Durante el viaje apostólico del papa León a varios países del continente africano, han vuelto a repetirse por parte de exponentes del pasadismo filolefebvriano las mismas actitudes de incomprensión y rechazo a las enseñanzas del Vicario de Cristo, actitudes que no hacen sino calcar las mismas de los cismáticos lefebvrianos. Véase por ejemplo este artículo de hoy en el blog del italiano Aldo María Valli. Este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, publicado durante el pontificado del papa Francisco, nos sirve para entender lo que está ocurriendo. El docto teólogo dominico invita a reconocer que la verdadera fidelidad al Vicario de Cristo consiste en la obediencia humilde y en la crítica respetuosa, lejos de los extremos, tanto pasadistas como modernistas, que hoy desgarran a la Iglesia. ¿Es posible que tanto los enemigos como los amigos del Papa estén equivocados en su actitud hacia él? ¿No será que el odio y el fanatismo, aunque opuestos, comparten la misma falta de caridad y discernimiento? ¿Acaso juzgar al Papa sin criterio de fe no conduce inevitablemente al error, ya sea por exceso de crítica o por exceso de adulación? ¿No es más bien necesario distinguir lo humano de lo divino, el tesoro de la vasija de barro, para comprender quién es verdaderamente el Papa? [En la imagen: el papa León XIV durante su reciente visita a la gran mezquita de Argel, "un espacio que pertenece a Dios, un espacio divino y sagrado", recordó el Papa].
Textos del Padre Giovanni Cavalcoli, OP, y otras reflexiones filosóficas, teológicas y de la actualidad eclesial
lunes, 20 de abril de 2026
¿Qué conducta debemos tener hacia el Papa?
¿Qué conducta debemos tener hacia el Papa?
(Traducción al español del artículo del padre Giovanni Cavalcoli publicado en su blog el 23 de septiembre de 2019. Versión original en italiano: https://padrecavalcoli.blogspot.com/p/che-condotta-dobbiamo-tenere-nei.html)
Asistimos hoy a una dolorosa contraposición en la Iglesia entre adversarios y sostenedores del Papa, ambos obstinados en sus posiciones extremistas, desprovistos de caridad, de discernimiento y de equilibrio y, por eso mismo, faltos de la actitud correcta, que el católico debería tener hacia el Papa. Pero es como para dudar que algunos o muchos de ellos sean verdaderamente católicos o no más bien cismáticos o herejes, considerando su estado de ánimo envenenado y pasional y sobre todo lo erróneo de sus criterios de valoración.
Más allá de su oposición frontal entre el odio de los enemigos y el fanatismo de los amigos, una cosa reprobable tienen en común: la pretensión de conocer y de establecer ellos cual es la verdadera Iglesia y cuáles son o deben ser los deberes del Papa, ya sea para oponerse a la Iglesia guiada por el Papa y llenarlo de acusaciones calumniosas, o para instrumentalizar a la Iglesia en su ventaja y fingir una falsa devoción al Papa.
Ninguna de las dos partes, en realidad, conoce y aprecia verdaderamente cuáles son los deberes del Papa y por eso ninguna de las dos partes está en grado de emitir un juicio sabio y prudente, no distinguiendo en qué cosa el Papa puede ser criticado y en qué cosa debe ser obedecido, dónde es que puede equivocarse y donde es que no puede equivocarse, en qué cosa lo podemos corregir y dónde, en cambio, es él quien nos corrige a nosotros, qué cosa debemos esperar del Papa y qué cosa el Papa no está obligado a darnos, hasta qué punto debe llegar nuestra confianza y donde en cambio tal vez no merezca confianza.
Algunos ven en el Papa defectos que no existen y no saben apreciar sus lados buenos; otros toman sus defectos por virtudes y no saben comprender y apreciar su servicio específico e insustituible como vicario de Cristo. Algunos quisieran hacerle correcciones fuera de lugar, inapropiadas, y faltarle el respeto tratándolo con altivez y arrogancia. Los otros lo adulan y lo exaltan a más no poder, con criterios mundanos y políticos, aprovechándose de sus lados débiles y distrayéndolo de su misión espiritual.
El resultado es que los primeros lo irritan y, si tienen alguna razón, no obtienen nada. Los segundos, zorros astutísimos, intrigantes exponentes de los potentados de este mundo, lo rodean con todo celo, satisfaciéndolo en todo con la máxima premura, alejando del Papa a quien se atreva a criticarlo y mostrándose muy sabios consejeros, como el zorro con Pinocho.
Conducirse con este Papa no es fácil porque, por una parte, humanamente no inspira confianza en aquellos que buscan la sana doctrina, la sabiduría y la santidad; pero por otra parte, continúa inspirando confianza desde un punto de vista sobrenatural como Vicario de Cristo. Quien tiene una verdadera fe católica se siente como lacerado: siente que debe apoyarse precisamente en aquel que parece hacerle perder el terreno bajo los pies. Siente que debe fiarse en aquel que no le inspira confianza. Siente que debe escuchar a aquel que lo escandaliza. Siente que debe buscar paz de aquel que lo perturba. Siente que debe pedir una caricia a aquel que lo abofetea. Siente que debe pedir luz a aquel que lo confunde. Siente que debe imitar a aquel que le dan el mal ejemplo.
