viernes, 29 de mayo de 2026

El animal racional

¿Es el hombre un simple animal evolucionado o un espíritu desencarnado? ¿No será que la definición aristotélica de “animal racional”, perfeccionada por santo Tomás de Aquino, sigue siendo la clave para comprender la unidad de cuerpo y alma frente a los dualismos modernos? Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli recuerda que el hombre no es ni pura bestia ni puro ángel, sino persona creada a imagen de Dios, llamada a la gracia y a la resurrección. ¿Qué valor tiene una antropología que niega la inmortalidad del alma o la dignidad de la mujer en la resurrección? ¿No es acaso más peligroso el gnosticismo espiritualista que, disfrazado de cultura, desprecia la enseñanza de la Iglesia? [En la imagen: fragmento superior del busto de Aristóteles, en Ceuta, España].

El animal racional

(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en Riscossa Cristiana el 6 de mayo de 2012. Versión original en italiano: https://www.ricognizioni.it/lanimale-ragionevole-di-pgiovanni-cavalcoliop/)

La famosa definición aristotélica del hombre como "animal racional" está siempre de actualidad, aunque también hay filósofos que la consideran superada o inadecuada, como Bultmann, Heidegger y Rahner, en la convicción de haber encontrado una más profunda y metafísica, en la línea de la concepción cartesiana, o bien otras, en la estela del antiguo materialismo pagano, como Hume, Comte, Marx, Darwin o Freud, que han creído poder concebir al hombre, en base a los hallazgos de la paleoantropología, como un simple animal evolucionado.
Sorprende cómo tras dos mil años de cristianismo, en el curso de los cuales la definición aristotélica ha dado óptimas pruebas de sí misma, a tal punto de ser aceptada por el Magisterio de la Iglesia como la interpretación más adecuada de la concepción bíblica del hombre, hoy, incluso en los ambientes católicos, tiene éxito o bien la visión espiritualista cartesiano-luterana que relativiza la dimensión corpórea, o bien, por el contrario, la visión materialista-evolucionista, que exagera la importancia de la vida física en detrimento de la espiritual.
En efecto, como sabemos, la definición aristotélica ha sido aceptada por santo Tomás de Aquino, quien desde siempre, y hasta el Concilio Vaticano II, es recomendado por la Iglesia como príncipe de los teólogos y Doctor communis Ecclesiae. Naturalmente, Tomás no se ha detenido en la definición aristotélica, al contrario, la ha revisado y mejorado a la luz de la enseñanza bíblica sobre el hombre, que encuentra su primera expresión fundamental en el relato del Génesis, y luego se desarrolla con la adición de siempre nuevos aspectos por todo el curso de la Escritura hasta el Apocalipsis, donde encontramos la plena revelación de la futura y eterna glorificación del hombre en Cristo.
El mérito de la definición aristotélica radica en el haber concebido al hombre como una única sustancia, y en esto tenemos plena correspondencia con la unitaria concepción bíblica del hombre. De lo cual resulta la falsedad de la concepción cartesiana del hombre como conjunción de dos sustancias: la res cogitans y la res extensa. A decir verdad, la visión cartesiana podría aparecer en un principio como si estuviera en línea y en consonancia con la enseñanza del Concilio Lateranense IV de 1215, el cual presenta a la creatura humana "casi común a la criatura angélica y a la material, constituida de espíritu y de cuerpo" (quasi communem ex spiritu et corpore constitutam, Denz.800).
Ese "casi" nos advierte que el hombre no es en modo unívoco el conjunto de un espíritu y de un cuerpo, sin embargo debemos reconocer, con todo el respeto por el lenguaje de la Iglesia, que este parangón no facilita la comprensión de aquello que distingue esencialmente al alma humana del espíritu angélico. Es necesario tener presente el hecho de que en ese período el ideal monástico, aunque basándose en el lenguaje mismo de Jesús, insistía mucho en la santidad como vida angélica, con el riesgo de presentar el proyecto cristiano en una forma un tanto descarnada.
Esta definición del hombre indudablemente tenía un vago sabor dualista, heredera como era probablemente de la visión angelista del origenismo platonizante y casi inspirada por la preocupación pastoral ¹ por atender o ir al encuentro de la instancia o demanda espiritualista de la secta cátara (o "albigense") que por entonces era muy fuerte, la cual se remitía a un dualismo exagerado, de origen oriental, que la Iglesia ciertamente no podía aceptar, aunque la Iglesia, a la luz de la Escritura, tuviera estima por la vida ascética y reconociera de buen grado la doble dimensión del hombre: material-animal, representada por el genesíaco "barro de la tierra", y racional-espiritual, representada por el "soplo divino" (rúach), que Dios inhiere en el barro por él plasmado en el momento de la creación del hombre.
