Iniciamos hoy la publicación completa de otro libro del padre Giovanni Cavalcoli. Se trata de "La herejía del buenismo. El buenismo y sus remedios", publicado en 2016 por las Ediciones Chora Books. Esta vez lo iremos publicando gradualmente, en sus diversos capítulos, uno por semana, hasta completar su texto. Agradecemos al Maestro Aurelio Porfiri, quien nos ha permitido esta publicación, con la cual los lectores de habla hispana podrán acceder a una profunda e integral exposición de uno de los errores que más está intoxicando la fe cristiana en nuestros días. [En la imagen: fragmento de la ilustración de la carátula de la edición original en italiano de este opúsculo del padre Giovanni Cavalcoli].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
miércoles, 13 de mayo de 2026
La herejía del buenismo (Primera parte)
La herejía del buenismo
El buenismo y sus remedios
Chora Books
Hong Kong 2016
Copyright © 2016 ChoraBooks, a division of Choralife Publisher Ltd.
All rights reserved.
4/F, Hong Kong Trade Center
161-167 Des Voeux Road Central, Hong Kong
Website: www.chorabooks.com
chorabooks@gmail.com
ISBN: 9789887726050
Índice
Prefacio
I. Orígenes, naturaleza y consecuencias del buenismo
1. Orígenes del buenismo
2. El buenismo deforma el concepto de la bondad del hombre
3. La dinámica de la condenación
4. El buenismo es una mala interpretación del Concilio
5. Esencia del buenismo
II. Las exigencias de la verdadera bondad moral
1. La esencia y la función de la gracia
2. El verdadero concepto de la misericordia
3. La justicia y la misericordia
III. La severidad como modalidad de la justicia
1. La bondad no excluye la severidad
2. La severidad frena la tendencia del hombre al pecado
3. Las exigencias de la justicia reivindicativa
4. La virtud de la fortaleza: agredir y soportar
5. La justa ira como expresión de la fortaleza
6. La delicada cuestión de la venganza
7. La justa ira comporta una moderada agresividad
8. El combate cristiano
IV. Las principales enseñanzas de la Iglesia acerca de la existencia de los condenados
1. El status quaestionis
2. Documentos de la Iglesia
Conclusión
Prefacio
Hace unos días, estaba caminando con mi hijo en el centro de Roma, en la calle Candia. En cierto punto me abordó un grupo de siete inmigrantes que, con gran insistencia, me pidieron dinero que yo no quería dar. Bajo la amenaza de llamar a la policía, me alejé para ir a una pequeña librería a diez minutos de distancia. Pero eso no fue suficiente. Me siguieron y entraron en la librería donde los dueños, junto conmigo, echaron a estas personas, que intentaron robarme mientras yo trataba de no perder de vista a mi hijo.
Ahora bien, me pregunto: ¿tenemos derecho a defendernos? ¿Tenemos derecho a rechazar la retórica de la misericordia (que no es verdadera misericordia) que nos viene de tantos sectores de la Iglesia Católica? Se debe acoger, acoger, acoger, acoger… ¡muy bien! Acójanlos a todos en el Vaticano; hagan de modo que los Obispos y los Cardenales tengan que defender a sus seres queridos de los asaltos de pueblos que, la historia lo ha demostrado, no quieren integrarse. La gente está cansada, frustrada, asustada. Es fácil hablar de acogida cuando se vive protegido por un cuerpo de seguridad entre los mejores del mundo y en un estado en el que, no lo olvidemos, sin un motivo no se entra. ¿Se puede continuar propagando la misericordia sin la justicia? Piensen en los turistas que diariamente están sin defensa contra estos asaltos. Yo no tengo malos sentimientos contra los inmigrantes, no sé cuál sea la solución a su problema. Ciertamente no es la de dejarlos libres por las calles de las ciudades sabiendo cómo intentan ganarse la vida. He vivido siete años en Asia y nunca nadie me ha molestado. Quisiera preguntar a quienes predican la retórica de la misericordia, recordando los momentos de miedo mientras trataba de defenderme a mí y a mi hijo: ¿tenemos derecho a defendernos?.
Desgraciadamente esta retórica está reforzada por el clima buenista en el que vivimos, el buenismo de aquellos que predican moderación sobre todo a los demás, pero que no saben llevar esas mismas cargas por sí mismos. Este librito del Padre Cavalcoli espero que sea una lectura eficaz para abrir los ojos a este devastador y nauseabundo politically correct que nos está envenenando desde hace décadas y que se vuelve cada vez más molesto. El padre dominico, con equilibrio, nos muestra el problema y sus posibles remedios. Esperemos que esta lectura sea de provecho y de alimento espiritual y que abra los ojos a este mal que hace nuestras vidas mucho más peligrosas.
