miércoles, 6 de mayo de 2026

La crisis de la evangelización

¿Estamos viviendo una verdadera renovación misionera o más bien un retroceso disfrazado de apertura? ¿No se ha convertido la evangelización en un “buenismo” que trivializa el pecado y relativiza los dogmas? ¿Qué sentido tiene hablar de inculturación si se diluye la universalidad de la fe y se coloca al catolicismo al mismo nivel que cualquier religión? ¿No es acaso una traición reducir la misión a mera promoción humana, olvidando que lo que está en juego es la salvación eterna? Este artículo denuncia con claridad los factores internos que han debilitado la acción misionera: el trascendentalismo rahneriano, el relativismo, el indiferentismo, el igualitarismo, el secularismo y la irresponsabilidad pastoral. Frente a ellos, se nos recuerda que la raíz de la crisis es la poca fe, y que solo una evangelización seria, fiel y ardiente podrá repetir las hazañas de los grandes misioneros del pasado. [En la imagen: fragmento de "El Sermón de la Montaña", óleo sobre cobre, 1877, obra de Carl Bloch, en la colección del Museo de Historia Nacional en el castillo de Frederiksborg, Dinamarca].

La crisis de la Evangelización

(Traducción a la lengua española del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog Riscossa Cristiana el 18 de febrero de 2011. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/la-crisi-della-evangelizzazione-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)

