sábado, 16 de mayo de 2026

El personalismo racionalista

¿Es la persona un ser absoluto o se reduce a sus relaciones? ¿Qué ocurre cuando confundimos sustancia y accidente, convirtiendo la acción o la relación en el núcleo esencial del ser humano? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli desenmascara el riesgo del personalismo relacionalista, que termina negando la dignidad de los más débiles y abre la puerta al relativismo ético y al totalitarismo. ¿No es acaso la confusión entre sustancia y accidente la raíz de tantas antropologías modernas que divinizan al hombre o lo subordinan al sistema? Frente a la arrogancia prometeica y al colectivismo ateo, este texto se propone recuperar el personalismo tomista, que distingue con rigor la sustancia de sus facultades y asegura la verdadera dignidad de la persona como imagen de Dios. [En la imagen: fragmento de "Retrato de René Descartes", óleo sobre lienzo, 1649, obra de Frans Hals, conservado en el Museo del Louvre, París].

El personalismo racionalista

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en el blog Riscossa Cristiana el 27 de septiembre de 2011. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/il-personalismo-razionalista-di-p-giovanni-cavalcoli-op/)

Todos estamos al corriente de las gravísimas cuestiones morales que hoy se plantean sobre el terreno tanto de la política como de la Iglesia, de la sociedad, de la economía, de las familias, de los grupos, de las individuales personas.
¿Qué hay en el centro de todo este caótico marasmo? ¿Cuál es, en consecuencia, el punto de partida o de apoyo para una solución? Estoy convencido de que todo gira en torno al problema de la persona. Todos los valores mencionados, actualmente en crisis, no son en efecto más que expansión o dilatación de la persona. No comparto el punto de vista socialista o comunista según el cual la liberación de la persona depende de una transformación social. No, la sociedad está construida por personas individuales, por lo cual cada uno de nosotros está responsablemente llamado a dar su contribución a la reforma de la sociedad y a la corrección de las costumbres.
Indudablemente, un entorno social inadecuado o dañino puede poner a la persona en dificultades desde muchos puntos de vista, puede inducirla al pecado y a la injusticia, puede arrojarla en la miseria y en el sufrimiento. Pero al fin de cuentas, es más decisivo el influjo que la persona ejerce sobre la sociedad que a la inversa, porque la sociedad está construida por las personas y no es un ente sustancial del cual los individuos sean los vástagos o los efectos accidentales. Yo soy plasmado o moldeado por la sociedad en la cual he nacido solo con miras a construir a mi alrededor un entorno digno de la persona.
Y si una sociedad corrupta corrompe al individuo, recordemos el dicho dorado de Cristo, según el cual el mal que arruina al hombre (el pecado) viene del corazón del hombre y no viene desde afuera, porque si yo no consiento, no importa lo tentado que esté, nada ni nadie puede obligarme a pecar si yo no quiero.
Por lo tanto, lo esencial en la vida humana no es la sociedad, no son las relaciones sociales que nacen de la persona o que llegan a la persona, sino que es la persona misma; la sociedad es efecto y consecuencia de la persona. Filosóficamente se dice que la sociabilidad de la persona es un "accidente propio y esencial". El hombre, como ya decía Aristóteles, es un "animal político", aunque no se resuelva en la política, sino que la trasciende para orientarse hacia Dios. Pero es bien sabido  que toda forma de colectivismo o de totalitarismo social es cuanto menos implícitamente ateo.
Tenemos necesidad de un sano personalismo. Desde muchos lugares, incluso en el mundo católico, se pretende tener la receta. ¿Pero, cuál es el verdadero personalismo, capaz de respetar la dignidad de la persona, incluso dentro de sus límites, y de afrontar victoriosamente los males de la sociedad y de la Iglesia?
Es necesario partir desde muy lejos, nada menos que desde la antigua pero siempre válida distinción aristotélica, hecha propia ya por santo Tomás de Aquino, del ente en sustancia y accidentes. Esta dualidad suprema, metafísica, nos permite sentar las raíces para la solución del problema, aunque es cierto que, naturalmente, serán necesarias mediaciones y deducciones para alcanzar lo concreto.
De hecho, el defecto de un cierto personalismo anunciado como solución al problema es lo que yo llamaría "personalismo relacionalista", el cual confunde precisamente, en la persona humana, la categoría de la sustancia con la del accidente. Ahora bien, la relación pertenece a la categoría del accidente.