La antropología elaborada por santo Tomás de Aquino en la segunda mitad del siglo XIII con la utilización de Aristóteles, eliminó la falsa interpretación que se podía tener del Concilio Lateranense IV, mostrando mejor cómo la dualidad espíritu-cuerpo se podía conciliar, a la luz de la enseñanza bíblica, con la visión bíblica unitaria del hombre, visión que, por lo demás, no excluye en absoluto la mencionada dualidad, tanto que en la Escritura la muerte viene presentada precisamente como separación del alma del cuerpo, mientras que la Biblia, sobre todo en san Pablo, no tiene dificultad en reconocer que en la vida presente a consecuencia del pecado original, desgraciadamente existe un conflicto entre el "espíritu" y la "carne", conflicto que necesita una solución, la cual ciertamente no consiste en la confusión entre alma y cuerpo, como habría de pensar más tarde la exégesis protestante con la mediación del idealismo alemán hasta nuestros días, sino que consiste en el hecho de un correcto dominio del espíritu sobre el cuerpo, salvada la distinción real entre estos dos esenciales componentes ontológicos de la naturaleza humana.
El Concilio de Viennes de 1312 aprobó canónicamente, elevándola al status de verdad de fe, la solución tomista de la unidad de la sustancia o de la persona humana, que Tomás, utilizando las categorías aristotélicas de la "materia prima" y de la "forma sustancial", concibió como compuesta de forma sustancial, que es el alma racional, y materia prima, que es materia del cuerpo humano informado y vivificado por el alma como forma del cuerpo.
"Animal racional" no quiere decir, por otra parte, como pretenden los materialistas, que un animal como tal pueda razonar o pueda evolucionar hasta el punto de ser capaz de razonar, ya que propiedad del animal es en cambio exactamente el hecho de estar privado de la razón, limitando su actividad vital a las funciones sensitivas. Animal racional, en el entendimiento de Aristóteles y de santo Tomás quiere decir, en cambio, que el hombre pertenece más bien, como todos los demás animales privados de razón, al género animal, o sea viviente dotado de vida sensitiva, pero este animal que es el hombre está animado por un alma racional o bien intelectual, espiritual e inmortal.
Por tanto, las funciones vegetativas y sensitivas, presentes también en los animales y suficientes para explicar y producir toda su actividad vital, están también presentes en el hombre, como demuestra la experiencia, pero no emanan de una especial alma autónoma, como en los animales. En cambio, las mencionadas funciones emanan también ellas de la única alma racional, siendo imposible, como señalaba el Aquinate, que una única sustancia, un único individuo viviente, pueda ser animado o vivificado por varias almas o por varias formas sustanciales.
El hombre, por tanto, enseña Tomás, es un sujeto corpóreo -él no retrocede ante esta tesis aparentemente materialista-; y sin embargo, se trata de un cuerpo animado por un alma espiritual, inmediatamente creada por Dios, como forma del nuevo individuo, en el momento de la concepción o de la creación, como es claramente insinuado por la Sagrada Escritura. Y aquí evidentemente el Doctor Angélico quita del medio cualquier posible malentendido materialista.
En la visión aristotélica de la materia desaparece casi por completo la visión negativa platónica de la materia como ilusión y obstáculo para la liberación del alma. Digo "casi por completo", porque en realidad, aunque Aristóteles considere, aun sin conocer la Escritura, la materia como cosa buena (la dýnamis o "potencia" es algo del ente real material), como todos los antiguos paganos, Aristóteles no piensa en reconducir a Dios la existencia de la materia, sino que la considera como algo existente ab aeterno junto a Dios. Por lo cual también en Aristóteles se mantiene un cierto dualismo e incluso el riesgo de divinizar la materia, siendo ella un quid existente independientemente de Dios, casi otra divinidad.
Por tanto, la unidad del compuesto humano en Tomás de Aquino resulta más sólida que en Aristóteles, debido al hecho de que mientras en Aristóteles espíritu (nus) y cuerpo (soma) no son creados por el "Motor inmóvil", sino que corren el riesgo de aparecer como peligrosos absolutos autónomos de Dios, en el Tomás cristiano uno y otro componente de la persona humana son creados por un único Dios infinitamente sabio y bueno, quien por tanto da al hombre la orientación y la gracia para crear entre espíritu y cuerpo una perfecta armonía, corrigiendo y eliminando la tendencia dualista y disolvente consecuente al pecado original, con la prospectiva de la resurrección del cuerpo, del todo ausente, como se sabe, en la antigua antropología pagana.