Aurelio Porfiri
I. Orígenes, naturaleza y consecuencias del buenismo
1. Orígenes del buenismo
La herejía del buenismo tiene una historia muy reciente, al menos en su forma extrema que prevé la bondad de toda la humanidad con la negación del pecado como privación de la gracia, de los castigos divinos y de la existencia de condenados en el infierno. Esta herejía surge y se difunde a partir de los años inmediatamente siguientes al Concilio Vaticano II por una interpretación pretextuosa y extremista del enfoque optimista y conciliador de la ética y de la pastoral del Concilio.
Esta herejía aparece ya con Orígenes, pero en una forma mucho más atenuada, ya que, como es sabido, Orígenes admitía la existencia de almas condenadas y de demonios en el infierno, pero imaginaba que al final del mundo todos, hombres y demonios, habrían de ser perdonados y asumidos en la eterna bienaventuranza.
El buenismo asume con Lutero la forma de la certeza de la salvación personal fundada sobre la fe en la misma salvación. Pero Lutero, si bien tiene certeza de la propia salvación, continúa creyendo en la existencia de los condenados. Para Lutero, entonces, se puede hablar de "buenismo" por su pretensión de estar cierto de la propia predestinación, independientemente de las obras —cosa que el Concilio de Trento prohibirá creer ¹—, pero se trata de una misericordia o gracia divina, que no pide ninguna colaboración de parte del hombre, incapaz de cumplir el bien a causa del servo arbitrio. El protestantismo liberal del siglo XIX ampliará luego a toda la humanidad esta convicción; y he aquí nacido el buenismo en su forma moderna, extrema. Todos se salvan y nadie va al infierno.
El buenismo da un paso adelante en el siglo XVIII con Jean-Jacques Rousseau, el cual sostiene que el hombre, naturalmente bueno, no ha sido corrompido por el pecado original, sino que, aunque con la gracia de Dios, puede remediar el pecado, cuyo origen no está en la culpa de los primeros padres, sino en la convivencia social. Sin embargo, él, como cristiano, no osó negar la existencia de los condenados.
Mientras Lutero mantiene la fe en la existencia de los condenados, el protestantismo liberal del siglo XIX, Schleiermacher, Von Harnack y Ritschl, abren el camino a la idea de que en el infierno no hay nadie. Esta herejía penetra en la Iglesia católica con el modernismo condenado por san Pío X y se ha difundido después del Concilio Vaticano II a través de Karl Rahner ² y Hans Urs von Balthasar ³.
2. El buenismo deforma el concepto de la bondad del hombre
La bondad moral es un supremo valor del hombre. Dios es infinitamente bueno. Como dice san Juan, “Dios es Amor”. La creación en sí misma es buena. En cuanto a la cuestión del hombre, el discurso es complejo y delicado. Es aquí donde el buenismo juega su carta, con su simplismo y su ilusorio optimismo. La bondad moral del hombre no es, como cree el buenismo, un dato originario, sino una conquista final del libre actuar del hombre y aún más, es un don de la gracia de la misericordia divina.
El hombre, según el dato de la fe, nace todo menos bueno, sino, como notan los Padres, nace esclavo del demonio y durante toda la vida tiene una tendencia a pecar, que no le quita el libre albedrío, sino que esa tendencia, sin embargo, es tal que el pecado, al menos venial, es frecuente e inevitable, cuando el hombre no cae en el pecado mortal, que le quita la gracia y, aunque siempre le sea de nuevo ofrecida por Dios la gracia sanante, siempre tiene la posibilidad de rechazarla con el pecado, aunque luego siempre con el arrepentimiento pueda recuperarla. El hombre, según la fe, nace por lo tanto sin la gracia, y la adquiere ordinariamente con el bautismo, aunque Dios, que no está ligado a los sacramentos, pueda donar la gracia salvífica también de otro modo ⁴.
La bondad humana, en su plenitud y máximo valor, no es la simple bondad de la naturaleza humana en sí misma, en su integridad, no es una simple bondad ontológica, bondad del ser, como podría ser la bondad del oro o del vino; sino que es la bondad moral, es bondad del libre actuar, bondad de la voluntad unida con el bien, un supremo valor, que no es propio del hombre y de cada hombre por el simple hecho de ser hombre.
