar. Al Vicario de Cristo le compete supremamente la tarea de ofrecer el Santo e Inmaculado Sacrificio en alabanza y gloria del Padre en el poder del Espíritu Santo, por los vivos y por los difuntos, por toda la Iglesia, con toda la Iglesia terrenal y celestial que en torno a él se reúne.
El papa Francisco ha hablado a menudo de misericordia y a menudo la ha practicado. Pues bien, ha llegado el momento en el cual la Iglesia misma le pide misericordia, herida en el corazón por esta atroz situación, que toca el corazón de la Iglesia, que es la Misa.
Ha llegado el momento en el cual es necesario él la ejercite más que nunca, porque más que nunca ella tiene necesidad de ser ejercitada en el interior de la Iglesia y en el corazón de la Iglesia: por él hacia los necesitados de misericordia y por los hermanos hacia los hermanos.
Recientemente ha emanado una bella encíclica sobre la fraternidad universal, base de esa fraternidad sobrenatural de los hijos de Dios nacidos del bautismo. Pues bien, ha llegado el momento de que los hermanos se muestren hermanos en el interior de la Iglesia y en el corazón de la Iglesia, éste es el momento de dejar de considerar lo diferente como enemigo, de "exagerar las diferencias", como dice el Papa en el Motu-proprio, cesar del doble juego y tomar posición neta y clara por Cristo contra el mundo para la salvación del mundo, de implementar un esfuerzo supremo para que cesen las discordias, las envidias, los protagonismos, los cismas, los partidismos, los extremismos, las herejías, las divisiones, las apostasías, los escándalos.
Que triunfen el equilibrio, la mediación, la calma, la síntesis, la armonía, el diálogo, el discernimiento, la benevolencia, la discusión serena y constructiva, la reciprocidad, el amor recíproco, la legítima libertad, la obediencia a la ley, para que la Iglesia misma sea creíble en su predicación al mundo de la fraternidad y como fautora de paz y de reconciliación entre las naciones, los pueblos y los fieles de las diversas religiones.

Algunas sugerencias al Papa

Quisiéramos suplicar y aconsejar al Papa, en esta situación dolorosa, escandalosa y dramática, que asuma plenamente con la fuerza del Espíritu Santo y la intercesión de María Reina de la paz, todo su oficio de maestro y padre común de todos los católicos, de supremo garante y fautor de la caridad recíproca entre los hermanos, de destructor de la mentira y de la división, de promotor de la diversidad en la unidad, que emane una carta pastoral o una exhortación apostólica sobre la Misa, que podría intitularse Sacrificium laudis o algo por el estilo, un documento en el cual recordar la institución de la Misa en relación al Calvario, el sacerdocio, la eucaristía, la Comunión, la irradiación de la gracia que promana de la Misa, la Misa como prefiguración del banquete escatológico y de la Jerusalén celestial.
El Papa podría explicar por otra parte los siguientes puntos. En primer lugar, de una comparación entre el novus ordo y el vetus ordo resulta evidente que uno de los motivos que han generado la reforma del rito de la Misa es un motivo ecuménico. San Pío V fijó el nuevo rito de la Misa en el curso de la tremenda lucha anti-luterana, que sumió tonos trágicamente sangrientos, como sucedió por ejemplo en la famosa "masacre de San Bartolomé" de 1572, bajo el pontificado de Gregorio XIII, pocos meses después de la muerte de san Pío V. Estaba en ese momento en juego no tanto la salvación de este o aquel modus celebrandi, sino la existencia misma y la autenticidad de la Misa, negada, enfangada y befada por los luteranos.
El Papa debería también explicar que novus ordo y vetus ordo no son dos absolutos en oposición entre sí, por lo que se deba por fuerza elegir el uno u el otro. En efecto, el absoluto es uno solo: si se elige uno, por fuerza se deberá rechazar el otro. Ahora bien, con respecto al novus o al vetus ordo, no se está obligado a hacer una elección tan drástica, como si fuera entre el bien y el mal. El uno y el otro ordo son relativos y funcionales a ese inmutable absoluto, que es la Misa. La Misa, esta sí, debe ser elegida en modo absoluto e incondicionado.