Tomás entonces completa la concepción aristotélica con el dato bíblico, según el cual, como es bien sabido, Dios ha creado al hombre, varón y fémina, a Su imagen y semejanza. Algo de este tipo está ya insinuado en el hecho de que para el Estagirita el hombre es un viviente dotado de razón, en cuanto su alma posee la facultad de razonar y por tanto de apetecer libremente el bien universal y por consiguiente en último análisis de apetecer a Dios, Bien universal del universo, como ya había intuido Platón.
Por cuanto respecta a la concepción de la dignidad de la mujer, Tomás a decir verdad, cuando trata ex profeso de la mujer, por lo demás de acuerdo con la mentalidad de su tiempo, no está del todo libre de la concepción aristotélica, que ve en la mujer un "varón no del todo logrado" (mas occasionatus), teniendo de por sí la naturaleza humana, según Aristóteles, está dirigida al varón y no a la fémina.
Sin embargo, Tomás como cristiano es obviamente sensible al mensaje bíblico, por lo cual cuando el Aquinate reflexiona atentamente sobre esta concepción, no duda en situar la feminidad en la misma resurrección de la carne junto a la masculinidad, en cuanto que, así razona Tomás, ser mujer en realidad es una cualidad y no un defecto: ahora bien, estando en la resurrección presente toda perfección y ausente todo defecto, no hay razón para negar la presencia del sexo femenino en la resurrección ². Esta tesis de santo Tomás ha sido retomada por el beato Juan Pablo II ³.
Otro correctivo que Tomás lleva a cabo, basándose en la Revelación, a la concepción aristotélica del hombre, es la visión del individuo humano como persona, es decir, como diría Boecio, "individua substantia rationalis naturae". En efecto, en Aristóteles el individuo no es objeto del cuidado y de la providencia divina, siendo el Dios aristotélico, como es bien sabido, sólo objeto de amor, es un Dios que se interesa sólo por lo universal y no por lo individual, y por lo demás no es un Dios misericordioso como el cristiano, que libera al hombre del pecado, siendo la misma noción de pecado, tal como aparece en la Biblia, totalmente ausente en Aristóteles así como por otra parte en todo el pensamiento antiguo.
Pero lo que Aristóteles no podía imaginar en absoluto y que en cambio viene puesto en luz por la antropología cristiana, es el destino sobrenatural del hombre: según la fe cristiana, el hombre es ciertamente un animal racional, pero creado por Dios con la prospectiva de vivir la vida divina de la gracia, siempre sin embargo que el hombre acepte libremente este don de Dios, pudiendo él rechazarlo a causa del pecado.
Hoy la antropología, y por tanto la vida social que de ella se deriva, está lacerada entre dos opuestas concepciones del hombre, entrambas falsas, aunque se hayan apropiado de un factor de verdad parcial que, sin embargo, no está unido con el complementario que posee la facción opuesta: por una parte una concepción positivista-materialista-tecnocrática del hombre orientada al poder, al placer y a la posesión voraz de los bienes materiales, ese hombre "carnal" del cual habla san Pablo, degradado hasta los límites de la bestialidad, el hombre esclavo de los vicios "carnales". Es el ideal más difundido entre las masas y en los ambientes económicos y políticos.
Por otra parte, se da un ideal "gnóstico" recientemente denunciado por monseñor Antonio Livi en su libro "Vera e falsa teologia", ideal heredero del gnosticismo antiguo, proyecto intelectualístico que toma pie y prospera en círculos restringidos de los ambientes culturales y -¡ay de nosotros! - a veces, por no decir a menudo, seduce a las almas devotas a la perfección, religiosos, sacerdotes y obispos, una prospectiva que bajo pretexto de la renovación conciliar y de la exaltación de la grandeza del hombre entendido como "espíritu", forma una categoría de fariseos pedantes e hipócritas, los cuales desde lo alto de su soberbia disfrazados de "cultura", se permiten presuntuosamente maltratar las enseñanzas de la Iglesia convencidos de saber más que el Papa y también más que nuestro Señor Jesucristo. Aquí tenemos la práctica difundida de los "vicios espirituales" generados no por la bestialidad sino por el espíritu del demonio.
El Señor nos libre lo más rápido posible de estas dos categorías de personas, posiblemente cambiando sus corazones, también como resultado de nuestras oraciones y de nuestros sacrificios, ya que si ellos se obstinan en este camino, su destino no será el más feliz.