Ciertamente, cada hombre posee su voluntad; pero no está en absoluto dicho, como testimonia la experiencia y dice la Escritura, que cada uno la use bien, para su salvación, aunque Dios ofrezca a todos los medios para salvarse.
Por la diversidad de las elecciones de cada uno, esta bondad puede estar en tal persona, pero no en tal otra. Depende del uso que hagan de su libre albedrío. Esto es lo que el buenista no comprende. El ser bueno o estar en gracia no es una necesidad de la naturaleza, sino una posibilidad del libre albedrío y de la gracia, posibilidad que en algunos se realiza y en otros no se realiza.
Por lo cual, si nadie puede elegir ser o no ser hombre o decidir cuáles son los constitutivos de su naturaleza, no todos eligen ser buenos. Así, no todos reciben y acogen la gracia, aunque Dios la ofrezca a todos. A nadie se le da la facultad de elegir si ser o no ser hombre. Pero a cada uno se le da la facultad o posibilidad de ser o no ser bueno o estar en gracia. Y quien no es bueno, quien está en el infierno, sigue siendo hombre igual: hombre malo y condenado.
El buenista transforma lo posible y contingente –poder estar en gracia– en actual y necesario –estar efectivamente en gracia–. Dado que la gracia es necesaria para la salvación, él cree que esta existe necesariamente en todos. Él olvida que, si es cierto que cada uno no puede no ser hombre y no puede no ser libre, no por esto deja de ser contingente que él cumpla o no cumpla una buena acción.
3. La dinámica de la condenación
Quien se condena sustituye su propia voluntad por la de Dios, en lugar de conformarla a la de Dios. Él sabe que Dios es su verdadero bien; no obstante, juzga que es mejor el ejercicio de su propia voluntad que el querer el verdadero bien. No le interesa la verdad, sino el poder, es decir, el ejercicio de su propia voluntad, que él considera libertad. No quiere ser sometido, sino estar por encima. Esto es soberbia. El hombre piadoso, que en la humildad se ha sometido a Dios, encuentra en el paraíso la libertad; el impío, que en la descarada desobediencia a Dios creía ser libre, encuentra en el infierno la esclavitud.
El impío sabe que le espera una pena o castigo eterno; pero prefiere este castigo en la afirmación de sí mismo a la perspectiva de someterse a Dios en el paraíso. No quiere ver a Dios porque Lo odia. Quien se condena no desea ciertamente la pena infernal por sí misma; quiere, en cambio, afirmarse, y acepta, de mala gana, esta pena, para satisfacer su propia voluntad. En ese sentido, quien va al infierno obtiene lo que ha querido. Dios, por su parte, continúa manteniendo en el ser al condenado, y por lo tanto lo ama, quiere su bien, que sin embargo en tal caso es el castigo.
La pena infernal consiste en el contraste íntimo en el condenado entre la aspiración natural al bien absoluto y su voluntad que absolutiza la criatura. La pena es eterna porque el hombre está hecho para lo eterno, y si este eterno no es Dios, necesariamente será una eterna falta de Dios.
En el momento de la muerte el hombre decide irrevocablemente su propio destino eterno: o el amor de Dios para siempre o el odio de Dios para siempre. Mientras se encuentra en esta vida, el hombre puede siempre cambiar su elección, porque Dios no aparece tan claramente, que el hombre no pueda apartar de Él la mirada, ni Él se une tan estrechamente al hombre, que el hombre no pueda separarse de Él, sino que el hombre siempre puede volverse a mirar a otro lado y siempre puede dejarLo.
En el momento de la muerte, en cambio, la voluntad permanece fija para siempre en esa elección que había hecho en ese momento: o por Dios o contra Dios. Permanece fija y no puede cambiar, porque Dios le aparece con tal claridad y certeza, que la elección que había hecho en ese momento —o por Dios o contra Dios— no puede ser revocada para siempre. La voluntad, teniendo ahora la posibilidad ya de no cambiar más, no quiere cambiar lo que ella ya quiere, sea Dios en el paraíso, sea ella misma en el infierno.
Pero al mismo tiempo la voluntad está imposibilitada de cambiar, porque la oscilación del querer —sí o no a Dios— ya no es posible, en cuanto la voluntad, abandonados el tiempo y el espacio ligados al cuerpo que se corrompe en la muerte, se encuentra con innegable certeza ante el término del camino terrenal, o sea ante lo absoluto y lo eterno, al cual ella estaba dirigida por su esencia.
