sábado, 30 de mayo de 2026

El Santo Padre y la reforma litúrgica

La liturgia no es un accesorio ni una función secundaria: es el lenguaje originario de la fe, el lugar donde la Iglesia se reconoce y se expresa. ¿Cómo hemos llegado a olvidar que el rito es mediación esencial y no simple apego sentimental? ¿No es acaso ilusorio pensar que puedan coexistir dos formas del mismo rito romano, cuando una nació para sustituir la anterior? ¿Qué significa para la identidad católica relativizar la liturgia, como si una forma valiera lo mismo que otra? ¿No será que la verdadera paz litúrgica solo puede construirse en la unidad del rito reformado, y nunca en la fragmentación de opciones personales? [En la imagen: una escena durante el momento de la lectura de la Palabra de Dios, en el curso de la Audiencia General del papa León XIV, el pasado miércoles 27 de mayo de 2026].

El papa León nos habla de la reforma de la liturgia

Como todos sabemos, una vez terminado el pasado Año Santo 2025, el Santo Padre, desde el miércoles 7 de enero de 2026 viene dedicando sus semanales Audiencias Generales, dirigidas a toda la Iglesia, a la lectura y reflexión de los documentos del Concilio Vaticano II. Ha comenzado por iluminarnos sobre algunos de los puntos fundamentales para comprender la doctrina enseñada por la constitución dogmática Dei Verbum, sobre la divina Revelación, y luego ha pasado a hacer lo mismo respecto de otra constitución dogmática, la Lumen Gentium, sobre la Iglesia. Actualmente dedica el Papa sus Catequesis de los miércoles a la constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, y este pasado miércoles 27 de mayo nos regaló su segunda catequesis sobre ella, concretamente dedicada, como lo expresa su título, al tema de "La reforma de la liturgia: tradición y desarrollo".
Exhorto encarecidamente al lector a recordar las palabras del Papa a fin de tener la confirmación de que yo, por mi parte, en lo que diré a continuación, soy plenamente fiel a la letra y al espíritu de lo expresado por el Santo Padre. Sé que no estoy pidiendo nada gravoso al lector, porque la tarea de leer con atención la Catequesis del Papa del 27 de mayo de 2026 llevaría aproximadamente entre 15 y 20 minutos, si se hace de modo reposado y reflexivo. Al fin de cuentas, es un texto de extensión media (unas 2.500–3.000 palabras), con citas magisteriales y referencias históricas que requieren pausas para meditar.
Al respecto, me sorprendió escucharle el pasado jueves 28 a un sacerdote argentino referirse a la Catequesis del Papa del día anterior, que hablaba de ella por referencias parciales que había encontrado por allí, porque -según dijo- no tenía tiempo para leer las Catequesis del Papa. Por cierto, este sacerdote es un conocido youtuber de perfil filolefebvriano, que él mismo por propias declaraciones se considera fundamentalista y contrarrevolucionario, y que dedica tiempo en su labor apologética a monitorear lo que dicen y hacen los enemigos de la fe (en el audio citado se refirió al jesuita James Martin), y sin embargo dice no disponer del tiempo suficiente (15 minutos) para conocer las palabras del Papa dirigidas a toda la Iglesia.
Es más, también dijo que estaba "apenas intentando leer" la reciente encíclica del Papa. Tengamos en cuenta, al respecto, que la Carta Encíclica Magnifica Humanitas es bastante más extensa y densa que una Catequesis, pero podemos decir sin temor a equivocarnos que el tiempo estimado de lectura atenta es de 20-25 minutos para una lectura rápida (sin detenerse demasiado), unos 35–45 minutos para una lectura reposada y reflexiva, y una hora o más para una lectura con estudio (consultando citas bíblicas, patrísticas y referencias magisteriales). Todo muy sorprendente para un sacerdote mediático que dedica obviamente mucho tiempo a revisar actos y palabras de ambientes seculares (incluso comenta películas como si fuera crítico de cine), pero que no tiene 15 minutos para leer los miércoles la Catequesis del Papa, y que apenas estaba intentando conocer su Encíclica (la que le llevaría dedicar solamente una media hora de su tiempo, si quisiera al menos leerla con atención).
No tengo dudas que en el trasfondo de la actitud de este sacerdote ante la enseñanza del Papa existe una mala comprensión o, para decirlo claro, un error en la fe. Este sacerdote comparte con los cismáticos lefebvrianos, la convicción de que la enseñanza del Papa sólo es infalible (y por ende vinculante) cuando enseña solemnemente defiendo dogmas. Esto tiene como consecuencia el considerar prescindible para el católico el magisterio ordinario del Papa, que, como sabemos, también carece de error (cosa establecida no sólo por la Carta Ad tuendam Fidem del papa san Juan Pablo II, sino también por el Concilio Vaticano I, en la constitución Dei Filius, Denzinger 3012).
Ciertamente no sólo los filolefebvrianos sino también los neomodernistas se sienten muy incómodos con las actuales Catequesis del papa León. Las dos facciones, polos extremos, minoritarios y reaccionarios en el seno de la Iglesia, desde hace seis décadas vienen atormentando a la masa de católicos normales, que simplemente siguen a nuestro Señor Jesucristo siguiendo a su Vicario en la tierra, el Papa. Ambas facciones, filolefebvrianos y modernistas, no quieren ni oír mencionar al Concilio Vaticano II, los primeros porque quisieran ver abrogadas sus enseñanzas, y los segundos porque las consideran ya superadas, autopercibidos ellos como la avanzada de la Iglesia. Si estos facciosos no tienen más remedio que hacer en ocasiones referencias al Vaticano II, lo manipulan y tergiversan, como hacen también con el magisterio del Papa.
De hecho, el sacerdote de marras, concorde como es con muchas ideas lefebvrianas, al referirse a la reciente Catequesis del Papa, la tergiversó y ni siquiera mencionó su tema central y omnipresente en todo su texto: "La reforma de la liturgia: tradición y desarrollo". Por eso termino este primer punto de mi reflexión volviendo a exhortar al lector a poner bajo su vista la Catequesis del papa León del pasado miércoles 27, y leerla con atención.