Por otra parte, es necesario recordar que, si desde el punto de vista de la esencia, la naturaleza humana está compuesta de alma y cuerpo, desde el punto de vista de la subsistencia, la persona humana es efectivamente un compuesto de sustancia y accidentes.
Pero el problema es que desde hace algunos siglos, por ejemplo desde los tiempos de Locke, Leibniz y Hume, en torno al concepto de sustancia y accidentes, pululan los equívocos, de modo que estos dos venerables términos del lenguaje filosófico, cuyos correspondientes conceptos han sido indignamente desfigurados, han sido casi excluidos del lenguaje de la moderna antropología o filosofía de la persona.
La sustancia es vista a lo más como sustancia química, mientras que se ha olvidado que también existe una sustancia espiritual y que Dios mismo, como enseña el Concilio Vaticano I, es purísima e infinita sustancia espiritual. O bien es vista como ignoto soporte de una colección de datos empíricos o temporales (stream of consciousness), que recopilamos para comodidad del lenguaje en un único sujeto lógico o bien ficticio. O bien es vista como algo macizo, inerte, estático y "aislado", muerto e impenetrable sostén de cualidades o de fenómenos que al fin de cuentas se mantienen por cuenta propia sin ninguna necesidad de ese indescifrable soporte.
Pero las mencionadas concepciones de la sustancia no tienen nada que ver con la realidad de la persona, la cual, a partir de Descartes, como es sabido, se resuelve en la autoconciencia o en una razón subsistente (res cogitans) o bien, con Fichte, en la "libertad". Hoy otros la resuelven en un fajo de instintos, quizás de carácter sexual (Freud) o en su elevarse sobre los otros (Nietzsche) o en su funcionalidad u orientación social (Marx). Es precisamente aquí donde se inserta la concepción relacionalista de la persona, también presente en los ambientes católicos, es decir, la resolución del ser personal en el relacionarse con los otros o con Dios.
De ahí toda una retórica de la "comunión", del "amor", del "ser-para-los-otros", que sí, ciertamente encuentra su valorización en el plano del actuar moral de la persona, pero no ciertamente en cuanto respecta al ser o a la esencia misma de la persona. Reduciendo en tal modo el actuar de la persona (razón, pensamiento, conciencia, intelecto, voluntad, afectos, relaciones) a su ser, tal vez no se de cuenta de que se está asimilando indebidamente la persona humana a la persona divina, pues sólo en ella coincide el ser con el actuar.
En cambio, la sustancia humana no actúa por sí misma, como tal, sino sólo a través de una facultad de actuar, por lo tanto a través de un accidente; la sustancia humana es sujeto de la acción, pero no es acción; es sólo Dios quien, siendo acto puro, es también pura acción sustancial y subsistente, sustancia desprovista de accidentes. La pretensión de una sustancia finita de actuar por sí misma es, al fin de cuentas, la pretensión de ser como Dios.
En el hombre, en cambio, la acción, fundada en la facultad de actuar, se añade a la sustancia -en este sentido es accidente- y puede también faltar. Y no por esto la persona no sigue siendo persona, aún cuando naturalmente está claro que la persona se perfecciona moralmente solo en la relación positiva con los otros y con Dios.
En el hombre, el actuar implica un pasaje de la potencia al acto, la acción es la actuación de una facultad, cosa que no existe en absoluto en Dios, el Cual, siendo Acto puro de ser, está del todo privado de potencialidad. La impía pretensión de ser como Dios no lleva como resultado o no presupone otra cosa que la confusión entre sustancia y accidentes y la reducción de lo sustancial a lo accidental o bien la hipostatización del accidente. ¿Qué son, de hecho, la sustancia y el accidente, en el sentido genuinamente filosófico y, por tanto, personalístico?
La sustancia no es otra cosa que el ente individual completo que existe en sí mismo y para sí mismo, una esencia individua completa apta para subsistir. De ahí el concepto boeciano de persona como la subsistencia individual de una naturaleza racional (individua substantia rationalis naturae).
El accidente, en cambio, no es ciertamente ese algo despreciable, casual y contingente que nos es presentado por una gran parte de la filosofía moderna, como por ejemplo Hegel. En realidad, como muy bien explica el Siervo de Dios padre Tomas Tyn OP en su poderosa obra La metafísica de la Sustancia. Participación y analogia entis ¹, el accidente es un ente que se añade a la sustancia desde el exterior o desde el interior, está con ella ligado, la perfecciona, la manifiesta, de ella deriva, en ella se inhiere y por tanto la presupone. Agere sequitur esse, decían los escolásticos.