"¡Pero esto es tontería!", me dirán los lefebvrianos. "No -respondo yo-: ¡es una experiencia de fe!". Los modernistas, fuertes y muy rozagantes por su éxito mundano, no sienten esta contradicción, no experimentan este sufrimiento, porque a ellos les agrada el Papa precisamente por sus defectos humanos o pastorales, reduciendo la misión del Papa a la de un jefe de pueblo o un líder de izquierda.
Pero esto quiere decir que ni los lefebvrianos ni los modernistas saben juzgar al Papa con equidad y con criterio de fe. En efecto, si un Papa no es juzgado con un criterio de fe, no se comprende quién es el Papa, qué cosa debe hacer el Papa y por qué existe el Papa. La aparente paradoja que he mencionado anteriormente, se disuelve solo distinguiendo la razón de la fe, lo natural de lo sobrenatural, lo humano de lo divino. Es necesario distinguir el tesoro de la vasija de barro (cf. 2 Co 4,7).
Si Francisco tiene defectos en su humanidad y en hacer el Papa, sin embargo, es Papa. Quien no sepa hacer esta distinción, corre el riesgo de perder su propia alma. Quien ve en Francisco a un superhombre o quien ve en él al Anticristo no ha entendido nada acerca de quién es Francisco ni de quién es el Papa.
Existen dos grandes campos de la actividad del papa Francisco, el doctrinal y el pastoral. El primero es muy amplio y complejo, lleno de cuestiones oscuras, difíciles y opinables, donde un Papa, aunque asistido por el Espíritu Santo, puede errar o incluso faltar gravemente, como es atestiguado en los Papas del pasado: es el campo de la conducta personal, del gobierno de la Iglesia, de la elección de los colaboradores, de los nombramientos episcopales y cardenalicios, de la administración de los bienes de la Iglesia, de la gestión de la Curia Romana, del legislar, de la moderación de la vida religiosa, del hacer justicia, de la disciplina de la liturgia, de las representaciones pontificias, de la relación con los Estados.
El segundo es más simple y mucho menos extenso, pero de mayor responsabilidad e incluso más importante para el bien de la Iglesia que el primero, porque toca las bases doctrinales y dogmáticas de la esencia misma de la Iglesia, del cristianismo y de la salvación del hombre: el anuncio del Evangelio, la difusión y la defensa de la sana doctrina, la promoción de las ciencias eclesiásticas, in primis de la teología, la educación católica y la formación del clero, el diálogo ecuménico, interreligioso y con los no creyentes, la actividad misionera y evangelizadora.
El primer campo está muy diversificado y requiere para cada sector especiales habilidades o competencias. Se entiende cómo ningún Papa, incluso el más santo, el más prudente y el más sabio, no puede llegar a todas partes, por eso en cada pontificado se dan lagunas y errores en este campo. Por consiguiente debemos ser cautos y modestos al evaluar la conducta del Papa, porque frecuentemente él, con más informaciones que nosotros, puede evaluar las cosas mejor que nosotros, que nos encontramos en un rincón de la tierra, mientras él tiene informaciones de todo el mundo. En cualquier caso, todo aquel que se sienta o sea competente o esté informado no debe tener miedo de intervenir y así ayudar al Papa, porque así multiplicamos sus ojos, por así decirlo.
Más accesible, en cambio, a nuestra capacidad de juicio y de examen es la actividad magisterial del Papa, porque la materia es mucho menos vasta, y no es difícil adquirir una cierta competencia, aunque aquí también la pluralidad de disciplinas requiera competencias o habilidades especificas.
Aquí, como referencia para dar una valoración, tenemos la Sagrada Escritura, el Magisterio precedente, la Tradición, los buenos teólogos y exegetas, sobre todo santo Tomás de Aquino, los artículos de fe y los dogmas ya definidos. Sin embargo, el controlar, como hacen algunos, si un discurso u homilía del papa Francisco es conforme al dogma o se tengan dudas de que lo sea, no parece responder a esa actitud de confianza en la competencia de un Papa que se le exige al católico. Por otro lado, puede suceder que un Papa, al dar una interpretación personal, no tradicional, a algún versículo de la Escritura en un discurso o en una homilía, no sea infalible.
En conclusión, podemos decir que podemos ayudar al Papa en su ministerio de dos modos: primero, es necesario retomar sus enseñanzas, interpretarlas, difundirlas, explicarlas, defenderlas, desarrollarlas e imitar su estilo de apostolado y su pastoral en cuanto tienen de bueno.
Segundo. Donde tengamos observaciones que hacer hacia su magisterio o hacia su pastoral, es bueno que también expresemos públicamente, con modestia, respeto y espíritu de colaboración, nuestras observaciones, nuestras críticas y nuestras sugerencias, porque no está excluido que él o quien por él o uno de sus sucesores lo tengan en cuenta.
