martes, 12 de mayo de 2026

El misterio del martirio

¿Por qué el cristianismo sigue siendo la religión más perseguida en el mundo? ¿Qué misterio encierra la fortaleza de los mártires, capaces de entregar su vida con mansedumbre y ardor de caridad? ¿No es acaso el odio que suscitan la prueba más clara de que denuncian las injusticias y desenmascaran los ídolos del mundo? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli nos invita a contemplar el martirio como don supremo del Espíritu, fruto de una vida de fidelidad cotidiana, y a preguntarnos si la Iglesia de hoy ha olvidado que su misión incluye la lucha contra el mundo del pecado. ¿No será que los nuevos mártires, hijos del Concilio Vaticano II, son la señal más luminosa de que la verdad de Cristo sigue fecundando la historia? [En la imagen: fragmento de "Mártires cristianos en el Coliseo", óleo sobre lienzo, terminada en 1862, obra de Konstantin Flavitsky, perteneciente a la colección del Museo Estatal Ruso de San Petersburgo].

El misterio del martirio

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en Riscossa Cristiana el 30 de septiembre de 2011. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/il-mistero-del-martirio-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)

Las noticias que nos llegan del mundo nos dicen que el cristianismo es entre las diversas religiones, la más perseguida. Este hecho puede ser para nosotros los católicos la ocasión para reflexionar sobre la naturaleza, las finalidades y las causas del martirio.
Confieso que el fenómeno del martirio ha sido siempre para mí objeto de una maravillada, asombrada, y casi incrédula consideración. A menudo me he preguntado: ¿cómo es posible tener tanto odio por los santos, por las personas que no buscan más que la verdad, la justicia, la paz, el bien de los demás y la gloria de Dios? ¿Cómo es posible que sean las personas que más buscan el bien las que más atraen el odio de los enemigos de Cristo, hasta el punto de llevarlos a quitarles la vida, quizás en medio de crueles tormentos? ¿Cómo puede ser que una persona tan mansa y dulce como el mártir atraiga sobre sí un odio tan feroz? ¿Cómo es posible llegar a este extremo?
La extraordinaria fortaleza de los mártires no puede dejar de suscitar en nosotros una gran admiración, considerando cuántas son las seducciones de los hombres, las sutiles insidias, escollos y trampas que tienden para alejarnos de la verdad, las amenazas que nos llegan de los enemigos de Cristo, de la Iglesia, de la religión, las arduas renuncias que requiere una vida cristiana fervorosa, la dificultad de alcanzar una fe sólida, firme y operosa. Sin embargo, los mártires logran impávidos, sin temores, superar todas estas dificultades hasta estar prontos y dispuestos a dejar la vida por Cristo y por sus hermanos.
El martirio es altísimo y raro don del Espíritu Santo, frecuentemente deseado por el futuro mártir y don por él suplicado en la plegaria, fruto, como dice santo Tomás de Aquino, de una ardentísima caridad y coronamiento final de un crecimiento de santidad, de la cual el martirio es testimonio supremo y extremadamente persuasivo, y de hecho a veces un motivo de irresistible atracción hacia la imitación. Sobre todo, quienes han convivido con un mártir en clima de persecución, como atestigua la historia, son llevados con entusiasmo a seguirlo en el martirio. Y este fenómeno extraordinario fructifica a su vez, como decía Tertuliano, produciendo nuevas huestes de creyentes convencidos, auténticos y valientes.
El martirio es conexo con la lucha apocalíptica de la Mujer contra el Dragón, es decir, de la Iglesia contra las potencias satánicas, que atraviesan todo el curso de la historia. El mártir puede parecer al mundo un vencido, pero en realidad él tiene su desquite y revancha generalmente después de la muerte y ciertamente en el advenimiento final de Cristo. A menudo sucede que son pocos quienes comprenden el valor de un mártir, incluso entre hermanos de fe.
Los mártires canonizados son solamente la punta de un iceberg de una inmenso ejército escondido, del cual conoceremos la entidad sólo cuando lleguemos el paraíso del cielo. Pensemos, por ejemplo, en la historia casi milenaria de las órdenes eremíticas, como los Cartujos, los cuales por regla general rechazan que sus miembros sean oficialmente canonizados. Pero esto no quita que ellos tengan en sus filas grandísimos santos mártires, quizás no necesariamente asesinados físicamente, sino amargamente probados por las tentaciones de los demonios, en las que ellos han vencido gloriosamente ofreciendo el fruto de estas heroicas hazañas para la salvación de la humanidad.
El martirio es una empresa que no se puede improvisar. Normalmente el martirio es preparado a través de un largo ejercicio de la virtud cristiana en lo cotidiano, a menudo en circunstancias oscuras e ignotas para los hombres, pero con el alma inflamada por una gran caridad. Existen muchas formas de martirio inferiores al don de la vida, pero que tienen la misma motivación y que preparan para su forma suprema y heroica: formas aquellas que santa Teresa del Niño Jesús llamaba "pinchazos de alfiler", que recibimos del prójimo, tal vez del hermano en religión, del familiar, del amigo, del compañero de trabajo, del párroco.