En cuanto relativos, sin embargo, el novus y el vetus ordo son simplemente diferentes entre sí, según la regla del et-et. Si, por el contrario, se hace de ellos cuestión de absoluto, se aplica la regla del aut-aut: o es absoluto A o es absoluto B. Dos relativos pueden estar juntos, pero no así dos absolutos, porque el uno excluye al otro. Y si el papa Francisco ha dicho que la diversidad de las religiones es querida por Dios, aún con mayor razón será querida por Dios la diferencia entre novus ordo y vetus ordo, entrambos pertenecientes a la religión católica.
Además, del Motu proprio Traditionis custodes no resulta clara la relación entre novus ordo y vetus ordo. Se tiene la impresión de que el vetus ordo esté privado de cualidades positivas y que sea simplemente tolerado. Para evidenciar esta relación, el papa Benedicto había encontrado dos denominaciones, respectivamente "rito ordinario" y "rito extraordinario", que ayudaban a comprender esta relación.
El papa Francisco se limita a hablar del rito precedente y rito actual. Pero tal distinción no traduce suficientemente la idea de la relación, porque algo precedente puede estar en antítesis con lo actual. Por lo tanto, sería bueno repristinar la distinción de Benedicto o, en cualquier caso, encontrar otra equivalente. Aunque de hecho el novus ordo haya reemplazado al vetus, esto no quita que tenga sus propias cualidades peculiares que no se encuentran en el novus.
Por otra parte, el vetus ordo fue concebido en función anti-luterana; el novus tiene un valor ecuménico. Está claro que este valor debe ser mantenido e incrementado en su recta interpretación. Pero hasta que los hermanos luteranos no abandonen sus errores sobre la Misa, el mantenimiento del vetus ordo puede servir para recordarles que la Iglesia mantiene la condena de esos errores. Si en cambio -y este es el error de hoy-, mostramos desprecio por el vetus ordo, enfatizamos excesivamente el novus, dejando que él sea interpretado en sentido luterano, sin una suficiente represión de los abusos, está claro que no ayudamos a los hermanos luteranos a apreciar el valor de la Misa e impulsamos a los católicos a creer que la Iglesia haya legitimado la Cena protestante.
Por otra parte, una diferencia entre el vetus y el novus ordo es el diferente equilibrio puesto en los dos ordo entre el misterio de la pasión y muerte del Señor y su resurrección, entre el Viernes Santo y la Pascua.
La Misa tridentina pone en primer plano y con razón la actualización incruenta del Sacrificio de Cristo, pero en vista y en la espera de nuestra resurrección. Está claro que incluso para el Concilio de Trento el sacrificio de Cristo no es fin en sí mismo: sería un oprobioso masoquismo. Cristo se ha sacrificado para donarnos la vida eterna, que inicia desde aquí abajo precisamente con la participación en la Misa.
Por otro lado, Cristo, víctima sobre el altar es evidentemente Cristo resucitado, pero es simultáneamente el Cordero inmolado. Sobre el altar el recuerdo de la muerte de Cristo hace 2000 años es trascendido en el actuarse del Sacrificio de la Cruz, que significa y produce la victoria de la vida sobre la muerte. Sobre el altar, Cristo no está muerto, sino que místicamente muere sobre la Cruz para resucitar.
El novus ordo tiene en cuenta todo esto, pero acentúa la alegría de la Pascua. En eso Kiko Arguello tiene razón. Él sin embargo olvida que la Pascua es efecto de la Cruz, actualizada por el sacrificio de la Misa. No existe Pascua sin Cruz. Y así retornamos a la Misa tridentina. Por lo tanto, vemos que entre Misa reformada y Misa tridentina existe un vínculo inescindible. Si se rompe este ligamen, ya no se comprende qué es la Misa. Estas cosas el papa Francisco debería decirlas claramente.
Otra cosa que quisiéramos decir al Papa. Él ha dicho en el Motu-proprio que las restricciones a la celebración del vetus ordo ha debido tomarlas, aunque con dolor, para frenar a aquellos "cismáticos", los cuales, aprovechándose de la libertad concedida por Benedicto con su Motu proprio Summorum Pontificum, han transformado aquel Motu proprio en un estandarte y en un signo de reconocimiento de quienes acusan al novus ordo de filoluteranismo y se oponen a las doctrinas del Concilio y del magisterio pontificio postconciliar.
