¿No es revelador que el idealismo, al querer hacer del hombre un ángel, termine por convertirlo en bestia? ¿Qué sucede cuando la exaltación del espíritu desemboca en la idolatría del sexo, como muestran Marx, Darwin y Freud? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli denuncia la hipocresía de los idealistas, que disfrazan con abstracciones metafísicas su incapacidad de afrontar la cuestión sexual, y propone como solución una sana antropología que reconozca la unidad de alma y cuerpo. ¿No es acaso decisivo recordar que varón y mujer fueron creados por Dios en vista de la eterna beatitud? Frente al angelismo irreal y la bestialidad degradante, se nos invita a recuperar el equilibrio cristiano, donde la sexualidad, bien vivida, se armoniza con la espiritualidad y se convierte en símbolo de la unión mística con la divinidad. [En la imagen: fragmento de "Francesca da Rimini", óleo sobre lienzo, 1837, obra de William Dyce, conservado en la Galería Nacional de Escocia. Francesca de Rímini o da Polenta fue una noble italiana cuyo trágico destino fue inmortalizado por su contemporáneo Dante Alighieri en La Divina Comedia colocándola junto a su amante, en el segundo círculo del Infierno, destinado a los pecadores por lujuria; pero a su vez los intenta justificar y los ejemplifica como símbolos del amor].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
martes, 19 de mayo de 2026
Idealismo y sexualidad
Idealismo y sexualidad
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog Riscossa Cristiana el 17 de noviembre de 2011. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/idealismo-e-sessualita-di-pgiovanni-cavalcoliop/)
"Quien quiera hacerse el ángel -decía sabiamente Pascal- acaba haciéndose la bestia". Y el papa Benedicto XVI, al inicio de su pontificado, recordó el mito de Ícaro, que por haber querido presuntuosamente elevarse hasta el sol con alas construidas por él, acabó precipitando a tierra con las alas fundidas al calor del sol.
La sutil y refinada tentación idealista, que se arraiga en los espíritus inteligentes pero soberbios o en las almas ardientes pero privadas de equilibrio, es un fuego secreto que estimula desde milenios tanto en Oriente como en Occidente la aspiración ascética y el deseo de perfección en una enorme multitud de hombres y mujeres fascinados por el gran poder del pensamiento y de la voluntad del ser humano abierto al deseo de lo divino y de lo absoluto.
Pero en la instancia idealista, aparentemente tan noble, profunda y loable, a veces genial y sublime, se esconde, no siempre inmediatamente visible -latet anguis in herba- una visión dualista de la naturaleza humana, un orgulloso desprecio por su dimensión de animalidad, con su connotación masculina-femenina. Muchos idealistas, desde Platón, pasando por los gnósticos, los cátaros medievales, Böhme, Descartes, Berkeley, hasta Kant, Schopenhauer, Heidegger, Severino y Rahner, rechazan explícitamente la definición del hombre como animal rationale, sustancia viviente material animada por alma espiritual, como concepción del hombre vulgar y rústico, incapaz de captar verdaderamente la dignidad espiritual, infinita y divina de la persona humana.
Sin embargo, está claro que un idealismo puro no existe y es impracticable, también porque para el idealista, a decir verdad, el sexo interesa mucho y cómo! Salvo que no quiere darlo a entender y entonces he aquí las exaltadas alabanzas del espíritu, de la razón, de la conciencia, del "sujeto", del pensamiento, de la voluntad, de la libertad y de la mística. Sin embargo, existe un idealismo rigorista, más bien perteneciente al pasado, como lo encontramos por ejemplo en Oriente en el brahmanismo o en el budismo o en el Occidente cristiano en la tradición monástica origeniana, cuyas influencias más o menos acentuadas es posible rastrear en el trasfondo de toda una concepción tradicional de la castidad consagrada que llega hasta nuestros días, no obstante la corrección evangélica propuesta por el reciente Concilio Vaticano II, con su llamada a la unidad de la persona humana compuesta de alma y de cuerpo y, en particular, enseñando que "Dios no creó al hombre en solitario. Desde el principio los hizo hombre y mujer (Gen 1,27). Esta sociedad de hombre y mujer es la expresión primera de la comunión de personas humanas" (constitución pastoral Gaudium et Spes n.12).
Sin embargo, el idealismo de mayor éxito, que es el moderno (y esto es muy comprensible, dada la condición de pesadez de la carne humana), no es tanto el del hombre como puro espíritu, como res cogitans, como autoconciencia o como trascendental o Dasein o como "pastor del ser" o como "mirada a Dios" o teofanía divina, habitante en un hiperuranio hecho de abstracciones subsistentes o de inhumanas privaciones y maceraciones, sino que es el del pequeño burgués que, sin renunciar en absoluto a su divinidad, se encuentra muy bien en este mundo, no desprecia en absoluto sus placeres, hasta el punto de concebir una visión del hombre en la cual el espíritu no es en absoluto distinto de la materia, ni el alma es distinta del cuerpo (pues esto ¡sería dualismo griego!), sino que más bien el espíritu -para usar una expresión de Rahner- no es más que materia fluidizada, mientras que el cuerpo no es más que espíritu solidificado.
