martes, 5 de mayo de 2026

¿Crisis del Magisterio o crisis en el Magisterio?

¿Está realmente en crisis el Magisterio de la Iglesia, o más bien algunos de sus ministros que se apartan de él? ¿No es acaso un error confundir la infalibilidad del Magisterio con las debilidades de ciertos obispos que interpretan el Concilio en clave modernista o rupturista? ¿Qué significa hoy ser fiel al Vaticano II: obedecer al Papa y a la Tradición, o seguir lecturas subjetivas que lo convierten en un mero “acontecimiento”? ¿No estamos viviendo tiempos semejantes a los grandes debates cristológicos de los primeros siglos, donde la claridad doctrinal era cuestión de vida o muerte para la fe? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli invita a discernir con firmeza: la crisis no está en el Magisterio, sino en quienes lo traicionan, y la Iglesia, por la fuerza del Espíritu Santo, posee en sí misma los recursos para purificarse y resplandecer más bella en su camino hacia el Esposo. [En la imagen: una de las reuniones del primer consistorio extraordinario del pontificado del papa León XIV].

¿Crisis del Magisterio o crisis en el Magisterio?

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado el 11 de febrero de 2011. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/crisi-del-magistero-o-crisi-nel-magistero-di-pgiovanni-cavalcoliop/)