Ahora bien, cabe observar que no todos los devotos del vetus ordo son cismáticos de este tipo. El Papa, por lo tanto, habría debido precisar con más claridad que las medidas restrictivas no valen indiscriminadamente para todos los devotos del vetus ordo, sino solo para los cismáticos.
Por lo demás, en lo que respecta a la tradición, el Papa podría hacer presente que es falso el rumor de que el novus ordo habría sido hecho "en el escritorio" en modo apresurado y por mentes bizarras, ignaras de pastoral, y proclives al gusto secularista de hoy. En realidad lo cierto es lo contrario: la reforma ha nacido y ha sido decidida a partir de profundizados estudios históricos iniciados ya en siglo XIX ¹⁶, los cuales han recuperado tradiciones antiquísimas, precedentes a aquellas conocidas en la época de san Pío V. Por ejemplo, el otro tipo mesa, vuelta hacia el pueblo lo encontramos ya en la basílica de San Vitale en Ravenna, en el siglo V.
Hay que tener presente también que los variados ordo Missae son también relativos a los tiempos y se suceden uno al otro sin que por lo tanto pretendan durar para siempre. Pero esto no quiere decir que los ordo precedentes sean suprimidos. Ellos permanecen en la memoria de la Iglesia y nada impide, en principio, que aún puedan ser utilizados para la celebración de la Misa, si es salvado el respeto de lo esencial de la Misa, algo que no se encuentra en ciertas celebraciones actuales de tendencia modernista.
Así, el rito de san Pío V ha sucedido a los precedentes y ha sido sustituido por el de san Paulo VI. Este será sustituido en el futuro por otro rito. Aquí vale la ley del progreso: cada nuevo rito responde siempre mejor a lo que Cristo ha querido que fuera la Misa.
Cabe señalar también que, digan lo que digan los lefebvrianos, la doctrina de la Misa del Concilio Vaticano II enriquece aquella dada por el Concilio de Trento, el cual se limita a decir lo que hace el celebrante, es decir, el ofrecimiento de un sacrificio propiciatorio por los vivos y por los difuntos, para la remisión de los pecados ¹⁷.
En cambio, el Vaticano II, partiendo de esta base, tiene una mirada hacia el pueblo y exalta la importancia y la eficacia salvíficas de la Misa, llegando a decir que en ella "se actúa la obra de nuestra redención" ¹⁸, se nos da "un anticipo de la liturgia celestial" ¹⁹, de modo que la gracia de la Misa es la "fuente de la cual emana toda la virtud de la Iglesia" ²⁰. La participación en la Misa es un momento esencial de la edificación de nuestra salvación, sin por esto llegar a la exageración de Argüello, para el cual la participación en la Misa se resuelve en la toma de conciencia de que estamos ya salvados.
La Misa es un anticipo o pregustación del cielo, es primicia y garantía del Espíritu, es el banquete escatológico, es promesa y prenda de resurrección, como canta santo Tomás de Aquino: "O sacrum convivium, in quo Christus sumitur, recolitur memoria passionis eius, mens impletur gratiae et futurae gloriae nobis pignus datur".
Por otra parte, el Concilio ha querido liberarse de aquella visión pragmatista de la Misa, como si el participar en ella se limitara al aprendizaje de lo que hay que hacer. Al contrario, el Concilio ha querido presentar la Misa como experiencia contemplativa, como encuentro místico y personal con Dios. De ahí el silencio prescrito después de la Comunión.
Ir a misa no es simplemente como asistir a una lección de teología moral, donde solo hacemos la mitad de nuestro deber, ya que estamos obligados a hacer la otra mitad, que consiste en poner en práctica lo que hemos escuchado.
Esta visión esencial pero al fin de cuentas reductiva, fue esa objeción que tantas veces hemos escuchado: ¿de qué vale ir a misa si luego no se pone en práctica lo que se ha aprendido? Es cierto, no sirve, sino que de hecho es dañino e hipócrita. Pero de aquí se podía dar un paso más, correcto en sí mismo, pero que desembocaba en un camino engañoso: existen personas -se decía y se sigue diciendo- que no van a Misa, ¡pero son más honestos que muchos que allí van! Y he aquí la conclusión sofística: lo importante es ser honestos. Ir o no ir a Misa es irrelevante.