P. Giovanni Cavalcoli
Bologna, 5 de mayo de 2012

Notas

¹ La Iglesia no ha tenido necesidad de esperar al Concilio Vaticano II para encontrar un lenguaje pastoral apto para recuperar los elementos válidos del pensamiento de su propio tiempo.
² Me permito referirme a mis estudios: LA CONDIZIONE DELLA SESSUALITA’ UMANA NELLA RESURREZIONE SECONDO S.TOMMASO, Sacra Doctrina, 92, 1980, pp.21-146. LA DONNA IN S.TOMMASO D’AQUINO, in Problemi di storia e vita sociale, a cura della PUST, Ed.Massimo, Milano, 1982, pp.131-139. LA RESURREZIONE DELLA SESSUALITA’ SECONDO S.TOMMASO, in Atti dell’VII Congresso Tomistico Internazionale a cura della Pontificia Accademia di San Tommaso, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano, 1982, pp. 207-219.
³ LA RESURREZIONE DEL CORPO, Sacra Doctrina, 1, 1985, pp.81-103.
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Anexo

Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este artículo, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.

Articulus unicus

Utrum definitio hominis ut animal rationale sufficiat ad exprimendam eius naturam,
vel debeat superari per modernas conceptiones spiritualisticas vel materialisticas

Ad hoc sic procediturVidetur quod definitio hominis ut animal rationale debeat superari.
1. Quidam enim tenent definitionem Aristotelicam esse insufficientem et pertinere ad mentem antiquatam, et quod homo concipiendus sit ut purus spiritus secundum visionem Cartesianam et Lutheranam, corporalem dimensionem relativizando. Sic intenditur vera dignitas humana consistere in liberatione a materia, quae censetur impedimentum perfectionis spiritualis.
2. Praeterea, alii affirmant hominem esse simplicem animal evolutum secundum materialismum modernum, et rationem non esse nisi effectum evolutionis biologicae. Sic anthropologia ad biologiam reducitur, et spiritualitas interpretatur ut functio cerebralis, sine relatione ad animam immortalem.
3. Item dicitur anthropologiam hodiernam debere relinquere notionem veritatis universalis et amplecti pluralismum conceptionum, sive positivistico-materialisticarum sive gnostico-spiritualisticarum, quarum unaquaeque haberet valorem partialem et relativum. Sic evangelizatio limitanda esset ad dialogum civilem, sine correctione errorum nec annuntiatione veritatum universalium.

Sed contra est quod Genesis docet: Creavit Deus hominem ad imaginem et similitudinem suam, masculum et feminam creavit eos (Gn 1,27). Apostolus Paulus commemorat hominem carnalem in vitiis degenerare, spiritualem autem per gratiam elevari (Rom 8,6). Boethius definit personam ut individua substantia rationalis naturae. Sanctus Thomas docet animam rationalem esse formam substantialem corporis, et maximam misericordiae operam esse reducere hominem de tenebris erroris ad lucem veritatis. Ergo definitio animalis rationalis, Revelatione perfecta, manet valida et necessaria.

Respondeo dicendum quod definitio hominis ut animal rationale, a sancto Thoma assumpta et a Concilio Viennensi ad veritatem fidei elevata, apte exprimit unitatem substantialem corporis et animae. Homo pertinet ad genus animalium, sed animatur anima rationali, spirituali et immortali, immediate a Deo creata. Omnes functiones vegetativae et sensitivae ex hac unica anima emanant, non ex pluribus formis substantialibus. Visio Thomistica superat tam dualismum Cartesianum quam materialismum evolutionisticum, ostendens hominem esse corpus animatum anima spirituali, ad imaginem Dei creatum et ad vitam divinam gratiae ac resurrectionem destinatum. Dignitas feminae, quam Aristoteles imperfectam putabat, a Thoma agnoscitur ut qualitas plena, in resurrectione cum masculinitate praesens. Contra visionem Aristotelicam Dei indifferens ad individuum, anthropologia christiana affirmat Deum curare de singulis personis et liberare a peccato. Ideo, contra errores hodiernos, Ecclesia commemorat hominem non esse nec puram bestiam nec purum angelum, sed personam ad imaginem Dei creatam, ad gratiam et gloriam vocatam.

Ad primum dicendum quod definitio Aristotelica non est insufficiens, sed Revelatione perfecta exprimit unitatem substantialem hominis, vitando tam dualismum quam spiritualismum exsanguem.
Ad secundum dicendum quod homo non est simplex animal evolutum, sed anima rationalis eius est spiritualis et immortalis, a Deo directe creata, nec ad processus biologicos reducibilis.
Ad tertium dicendum quod pluralismus anthropologicus modernus, sive materialisticus sive gnosticus, est falsus, quia negat obiectivitatem et universalitatem veritatis revelatae, et sola anthropologia christiana plenam dignitatem et supernaturalem hominis destinum assecurat.
   
JG

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