El Concilio Vaticano II ha promovido, como se sabe, una renovación de la evangelización y de la acción misionera. Lo cual, en estos últimos cincuenta años ciertamente ha dado buenos frutos, pero, queriendo hacer un balance de la situación actual, me parece que nos encontramos en una grave crisis, debida no a la aplicación de las directivas conciliares -pensemos por ejemplo en el decreto Ad Gentes y las directivas magisteriales que han seguido- sino más bien a su falta de aplicación o más aún a su falsa interpretación.
Son bien conocidos los méritos de las normas conciliares: el método de la inculturación, hacer preceder a la evangelización la promoción humana, no imponer a todo el mundo las costumbres europeas, usar el método de la persuasión evitando inoportunas presiones, tener respeto de la buena fe de los otros, respetar las verdades existentes en las otras religiones, la posibilidad de salvación también para quien sin culpa no pertenece a la Iglesia visible y también para quienes sin culpa no han llegado a un conocimiento explícito de la existencia de Dios.
Excepto que, sin embargo, debemos constatar que, de acuerdo a las estadísticas, la realidad visible de la Iglesia católica hoy, salvo limitadas excepciones, no se está expandiendo en el mundo para nada, sino que, al contrario, está en retroceso, a veces impresionante y veloz. Ciertamente, esto no ocurre necesariamente debido a acciones misioneras incorrectas, sino también, como ha quedado cada vez más claro en los últimos años, por la existencia de persecuciones anticristianas, por ejemplo en países islámicos, así como por una creciente hostilidad hacia el cristianismo también en países europeos, tanto que se habla hoy de "cristianofobia", y los signos preocupantes de esto no los voy a enumerar, siendo de sobra conocidos, desde ciertos hechos consuetudinarios hasta ciertas leyes irreverentes, desacralizadoras o inmorales, hasta manifestaciones pseudo-artísticas y obscenas, falsamente presentadas bajo el signo de la libertad y del progreso.
Por supuesto, siempre nos podemos consolar recurriendo a la consideración de que muchos rechazan la Iglesia o la fe católica por ignorancia invencible y por lo tanto sin culpa, por lo cual al final llegan a pertenecer de todos modos a la Iglesia sin saberlo y por consiguiente están encaminados hacia la salvación.
Pero lo más preocupante en mi opinión es que la crisis parece haber surgido desde hace algún tiempo desde el interior de la propia Iglesia, por lo que existirían muchas ocasiones de evangelización que no son aprovechadas porque falta una verdadera convicción, un verdadero entusiasmo misionero. Por lo tanto, desearía enumerar brevemente una serie de estos factores de crisis provenientes de nuestros propios ambientes católicos.
Un primer factor es el hecho de que a menudo nos apoyamos demasiado en la persuasión antes mencionada y, lo que es peor, la malinterpretamos apoyándonos en la bien conocida teoría de Karl Rahner de los así llamados "cristianos anónimos", por la cual todos están al menos inconscientemente en gracia y experimentan a Dios en modo implícito y atemático, por lo que todos al fin de cuentas se salvan, aun cuando nunca hayan escuchado la palabra del misionero ni hayan entrado en la Iglesia visible. Pero esta certeza de que todos están en gracia, lo sepan o no lo sepan, es del todo infundada y contraria a la fe católica, la cual en cambio nos enseña que con el pecado se puede perder la gracia y de hecho se la pierde, mientras que por el contrario en realidad la salvación consiste en el pasaje de un estado de pecado a un estado de gracia. Por eso, el anuncio del Evangelio y los sacramentos siguen siendo siempre un deber, en la medida en que es posible u oportuno, tanto porque ellos entran dentro del mandato explícito del Señor como porque la predicación y los sacramentos sirven para comunicar la gracia donde aún no ha llegado y para hacerla revivir de donde estaba extinguida con el pecado. Se podría hablar aquí de evangelización buenista.
Un segundo freno a la expansión de la Iglesia viene dado por una malentendida obra de inculturación de la doctrina católica, por la cual los dogmas de la fe pierden su carácter absoluto y universalidad, porque se les considera relativos a la cultura europea, por lo cual nos esforzamos por inventar nuevas formulaciones dogmáticas o, llevando las cosas al límite, se renuncia a la idea misma de dogma, al utilizar conceptos o creencias ya existentes en el ambiente a evangelizar, las cuales vienen imprudentemente consideradas como equivalentes a las fórmulas tradicionales, en cuanto se piensa que expresan los mismos contenidos de un modo adecuado a la capacidad de comprensión de los destinatarios del anuncio.
Lo que cuenta, en esta visión, o sea el contenido de la fe, no es tanto el dogma, que viene relativizado con el cambiar de los tiempos y de los lugares, sino -y aquí todavía tenemos una teoría de Rahner-, sería una fantasmática, esquiva e inexpresable "experiencia trascendental sobrenatural de Dios", atemática y preconceptual, único contenido absolutamente verdadero de la divina revelación, de todos modos presente en el fondo del espíritu de todo hombre. Obra del misionero, por lo tanto, no sería la de comunicar un dato de fe desconocido al evangelizando, sino el de desvelar o despertar en él, aunque siempre con las palabras adecuadas, esa experiencia trascendental de fe que ya, en virtud de su existencia humana, él posee. Se podría hablar aquí, en tercer lugar, de evangelización trascendentalista.
Este relativismo dogmático viene acompañado de un cuarto factor de crisis de la evangelización: el indiferentismo religioso, por el cual viene a menos la conciencia de la universalidad doctrinal del catolicismo y, por lo tanto, su destinación a todas las gentes, y en consecuencia la obligación para todos de abrazar la fe católica, según el mandato del mismo Señor, y en cambio se cree que toda religión contiene un cierto número de verdades particulares, diferentes de religión en religión, y suficientes para la salvación de los fieles de esa religión, por lo cual los católicos se salvan en el catolicismo, los protestantes en el protestantismo, los ortodoxos en la ortodoxia, los judíos en el judaísmo, los musulmanes en el islamismo, etc. Lo importante es que cada uno viva con convicción y hasta el fondo los valores de la propia religión: así similarmente en una sociedad no todos tienen los mismos deberes. Lo importante es que cada uno cumpla bien el propio trabajo, cualquiera que sea.