¿Dónde está el engaño? En el confundir la inocencia ante Dios dada por la ignorancia invencible con un propósito consciente y deliberado de no ir a Misa bajo pretexto de que los que padecen ignorancia invencible están excusados. Pero estos hipócritas no crean estar excusados.
De todos modos el Concilio, aunque reconociendo la necesidad de la puesta en práctica, no se dejado enjaular en este sofisma moralista y ha escapado de él subrayando que la Misa, en su más alto valor, es un evento que es un fin en sí mismo, escatológico, no funcional o pragmático, porque no se disfruta de Dios en vistas a un fin práctico, sino sólo porque es hermoso disfrutar de Dios. "Gustad y ved qué bueno es el Señor" (Sal 34,9).
Pero la reforma de la Misa, con el sesgo ecuménico dado al novus ordo, ha querido abordar de frente el problema del desprecio luterano por la Misa, tomando otro camino, diferente al ataque frontal realizado por el Concilio de Trento: el camino del diálogo y del acercamiento. Ciertamente no está privado de riesgos, pero debemos confiar en este nuevo rumbo de la Iglesia. Es aquí donde mons. Lefebvre ha caído, dando prueba de una irrazonable desconfianza, y malinterpretando la propuesta del Concilio.
Está todavía el problema de Lutero, pero enfrentado de modo diverso, con más magnanimidad y apertura de mente. Desde hace cinco siglos estamos habituados a la existencia de los luteranos. Si nos interrogamos seriamente surge, dramática, la pregunta: ¿cómo es posible un cristianismo sin Misa? ¿Qué cristianismo es? Este es el desafío que debemos afrontar.
Nos preguntamos entonces a propósito de Lutero: ¿cómo ha podido él jactarse contra el Papa de conocer mejor que él la voluntad de Cristo? ¿Qué mejor carisma de comprensión del Evangelio había recibido Lutero respecto al de aquel a quien Cristo ha mandado confirma fratres tuos? ¿Cómo es posible que tantos cristianos durante 500 años todavía se dejen seducir por la jactancia de tal personaje, no obstante haberse proporcionado tantas pruebas de su falta de fiabilidad? Misterio.
La Iglesia católica ha tomado nota serenamente del hecho y con el Concilio Vaticano II, reconociendo los valores cristianos que han seguido siendo comunes entre nosotros católicos y los luteranos, ha creído que podía acercarlos a la Misa, dejando de lado el rito de san Pío V, exclusivamente polémico hacia la Cena luterana, y recuperando algunos elementos válidos del uso y de la teología luteranos.
Pero he aquí que se abre otra herida: el escándalo de los lefebvrianos, incapaces de apreciar este esfuerzo de bondad y de comprensión de la Santa Madre Iglesia, la cual elabora un nuevo ordo Missae, hecho a propósito para atraer a los protestantes honestos y de buena voluntad. ¿Resultado? En este punto el diablo se ha entrometido una vez más para distorsionar la reforma conciliar en sentido luterano, sin que, por el contrario, se pueda ver que los luteranos se acerquen a la Iglesia católica. No debemos abandonar al Papa en esta coyuntura. Es necesario insistir en seguir las directrices del Concilio.
Finalmente, un último consejo: el papa Francisco insiste con razón en la "Iglesia en salida". Movido por una intención misionera y evangelizadora, siente repulsión por una Iglesia cerrada y centrada sobre sí misma y la quiere con razón solícita para ir "por las calles", a las periferias, hacia aquellos en quienes nadie piensa, de los que nadie se ocupa. Correctísimo.
¿Pero para llevar qué cosa? El Evangelio. ¿Pero, es tan sencillo saber anunciar el Evangelio a los hombres de nuestro tiempo? Para nada. Es necesario estar preparados. ¿Y dónde adquirimos la preparación necesaria y suficiente? Naturalmente, dejándonos formar por la Iglesia. Por lo tanto, la Iglesia debe cuidar de sí misma y de su propia idoneidad y adecuación para anunciar el Evangelio a los hombres de nuestro tiempo.