Están después las pasiones por dominar, los dolores por soportar, las tentaciones del diablo por expulsar: todas ocasiones para fortalecernos en esa caridad que debe ser, si Dios lo quiere, la fuerza propulsora y la razón de ese "gran amor", del cual habla Cristo, por el cual entreguemos nuestra vida por los amigos y también por los enemigos, para que Dios los perdone.
El camino a recorrer hacia el martirio, sin que aquí se diga que se alcance, se compone de soportares, por amor de Cristo, de contrariedades, de obstáculos, de dificultades, de escarnios, humillaciones, burlas, resentimientos, despechos, hurtos, violencias, encarcelamientos, amenazas, difamaciones, calumnias, maledicencias, marginación, desprecios, interpuestos en su camino de parte no sólo de enemigos declarados de la Iglesia, sino también, y esto es lo que más hace sufrir al mártir, por hermanos de fe y por superiores. Se trata de aquello que santa Catalina de Siena llamaba "tormentos, oprobio, vituperios", cosas que ella conocía bien. A veces quienes nos hacen sufrir son personas buenas pero limitadas. Santa Teresa de Ávila decía que el mayor sufrimiento le venía de personas de este tipo.
Luego está, como sucedió con Cristo, la envidia de los fariseos, de los sumos sacerdotes y de los doctores de la ley. De hecho, el mártir denuncia injusticias, escándalos, cismas, herejías, apostasías, abusos y fechorías sobre todo de los poderosos y de los ídolos del mundo. Así él acaba por quedar aislado incluso entre los buenos y los hermanos de fe, los cuales tienen miedo y no se atreven a exponerse para no tener problemas, y entre ellos sucede que los hay tan viles, que no solo no lo defienden, sino que se ponen de parte de los enemigos.
Por esta razón, la Iglesia examina con atención el rumor de martirio que puede difundirse en torno a un creyente que ha sido asesinado. Un buen sacerdote que viene a ser asesinado por un ladrón que ingresa a la rectoría, un político católico que es asesinado por un adversario político, un religioso que perturba a un gobierno dictatorial por su acción a favor de los oprimidos, no está todavía dicho que sean formalmente mártires eventualmente merecedores de ser beatificados.
Es necesario asegurarnos que quienes lo han matado lo hayan hecho por odio a Cristo, por odio a la fe o por odio a la Iglesia, in odium fidei, como recita la fórmula tradicional. No debe haber razones personales o sociales o económicas o políticas. Y además el mártir no debe ofrecer ocasiones para una cierta conducta intemperante, imprudente o provocadora. En cuanto al asesino, también puede ser que no se dé cuenta de lo que ha hecho, en última instancia también podría haber estado en buena fe, por ejemplo el fanático de una secta religiosa. Sin embargo, debe resultar objetivamente que ha actuado in odium fidei catholicae. Ciertamente, también pueden existir mártires no católicos. Pablo VI, cuando beatificó a los mártires de Uganda, también tuvo palabras de admiración para los mártires anglicanos. Sin embargo, es evidente que la Iglesia católica solo puede beatificar a los católicos.
El martirio es efecto del odio hacia el mártir por parte del mundo, y del hecho de que el mismo mártir ha odiado al mundo, según el precepto del mismo Evangelio, sobre todo en el Evangelio según san Juan. El mártir es aquel que no desciende a compromisos con el mundo, no trata de congraciarse con el mundo para no tener problemas, para no ser hostigado. Esto no significa que el mártir no haya amado al mundo, imitando al Padre celestial, creador y salvador del mundo, el cual "ha amado tanto al mundo que dio a su Hijo único para la salvación del mundo". El mártir odia al mundo no en sí mismo, sino en cuanto el mundo está al servicio del pecado, de Satanás, y es esclavo de la injusticia y de la muerte.
Algunos consideraron el Concilio Vaticano II interpretándolo como un mensaje de connivencia con los errores del mundo moderno, como permiso para abandonar la lucha contra el mundo para arrellanarse o instalarse en él o disfrutar de sus placeres y de sus satisfacciones. Pero esta es una falsa interpretación. El Concilio ha recuperado en una visión cristiana los valores del mundo moderno y en tal sentido estimula el diálogo con él, pero no ha abandonado en absoluto la tradicional lucha evangélica contra el mundo del pecado y sería absurdo, desde un punto de vista católico, el solo pensarlo o sospecharlo, porque esto significaría que con el Concilio la Iglesia ha abandonado uno de los puntos esenciales de su predicación, que constituye las razones del martirio y que todavía hoy fructifica produciendo una nueva hueste de mártires en todo el mundo, que podríamos llamar los "mártires fruto del Concilio".