Si este absoluto lo había tomado como Dios, permanece en Dios; si en cambio era la criatura la absolutizada, permanece unida a la criatura. Lo que llega después de la muerte es solo la permanencia en la elección hecha. De esa elección ya no se puede separar, ni lo quiere, porque el mismo objeto absoluto -Dios o ella misma- la ha detenido y la mantiene firme y adherida a sí. Ella se detiene para siempre porque quiere detenerse para siempre y el objeto la mantiene firme para siempre.
El alma también abandona el orden del espacio y se traslada a otro plano de la creación –el paraíso o el infierno– que podríamos llamar plano “trascendental”, donde ya no existen el espacio y el tiempo como los experimentamos aquí, sino que existe una duración de sucesión –llamada “eternidad”– y una apertura física para acoger una multiplicidad de personas y de entes, empezando, en el paraíso, por Jesucristo y la Beata Virgen María, realidad misteriosa que en esta vida mortal podemos concebir por analogía con este mundo, pero que por ahora no alcanzamos a percibir en sí mismos, por lo cual vienen representados por las religiones respectivamente con imágenes metafóricas: ya sea el cielo amplio y luminoso, o bien aquello que está en lo alto, por encima del hombre y que, por lo tanto, lo dignifica, o bien una prisión oscura y subterránea (infiernos, infierno), como símbolo de degradación y de esclavitud.
4. El buenismo es una mala interpretación del Concilio
El Concilio, en efecto, ha querido remediar un estilo de excesiva severidad de la Iglesia tanto hacia sus hijos como hacia sus errores y hacia los no-católicos. Con esto, el Concilio no ha pretendido en absoluto condenar la severidad como tal, ni imponer a la Iglesia que dejara de usar la severidad, ni negar que Dios, cuando, como y donde crea oportuno, pueda ser o haya sido de hecho severo con los hombres.
Queda el hecho de que en sus pronunciamientos pastorales —es decir, al establecer las normas de conducta de los pastores y de los fieles hacia los excomulgados, los errantes, los cismáticos, los herejes, los pecadores, los no-católicos, los no creyentes y los enemigos de la Iglesia— el Concilio, de manera realmente útil y providencial, recomienda buscar y resaltar los aspectos positivos y los puntos de convergencia o posibles acuerdos, y subraya el deber de la benevolencia hacia todos, de la cortesía, de la mansedumbre, de la misericordia, de la comprensión, de la tolerancia y de la apertura al diálogo.
El Concilio, ciertamente, no deja de condenar ciertos errores modernos como el antropocentrismo, el subjetivismo, el secularismo, el laicismo, el indiferentismo, el liberalismo, el laxismo moral, el ateísmo, el materialismo. Pero lo hace en tono genérico, sin dar nombres o precisiones, como una red con mallas tan grandes, que pueden escapar incluso los peces grandes.
No así habían hecho hasta entonces los Concilios, testigos de la secular sabiduría pastoral de la Iglesia, pero siempre habían tenido cuidado de precisar los nombres de los errantes y las características del error, con la intención de proporcionar a pastores y fieles indicaciones claras y unívocas. Así el buen médico no se limita a decir al paciente que tiene un cáncer, sino que le precisa cuál y dónde, con el fin de darle una cura específica.
En cambio, las condenas del Concilio en su genericidad y abstracción, dan la posibilidad a los astutos de una escapatoria y decir: “yo no tengo nada que ver, no entro en esa condena”. Añádase el hecho de que, en el clima de ilusoria confianza y euforia del postconcilio, casi hubiesen desaparecido las consecuencias del pecado original, el episcopado no intervino para hacer su deber, deber ingrato pero sublime, del padre que corrige al hijo y el juego o mejor la tragedia, ha sido hecha. Y ahora nos encontramos como nos encontramos.
El Concilio, que por una parte ha invadido con el lenguaje “pastoral” también argumentos y ámbitos de discurso que se habrían debido tratar con lenguaje filosófico, dogmático o jurídico, luego ha carecido de pastoralidad al faltar en indicar con precisión las enfermedades y las curas. Esto, sin embargo, debe ser dicho alabando al Concilio por sus aperturas doctrinales y el desarrollo de la Tradición, donde, por lo demás, la Iglesia es infalible. Pero en las directivas pastorales un Concilio se puede equivocar, tanto que deba ser corregido por un siguiente Concilio, como demuestran los hechos de la historia.