El accidente puede adherir a la sustancia o a la esencia hasta el punto de emanar directamente, indisolublemente y necesariamente de la esencia, para contribuir a constituirla, y de hecho para constituir su parte más noble, aunque sin dejar de ser distinta de ella, como el accidente propio o esencial: tales son las facultades de la naturaleza humana: el entender, el querer, la conciencia, el razonar, el pensar, en suma, todos los actos vitales y del espíritu, que están conectados con la misma naturaleza del hombre (animal racional), así como las cualidades físicas y la cantidad natural.
La naturaleza humana (alma y cuerpo) está de por sí inclinada a razonar, está hecha para razonar; ella posee la razón, pero no es la razón; la razón en ella es una propiedad que se añade a la naturaleza (como facultad del alma), aunque definiéndola como humana; Dios en cambio -como lo recordaba recientemente el Papa- es una Razón absoluta y subsistente, acto absoluto de razón, perfectamente idéntico con su esencia o su sustancia.
Pero existen también accidentes que más o menos se desvían de la esencia y aparecen cada vez más externos a ella o independientes. Y aquí tenemos los accidentes pasajeros y contingentes, los accidentes en el sentido más estricto de la palabra: lo que puede existir o no existir sin cambio de la sustancia. Por ejemplo que yo me vista de un modo o de otro o que me encuentre en un lugar o en otro.
Existen accidentes que condicionan o generan la sustancia, que la cambian, que la conservan, que la corrompen. En la actividad moral, junto con la sustancia del acto, tenemos las circunstancias, que representan los accidentes.
A la inversa, los accidentes propios son permanentes, inseparables y necesarios para la esencia. Faltando en efecto ellos, falta la misma esencia o sustancia. En este sentido, no puede existir una naturaleza humana que no tenga al menos la facultad de razonar, aún cuando el acto concreto del razonar es accidental, pasajero, intermitente y transitorio y supone particulares condiciones favorables internas o externas al sujeto.
Por lo tanto, no existe ser humano al cual le falten los accidentes esenciales, pero bien pueden faltar algunos de los contingentes. Y no por eso no sigue siendo un ser humano. Y todo accidente, permanente o pasajero, sigue siendo siempre accidente distinto de la sustancia.
La capacidad de relacionarse con los otros se funda en el hombre sobre la razón mediante la voluntad. Y la razón a su vez, como se ha dicho, no es la sustancia del hombre, sino que es accidente, aunque accidente o propiedad esencial. Y por lo tanto la razón a su vez se funda sobre la naturaleza humana o sujeto humano. Por eso, en el hombre no existe solo la razón, sino muchas otras dimensiones y facultades. El hombre no es una razón, sino que tiene la razón, entre otras propiedades indudablemente menos especificantes pero no por esto no esenciales. Como se ha dicho, el hombre no es una razón subsistente, un puro pensante, un espíritu puro (res cogitans), sino que la razón está en el hombre o es del hombre, pero no es el hombre.
Lo que quiere decir, por lo tanto, que la razón se añade a la sustancia humana para completarla con un atributo esencial -la misma razón- la cual, sin embargo, inheriendo al sujeto humano y no agotando la esencia, es y sigue siendo un accidente, aunque necesario y esencial. La razón ciertamente determina la esencia específica del hombre, distinguiéndolo de los animales y de los puros espíritus; y sin embargo determina un sujeto en el cual la razón subsiste, precisamente el sujeto humano o la persona humana.
Definir la razón como un accidente no es en absoluto disminuirla, como algunos temen, porque decir accidente no es otra cosa que una calificación que toca al ser: esse-in, o sea, subsistir en un sujeto, lo que no prejuzga en absoluto la dignidad de la esencia representada por ese accidente, esencia que muy bien puede ser superior al sujeto mismo al cual se inhiere. Y este es precisamente el caso del hombre, en el cual la razón está sujetada en una sustancia animal (animal racional), la cual es con toda evidencia esencialmente inferior al valor de la racionalidad.