En efecto, si, como afirma explícitamente el idealista, el ser es pensamiento, y la materia es espíritu, no es difícil hacer la operación opuesta -aun cuando no la reconozca explícitamente sino que la practique en los hechos-, a saber, la del materializar el ser, la idea, el pensamiento y el espíritu, reduciendo lo abstracto a lo concreto, el ser al devenir, el intelecto al sentido, la voluntad al instinto y el alma al cuerpo.
Y he aquí que el juego está hecho: del super-espiritualismo del hombre angelizado, salta afuera el hombre-bestia de Marx, Darwin y Freud. Del hombre-espíritu salta afuera el hombre-sexo. Maravilloso juego de prestidigitación que asocia sabiamente las alturas de la soberbia con las bajezas de la sensualidad y de la libido. Pero el sujeto continúa considerándose y siendo considerado el gran genio de la inteligencia, de la ciencia y de la sabiduría, por no hablar de la mística. Sin embargo, no se atreve a hablar de "santidad", quizás esto sería demasiado.
En este punto es necesario decir que son más francos los libertinos, los disolutos, los viciosos y los depravados de todos los tiempos, los cuales declararon abiertamente su idolatría del sexo, sin dar tantas vueltas de falso espiritualismo y sin dar tantos preámbulos de elevadísima metafísica que desaparece entre las nubes de incomprensibles abstracciones. Por lo menos no tenían la hipocresía de los idealistas. Más tolerables, en este punto, son los herederos del alegre empirismo liberal anglosajón, por ejemplo David Hume, tal como aparece hoy en la línea de la sexología libertaria de Pannella y Bonino.
Sin embargo, la cuestión del sexo es efectivamente una cuestión muy seria. El idealista es alguien que no ha alcanzado a resolverla. Por lo tanto, no está siempre dicho que sea por mala voluntad o por hipocresía. A veces, en el idealista existe un drama o un tormento oculto que él por lo general no nos revela públicamente; de hecho: ¿cuándo jamás los grandes filósofos idealistas se detienen a tratar de ética sexual?. Deducimos su tormento de las contorsiones de su propio pensamiento: una gran mezcolanza de barro y de sublimidad, de demonismo y de angelismo, de bestialidad y de espiritualidad. Quieren ser espirituales, pero no saben desvincularse de la prepotencia de la carne. Aquí nos podría venir a la mente Lutero. La turbia espiritualidad hegeliana está aquí en la línea del Reformador.
¿Cuál seria la solución? Una sana antropología, que, siguiendo los pasos de Aristóteles, de santo Tomás de Aquino y de la Sagrada Escritura, viera al hombre como única sustancia animal informada por un alma espiritual y considerando la cuestión del sexo, tuviera la clara conciencia y certeza de la dimensión sexual de la persona humana, como constitutiva de la misma persona, sin perjuicio del deber por parte de la persona de regular sabiamente los movimientos de su propia sexualidad.
La clave resolutiva fundamental de esta grave y perenne cuestión, que a menudo nos acecha a todos, está contenida en aquellas simplicísimas pero profundísimas palabras del Génesis, capítulo 1: "varón y mujer los creó", con todo aquello que es subsecuentemente enseñado también en el capítulo 2. Sobre esto me he extendido ampliamente en mi reciente publicación, comentando también las preciosas enseñanzas sobre el tema del Beato papa Juan Pablo II ¹.
Aquí el concepto fundamental es que el ser hombre y el ser mujer son queridos por Dios en vista de la eterna beatitud; por eso, para el cristiano, en esta luz, la sexualidad debe ponerse en armonía con la espiritualidad y no puesta en oposición como si fuera una enemiga. Aunque necesarias y loables, las renuncias y abstinencias ascéticas deben garantizar al fin de cuentas la pacificación entre "espíritu" y "carne", pues no son en absoluto queridas por Dios, sino que no son más que una consecuencia del pecado original.
Es necesario alcanzar una posición equilibrada, alejada tanto del angelismo cuanto de la bestialidad. El hombre no es una bestia cuya máxima aspiración sea el placer sexual, pero no es tampoco un espíritu puro asexuado o un ángel alojado en una bestia, por lo cual el ser varón y el ser mujer no son algo adventicio o accidental, o peor todavía, consecuencia del pecado original; no son ni siquiera algo convencional o arbitrario, ajeno al campo de la moral, de lo cual cada uno pueda disponer como le plazca, sino que son componentes naturales y esenciales de la persona humana, tales que por lo tanto, si son bien vividos, como para influir positivamente en la misma vida espiritual, una vez que la recta razón inspirada por la fe se toma cuidado de esta dimensión respetando sus leyes y finalidades puestas por el Creador y la endereza o dirige a sus fines y significados más sublimes, están destinados a simbolizar la cúspide del amor y en particular la unión mística con la divinidad.