La reforma de la liturgia: tradición y desarrollo

El Santo Padre comienza su Catequesis citando al papa Pío XII en la encíclica Mediator Dei: “La Iglesia es un organismo vivo, y por eso crece y se desarrolla también en lo que toca a la sagrada liturgia”. Con ello, subraya que la liturgia no es estática, sino dinámica, en continuidad con la vida de la Iglesia. Esto refuerza la idea de irreversibilidad como fruto de un organismo vivo, irreversibilidad de la reforma litúrgica emprendida por el Vaticano II, tal cual lo expresó el papa Francisco (cosa que recordé en un artículo anterior en este blog).  
Luego el Papa cita la Sacrosanctum Concilium, en su n.23: “Conservar la tradición y apertura al legítimo progreso”. Sin duda, ésta es una fórmula potentísima, pues resume la tensión fecunda entre continuidad y reforma. Y enseguida León cita al papa san Juan Pablo II, en su Carta Dominicae Cenae de 1980: “Existe un vínculo estrechísimo y orgánico entre la renovación de la liturgia y la renovación de toda la vida de la Iglesia”, una frase que conecta la reforma litúrgica con la reforma eclesial en su conjunto. Al respecto, no nos equivocamos si afirmamos que rechazar la liturgia, vale decir, rechazar la actual liturgia de la Iglesia, es rechazar la Iglesia.  
Además el papa León cita a su predecesor Benedicto XVI, cuando dijo en 2011 que “la tradición es una realidad viva y por ello incluye en sí misma el principio del desarrollo, del progreso”, desmontando la falsa oposición entre tradición y progreso, a la que se aferran tanto los filolefebvrianos como los neomodernistas. Este de Benedicto es un argumento clave contra el “paralelismo ritual” y contra quienes absolutizan la forma antigua y, de hecho, conlleva la recta interpretación doctrinal del motu proprio Summorum Pontificun, más allá de su imprudencia pastoral.  
Al final de su Catequesis, el Papa vuelve a citar la Sacrosanctum Concilium, ahora en su n.21, refiriéndose a la distinción entre lo inmutable (institución divina) y lo cambiante (formas sujetas a revisión), o lo que podría decirse, en lenguaje académico, la lex orandi divina y la lex orandi ecclesiae. No hay duda que aquí el Papa nos reitera la enseñanza de que la reforma litúrgica no toca lo esencial, sino lo accidental, y que la variación es parte de la fidelidad. Y finaliza León expresando que “la liturgia ha sido, durante siglos, un motor de evangelización. Hoy es necesario renovar esta energía en continuidad con la auténtica y viva tradición católica”. Esta expresión conecta la reforma con la misión: la liturgia no es solo culto interno, sino fuerza evangelizadora.
Es evidente que en el contexto del actual problema con la reafirmación del cisma de los lefebvrianos (y del criptocisma de aquellos que en la Iglesia llamamos filolefebvrianos) esta Catequesis del papa León los ha tenido a ellos como principales interlocutores.