Sin embargo, como todos sabemos, la historia procede con movimientos pendulares. Para remediar un extremo, se cae en el otro extremo. Así ha sucedido con el Concilio: para hacer olvidar las hogueras medievales no se habla nunca de herejía. Para hacer olvidar las guerras de religión, se piensa en resolver todo con los abrazos y un tranquilo y cortés diálogo de salón o sala de conferencias.
De los luteranos se reconocen los méritos, pero no se recuerdan los errores. Lutero no es herético, sino un “Reformador”. De los judíos se reconocen y se deploran (¡justamente!) los sufrimientos seculares, pero no se habla nunca de su hostilidad hacia Cristo; de los musulmanes se reconoce que adoran a un único Dios, pero no se dice que para ellos la Santísima Trinidad es una idolatría.
El Concilio enseña correctamente que el mundo en sí mismo es bueno y creado por Dios y con él debemos colaborar; pero no se dice que el mundo, en cuanto está bajo el signo de Satanás, debe ser evitado, huido, combatido y vencido. La humanidad es ingenuamente presentada como enteramente sedienta de verdad, de justicia y de Dios. Parece que todos estén dispuestos a escuchar el Evangelio. Parece que el único problema sea el de presentarlo en un lenguaje comprensible, atractivo, adecuado y moderno.
A algunos les ha surgido el pensamiento de que las condenas del pasado ya no valen o que los Concilios del pasado se hayan equivocado al pronunciarlas o que hoy nosotros ya no seamos capaces de entender lo que ellos querían decir. Apenas diez años antes del inicio del Concilio, Pío XII había publicado la Humani Generis, en la cual se condenaban muchos errores surgidos en la Iglesia. Pero los errantes estaban muy lejos de haberse corregido. Esto se hizo evidente en el período del postconcilio. Pues bien, el Concilio no dice ni una palabra de esos errores, y esos errores reaparecieron y hasta hoy no ha habido una nueva Humani Generis que los haya condenado. ¿Quizás Pío XII se había equivocado?
El Concilio ha ampliado hoy como nunca antes la visión de la Iglesia sobre el misterio de la divina misericordia, debido a que la Iglesia a lo largo de su historia aprende cada vez mejor los espacios de esta misericordia, la cual precisamente en la historia revela cada vez mejor a los hombres su insondable riqueza. Esto naturalmente no quiere decir justificar el buenismo, porque, así como existe un progreso en el conocimiento de la divina misericordia, así también existe un progreso en el conocimiento de la divina justicia.
5. Esencia del buenismo
La herejía del buenismo es una concepción herética de la bondad del hombre y, por consiguiente, de la bondad de su obrar moral. Es una herejía, es decir, una tesis contraria a la verdad de fe, en cuanto va en contra del concepto revelado o de fe de la bondad del hombre y de su actuar. De hecho, según la fe un hombre es bueno y se salva cuando está en gracia de Dios. Pero, siempre según la fe, no todos están en gracia y por lo tanto no todos se salvan. En cambio, la tesis herética sostiene que todos los hombres están en gracia, por lo cual todos son buenos y se salvan.
El buenismo es una falsa bondad. La actitud del buenista es aparentemente dulce y cortés, finge comprensión, liberalidad y misericordia, pero tiene “veneno de áspid bajo los labios” (Sal 140,4), y, como es un vil, apuñala por la espalda, carente del coraje de enfrentar al adversario a cara descubierta, detenido como está por la conciencia de no tener válidas razones para atacarlo, sino de estar movido sólo por la envidia.
La persona buena, en cambio, no teme reprochar a cara descubierta, sabe afrontar al adversario caballerosamente, con claridad y lealtad, según las reglas, con franqueza, segura y fuerte en su derecho, sabiendo tener la razón de su parte y, en caso de derrota, le queda la paz de su propia conciencia y de su criterio de haber cumplido con su deber.
El buenismo no admite que todo hombre privado de la gracia nazca con una culpa heredada por generación de una pareja primitiva realmente existente en tiempos remotísimos, como cuenta el Génesis. Este relato es considerado por los buenistas, que sostienen el poligenismo, un mito etiológico para explicar la existencia del pecado en el mundo. El bautismo no confiere la gracia, sino que es signo de la gracia ya existente.