P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 16 de noviembre de 2011
Notas
¹ Cf. mi libro La coppia consacrata, Edizioni Vivere In, Monopoli (BA), 2008. (Nota del traductor: a la brevedad posible publicaremos en este blog la traducción completa de este importante libro del padre Cavalcoli, en versión española. JG).
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Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum idealismus ad rectam conceptionem sexualitatis humanae ducat
vel ad periculosam deformationem eiusdem
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod idealismus ad rectam conceptionem sexualitatis humanae ducat.
1. Quia exaltando spiritum et rationem videtur hominem supra animalitatem elevare, eum a servitute carnis liberare et ad vitam puriorem ducere.
2. Praeterea, concipiens hominem ut puram spiritualitatem, videtur tueri dignitatem infinitam personae humanae, ne ad instinctus corporales et ad solam conditionem animalem redigatur.
3. Item, proponendo renuntiationes asceticas et rigoristas, videtur castitatem et sanctitatem praestare, hominem a corruptione sensuali et ab idololatria sexus removendo.
4. Denique, sexualitatem tamquam aliquid secundarium vel conventionale identificando, videtur subiecto libertatem dare de ea disponendi sine condicionibus naturalibus, quod videtur favere autonomiae spirituali.
Sed contra est quod Scriptura docet: masculum et feminam creavit eos (Gen 1,27). Concilium Vaticanum II affirmat Deum hominem non solitarium creasse, sed in communione personarum. Sanctus Augustinus docet gratiam naturam non destruere sed ordinare. Sanctus Thomas definit hominem ut animal rationale, ex anima spirituali et corpore materiali compositum.
Respondeo dicendum quod idealismus ad rectam conceptionem sexualitatis humanae non ducit, sed ad periculosam deformationem. Sub specie spiritualitatis, dimensionem corpoream et sexualem hominis contemnit, occultans interiorem dramatem qui lutum et sublimitatem, daemonismum et angelismum, bestialitatem et spiritualitatem confundit. Idealista vult esse purus spiritus, sed a potentia carnis se abstrahere nescit, unde ex homine‑angelo fit homo‑bestia, ex homine‑spiritu fit homo‑sexus.
Idealismus modernus, spiritum et materiam identificando, abstractum ad concretum, intellectum ad sensum, voluntatem ad instinctum, animam ad corpus reducit. Sic exaltatio spiritus in idololatriam sexus desinit, ut ostendunt philosophiae Marxi, Darwini et Freudi. Subiectus se adhuc pro ingenio intelligentiae et mysticae reputat, sed sanctitatem nominare non audet, et spiritualismus eius in hypocrisim convertitur.
Solutio est sana anthropologia, quae, Aristotele, Thoma et Scriptura sequens, hominem agnoscit ut unicam substantiam animalem anima spirituali informatum, et affirmat dimensionem sexualem esse constitutivam personae. Esse masculum et feminam a Deo volitum est in ordine ad beatitudinem aeternam; ideo sexualitas cum spiritualitate componenda est, non opponenda. Renuntiationes asceticae, licet necessariae, non sunt a Deo per se volitae, sed sunt consequentia peccati originalis, et ad pacificationem inter spiritum et carnem ducere debent.
Sic obtinetur positio aequilibrata, tam ab angelismo quam a bestialitate remota: homo non est mera bestia nec purus spiritus, sed masculus et femina, quorum sexualitas, bene sub ratione fide illustrata directa, destinatur ad amoris culmen et ad unionem mysticam cum divinitate significandam.
Conclusio: idealismus ad rectam conceptionem sexualitatis humanae non ducit, sed ad periculosam deformationem, cum doctrina catholica unitatem animae et corporis affirmet atque sexualitatem tamquam constitutivam personae, a Deo ad communionem et beatitudinem ordinatam.
Ad primum dicendum quod exaltare spiritum carnem despiciendo hominem non liberat, sed eum servituti falsae spiritualitatis subicit quae in sensualitatem desinit.
Ad secundum dicendum quod dignitas infinita personae non tuetur negando corporeitatem, sed agnoscendo unitatem animae et corporis.
Ad tertium dicendum quod renuntiationes asceticae legitimae sunt, sed tantum si ad concordiam inter spiritum et carnem ducunt, non si in dualismo sexualitatem despicienti fundantur.
Ad quartum dicendum quod sexualitas non est dimensio secundaria nec conventionale, sed constitutiva personae, et ideo ratione recta et fide moderanda est, ad unionem cum Deo ordinata.
JG
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