martes, 19 de mayo de 2026

Humildad y orgullo en Kant

¿Puede llamarse humildad a la renuncia de la razón a conocer la verdad, o más bien es mezquindad disfrazada de modestia? ¿No es paradójico que en Kant el yo se agigante mientras Dios languidece, sustituyendo el teocentrismo por el egocentrismo del “yo pienso”? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli muestra cómo la crítica kantiana, al limitar el conocimiento a los fenómenos y reducir a Dios a un “ideal de la razón”, termina debilitando la verdadera grandeza de la razón y abre la puerta al ateísmo moderno. ¿No es más humilde reconocer que la razón depende de lo real y de Dios creador, que obedecer sólo a sí misma? Frente a la falsa modestia kantiana, este texto nos recuerda que la auténtica humildad es reconocer la trascendencia divina y que la verdadera dignidad de la razón consiste en servir a Dios, porque "servire Deo regnare est". [En la imagen: fragmento de "Retrato de Immanuel Kant", óleo sobre lienzo, 1786, obra de Johann Gottlieb Becker, de la colección del Schiller-Nationalmuseum, Marbach am Neckar, Alemania].

Humildad y orgullo en Kant

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog Riscossa Cristiana el 28 de noviembre de 2010. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/umilta-ed-orgoglio-in-kant-di-padre-giovanni-cavalcoli-op/)