Es claro que en esta perspectiva surge un quinto factor de extinción de la evangelización, es decir, viene a menos la conciencia de la primacía del catolicismo sobre las otras religiones, primacía que comporta que, si en las otras religiones existen verdades salvíficas, ellas sin embargo están mezcladas con errores y carencias, totalmente ausentes en la religión católica, la única entre todas en ser de fundación divina y divinamente asistida en el curso de la historia.
Tenemos entonces el igualitarismo religioso: no se da una jerarquía de perfección en las religiones, sino que todas tienen el mismo valor. La pretensión de considerar la propia religión como superior a otra sería signo de presunción, conduciría a oprimir a los fieles de esa otra religión y, por lo tanto, sería causa de conflictos religiosos.
Se piensa entonces que toda religión tiene el mismo valor, por lo cual los fieles de cualquier religión deben respetarse mutuamente sin complejos de superioridad o inferioridad, renunciando a cualquier proselitismo o rechazando cualquier invitación a cambiar de religión, y solo así sería garantizada una convivencia pacífica entre los creyentes de las diversas religiones. De modo similar, todos estamos obligados a respetar el derecho a la vida de cada uno de nuestros semejantes, rechazando cualquier idea de que nosotros podamos tener más derecho a vivir que otro o que nuestra vida valga más que la del otro.
Un sexto factor de crisis viene dado por una concepción secularista del propio catolicismo, que minimiza, por no decir que suprime del todo, la finalidad y la dimensión sobrenatural de la doctrina y de la vida cristianas, por una exagerada e indiscreta acentuación de la promoción humana y de la obra de apoyo y de defensa de los derechos humanos. De este modo la evangelización se reduce a ocuparse exclusivamente de las necesidades materiales y económicas o, como máximo, de la educación política y cultural, silenciando y descuidando el anuncio específico del Evangelio, la educación en las virtudes cristianas, la promoción de la vida eclesial y sacramental, así como la invitación a entrar en la Iglesia Católica.
Por el contrario, la obra de los grandes misioneros del pasado, pensemos por ejemplo en un Bartolomé de las Casas o en un san Francisco Javier o en un Matteo Ricci, muestra cómo la verdadera promoción humana nace de una profunda vida de piedad y de la ardiente aspiración de comunicar a Cristo a las almas.
Nadie niega la fundamental importancia de acompañar la evangelización con una sólida promoción humana, tanto porque se trata de un preciso deber humano y cristiano, incluso con independencia de la acción misionera, como porque el interés humano por el prójimo es en el misionero signo de credibilidad de su testimonio evangélico. Por lo demás, todos sabemos cómo en ciertas circunstancias un determinado anuncio explícito puede ser contraproducente o puede ser incomprendido, de ahí la necesidad o la oportunidad de renunciar al anuncio explícito, al menos provisoriamente, mientras que puede ser urgente o bienvenida la solidaridad en el plano de las necesidades y de los derechos humanos.
Lo que por el contrario no se puede aprobar es una cierta concepción del catolicismo -pensemos por ejemplo en la así llamada "teología de la liberación"- que excluye, minimiza o falsifica por principio una suficiente referencia a la finalidad y a la dimensión sagrada y sobrenatural del catolicismo, para instalarse en visiones meramente inmanentistas, sociologistas, políticas o historicistas, las cuales en ocasiones, por añadidura, careciendo de equilibrio y prudencia, pueden entrar irrazonablemente en conflicto con las autoridades políticas locales, irritándolas inútilmente, tanto que a veces, como sabemos, ellas reaccionan con la violencia, provocando aquellos que quizás vienen a ser llamados "mártires", pero que tal vez en realidad hayan sido meros subversivos.
Finalmente, en séptimo lugar, un factor debilitador de la acción misionera está dado, en mi opinión, por el hecho de que el anuncio evangélico no viene presentado con la suficiente seriedad, por lo que la gente no se da cuenta de lo que está en juego con el anuncio cristiano. Existe un poco la costumbre de presentar la fe católica como una especie de optional, rechazando la cual no sucede nada, un poco como si rechazamos la publicidad de una determinada pasta dentífrica o de una determinada bebida, rechazando las cuales no es que tengamos que temer quién sabe que consecuencias.
Así ocurre con ciertas formas de anunciar el Evangelio: no dejan en claro que están poniendo en juego el destino eterno del hombre, sea de salvación o sea de condenación, no tienen esa claridad y esa perentoriedad que encontramos en las palabras de Nuestro Señor: "quien no crea, será condenado", "si no os convertís, todos pereceréis" y otras palabras del mismo género. Se podría hablar aquí de una evangelización irresponsable. Para ciertos misioneros, el anuncio del Evangelio no es, como dice Cristo: "Si quieres la vida eterna, observa los mandamientos", sino "ya ahora estás salvado, hagas lo que hagas. Solo basta que tú creas que estás salvado". Ahora bien, sin embargo, ésta es la herejía de Lutero.
Esta manera demasiado blanda y engañosa de proponer el Evangelio se combina con la falsa creencia, desde la cual se ha partido, de que, en todo caso y sea como sea, todos están en gracia y se salvan. De ahí todos los demás errores que he señalado. Todos están coligados entre sí: el trascendentalismo rahneriano (los "cristianos anónimos"), la falsa inculturación, el relativismo, indiferentismo, igualitarismo, secularismo, irresponsabilidad. Espero haberlo demostrado.
Existe, entonces, el modo de remediar todos estos inconvenientes, rechazando el principio del cual derivan todos. ¿Y cuál es este principio? Es la poca fe, que se refleja en los errores que he señalado, y que podrían ser llamados en su conjunto con el apelativo de buenismo irresponsable.
Por lo tanto, es necesario que nos demos cuenta verdaderamente de la importancia de la fe, corrigiendo los errores antes mencionados, en plena fidelidad a las enseñanzas de la Iglesia, una fe que desemboca en la caridad, es decir, en la conciencia de que como misioneros y evangelizadores estamos llamados a prestar un servicio precioso. Entonces veremos el movimiento de decrecimiento transformarse en crecimiento y podremos repetir las grandes hazañas de nuestros Santos misioneros del pasado.