Definir la razón como accidente de la naturaleza humana o del sujeto humano no significa en absoluto considerarla un elemento secundario, de escasa importancia, porque aquí no me refiero al accidente predicable (accidens praedicabile), separable de la esencia, sino al accidente predicamental (accidens praedicamentale), o sea, al ente inherente a un sujeto. En el hombre -lo repito- la razón no es subsistente, sino que es inherente al sujeto hombre. Sólo en Dios la razón es subsistente, es sujeto. Por el contrario, desde el punto de vista de la predicabilidad, o sea, de la esencia o naturaleza humana, la razón es notoriamente el elemento más noble y necesario para constituir la naturaleza humana.
El problema de la antropología cartesiana, con su res cogitans, es el de conducir, como extrema consecuencia (lo que ya ha sido notado por los historiadores y otros, como por ejemplo Jacques Maritain, Cornelio Fabro y Etienne Gilson), a la identificación entre la razón humana y la divina, que será evidentísima y de hecho explícitamente teorizada en Hegel.
El hombre, desde el punto de vista de la esencia, es un cuerpo animado por un alma racional, por consiguiente alma dotada de la facultad de razonar. Pero el hombre que no puede o no quiere ejercitar esta facultad no por esto no sigue siendo un hombre, no sigue siendo una persona, a respetar como tal. Sigue siendo una persona subsistente en una naturaleza humana, aun cuando en este caso no se manifiesta como tal.
El relacionalismo vuelve subsistente o sustancial el accidente, como por ejemplo la acción, el hábito o la relación. Surge la consecuencia que aquellos individuos que no se relacionan ya sea porque no son capaces o porque no quieren, no son ya considerados personas, por lo cual pueden, en principio, ser eliminados. Piénsese por ejemplo en el caso de los embriones, en los discapacitados, en los enfermos mentales, en los ancianos, en los agonizantes, en los marginados, en las personas improductivas.
O el sujeto, no distinguiendo su naturaleza de su actuar, cree poder gozar de una libertad ilimitada que le consienta manipular la naturaleza propia o ajena, sin tener cuenta alguna de los caracteres esenciales o de los derechos y de las leyes de la naturaleza de los otros o de los deberes de la propia naturaleza. Este tipo de personalismo está en la base de esa soberbia que lleva al sujeto a creerse un dios, dominador sobre los demás, desvinculado de cualquier ley objetiva y autor él mismo de la ley con la cual gobierna su propia vida.
O bien a la inversa, el personalismo relacionalista vuelve accidental lo sustancial, por ejemplo subordinando totalmente la persona al sistema social, como ocurre en las varias formas de totalitarismo, o bien al individual gobernante, como ocurre en las dictaduras personales. El relacionismo relativiza la persona, niega su carácter absoluto y así, implica un relativismo ético.
Solo en Dios el ser es idéntico al actuar, por lo cual en Él el actuar no se agrega como accidente a la sustancia divina, sino que Dios es al mismo tiempo pura sustancia y pura acción. A Dios no se añade nada, porque Él es ya Todo. Pero en la criatura humana, de por sí finita, se da una distinción real entre la sustancia o naturaleza humana (animal racional) y los accidentes (facultades y potencias). Y esto se debe a que el actuar humano puede tanto existir como puede no existir, mientras que la sustancia permanece. Es necesario, entonces, admitir la existencia de inclinaciones, facultades y poderes realmente distintos de la sustancia, que explican cómo y por qué la sustancia permanece mientras el actuar se desarrolla.
Sólo en Dios, como nos explica el dogma de la Santísima Trinidad, única Sustancia divina sin accidentes, se da una triple relación subsistente, que es precisamente las tres Personas divinas, por tanto no un sujeto distinto de su relacionarse, como ocurre en nosotros, sino un sujeto que es purísima relación de paternidad, de filiación y de espiración.
Una vez bien aclarado qué es el accidente, no se debe temer ubicar las facultades sobre el plano de lo accidental, obviamente el propio y esencial, para evitar el riesgo gravísimo o la instrumentalización de la persona o, por el contrario, de la arrogancia prometeica propia del superhomismo o del panteísmo de quien se cree un pequeño dios.
Los relacionistas, influenciados por Descartes, no tienen en cuenta el hecho de que en el personalismo tomista el alma es realmente distinta de las facultades, la persona como sustancia es realmente distinta de sus potencias como accidentes. Sin embargo, es la pura verdad, y de una importancia imprescindible, si queremos trabajar eficazmente -y el ejemplo de los santos y de las sociedades cristianas aquí han hecho escuela- por la solución de los males que nos afligen y por la edificación del verdadero humanismo cristiano.