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 29 de septiembre de 2011

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum martyrium sit christiani defectus
vel potius summum Spiritus donum et victoria in Christo

Ad hoc sic procediturVidetur quod martyrium sit christiani defectus.
1. Quia martyr crudeliter occiditur, interdum inter tormenta, et videtur odio inimicorum Christi superatus. Si vita est summum bonum, amittere eam videtur esse clades.
2. Praeterea, multi censent martyrium esse fructum imprudentiae, provocationis vel intemperantiae. Si martyr se inutilibus periculis exponit, videtur quod mors eius non sit victoria, sed error.
3. Item, quidam putant martyrium esse inutile, quia iniustitias non tollit nec cursum historiae mutat. Si martyr solitarius moritur, etiam a fratribus fidei incomprehensus, videtur quod sacrificium eius efficacia careat.
4. Denique dici posset quod martyrium est signum odii mundi, et odire mundum videtur contrarium mandato evangelico omnes diligendi. Si martyr odit, videtur quod Christum non imitetur.

Sed contra est quod Evangelium docet: “Maiorem hac dilectionem nemo habet, ut animam suam ponat pro amicis suis”. Sanctus Ioannes describit pugnam Mulieris contra Draconem ut signum Ecclesiae contra potestates satanicas. Sanctus Thomas affirmat martyrium esse fructum ardentissimae caritatis et coronamentum sanctitatis. Tertullianus proclamat sanguinem martyrum esse semen christianorum. Magisterium commemorat martyrium esse supremum fidei testimonium et victoriam in Christo.

Respondeo dicendum quod martyrium non est defectus, sed summum Spiritus donum et victoria in Christo. Martyr videtur superatus, sed revera triumphat in caritate, in fidelitate et in spe. Martyrium praeparatur per vitam cotidianam virtutis, per tolerantiam adversitatum, humiliationum, derisionum, calumniarum et emarginationum, etiam a fratribus fidei et superioribus. Est fructus ardentis caritatis quae impellit vitam ponere pro amicis et etiam pro inimicis, ut Deus eos ignoscat.
Martyr iniustitias, scandala, schismata, haereses et abusus denuntiat, et propter hoc odium mundi attrahit. Sed hoc odium est probatio fidelitatis eius, quia non descendit ad compromissa cum peccato nec quaerit favorem mundi. Odit mundum non in se, sed quatenus est servus Satanae et iniustitiae. Diligit mundum ut creaturam Dei, sed pugnat contra eum quatenus est instrumentum mali.
Martyrium est effectus odii fidei, et ideo Ecclesia diligenter discernit utrum mors ex odio Christi et fidei proveniat. Non omnis mors violenta est martyrium; solum est cum fit ex fidelitate Christo et ex renuntiatione peccato. Martyr est signum pugnae apocalypticae et praenuntius victoriae finalis Christi. Sanguis eius Ecclesiam fecundat et novas conversiones suscitat.
Conclusio: martyrium non est defectus, sed victoria in Christo et summum Spiritus donum. Est testimonium ardentis caritatis, fidelitatis fidei et spei escatologicae in vitam aeternam.

Ad primum dicendum quod amittere vitam pro Christo non est clades, sed impletio maioris amoris. Martyr videtur superatus, sed triumphat in gloria aeterna.
Ad secundum dicendum quod martyrium non est imprudentia, sed fructus caritatis et fidelitatis. Ecclesia discernit ne sit provocatio, sed verum fidei testimonium.
Ad tertium dicendum quod martyrium numquam est inutile, quia sanguis eius est semen christianorum et testimonium eius Ecclesiam fecundat.
Ad quartum dicendum quod martyr non odit mundum ut creaturam Dei, sed mundum peccati servum. Odium eius est reiectio mali, et amor eius est oblatio pro salute omnium.
   
JG

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