La historia de la implementación de la reforma litúrgica

Estas Catequesis del Papa sobre el Concilio Vaticano II se dirigen a toda la Iglesia al cumplirse seis décadas de su finalización. En el conjunto de la historia de la Iglesia, sesenta años son francamente escasos para ver implementadas las enseñanzas, nuevas doctrinas y directivas de un Concilio Ecuménico y esto particularmente se advierte en lo que respecta a la liturgia. Hay en esto una gradualidad, con sus progresos y retrocesos, cosa que se ha notado sobre todo en los últimos, digamos, treinta años.
¿Qué sabe el Pueblo de Dios, fieles, sacerdotes y laicos, acerca de las nuevas doctrinas sobre la liturgia? (un tema al que me he referido en este blog, y sobre el cual mantuve un interesantísimo diálogo con el padre Giovanni Cavalcoli, como los habituales lectores saben). ¿Qué saben hoy los fieles sobre las enseñanzas de la Sacrosanctum Concilium sobre la liturgia y sobre las enseñanzas litúrgicas de los Papas del postconcilio?
En los últimos tiempos, especialmente a partir de 2007, se percibe que el saber litúrgico adquirido por la Iglesia en el último siglo no ha logrado conservar, al menos hasta ahora, la necesaria fidelidad a las enseñanzas conciliares dentro del debate teológico, de modo que se alcance una elaboración adecuada del desarrollo que se había iniciado. Por ello considero útil recordar aquí las etapas fundamentales de estos sesenta años de aplicación de las nuevas doctrinas litúrgicas emanadas del Vaticano II. Conviene destacar algunos momentos decisivos, imprescindibles para comprender lo que está ocurriendo en el debate eclesial de los últimos meses. Muchos hoy parecen haber olvidado esta historia.
En las primeras décadas del siglo XX, diversos hombres e instituciones advirtieron que la tradición había llegado a un punto muerto. Como señaló recientemente un reconocido liturgista, en aquellos años ya no se sabía qué significaba realmente el culto de la Iglesia. Autores como M. Festugière, R. Guardini y O. Casel sacaron a la luz esta crisis. Entre los años veinte y cuarenta, el Movimiento Litúrgico elaboró nuevos estudios y prácticas, hasta que el Magisterio las acogió, primero con Pío XII y luego con san Juan XXIII y san Pablo VI.
El Espíritu Santo condujo entonces a la Iglesia hacia el Concilio Vaticano II, cuyos Padres intuyeron que la liturgia era el primer y más fundamental aspecto de la renovación de la vida cristiana (cf. Sacrosanctum Concilium n.1). Por eso el Concilio impulsó una reforma litúrgica integral de los ritos. La fase institucional de esta reforma abarca los primeros veinticinco años tras la promulgación de la constitución Sacrosanctum Concilium, hasta llegar al primer balance en 1988. A partir de entonces comenzó una etapa lenta de aplicación y recepción, acompañada de resistencias y malestar. No es casual que 1988 sea una fecha decisiva: fue el año en que el obispo Lefebvre se separó de Roma, alimentando su cisma con el rechazo de la reforma litúrgica, que equivalía al rechazo de la reforma de la Iglesia.
Quienes hemos seguido de cerca estos temas conocemos bien la historia posterior a 1988, primero bajo san Juan Pablo II y luego con Benedicto XVI. Se dio la impresión —y más que impresión, una realidad— de que la respuesta católica frente a las presiones de los lefebvrianos preparaba, quizá sin plena conciencia, una especie de “suspensión indirecta” de la reforma litúrgica, que se concretó entre 2007 y 2021. En ese período, el antiguo rito tridentino fue declarado de manera imprudente como “vigente”, bajo el título de “forma extraordinaria del rito romano”. Así, cuarenta y tres años después del Vaticano II, la forma ritual quedó relegada a un lugar secundario. La comunión eclesial dejó de tener a la liturgia como “culmen et fons” y pasó a verla como mera “función”, “expresión” o “apego sentimental” de una identidad que se fundamentaba en otra parte.
Es significativo advertir que la etapa gestionada por Benedicto XVI supuso, en la práctica, la pérdida de la centralidad de la liturgia como única lex orandi de la Iglesia, introduciendo —aunque no fuera su intención— un paralelismo de formas rituales que no trajo paz, sino conflicto y división. Resulta paradójico que un Pontífice tan sensible al rito, el mismo que había reconocido en la liturgia el corazón del Vaticano II, terminara promoviendo su marginación: de la fe al sentimiento, de la comunión al apego personal.
Providencialmente, la influencia de Summorum Pontificum concluyó en 2021 gracias a un acto de prudencia y custodia de la tradición (Traditionis custodes) por parte del papa Francisco. De manera también paradójica, el Papa amante de la liturgia había terminado por relegarla al ámbito del sentimiento y del apego personal, mientras que el Papa jesuita, menos apasionado por el rito, aseguró que la liturgia permaneciera en el centro de la vida eclesial, como mediación originaria de la identidad y la unidad de la Iglesia, en cuanto lenguaje común de todo el pueblo de Dios.