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 26 de septiembre de 2011

Notas

¹ A cargo de Giovanni Cavalcoli, Edizioni Fede&cultura, Verona 2009.

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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum personalismus relationalis recta sit doctrina de persona
vel potius error confundens substantiam et accidens

Ad hoc sic procediturVidetur quod personalismus relationalis recta sit doctrina de persona.
1. Quia persona manifestatur in suis relationibus cum aliis et cum Deo, et sine relatione nulla est communio neque amor. Si relatio est quod definit hominem, videtur quod ipsa constituat essentiam personae.
2. Praeterea, actio est quae perficit hominem et distinguit eum a rebus inanimatis. Si homo definitur per suum agere, videtur quod actio sit substantia et non accidens.
3. Item, dignitas personae videtur pendere ex eius facultate se cum aliis coniungendi. Si aliquis non potest se coniungere, sicut embryones, debiles aut senes, videtur quod non sit persona.
4. Denique libertas manifestatur in facultate seipsum determinandi et propriam naturam manipulandi. Si persona est libera, videtur quod possit seipsam constituere ut substantiam per suum agere.

Sed contra est quod Aristoteles docet hominem esse animal politicum, sed non in politica resolvi, sed eam transcendere ad Deum. Sanctus Thomas definit personam ut individua substantia rationalis naturae. Evangelium docet malum ex corde hominis procedere et non ab exterioribus, quod ostendit substantiam personalem esse magis decisivam quam circumstantias. Magisterium commemorat solum in Deo esse idem esse et agere, dum in homine actio accedit ut accidens.

Respondeo dicendum quod personalismus relationalis est error, quia confundit substantiam et accidens, reducens esse personale ad relationem vel ad actionem. Persona humana est substantia rationalis, ex anima et corpore composita, distincta a facultatibus et potentiis suis, quae sunt accidentia propria et essentialia. Ratio, voluntas, conscientia et relationes sunt accidentia quae substantiam perficiunt, sed non constituunt. Solus Deus, cum sit Actus purus, est substantia idem quod suum agere; in homine autem agere accedit ut accidens et potest deesse, nec propter hoc persona desinit esse persona.
Definire rationem ut accidens non minuit eius dignitatem, quia accidens significat esse‑in, subsistere in subiecto, et potest repraesentare essentiam superiorem ipso subiecto. Rationalitas perficit hominem et distinguit eum ab animalibus et spiritibus puris, sed semper ut proprietas inhaerens substantiae animalis.  
Error relationalismi consistit in hypostatizatione accidentis, faciens relationem vel actionem substantiale, quod ducit ad negationem dignitatis eorum qui se coniungere vel agere non possunt, et aperit viam relativismo morali, totalitarismo et superbiae promethicae eorum qui se deos putant. Solus in Deo relationes sunt subsistentes, sicut in mysterio Trinitatis; in homine autem relationes sunt accidentia quae substantiam perficiunt, sed non constituunt.
Ita vitatur et instrumentalizatio personae et arrogantia promethica superhominismi vel pantheismi. Personalismus thomisticus, distinguens substantiam et accidentia, confirmat dignitatem absolutam personae et eius ordinationem ad Deum, et constituit fundamentum veri humanismi christiani.
Conclusio: personalismus relationalis non est recta doctrina, sed error confundens substantiam et accidens. Vera doctrina est personalismus thomisticus, qui affirmat personam ut substantiam rationalem distinctam ab accidentibus suis, ita dignitatem absolutam et ordinationem ad Deum assecurans.

Ad primum dicendum quod relatio manifestat personam, sed non constituit; persona est substantia, et relatio est accidens essentiale quod eam perficit.
Ad secundum dicendum quod actio perficit hominem, sed non constituit eum ut substantiam; solus Deus est actus purus, dum homo transit de potentia ad actum.
Ad tertium dicendum quod dignitas personae non pendet ex facultate se coniungendi, sed ex eius esse substantia rationali; ideo etiam embryones, debiles et senes sunt personae.
Ad quartum dicendum quod libertas non constituit substantiam, sed est facultas accidentalis quae naturam perficit; praetensio esse sicut Deus est confusio inter substantiam et accidens.
   
JG

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