¿Pero, cómo se vuelve creíble la Iglesia? Lo dice Jesús mismo: mostrando al mundo cómo sus hijos se aman entre sí. ¿Y dónde reciben este amor que los une, los enciende y los vuelve misioneros? De la Misa. Sin una Misa sentida, vivida, participada, convencida, no existe preparación para la misión, no existe fraternidad cautivadora. Sin esta preparación doctrinal, moral y pastoral, el salir de casa no conlleva ninguna conquista, sino al contrario, se cae en las trampas preparadas por el mundo, se permanece engañados por sus falsos ideales, se permanece contagiados por su maldad.
En el acercar a los que están lejos es necesario prestar atención de no alejarse de los vecinos. Precisamente con el fin de una verdadera eficacia de la evangelización del mundo, quisiéramos sugerir al Papa un mayor cuidado y una mayor atención a los problemas internos de la Iglesia, con igual atención a todos, como verdadero pastor de todos, juez super partes, sin propender hacia una parte en detrimento de la otra, aunque sea una minoría. Me refiero a los lefebvrianos y a los filolefebvrianos.
Un padre de familia que es maestro de escuela se preocupa más por sus hijos que por sus alumnos; un párroco cuida ante todo de su parroquia, un obispo, de su diócesis. Es cierto que el Papa debe mirar a la humanidad entera y a las fuerzas que actúan por fuera de los confines visibles de la Iglesia. Sin embargo, ¿qué le ha dicho Cristo a Pedro? Pasce oves meas. Cristo ha tenido una atención primaria por la formación de los apóstoles. Es así formados que ellos han conquistado el mundo y lo conquistarán hasta el fin de los siglos.

P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 29 de agosto de 2021

Notas

¹ Nota del Traductor: Hago una observación a los lectores: este artículo del año 2021 del padre Cavalcoli responde a una comprensión teológica anterior del docto teólogo dominico acerca de la relación entre novus ordo y vetus ordo. Aquí el padre Cavalcoli habla de complementaridad entre ambos, pero tal comprensión es errónea, y el propio Autor lo ha comprendido seis años después, cuando en un diálogo conmigo admitió que la constitución Sacrosanctum Concilium del Vaticano II contiene doctrinas nuevas y vinculantes, que están reflejadas en el novus ordo, y no en el vetus ordo, y, por lo tanto, que el Novus Ordo Missae debe ser celebrado no sólo por obligación disciplinaria, sino por obligación de fe. Véase al respecto, el diálogo mantenido con el padre Cavalcoli en este artículo de este blog: Se debe celebrar con el Novus Ordo Missae no sólo por motivo de obediencia sino también por motivo de fe (1/4). Más allá de esta corrección (por cierto un punto fundamental de esta reflexión teológica) el artículo conserva todo su valor, respecto a la relación y comprensión de la lex orandi de institución divina y la lex orandi de institución eclesial. JG
² El padre Enrico Zoffoli, en su libro Eresie del movimento neocatecumenale, Edizioni Segno, Udine, 1993, p.54, Kiko Arguello sostiene que la Misa no es un sacrificio sino la "celebración del Misterio de la Pascua".
³ Cf. Ariel Levi di Gualdo, La setta neocatecumenale. L’eresia si fece Kiko e venne ad abitare in mezzo a noi, Edizioni L’Isola di Patmos, Roma 2019, p.74.
Ibid., p.77.
Véase: Enrico Zoffoli, Eresie del movimento neocatecumenale, Edizioni Segno, Roma 1993. p.13.
 Ibid., p.15.
Denz.1529.
Zoffoli, op.cit., p.17.
Ibid., p.37.
¹⁰ Ibid., p.38.
¹¹ Ibid., p.39.
¹² Ibid., p.67.
¹³ Ibid., p.40-41.
¹⁴ Ibid., p.40.
¹⁵ Ibid., p.67.
¹⁶ Por ejemplo, la reevaluación de la dignidad de la liturgia desarrollada por Dom Próspero Guéranger, que culminó en la grandiosa encíclica Mediator Dei de Pío XII de 1947.
¹⁷ Denz.1738-1743.
¹⁸ Sacrosanctum Concilium n.2.
¹⁹ Ibid., 8.
²⁰ Ibid., 10.

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