P. Giovanni Cavalcoli
Fontanellato, 22 de septiembre de 2019
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Anexo
Habiendo individuado la que me ha parecido la tesis central de este texto, he aquí mi transcripción de este artículo del padre Giovanni Cavalcoli, pero sintetizado en un muy breve esquema según el método escolástico de Santo Tomás de Aquino, que prefiero ofrecer en lengua latina, de manera que pueda ser aprovechado no sólo por los lectores hispanohablantes, sino también por quienes pertenecen a otras tradiciones lingüísticas, particularmente los estudiantes de filosofía y teología.
Articulus unicus
Utrum conducta erga Papam sit oppositionis vel adulationis
Ad hoc sic proceditur. Videtur quod conducta erga Papam non possit esse nisi oppositionis vel adulationis.
1. Quia quidam tenent Papam, defectus humanos vel pastorales ostendentem, auctoritatem amittere et resistendum esse ei aperte, ne puritas doctrinae compromittatur. Hi dicunt Papam confundentem vel scandalizantem non posse esse tutum ducem Ecclesiae, et ideo ab eo recedendum.
2. Praeterea alii affirmant Papam, ut Vicarium Christi, sine limite exaltandum, in omnibus obediendum et numquam criticandum, quia eius missio divina est et in dubium vocari non potest. Hi putant omnem correctionem esse irreverentiam et signum rebellionis contra Deum ipsum.
3. Item quidam existimant Papam secundum criteria politica vel mundana iudicandum, quasi ducem populi vel principem civitatis, et ideo tractandum ut quemlibet gubernatorem, cum adhaesione vel reiectione secundum decisiones eius. Sic missio spiritualis ad humanum ducatum reducitur.
4. Denique sunt qui putant Papam sequendum solum in iis quae placent vel conveniunt, et in reliquis reiciendum, quia credunt se posse melius quam ipse discernere quae sit vera Ecclesia et quae sint eius officia.
Sed contra est quod Apostolus Paulus docet nos habere thesaurum in vasis fictilibus (2 Cor 4,7), ostendens divinum per humanum communicari. Item Petrus dicit nos subditos esse pastoribus (1 Pe 5,5). Magisterium docet Papam Spiritu Sancto adiuvari in sua missione doctrinali, quamvis non sit immunis ab erroribus in regimine humano. Sanctus Thomas distinguit inter ea quae pertinent ad fidem et ea quae pertinent ad prudentiam humanam.
Respondeo dicendum quod recta habitudo erga Papam consistit in distinguendo humanum a divino, naturale a supernaturali, opinabile ab infallibili. Nec odium adversariorum nec fanaticus amicorum veram fidem repraesentat. Papa defectus humanos et errores in regimine habere potest, sed tamen Papa est, Vicarius Christi, et ideo oboedientia debetur in iis quae sunt fidei et reverentia in iis quae sunt gubernationis. Vera fides paradoxum experitur fiduciae in eo qui humanitus potest perturbare, quia supernaturaliter est instrumentum Christi. Critica legitima esse potest, sed cum modestia, reverentia et spiritu cooperationis fieri debet, numquam cum arrogantia nec cum adulatione mundana.
Certum est difficile esse cum Papa se gerere, quia humanitus fiduciam non semper inspirat, sed supernaturaliter manet fundamentum unitatis. Qui veram fidem habet laceratur, quia debet inniti in eo qui eum confundit, audire eum qui scandalizat, pacem quaerere apud eum qui perturbat. Haec paradoxum solum dissolvitur distinguendo thesaurum a vase fictili. Papa duo habet campos actionis: doctrinalem, ubi Spiritu Sancto adiuvatur et in essentialibus errare non potest, et pastoralem atque gubernativum, ubi errare potest et ubi licet eum adiuvare prudentibus observationibus. Ideo recta habitudo est eius doctrinas resumere, diffundere et defendere, simulque criticas reverenter exprimere cum opus est.
Conclusio: Conducta erga Papam debet esse oboedientiae humilis in iis quae sunt fidei et respectus critici in iis quae sunt opinabilia. Nec hostilis oppositio nec adulationis indiscretae sunt habitus catholici. Vera fidelitas consistit in distinguendo humanum a divino, Papam adiuvando cum reverentia et fiducia, et semper agnoscendo eius missionem insubstituibilem ut Vicarium Christi.
Ad primum dicendum quod defectus humani Papae missionem divinam non tollunt. Resistendo ei aperte sine criterio fidei ad schisma vel haeresim ducitur.
Ad secundum dicendum quod oboedientia Papae correctionem reverentem in opinabilibus non excludit. Adulatio indiscreta Papam a missione spirituali distrahit et eum manipulationibus exponit.
Ad tertium dicendum quod Papa non est dux politicus, sed Vicarius Christi. Iudicare eum criteriis mundanis missionem supernaturalem minuit et auctoritatem confundit.
Ad quartum dicendum quod nemo potest se erigere in iudicem absolutum Ecclesiae nec officiorum Papae. Hoc praetendere est superbiae signum et ad divisionem ducit.
JG
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