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 18 de febrero de 2011

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum crisis hodierna afficiat evangelizationem
in sua essentia vel solum in eius applicatione

Ad hoc sic procediturVidetur quod crisis afficiat evangelizationem in sua essentia.
1. Quia theoria “christianorum anonymorum” statuit omnes iam esse in gratia et salvari, etiamsi numquam acceperint annuntiationem nec sacramenta. Si hoc verum esset, evangelizatio superflua esset et sensu careret, cum non esset necessarium gratiam communicare nec conversionem praedicare.
2. Praeterea inculturatio male intellecta dogmata relativizat, ea existimando meras expressiones culturales mutabiles. Si dogmata universalia non essent, fides suum absolutum amitteret et evangelizatio reduceretur ad excitandas experientias subiectivas, sine dato obiectivo revelationis tradendo.
3. Item indifferentismus et aequalitarismus religiosus affirmant omnes religiones eundem valorem habere et unamquamque sufficere ad salutem suorum fidelium. Si hoc verum esset, missio universalis Ecclesiae iniusta et oppressiva videretur, paci et mutuo respectui contraria.
4. Insuper saecularismus evangelizationem ad solam promotionem humanam et defensionem iurium reducit, dimensionem supernaturalem silendo. Si missio ad temporalia tantum restringeretur, gratiam et vitam aeternam non communicaret, et Ecclesia in meram societatem humanitariam verteretur.
5. Denique evangelizatio irresponsabilis fidem exhibet quasi optionalem sine consequentiis, ac si reiectio Evangelii nullum periculum damnationis implicaret. Si hoc verum esset, verba Domini de necessitate credendi et convertendi annullarentur et missio omnem gravitatem amitteret.

Sed contra est quod Dominus mandavit discipulis suis: “Euntes docete omnes gentes, baptizantes eos in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti”. Apostolus Paulus affirmat fidem ex auditu venire. Concilium Vaticanum II docet Ecclesiam natura sua esse missionariam et annuntiationem Evangelii necessariam esse ad salutem. Missionarii magni praeteriti, sicut sanctus Franciscus Xaverius et Matthaeus Ricci, ostenderunt veram promotionem humanam ex pietate et ardore communicandi Christum nasci.

Respondeo dicendum quod crisis non afficit evangelizationem in sua essentia, sed eius applicationem deformatam per errores doctrinales et per parvam fidem. Evangelizatio authentica, secundum mandatum Domini et doctrinam Ecclesiae, consistit in communicatione gratiae per praedicationem et sacramenta, hominem e peccato educendo et ad vitam divinam ducendendo. Errores enumerati —transcendentalismus rahnerianus, relativismus, indifferentismus, aequalitarismus, saecularismus et pastoralis irresponsabilitas— inter se colligati sunt et ex uno principio oriuntur: defectus fidei. Fingere omnes religiones aequales esse, omnes iam salvos esse, aut sufficere solam promotionem humanam, idem est ac negare urgentiam Evangelii et gravitatem aeterni hominis destinis. Remedium igitur est recuperare conscientiam momenti fidei, quae in caritatem et ardorem missionarium desinit, sicut ostenderunt missionarii sancti praeteriti. Sic decrementum in incrementum transformabitur et Ecclesia iterum magnas evangelizatorum res gestas repetere poterit.
Conclusio: Crisis non est de evangelizatione ipsa, sed in eius applicatione depravata per bonismum irresponsabilem; vera evangelizatio, Magisterio et mandato Christi fidelis, manet necessaria et urgens ad salutem.  

Ad primum dicendum quod theoria “christianorum anonymorum” fidei catholicae contraria est, cum gratia peccato amittatur et per praedicationem et sacramenta recuperetur.
Ad secundum dicendum quod inculturatio legitima formas adaptat, sed dogma non relativizat; crisis provenit ex falsa inculturatione.
Ad tertium dicendum quod aliae religiones veritates cum erroribus mixtas continent, sola autem Ecclesia Catholica plenitudinem veritatis possidet; ergo missio universalis necessaria est.
Ad quartum dicendum quod promotio humana pars missionis est, sed finalitati supernaturali subordinata; ad temporalia tantum reducere est saecularismus.
Ad quintum dicendum quod Evangelium non est optional, sed condicio salutis; fidem tamquam indifferentem exhibere est irresponsabilitas et ad haeresim ducit. 
   
JG

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