Sabemos, como católicos, que el Magisterio de la Iglesia, sea ordinario o extraordinario, como colegio de Obispos o incluso como Obispos individuales en comunión con el Sucesor de Pedro, es infalible, es decir, enuncia doctrinas definitivas e irreformables, cuando se pronuncia sobre el dato de la revelación divina, se trate de verdades de fe o de verdades necesariamente conexas con la fe.
Así también las doctrinas de los Concilios, incluido el Concilio Vaticano II, en materia de fe, no pueden estar equivocadas ni cambiar o negar doctrinas precedentemente definidas, es decir, son infalibles. En cualquier caso, pueden confirmarlas, hacerlas conocer mejor, explicarlas, explicitarlas, desarrollarlas, pero siempre en continuidad con las precedentes doctrinas, sobre todo si se trata de dogmas solemnemente definidos. Es solamente en el plano de la pastoral o de las directivas disciplinarias que la Iglesia puede ser falible y, por lo tanto, cambiar, abrogar o renegar de un determinado pasado que se revela dañino o superado.
Por el contrario, sabemos cómo, en la historia de la Iglesia, han sido los herejes y los cismáticos quienes negaron o pusieron en duda estos datos, que en cambio para el católico son indiscutibles y proporcionan el criterio de discernimiento y valoración para reconocer y juzgar las posiciones de ciertos Obispos o incluso asambleas de Obispos que se pronuncian sobre cuestiones doctrinales apartándose de las enseñanzas del Magisterio antes mencionadas.
Aquel que, de modo especial y obstinado, en los siglos pasados, ha negado la infalibilidad del Magisterio de la Iglesia en particular en la interpretación de la Sagrada Escritura, negando valor al mismo tiempo a la Tradición apostólica como fuente, junto con la Escritura, de la divina Revelación, y reivindicando a todo simple fiel la posibilidad de conocer infaliblemente la verdad evangélica, como es bien sabido, fue Lutero, cuya escuela está hoy todavía viva en sus discípulos, en algunos casos con tonos menos ásperos, y en otros en cambio con una actitud aún más demoledora, según las corrientes, a menudo notoriamente en contraste entre sí.
El diálogo ecuménico con los protestantes (prescindo aquí de aquel con los ortodoxos disidentes orientales), iniciado por el Concilio desde hace cuarenta años, ciertamente ha dado buenos frutos, en el sentido de mitigar las polémicas excesivas de ambas partes, favorecer un mejor conocimiento recíproco, eliminar viejos errores interpretativos o inveterados equívocos, incentivar una actitud de mutua caridad, tolerancia y comprensión, iniciar oraciones comunes y mutua colaboración en el campo de la justicia y de la paz.
Pero al mismo tiempo, por parte de estudiosos serios y objetivos, verdaderamente amantes de la Iglesia y plenamente fieles a la sana doctrina, bien informados de los hechos, no movidos por espíritu partidista, se revela desde hace años la existencia de un modo incorrecto de practicar el ecumenismo, infiel a las directivas del Magisterio conciliar y postconciliar, un modo que muchas veces, en lugar de ayudar a los hermanos separados a acercarse a la Iglesia católica en el reconocimiento de sus errores, ha llevado y lleva a algunos católicos a caer en dichos errores, aunque conservando eventualmente el nombre de católicos, cuando no se da un explícito y consciente abandono de la fe católica y de la comunión eclesial.
Existen indudablemente quienes, a pesar de profesar ser "católicos", no habiendo sabido apreciar las novedades doctrinales del Vaticano II en su continuidad con el Magisterio precedente, se han atrevido a acusar al Concilio nada menos que de "modernismo", equivalente al término "herejía", sin abstenerse de acusar de abandono de la Tradición apostólica nada menos que a los Papas del postconcilio, a partir del Beato Juan XXIII, hasta el Presente felizmente reinante. Inútil es preguntarse cómo y con qué derecho todavía quieren ostentar el título de "católicos".
Pero se da también, en el ambiente teológico, prelaticio y episcopal, y aquí los casos son mucho más numerosos y verdaderamente escandalosos, quienes, a pesar de estar revestidos de autoridad, aunque abusando de ella, se han permitido o se permiten interpretar las doctrinas conciliares en modo descaradamente modernista, poniéndolas en ruptura con las de la Tradición y del precedente Magisterio de la Iglesia y, por lo tanto, en contraste con la interpretación oficial y legítima propuesta por la Santa Sede y por el propio Magisterio postconciliar.
Y esto eventualmente en base a una concepción modernista del dogma y a una interpretación del Concilio no como cuerpo de doctrinas, algunas de las cuales son infalibles, sino como "evento" o "acontecimiento" en un sentido atemático, existencialista e historicista, fingiendo un respeto incluso exagerado por este "acontecimiento", pero en realidad asumiendo de él, incluso con interpretación errónea, facciosa o sesgada, sólo aquellos elementos que se adaptan al propio subjetivista arbitrio, ni más ni menos como podría hacer un protestante liberal o un modernista de la época del papa san Pío X.
Lamentablemente, un enfoque de tal género, representado por ejemplo por el pensamiento rahneriano, se ha difundido rápido en seminarios y en instituciones académicas eclesiásticas desde el inmediato postconcilio, tanto como para influir en generaciones de sacerdotes y por lo tanto de Obispos. Un dato de fe particularmente afectado por esta tendencia es precisamente la idea del sacerdocio y por lo tanto del Magisterio de la Iglesia, idea de sacerdocio que ya no es fiel al dogma católico, sino modelada por la concepción del pastor protestante.
Ha surgido así un ambiente episcopal dudoso, incierto y no bien fundado sobre su propia legitimidad católica, por tanto incapaz de identificar en este campo errores y desviaciones, y de corregirlos con pastoral sagacidad y firmeza. "¿Por qué callan? -se preguntaba santa Catalina de Siena- ¡Porque cometen los mismos pecados que deberían corregir!". ¿Cómo pueden tales Obispos exigir obediencia a los fieles -y cómo la pretenden-, si son ellos los primeros en alejarse del Magisterio de la Iglesia y del Papa?
De hecho se denuncia a Obispos con mal comportamiento moral, pero el problema es más grave: hay quienes se desvían de la misma recta fe y de eso no se habla. O bien los que hablan son lefebvrianos, pero lamentablemente no siempre a propósito, cuando deberían ser los primeros en preguntarse cuán obedientes son ellos mismos a la Iglesia del postconcilio.
Está claro que el fiel común debe ser muy prudente al juzgar la enseñanza de un Obispo. Pero hoy los errores son de tal manera evidentes, que frecuentemente no se necesita una especial preparación teológica para descubrirlos: basta con atenerse a las enseñanzas del Catecismo de la Iglesia Católica, como recientemente el Papa instó a hacer, enseñanzas que están al alcance de todos los fieles católicos.
Por ahora, la Santa Sede se abstiene de señalar públicamente nombre y apellido de los prelados disidentes o desviados; los soporta, probablemente los llama en secreto, reza y espera su arrepentimiento y conversión. Quizás en esta actitud esté implicado el temor de que, al intervenir, se produzcan desórdenes. O bien, dado que tales prelados tienen un cierto peso en los mismos ambientes vaticanos, la Santa Sede debe ser muy cautelosa al moverse. Sin embargo, si debo expresar mi modesta opinión, creo que la situación ha llegado a un punto de tal gravedad, que en suma quizás sería mejor, como suele decirse, "poner las cartas sobre la mesa", sin temor a chantajes o represalias. A veces son necesarias las intervenciones quirúrgicas.
En efecto, incluso fingir una concordia que no existe corre el riesgo de agravar la confusión y la hipocresía y de aumentar el desconcierto de los fieles. Aún a riesgo de dar la impresión de hacer retórica, quisiera decir que estamos viviendo tiempos heroicos, similares a los de los grandes debates cristológicos entre Obispos en los primeros siglos. De hecho, hoy han retornado, entre otras, todas las herejías cristológicas que habían sido refutadas por el Concilio de Calcedonia. Tengo la impresión de que la franqueza de estos debates podría servir para ahuyentar el error y alentar a quienes quieren ser fieles.
Entonces: ¿crisis del Magisterio o crisis en el Magisterio? Para nosotros, los católicos, no existen dudas: el Magisterio episcopal bajo la guía del Papa, en las condiciones antes indicadas, es infalible. La crisis está en determinados y particulares Obispos o episcopados, los cuales por lo demás, para arrepentirse, sólo tienen que reasumir vigorosamente sus propias responsabilidades, como exhorta a hacer san Juan al comienzo del Apocalipsis en sus famosas exhortaciones "a las siete Iglesias".
La Iglesia, por mucho que pueda padecer las crisis, no las puede corregir desde fuera con expedientes meramente humanos, astutos o falsamente espirituales, como siempre han pretendido hacer los presuntuosos, los ambiciosos o los desquiciados de todo tipo, los cismáticos, facciosos, fanáticos, los exaltados, los pseudo-profetas, los pseudomísticos, los rebeldes, revolucionarios, fundamentalistas, herejes y gnósticos, pero la Iglesia misma, por  divina e indefectible voluntad, tiene en sí misma, gracias a la sabiduría y a la fuerza del Espíritu Santo y a la práctica de la caridad y de la penitencia, el criterio y las energías necesarias y suficientes para purificarse, reformarse, progresar y resplandecer más bella que antes en el indetenible, atormentado pero apasionante camino de la historia hacia el encuentro final con el Esposo.