Como es sabido por la historia de la filosofía, la crítica kantiana de la razón desemboca en el rechazo de esa metafísica y teología realistas y ontológicas, que hasta su época habían sido patrimonio de la cultura católica -pensemos en la escuela aristotélica-tomista-, sustituidas por aquella que Kant considera una metafísica verdaderamente rigurosa y fundada, la cual parte de ese cogito cartesiano que en Kant asume el rostro de "yo pienso" (Ich denke), vale decir, de la autoconciencia como principio primero de conocimiento y de certeza, "condición de posibilidad de la experiencia".
Sin embargo, la crítica que Kant dirige al realismo ontológico no se ubica solo en el plano especulativo, sino también, podríamos decir, en el plano moral. De hecho, Kant considera que puede acusar de "orgullo" y de "presunción" a ese razonar que, por cierto acreditado por la revelación cristiana (cf. Rm 1,20 y Sab 13,5), partiendo de la consideración de los datos de la experiencia, se eleva per viam causalitatis et analogiae entis a la afirmación de la existencia de Dios y, por tanto, a una ética fundada en este conocimiento de Dios.
¿Pero, qué quiere decir Kant con esta acusación de "orgullo"? En realidad él opera una gran confusión, a la que deseo referirme incluso en el breve espacio de este artículo, confusión que todavía pesa mucho sobre la cultura moderna, católica y no católica.
En realidad, Kant entiende por orgullo lo que es humildad y entiende por humildad lo que es orgullo. Admite, como es bien sabido, la existencia de una "cosa en sí" externa a la razón e independiente de la razón, pero luego considera orgullo la idea de que la razón especulativa pueda superar los fenómenos para captar la esencia de la cosa en sí y, a partir de ella, demostrar la existencia de Dios aplicando el principio de causalidad.
Según él, la humildad, la modestia y la sobriedad de la razón especulativa exigen que ésta renuncie a la pretensión de superar el conocimiento de lo que cae bajo los sentidos para aventurarse en un mundo suprasensible, que, si existe o puede existir, no obstante permanece completamente desconocido, porque carece de la referencia a la experiencia y por tanto de la condición para poder conocer (los famosos "juicios sintéticos a priori").
Kant no comprende que la verdadera humildad es precisamente aquella por la cual la razón especulativa reconoce la existencia de una realidad externa, dotada de una propia esencia por nosotros inteligible (se trate del mundo o de las otras personas) que la razón debe tomar en consideración y debe respetar, a la cual la razón debe adecuarse y debe obedecer, que la razón debe reflejar y representar fiel y objetivamente para conocer verdaderamente y estar en la verdad.
Kant no comprende que la verdadera humildad es reconocer las cosas como son, es decir, como efecto de la causalidad divina y de su poder creador. La verdadera humildad, por lo tanto, es reconocer que Dios existe y que, por consiguiente, el hombre y su razón dependen de Dios como de su creador y Señor.
El limitar el conocimiento al ámbito de los fenómenos, a las apariencias que no permiten alcanzar la cosa en sí, no es humildad o modestia, sino que es pusilanimidad y mezquindad, es envilecer la razón, llamada como está a trascender lo visible para abrirse a lo invisible, es restringir vergonzosamente el conocimiento humano casi hasta el ámbito de la animalidad, exclusivamente limitada a las realidades del sentido.
Por otra parte, la razón es grande precisamente cuando partiendo del dato del sentido, se eleva, por inducción y per viam causalitatis (per ea quae facta sunt, Rm 1,20) al conocimiento del espíritu y de las realidades divinas. Concebir la razón sobre el modelo de la autoconciencia cartesiana -ese "yo pienso" kantiano que deriva del cogito cartesiano- no es la verdadera grandeza de la razón, sino que es el orgullo de una razón auto-referencial que no quiere depender de lo real, sino que quiere ser el principio y el ideador de lo real, a la par del pensamiento divino, como después sucesivamente se revelará plenamente en Hegel, continuador de Descartes.
La razón práctica kantiana por su parte también carece de humildad. Más bien, advierte en sí misma la voz del deber y el imperativo categórico, advierte la absolutidad de la ley moral y la dignidad de la persona y de la conciencia. Sin embargo, este estímulo interior ella no lo recibe de una relación interpersonal con un Dios objetivamente y realmente existente, trascendente con respecto a la razón, sino de un "Dios" como "ideal de la razón", "idea reguladora -como dice Kant- de la unidad sistemática. de la razón", por lo tanto un Dios inmanente a la razón, que al fin de cuentas ya no comprende cómo se distingue de la razón misma. Por tanto, en la ética kantiana al final no tenemos en absoluto más humildad que el orgullo, el orgullo de una razón que no se regula sobre Dios, sino sólo sobre sí misma, "obedece a sí misma", como decía Rousseau.
Kant no comprende que la verdadera dignidad de la razón práctica es en cambio obedecer a aquel Dios que la razón especulativa ha descubierto como creador del hombre y siendo creador es también legislador, por lo cual la ley moral es el ordenamiento de la Razón divina, es realmente y no sólo metafóricamente mandato divino para el bien y la felicidad del hombre. Kant, a quien también le gustaba citar con frecuencia aforismos latinos, sin embargo se ha olvidado del antiguo dicho: "Servire Deo regnare est".
La conciencia del deber, dice Kant, requiere la existencia de Dios, la inmortalidad del alma y la esperanza en un mundo eternamente feliz más allá de la muerte. Si, por tanto, nos dice Kant, la razón especulativa no puede saber que Dios existe, lo sabe la razón práctica. Salvo que este discurso no se mantiene en pie, ya que en verdad lo que conoce la razón práctica no es otra cosa que lo que le es proporcionado por la razón especulativa con la simple adición de que el saber práctico está ordenado a la acción o presenta su objeto bajo el aspecto del bien o del fin. Aquel Dios que en la praxis aparece como bien y como fin es aquel mismo Dios que la especulación propone como verdadero y como real. Nihil volitum nisi cognitum.
Entonces, Kant viene a enredarse en un irresoluble dilema: o bien admitir a Dios, pero entonces se supone el absurdo de un saber práctico no fundado sobre el teórico, por lo cual Dios aparece como producto de la razón práctica ("ideal de la razón") y aquí se preanuncia a Hegel; o bien es verdadera su tesis de que la razón especulativa no alcanza a Dios, pero entonces su convicción de que Dios existe basada sobre la moral pierde su fundamento. Y aparece la sombra del ateísmo y se preanuncia a Marx.
En Kant, el yo se agiganta mientras Dios languidece. En nombre de una falsa humildad, en realidad Kant tiende a sustituir por la razón humana a la razón divina, el hombre no depende ya de Dios sino sólo de sí mismo. Bien lejos de superar el orgullo, Kant lo estimula sustituyendo por el egocentrismo (l’Ich denke) al teocentrismo del ipsum Esse tomista, verdadero fundamento de la humildad y, en consecuencia, verdadero fundamento de la humana grandeza.
Coherente es en Kant la exigencia de exaltar la grandeza y la autonomía teórico-moral de la razón humana, mientras quiere subrayar sus límites. Pero pone límites donde, para usar la expresión del Papa, debería "ampliar la razón", es decir, donde la razón ofrece pruebas de su grandeza -elevarse a Dios-, y sobrevalora la grandeza de la razón cuando la concibe no fundada sobre Dios sino fundada sobre sí misma. A la paralizante timidez kantiana en orden al conocimiento de la cosa en sí corresponde una ilimitada audacia en la confianza que la razón tiene en sí misma de ser cartesianamente a priori el principio de la verdad y de la certeza.
Kant considera que descender a compromisos con las exigencias del deber conlleva una falta de respeto del hombre hacia sí mismo, pero no se pregunta si esto conlleva también algo mucho peor: la falta de respeto del hombre hacia Dios. El Dios kantiano no es un Dios al cual la razón rinde culto, sino que es un Dios funcional a las necesidades de la razón. No un homo servus Dei sino un Deus servus hominis.
En el fondo, la ética kantiana se puede entender también como un retorno y resurgimiento del soteriologismo luterano: lo que me interesa no es la contemplación divina, sino mi salvación, con el agravante de que al menos Lutero permanece dentro del horizonte del realismo bíblico, mientras que Kant, heredero del idealismo cartesiano, hace perder a Dios su ser trascendente y, reduciendo a Dios a un "ideal de la razón", inicia aquella reducción del ser al pensamiento, que tendrá su total cumplimiento en el idealismo panteísta hegeliano hasta Giovanni Gentile y a sus actuales acomplejados epígonos del postmodernismo.