Como han señalado liturgistas más autorizados que yo, con la muerte de Francisco y la elección del papa León, hace poco más de un año, ciertos grupos minoritarios pero ruidosos parecen haber iniciado un ejercicio de amnesia colectiva, como si la cuestión litúrgica comenzara de nuevo en 2025, ignorando más de un siglo de conciencia eclesial ya consolidada. Las posturas de algunos actores eclesiales, incluso de cardenales con autoridad, se han vuelto de repente inmaduras e ingenuas cuando hablan de liturgia: invocan una conciliación, pero no queda claro entre quiénes ni de qué modo debería realizarse.
Cualquiera puede comprender que la sola demanda de mediar entre posiciones —entre la aceptación católica de la reforma y el rechazo cismático de la misma— es signo de un grave olvido de la historia que he resumido. ¿Qué mediación puede haber entre el sí y el no? ¿No basta recordar lo que dijo Cristo al respecto? La única mediación posible es el nuevo rito, fruto de cuarenta años de trabajo, desde los años cuarenta hasta los ochenta. Se puede y se debe trabajar sobre el nuevo rito, pero nunca prescindiendo de él. Pensar que la Iglesia puede acoger a quienes rechazan su liturgia es una ilusión sin esperanza. No se puede ser católico celebrando con un rito que la Iglesia ha querido superar por considerarlo inadecuado. De hecho, quienes hoy gozan de un indulto para celebrar según los antiguos ritos viven una situación transitoria, en espera de su conversión.
El olvido de esta historia y la pretensión de hallar una mediación entre la historia y la contra-historia revelan una profunda incomprensión, pues el rito ya no es entendido en su función originaria de mediación de la fe.
Por ello, la demanda de “viejo rito” nace de la falta de comprensión del núcleo de la intuición que el Movimiento Litúrgico y la Reforma introdujeron en la conciencia eclesial. Lo que caracteriza la fase reciente del debate es que el Magisterio, en los últimos veinte años, ha corrido el riesgo de perder esta evidencia y ha favorecido imprudentemente la idea de que puedan existir dos formas del mismo rito romano. Este es el punto más peligroso, porque carece de fundamento teológico. Summorum Pontificum relegó la liturgia a un lugar marginal. En su interior se encuentra la afirmación implícita de que el rito concreto es irrelevante para definir la identidad del cristiano y del sacerdote. En sustancia, según ese texto, una forma vale tanto como la otra. Aunque Benedicto aclaró después que no era esa su intención, el documento llevó a pensar exactamente eso. Las posturas que aún hoy se inspiran en esa visión pierden la centralidad del rito en la identidad eclesial. No es casual que los sectores filolefebvrianos hablen de un “nuevo movimiento litúrgico”, expresión que en realidad niega la idea central del movimiento litúrgico original.
El Magisterio más reciente, sin embargo, ha reconocido que ese camino era un error y ha corregido el rumbo. Otros, en cambio, permanecen tentados de relativizar las diferencias rituales y de buscar la unidad en un plano distinto, que esquiva o incluso deja de lado las acciones litúrgicas (como aquel sacerdote que mencioné al inicio, que asegura “celebrar como Dios manda”). Pero aquí está precisamente el problema: la cuestión teológica del rito no puede reducirse a afectos, apegos, diplomacias o políticas eclesiásticas. La mediación decisiva es la Reforma litúrgica. Solo en el marco del único rito común es posible valorar las diferencias. Nada puede hacerse por quienes rechazan el fruto principal del Vaticano II.
Conviene añadir, finalmente, que los lefebvrianos han tenido como columna vertebral, aunque no exclusiva, el rechazo total de la reforma litúrgica durante sesenta años. Cuando en 2007 se promulgó Summorum Pontificum, se acompañó con la remisión de las excomuniones de sus obispos. Veinte años después es evidente que aquel gesto no los cambió, sino que complicó el campo católico, engañando a quienes pretendían celebrar con una forma ritual que el Concilio Vaticano II quiso superar expresamente. Una liturgia que solo puede celebrarse en latín ya no es liturgia católica. Por eso nadie puede estar “sinceramente ligado” a la forma tridentina: si está ligado, no es sincero; si es sincero, no está ligado.
La excomunión en la que recaerán los obispos lefebvrianos en julio puede servir para dejar claro, incluso a quienes todavía dudan, que solo una puede ser la forma ritual de la liturgia católica, la única lex orandi ecclesiae. Toda mediación entre diversas “sensibilidades rituales” debe darse únicamente dentro de este horizonte común, nunca como alternativa ni mucho menos en oposición a él. En la Iglesia romana pueden y deben coexistir distintas sensibilidades, pero no pueden ni deben existir formas diversas de un mismo rito romano.