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 11 de febrero de 2011

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum crisis afficiat ipsum Magisterium vel tantum aliquos in Magisterio

Ad hoc sic procediturVidetur quod crisis afficiat ipsum Magisterium.
1. Quia quidam accusant Concilium Vaticanum II de modernismo et de desertione Traditionis apostolicae, quod implicaret Magisterium errasse in sua doctrina. Si Concilium oecumenicum errare posset in materia fidei, tunc infallibilitas Magisterii tolleretur.
2. Praeterea sunt episcopi qui doctrinas concilii modernistice et rupturistice interpretantur, eas opponendo Traditioni. Si tales interpretationes a Magisterio ipso provenirent, sequeretur quod Magisterium sibi ipsi contradiceret.
3. Item dialogus oecumenicus adduxit nonnullos catholicos ad errores protestanticos, etiam nomen catholicorum retinentes. Hoc videtur indicare Magisterium confusionem doctrinalem promovisse potius quam claritatem.
4. Denique diffusio tendentiarum rahnerianarum in seminariis et facultatibus affecit generationes sacerdotum et episcoporum, debilitando ipsam notionem sacerdotii et Magisterii. Si Magisterium verum et firmum esset, talem deformationem non permitteret.

Sed contra est quod Catechismus Ecclesiae Catholicae docet Magisterium, ordinarium et extraordinarium, esse infallibile cum se pronuntiat de dato revelationis divinae. Sanctus Ioannes in Apocalypsi hortatur Ecclesias ad conversionem, ostendens quod crisis esse potest in episcopis, non autem in Magisterio ut tali. Sanctus Pius X damnavit modernismum ut deviationem quorundam theologorum et episcoporum, non ut errorem Magisterii.

Respondeo dicendum quod crisis non afficit ipsum Magisterium, sed aliquos episcopos vel episcopatus qui ab eo recedunt. Magisterium episcopale sub ductu Papae, in condicionibus praedictis, est infallibile. Crisis est in illis qui Concilium modernistice vel rupturistice interpretantur, aut qui ipsum accusant de modernismo, non autem in Magisterio ut tali. Ecclesia, divina voluntate, habet in se ipsa criteria et vires necessarias ad se purificandam et reformandam, gratia sapientiae et virtutis Spiritus Sancti atque exercitio caritatis et paenitentiae. Fingere concordiam ubi non est, confusionem et hypocrisim auget; melior est apertus sermo disputationum, sicut temporibus heroicis controversiarum christologicarum, qui errorum fugam et fidelium confirmationem efficiebat. Crisis igitur est in quibusdam episcopis qui suas responsabilitates fortiter reassumere debent, sicut hortatur sanctus Ioannes ad septem Ecclesias, non autem in Magisterio quod indefectibile manet.
Conclusio: Crisis non est de Magisterio, sed in Magisterio, id est in quibusdam episcopis vel episcopatibus qui a Traditione et a legitima interpretatione Concilii recedunt.

Ad primum dicendum quod accusare Concilium de modernismo est error; Concilium est infallibile in materia fidei et est in continuatione cum Traditione.
Ad secundum dicendum quod episcopi modernistae a Magisterio recedunt, sed non ipsum repraesentant; crisis est eorum, non Magisterii.
Ad tertium dicendum quod oecumenismus legitimus est in continuatione cum Magisterio; abusus proveniunt ex interpretationibus infidelibus, non ex Magisterio ipso.
Ad quartum dicendum quod tendentiae rahnerianae aliquos ambitus affecerunt, non autem Magisterium ut tale; crisis est in Magisterio, non de Magisterio.
   
JG

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