Los caracteres de la herejía del buenismo son los siguientes. En primer lugar, todos están en gracia desde el nacimiento (“a priori”, “originariamente”, “ya desde siempre”), y tienen la experiencia inmediata de Dios (“experiencia trascendental atemática pre-conceptual originaria”). Todos aspiran o tienden (“autotrascendencia”) a Dios, incluso los ateos, tal vez sin saberlo (“cristianos anónimos”), y lo eligen irreflexivamente (“opción fundamental”) a nivel de experiencia originaria. Incluso quien parece ateo, en realidad es creyente.
Todos, por lo tanto, están en buena voluntad y tienen recta intención. Si existe el pecado, se lo comete sin saberlo o sin quererlo, convencidos de hacer el bien. El pecado es siempre y de todos modos perdonado. No existen hombres malos o condenados en el infierno.
Característica del buenismo es el misericordismo, por el cual la misericordia fagocita la justicia. Según el misericordismo, la Biblia, cuando habla de “justicia” divina, siempre se refiere a la misericordia. El buenismo extiende indebidamente a toda la Biblia el significado de la justicia divina que ésta efectivamente tiene en Rm 3,21.
Otro carácter es el perdonismo, para el cual no existen pecados que no sean perdonados, incluso si el pecador no está arrepentido. El rechazo de perdonar es siempre pecado. Observo, en cambio, que tal idea quita su razón de ser al poder de las llaves, al cual Jesús se refiere cuando habla de "pecados no remitidos" (Jn 20,23) o del "pecado contra el Espíritu Santo" (Mc 3,29).
Para el buenista el bien es real, el mal es sólo una apariencia. Todo es bueno, todo se resuelve en el bien, no en virtud de un "sacrificio redentor", sino por fuerza de la misma esencia de la realidad. El buenismo es un panteísmo implícito.
Sin embargo, admite un Dios, en el cual existe también el mal, porque el buenista, con todo su énfasis sobre el bien, no sabe concebir un bien absoluto sin el mal.
Para el buenista, que en el fondo es un hegeliano tal vez sin saberlo, no hay bien sin mal. Precisamente él, que niega la existencia del infierno, es en el fondo un espíritu envidioso y sospechoso, que termina por ver el mal donde no existe.
El mal, como en Teilhard de Chardin, es el precio de la evolución. Entra en la estructura de la realidad. El mal concurre dialécticamente al bien, y por lo tanto es bueno que haya mal. Como para Bruno Forte, también Dios sufre o, como dicen algunos, "está al lado del sufrimiento". Pero no para quitarlo, sino porque el sufrimiento es divino.
Existe un buenismo rousseauniano y un buenismo luterano. En el primero el hombre es bueno por naturaleza y es corrompido por la sociedad; en el segundo el hombre es corrupto por naturaleza y es inocente por gracia. El primero niega el pecado original; el segundo lo concibe como concupiscencia invencible. El primero exalta tanto la libertad de producir la anarquía; el segundo niega tanto el libre albedrío como para producir la dictadura. Al final ni en uno ni en el otro, el hombre es absolutamente bueno: en el primero se salva porque obra el bien, mientras que para el segundo el hombre se salva sin las obras.
Existe un buenismo iluminista o progresista, para el cual el hoy es siempre mejor que el ayer. El bien avanza imparable; el mal retrocede inevitablemente. El bien nunca es vencido por el mal, sino que siempre vence al mal. Incluso aquellos que parecen malos, en realidad son buenos, si no conscientemente o “categorialmente”, al menos inconscientemente, “trascendentalmente” o de todos modos están en buena fe.
Cualquier hecho o acción o pensamiento o palabra deben siempre interpretarse en bien, por cuanto parezca lo contrario. Siempre es necesario suponer en sí mismos y en el otro la buena intención. Si lo que hace el otro no parece bien, en realidad es bien para el otro y por lo tanto es un verdadero bien, porque no existen criterios conceptuales, abstractos, “categoriales” universales, fijos y objetivos de juicio. Como universal solo está la experiencia trascendental, que todos poseen y no pueden no poseer, porque constituye la esencia del hombre.
La herejía del buenismo confunde lo que en el hombre existe necesariamente constitutivo de su ser, y que por lo tanto precede su elección y no puede ser objeto de elección, no puede faltar, es decir, la naturaleza con sus facultades, con aquello que, aunque necesario para la salvación, es contingente, en cuanto, en cambio, pudiendo y debiendo ser objeto de elección, puede, en virtud del libre albedrío, tanto ser elegido como no ser elegido, ser acogido como ser rechazado, estar presente como estar ausente, puede faltar o no faltar, ser poseído y mantenido con la fidelidad como ser perdido y destruido con el pecado, lo que es precisamente la gracia.
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