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 28 de noviembre de 2010

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum philosophia Kantiana ad veram humilitatem rationis ducat
vel potius ad superbiam eam deformatricem

Ad hoc sic procediturVidetur quod philosophia Kantiana ad veram humilitatem rationis ducat.
1. Quia limitando cognitionem ad ambitum phaenomenorum videtur vitare praesumptionem penetrare in supersensibilia, modestiam et sobrietatem intellectualem ostendens. Praebetur quasi cautela contra ignotum, illusionibus metaphysicis evitatis.
2. Praeterea, concipiens rationem ut autoconscientiam, videtur suos limites agnoscere nec velle ab externo pendere, quod interpretatur ut prudentia et reverentia pro autonomia subiecti.
3. Item, fundando moralem in ratione practica et in imperativo categorico, videtur conscientiae et personae dignitatem tribuere, sine necessitate recurrendi ad incertas probationes speculativas, universalitatem legis moralis praestando.
4. Denique, Deum tamquam “idealem rationis” considerando, videtur vitare superbiam velle demonstrare quod est indemonstra bile, fidem servans in horizonte regulatore et non dogmatico, quod proponitur ut humilitas coram mysterio.

Sed contra est quod Scriptura docet: per ea quae facta sunt, invisibilia Dei intellecta conspiciuntur (Rom 1,20). Sanctus Augustinus affirmat gratiam naturam non destruere sed ordinare. Sanctus Thomas docet veram magnitudinem rationis consistere in hoc quod a sensibilibus ad intelligibilia se elevet, Deum tamquam causam primam agnoscens. Concilium Vaticanum I definivit existentiam Dei posse cum certitudine cognosci lumine naturali rationis.

Respondeo dicendum quod philosophia Kantiana non ad veram humilitatem rationis ducit, sed ad superbiam eam deformatricem. Kant humilitatem pro pusillanimitate accipit et superbiam pro vera magnitudine. Limitare cognitionem ad phaenomena non est modestia, sed rationem vilipendere, eam fere ad animalitatem redigens. Vera humilitas est agnoscere existentiam realitatis externae intelligibilis, effectum causalitatis divinae, cui ratio se conformare et obedire debet.
Modellum Cartesianum “ego cogito” quod Kant assumit non est humilitas, sed superbia rationis autoreferentialis quae vult esse principium realis, par cogitationi divinae, sicut postea in Hegel manifestabitur. Ratio practica Kantiana quoque non est humilis, quia Deum concipit ut “idealem rationis”, in ea immanentem, et non ut creatorem transcendentem. Sic ethica Kantiana in superbiam convertitur rationis quae sibi soli obedit, teocentrismum egocentrismo substituens.
In Kant ego crescit dum Deus languescit. Nomine falsae humilitatis rationem divinam ratione humana substituit, et ianuam aperit atheismo moderno, Marx et idealismo pantheistico Hegel praenuntians. Vera humilitas est agnoscere rationem a Deo pendere, legem moralem esse mandatum divinum et servire Deo regnare est. Magnitudo rationis non consistit in seipsa claudenda, sed in se ad Deum elevanda, fontem veritatis et certitudinis.
Conclusio: philosophia Kantiana non ad veram humilitatem rationis ducit, sed ad superbiam eam deformatricem, cum doctrina catholica affirmet magnitudinem rationis consistere in se ad Deum elevanda et ei obediendo tamquam creatori et legislatori.

Ad primum dicendum quod limitari ad phaenomena non est modestia, sed pusillanimitas, quia ratio vocatur ad transcendendum sensibilia ad invisibilia.
Ad secundum dicendum quod agnoscere limites rationis non significat eam in seipsa claudere, sed aperire ad reale et ad Deum tamquam causam primam.
Ad tertium dicendum quod dignitas conscientiae non in seipsa fundatur, sed in obedientia Deo creatori et legislatori, cuius lex moralis est mandatum divinum.
Ad quartum dicendum quod concipere Deum ut “idealem rationis” non est humilitas, sed superbia, quia Deum ad productum rationis humanae redigit, cum vera humilitas eum tamquam ens transcendentem et fundamentum rationis agnoscat.
   
JG

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