A modo de síntesis doctrinal

Ahora quisiera añadir a todo lo dicho, una síntesis doctrinal que, en la brevedad de una docena de ideas centrales, condense la reflexión que hemos hecho, a modo de núcleo conceptual sobre la irreversibilidad de la reforma litúrgica. Vale decir, se trata de extraer las afirmaciones más fuertes que hemos hecho y convertirlas en proposiciones claras, casi como “tesis escolásticas”, útiles para ulteriores desarrollos. A continuación el elenco de esas “tesis”:

1. El saber litúrgico del último siglo ha perdido tensión en el debate teológico, debilitando la recepción de la reforma.
2. El Movimiento Litúrgico reveló que la tradición había llegado a un impasse: ya no se sabía qué significaba celebrar.
3. El Vaticano II reconoció la reforma litúrgica como primer aspecto del aggiornamento de la vida cristiana (SC n.1).
4. La reforma institucional se desplegó entre 1963 y 1988; la ruptura de Lefebvre mostró que rechazar la liturgia es rechazar la Iglesia.
5. Entre 2007 y 2021 se produjo una suspensión indirecta de la reforma, al introducir la “forma extraordinaria” como modalidad paralela.
6. Este paralelismo debilitó la centralidad de la liturgia, reduciéndola a sentimiento y apego personal.
7. Francisco, con Traditionis custodes, restableció la evidencia: un único rito común, con pluralidad interna, pero sin duplicaciones.
8. La mediación auténtica no es entre reforma y rechazo, sino en el nuevo rito mismo, fruto de 40 años de trabajo.
9. Pretender ser católico celebrando con un rito que la Iglesia ha querido superar es una contradicción insalvable.
10. La liturgia no puede relativizarse ni reducirse a afectos o diplomacias: es mediación originaria de la fe.
11. Summorum Pontificum, de hecho y sin quererlo, promovió la ilusión de que “una forma vale la otra”, debilitando la identidad eclesial.
12. La única paz litúrgica posible se da en la unidad del rito reformado; las sensibilidades diversas caben dentro de él, no fuera de él.

Julio Alberto González
Las Heras, Mendoza, 30 de mayo de 2026

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